1 jul 2009

Juan Carlos Onetti

Juan Carlos Onetti, el escritor tan querido
El autor de 'El astillero' cumpliría hoy cien años
JUAN CRUZ
El País, 01/07/2009;
¿Por qué queremos tanto a Onetti, el escritor que hoy cumple cien años? En primer lugar, porque era todo literatura. Esa era su pasión; es decir, era un lector, y después era un escritor. Por necesidad de las tripas, por la pasión de serlo. Su conversación no era literaria; era la de un tipo normal que vive para leer pero no vivía para contar ni sus lecturas ni sus obsesiones literarias. Leía, escribía, ahí estaba; él no tenía un cajón de inéditos que te leyera al atardecer. Era un escritor sobresaliente, pero ni se lo creía ni te lo decía.
¿Por qué queremos tanto a Onetti, el escritor que hoy cumple cien años? En primer lugar, porque era todo literatura. Esa era su pasión; es decir, era un lector, y después era un escritor. Por necesidad de las tripas, por la pasión de serlo. Su conversación no era literaria; era la de un tipo normal que vive para leer pero no vivía para contar ni sus lecturas ni sus obsesiones literarias. Leía, escribía, ahí estaba; él no tenía un cajón de inéditos que te leyera al atardecer. Era un escritor sobresaliente, pero ni se lo creía ni te lo decía.
Y un ser humano, tan solo. La voz habitual dice que Juan Carlos Onetti, uruguayo, y melancólico como los uruguayos, era un hombre triste. No lo era, no es cierto. Era un humorista, en el sentido en el que lo fue Buster Keaton, o en el sentido en que lo es Woody Allen. Decía con su cara estólida las cosas más divertidas. Y las escribía. No hacía otra cosa que reír, pero con esa cara que la vida le fue dando parecía que tan solo se reía por dentro. Su silencio también era, a veces, una carcajada. De lástima, o de burla, frente a las luminotecnias de la solemnidad.
Mario Vargas Llosa, que ha hecho un libro en el que reivindica a Onetti como el gran autor de ficción en español del siglo XX, distingue entre ambas facetas: el que escribe y el que habla. Cuando Onetti se quedaba solo con su escritura, y con sus personajes, se introducía en una zona de sombra en la que mandaba aquella melancolía honda que le emparentó desde muy temprano con los existencialistas.
Pero personalmente era otro, el que se reía, el que recordaba anécdotas que contaba con la minuciosidad de un padre que siempre tiene tiempo para contar cuentos a sus nietos. Te recibía, es cierto, echado en la cama, donde pasó una decena de años, los últimos de su vida, en Madrid. Pero ahí Onetti no exhibía la angustia dramática del acostado por hastío; una vez me dijo que no se levantaba de la cama tan solo porque le daba pavor que la Biche, su perra, le mordiera las canillas.
Desde la cama Onetti reflexionaba, se reía de su sombra y de las sombras de los otros. Se reía de la solemnidad de sus colegas; zahería, sobre todo, a Camilo José Cela, que en aquellos años (finales de los ochenta, principios de los noventa; Onetti murió en 1994) había decidido que todo el mundo debía ser objeto de sus chanzas, y la tomó sobre todo con Julio Llamazares y con Antonio Muñoz Molina. Onetti levantó su espada a favor de los dos jóvenes novelistas, y desafió Cela con su ironía aplastante. Cela era para él, entonces, la metáfora de lo que nunca hubiera querido ser, y ejerció en solitario (prácticamente) su tarea de desmontarle la peana al autor de La familia de Pascual Duarte.
