En qué momento nos resignamos a que la muerte sea la invitada de honor en nuestras celebraciones?
¡Chingada madre! ¡No se vale!
Por Fred Alvarez Palafox
El futbol encierra esa magia peculiar de unirnos; de pausar, aunque sea por noventa minutos, nuestras angustias cotidianas para congregarnos frente a una pantalla con la esperanza puesta en once jugadores. Así pintaba la noche del martes en la cancha de usos múltiples de Rancho Nuevo, allá en Yautepec, Morelos... Decenas de familias, vecinos y niños se habían reunido para ver a la Selección Mexicana enfrentarse a Ecuador.
Era una fiesta de barrio. Una tregua de alegría. Hasta que la barbarie exigió la palabra.
Lo que ocurrió fue terrible, espeluznante!, innenarrable.
No fueron los gritos de gol los que retumbaron bajo aquel techo, sino el eco seco, sordo y cobarde de las balas. Un grupo armado irrumpió a bordo de una camioneta y una motocicleta, disparando a mansalva contra la multitud. El saldo nos hiela la sangre: tres muertos y nueve heridos.
Entre las víctimas mortales, la crueldad nos arrebató a una pequeña de apenas ocho años, cuya vida se extinguió en el frío trayecto hacia el hospital. También cayó Miguel Ángel Tijera, esposo de Sandra Fernández, aspirante a la alcaldía. Ella, quien había organizado esta convivencia vecinal buscando tejer comunidad, hoy se debate entre la vida y la muerte.
¿En qué momento nos resignamos a que la muerte sea la invitada de honor en nuestras celebraciones ¡Chingada madre, no se vale!
Este ataque en Yautepec no es un simple escurrimiento de sangre; lleva el tufo innegable de la violencia política, esa sombra perversa que desde hoy comienza a oscurecer el camino hacia el 2027. Las autoridades estatales han prometido justicia, pero en este país sabemos bien que las promesas oficiales suelen evaporarse mucho antes de que la sangre termine de secarse en el asfalto.
Es un luto que amordaza el festejo. Resulta desgarrador observar cómo la tragedia parece empecinada en asfixiar nuestra alegría. Y el dolor se multiplica: no solo lloramos esta masacre en la impunidad de Morelos, sino también la pérdida de tres vidas anoche en las calles de la Ciudad de México, donde el desborde ciego de las multitudes terminó por aplastar el júbilo mundialista.
Como nación, intentamos ser los anfitriones perfectos de una gran fiesta global, pero nuestra terca y dolorosa realidad en materia de seguridad nos arrastra, una y otra vez, de vuelta al abismo.
Definitivamente, no se vale.
Toda mi solidaridad para las familias rotas de Yautepec y de la capital. Que este doble lut no termine, como tantos otros, arrojado a la fosa común del olvido
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