11 oct 2009

¿Posicionamiento del PRI?

Acusa PRI política antisindical de FCH
Asegura Rojas que el Gobierno tiene un afán privatizador; el SME no tiene la culpa de la situación de LyFC, dice
Nota de Claudia Guerrero
Reforma On line, 11 octubre 2009.- El grupo parlamentario del PRI en la Cámara de Diputados acusó al Gobierno del Presidente Felipe Calderón de poner en marcha una política antisindicalista en materia laboral y una tendencia privatizadora en el sector energético del País.
En conferencia de prensa, el coordinador de los diputados priistas, Francisco Rojas, aseguró que el único responsable de la crisis financiera que vive la Compañía de Luz y Fuerza del Centro es el Gobierno federal y no el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME).
"El Gobierno federal es el responsable del desarrollo de la Nación y el primer obligado al cumplimiento de la legislación laboral. Por ello es preocupante la percepción social de su recurrencia a una política antisindicalista contra sus presuntos adversarios y permisivas a sus aliados, así como de su persistencia en sus afanes privatizadores respecto de las empresas públicas de la energía.
"No se puede atribuir al sindicato ser el causante de los problemas fundamentales que enfrenta la LyFC, ni se puede reducir el problema de la empresa y su sindicato a las transferencias fiscales, tal como se enuncia en el Decreto. El gobierno está obligado a dar una explicación más amplia de su decisión con objeto de evitar que se escale el conflicto entre sindicato y Gobierno", señaló.
El coordinador reiteró que la fracción del PRI mantiene su defensa del sindicalismo mexicano y exhortó al Gobierno federal y a la Secretaría del Trabajo, a respetar las leyes laborales, la libertad y la autonomía sindical.
Además, denunció que la liquidación del organismo se inscribe en una política de desmantelamiento de las instituciones del Estado, en la que se pierden funciones económicas y sociales de trascendencia para el desarrollo nacional.
Sostuvo que algunos de los problemas de LyFC fueron generados por el gobierno al diferir la inversión pública de esa empresa.
"El atraso en tecnología y la obsolescencia de los equipos son resultado de esa limitante en materia de inversión. El propio gobierno ha mantenido una política de subsidios a los industriales para impulsar la competitividad, pero ha aumentado en forma desproporcionada las tarifas domésticas, afectando severamente los niveles de vida de las mayorías", denunció.
Rojas advirtió que la decisión es una responsabilidad exclusiva del Ejecutivo, por lo que deberá asumir todas las consecuencias políticas, económicas y sociales de su determinación.
Desde el Palacio Legislativo de San Lázaro, lanzó un llamado para evitar la confrontación y el uso innecesario de las corporaciones policiacas que hoy ocupan las instalaciones de la extinta empresa.
"Es indispensable señalar que las difíciles circunstancias en que se expide el Decreto, aconsejan evitar conflictos sociales y el uso de la fuerza pública, por lo cual se debe recurrir a medidas prudentes. La confrontación y el uso de la fuerza sólo pueden conducir a mayores problemas sociales", manifestó.
El coordinador parlamentario adelantó que los diputados del PRI vigilarán que todas las medidas relacionadas con la liquidación de la empresa cumplan con el espíritu y la letra del artículo 27 constitucional, el cual establece que corresponde al Estado la generación, transmisión, distribución y comercialización de la energía eléctrica.
"La fracción del PRI luchará por
modernizar y hacer más eficientes las empresas públicas, sin que esto signifique estrategias deliberadas para su desprestigio y eventual privatización. Modernización sin privatización.
"Debe garantizarse a los usuarios la prestación de ese servicio, las formas en que saldarán sus cuentas y el tipo de tarifas que se aplicarán a los consumidores en el futuro inmediato", agregó.
A nombre de su bancada, Rojas hizo un llamado al diálogo tanto al Gobierno federal, como a los sindicatos y las centrales obreras, para que respeten la ley y cumplan con su responsabilidad.
"La grave crisis económica y la delicada situación social no admiten confrontación o conflictos, sino actitud serena y entendimiento", aseveró.
El líder de la mayoría priista en la Cámara baja recordó que, ante los conflictos laborales, el Gobierno federal debe ser un árbitro imparcial y mediador respetuoso.
Por otro lado, demandó la revisión de las formas en que el Gobierno federal gestiona el sector eléctrico y sus resultados.
