26 ago 2009

Paoli

Columna PLAZA PÚBLICA/
Miguel Ángel Granados Chapa
Paoli se va del PAN
Reforma, 24 Ago. 09
El jueves pasado Francisco José Paoli Bolio renunció a pertenecer al Partido Acción Nacional, al que se vinculó en 1991 y del que fue miembro sobresaliente desde 1993. Pidió al presidente del partido, César Nava, que borre su nombre del padrón de miembros por tres poderosas razones: "el partido ha dejado de ser un instrumento al servicio de los ciudadanos"; él ha dejado de ser "una persona útil al PAN como" cree "haberlo sido por más de tres lustros"; y a fin de "quedar en mejores condiciones para realizar la investigación sobre el sistema de partidos", que ha emprendido. Pues, explica, "es muy difícil que mi análisis del PAN y de los otros partidos pueda ser considerado imparcial mientras sea miembro activo" de esa organización.
Doctor en ciencias sociales, Paoli recorrió un largo trayecto político, que en ocasiones dejó espacio para una fructífera tarea académica. Además de dirigir departamentos y divisiones de estudios en la Universidad Iberoamericana, su alma mater, y en la unidad Azcapotzalco de la Universidad Autónoma Metropolitana, sirvió a esta institución como rector de la Unidad Xochimilco, y como abogado general. Su amplia producción bibliográfica muestra que aun en sus etapas de intenso activismo pudo reflexionar sobre la historia y la política de nuestro país, de las que es un profundo conocedor. Ha hecho también literatura; está por salir de las prensas su novela más reciente, que gira en torno de la vida de Justo Sierra O'Reilly y tiene como trasfondo siglo y medio de historia de su natal Yucatán y la península toda.
Desde muy joven, cuando cursaba la carrera de derecho, obedeció a su impulso de buscar o construir un espacio que ensanchara la estrecha democracia en el sistema autoritario priista en que vivimos durante décadas. Trató de aclimatar en México la democracia cristiana y en ello andaba cuando pareció surgir una posibilidad de raigambre nacional. Lo que ocurriría décadas después empezó a manifestarse en amplias porciones de la sociedad cuando Carlos A. Madrazo, despedido del PRI por la rigidez feroz de Gustavo Díaz Ordaz, se encaminó a generar una nueva opción política, recuperando valores populares y democráticos como los que animaron, aunque suena a paradoja, a Vasconcelos y Cárdenas. El Partido de la Patria Joven -el bautizo corrió a cargo de Paoli- se anunció como una promesa feraz que no pudo fructificar por las vacilaciones de su inspirador y luego, de modo más definitivo, por su muerte, que tardíamente su hijo Roberto ha tenido como resultado no de un accidente sino de un atentado.
Frustradas esas primeras esperanzas, Paoli se adhirió a la que promovía Heberto Castillo. A su lado, como dirigente del Partido Mexicano de los Trabajadores, Paoli se aproximó a la meta de los políticos de buena cepa, aquella en la que se sustituyen ideales y sueños por proyectos. No pudo concretarlos cuando el PMT se unió a la izquierda comunista para crear el Partido Mexicano Socialista.
Tras un breve receso, Paoli atendió la invitación de su amigo y contemporáneo Diego Fernández de Cevallos quien propició, sin forzar su ingreso al partido, que Paoli fuera diputado federal. Luego, afiliado ya al PAN, se desempeñó como un activo y leal militante. En su carta de renuncia, Paoli recuerda a Nava que fue miembro de la Asamblea de Representantes, elegido por mayoría en su distrito; secretario de estudios del comité nacional presidido por Felipe Calderón; y miembro del propio comité encabezado por Luis Felipe Bravo Mena. Fue consejero nacional durante seis años, coordinó la elaboración de la plataforma legislativa en 1997, mismo año en que volvió a la Cámara. Fue en esa histórica legislatura -la primera donde el PRI no contó con la mayoría- subcoordinador de la bancada panista, y su eminencia en la nueva forma de conducir los trabajos legislativos se expresó en el papel que tuvo en la reforma a la Ley orgánica y en ocupar la primera presidencia de la Cámara elegida por un periodo anual, no mensual.
Durante casi tres años, fue subsecretario de desarrollo político de la Secretaría de Gobernación, cuyo titular era Santiago Creel, a quien Paoli manifestó su desacuerdo, desde una perspectiva ética, jurídica y política, por otorgar a Televisa permisos para establecer centros de apuestas, que se han multiplicado para daño de la juventud. Y todavía realizó tareas programáticas para el gobierno de Calderón. "Agradezco -dice a Nava- las encomiendas de todas esas tareas y responsabilidades, que me hicieron posible servir a México como miembro del PAN".
