CARLOS MONSIVÁIS Y AMLO
La entrevista que generó ruido/ Fred Alvarez Palafox
@fredalvarez
Hay especialistas en la obra de Carlos Monsiváis que han diseccionado la entrevista de Edmundo Cázares descalificándola en su totalidad, de confirmarse la declaración a través del audio, la autoría del mito recaerá sobre el entrevistado. | Fred Álvarez
Escrito en la web La Silla Rota, genero de opinión, el 24/6/2026 · 22:03 hs
La historia de Edmundo Cázares comienza con el murmullo del agua en Pátzcuaro, Michoacán. A los 14 años, mientras otros apenas descubrían el mundo, él ya había encontrado su brújula. Su primer escenario fue La Voz de Michoacán, revelando un talento tan precoz que le valió una beca para lanzarse a la conquista de la Ciudad de México. Allí, en la emblemática Escuela de Periodismo Carlos Septién García, lo recibió el profesor sinaloense Alejandro Avilez Inzunza, quien apadrinó los pasos de ese joven que pronto sería un referente nacional.
Antes de que su firma recorriera las venas de redacciones como Excélsior, El Universal o Siempre!, Edmundo ya daba muestras de un arrojo inusual. A los 16 años, se plantó ante las cámaras del legendario concurso El Gran Premio de los 64 mil pesos. Con la audacia de quien no conoce el miedo, llegó a la final eligiendo un tema que quemaba en las manos: la vida y trayectoria de Luis Echeverría Álvarez, el presidente en funciones. Estuvo a punto de ganar el premio; llegó hasta la recta final con 32 mil pesos, solo para perderlo todo...
Esa valentía para abordar el poder desde la adolescencia marcaría el resto de su vida en la radio y en la televisión, junto a maestros como Guillermo Ochoa y Ricardo Rocha. De hecho, cultivó la amistad del expresidente Echeverría hasta el día de su muerte.
La batalla por la palabra y la humanización del mito
Tras décadas de capturar la esencia ajena, Cázares condensó su trayectoria en una obra monumental: “¡A lo mero macho ¡Entrevisto, luego existo!”. Pero publicar este libro fue, en sí mismo, una batalla de tres años. Las puertas se le cerraron repetidamente porque se negaba a "limar" las críticas de sus entrevistados hacia el sistema. Su respuesta ante la censura fue inquebrantable, como él mismo comenta: "Yo no voy a permitir que nadie mutile mi libertad de expresión".
La suerte —o el destino— cambió al entrevistar al sacerdote católico José de Jesús Aguilar Valdés. El religioso, conmovido por la integridad de Edmundo, le abrió las puertas de Ediciones SPES. Así, el libro, prologado por Ciro Gómez Leyva, vio la luz con 22 conversaciones magistrales.
Edmundo posee el raro don de bajar a los ídolos de su pedestal. Por sus páginas desfilan la altivez de María Félix y la picardía de Cantinflas. Sin embargo, antes del reciente episodio con Carlos Monsiváis, yo estaba convencido de que ninguna anécdota superaría la de Irma Serrano. Ocurrió en su casa de las Lomas: la exsenadora chiapaneca, aquejada por un dolor de piernas, le lanzó una orden que solo el periodismo de otra época podría registrar: "Quítate el saco y la ropa, y métete a la cama para que me preguntes". Edmundo, con el oficio que lo define, no titubeó. Desentrañar la verdad del personaje estaba muy por encima de cualquier formalismo.
El fantasma de las cintas: Monsiváis y AMLO
Mi trato con Edmundo viene de tiempo atrás. Hemos conversado largo y tendido, y en alguna ocasión me compartió información sumamente delicada, como las confidencias del fiscal Javier Coello Trejo sobre el asesinato de Manuel Buendía —una entrevista que vio la luz a escasos días del fallecimiento de Coello—. Por eso, al estallar su más reciente polémica, decidí seguir el tema con lupa.
¿Qué fue exactamente lo que hizo Edmundo Cázares? Autorizó a El Universal en línea la publicación íntegra de una entrevista que supuestamente le realizó a Carlos Monsiváis en 1999 (publicada de manera parcial en El Sol de México) en su mítica casa de la colonia Portales. Lo que perfilaba para ser un rescate histórico por el 16º aniversario luctuoso del cronista, se convirtió en un huracán político, precisamente por lo que ahí se dijo.
