1 mar 2009

La venganza de Luis Téllez


La venganza de téllez
RODRIGO VERA, reportero
Revista Proceso # 1687 (
www.proceso-com-mx) , 1 de marzo de 2009.
Luego de denunciar en Proceso las constantes y graves fallas de los equipos y sistemas con que operan los controladores de tránsito aéreo en el país, “que en cualquier momento pueden ocasionar siniestros de consecuencias irreparables”, el secretario de Trabajo del Sindicato Nacional de Controladores de Tránsito Aéreo, Ángel Iturbe, ha sido sometido a hostigamiento por los Servicios a la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano. E identifica al autor de estas presiones: Luis Téllez, secretario de Comunicaciones y Transportes, quien, afirma, “intenta acallarme e intimidar al sindicato”.
Ángel Iturbe Estrop, vocero y secretario de Trabajo del Sindicato Nacional de Controladores de Tránsito Aéreo (Sinacta), es hostigado por las autoridades aeronáuticas debido a que proporcionó información a Proceso sobre las frecuentes fallas en los sistemas de control aéreo del país.
El miércoles 25 de febrero, la dirección jurídica de Servicios a la Navegación en el Espacio Aéreo Mexicano (Seneam) envió una carta a Iturbe para notificarle que levantaría un “acta administrativa en su contra”. Lo acusa de “faltas de probidad” por haber declarado y entregado información a este semanario relativa a los sistemas y equipos de control aéreo, “considerados de seguridad nacional”.
Firmada por Carlos Romero Godínez, jefe del jurídico de Seneam, la misiva detalla las razones de la sanción:
Por no haber desempeñado las funciones que tiene encomendadas con la responsabilidad, diligencia y cuidado apropiados e incurriendo en faltas de probidad, al haber efectuado declaraciones a los medios de comunicación, como es el caso de la revista Proceso (Semanario de Información y Análisis, números 1673 y 1674, de fechas 23 y 30 de noviembre, respectivamente), referente al accidente del Learjet 45 de Gobernación, matrícula XC-VMC, así como información sobre el funcionamiento y disponibilidad de los sistemas y equipos de control aéreo; haciendo manifestaciones de asuntos de que tuvo conocimiento con motivo del trabajo, proporcionando sin estar autorizado, informes sobre las actividades de SENEAM, así como información referente a protocolos de operación aérea considerados de seguridad nacional.
El documento también menciona las infracciones a la ley presuntamente cometidas por Ángel Iturbe:
La conducta antes descrita contraviene lo dispuesto por los artículos 44 fracciones I, III y IV; 46 fracción V, incisos a) y e) de la Ley Federal de los Trabajadores al Servicio del Estado; 69 fracciones I y VIII, y 70 fracciones I, VIII, XI y XVIII de las Condiciones Generales de Trabajo para los Controladores de Tránsito Aéreo de SENEAM vigentes.
Finalmente, lo citó a presentarse el viernes 27 en la Jefatura de la Estación Culiacán de Seneam, donde se levantó el acta administrativa AA-01/09 CUL, en la que se reiteran los cargos en su contra y se le advierte que Seneam es “una instancia de seguridad nacional”, por lo que “también está transgrediendo lo dispuesto por la Ley de Seguridad Nacional en su artículo 4, que establece: ‘La seguridad nacional se rige por los principios de legalidad, responsabilidad, confidencialidad, lealtad…’”.
Dice Ángel Iturbe:
“En lugar de que las autoridades resuelvan los graves problemas del tránsito aéreo, se me está reprimiendo por el solo hecho de dar a conocer esos problemas. Son amenazas y actos de intimidación que intentan acallarme.”
–¿Considera que finalmente usted será sancionado?
–El levantamiento del acta es el primer paso para castigarme. Conociendo la arbitrariedad de las autoridades aeronáuticas, es muy probable que lleguen al extremo de querer correrme del trabajo, que me den la llamada suspensión definitiva.
Iturbe dice no tener la menor duda de que Luis Téllez, titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), “está detrás de todas estas medidas represivas” en su contra.
–¿Es también un acto represivo contra el sindicato de controladores?
–Por supuesto, ya que no estoy haciendo nada a título personal. Todas mis acciones las he hecho a nombre del sindicato, como su vocero y su secretario de Trabajo. La documentación que entregué a Proceso son oficios del sindicato. De manera que la intimidación del señor Téllez también es contra el Sinacta.
“Y son falsas las acusaciones de que la información que entregamos sea de seguridad nacional. ¡Totalmente falsas! A nosotros nos ampara la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental. Nos defenderemos legalmente hasta el final.”
Indica que quienes sí violaron la ley fueron Téllez y sus funcionarios cercanos, como Gilberto López Meyer, director de Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA), y Agustín Arellano, a cargo de Seneam.
“Ellos tenían prohibido revelar las grabaciones de los diálogos en cabina del Learjet 45, debido a que hay una investigación penal en curso. Y sin embargo las dieron a conocer ilegalmente”, dice.
El hostigamiento contra Ángel Iturbe obedece a que entregó a Proceso una serie de reportes que él –a nombre del sindicato de controladores– le envió a Luis Téllez, en los cuales le advertía sobre las fallas en los equipos de control aéreo y el riesgo que representan para la seguridad no sólo de los pasajeros, sino también de personas y bienes en tierra.
En uno de los reportes, fechado el 10 de octubre del año pasado, un alarmado Iturbe le comunica a Téllez que, incluso, los controladores aéreos llegaron a perder la señal nada menos que del avión presidencial en el que viajaba la esposa del presidente, Margarita Zavala.
Dice textualmente ese reporte:
Señor secretario: insistimos en la necesidad URGENTE de que intervenga usted para que Seneam (…) atienda y resuelva de manera definitiva la problemática referente a las fallas frecuentes y graves de los equipos y sistemas con que tenemos que trabajar los controladores de Tránsito Aéreo. Reiteramos que la gravedad de la situación ha llegado al grado de que en cualquier momento puede ocasionar siniestros de consecuencias irreparables.
Subrayo de manera ilustrativa, pero alarmante, que el pasado miércoles 8 de octubre, a las 19:48 horas, desapareció el eco del
AVION PRESIDENCIAL AP02 durante al menos 15 segundos de las pantallas de radar de los controladores que le proporcionaban el servicio de aproximación terminal al aeropuerto de esta Ciudad de México.
En otros reportes, también publicados en este semanario, Iturbe le informa a Téllez sobre fallas en el Centro de Control México –que monitorea todos los vuelos en el centro del país– y en el sistema operativo Eurocat X –que maneja información de radares en el sureste mexicano–, así como otras deficiencias en el control de tráfico aéreo.
En entrevista, Ángel Iturbe lamentaba incluso que las autoridades no hicieran caso a estas advertencias del sindicato de controladores:
“Llevamos años enviándoles escritos en los que señalamos no solamente las fallas en nuestros equipos, sino también problemas por saturación de vuelos, mala administración del personal y mala distribución en las cargas de trabajo. Ahí están las cartas dirigidas al señor Luis Téllez… Pero es inútil. Nadie nos hace caso.” (Proceso 1673.)
El pasado 28 de noviembre, días después de que Proceso diera a conocer estos reportes, Ángel Iturbe sufrió un primer castigo por haberlos entregado al semanario: Seneam le quitó su comisión sindical y lo trasladó de la Ciudad de México a Culiacán, donde actualmente es controlador en el aeropuerto de esa ciudad.
Ese traslado fue un “acto represivo e ilegal”, declaró Iturbe en una breve entrevista publicada en el número 1674 de esta revista, declaraciones por las que ahora también se le levantó el acta administrativa.