Ese otro Onetti era un personaje con una memoria privilegiada; bebía, eso es leyenda, pero no se emborrachaba jamás, como recordaba anoche su amigo Félix Grande en la Biblioteca Nacional, en el epicentro del homenaje que se le está dedicando a Onetti estos días, ahí y en la Casa de América, dirigido por el profesor Eduardo Becerra.
Félix Grande, que le ayudó a subsistir en España cuando Onetti vino aquí después de que la dictadura uruguaya le encarcelara por amparar un cuento que los militares decidieron que debía ser tachado, habló de la aspereza y de la ternura de Onetti, y de ese periodo encamado que ha hecho subsistir la leyenda de que el autor de El astillero era un hombre fuera del mundo.
Quien lea hoy sus artículos (y sus novelas, y sus cuentos, pero todo sus artículos), que acaban de ser recopilados en el tercer tomo de las Obras Completas que ha preparado Hortensia Campanella para el Círculo de Lectores, podrán comprobar ahí la agudeza de sus juicios, y podrán apreciar hasta qué punto siempre estuvo alerta para tachar él mismo la solemnidad común pero sobre todo la solemnidad literaria.
Él creía que el éxito no era nada. Lo dijo cuando murió Faulkner, precisamente en julio, en 1962. "Sabía [Faulkner] que lo que llamamos éxito no pasa de una vanidad amañada: amigos, críticos, editores, modas". Faulkner, como Cèline, era su espejo. En esa necrológica de su maestro norteamericano, Onetti escribió esto que hoy podría decirse escribiendo de él, también: "Descendiendo del reciente difunto inmortal a este humilde necrólogo a pedido, reiteraremos que no fue hombre de academias, de discursos patrióticos, de asociaciones literarias. Y, si se le hubiera permitido escribir sobre su muerte, no habría aportado ni una gota a los chaparrones de cursilería que julio promete sobre el tema y cumplirá, sin duda alguna".
Le conocí en Tenerife en 1973, con mi compañero de clase Juan Manuel García-Ramos, que luego sería un profundo estudioso de su obra. Anoche, cenando con Dolly Onetti, su viuda, con Félix Grande y con otros que conocieron o aman la escritura de Onetti, alguien preguntó por qué le amamos tanto. Avancé una respuesta: porque era un tipo normal, un escritor que había arañado la vanidad hasta las profundidades de su esqueleto y la había enterrado detrás de unos libros impresionantes sobre los que jamás mostró ninguna vanagloria.
Celebrarlo es leerle. Hacían un documental sobre la vida de Onetti y me preguntaron anoche qué requisito habría que cumplir para pasar la aduana y entrar en Santa María, su territorio mitológico. Leerle, sin duda, empezando por sus artículos, donde resplandece el humor de Onetti. Ese sería el requisito. Y si hubiera que empezar por la ficción, por ese cuento imprescindible e impresionante, El infierno tan temido; pasarán otros cien años, como los que hoy tiene Onetti, y esa historia de odio y venganza seguirá siendo escalofriante. Un clásico