"Debemos conocer la realidad de la productividad —costos, precios, subsidios, tipos de generación, energías alternativas— de la principal empresa generadora de la energía eléctrica.
"El Gobierno debe aclarar sus esquemas de formación de precios de los bienes del sector energético, en virtud de que las tarifas de venta de electricidad de la LyFC, incluyendo los subsidios, son establecidos discrecionalmente y con criterios recaudatorios por la SHCP, ante su incapacidad para generar los ingresos recurrentes que requiere el sector público federal", agregó.

El pescado de Moctezuma,

El pescado de Moctezuma/Pedro J. Ramírez, director de El Mundo
Publicado en EL MUNDO, 11/10/09;
Llega Nélida Piñón como un inesperado haz de luz que entra por la tarde en el despacho. Cálida y sonriente, nuestra Príncipe de Asturias gallego-brasileña, da en la diana de lo que está ocurriendo: «Los políticos españoles se han acostumbrado ya al pescado de Moctezuma, se han distanciado del pueblo y no van a las tabernas».
Se refiere al relato de Bernal Díaz del Castillo, incluido en un capítulo titulado Historia del Chocolate, en el que el autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España explica que entre los lujos más refinados del emperador azteca -además, por supuesto, de la libación del cacao espumoso mezclado con miel que se escanciaba en cientos de copas en sus lúbricos festines- destacaba el consumo de pescado fresco, traído a diario desde el Golfo de Veracruz por corredores esclavos que se relevaban para hacer el trayecto más deprisa.
Cada época ha tenido sus signos externos por los que los poderosos se distinguían del común de los mortales. Y no tanto porque se tratara de bienes o servicios cuyo coste fuera prohibitivo, como por las condiciones exclusivas de que disponía el mandamás para acceder a ellos. El pescado fresco de entonces, transportado a la carrera, equivale a los coches de lujo customizados que el concesionario facilita a los nuevos elegidos de los dioses saltándose el turno de espera, a los relojes superferolíticos que les regala el patrocinador de un evento por ser vos quien sois, a los trajes para los que el sastre les toma medidas desplazándose expresamente a un hotel o un domicilio, o a las chicas para todo que les llevan a las fiestas, sin que se tengan que ocupar de nada, como si bastara ser elegido concejal para sentirse ya el Berlusconi del barrio.
Si hubiera que resumir en una sola frase, coral e imaginaria, la interminable sucesión de confesiones y descripciones sobre los más diversos episodios incluidos en los 17.000 folios sumariales que recogen los testimonios de Correa, Crespo, El Bigotes y otros hombres de la trama Gürtel, yo diría -gracias al soplo inspirador de Nélida Piñón- que no habría ninguna mejor que ésta: «Nosotros éramos los que les traíamos el pescado fresco a los chicos del PP».
O sea, los conseguidores de sus caprichos, los facilitadores de sus vanidades, los asesores e inductores del espejismo por el que se creían más guapos, más listos, más elegantes y más exquisitos que los demás. A algunos les corrompían directamente, pagándoles una o varias veces con dinero negro y sucio, con el resultado de tenerlos enganchados para siempre. Pero a la mayoría se limitaban a hacerles sentirse seres superiores, alimentando su ego, poniéndoles en órbita con chutes periódicos de esa autoestima del pijo, siempre ligada a la posesión de presuntos objetos exclusivos. Era suficiente para que tales gobernantes o cargos del partido tuvieran una disposición benévola, se convirtieran en piezas, activas o pasivas, de su red de tráfico de influencias y se pusieran de perfil ante sus chanchullos. El mejor negocio de Correa era que se supiera en Madrid que era íntimo de Agag y que circulara por Génova que jugaba al intercambio de automóviles -su dinero le costaba- con Ana Mato y su marido. Para Álvaro Pérez no había mayor activo en Valencia que poder exhibir ante cargos públicos y dirigentes del PP la condición de amiguito del alma del Molt Honorable President.
A este tipo de truhanes siempre hay que creerles la mitad de la mitad de lo que dicen. De ahí que no se puedan dar por buenas todas las majaderías y fantasías recogidas en las grabaciones del sumario. Incluso en estos circuitos reservados para el abastecimiento exquisito de los tocados por el dedo de la diosa, la realidad siempre llega con su implacable rebaja.
