10 ago 2026

Cae la noche y el mundo, por fin, guarda silencio.

 Es de noche: a esta hora despiertan las canciones de los amantes

Por Fred Alvarez Palafox

Cae la noche y el mundo, por fin, guarda silencio.

Es lunes 10 de agosto, día de San Lorenzo. Me encuentro aquí, frente al Pacífico, escuchando el incesante rumor del mar que domina el ambiente. Con una cerveza espumante en la mano, dejo que la prisa de la jornada ceda pacíficamente su lugar a la pausa. Arriba, el cielo hace lo suyo.

La historia y el cosmos tienen esa forma peculiar de abrazarse cada año. Hablo de Lorenzo, aquel diácono terco que, allá por el año 258, desafió la codicia de Roma al presentar a los desposeídos como el auténtico tesoro de la Iglesia. Lo quemaron vivo, sí, pero la leyenda dicta que el fuego no lo redujo a cenizas: lo catapultó al firmamento.

Ahora, justo cuando la Tierra atraviesa la estela del cometa Swift-Tuttle, el inmenso telón de la oscuridad comienza a rasgarse. La memoria popular, que es sabia y rara vez se equivoca, llama a estos trazos luminosos las "Lágrimas de San Lorenzo". Al levantar la mirada en busca de esas chispas fugaces que caen en cascada desde la constelación de Perseo, uno comprende de golpe la lección: los verdaderos tesoros no habitan bajo llave en las bóvedas, sino en esa compasión que, afortunadamente, aún nos va quedando como humanidad.

Sin embargo, la paciencia también es parte de la contemplación. Hoy no veremos esa lluvia de estrellas; las Perseidas alcanzarán su máximo esplendor en México hasta el miércoles 12 de agosto. Será entonces cuando el fenómeno ofrezca su mejor función, regalándonos hasta 200 estrellas fugaces por hora, cobijadas bajo condiciones óptimas de oscuridad gracias a la cómplice coincidencia de la luna nueva. Una luna que, en este intrincado reloj cósmico, coincidirá con un eclipse solar total, un espectáculo diurno reservado para latitudes lejanas del hemisferio norte, como Groenlandia, Islandia y España.

Por ahora, brindar con el rumor de las olas basta. Y es precisamente bajo este techo de estrellas donde vuelve a mí, casi como un susurro, esa frase contundente que Nietzsche plasmó en su Canción de la noche:

"Es de noche: a esta hora despiertan las canciones de los amantes".

Qué inmensa verdad. La noche siempre ha sido la trinchera de los que sienten hondo. A mis años, uno aprende a leer esta línea no solo con la sangre hirviendo de la juventud, sino con el reposo de quien ha caminado lo suficiente. Las "canciones de los amantes" no se limitan al romance de alcoba; son el himno de los que amamos la vida a dentelladas. De los que atesoramos la nostalgia de los tiempos idos, a los amigos entrañables que resisten los años, y a esos versos que se te quedan tatuados en el alma, listos para asaltarte de madrugada. Como Neruda, que hoy me viene a la boca sin pedir permiso:

"PUEDO escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta."

Bajo un firmamento así, el alma se vuelve ese manantial del que hablaba el filósofo alemán; un torrente que, acorralado por el silencio, exige hablar, decía Sabines, el sobrino de CHofi:

Los amorosos callan. /

El amor es el silencio más fino, /

el más tembloroso, el más insoportable".

Todos, de alguna manera, cargamos con una pizca de esa tragedia de Zaratustra. Nos pasamos la vida repartiendo: entregamos el tiempo, el análisis, nuestras letras, las horas. Iluminamos lo que podemos hasta que, a veces, las manos nos pesan de tanto dar. Pero cuando la oscuridad se asienta, descubrimos que debajo de toda esa rutina diaria sigue viva una sed tremenda de conexión, un hambre puramente humana por compartir un silencio cómplice.

La noche es sabia. Nos arranca las etiquetas y nos recuerda que, despojados de todo, somos apenas almas buscando una melodía en la penumbra. Hoy alzo mi vaso por estas horas nocturnas y por la vulnerabilidad que nos hace verdaderamente reales. Porque mientras haya estrellas allá arriba, seguirá siendo la hora de los amantes, y la poesía jamás nos dejará solos.

Deo Gratias. 

No hay comentarios.:

Cae la noche y el mundo, por fin, guarda silencio.

 Es de noche: a esta hora despiertan las canciones de los amantes Por Fred Alvarez Palafox Cae la noche y el mundo, por fin, guarda silencio...