El epicentro del sismo mediático fue un fragmento donde, presuntamente, Monsiváis lanza declaraciones fulminantes sobre el expresidente Andrés Manuel López Obrador:
—¿Con lo que me dice, debo entender que Cárdenas no podrá con el paquete en caso de llegar a Los Pinos? —le habría preguntado Edmundo en aquella entrevista de más de dos horas.
—Mire, mi estimado Edmundo… ¿Quiere que le sea sincero? No veo ninguna capacidad para ganar las elecciones a ninguno de los candidatos de la oposición —le respondió Carlos.
—López Obrador ya levantó la mano para ser presidente…-, le preguta
—A Andrés Manuel lo estimo mucho, pero la verdad… ¡Está loco! Sufre desmedidos sueños de grandeza. Quiere llegar a ser un moderno Julio César o Nerón. Déjeme contarle que, hace algunos años, le di cobijo a Andrés Manuel López Obrador cuando llegó huyendo de Macuspana, Tabasco, a los 19 años de edad; había asesinado, accidentalmente, a su hermano. Lo tuve aquí en mi casa por espacio de 9 meses, pasé deliciosas y divertidas noches con él. López Obrador, por dinero… ¡era capaz de hacer lo que fuera!
Y eso fue todo, lo demás poco importa. Hay especialistas en la obra de Carlos que han diseccionado la entrevista, descalificándola en su totalidad.
Ante la magnitud del impacto, no lo dudé: levanté el teléfono y le marqué a Edmundo. Del otro lado de la línea me topé con un periodista sumamente tranquilo. Sin alterar la voz un solo decibel, me sostuvo que cada palabra impresa era rigurosamente correcta y me soltó el dato clave: conserva las cintas originales de la grabación.
Quiero creerle a Edmundo. Sin embargo, es imposible cerrar los ojos ante las evidentes inconsistencias históricas planteadas en la entrevista; sinceramente, dudo mucho que Carlos y Andrés Manuel se hayan conocido en aquella época. Diversos analistas y caricaturistas, como 'El Fisgón', ya pusieron el dedo en la llaga cronológica: cuando ocurrió la trágica —y dolorosamente real— muerte del hermano de López Obrador en 1969, el expresidente apenas tenía 15 años, y no 19.
Pero la nuez de esta historia no está en la exactitud del calendario, sino en una posibilidad mucho más compleja: que el propio Carlos Monsiváis haya inventado esa trama, adornada con tintes de tragedia literaria, y se la haya narrado tal cual a Edmundo. Lo que hizo el reportero —me confirma— fue transcribir lo que Carlos le dijo. Punto. No investigó.
De confirmarse la declaración a través del audio, la autoría del mito recaerá enteramente sobre el entrevistado. Será entonces el momento de someter al escrutinio otros elementos, desde la cadencia de la voz hasta los matices de la conversación y demás detalles.
El choque de narrativas y el peso del poder
La bola de nieve ya era imparable. Ante el ruido, la familia del escritor cerró filas. Beatriz, Araceli, Rubén y Felipe Sánchez Monsiváis, sobrinos de Carlos, enviaron una dura carta a El Universal, acusando a Cázares de fabricar agregados. Desmintieron la publicación con argumentos cronológicos y espaciales, exigiendo los audios o una disculpa pública bajo amenaza de demanda.
El tema escaló a la Comisión Permanente y aterrizó en la mañanera de Palacio Nacional. La presidenta Claudia Sheinbaum no esquivó la polémica. El diálogo con el periodista Vicente Serrano rebasó la solemnidad del atril para teñirse de catarsis política y franca ironía. El detonante fue la publicación de la entrevista "fabricada"; una bajeza que la mandataria tachó de "grotesca" y síntoma de la "podredumbre" de una oposición divorciada de la realidad. Lejos de emitir una simple condena, Sheinbaum ilustró el nivel de sus adversarios haciendo sonar Ya supérame de Grupo Firme en la sala. Con ello, diagnosticó a un bloque encapsulado que se alimenta del eco de sus propios chats y que, en su desesperación, no duda en usar la homofobia como un arma propagandística "totalmente enfermiza".