Pero las represalias contra Iturbe empezaron cuando el Learjet 45 en el que murió el secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño acababa de desplomarse. En una conferencia de prensa realizada el 5 de noviembre pasado –un día después de la caída del avión–, el mismo Luis Téllez arremetió públicamente contra el vocero del Sinacta al señalar: “el señor Iturbe miente y además está lucrando con un caso en el cual todos los mexicanos sentimos un gran dolor, y eso muestra que es una persona que carece totalmente de ética”.
La reprimenda verbal de un Téllez enfurecido sorprendió a los periodistas que cubrían el acto.
Ante los regaños, castigos y hostigamientos, Ángel Iturbe comenta que no se amilana y que, sin afán protagónico, continuará con sus denuncias: “El doctor Téllez podrá volver a llamarme mentiroso, oportunista y hasta acusarme –sin fundamento– de lucrar con la información. Seguramente endurecerá su actitud para acallarme y para intimidar al Sinacta. Pero no dejaremos de denunciar públicamente las irregularidades que afectan a la seguridad en la aviación.”

Morir de hambre

El escritor que murió de hambre/Gregorio Morán (
LA VANGUARDIA, 28/02/09):
La literatura española no es muy variada en muertes. Hay algunos suicidas; pocos, si tenemos en cuenta que es un oficio cuya singularidad asume cierto desquiciamiento. Algunos creen que eso revela la huella de la genialidad, pero no es cierto. Se han suicidado más escritores sin talento que geniales.
Todo escritor, por esencia, es un tipo raro, porque si fuera normal se
dedicaría a profesiones más sanas, seguras y acrisoladas. Muchos murieron en la cama, de viejos, y cuanto más idiotas estaban, más los celebraron. Luego figuran y desde hace mucho los académicos de la Real, que son gente que vive de la pluma - tomando esta en un sentido muy laxo-pero que por suerte para la literatura no viven de ella, aunque lo hagan parecer.
No recuerdo de ningún académico de la Lengua Española que se haya suicidado; primero porque son gente más consolidada que los bonos del Tesoro, y por si fuera poco, nada propensa al mal de amores, por razones de edad y patrimonio. Fueron famosas las inclinaciones hacia el lupanar y la timba de algunos de ellos, pero eso no mata a nadie. Hay algunos escritores, y grandes, que cayeron por excesos con el alcohol y las malas compañías sexuales, pero fueron muertes lentas, casi mansas y aceptadas. De miseria y abandono, muchos. Pero de hambre, lo que se dice de hambre, yo sólo conozco a Alejandro Sawa.
Las singularidades de nuestra historia, con el conservadurismo en dominante hegemonía - palabra finísima con la que aquellos que procedemos de la izquierda radical, espurios herederos de Gramsci, solemos designar al aplastante dogmatismo de la Iglesia católica española durante siglos-,ha consentido que en los libros de enseñanza de la literatura del siglo XX figurase el padre Coloma, modesto jesuita al que sus colegas de compañía volvieron tarumba, autor de auténticas bazofias de prosa alambicada, cursi y retorcida, como Pequeñeces y Jeromín,ilegibles hoy salvo para sadomasoquistas, y sin embargo no aparecen plumas que aún pueden leerse con placer y benevolencia. Por ejemplo, Alejandro Sawa, que no fue un gran escritor pero que sí consiguió páginas periodísticas notables, media docena de novelas valientes - alguna de ellas con pretensiones-y la adaptación teatral de una novela de Alphonse Daudet que obtuvo gran éxito, Los reyes en el destierro.
Hay escritores que sin ser grandes por su obra son sin embargo figuras de primer orden en el paisaje literario de un país. Alejandro Sawa es para la literatura española eso, una personalidad que exige ser estudiada, porque con él y su entorno está gran parte de la mejor literatura que se hará en España en el filo entre el XIX y el XX. Sevillano, seminarista en Málaga, aspirante a lo que fuera en Madrid, Sawa - curioso apellido, que nos remite al gran escritor de Trieste, Umberto Saba, y a un vago aire grecoturco de Salónica-Esmirna-va a recoger en su biografía elementos insólitos para nuestra apocada cultura finisecular.
Lo primero es que viaja, y no sólo a Soria, a Palencia o a Barcelona - donde estará en varias ocasiones-,sino a Londres, a Roma, a Spa. Importante Spa, porque esta decadente población belga que dará nombre a toda esa modernez que ahora toma su prestigio, era lugar de atracción, no especialmente por sus baños y jaleas, sino por su ruleta. ¡Oh, el casino de Spa! Alejandro Sawa, que apenas tendría un duro en toda su vida, se jugará los de todos los incautos matrimonios ricos que osaran creer sus brillantes exposiciones sobre el método infalible para hacer saltar la banca. Como Leopoldo Alas, Clarín,como tantos otros de su época, Dostoyevski sin ir más lejos, Sawa está mordido por la fiebre del juego.
Pero la ciudad por excelencia de su vida ha de ser París. La capital del mundo en el momento crepuscular de la bohemia; a punto de hacer una literatura de señores, y convertir a los autores en unos señores de la literatura. Lo que va a marcar de un modo indeleble la vida de Sawa va a ser la amistad, y hasta la camaradería y la complicidad, con uno de los grandes, Paul Verlaine. No es poca cosa verle todos los días en el café, hablar con él, compartir opiniones y borracheras, etílicas y de lo que fuera, porque ninguno hizo ascos a nada. Y quien dice Verlaine, debe añadir aquel mundo de la bohemia, que de alguna manera termina en él, por más que se prolongue en las grandes tertulias parisinas que tanta importancia habrán de tener en todos los campos de la creación artística hasta la primera gran guerra.
Pasar del duro y brillante París al frío de pana madrileño debió de ser duro, y más viniendo casado y con una hija. Pero al principio funcionó, y Sawa se convirtió en un habitual de los diarios y publicaciones capitalinas, con cierta notoriedad, resaltada por su aspecto imponente, hermoso y seductor; cachimba en boca, melena suelta y dos perros en traílla. Pero, entre que nuestro hombre se fue radicalizando y que siguió con las costumbres parisinas, su espacio se achicó. En un estudio a propósito de Sawa, Iris M. Zavala, que le reeditaría sin ningún éxito en 1977, escribió que “la nueva bohemia finisecular es un ´proletariado artístico´ de aguerridos combatientes”, y es tan cierto como que sus condiciones de subsistencia estaban en la linde entre pobreza y absoluta miseria.
Desde 1905, la ceguera progresiva, que al año siguiente será total, convertirá a Sawa en un personaje patético, subsistiendo a base de sablazos y trabajos de negro literario, como los seis artículos que hará para Rubén Darío, que aparecerán en La Nación de Buenos Aires, y que este tendrá la desvergüenza de no pagarle. Su mujer, la borgoñona Jeanne Poirier - Santa Juana,para los amigos-,conseguirá algún dinero ejerciendo de comadrona, mientras Alejandro parece empeñado en hacer realidad la consigna que su amigo Valle-Inclán escribió en La lámpara maravillosa y que se había convertido en lema: “Poetas, degollad vuestros cisnes y en sus entrañas escrutad el destino”. El de Sawa se exhibía más negro que la pez. Su último intento se redujo a tratar de publicar un libro, el resumen de su mejor obra periodística, que titularía Iluminaciones en la sombra y que no conseguiría editor. Empeñará todo lo que le queda para editarlo por su cuenta, pero necesitaba mil pesetas y él sólo consigue seiscientas. Le pedirá a Rubén Darío, recién nombrado ministro plenipotenciario en Madrid y que no le hará ni caso, esas cuatrocientas que le restan para la gloria. Será necesario que se muera y le metan entre tablas cajoneras - con tan mala fortuna, que uno de los clavos le rozará la sien y al muerto le correrá un reguero de sangre junto al rostro, impregnando la escena de un tono aún más tétrico-para que pueda llegar a la posteridad con la dignidad tronada de un proletario de la bohemia.