Pero ese partido, según su parecer, ha abandonado algunos de sus principios y modos: "En la mayoría de los casos para la selección de candidatos a diputados federales, no hubo respeto a los principios y procedimientos democráticos... sino que las decisiones se tomaron en la cúpula del partido" se ejercieron "presiones sobre precandidatos que no eran del gusto de la dirigencia nacional. En la expresión de convicciones que lo llevaron a enfrentarse a Manuel Espino, Paoli denuncia que el PAN "ha sido penetrado por grupos ultramontanos de extrema derecha que tienen privilegios para el lanzamiento de candidatos, nombramientos gubernamentales y paragubernamentales, en los equipos del gobierno nacional, de los estados y los municipios".
La renuncia de Paoli debería ser un insumo para la Comisión de análisis y reflexión creada a regañadientes ante el desastre del 5 de julio. Pero temo que en vez de estudiarla se le aseste trato de desertor.

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Lamenta Nava renuncia de Paoli Bolio
Bolio renunció al PAN por considerar que el partido dejó de estar al servicio de los ciudadanos, informó ayer Miguel Ángel Granados Chapa
Nota de Carole Simonnet
Reforma, 25 agosto 2009
El dirigente nacional del PAN, César Nava, lamentó la renuncia de Francisco Paoli Bolio a su militancia en el partido.
"El doctor Paoli Bolio será recordado como lo que fue, como un panista ejemplar y como un amigo. Vino al PAN, contribuyó, dejó mucho y se fue por decisión propia.
"He podido hablar con él, extenderle y hacerle patente que lamento su decisión pero la respeto como una convicción personal y le he reconocido y agradecido en nombre del partido lo que hizo durante años de militancia", dijo Nava en conferencia de prensa.
En en la edición de ayer de REFORMA, Miguel Angel Granados Chapa informó en su columna Plaza Pública que Bolio envió una carta a la dirigencia blanquiazul en la que explica que deja su militancia porque el PAN ha dejado de ser un partido de ciudadanos y desea dedicarse al estudio de los partidos políticos.
Nava destacó su trayectoria y le deseó éxito en su nueva aventura.
"Es un hombre que vino desde la izquierda, la democracia cristiana y que en el PAN tuvo tareas importantísimas como legislador local y como legislador federal y también como responsable de la elaboración de varias plataformas del partido.
"Será recordado como un buen compañero, como un buen amigo y le deseamos toda la suerte en sus próximas tareas académicas a las que ha anunciado se incorporará", expresó el líder nacional del blanquiazu
l.

25 ago 2009

La historia

Historia no debe caer en manos políticas/Jonathan Steele, analista de The Guardian y autor de Soviet Power: The Kremlin’s Foreign Policy-Brezhnev to Andropov
Publicado en EL MUNDO, 25/08/09;
A las siete en punto de la tarde, miembros de las mismas familias y desconocidos se cogieron de las manos entre ellos e invadieron la carretera principal, algunos con banderas, otros con chapas en las solapas en las que se veía la cruz gamada al lado de la hoz y el martillo. Los organizadores aseguraron que había tomado parte en la manifestación un millón y medio de personas aunque, desde donde yo me encontraba situado, en medio de un campo de Lituania, en un atardecer bañado por el sol del que el pasado domingo se cumplieron 20 años, el ambiente era tan impresionante como la muchedumbre.
La conciencia de estar plantando cara y la solidaridad eran las sensaciones predominantes, así como el regocijo que muchos exteriorizaban. Para la mayoría de aquellas personas, aquélla era su primera manifestación política. Por todo el territorio de la Unión Soviética y de su imperio de la Europa Oriental surgían protestas públicas en 1989 pero, de golpe y porrazo, el Camino Báltico, como se dio en llamar aquella vasta cadena humana, había dejado atrás a las demás por sus dimensiones y su tranquila dignidad.
La cadena se extendió desde la capital de Estonia, Tallinn, hasta la de Lituania, Vilna, pasando por Riga, la capital de Letonia. Su objetivo era denunciar un hecho que se había producido exactamente medio siglo antes, el pacto Molotov-Ribbentrop, en el que Hitler y Stalin acordaron públicamente no atacarse entre sí, si bien añadían unas cláusulas secretas en las que se repartían la Europa central, lo que sentaba las bases para que los nazis invadieran la Polonia occidental mientras que Stalin se apoderaba de los estados bálticos prácticamente en su totalidad, la parte oriental de Polonia y zonas de Rumanía.
La cadena humana tenía, por encima de todo, la intención de demostrar a Moscú y al mundo la fuerza del movimiento independentista de los países bálticos. No obstante, constituía además una protesta contra la manipulación de la Historia. Las autoridades soviéticas todavía seguían empeñadas en negar la existencia de las cláusulas secretas, aunque habían sido descubiertas por las fuerzas occidentales en Berlín en 1945 y eran sobradamente conocidas.
