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Chile: La hora de la verdad para una crisis anunciada

Chile: La hora de la verdad para una crisis anunciada
El futuro de la Iglesia en Chile pasa por el Vaticano, y por la capacidad del Papa Francisco de ir a fondo en una crisis que va más allá de los trágicos y condenables abusos sexuales contra menores
AP
El interior de la iglesia de La Merced en Santiago de Chile

Vatican Insider, 15/05/2018
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CIUDAD DEL VATICANO
La tempestad que afronta la Iglesia chilena va más allá de los abusos sexuales contra menores. Esa trágica herida tiene su origen en una crisis mucho más profunda, que toca el corazón mismo de la estructura eclesial. Una crisis anunciada, tangible, pero durante años maquillada. Tanto que el mismo Papa resultó engañado y terminó por minimizarla. Por eso, las soluciones a esta borrascosa realidad no serán inmediatas. Ni automáticas. No pasarán sólo por el desplazamiento de algunos obispos, sino por un cambio cultural de largo plazo. Que, se espera, comience esta semana en el Vaticano. 

En octubre de 2013, cuando el Vatican Insider publicó el artículo detallando la ya evidente “crisis de los pastores” en ese país sudamericano, se verificó un terremoto de baja intensidad. Y produjo tan acalorado debate que ese texto periodístico llegó a ser discutido en la posterior asamblea de la Conferencia Episcopal. Ya entonces se indicaban los “tiempos difíciles” que padecía la Iglesia chilena, “desacreditada y desanimada por varios escándalos públicos”. Y se reseñaba cómo el nuncio apostólico Ivo Scapolo, en sus dos años de servicio, había encontrado enormes problemas para promover nuevos obispos.  
  Todos los elementos que condujeron al actual estado de cosas. Entre ellos, el (ya) cuestionado actuar del obispo Juan Barros, en ese momento ordinario castrense, quien -junto con otros tres prelados- había salido en defensa, incluso con una carta dirigida a la Santa Sede, de su mentor y reconocido abusador, Fernando Karadima. Aquel año, el Vaticanotenía todo listo para iniciar auditorías en dos diócesis distintas por problemas graves, pero las mismas habían sido bloqueadas a último momento a instancias del propio nuncio. 
  Bien lo señalaba entonces un sacerdote chileno que había pedido un estricto anonimato: “Tenemos el más débil episcopado de nuestra historia, con obispos que no hablan, que no golpean la mesa, 'perros mudos' diría el profeta, nadie se la juega por nadie, se les ve asustados, débiles, hay un ambiente de mucha desolación”.  
  A juzgar por la evolución de los acontecimientos, la crisis era inevitable. Y terminó envolviendo directamente al Papa Francisco. En 2011 su antecesor, Benedicto XVI, había aprobado la suspensión “ad divinis” de Karadima por sus abusos. Una sentencia de culpabilidad que, se pensaba en Roma, no tendría otras repercusiones. 
  Pero en el año 2014, con Jorge Mario Bergoglio como Papa, el gobierno de la presidente Michelle Bachelet realizó gestiones para pedir la remoción del obispo militar Barros. Lo que era un secreto a voces en aquel tiempo, lo confirmó hace algunos días el ex ministro de Relaciones Exteriores, Heraldo Muñoz. A él le tocó solicitar a la diplomacia vaticana, más de una vez, la salida del ordinario. 
  Los generales mal soportaban la actitud del obispo. Según reveló una fuente de alto nivel a Vatican Insider, Barros era distante de la tropa y pretendía se le rindiesen honores que parecían desproporcionados, incluso a aquellos militares herederos de la época pinochetista. Ante la presión intensa, y surgió la alternativa de designarlo como pastor de Osorno. 
  Finalmente el nombramiento se verificó en enero de 2015, con el visto bueno del Papa. Y la polémica se desató inmediatamente. Las víctimas de Karadima lo acusaron con insistencia de encubrimiento en los abusos, obteniendo un gran eco en los medios de comunicación. Estas informaciones llegaron hasta el Vaticano por diversos canales.  
  En este pasaje resulta clave la figura del jesuita Germán Arana. Él acogió a Barros para un retiro espiritual en España, en marzo de 2015. Más tarde, el obispo viajó a Roma y fue recibido por Francisco en la Casa Santa Marta. Le presentó directamente su renuncia, pero este se la rechazó. De alguna manera había madurado la convicción de que no era culpable. Y en eso, coinciden varias fuentes, tuvo mucho que ver un informe confidencial presentado por Arana. 