No hace mucho un grupo de internautas mexicanos autodenominados «cazadores de choros» -un choro sería una falacia acuñada como cierta por la reiteración y el uso- demostraron que era imposible que a Moctezuma le llegara el pescado fresco desde Veracruz. Su argumentación no podía ser más consistente: considerando que la distancia en una línea recta imaginaria desde el lugar más próximo de la costa a la capital es de 255 kilómetros, pero que la mínima distancia real a recorrer sería de 323; considerando que la plusmarca olímpica en los relevos 4 por 400 supone correr a una velocidad de 32,84 kilómetros por hora, pero que la orografía del terreno, el tipo de superficie de los caminos y el calzado de la época, obligarían a rebajarla a un máximo de 22,5, llegaríamos a la conclusión de que se habrían necesitado 810 esclavos para trasladar el pescado en aproximadamente 14 horas y 38 minutos.
Como lo lógico sería pensar que los relevos debían ser bastante más largos -qué menos que entre cinco y 10 kilómetros por esclavo-, lo que reduciría la velocidad a la mitad, y teniendo en cuenta que en aquellos parajes era poco menos que imposible desplazarse en la oscuridad, cualquier cálculo que fijara en menos de 36 horas el intervalo entre el anzuelo del humilde pescador y la mesa del gran Moctezuma debería considerarse una tomadura de pelo.
¿Es correcto llamarle a eso pescado fresco? Comparado con el género disponible para los demás habitantes de Tenochtitlán y dando por hecho que se utilizaban vasijas de barro aderezadas con sal y que se cambiaba el agua constantemente a lo largo de la ruta, desde luego que sí. Pero más le hubiera valido al emperador no llevarse a engaño: no es lo mismo fotografiarse con Obama que hacerlo con Bill Richardson. Claro, que tú pides la luna y bastante hace un tipo como El Bigotes con apañarte alguna que otra estrella. Si encima te sale rana, pues oye, mala suerte. Por algo glosaba Lucía Méndez en una reciente columna la reflexión filosófica de El Bigotes a Correa sobre los adolescentes a su cargo: «Estar relacionado con un político importante siempre te trae problemas. Hay que quererlos, pero que estén lejos; con lo que sufres, con lo que lloras, con lo que luchas por hacer las cosas bien, al final tienes problemas y te llevas disgustos».
Antes de leer esas líneas me asaltaba la perplejidad de por qué El Bigotes no estaba entre rejas junto a sus cómplices. Ahora me pregunto por qué no le ofrecen protagonizar un remake de Los ladrones somos gente honrada.
Pero desde la perspectiva del PP -es decir de sus afiliados que pegan carteles, pagan las cuotas y van a los actos, o de sus votantes que acuden fieles a las urnas y aguardan el escrutinio con el corazón en un puño- lo ocurrido no tiene ninguna gracia. Con el caso Gürtel concluye un ciclo iniciado en el congreso de Sevilla del 90. Estamos en realidad ante una especie de posdata del aznarismo que certifica el agotamiento de un modelo del que, sin embargo, han emanado Rajoy y, por ende, la actual dirección del partido.
Tras una década gloriosa de crecimiento, transformación y compromiso con los ideales regeneracionistas que le llevaron al Gobierno en el 96, el punto de inflexión se produjo con la mayoría absoluta del 2000. Todas las expectativas sobre cambios en las reglas del juego, más democracia interna y más control de la sociedad sobre el poder -aplazadas durante la anterior legislatura por falta de apoyos parlamentarios- decaen definitivamente entonces, en la medida en que Aznar considera que al cumplir la promesa de permanecer sólo ocho años en La Moncloa queda exento de todas las demás. Es el momento de levantar el pie del freno y disfrutar conduciendo el bólido sin miramientos ni restricciones. Por eso se despeña en el barranco de Irak y la gestión del 11-M.
Pues bien, de igual manera que la corrupción y el crimen de Estado estuvieron unidos en el caso del PSOE a la disparatada política económica con la que Solchaga nos dejó al borde de la ruina, aunque en el PP no haya llegado la sangre al río -y ésta no es una diferencia menor-, la trama Gürtel también debe quedar asociada a la foto de las Azores. No son sino dos síntomas -uno externo, el otro interno-, de un mismo proceso de relajamiento de la autoexigencia democrática. En eso consiste el síndrome de La Moncloa -cuidado Zapatero-: ni en el Consejo de Ministros ni en la Ejecutiva del partido se debate de verdad ningún asunto, nadie se atreve a discrepar del jefe, los cargos se reparten a dedo de forma caprichosa, los congresos se transforman en actos de aclamación, a las bases ni se les pregunta lo que piensan, los amiguetes y amigotes medran a sus anchas.