Poco después del Camino Báltico, Mijail Gorbachov, el dirigente soviético reformista, admitió la cuestión y publicó la versión soviética de los acuerdos. Así y todo, este asunto sigue siendo materia de disputas políticas 20 años después, al ser objeto de conmemoración como consecuencia de una resolución que el Parlamento Europeo aprobó en la primavera pasada para declarar el 23 de agosto en toda Europa el Día del Recuerdo a las víctimas de todos los regímenes totalitarios y autoritarios.
En consonancia con el estilo subrepticio con que se hacen estas cosas en la Cámara, la resolución era una versión suavizada de una declaración que el mismo Parlamento había aprobado en septiembre pasado, en la que se proponía consagrar el 23 de agosto como día de conmemoración de «las víctimas del estalinismo y el nazismo». Los gobiernos de la Unión Europea (UE) toman cada uno por separado la decisión final al respecto y pocos son los que han designado fecha especial el 23 de agosto. Sin embargo, el tema tiene su importancia y pone de manifiesto los esfuerzos ímprobos de muchos políticos bálticos y centroeuropeos por equiparar estalinismo y nazismo o por proclamar que el estalinismo aún era peor. Preocupados en parte por la fortaleza de la que todavía hacen gala antiguos partidos comunistas en esas zonas, esos políticos utilizan la equiparación de nazi con soviético como estratagema para calumniar a cualquier partido de izquierdas (el borrador de resolución fue suavizado por los grupos de izquierda del Parlamento Europeo). Ese mismo recurso es un intento mal disimulado de mantener vivo un recelo extremo, si no una rotunda hostilidad, hacia la Rusia contemporánea.
El pacto Molotov-Ribbentrop dejó claro, sin lugar a dudas, que Stalin era tan cínico como Hitler. Sin embargo, pasar de ahí a equiparar las realizaciones o la ideología de estos dos hombres no se compadece con la realidad. Tampoco tiene en cuenta el hecho de que, después de la muerte de Stalin, la política soviética evolucionó hasta el punto de que la actividad política, y no digamos ya la vida cotidiana de las familias, no estuvo sujeta a ningún tipo de terror arbitrario en las dos décadas bajo mandato de Brezhnev. Los políticos bálticos derechistas tienen cierta razón cuando afirman que el resto de los europeos no estaba al tanto de las deportaciones de masas ordenadas por Stalin desde los países bálticos. Quizás fueran 100.000 las personas enviadas a Siberia con posterioridad a 1939 o cuando el Ejército Rojo derrotó a los nazis y volvió a apoderarse de la zona.
Sin embargo, pensar que los europeos occidentales no sabían nada sobre el gulag implica no tener ni idea de la enorme influencia de Alexander Solzhenitsyn a partir de las traducciones de sus libros a todos los idiomas europeos en la década de los 70.
Siempre hay algo más que aprender y los historiadores siempre están haciendo algún esfuerzo de reinterpretación. Una de las áreas más importantes que todavía está por investigar es el grado de participación de los civiles de cada lugar en los campamentos de exterminio de los nazis en la Europa central. En su obra The Continuities of German History (Lo permanente en la historia de Alemania), el historiador norteamericano Helmut Walser Smith señalaba recientemente el hecho de que la imagen del Holocausto basada en Auschwitz, una imagen sin rostros, de cadena de montaje, de máquina de matar, es una tergiversación. En su mayor parte, los judíos murieron de las formas más arcaicas y primitivas, de tiros disparados desde muy cerca al borde de fosas y zanjas o por inhalación de gases de tubos de escape. De las matanzas eran testigos cantidades muy elevadas de vecinos de cada lugar, que incluso tomaban parte en ellas o que sabían que se producían, así como también alemanes.
En las últimas ediciones de The New York Review of Books, otro historiador estadounidense, Tim Snyder, ha insistido en estos mismos datos al tiempo que ha resumido los estudios más recientes sobre los asesinatos ordenados por Hitler y Stalin. «A finales de 1941, los alemanes (junto con tropas auxiliares locales y soldados rumanos) habían dado muerte a un millón de judíos en la Unión Soviética y los países bálticos. Esa cifra es equivalente al número total de judíos asesinados en Auschwitz durante toda la guerra», ha escrito este historiador. En lo que toca a los números, el historial de Hitler no tiene parangón. Mató a casi el doble de personas que Stalin. Snyder calcula que el número de judíos europeos asesinados por instigación de los alemanes fue de 5,7 millones; el de ciudadanos soviéticos dejados morir de hambre por los alemanes, del orden de cuatro millones, y el de asesinatos de no combatientes en actos de represalia masiva, principalmente como confesos o sospechosos de actividades de resistencia, de 750.000 como mínimo. Stalin acabó con la vida de unos 5,5 millones de ciudadanos soviéticos por hambre y alrededor de 700.000 personas murieron fusiladas en la etapa prebélica conocida como el Gran Terror.