Valle-Inclán, que asistirá a esta última escena, con la viuda y la niña, se quedará tan impresionado que exigirá a Rubén el apoyo, y un prólogo, para la edición póstuma de las Iluminaciones en la sombra.Un libro sentido y retórico con páginas muy bellas, que acaba de reeditar, en magnífica edición, Nórdica Libros, con una introducción poco feliz de Trapiello. Pero la gloria de Alex Sawa - como le conocían los suyos-será dar vida al personaje más hermoso y sentido y valiente de las Luces de bohemia de Valle-Inclán: el inmortal Max Estrella.
Falleció el 3 de marzo, miércoles, de hace cien años. La primera biografía de Sawa digna de tal nombre apareció hace cuatro meses en Sevilla, gracias a la profesora Amelina Correa, editada por la Fundación Lara.
Ella cuenta que el día del entierro, la buena de Jeanne Poirier le cortó un mechón que se regaló a sí misma, porque cumplía 38 años. Fue un entierro de tercera, en un coche de tercera - con dos caballos-y una sepultura temporal - de tercera-en el cementerio civil de la Almudena. Costó 70 pesetas. Diez más que la colaboración que tenía en El Liberal,la única que le quedaba y que acababan de retirarle.

CIUDAD JUAREZ

REPORTAJE: CIUDAD JUÁREZ
La muerte imparable
PABLO ORDAZ
Publicado en El País, 01/03/2009
Patrullamos con la policía federal por uno de los lugares más peligrosos del mundo: Ciudad Juárez, en la frontera de México con EE UU. Un pozo irrespirable donde cada día se registran de media cinco muertes violentas. Es la podredumbre del narcotráfico.
Hasta hace 20 minutos tenía 14 años y se llamaba Raúl. Estaba parado en la esquina de su casa, charlando con dos amigos. Un coche apareció muy lentamente por el final de la calle llena de gente. Cuando estuvo a su altura, dos hombres -ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos, nunca nadie ve nada en Ciudad Juárez- se bajaron y apuntaron sus armas sobre él. Un tiro, dos, tres...
Ahora ya no tiene 14 años ni se llama Raúl. Sólo es el último muerto de esta ciudad maldita donde el único negocio que florece es el de las funerarias. Un tiro, dos, tres... Así hasta 25. Los perros ladrando. El padre de Raúl escuchando los disparos, bajando a la calle, descubriendo justo lo que el presentimiento le iba diciendo al oído. Su hijo de 14 años, estudiante de secundaria, desplomado entre la acera y un Ford Thunderbolt de color crema. Con la cabeza destrozada a balazos.
Los perros no han dejado de ladrar ni la gente ha abandonado la calle. Jóvenes muchachos de la edad del difunto siguen charlando y comiendo helados mientras los agentes van poniendo un triángulo amarillo por cada casquillo encontrado. Veinticinco triángulos amarillos. Ninguno a más de dos metros de distancia de donde está el cadáver. Un fusilamiento perfecto. Ni la vieja chapa del Ford color crema ni las paredes de la calle Calexico han resultado dañadas. Raúl quiso huir, pero le dieron caza. Con la misma precisión que a sus dos amigos, que yacen al final de la calle, también rodeados por la curiosidad y los triángulos amarillos.
Un hombre joven fuma dentro del cordón policial. Es el padre de Raúl. Ni siquiera llora. Sólo fuma, un cigarro tras otro. Le cuenta al reportero sus últimos 20 minutos. Que escuchó los disparos. Que bajó atropelladamente temiéndose lo peor. Que se encontró a su hijo así:
"Como ningún padre querría ver nunca a su hijo. Hágase cargo. Tenía 14 años, estudiaba secundaria...".
El parte, frío, escueto, que un funcionario municipal redactará horas después sobre la "triple ejecución" hablará de un joven "que en vida respondía al nombre de Raúl Alberto Rubio Ochoa". Tiene razón. Los muertos no tienen nombre. No desde luego en Ciudad Juárez, donde este sábado de febrero escogido al azar serán ocho los jóvenes asesinados por las oscuras mafias de la droga. Ocho. No son demasiados; tres días después morirán 21. Ni demasiado jóvenes; una semana más tarde caerán seis niños bajo los disparos de tipos que siempre tienen tiempo de huir. Ocho muertos son sólo ocho líneas en cualquier periódico mexicano. Sólo si el muerto respondía en vida a un nombre famoso -un general condecorado o el jefe de un cartel principal- o si las causas de su muerte resultaron extraordinarias -lo cocinaron después de asesinarlo o lo ejecutaron tras construir un túnel para pasar droga...-, sólo entonces puede optar el difunto al raro honor de un titular en la portada de un periódico nacional. Un país donde el narcotráfico se lleva por delante a más de 6.000 personas al año -más de 16 cada día- no tiene más remedio que ir apilando tanto sufrimiento en la fosa común de las medias columnas, un pequeño trozo de papel escondido en una página par de un periódico de provincias. O hace eso -sin indagar por qué mataron a Raúl, casi un niño, sin investigar por qué su padre bajó las escaleras con el presentimiento envenenándole el aliento- o se arriesga a perder la sonrisa para siempre.
Al primer muerto del sábado lo mataron entre Marte y Saturno, una esquina a medio asfaltar de la colonia Satélite.
La llamada se produjo a las 9.45. Una ambulancia de la Cruz Roja corrió al lugar. Luego, los policías municipales. Luego, los estatales. Luego, los federales. Luego, el Ejército. Aseguraron la calle. Un agente en cada esquina. Con sus rifles Ak-47, sus AR-5, sus revólveres en la mano, sus chalecos antibalas, sus pasamontañas, su tensión que se huele? Su miedo.
- Pero si ya ha pasado todo.
- No siempre. A veces vuelven a por el cadáver.
- ¿Quiénes?
- Unas veces, sus amigos. Otras, sus rivales.
- ¿Para qué?
- Quién sabe. Unas veces, para rematarlos. Otras, los montan en las camionetas y se los llevan. Nunca aparecen. Es muy extraño.
El policía municipal que habla parece nervioso. Es un tipo bajito, mal uniformado. La canana que lleva alrededor del cinturón está medio vacía. Un cartucho sí, uno no. Todavía hoy muchos policías tienen que pagar de su bolsillo la munición que gastan. Y si por la mañana no llegan pronto al reparto de los escasos chalecos antibalas, deben salir a patrullar a cuerpo gentil, un blanco perfecto. El policía municipal va de un lado para otro. Apunta en una pequeña libreta los nombres de todos los que, policías o no, rebasan por un motivo u otro el cordón de seguridad. No llega a cruzar palabra con los agentes de otros cuerpos. Es una constante de Ciudad Juárez. Nadie se fía de nadie. Menos aquí, un lugar tristemente célebre por las decenas de mujeres que fueron asesinadas sin que aún hoy se conozcan los motivos ni los culpables. Hay además datos muy claros de que el narcotráfico tiene voluntades compradas entre los policías, entre los jueces, entre los políticos, entre los periodistas. Las miradas dicen: sabemos a quién pertenece tu uniforme, pero no a quién perteneces tú. No es nada personal. Sólo cuestión de supervivencia. La noche anterior, cuando el reportero llega al aeropuerto de Ciudad Juárez, dos agentes federales lo esperan a pie de avión. Han recibido la orden de escoltarlo durante el fin de semana, integrarlo en una de las patrullas de fuerzas especiales que recorren día y noche la ciudad en busca de sicarios. Pero cuando va a abandonar el aeropuerto, dos soldados le piden que abra la maleta y la mochila en la que transporta el ordenador portátil. Uno de los federales trata de aliviar el trámite y se dirige al militar:
- No se preocupe, oficial, viene con nosotros.