primeras acusaciones a Martí

Usan a Martí, acusa comité
Aseguran que enemigos de la reforma electoral abusan de buena voluntad de presidente de SOS
Nota de Érika Hernández
Reforma, 1 julio 2009.- El Comité Conciudadano aseguró que Alejandro Martí es utilizado por los enemigos de la reforma electoral de 2007, principalmente las televisoras.
Intelectuales de esa organización civil afirmaron que las propuestas establecidas en el Pacto Nacional Ciudadano impulsado por México SOS, el cual preside Martí, está replicando aquellas propuestas infundadas en materia electoral.
Entre los compromisos que dicha agrupación solicita a los candidatos es "reintegrar a los ciudadanos su derecho a expresarse libremente durante los procesos electorales", los cuales, afirma, fueron limitados en la reforma al artículo 41 Constitucional, al impedir que terceros contraten espacios para mensajes políticos en tiempos electorales.
Además de la desaparición de diputados y senadores plurinominales.
"Está siendo utilizado por los enemigos de la reforma electoral, en particular de las dos televisoras, hay que dejar a salvo la buena intención de Alejandro Martí, pero sin duda está siendo utilizado.
"¿Quién ha sido impedido de decir lo que ha querido?, todos los comunicadores pueden hacerlo, sí hay un daño a la libertad mercantil que afecta a las televisoras", aseguró el ex consejero electoral, Eduardo Huchim.
Para el Comité Conciudadano lo más positivo de la reforma electoral del 2007 fue la prohibición de adquirir espacios en radio y televisión para la difusión de propaganda política y restringir al uso de tiempos oficiales las campañas en medios masivos.
"La posibilidad de comprar tiempos (como propone Martí) no garantiza el derecho a la libre expresión y si vulnera la equidad en la contienda electoral, por esa razón resulta sumamente preocupante los compromisos suscritos por diversos candidatos y establecidos en el pacto nacional", indicó la especialista Ana Saiz.
La analista electoral Clara Jusidman expuso que de aprobar la desaparición de los plurinominales, se comete una inequidad con los partidos minoritarios, que sólo puedo llegar al Congreso a través de esta vía.
"Los ciudadanos no queremos que nuestros impuesto pasen de los partidos a las bolsas de los medios de comunicación, entonces preocupa mucho que el señor Martí se haya montado, no sé si con pleno conocimiento, a la contra reforma electoral.
"Nos parece curioso que los primeros en firmar este documento hayan sido los del PVEM, que están ligados, al menos 12 de ellos, con las televisoras, así éstas ya no tendrán necesidad de contratar cabilderos".
Los especialistas consideraron que es necesario hacer cumplir la reforma, más que elaborar otra.
El Comité Conciudadano lamentó que en esta elección el IFE haya resuelto no realizar un conteo rápido, pues para la organización civil este instrumento nunca ha fallado en los procesos electorales y daba certeza a los ciudadanos.
Así lo dijo
"Los ciudadanos no queremos que nuestros impuesto pasen de los partidos a las bolsas de los medios de comunicación".
Clara Jusidman
Analista electoral