Hay diferencias entre Memoria e Historia, concluía el primer ensayo de Snyder, una puntualización que él mismo tuvo que admitir posteriormente cuando un lector le recordó su error de haberse dejado en el tintero el exterminio de los romaníes o gitanos por Hitler, proporcionalmente casi tan masivo como el de los judíos de Europa. Lo mismo podría decirse en relación con la película de Andrzej Wajda sobre Katyn -el bosque próximo a la ciudad rusa de Smolensko, donde en 1943 se halló una fosa con 10.000 cadáveres de oficiales del Ejército polaco asesinados por los rusos- que en la actualidad se proyecta en Londres, y sobre la forma en que los polacos se vieron obligados a autocensurarse sobre este tema durante décadas. Sin embargo, por importante que sea que se recuerde que fueron las autoridades soviéticas las que hasta 1989 culparon a los nazis de la matanza en 1940 de los oficiales polacos hechos prisioneros, no habría que olvidar en absoluto que en la Operación Tannenberg los nazis habían asesinado a un número comparable de intelectuales polacos apenas unos meses antes.
¿Hay una ética? La conmemoración del pacto Molotov-Ribbentrop que se plasmó en el Camino Báltico lanzó un mensaje muy especial en agosto de 1989, al transgredir un tabú imperante durante 50 años y expresar una exigencia absolutamente generalizada de independencia. Sin embargo, lo que en un momento muy concreto fue lo que había que hacer en una determinada parte de Europa no debería generalizarse para todo el continente con carácter duradero. La Historia es demasiado compleja y sensible para dejarla en manos de los políticos. Primero manipulan los aniversarios, luego eso pasa a los libros de texto y cualquier ocurrencia desafortunada cobra velocidad.

Desafios poselectorales

Desafíos postelectorales en Afganistán/Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre, Oslo
Publicado en EL CORREO DIGITAL, 25/08/09;
Las elecciones celebradas el día 20 en Afganistán representan un paso positivo hacia la participación pacífica en la política y un ejemplo de que no todas las disputas se resuelven a través de la violencia. Sin embargo, las denuncias de intimidación, fraude y corrupción les quitan legitimidad y disminuyen el apoyo en los países que aportan tropas a la intervención militar de Estados Unidos y la OTAN.
El mayor problema de estas elecciones no es sólo la situación de guerra entre el Gobierno, apoyado militar y políticamente por Washington, Gran Bretaña y la OTAN, y los talibanes y otros grupos insurgentes, sino la sensación de falta de presencia del Ejecutivo que tiene gran parte de la población. Una vez que las elecciones, pese a las amenazas de los talibanes, llegaron a celebrarse, comienza el desafío de cómo lograr que el voto tenga un sentido para mejorar las condiciones de vida de las personas. La legitimidad del proceso depende del futuro.
El actual presidente, Hamid Karzai, y el ex ministro Abdalá Abdalá alegan haber ganado los comicios, aunque el recuento tardará unos días y los resultados definitivos, varias semanas. Karzai conserva un respaldo relativo de Estados Unidos y la OTAN, que ven con preocupación la corrupción extendida en su Gobierno y su tendencia a hacer pactos y alianzas con líderes locales. Abdalá tiene apoyo de diversos sectores y posee la credibilidad de haber luchado contra los soviéticos en los años 80 y luego contra los talibanes y Al-Qaida.
Los problemas
El nuevo gobierno, y sus aliados internacionales, tendrán que restablecer y extender la presencia legal del Estado, algo muy complejo dado que tiene que pactar con las formas legales de hacer justicia en un país fragmentado, y en el que vida, derechos privados y públicos, por un lado, y religión y política, por otro, están superpuestos. Algunos analistas consideran que promover un Estado liberal centralizado es una tarea imposible.
El gobierno también tiene que ocuparse del problema del narcotráfico. El cultivo de opio se ha extendido, en parte protegido, según denuncias, por familiares o amigos de Karzai. Esto le quita legitimidad al actual Ejecutivo para emprender cualquier medida. Las inmensas ganancias derivadas del narcotráfico alimentan la guerra a través de la compra de armas, a la vez que persisten las pugnas violentas por el control de zonas de cultivo, rutas de tránsito y mercados. El narcotráfico debilita a las ya endebles instituciones estatales y cierra oportunidades a otras formas de economía productiva. Pero la respuesta al negocio de la droga no es sólo militar. Sin infraestructura, créditos y oportunidades en el mercado interno y regional, y presionados por la fuerza de los insurgentes y carentes de protección de las autoridades, los campesinos continuarán produciendo la base de la droga.
¿Una guerra sin victoria?
A los problemas internos para crear gobierno se superpone la cuestión de la guerra y la intervención extranjera. El presidente Barack Obama insiste en que ésta no es una guerra elegida (como fue la de Irak) sino que se libra «por necesidad». Estados Unidos tiene ahora 62.000 efectivos en Afganistán y otros 6.000 llegarán próximamente. Como indica Richard Haas, presidente del Council on Foreign Relations (Nueva York), las guerras por necesidad son aquéllas en las que están en juego intereses vitales para la seguridad nacional del país implicado y, además, no hay otra alternativa al uso de la fuerza.