- Claro que sí. Pero tiene que abrir el equipaje.
- Pero
- Tiene que abrir el equipaje.
Nada personal. Sólo eso: nadie se fía de nadie. ¿O no es por los aeropuertos de México, y bajo la supervisión de agentes de la ley, por donde toneladas de droga y sustancias químicas ilegales entran en el país? La escena se repite dos o tres veces durante el fin de semana. Cada vez que el patrullero pasa por un puesto de control militar, los soldados lo paran y lo revisan como si se tratara de un vehículo particular. O tal vez más.
- ¿Adónde se dirigen?
- Vamos a instalar un control de carros robados a dos kilómetros de aquí.
- Correcto. Bájense y abran la cajuela.
El policía abre el maletero. El soldado mete la cabeza, casi olfatea el interior. Ni hay tensión ni deja de haberla. Los soldados no sonríen. Los federales tampoco. Es una guerra extraña la que vive México. Las bajas se cuentan por decenas, todos los días, como en cualquier guerra. Pero aquí no hay dos bandos. Hay muchos, y andan disfrazados.
- Está bien. Pueden continuar.
Unos metros más allá, el federal que hoy conduce el patrullero - un joven simpático que cita a los clásicos- le explicará al reportero por qué, aunque íntimamente les fastidie, obedecen a pie juntillas las instrucciones de los militares. Aparca el vehículo en el arcén, junto a la valla que delimita un depósito de vehículos. Parece uno de los muchos cementerios de automóviles destinados a chatarra que afean la ya de por sí poco agraciada Ciudad Juárez. Pero no. Es distinto. Aquí vienen a parar los carros incautados al narcotráfico o sujetos, como parte de la prueba, a algún proceso judicial. Los hay nuevos y viejos. Lujosos -allá al final se ve una Hummer en aparente buen estado- y simples utilitarios. El agente señala un todoterreno, varado no muy lejos de la carretera. Tiene, como muchos otros, la chapa agujereada por los tiros gruesos de los rifles de asalto. Pero es distinto. Es un vehículo oficial, un patrullero de la policía municipal. No le queda un trozo de chapa sano.
- ¿Una emboscada de los narcos?
- No. Los militares tenían instalado un control. Les dieron el alto. Los policías no quisieron parar. Los militares abrieron fuego. Los mataron a los dos.
Nada personal.
La una de la madrugada. Hotel Chulavista. Está cortado por el mismo patrón que los moteles americanos de carretera. Una recepción, un comedor y una serie de habitaciones alrededor de un aparcamiento. Ni bonito ni feo. Vulgar. Discreto. Hasta no hace mucho, un buen negocio. "Los que más nos visitaban", explica el camarero, "eran puros gringos. Parejas que cruzaban desde El Paso, aparcaban el carro en la puerta de la habitación y sólo salían un rato a cenar algo o a emborracharse a buen precio. Ya casi no viene ninguno. Les da miedo". Ciudad Juárez y también Tijuana, en la costa del Pacífico, constituían las míticas fronteras donde la fiesta sin tregua -el alcohol, el juego, los clubes de alterne- atraía cada fin de semana a cientos de turistas norteamericanos. Nunca fueron ciudades exquisitas ni bendecidas por el Vaticano, pero sí razonablemente seguras. De eso dependía el negocio. Ahora, muchos de los restaurantes ya han cerrado, los prostíbulos sólo atraen a clientes locales y desesperados, y la única ruleta que gira día y noche es a vida o muerte. El hotel Chulavista estaba prácticamente desahuciado. Pero entonces llegaron los federales.
Las fuerzas especiales. Muchachos jóvenes -casi ninguna mujer- procedentes en su mayoría de las filas del Ejército. Sus sueldos son bajos, pero para poder lucir ese uniforme azul han tenido que pasar exhaustivos exámenes de confianza, incluida la prueba del polígrafo. Según ha llegado a admitir Felipe Calderón, el presidente de México, más de la mitad de la policía mexicana "no es recomendable". Hay casos, como el de Tijuana, donde se detectó que nueve de cada 10 policías locales habían sido comprados por el narcotráfico. Incluso entre los 11.000 federales recién contratados, la mitad resultó ser de moral distraída. Se supone que estos que ocupan el hotel Chulavista de Ciudad Juárez pertenecen a lo mejor de cada casa, pero, por si acaso, sus jefes nunca le dicen por dónde patrullarán cada noche o a qué tipo de malandro van a intentar detener. Van y vienen de sus habitaciones al comedor uniformados al completo, chaleco antibalas incluido, y con el rifle AR-15 en bandolera. Sus mandos les dan el tiempo justo para comer algo y dormir un rato. El resto de la jornada lo emplean en recorrer la ciudad de cabo a rabo. Sus vehículos son camionetas pick-up de doble cabina. Ellos ocupan la parte de atrás, siempre de pie, con el dedo en el gatillo de sus armas y el pasamontañas hasta la nariz. Vigilando, siempre vigilando.
- ¡Nos vamos! Esta noche nos acompañará un periodista español. Si hay suerte y detienen a algún delincuente, no me lo golpeen demasiado? Háganme ese favorzote, muchachos.
El oficial subraya la broma guiñando el ojo detrás del pasamontañas. Los muchachos se ríen. Será el único momento de relajación en cinco horas. Las camionetas de los federales se sumergen en la noche de Ciudad Juárez, cruzan a todo trapo avenidas casi vacías y se adentran por colonias polvorientas, sin pavimentación, donde sólo los perros con sus ladridos parecen reconocerlos. Al fondo se distinguen las luces de El Paso, al otro de lado de la frontera. El Paso es una de las ciudades más seguras de Estados Unidos. Ciudad Juárez, la más violenta de México. En El Paso, como en toda la frontera, se venden armas de grueso calibre sin ningún impedimento. Aquí se mata con ellas. Los policías se adentran en una de las colonias más peligrosas. Se sienten observados, por eso circulan sin luces, guiados por un agente local con un mapa y una linterna. El oficial comenta en voz muy baja:
- Esta noche vamos a hacer dos o tres cateos. Hemos recibido varios pitazos [chivatazos] sobre gente que podría estar vendiendo droga y armas.
Llegan al primer objetivo. Empieza un baile muy bien ensayado que se repite en cada registro. Los agentes saltan de las cuatro camionetas. Unos corren hacia las esquinas para asegurar el trabajo de sus compañeros y prevenir emboscadas. Los oficiales que van a penetrar en la casa -una especie de cortijo desvencijado- desenfundan sus armas cortas y quitan el seguro. Cada uno de ellos va escoltado por dos o tres compañeros con rifles de precisión. El puntito rojo de la mira se pasea por una pared que supo de mejores tiempos. Un perro encadenado parece enloquecer. Sale un hombre a la puerta de la casa. Descalzo. Despeinado. La camisa por fuera del pantalón.
- ¡Alto! ¡Federales!