Menonitas en Bolivia

Los somníferos de la vergüenza/Reportaje
Los menonitas de Bolivia denuncian la violación de al menos 80 mujeres, algunas menores de edad, por un grupo de nueve hombres
MABEL AZCUI - Cochabamba -
El País, 02/07/2009;
La persistente huida del desarrollo para mantener pura su forma de vida no ha impedido que en el mismo seno de las comunidades anabaptistas de los menonitas en Bolivia anide el mal: la violación de al menos 80 mujeres adultas y adolescentes por un grupo de hombres, de entre 20 y 40 años, que utilizaban potentes somníferos para sedar a sus víctimas, a los varones de la casa e incluso a los perros.
Acostumbrados a solucionar sus problemas y administrar las colonias sin intervención de las autoridades bolivianas, el caso de violación masiva de las mujeres de las colonias ha sido un verdadero baldón para el Consejo de Ancianos, que dispuso entregar a la justicia local a los infractores con la petición de mantenerlos encerrados para que paguen por sus delitos.
Nueve hombres han sido detenidos en Cotoca, una pequeña ciudad cercana a Santa Cruz, por orden de la juez Natalia Rosa Fernández. A todos ellos se les imputan delitos de violación con el agravante de sedación de sus víctimas, según la confesión que los acusados hicieron ante las autoridades religiosas de los menonitas.
Uno de sus ministros, que el pasado jueves entregó a la justicia al grupo de detenidos, expresó el sentimiento de vergüenza e indignación por lo ocurrido en la colonia Manitoba, a unos 150 kilómetros de Santa Cruz: al menos unas 60 mujeres, entre ellas menores de edad, fueron deshonradas y mancilladas con toda la carga espiritual, emocional y social que ello implica para aquellas que temen el rechazo por no poder llegar vírgenes al matrimonio, como indican sus principios religiosos.
El fiscal Freddy Pérez informó de que los sospechosos actuaban de noche y utilizaban un somnífero en atomizador para adormecer a los inquilinos de la casa. Una vez sedados, procedían a abusar de las mujeres.
Se cree que esta situación se prolongó desde el pasado año, hasta que el padre de uno de los presuntos violadores comenzó a sospechar de la conducta de su hijo que, contrariamente a sus hábitos madrugadores, comenzó a levantarse más tarde y desaparecía de casa por la noche. Le siguió, descubrió el horror, le llevó ante las autoridades religiosas y el joven confesó todo. Señaló las casas en las que había entrado y a sus víctimas, pero también mencionó a sus cómplices, que admitieron su culpa, según dijeron los líderes religiosos a la prensa en Santa Cruz.
Fue entonces cuando las mujeres comenzaron a hablar. Las casadas, que habían recriminado a sus esposos su actitud, se quejaron de dolores y las adolescentes contaron a sus padres que despertaban doloridas y con su ropa interior desordenada.
Aumentan las denuncias
Un noveno menonita de 34 años, con esposa y diez hijos, fue detenido, acusado de violar a otras 24 mujeres en su colonia con las mismas técnicas de adormecimiento. También fue descubierto por un hombre que retornaba a su casa y le sorprendió en los alrededores de su propiedad, supuestamente para encontrar una vaca perdida. Cuando vio a su esposa dormida en la cama entendió lo que había pasado y pidió ayuda a su vecino para detenerle y llevarle ante la Junta de Hermanos. El hombre arrestado declaró ante las autoridades bolivianas que tuvo que admitir su culpa porque le enjaularon después de darle una paliza para que firmase una confesión.
Lo sucedido en la colonia Manitoba está llevando a muchas mujeres menonitas a denunciar el abuso sexual de que fueron objeto en busca de justicia y la sanción más dura para los culpables, que ahora, al abrigo de las tácticas de sus abogados, se declaran inocentes y denuncian la violación de sus derechos.
Las colonias menonitas, de los ultraconservadores amish, están afincadas en Bolivia desde 1956 en Santa Cruz, Beni y Tarija, donde desarrollaron su peculiar estilo de vida muy lejos de la electricidad, la telefonía, las ruedas de goma y hasta del asfalto.
Los cerca de 50.000 menonitas repartidos en 50 colonias suelen llegar de vez en cuando a los centros comerciales para vender su producción principalmente queso y adquirir alimentos conservando su forma de vestir: los hombres, con overoles (pantalones con pechera) azules, y las mujeres, con vestidos largos por debajo de la rodilla y medias gruesas. Las solteras llevan un pañuelo blanco, mientras que las casadas lo llevan negro, cuando no optan por un sombrero de ala ancha. Hablan un dialecto alemán, el plattdeutsche, y muy pocos conocen el español.