George W. Bush definió que el terrorismo era una prioridad de la seguridad nacional y, por lo tanto, resultaba necesario librar una «guerra global contra el terror». Obama está cambiando esa política, pero Haas indica que dado que en Afganistán hay un Gobierno aliado de Washington, la guerra contra Al-Qaida y sus agentes locales se podría librar con operaciones militares limitadas, al tiempo que se mantendría la ayuda militar y policial y otras medidas civiles.
Otros analistas consideran, asimismo, que los talibanes no tienen interés en llevar la guerra fuera de sus fronteras. De este modo, la operación militar masiva no sería necesaria y se precisaría una negociación con las fuerzas insurgentes. Durante la campaña electoral, este asunto surgió constantemente. El presidente Karzai y los otros candidatos se han mostrado favorables a dar pasos para negociar con los talibanes y otros grupos en armas.
El punto de referencia para todos es qué política de negociación llevarán a cabo Estados Unidos y la OTAN. Tanto Washington como los jefes militares de la Alianza Atlántica son favorables a negociar desde la fuerza. Primero, controlar zonas que ahora están tomadas o amenazadas por la insurgencia, debilitar militarmente a los talibanes y luego dejar que el Gobierno de Karzai negocie. Paralelamente, tratan de fortalecer al ejército y la policía afganos para que asuman cada vez más funciones.
Esta posición tiene algo de ingenuidad en la medida en que sus promotores esperan que los jefes talibanes o de otros grupos pedirán negociar cuando se sientan débiles. Se trata de una hipótesis no comprobada. Al contrario, desde 2001 los talibanes han mostrado que ante las ofensivas de EE UU y la OTAN se repliegan, cambian de posición geográfica y de estrategia, para luego volver a atacar en frentes múltiples.
En realidad, cada vez está más extendida la idea en círculos de la OTAN de que esta guerra no es posible ‘ganarla’ en el sentido militar estricto de la palabra. Pero el ejército de EE UU se prepara para pedir el envío de más efectivos mientras que cada vez más críticos consideran que Afganistán producirá en Obama el mismo desgaste político que tuvo la guerra de Vietnam sobre el presidente Lyndon Johnson. Éste también trató de impulsar una política social avanzada en su país y librar una guerra en el Sudeste asiático. La casi segura solicitud de más fuerzas a Obama para enviar a Afganistán por parte de los mandos militares recuerda las constantes ofensivas en Vietnam.
Los talibanes cuentan con cuatro armas muy efectivas. Primero, producir la mayor cantidad de bajas posibles a Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Holanda y otros países con fuerzas en Afganistán, con el fin de que sus opiniones públicas pidan la retirada. Una encuesta reciente indica que más del 50% de la población estadounidense no apoya esta guerra y en Gran Bretaña el clima social es cada vez más crítico. Segundo, ganar adeptos locales cada vez que las fuerzas extranjeras o afganas matan a civiles inocentes en sus operaciones. Tercero, que Pakistán sigue siendo una retaguardia para sus operaciones. Y cuarto, la creciente falta de credibilidad de Karzai y el descontento hacia su Gobierno.
Para Estados Unidos, derrotar a la insurgencia en Afganistán es una forma de contener la expansión radical hacia Pakistán, pero cada vez más críticos dudan de que embarcarse en una guerra masiva en el primer país sea la solución para el segundo.
La negociaciónDada la complejidad tribal, la falta de un Estado centralizado y las alianzas dinámicas entre grupos, el debate se sitúa entre negociar acuerdos locales para ir avanzando hacia un diálogo general o lograr un acuerdo por arriba que fluya hacia abajo. El proceso de negociación será complejo, porque además de la ideología nacionalista afgana contraria a la presencia de fuerzas extranjeras, hay una economía política de la guerra -especialmente vinculada al narcotráfico- y los que se benefician con ella no quieren abandonar el control de la producción y el comercio. Otras actividades ilícitas como la venta de armas y el contrabando son también fuentes de poder que deben ser incluidas en toda negociación.Un proceso de este tipo puede durar años, y aún así no tener éxito, pero el nuevo gobierno tiene que buscar cómo ponerlo en marcha mientras que Washington y sus aliados deberían reconsiderar si Afganistán no será el Vietnam de todos ellos

Opiniòn de Fernando Reinares

¿Se acabó la guerra al terrorismo?/Fernando Reinares
Publicado en EL PAÍS, 24/08/09;
Lo que Barack Obama piensa sobre terrorismo y antiterrorismo ha quedado suficientemente claro en algunos de sus discursos públicos. El más importante de ellos fue pronunciado el 1 de agosto de 2007, cuando aún era candidato a la nominación presidencial por el Partido Demócrata, en el Woodrow Wilson Center de Washington. Los contenidos de esa alocución están informando ahora la toma de decisiones en materia de política antiterrorista del actual presidente. Desde que jurara su cargo ha desarrollado una parte sustancial de los mismos en tres importantes intervenciones oficiales. Primero el 27 de marzo de 2009, desde la propia Casa Blanca, acerca de la nueva estrategia estadounidense en Afganistán y Pakistán. Apenas un mes después, el 21 de mayo, sobre seguridad nacional, en la sede de los Archivos Nacionales, asimismo en la capital norteamericana. Finalmente, el pasado 4 de junio, en El Cairo, a invitación de la Universidad de la capital egipcia y de El Azhar, institución de referencia para el Islam suní.