 Por esas semanas, Francisco se había entrevistado también con varios obispos chilenos en privado. El 7 de marzo dialogó con Fernando Chomalí, arzobispo de Concepción y antiguo administrador apostólico de Osorno. Luego hizo lo propio con Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago y presidente de la conferencia episcopal. Ambos, trascendió, le hicieron saber del impacto negativo que significaba la designación de Barros. E incluso le propusieron concederle a él y a los otros tres obispos “karadimistas” (Andrés Arteaga, Tomislav Koljatic Maroevic y Horacio Valenzuela Abarca) salidas elegantes concediéndoles “años sabáticos”.  
  Aquella hubiera sido una salida pastoral, antes que jurídica. Pero el Papa no la tomó. Él mismo explicó sus razones, a bordo del avión papal en su regreso a Roma tras la visita a Chile en enero pasado. Entonces, reconoció que “una persona de la conferencia episcopal” le había propuesto que renunciaran y “tomaran un año sabático”. Refiriéndose a Barros añadió: “Vino a Roma, y dije ‘no’, así no se juega porque esto es admitir culpabilidad previa. Y en cada caso, si son culpables, se investiga. Y yo lo freno”. 
  Aquí un detalle: De las palabras del propio Francisco se desprende que esta opción de salida, a él le parecía más vinculada a un problema de oportunidad que a una certeza de culpabilidad. Porque él mismo apuntó que, según le dijeron, ellos “eran buenos obispos” que, “pasada la tormenta (mediática)” podrían volver. Una perspectiva que le pareció injusta. 
  Sea como sea, el 31 de marzo de 2015 el entonces vicedirector de la Sala de Prensa del Vaticano emitió la siguiente declaración: “Antes del reciente nombramiento como obispo de Osorno (Chile) de monseñor Juan de la Cruz Barros Madrid, la Congregación para los Obispos estudió detalladamente la candidatura del prelado y no encontró razones objetivas que interfirieran con la misma”. 
  En ese momento la decisión estaba tomada, y ninguno de los obispos chilenos supieron, quisieron o tuvieron la capacidad de transmitirle al Papa la realidad. Así permitieron el crecimiento desmedido de una bola de nieve que se tornó imparable. Porque las incongruencias quedaron cada vez más expuestas ante los medios de comunicación, convirtiendo el problema en la peor crisis de credibilidad en la historia moderna de la Iglesia chilena.  
  Pero para personajes clave como el arzobispo emérito de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, gran parte del problema se debe a los medios de comunicación. Periodistas que, según él, se convirtieron en altavoces de “calumnias” e “injurias” en su contra. Su posición resulta cada vez más incómoda, considerando que aún es parte del C-9, el consejo de cardenales que desde 2013 asesora al Papa Francisco en el gobierno de la Iglesia universal. 
  Muy significativa ha sido su decisión de último momento de acudir a las reuniones reservadas que 34 obispos chilenos sostendrán con Jorge Mario Bergoglio en el Vaticano, desde la tarde de este martes 12 de mayo y a lo largo de los próximos días. En un primer momento, Errázuriz había anunciado que no participaría porque acababa de volver de Roma y ya le había dejado al Papa un largo informe sobre el particular. Como si él no tendría mayor responsabilidad en la crisis, cuando todos lo reconocen -para bien o para mal- como un gran protagonista en la vida de la Iglesia chilena de los últimos años. 
  Además de afrontar el difícil momento de comunión eclesial interna y la confianza externa rota, el principal desafío que espera al Papa a corto plazo se encuentra al origen del presente análisis: la crisis de los pastores. Una crisis que no se ha sanado aún y que presenta nuevos interrogantes. Porque, al natural desplazamiento de algunas figuras (y una casi segura salida de Juan Barros en Osorno), Francisco debe encontrar rápidamente clérigos con la altura moral para sustituir a obispos que en breve pasarán al retiro. 
  La gran incógnita representa la transición en Santiago, la capital y más importante arquidiócesis del país. Su titular, Ricardo Ezzatti Andrello, ya tiene 76 años y se encuentra en tiempo de descuento. Algo similar ocurre con el arzobispo de Puerto Montt, Cristian Caro Cordero (75 años); con el obispo de Rancagua, Alejandro Goic Karmelic (78) y con el de Valparaíso, Gonzalo Duarte García de Cortázar (75). 
  Visto de otra manera, todos estos cambios inminentes (y necesarios) pueden representar para el pontífice una oportunidad de oro para inyectar aire nuevo a una Iglesia por demás necesitada de cumplir lo que una nota vaticana de hace pocos días auguraba: “Pastores buenos que testimonien con su vida el haber conocido la voz del Buen Pastor, que sepan acompañar el sufrimiento de las víctimas y trabajar de manera decidida e incansable en la prevención de los abusos”. 

  

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