Con todo lo traumática que resultó su salida del poder y de la política, Aznar ha tenido suerte al no estar ahora al frente del partido, pues aparecería como el principal responsable de haber permitido que un grupo de buscavidas se infiltrara en la organización y se extendiera por su interior como un tumor maligno. La boda de El Escorial adquiriría un valor aún más emblemático de la conjunción entre la prepotencia de los actores y la mangancia de los tramoyistas, y él tendría que entonar un dolorosísimo mea culpa que haría trizas su amor propio.
A pequeña escala ésa es la actual encrucijada de Camps, con el agravante de que a El Bigotes no lo promocionó ningún familiar, sino que se asentó en Valencia con su intervención directa. Y por ahora, la actitud del líder valenciano no puede ser más decepcionante. Su pretensión inicial de escurrir el bulto, matizada después por el anuncio del sacrificio ritual de Ricardo Costa como chivo expiatorio destinado a calmar la sed de Rajoy, demuestra menos inteligencia política de la que algunos le suponíamos. Si no se da cuenta de que sólo la vía que le ha marcado Rita Barberá -primero las explicaciones, después las decisiones- puede ofrecerle la redención por el perdón, es que lo suyo tiene difícil remedio. A ver cómo argumenta que Costa incurrió en responsabilidades que no son achacables a él. O como refuta las revelaciones de EL MUNDO sobre las instrucciones de sus vicepresidentes a los empresarios que contrataban a El Bigotes.
De civil, Camps es un buen tipo, pero estos años de encumbramiento por el protocolo han ejercido un efecto dañino sobre su mundo interior. Quien haya participado en un acto oficial en Valencia se habrá dado cuenta de que, sin llegar a los extremos de la corte de Moctezuma -donde había que andar cientos de metros hacia atrás para no dar nunca la espalda al emperador-, todo ha estimulado el providencialismo y el culto al jefe.
Paradójicamente, el que Rajoy haya decidido apoyarle «a muerte» o «a degüello» -según ha transmitido estos días a personas de su confianza- no le hace ningún bien a Camps, sino todo lo contrario. Si el único que hoy por hoy le podría tumbar descarta hacerlo y sólo le pide gestos para la galería, ¿qué necesidad tiene él de entrar en el embarazoso fondo del asunto?
Y, sin embargo, este último episodio procesal en el que la Fiscalía ha tratado de suprimir del sumario un pasaje abiertamente exculpatorio en el asunto de los trajes refuerza mi convencimiento de que Camps puede salir adelante si habla a los ciudadanos con franqueza, reconociendo sus graves errores de criterio pero subrayando la honestidad de todos los líderes del PP valenciano.
En todo caso, la disposición acomodaticia de Rajoy a salir del paso con cuatro parches, creyendo a pies juntillas las versiones exculpatorias de implicados tan cercanos como Ana Mato, indica que no es consciente aún de la gravedad de lo que ha pasado, ni de las consecuencias a medio y largo plazo que puede tener para el futuro del PP. Si él no toma la iniciativa y pone en marcha una revolución interna con visos de auténtico proceso de refundación -es decir, si no encarga una auditoría a fondo del estado ético del partido, no rompe todos los eslabones que le atan a ese pasado turbio y no propone drásticas medidas para que esto no vuelva a suceder- la policía, la fiscalía y el sector de la judicatura afín al PSOE le van a cocinar a fuego lento y llegará a las próximas elecciones completamente churrascado.
Los grandes males sólo lo son de verdad cuando no desencadenan grandes remedios. El mayor servicio que rindió a Moctezuma la red de relevistas que comunicaba el mar con la capital no fue mantener viva la ilusión de que a su mesa llegaba pescado fresco a diario, sino avisarle del desembarco en sus costas de un contingente de extraños hombres con barba a lomos de bestias fantásticas. Luego pasó lo que pasó, pero la información la tuvo a tiempo. ¿Cómo hacerle entender a Rajoy que tenemos Gürtel para rato y que si él no embrida el asunto -como acaba de hacer Esperanza Aguirre-, el asunto terminará por embridarle a él
?