Pues bien, una primera constatación que emana de esos discursos es que para Barack Obama la amenaza terrorista en Estados Unidos no es una invención, va a perdurar y está claramente identificada. El 27 de marzo afirmó que “múltiples estimaciones de inteligencia han advertido de que Al Qaeda está planeando activamente ataques en el territorio de Estados Unidos desde su santuario en Pakistán” y el 21 de mayo insistió en que “sabemos que Al Qaeda se encuentra planificando activamente atacarnos de nuevo. Sabemos que esta amenaza estará con nosotros por mucho tiempo”. En la percepción de la amenaza no parece que existan discrepancias fundamentales entre el actual inquilino de la Casa Blanca y su predecesor, George W. Bush. Llama la atención, eso sí, que igualmente eluda hablar del problema que supone la existencia de células terroristas constituidas por individuos radicalizados en el seno de la propia sociedad estadounidense y abunde en la tradicional visión norteamericana de la amenaza terrorista como amenaza exterior.
Pero Barack Obama pretende diferenciar su estrategia contraterrorista, los objetivos de la misma y los medios para lograrlos, de la de su antecesor en el cargo. A partir de 2002, las declaraciones oficiales y los documentos estratégicos de la Administración republicana coincidían en definir al terrorismo como una amenaza global y referirse a la lucha contra dicho fenómeno como una guerra. Una guerra cuyo fin era el de eliminar no sólo ése sino cualquier tipo de extremismo violento y fomentar la democracia, recurriendo de manera preferente a medios militares y adoptando un enfoque unilateralista. El actual presidente de Estados Unidos, a diferencia de su secretaria de Estado, Hillary Clinton, o de su secretario de Defensa, Robert Gates, fue muy crítico con esa estrategia y sus desvaríos desde que era candidato a la nominación. El 1 de agosto de 2007 dijo que “a causa de una guerra en Irak que nunca se debió hacer, estamos ahora menos seguros de lo que estábamos antes del 11 de septiembre”. Palabras discutibles porque en Estados Unidos no se han repetido hechos como los de ese día.
Esa afirmación se incluía en el mencionado discurso del Woodrow Wilson Center, en el que Barack Obama presentó los cinco elementos de lo que sería y está siendo su estrategia contra el terrorismo. El primero, salir de Irak y entrar en el correcto campo de batalla de Afganistán y Pakistán. El segundo, desarrollar las capacidades y partenariados que sean precisos para acabar con los terroristas y las armas más mortíferas del mundo. El tercero, involucrar al mundo en privar de apoyo al terror y el extremismo. El cuarto, restablecer los valores estadounidenses. El quinto y último, hacer que la patria norteamericana sea más segura y consistente. Tres de estos cinco elementos han sido desarrollados por el ya presidente de Estados Unidos en otros tantos discursos pronunciados desde el inicio de su mandato, a los cuales he hecho alusión al comienzo de este artículo, así como en las decisiones ejecutivas tomadas en relación con sus contenidos. Aquellos discursos y estas decisiones permiten apreciar cambios pero también continuidades en la estrategia contraterrorista de dicha nación respecto a la que existía con anterioridad.
El principal objetivo de dicha estrategia es ahora, según lo dicho por Barack Obama el 27 de marzo, “desbaratar, desmantelar y derrotar a Al Qaeda en Pakistán y Afganistán, y prevenir su retorno a cualquiera de esos países”. Se trata de fines más precisos y, en cierto modo, menos ambiciosos que los del periodo en que George W. Bush desempeñó la presidencia de Estados Unidos. La nueva estrategia no se formula como entonces en términos bélicos, pero los medios militares continúan siendo preferentes, como difícilmente podría ser de otro modo en aquel escenario transfronterizo de conflicto armado generalizado. Esos medios incluyen asistencia militar a las autoridades paquistaníes y el despliegue de 17.000 soldados más en territorio afgano, aunque se contemplan también ayudas económicas y el refuerzo de instituciones democráticas. No se plantea una negociación con los talibanes. Si bien se alude asimismo al fortalecimiento de la cooperación internacional, el enfoque que se propone no renuncia a la acción unilateral ni puede ser calificado de multilateralista. Incluso los controvertidos ataques norteamericanos con misiles lanzados desde aeronaves no tripuladas, contra lo que se considera son blancos de Al Qaeda, han aumentado en Pakistán durante 2009.