Más allá de la anécdota, el diálogo tocó fibras más densas al abordar el riesgo de que esta manipulación mediática pavimente el regreso de la extrema derecha, como recién ocurrió en Colombia.
El precio de la verdad y el insobornable testigo de la grabadora
Esta no es la primera vez que la pluma le cuesta caro a Edmundo. Uno de los pilares de su libro —”¡A lo mero macho ¡Entrevisto, luego existo!”— es una reveladora charla que sostuvo en 2021 con Elena Poniatowska. En esa conversación, "Elenita" abordó sin filtros el clima político y advirtió sobre el "hartazgo nacional" y el desgaste innecesario que provocaban las conferencias matutinas del entonces presidente López Obrador, cuestionando además el uso de reporteros a modo. A pesar de haber confesado su alegría por el triunfo electoral del tabasqueño, lamentó profundamente que el gobierno dividiera a los mexicanos en bandos de "fifís" y "chairos".
La entrevista se viralizó como pólvora. Las declaraciones incomodaron a la cúpula, y la respuesta del entorno del poder no se hizo esperar; fue brutal y de consecuencias físicas. Días después, bajo una presión mediática asfixiante, Poniatowska reculó al conocer el audio y declaró a medios como Excélsior que el entrevistador le había inducido las respuestas y que había caído en una "trampa".
Aquella vez Edmundo salió airoso; hoy, sin embargo, se encuentra en el ojo del huracán. De no hallar la cinta magnética —la única prueba capaz de sostener su relato—, su carrera quedará irremediablemente hecha trizas.
El problema es el daño colateral que ya está sufriendo. Edmundo colocó su número telefónico personal en redes para poder vender su libro de manera independiente. Como respuesta, su celular se ha inundado de agresiones, amenazas y mentadas de madre.
Respeto la forma de entrevistar de Edmundo, pero yo, en lo personal, no hubiera publicado esos comentarios aunque me los hayan dicho, aunque tenga las pruebas; los considero parte de la vida privada de las personas, es un asunto de ética.
Por cierto, Carlos no fue mi amigo pero lo conocí y traté y estuve en su funeral aquella noche de junio del 2010 como lo publiqué en un videocomentario.
Aquí el resumen. Lo recuerdo como si fuera ayer: un sábado lluvioso en la capital, de esos en los que resuenan los versos de Aridjis sobre cómo todo sucede en sábado. Aquella noche, bajo una tregua del agua y una media luna de junio, pedaleé hasta el Museo de la Ciudad de México movido por el impulso de despedir a Carlos. Hice guardia ante un ataúd cobijado por las banderas de México y de la diversidad, bajo la mirada silenciosa de su fotografía junto a uno de sus amados gatos. Fue un velorio de contrastes entrañables, muy a su estilo: se entrelazaron rezos, el Ave María de Schubert y un mariachi que irrumpió por error con Amor Eterno en lugar de su solicitada Amor perdido. Al salir, cerca de la medianoche, el silencio pesaba entre colegas como Poniatowska, Musacchio y Cano, todos envueltos en la melancolía de ese "funeral céntrico" que él tanto deseaba.
Definir a Monsiváis resulta una tarea imposible. Se asumía simplemente como un lector a la usanza borgeana; un librepensador cuya prosa irónica fue cincelada desde la infancia por la Biblia Reina Valera, dictando a su manera que "en el principio (y en medio y en el final) era el Verbo". Fue el periodista apasionado que una vez bautizó a Renato Leduc como "el último bohemio", el crítico sagaz, el amigo de Tepito y hasta el Santa Claus de "Los Caifanes". Su partida dejó en el aire esa misma desolación que dibuja Szymborska al escribir sobre un gato en un piso vacío: la certeza de que alguien que llenaba el espacio insistentemente ya no está. Carlos sobrevive en sus libros, esperando nuestra mirada; mientras tanto, como dictan las buenas costumbres, me bebo un trago en su memoria, brindando por esa ciudad que desentrañó como nadie y que hoy se siente irremediablemente más sola.
Fred Álvarez
@fredalvarez
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