La pasión por la verdad

Hypatía y la pasión por la verdad/Jorge Juan Fernández Sangrador, director de la Biblioteca de Autores Cristianos
Publicado en ABC, 11/10/09;
Sócrates, nacido a finales del siglo IV en Constantinopla, cuenta, en el libro séptimo de su Historia de la Iglesia, lo que le sucedió a la hija de Theon, Hypatía de Alejandría, que, habiendo hecho acopio de gran erudición, superaba con mucho a los filósofos de su tiempo; platónica según la escuela de Plotino, instruía a numerosos estudiantes. Y por su ciencia, autoridad, prestigio y modestia, comparecía en instancias de la administración pública; de ahí el que, a la par que respeto, su proximidad a las autoridades levantara suspicacias. En efecto, la envidia, por un lado, y el hecho, por otro, de verla conversar frecuentemente con Orestes, prefecto imperial, enfrentado con Cirilo, el obispo, dio pie a que se hiciera circular, entre los cristianos, la especie de que era ella la que impedía la reconciliación entre ambos, cosa que Sócrates califica de falsa acusación.
A resultas del bulo, un tal Pedro urdió, junto con un grupo de hombres enardecidos, la conspiración que había de acabar de modo execrable con Hypatía. Arrastrada hasta la iglesia conocida como Kaisarion, despojada de sus ropas, la despedazaron y sus miembros fueron arrojados después al fuego. Según Sócrates, no fue poca la deshonra que esto trajo al patriarca Cirilo y a la iglesia de Alejandría, pues actos así no son propios de cristianos. Mas nunca se pudo probar que Cirilo fuera responsable de aquella muerte horrenda.
Sobre Hypatía han escrito también Damascio, Hesiquio, Suidas y Focio, pero merece la pena leer, sobre todo, lo que Sinesio de Cirene, su discípulo, dice de ella en las afectuosas epístolas que le envía. Entre otras cosas, porque, en una de éstas, se conservan las únicas palabras de Hypatía que han llegado hasta nosotros: «Hubo un tiempo en que yo servía de provecho a mis amigos -escribió él- y tú me llamabas «el bien de los demás» -decía ella-». Espigando entre las antedichas misivas, se puede adivinar el cariño que el obispo de Tolemaida le profesaba: «Aun cuando uno se olvide de los muertos en la mansión de Hades, yo, incluso allí, me acordaré de la querida Hypatía».
De no ser por el modo en que fue asesinada, Hypatía habría pasado discretamente por la historia de la filosofía, pues lo poco que escribió fueron meros comentarios de tratados compuestos por otros: Tolomeo, Apolonio y Diofanto. De igual modo, su padre, Theon, es apreciado en la historia del conocimiento únicamente por lo que ha transmitido y glosado, no por lo que haya aportado de primera mano. Esta falta de originalidad es propia del final de la Escuela de Alejandría, cuyos miembros son calificados por Ferrater Mora de «epígonos» de los grandes maestros de la antigüedad. Por ello, cuando se habla de los «últimos helenos» no hay que interpretarlo en sentido romántico, sino en el de que son los últimos cultores de un modo de entender el helenismo, devotos que se resistían a aceptar que el cristianismo fuese capaz de inyectar savia nueva a paradigmas que periclitaban.
De la vitalidad intelectual de la nueva fe rinden cumplido testimonio los abundantes escritos legados a la posteridad. Un ejemplo de ello, sin ir más lejos, por contemporáneo, es el de Cirilo de Alejandría, cuya producción literaria es amplísima. Diez volúmenes del Migne contienen dieciocho tratados y numerosos sermones, epístolas y cartas pascuales. Cabe igualmente hacer mención de la turbina intelectual que era la lúcida mente de Orígenes, cuyas especulaciones, en el siglo III, están a disposición de quien se atreva a adentrarse en su ingente obra.
Puede decirse que el ejercicio sistemático de la teología, al menos tal como se entiende hoy, nació en Alejandría. A ello contribuyó, en buena medida, el hecho de que el cristianismo hallara, en el platonismo, la filosofía que habría de surtir de adecuadas categorías a quienes trataban de articular un discurso que, apoyado básicamente en la revelación divina, aspiraba a mostrarse asequible a la razón humana, lo cual no sucedió de la noche a la mañana, pero el iter seguido en Alejandría hasta lograr una bien trabada relación entre sagrada escritura, filosofía y teología, constituye un hito en la historia del pensamiento.