La burka

La burka/Tahar ben Jellou, escritor, miembro de la Academia Goncourt
Publicado en LA VANGUARDIA, 01/07/09;
Una nueva polémica sobre el velo sacude a la clase política y a los medios de comunicación en Francia. André Gérin, diputado comunista, ha pedido la creación de una comisión parlamentaria que fije criterios sobre el uso de la burka. ¿Qué es una burka? Es una especie de vestido que cubre a la mujer de arriba abajo, dejándole dos agujeros para poder ver. A menudo es de color negro. Es el modo como se cubren las mujeres afganas para salir a la calle. No tiene nada que ver con el islam, es una tradición de algunas regiones de ese país. Integristas magrebíes han llevado el mimetismo al extremo de obligar a sus esposas, sus hermanas o sus hijas a adoptar este tipo de vestimenta, que no se corresponde absolutamente en nada con las costumbres del Magreb. Así, cada vez más, se ve en Marruecos y en Argelia a mujeres completamente vestidas de negro (en los brazos y manos llevan guantes negros), circulando como fantasmas.
Y ahora este fenómeno ha llegado a Francia. Aunque sea marginal y muy minoritario, sorprende a la gente que no está acostumbrada encontrarse a su lado a una mujer de la que no puede ver ni los ojos ni mucho menos el rostro. Es cierto que pertenece a la libertad de cada uno vestirse como quiera. Se ha repetido muchas veces que el islam nunca ha dicho que era necesario tapar a la mujer de un modo que atente contra su libertad en un mundo en que el hombre se cree con permiso para regular cómo tiene que circular por el espacio público, y así se sigue estigmatizando esta religión.
¿Es necesario, pues, crear esta comisión y, eventualmente, decidir entre un decreto o una ley? Hay que decir que todo resulta exagerado. Ya existe una ley que prohíbe llevar el velo en la escuela, en las administraciones y en los hospitales. Como Obama se pronunció en su discurso del 4de junio en El Cairo sobre la libertad de llevar velo, Nicolas Sarkozy acaba de declarar, a pesar de la ley existente, que “toda joven que quiera llevar el velo puede hacerlo”. Aunque hay que precisar que se refería a su vida privada.
Salir con una burka negra o hacerlo completamente desnuda representa el mismo fenómeno. Todos los días vemos anuncios en que el cuerpo de la mujer es usado de manera escandalosa para vender un coche, un champú o un chocolate.
Eso no sorprende a nadie. Ver en la calle a una mujer transformada en Fantomas es lo mismo. No tenemos nada que decir. Corresponde a su propia libertad, aunque se sepa que tras esta manera de mostrarse hay una ideología y un posicionamiento agresivo respecto a Occidente, adonde han emigrado estas familias. El espectáculo no es bonito; es sorprendente pero en tanto siga siendo muy minoritario no merece que se legisle de nuevo sobre esta cuestión. Hay mujeres jóvenes punks, góticas, con piercings por todas partes o tatuadas.
Y no se ha creado una comisión parlamentaria para intentar prohibirlas.
Hay que empezar a distinguir entre lo que es religioso y lo que es tradicional. La burka no es una obligación religiosa. Muestra cuánto miedo tiene el hombre a la mujer, cómo hace todo lo necesario para taparla, para que sólo sea vista por él y únicamente por él. Es un problema que pertenece más al psicoanálisis y a la psiquiatría que a la fe. El miedo a la sexualidad femenina se halla en el centro del integrismo religioso. De hecho lo encontramos en todos los integrismos, sean musulmanes o judíos. En los textos sagrados caen muchas sospechas sobre la mujer. Pero en el islam, Dios se dirige a los creyentes y a las creyentes en un mismo plano. Incita al ser humano a asumir su libertad y su responsabilidad. El Corán ha humanizado el estatus de la mujer, otorgándole derechos jurídicos que no tenía antes de la llegada del islam; le ha reconocido ante Dios, en tanto que creyente, una dignidad igual a la de los hombres (versículo XXXIII, sura 35). Sin embargo, aquellos que efectúan una lectura literal del texto lo interpretan del modo más caricaturesco posible.
Por lo que respecta al velo (hiyab), el Corán habla de él con ocasión de una denuncia de mujeres que eran importunadas una noche cuando salían de casa. Unos hombres las tomaron por mujeres de escasa virtud, confundiéndolas con profesionales del sexo. Entonces surgió un versículo aconsejando a las mujeres que llevaran un chal cubriendo sus cabellos para no ser tomadas por lo que no eran (versículo XXXII, 59).
De ahí a que los maridos cubran a la mujer de arriba abajo no hay más que un paso que algunos integristas esparcidos por el mundo han franqueado alegremente. La burka no es más que una caricatura de una interpretación excesiva y descubre el inmenso miedo del macho frente a la mujer, cuya existencia no soporta si no es privada de toda libertad. Eso está lejos del islam y está lleno de patología sexista.