Por otra parte, el actual mandatario estadounidense calificó el 21 de mayo de ineficaces e insostenibles una serie de decisiones adoptadas por la Administración previa republicana, presentando así su decisión de prohibir determinadas técnicas utilizadas en el interrogatorio a sospechosos de terrorismo y ordenar el cierre del campo de prisioneros de Guantánamo al tiempo que la revisión de todos los casos pendientes en el mismo. Pero la restauración de un apropiado marco legal en su estrategia contraterrorista encuentra serias dificultades, evidentes con el retraso en la clausura de esas instalaciones, la persistencia de tribunales castrenses para los internados en ellas e incluso de la detención indefinida si aquellos no son tenidos por competentes. En otros aspectos ni siquiera se abordan modificaciones: instrucciones expresas de Barack Obama han autorizado a la CIA para que continúe secuestrando presuntos terroristas y trasladándolos a países que colaboran con Estados Unidos en ese tipo de actividades. Antes de acceder al cargo habló de “perseguir y matar terroristas en todo el mundo”, lo que no se compadece muy bien ni con el Estado de derecho ni con la legalidad internacional.
En el mensaje que el presidente de Estados Unidos dirigió el 4 de junio a los musulmanes del mundo les instó a no tolerar el “extremismo violento” y combatir la “violencia contra civiles” -pese a lo equívoco que pudo resultar el hecho de que no hiciese mención alguna al terrorismo y de que se refiriese implícitamente a este último como si no fuera igualmente reprobable cuando mata policías turcos o soldados argelinos-, reiterando de cualquier manera que su país “no está ni nunca estará en guerra con el Islam”. Es importante vocear esto último y acompañarlo con hechos, para impugnar la narrativa de los terroristas, que presenta la guerra al terrorismo como guerra al Islam. Porque, como tal, la guerra al terrorismo no se ha acabado. Más bien se ha redefinido, en un contexto como el norteamericano en el que los condicionantes institucionales y la cultura política tienden a inhibir transformaciones profundas en el ámbito de la seguridad nacional. En la nueva Administración demócrata no se habla ya de la guerra global al terrorismo que propugnaban los republicanos. Pero Barack Obama, el 21 de mayo, fue rotundo: “Por supuesto que estamos en guerra con Al Qaeda y sus afiliados”.

Las enseñanzas de Antîgona

Las enseñanzas de Antígona/Gustavo Martín Garzo
publicado en EL PAÍS, 24/08/09;
Los montes Torozos son las únicas elevaciones en la inmensa llanura de Tierra de Campos. Durante la Guerra Civil, especialmente durante el terrible verano de 1936, se convirtieron en un cementerio improvisado. Era allí, aprovechando sus cortes y vaguadas, donde grupos de falangistas conducían diariamente a sus rivales políticos y, tras matarles con frialdad, los enterraban entre carrascas, quejigos y encinas. En estos montes se concentra el mayor número de fosas comunes de la provincia de Valladolid.
No fueron meros ajustes de cuentas, sino asesinatos perfectamente organizados cuyo objetivo era el exterminio “planificado, sistemático y generalizado de todo el tejido asociativo y las corporaciones municipales de la Segunda República”. Asesinatos consentidos y apoyados por las nuevas autoridades, tan crueles como innecesarios, pues no hubo en la zona ni un conato de resistencia. Las patrullas de falangistas recorrían los pueblos de los alrededores y se llevaban a hombres, muchachos y, en algún caso, mujeres, con la obscena impunidad del que acude a los puestos de la feria a elegir el ganado para el matadero.
Es difícil saber la cifra total de los asesinados, pero la Asociación para la Memoria Histórica habla de unos 2.000, lo que en una zona escasamente poblada es una cifra estremecedora. Un informante que ha vivido en estos montes toda su vida recuerda a su padre comentando que llegaban camiones con más de 20 personas cada noche. Sólo en Medina de Rioseco, la capital de la comarca, un pueblo con una importante tradición sindical y republicana, mataron alrededor de 200 personas.
Todos los años, en un lugar de los montes Torozos, situado junto a Peñaflor de Hornija, a unos 20 kilómetros de Valladolid, se reúnen familiares y amigos para recordar lo que pasó. Es una ceremonia sencilla y emocionante, en que se leen poemas y testimonios personales ante un monumento improvisado con dos vigas de tren.