Ahora bien, desconoce el meollo de la actividad intelectual quien piense que el alumbramiento de ideas y nuevos sistemas de interpretación de la realidad acaece de una manera aséptica, equidistante, pacífica y sin tensiones. Y menos en Alejandría. En la Historia Augusta, se tilda, a los habitantes de Egipto, de presuntuosos, irritables, jactanciosos, frívolos, ávidos de novedades, epigramáticos, levantiscos, propensos a la injuria, entre otras cosas. Y los antiguos denostaban también en esos términos a los pobladores de la gran metrópoli, capital por antonomasia de la cultura, Alejandría. La verdad es que daban pie a ello, pues del rifirrafe pasaban a la revuelta ciudadana en un instante; no en vano se acuñó una expresión que definía bien el carácter de aquellas gentes: furor alexandrinus. Y quizás por eso anidó allí, de forma incomparable, la sabiduría, la cual, apasionada como es, había de encontrar una digna morada en sus escuelas, no por estar atenidas a un eclecticismo inopinado, sino precisamente por ser ardorosas.
Las recreaciones artísticas de lo que aconteció en aquella sociedad, a lo largo de su ajetreada historia, suelen dejar insatisfecho a quien las contempla, pues hacen gala innecesariamente de tópicos infundados. Un ejemplo. El año pasado, en Madrid, se exhibieron piezas helenísticas y romanas, que, provenientes del delta del Nilo, habían sido rescatadas del fondo del mar. Los textos de los paneles explicativos eran de este estilo: «El cristianismo acabó con las delicias de Canopo», «bajo la presión de los cristianos», «responsables de la destrucción del Serapeo», «estos fanáticos atacan los lugares de culto», «aldea aletargada alrededor de un convento de monjas».
Ante esas aseveraciones, que se van haciendo cada vez más frecuentes, la Iglesia copta no deja de repetir que ella ha devenido la legítima heredera de la espléndida cultura que floreció tanto en el Egipto faraónico como en el helenístico; es más, que pervive aún gracias a ella; que su lengua es el egipcio antiguo, combinado, en la escritura, con el alfabeto griego; que los términos «copto» y «egipcio» significan lo mismo, pues ambos derivan del griego aigypt(i)os, que es, a su vez, una corrupción fonética del egipcio Hak-ka-Ptah, que es como se denominaba a Menfis: casa o templo del espíritu de Ptah.
Todo ello hace que lectores, espectadores y consumidores de arte vayan adquiriendo mayor destreza en situarse ante lo que ven u oyen, y mantenerse impermeables frente a lo que per viam pulchritudinis intentan transfundirles escritores, cineastas y gestores culturales. Incluida la dramatización actual de la muerte de Hypatía, que, en la historia de la literatura, tiene ya un largo recorrido, siempre problemático por supuestamente provocador. Es de esperar que la actual eclosión del argumento responda al deseo vehemente de hacerle justicia a ella -y, de paso, a Catalina de Alejandría-, y no al de meter el dedo en el ojo de quien no tiene la culpa de lo que sucedió en Alejandría hace casi mil seiscientos años

Texto de Gustavo Martín Garzo

La cuidadora de ocas/Gustavo Martín Garzo, escritor
Publicado en EL PAÍS, 11/10/09;
Las espigadoras eran esas mujeres humildes que en otro tiempo recolectaban las espigas que segadores y cosechadoras dejaban olvidadas en el campo. Hace unos años, la cineasta Agnès Varda realizó una película sobre ellas y sobre todos los que siguen recolectando lo que los demás tiran o no se preocupan de recoger por juzgar insignificante: patatas, manzanas, racimos de uvas y otros alimentos, juguetes, muebles, objetos que han dejado de servir, cosas sin dueño… Y Varda se veía a sí misma como uno de esos recolectores de lo insignificante. Ésa era la verdadera razón de su oficio, ir tomando de la corriente de la vida esos restos que nadie quiere y que conservan misteriosamente el poder de iluminar un instante nuestro paso por este mundo.