El registro no dura más de 10 minutos. No parece que el dueño de la casa sea un narcotraficante. Parece más bien un nómada incómodo al que algún vecino quiere perder de vista denunciándolo a la policía. Hay niños por todos lados. Niños mal vestidos, niños canijos y sucios que juegan con juguetes rotos y que observan a los policías con serenidad, como si ya los hubieran visto más veces, como si formaran parte del juego al que están predestinados a jugar. "Negativo. No hay nada, ¡vámonos!". La acción se repite dos veces más. Dos cateos. Dos negativos. Ha sido una noche tranquila que ha terminado en empate. No han detenido a nadie, pero tampoco se ha reportado ninguna baja.
Vuelta a la base. Mañana será otro día.
Dos horas después suena el teléfono de la habitación. "Han encontrado a tres muchachos ejecutados en la puerta de una discoteca. ¡Nos vamos!". La misma historia del día anterior. La ambulancia. La policía local. La policía estatal. La policía federal. El Ejército. Y esperándolos a todos, sin inmutarse, la muerte.
Tres jóvenes. Boca arriba. Cada uno con su ración de plomo. Se parecen al joven ultimado en la colonia Satélite. Detallistas de la droga, camellos, narcomenudistas. Como mucho, aprendices de sicario. Clase de tropa. Carne de cañón. El perfil de las bajas del narcotráfico en México es el de jóvenes captados por los distintos carteles de la droga que luchan entre sí para afianzar su predominio en las plazas. No sólo han muerto en la frontera con Estados Unidos. También en la que separa un antes y un después de la historia de la droga en México. Lo que había hasta ahora está muy claro. Basta comprarse un CD de los Tigres del Norte o de los Tucanes de Tijuana para conocer las historias cotidianas del negocio o las leyendas de los grandes narcotraficantes como Amado Carrillo Fuentes, jefe hasta su muerte del cartel de Juárez. Le llamaban El Señor de los Cielos. De él se dice que tenía una docena de Boeing 727 con los que introducía cocaína en Estados Unidos. La épica de la frontera. Las reglas. El respeto. La complicidad de los gobernantes. Tú hasta aquí y yo hasta allí. Y como último recurso, la muerte. La muerte como herramienta de trabajo, de poder, de advertencia.
Todo eso se acabó hace algo más de un año. La versión oficial es que tantos años de complacencia con el crimen organizado habían llegado a horadar los cimientos de la República y amenazaban con privatizar el país en su beneficio. "Los señores de la droga ya estaban tocando las puertas de Los Pinos [la sede de la presidencia de la República]", dice a media voz uno de los hombres más poderosos de México. "O los combatíamos o les entregábamos el país. Ya eran dueños de algunos cuerpos enteros de policía que trabajaban para ellos y no para los ciudadanos". El caso es que el presidente, Felipe Calderón, tocó zafarrancho de combate. Hace de eso un año, dos meses y 7.000 muertos.
La furgoneta blanca del depósito de cadáveres llega al lugar de la triple ejecución. Se coloca junto a la ambulancia de la Cruz Roja. "El día que más miedo pasé", comenta una enfermera del servicio de urgencias, "fue hace sólo unos meses. Recibimos el aviso de que había un joven malherido tirado en la calle. Acababa de ser víctima de un ataque armado. Fuimos hacia allá y llegamos cuando todavía respiraba. No había tiempo que perder. Lo metimos en la ambulancia y salimos corriendo hacia el hospital. A medio camino se nos cruzaron dos furgonetas
con los cristales oscuros. Bajaron tres o cuatro encapuchados, nos apuntaron en la cabeza al chófer y a mí y nos dijeron que nos estuviésemos quietos. Fueron a la parte de atrás, sacaron al herido y le dieron el tiro de gracia en medio de la calle. Mira, te lo estoy contando y aún se me eriza la piel. Antes de irse aún tuvieron tiempo de amenazarnos. Nos dijeron que, por nuestro bien, la próxima vez no tuviésemos tanto interés en llegar tan rápido...". Los dos grandes hospitales de la ciudad también han sido escenario de irrupciones violentas de sicarios que buscaban rematar un trabajo mal terminado. En una ocasión, y en previsión de que eso sucediera, el juez colocó a dos policías custodiando la puerta de urgencias. Por si llegaban los sicarios.
Llegaron. Mataron a los dos policías. Entraron en el hospital. Remataron al herido. Y se marcharon.
El jefe de la policía científica se dirige a los muchachos de la furgoneta blanca:
- Ya os los podéis llevar.
Los curiosos le echan un último vistazo. Certifican que los asesinados no son del barrio. De igual forma, unas horas antes, los vecinos de la colonia Satélite juraron que el primer muerto del sábado -chándal azul celeste, manos atadas a la espalda con una cuerda amarilla- jamás había sido visto por allí. Hay un testigo que dice haber observado cómo arrojaban al muchacho del chándal desde un vehículo, todavía vivo, y lo remataban en el suelo.
- ¿Y cómo era el carro?
- No me acuerdo, jefe.
- ¿Grande o pequeño?
- Normal.
- Y a éste -dice el policía señalando al muerto- ¿lo habías visto antes por aquí?
- Nunca. No es de aquí.
El procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, maneja un dato estremecedor:
- Al 40% de los que mueren no los reclama nadie.
Fosas comunes. Esquinas de papel en los diarios. Y la batalla que no cesa. Todos los días, el Gobierno de México distribuye una serie de comunicados -partes de guerra- que dan cuenta de la incautación de armas, de la intervención de droga, de la detención de sicarios. Pero al día siguiente, invariablemente, los noticieros hacen recuento de las bajas, y raro es el día que no superan las dos cifras. Diez en Ciudad Juárez. Cinco en Tijuana. Dos en Culiacán. Total: 17. Hay ciudades marcadas por la tragedia diaria. Suelen ser las sedes fronterizas de los antiguos carteles de la droga, hoy atomizados por las guerras entre sí y por el embate del Estado, pero también se producen bajas muy cerca del mar Caribe, a pocos metros de las palmeras y los hoteles de lujo. El goteo es continuo y, aun así, nunca faltan nuevos soldados dispuestos a morir.
La caravana de federales regresa al hotel Chulavista. Un semáforo en rojo. De pronto, como surgido de la nada, un joven se acerca corriendo. Dos federales lo apuntan con sus armas. El muchacho parece muy nervioso. Discute con los policías del primer vehículo, que finalmente acceden a que suba con ellos. La caravana aborta el regreso a la base y se dirige ahora, a toda prisa, a una colonia cercana. Al parecer, el muchacho ha sido víctima de un robo. Unos jóvenes le han quitado su vehículo a punta de pistola. Pero mientras regresaba a su casa, a pie y asustado, ha creído ver a uno de los asaltantes meterse en una casita de una planta, como casi todas las de Ciudad Juárez. Los federales llegan al lugar indicado. Se bajan de las camionetas y rodean el inmueble. Mientras tres agentes, acompañados del denunciante, entran en la casa, otros aseguran la zona y revuelven en la basura. La operación es rápida. Los que han entrado en la casa salen con el sospechoso agarrado del cuello. La víctima lo ha reconocido. Los policías que se quedaron en la puerta también tienen su botín. Acaban de encontrar las matrículas del vehículo sustraído. El interrogatorio se hace en caliente. La madre del muchacho sale a la puerta y le pide al oficial, con una sonrisa en la boca:
- No sea malito, jefe, no me lo golpeen?.
El muchacho delata a un cómplice, y éste a otro, y el tercero habla de un tal? El vehículo es por fin recuperado. Casi al alba. Los policías se muestran exultantes, aunque el paisaje de fondo no es muy alentador. Chavales que manejan pistolas, roban coches, merodean por las calles sin asfalto en busca de su próxima víctima. El 40% de los muchachos de Ciudad Juárez ni estudia ni trabaja. Una buena parte sólo espera su turno de matar o morir. Su sueño es un carro del año, un buen revólver con las cachas de oro. Muchos mueren así, con el sueño de que un cantante famoso de narcocorridos le dedique una letra bien chingona a cada uno de ellos.