El último dandy

Las tres estaciones del calvario de Jackson/Por Bernard-Henri Lévy, filósofo y escritor francés
Publicado en EL MUNDO, 01/07/09;
Ante todo, las cosas. El santo horror de tantas cosas. Todo un aparataje de máscaras, sombrillas y mascarillas. Toda una burbuja a la vez asfixiante y superoxigenada, cerrada y superexpuesta, que funcionaba como un invernadero y lo preservaba de la contaminación de las cosas. Y no sólo, como suele decirse, de los virus, gérmenes y bacterias; sino de la vida misma, entendida y vivida como un germen. El ser vivo como una bacteria. La materia, el aire que respiraba desde que se aventuraba fuera de su querida Neverland, y los objetos convertidos en fuente de infección, pestilencia, obsesión macabra, escuela mortuoria.
Así eran también los dandis. Quiero decir, los grandes dandis. Los fundadores de la tradición: Barbey, Beau Brummel, Wilde y su Dorian Gray. Tacones rojos para bailar por encima de un mundo de miasmas y virus. Objetos y aparatos para huir del De Profundis de un aliento mortal definitivo. Sin hablar de Baudelaire, que había convertido su asco por la naturaleza y por sus proliferaciones monstruosas en el principio de su estética, de su ética y de su política.
Michael Jackson era su heredero. Michael Jackson era el último de los grandes dandis, con sus vinilos, su látex, su casa estilo mausoleo, sus miedos profilácticos y, como es lógico también, sus acrobacias de bailarín genial, asediado por la luz.
Añádanle la obsesión que, al parecer, padecía por el cuidado de su cuerpo. Con su habitación de oxígeno, en la que se preparaba, incansablemente, para no se sabe bien qué aseo funerario. No murió por una sobredosis de medicinas, sino por haber querido no sólo inventar, sino inocular una vacuna contra la vida.
A continuación, los demás. No ya las cosas, sino los seres humanos. Su contacto. Su proximidad maligna y repugnante. La misma presencia del otro, su olor o su mirada escudriñadora, de la que sólo le protegían los cristales ahumados de sus gafas. Todo ello vivido como una ofensa, como una amenaza, como la causa de todas las violencias, como su fuente. ¿El infierno? Sí, el infierno. Es el Jackson sartriano. O, lo que es lo mismo, un Jackson cátaro. Un Jackson que, en el momento en que escribe We are the world, populariza lo que debería designarse como lo humanitario contemporáneo. Es decir, ver a la humanidad como un fiasco, a los hombres como heridas y a su sociedad como un mal necesario, una componenda obligatoria, una acomodación degradante a la que el artista sólo puede resignarse a regañadientes.
Por ejemplo, esta reencarnación de Peter Pan pensaba sinceramente que los niños se hacían sin tocarse. Este adulto inacabado alimentó el sueño loco -y, en cierto sentido, lo consiguió- de concebir sus propios hijos sin contacto, casi sin madre. Este misántropo, este mutante fue uno de los últimos seres humanos que creyó -y vivió- las antiguas teorías de la inconveniencia de haber nacido. Generación, corrupción. Deseo sin concupiscencia. Lo que demuestra, sea dicho de paso, que fueron absurdos los procesos instruidos contra él por abusos durante los diez últimos años de su vida, durante los que fue sometido a una persecución sin cuartel.
Michael Jackson no quería ser un niño, sino un santo. O un ángel. Y los ángeles, como todo el mundo sabe, no tienen sexo. O sólo lo tienen en la imaginación de los perversos que les adjudican sus propios fantasmas.
Y por último, él mismo. Su propio cuerpo y su rostro, vividos como las mayores amenazas, como los lugares de todos los peligros, como el enemigo íntimo y sin piedad, al que nunca se podrá vencer ni domesticar en la vida. Tampoco aquí entendemos la singular aventura de Michael Jackson, si sólo bromeamos con la neurótica metamorfosis que realizó en su rostro. No se pueden entender en absoluto
las continuas operaciones de cirugía a las que se sometió durante toda su vida, si se las reduce a asuntos de pigmentación. Nada de raza, anti-raza, odio de sí mismo, malestar, mal en su piel, patatín y patatán.
Miren sus fotos. Vean su epidermis cada vez más clara, en efecto, pero como pasada por cal viva. Observen su nariz reducida a un pegote ridículo, sus labios comidos desde dentro, sus pómulos menguantes como una máscara jíbara o una cabeza de Giacometti.
Observen sus rasgos, su piel que da pena, sus ojos que parecen sostenerse como se sostiene un anillo en el dedo de un esqueleto. Consideren esta reducción -un filósofo diría, está puesta entre paréntesis- de un rostro reducido a su más mínima inexpresión y convertido en su propio sosia. ¿No es el rostro y la firma de lo humano? ¿Su verdad? ¿La manera con la que se expone y se expresa? ¿El signo de la singularidad de cada cual, de su unicidad sin precio?
Pues sí. Se trata de un rostro. Por eso, esta tercera etapa, esta forma de tortura, mortificar, profanar y, al final de todo, borrar su propio rostro, debe leerse como la última estación de un largo y terrible calvario.
Porque, llegado a este estadio, cuando se toma la decisión de huir del reino de las cosas y, después, de escapar de entre los humanos y convertirse en un ser humano sin rostro, ya no quedan más salidas. O se reinventa lo humano, se torna realmente transhumano, se consigue la operación OGM (Organismo Genéticamente Modificado). O se muere.

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