He pensado en esta película inclasificable al leer el libro de ensayos de Natalia Ginzburg que se acaba de publicar en nuestro país. Natalia Ginzburg es una de las grandes escritoras italianas de la segunda mitad del siglo pasado. De familia de intelectuales judíos, su primer esposo fue ejecutado por los fascistas en 1944. Trabajó en la editorial Einaudi, junto a Cesare Pavese e Italo Calvino, y es autora de varias obras de teatro, un libro inolvidable sobre su infancia, titulado Léxico familiar, y de novelas tristísimas como Nuestros ayeres, Las palabras de la noche o Querido Miguel. En sus obras suele retratar a la clase media italiana de la postguerra, especialmente a sus mujeres, con una mirada desencantada y llena de melancolía. Pero, a la manera de Chéjov, al hablarnos del desorden del mundo lo hace también de esa extraña luz que tantas veces descubrimos en él.
Todos sus ensayos son inolvidables. No sólo por lo maravillosamente que están escritos, sino por esa forma tan suya de dirigirse a nosotros sin darse importancia, sin presumir de nada ni escucharse a sí misma, a la manera de esas personas queridas que, cuando vamos a partir de viaje, se limitan a llamarnos la atención sobre algo que habíamos olvidado. Y lo que escribe siempre nos sorprende, incluso cuando se ocupa de los temas más comunes o más aparentemente ajenos a nuestras preocupaciones.
Nunca pontifica, ni trata de decirnos lo que debemos pensar, sólo nos ofrece sus propias perplejidades. Por ejemplo, si se pone a hablar de los niños nos dice que hemos reflexionado sobre cómo educarlos, pero no de lo que debemos darles a cambio y si les estamos ofreciendo otra cosa aparte de nuestros mundos desiertos. Si lo hace del aborto, no duda que es la mujer la que debe decidir sobre la continuidad de su embarazo, pero también se ocupa de esa vida misteriosa que lleva en su vientre, y con la que mantiene “la menos libre de todas las relaciones”. O si lo hace de su amor por el Partido Comunista Italiano, será para decirnos que es imposible que “no pueda existir el verdadero comunismo, no violento, no represivo, no sanguinario y no totalitario, como era en el alma de Gramsci o de Berlinguer”. Que debe existir un partido que se ponga del lado de los pobres y los marginados, que defienda la verdadera democracia, el espacio de lo público y la igualdad de oportunidades.
O le basta con asistir a la representación de una obra de Carlo Goldoni, para hacer una defensa de la felicidad. “Como somos infelices, queremos ver por todas las partes escenas trágicas, sangrientas y solemnes, y ya no sabemos celebrar la fragilidad, la delicadeza y la medida”.
Frente a esas grandes cuestiones que suelen ocupar las páginas de los periódicos, ella presta su atención a esas otras casi imperceptibles que constituyen la vida del individuo: “el pensamiento solitario, la fantasía y la memoria, el lamento por los tiempos perdidos, la melancolía, todo lo que forma la vida de la poesía”. Es ejemplar en este sentido el ensayo que dedica a la polémica sobre el crucifijo en las escuelas. Nadie debe obligar, nos dice, a que haya crucifijos en las clases, pero enseguida añade: pero si yo fuera maestra me gustaría que hubiera uno en la mía. ¿A quién puede molestar? Un crucifijo no dice nada, no nos adoctrina como una clase de religión, sólo cuenta con su silencio una historia que habla del dolor, la soledad y la dignidad de los hombres. ¿Por qué iba a hacer daño a los niños tenerlo en su clase?
También se ocupa de Dios. No del Dios que preside los silos de esas ávidas cosechadoras de almas que son las iglesias oficiales, sino del Dios de las espigadoras. Ese Dios que se esconde, del que nadie puede apropiarse, que vive en lo más pequeño y frágil, no en las palabras de los que gritan más. Ese Dios “que es como un trozo de vela que llevamos en las manos y que parece siempre a punto de apagarse”, y que incluso le lleva a pedir a los padres no creyentes que eviten negar su existencia ante sus hijos pequeños, porque entonces ¿cómo se enfrentarían a la terrible angustia que a todos los niños les produce la muerte?
O, al hablar del sexo, nos dice que es igualmente falso afirmar que tiene todos los privilegios como que no tiene ninguno. El sexo nunca podrá transformarse en un juego banal ya que mantiene “vínculos extraños y secretos con nuestra alma y su misterio”. Y escribe: “No mentir, no traicionar, no humillar, no dominar; éstos son los propósitos que una persona debe mantener con toda su alma en las relaciones sexuales como en cualquier acto de su vida”.