La patrulla regresa al hotel. Ya se divisa el alba cuando la voz del comandante da un nuevo parte:
"Se acaba de recibir un aviso. Han encontrado el cuerpo calcinado de un hombre encima de un contenedor de basuras. Diríjanse a la calle...".
El octavo muerto de este fin de semana tampoco tendrá nombre.

28 feb 2009

Clive Stafford Smith

Un abogado contra Guantánamo/GUILLERMO ABRIL
Publicado en El País Semanal, 01/03/2009
Fue el primero en llevar la prisión ilegal a los tribunales. Abrió el camino para defender a los detenidos. Con su ONG, Clive Stafford Smith ha luchado por liberar a casi un centenar. Ahora confía en Europa para echar el cierre.
Cuando en enero de 2002 empezaron a conocerse las primeras noticias sobre la prisión de Guantánamo (Cuba), a la que los militares estadounidenses estaban trasladando a supuestos terroristas de Al Qaeda y talibanes afganos capturados "en combate", un abogado de sonrisa torcida decidió meter una cuña antes de que se cerrara la puerta de la guerra sucia contra el terror. "Demandemos al presidente Bush", escribió Clive Stafford Smith en un correo electrónico a sus colegas defensores de los derechos civiles en Estados Unidos. La mayoría respondió con silencio. Otros no veían ningún problema con la prisión. Algo había cambiado, se excusaban: su país se encontraba en guerra desde el 11-S.
A Stafford Smith, de 49 años, estadounidense de origen británico, no le retuvo ningún complejo patriótico. Después de dos décadas defendiendo a los innombrables en el corredor de la muerte de los Estados sureños, en febrero de 2002 demandó al entonces presidente, George Walker Bush; al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y a dos mandos de la base naval de Guantánamo por retener "incomunicados y bajo custodia ilegal" a dos ciudadanos británicos. Dos años y medio más tarde, gracias a esta demanda, la Corte Suprema reconocía a los presos el derecho al procedimiento de hábeas corpus y abría una rendija para la entrada de abogados en la base.
La niebla acaricia las colinas del condado de Dorset, al sur de Inglaterra. La carretera serpentea entre prados y vacas. Unas casitas de ladrillo al fondo de un camino embarrado. Un hombre espigado se asoma a la puerta. Dentro, ofrece un té y pide unos minutos: "Estoy acabando una carta a la Casa Blanca. A ver cuál es la postura de Obama sobre la tortura cometida contra un cliente". Stafford Smith teclea en el portátil. Su mujer, también abogada, juguetea en el salón con el bebé de ambos. John Le Carré y Ernesto Che Guevara sobre la estantería. Zumba la tetera. Punto. Correo terminado. Con la taza en la mano y sus pantalones de pana agujereados, el azote de Guantánamo sale a la calle y hace de guía hasta su oficina, una cabaña luminosa que debió de servir como almacén de aperos. Le ha puesto el apodo de El Pentágono. Como el original, dice, cuenta con cinco lados.
El inagotable Stafford Smith, distinguido como oficial del Imperio Británico, acaba de volver de Estrasburgo (Francia), donde ha pasado un par de días contando a los parlamentarios europeos "la verdad sobre los prisioneros de Guantánamo". Con más de 20 viajes a la base americana a sus espaldas, en estancias de 10 días, ha representado a unos ochenta detenidos al frente de Reprieve, la organización británica sin ánimo de lucro que fundó hace nueve años; 50 de ellos ya han sido liberados. La mutación de la ONG, consagrada a la defensa de los condenados a muerte, fue inevitable cuando Guantánamo entró en escena. Su sede se encuentra en el corazón de Londres y cuenta con 14 abogados e investigadores dedicados a desvelar el oscuro sistema de inteligencia post-11-S. Las prisiones ilegales se encuentran entre sus prioridades. No sólo la cubana. Ahí están Bagram (Afganistán), Temara (Marruecos) o Diego García (territorio británico). El seguimiento de los vuelos de la CIA es otro de sus fuertes. Sus averiguaciones fueron entregadas en 2008 al fiscal de la Audiencia Nacional que investiga el caso en España, Vicente González Mota. Reprieve aportó la identidad de los agentes de la CIA que operaron los vuelos con escala en territorio español. Los agentes se identificaron con nombres falsos, sostiene Reprieve. "Esta información todavía ha de verificarse, pero ha sido incluida en el sumario", resume el fiscal. "Y esto da cuenta de su relevancia".
Volvamos a Guantánamo. Con la orden ejecutiva de Barack Obama de desmantelar en un año una prisión en la que han tenido lugar más suicidios (4) que juicios justos (3), el debate se ha trasladado. "No puedes cerrarla a menos que los prisioneros tengan un lugar al que ir", dice Stafford Smith. Ahí entra en juego Europa y su viaje a Estrasburgo. De las cerca de 240 personas que siguen encerradas, 140 regresarán a sus países. Unas 40 quizá sean juzgadas en suelo estadounidense. Cerca de 60 no tienen un destino al que volver, perseguidos en sus países, o cuyos Estados se encuentran en guerra. La negociación en el Parlamento Europeo terminó con una declaración de buenas intenciones para ofrecer refugio a quien lo necesite. Pero el problema con la política, dice el abogado, es que una cosa son las palabras y otra la acción.
Noviembre de 2004. Stafford Smith logra su primer permiso para entrar en la base y entrevistarse con los prisioneros británicos Moazzam Begg y Richard Belmar. Bush ya había anunciado al mundo (julio de 2003): "De lo único que estoy seguro es de que éstos [los prisioneros] son personas malvadas". El abogado imaginaba que se habrían cometido errores, fallos en la identificación, falta de pruebas. "Pero supuse que lo habrían hecho bien en casi todos los casos". Primera sorpresa: "La mayoría no eran terroristas". Las cifras han ido hablando por sí solas: de las 759 personas que han desfilado por la base, 525 han sido liberadas. Sus dos primeros clientes volaron a casa dos meses después de la visita del abogado.
el anecdotario de este hombre sobre los sinsentidos de la prisión es interminable. Para empezar, cuenta, se topó con el muro de la burocracia militar. Lo primero que necesita un abogado para defender a una persona es saber quién es la persona, pero nadie sabía quién se hallaba en Guantánamo. Los militares tampoco aportaban ninguna pista. "Cuando por fin dimos con algún nombre y comentamos a las autoridades americanas ‘Eh, estoy representando gratis a esta persona’, nos contestaron que sólo podíamos representarlo si teníamos su permiso expreso. ‘Pregúntenle si quieren que le defendamos’, respondíamos. Y los militares: ‘No. Eso no lo podemos hacer". La clave fue dar con los familiares, que tienen derecho a solicitar apoyo jurídico para los detenidos. Esto puede resultar sencillo con ciudadanos británicos o australianos. En Yemen, adonde Stafford Smith viajó para localizar a varias familias, se vuelve una labor titánica.
Una vez dentro, la siguiente trampa burocrática: cualquier anotación que un abogado quisiera conservar después de entrevistarse con un detenido había de meterla en un sobre y dirigirla al Departamento de Defensa en Washington, donde se tachaba debidamente toda información comprometedora para la "seguridad nacional" de Estados Unidos. Cualquier referencia a las torturas sufridas por sus clientes, como el ahogamiento, los golpes, los cortes, la simulación de homicidios en celdas contiguas o la posición de strappado propia de la Inquisición española era eliminada porque formaba parte de los "métodos de investigación". Material clasificado que los abogados no podían hacer público.