Este año acudió Sabina de la Cruz, viuda del poeta Blas de Otero. Su familia procede de Cuenca de Campos, un pueblo cercano, y su padre es uno de los desaparecidos. Vivía en Bilbao pero quiso la mala suerte que regresara a su pueblo ese verano para visitar a su familia y aprovecharan para matarle. En los años sesenta, ella y Blas de Otero se acercaron a estos montes tratando de encontrar algún indicio de su fosa, pero nadie quiso hablar con ellos. “Allí no había nada” se dice en el poema estremecedor que ella escribiría a su regreso. “Ni una tumba que Miguel diga dulcísima, / ni esa brizna de hierba que refresca / los huesos de los muertos”. Los muertos del bando nacional figuran en placas expuestas a laentrada de las iglesias, pero estos otros no tienen derecho ni siquiera a que se pronuncien sus nombres. Sorprende el silencio de las autoridades y, en general, de la sociedad vallisoletana, que consiente estas manifestaciones anuales como si se tratara de reuniones nostálgicas de ancianos que rememoran tristes batallas de juventud. Y sorprende sobre todo el silencio de la Iglesia, para quien enterrar dignamente a los muertos es una de las tareas esenciales de su credo. Y digo que sorprende porque la mayoría de los asesinados eran creyentes y sin duda habrían deseado para sí mismos un entierro con los rezos, las bendiciones y el amor de sus sacerdotes.
Han pasado 70 años y es más necesario que nunca hablar de todo esto. Los familiares más directos de los desaparecidos son ya muy ancianos, y dentro de poco no quedará nadie que los recuerde. Interesarse por ellos es un acto con un profundo significado cívico, pues a un crimen político se ha respondido con un crimen ontológico. “Los desaparecidos -ha escrito George Steiner- son nuestra memoria. Un mal que existe en nuestros cuerpos personales, una huella con la que vivimos y que ninguna justicia puede borrar. Deuda impagable, sin compensación posible. Así trabaja la memoria, como una marca con la que debemos vivir, como una terrible elección. El desaparecido dejaría de ser si la memoria de los desaparecidos dejara de existir”. Y añade: “Si lo que sucedió no se reconoce, entonces no tiene más remedio que seguir ocurriendo siempre, en un eterno retorno”.
Somos lo que recordamos. Si al hombre le privaran de memoria perdería su humanidad. Gracias a la memoria no sólo vivimos nuestra vida sino la de los demás. La cultura es memoria. Las bibliotecas, los museos, los monumentos el pasado, son construcciones de la memoria. En ellos se guardan las huellas de los hechos y las vidas de los que nos precedieron, lo que nos permite dialogar con ellos y burlar a la muerte. Todos los seres queridos que desaparecen, siguen viviendo en los relatos de quienes les sobreviven. La memoria es “lo más necesario de la vida”. Sin embargo, en muchas cunetas y vaguadas de España aún yacen enterrados sin identificar decenas de hombres y mujeres que fueron asesinados vilmente durante la Guerra Civil. Reconocerlo no es un acto caprichoso ni irresponsable. No se trata de ajustar cuentas con el pasado, sólo de ocuparnos de estos miembros de nuestra comunidad como desearíamos que se ocuparan de nosotros.
Antígona fue condenada a muerte por querer enterrar a su hermano, abandonado al arbitrio de los perros y los cuervos por orden del rey de Tebas.
Cuidar a nuestros muertos, nos enseña Antígona, es integrar su muerte en la vida. Es un acto de amor, tender ese lazo posible y deseado entre seres que se pertenecen y que se ven unos a otros como seres humanos. Los que fueron enterrados sin amor ni lágrimas, fueron deshumanizados por este acto. Recordarles es devolverles la humanidad que se les negó.
Es esto lo que significa la historia del zamorano Venancio Prieto. Su padre fue asesinado en agosto del 36 con otros del pueblo. Dejó mujer y cinco hijos muy pequeños. No tenían para comer y Venancio, que sólo tenía seis años, iba a pedir pan y manojos de leña por las casas. Cuando le preguntaban de quién era él, contestaba candorosamente: “De Medero, el que mataron”.
Tiene razón Almodóvar, hay muchos tipos de familia. Por ejemplo, la de ese niño y su padre asesinado por los fascistas; o las de todos los que aún se empeñan en buscar a los seres que perdieron una noche aciaga de hace 70 años. Una familia es un grupo de personas que cuida de un pequeño ser, ha dicho Pedro Almodóvar. Seres pequeños son los niños, pero también los muertos que amamos. No hay nadie más insignificante ni más necesitado que ellos, pues basta que dejemos de recordarlos para que desaparezcan para siempre.
Sorprende que en este país, donde hay tantos defensores de la familia, se olviden de familias tan ejemplares y fieles. Frente a la crueldad de los que una noche entraron en sus casas para privarles de lo que amaban, ellas siguen pronunciando a solas los nombres de esos pequeños seres que son sus muertos. Quieren tomarles de la mano y conducirles, como a niños maltratados, a un país justo donde puedan encontrar el respeto y la ternura que se les negó. Ayudarles en esa tarea es una obligación no sólo política sino moral. Una tarea de todos que no debe demorarse más
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