Es imposible dar cuenta en unas
pocas palabras de toda la riqueza que contiene este libro inolvidable. Pobres fetos olvidados, crucifijos, escritores y cómicos, dioses, mujeres ultrajadas, niños y películas se transforman en manos de Natalia Ginzburg no en argumentos para agredir a los que no piensan como ella, sino en frágiles espigas que va recogiendo por los caminos. En uno de esos textos, al comentar una exposición de unos pintores yugoslavos, y ver la plácida imagen de un pueblo, dice que le gustaría ser como la cuidadora de ocas que está junto al arroyo. Y ésa es la sensación que tenemos al leerla, la de alguien que vigila algo querido para que no le pase nada malo.
En el texto titulado El niño que vio osos, nos habla de su nieto. Es curioso que una gran intelectual, traductora de Proust y de Flaubert, influyente editora y admirada novelista, se preocupe así cuando los padres del niño le anuncian que lo van a llevar con ellos a las Rock Mountains, donde hay osos, y que no pueda estar tranquila hasta que regresan. Un tiempo después, los padres del niño retornan a Italia y ella se vuelve a encontrar con él. Ha crecido y, al verle cruzar la calle con su padre, le conmueve su fragilidad. Ya no parece reinar sobre los demás, como cuando era pequeño, y le recordaba a Gengis Jan. Ahora avanza por un mundo incierto y amenazante, en el que tiene que aprender a valerse por sí solo. Y le parece una pequeña espiga. “Parecía saber que nada le pertenecía, salvo aquella bolsa de nailon que contenía cuatro muñequitos, dos lápices mordisqueados y un anorak descolorido. Pequeño judío sin tierra, cruzaba la calle con su bolsa”.
Todo el libro es un hermoso ejercicio de inteligencia, ternura y bondad. No hay en él petulancia ni pedantería, y su tono es siempre el de una amigable conversación. Una conversación llena de encanto, en la que asistimos a cada momento a la sorpresa del verdadero pensamiento. Ese pensamiento que, como una espigadora más, trae con él la pregunta sobre el bien y el mal, el dolor y la dicha, la fantasía y la realidad. Porque ¿y si pensar fuera ocuparse de esas espigas que dejamos olvidadas en las cunetas?

Se publican las bases de liquidación en el DOF

El presidente Felipe Calderón dará un mensaje en cadena nacional a las 21:00 horas de este domingo. La oficina de Presidencia de la República informó del mensaje de Calderón a la población en el país, sin especificar el tema.
A partir de los hechos ocurridos desde la noche de ayer con la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, se espera que el contenido del mensaje verse en torno a este hecho.
Además del decreto de extinción de la CLyF, la Secretaría de Energía (Sener) publicó las bases de desincorporación de Luz y Fuerza del Centro (LyFC) derivadas de la extinción del organismo.
En una edición vespertina del Diario Oficial de la Federación, la dependencia refirió que el Sistema de Administración y Enajenación de Bienes (SAE) deberá realizar el proceso de liquidación en forma transparente, y que podrá celebrar convenios con estados, para que los activos que no sean necesarios en la prestación del servicio público de energía eléctrica puedan ser enajenados.
En los próximos 30 días, el SAE deberá elaborar un plan estratégico de desincorporación que deberá dirigir a la Subsecretaría de Electricidad de la Sener para su aprobación, levantar el inventario de los bienes y realizar el balance inicial de la liquidación. También tiene que informar mensualmente a la Sener y a la Secretaría de la Función Pública (SFP) sobre los avances del proceso de liquidación, elaborar y someter al dictamen de auditor externo de la última los estados financieros iniciales y finales de liquidación, así como los intermedios que correspondan."Proceder a la liquidación de todos los trabajadores de Luz y Fuerza del Centro. Asimismo, podrá elaborar y presentar a la Subsecretaría de Electricidad, para su aprobación, el esquema de indemnización laboral voluntario que deberá implementar. Para efecto de lo anterior, solicitará la participación que corresponda a la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje", expone la dependencia.
El SAE también estará encargado del pago de las pensiones que correspondan a los jubilados, para lo cual presentará también a la Subsecretaría de Electricidad el plan correspondiente."El Liquidador destinará los recursos, bienes y activos de Luz y Fuerza del Centro en liquidación, para cubrir los pasivos y contingencias que se originen de la misma, así como los gastos de preparación, preparativos y de administración que realice o haya realizado en cumplimiento de su encargo", precisa.
Finalmente, el SAE deberá comunicar a la Sener cuando el proceso de liquidación este concluido y publicar un libro blanco.
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