A Stafford Smith se le ocurrió así uno de sus golpes de efecto más sonados. En 2005 le remitió al primer ministro británico Tony Blair una carta desde Guantánamo describiendo las atrocidades que los militares americanos habían cometido contra su cliente Moazzam Begg. La misiva la componían una memoria de 40 páginas sobre los abusos, que quedó censurada en un 90%, y dos folios de carta aclaratoria con el encabezamiento: "Re: Torturas y abusos a ciudadanos británicos en Guantánamo", y un último párrafo: "Todo lo que aparezca tachado en esta carta es información que sus aliados de Estados Unidos no creen que deba conocer". Fueron las dos únicas frases que la censura de Washington no cubrió con una mancha negra.
Ante la ausencia de juicios justos y la poca información que superaba el filtro, la labor de los abogados ha sido investigar la vida de los prisioneros con las pocas pistas que tenían. Stafford Smith lo ilustra con la historia de otro de sus clientes, Mohamed el Gharani. Originario de Arabia Saudí, fue detenido en Pakistán y vendido a los militares estadounidenses en 2003. Tenía 14 años. Durante el interrogatorio, un intérprete de árabe que hablaba el dialecto yemení le preguntó que cómo conseguía "tomates" en Pakistán. "¿Tomates?", se preguntó el muchacho. "No necesito tomates. Puedo conseguirlos en cualquier parte". El problema fue que la palabra que entendía en su dialecto saudí como "tomates" o "ensalada", zalat, significaba "dinero" en yemení. Los militares, explica su abogado, concluyeron que debía de tratarse de un financiador de Al Qaeda. Lo acusaron de formar parte de una célula londinense en 1998, convencidos de que El Gharani tenía unos 25 años. Lo primero que hizo Stafford Smith, después de entrevistarse con el chico, fue confirmar su edad. Consiguió su partida de nacimiento y probó que cuando se encontraba supuestamente en Londres, financiando a terroristas, ¡tenía 11 años! Su liberación ha sido anunciada en enero.
Aun así, dice el abogado, lo más grave no han sido las torturas ni las injusticias, sino el secretismo: "Yo sé un montón de cosas que están pasando, pero tú no las sabes. Ni nadie. Los americanos clasifican la información cuando los hechos les resultan embarazosos".
El caso de Binyam Mohamed, cliente que continúa encerrado, es un ejemplo de esta arbitrariedad. El asunto saltaba a la prensa el mismo día de la entrevista con Stafford Smith (5 de febrero). Y por eso escribía un correo apresurado a la Casa Blanca. El residente británico Mohamed fue detenido en 2002 y sometido a torturas en prisiones secretas de Pakistán, Afganistán y Marruecos, según contó. "Los americanos no nos permitían el acceso a las evidencias de esas torturas", dice su abogado. "Así que denunciamos al Gobierno británico para que nos diera la información". La inteligencia británica había intervenido en el interrogatorio en Pakistán. Y en Marruecos le inquirieron sobre la base de datos facilitados por los británicos.
Se ganó el caso y Stafford Smith pudo leer 42 documentos clasificados. "La información es devastadora. Pero sólo unos pocos hemos tenido acceso". A finales de 2008, varios medios de comunicación (la BBC, The Times y The New York Times, entre otros) se unieron a la demanda, para que la evidencia saliera a la luz. El 4 de febrero, los jueces anunciaron que el Gobierno británico no la haría pública, ya que había sido amenazado por la Administración estadounidense en estos términos: "La desclasificación (…) produciría un daño duradero a nuestros acuerdos (…) y a la seguridad del Reino Unido".
La decisión del tribunal ha sido recurrida y, en cualquier caso, Stafford Smith se muestra orgulloso. "Hasta que no hubiera juicios justos, nada se haría público. Ahora los hay y, como suele decirse, el sol es el mejor desinfectante". Oscurece fuera de El Pentágono. La taza de té vacía descansa junto al busto de Zeus que preside su escritorio. Son poco más de las cuatro, hora del paseo con su mujer y su hijo. La figura espigada se pierde por los caminos embarrados.
El día siguiente a la entrevista, la viñeta satírica de Times mostraba a Obama preguntándose: "¿Podemos publicar la información sobre la tortura al residente británico?". Lo mismo le había pedido Stafford Smith, si mantenía la posición oscurantista de su predecesor. "Me gusta Obama. Voté por él", había explicado el abogado. "Pero no podremos aprender de la historia hasta que no sepamos cuál es la historia". El documento que remitió al presidente explicando la tortura sufrida por su cliente le fue devuelto por el censor de Washington con todas y cada una de las palabras tachadas.

Los sueños

Sacar partido a los Sueños/JENNY MOIX
El Pais Semanal, 01/03/2009
Todos soñamos aunque no lo recordemos. Hacer memoria es, por tanto, el primer paso; después, interpretarlos para aprovechar las ideas creativas o manipularlos para disfrutar.
Cada noche traspasamos los bastidores de nuestra conciencia para adentrarnos en un mundo oculto que se encuentra dentro de nosotros. Un lugar donde la lógica se esfuma y nos sumergimos dentro de las vivencias más surrealistas: somos capaces de volar, andar flotando, saltar los escalones de tres en tres; las personas con las que estamos de repente se transforman en otras; abrimos una puerta de nuestra casa y nos encontramos en algún terreno totalmente desconocido; los animales nos hablan; los seres queridos que ya han fallecido vuelven a estar con nosotros… Un
mundo en el que todo, absolutamente todo, es posible.
Artemidoro de Daldis visitó recónditos lugares recopilando sueños. Llegó a reunir más de 3.000. En esa época (siglo II después de Cristo), los sueños eran tenidos por mensajes cifrados de los dioses en los cuales se manifestaba el futuro. Artemidoro logró romper con esa consolidada visión y contempló los sueños como algo totalmente humano, un fenómeno natural repleto de símbolos que se pueden interpretar y nos hablan de nuestras vidas.
Sigmund Freud, el patriarca de las teorías modernas de interpretación de los sueños, al igual que su predecesor griego, contemplaba los sueños como libros escritos por nuestro inconsciente con símbolos casi crípticos. Según el padre del psicoanálisis, lo que soñamos significa lo que de un modo secreto deseamos vivir opuesto al modo al que estamos viviendo. Así, los sueños los concibe llenos de deseos normalmente sexuales o agresivos inaceptables por nosotros mismos.
Actualmente, una de las concepciones más investigadas es la hipótesis de la continuidad, una teoría donde los sueños simplemente son la continuación de nuestra vida diurna. Nuestras preocupaciones, vivencias y fantasías diurnas siguen expresándose, pero de otro modo, en los sueños. Las teorías son numerosas, pero si vamos al terreno de lo práctico, la pregunta crucial es: ¿cómo podemos sacarles partido?
Interpretar los sueños
"Los sueños son intérpretes fieles de nuestras inclinaciones, pero se necesita arte para ordenarlos y comprenderlos" (M. de Montaigne)
La principal función de interpretar nuestros sueños es conocernos mejor. Existen muchos libros, reediciones o imitaciones de los "libros de los sueños" con raíces en las creencias supersticiosas de los antiguos en donde, por ejemplo, si uno sueña con un gato negro significa buena o mala suerte. No hagamos caso de esa especie de diccionarios. Cada uno de los símbolos que aparecen en nuestros sueños son totalmente individuales, un terapeuta nos puede ayudar a interpretarlos formulándonos preguntas, pero sólo nosotros podemos llegar a dilucidar lo que significan.
Para interpretarlos, primero hay que recordar todos los detalles, incluso los que nos parecen poco relevantes. Después analizar qué emociones nos ha producido el sueño y preguntarnos en qué situaciones de la vida diurna solemos experimentarlas. Igual de esencial es asociar nuestros sueños a todos los recuerdos, experiencias actuales o pensamientos. Asociar es la clave, porque en algunos casos eso nos llevará a saber el porqué de nuestro sueño. Muchas investigaciones demuestran que las personas que realizan esta práctica no sólo manifiestan entenderse cada vez más a sí mismas, sino que este conocimiento les motiva a introducir cambios en su vida.
Interpretar los sueños nos puede servir para conocernos mejor, pero también para ser más creativos. Existen muchas anécdotas de investigadores que han llegado a su descubrimiento a través de los sueños. Por ejemplo, el químico alemán F. A. Kekulé dedicó una parte de su vida a descubrir cuál era la estructura del benceno, y un día tuvo un sueño con una serpiente que se mordía la cola. Kekulé descubrió que la estructura del benceno era circular, un anillo. Recordar e interpretar nuestros sueños nos puede ayudar a cazar las ideas creativas que habitan dentro.
Para promover que en nuestros sueños aparezcan ideas creativas que nos ayuden a solucionar nuestros problemas existe una técnica que se denomina incubación. Consiste en escribir en una línea una pregunta o petición de algo que creemos importante saber para solucionar un problema. No un deseo, sino una información que necesitamos: "ayúdame a entender por qué mi amigo…", "dame una idea para el proyecto…". Una vez escrita, repetir la frase, no de una forma automática, sino centrándonos en el significado, de cinco a diez minutos antes de ir a dormir. Y al despertar, intentar recordar nuestro sueño.
¿Interpretar nuestros sueños nos podría ayudar a predecir el futuro? Aquí entramos en un terreno resbaladizo, es la cuestión de si existen o no sueños premonitorios. Muchas personas afirman haberlos tenido, pero no existen estudios rigurosos que lo confirmen. Sin embargo, el efecto Poeltz podría explicar desde la óptica de la psicología y no de la parapsicología el porqué a veces nuestros sueños pueden anticipar acontecimientos. A lo largo del día, nuestro cerebro capta muchísima información, mucha más de la que somos conscientes. A veces ocurre que información que ha captado nuestro cerebro de forma subliminal o acontecimientos totalmente irrelevantes a los que casi no hemos prestado atención aparecen en nuestros sueños.
Imaginemos que mientras estamos leyendo estas líneas tenemos la televisión conectada y en estos momentos están emitiendo un anuncio de colonia al que no prestamos atención. Pues podría pasar que esta colonia apareciera en nuestros sueños. Esto es el efecto Poeltz. Si esta noche soñáramos que sacamos a pasear al perro y se rompe la cadena, y al día siguiente nos pasara en la vida real, lo podríamos interpretar a través de este efecto, quizá nosotros ya hubiéramos advertido de forma inconsciente que la correa tenía alguna parte dañada.
A veces ocurre que mientras estamos dentro de nuestro sueño ¡somos conscientes de que estamos soñando! A este fenómeno se le denomina sueño lúcido. Hay personas que nunca han vivido esta experiencia, pero muchas dicen haberla experimentado al menos una vez en su vida.
Saber que estamos dentro de un sueño es el primer paso para manipularlo. Para conseguir mientras soñamos ser conscientes de que estamos en un sueño se emplea una técnica denominada "chequeo de la realidad": a lo largo del día nos iremos preguntando frecuentemente: ¿estoy soñando? Y comprobarlo. Suena raro, porque mientras estamos despiertos es obvio que sabemos que estamos despiertos, pero si nos lo preguntamos a menudo, al final nos lo preguntaremos cuando estemos dentro del sueño y entonces sí que podremos ver que estamos soñando. Un ejemplo: intentemos a lo largo del día mirar al reloj con frecuencia y cada vez que lo miremos intentemos mentalmente mover las agujas del reloj, con toda nuestra fuerza mental, con toda nuestra concentración; cuando logremos mover las manecillas del reloj con nuestro poder mental ¡es que estamos soñando!
Manipular los sueños
Soñaba el ciego que veía, y soñaba lo que quería" (refrán)
Existen otras técnicas que se emplean para promover esa consciencia dentro del mundo onírico. Una de ellas es la denominada WILD (wake induced lucid dream; en español: sueño lúcido inducido en la vigilia). Esta estrategia debe aplicarse cuando nos vamos a dormir. El primer paso consiste en relajarnos; se puede emplear cualquier técnica de relajación que conozcamos, por ejemplo, ir tensando y destensando diferentes partes del cuerpo mientras respiramos pausadamente, empezando por los pies hasta la cabeza. O simplemente respirar lenta y profundamente mientras visualizamos un paisaje agradable. Una vez relajados, el siguiente paso consiste en prestar atención a las imágenes que se presentan en nuestra conciencia; a veces, en este estado nos aparecen puntos, rayas o cualquier tipo de imágenes. Si vamos prestando atención a estas imágenes, pueden ir transformándose en escenas completas. Y aquí ya estamos entrando en el mundo onírico a la vez que nos damos cuenta de ello. A veces no se nos aparecen este tipo de imágenes; en este caso, podemos ir contando mientras nos quedamos dormidos. Podemos contar hasta cien y cuando lleguemos a este número nos decimos: "estoy soñando", y verificamos si realmente lo estamos o no. Si no nos encontramos en el sueño, vamos repitiendo el conteo.
Otra manera consiste, simplemente, en fijarnos en nuestra respiración constantemente hasta que entremos en el sueño. Esto es, se trata de mantener la conciencia fija en algo (los números, la respiración…) mientras el resto de nosotros se va quedando dormido. Es como mantenernos parcialmente despiertos. No se trata de obsesionarnos, sino de practicarlo a diario con tranquilidad hasta que por fin lo consigamos.
Una cosa es experimentar sueños lúcidos y otra distinta es cambiar el argumento de nuestros sueños a nuestro antojo. A veces podemos ser muy conscientes de que soñamos, pero queremos cambiar el argumento y nos resulta imposible. Aquí también se trata de practicar, empezando por lo más fácil; por ejemplo, es más viable cambiar nuestra conducta en el sueño que modificar el escenario.
¿Para qué puede servir manipular nuestros sueños? Si tenemos pesadillas, para acabar con ellas. Y soñar lo que queramos puede servir para algo muy importante en nuestras vidas: ¡disfrutar! Uno de los sueños preferidos por la gente que logra manipularlos es el de volar. No hay nada igual a la sensación de volar por los paisajes más bellos que podamos imaginar, sintiendo el aire y esa descomunal libertad.
Memoria onírica

Si queremos aprovecharnos de nuestros sueños para que nos sirvan en el día a día, el paso imprescindible es recordarlos. Hay personas que afirman que no sueñan nunca; lo que ocurre es que no lo recuerdan. Para tener presentes los sueños, debemos ir a dormir repitiéndonos que al día siguiente los recordaremos. Al despertar es importante intentar recordar sin movernos, en estado de somnolencia. Si los sueños vienen a la memoria, aunque sólo sean fragmentos, debemos anotarlos rápidamente. Si no lo hacemos así, es posible que cuando empiece el día caigamos en que hemos recordado el sueño al despertar, pero que no nos viene a la memoria su contenido. Los sueños se escapan con mucha rapidez, por tanto se trata de cazarlos justo en el primer instante de leve consciencia.

Cae la noche y el mundo, por fin, guarda silencio.

 Es de noche: a esta hora despiertan las canciones de los amantes Por Fred Alvarez Palafox Cae la noche y el mundo, por fin, guarda silencio...