A Patricia, su hija, y a Renata, su nieta; dignas herederas del espíritu y la memoria del gran tlalpense.
Renato Leduc: El poeta que venció al tiempo
Por Fred Alvarez Palafox
Este domingo 2 de agosto se cumplen 40 años de la partida física de don Renato Leduc, el entrañable "Gran Jefe Pluma Blanca". Recordarlo es evocar a un hombre que supo caminar con una elegancia inigualable sobre el fino alambre que divide a la alta cultura de la vida de barrio. Don Renato fue el poeta que no solo habitó su época con intensidad, sino que logró vencer al tiempo en una apuesta literaria.
Nacido a finales del siglo XIX, su existencia estuvo marcada por una fascinante y rica dualidad: creció rodeado del inconfundible olor a tinta y libros heredado de su padre, pero también forjó su carácter con la dureza y la verdad de la calle.
Entre la pólvora y el rigor de la palabra
Antes de consagrarse como un maestro de los versos, Renato fue obrero y telegrafista. Este último oficio lo llevó a cabalgar junto a la División del Norte en plena efervescencia de la Revolución Mexicana, época en la que incluso sus pasos se cruzaron con los del periodista John Reed. Fue precisamente allí, entre el polvo de la campaña militar, la pólvora y el incesante golpeteo de los telegramas de guerra, donde aprendió su lección literaria más valiosa: la economía del lenguaje. En el telégrafo, cada letra cuesta; en la poesía de Leduc, cada palabra cuenta, resuena y golpea con absoluta precisión.
Al regresar del conflicto armado, su sed de conocimiento lo llevó a las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria y a la antigua Escuela de Jurisprudencia de la Unversidad Nacional. Aunque nunca se tituló como abogado, la universidad le brindó una sólida formación en gramática y latín, y el espacio para forjar amistades históricas. Compartió aulas y vivencias con figuras como Miguel Alemán Valdés, Adolfo López Mateos y Alejandro Gómez Arias. Sin embargo, a don Renato no lo seducía el poder político; su verdadera brújula era la libertad de la palabra.
El arquitecto de la irreverencia y la métrica perfecta
La vocación poética de Leduc nació de un impulso profundamente humano: el deseo de enamorar, influenciado también por la vasta biblioteca paterna donde conoció la Revista Moderna y la Revista Azul. Fue un lector voraz que abrevó lo mismo de Amado Nervo, Rubén Darío y Ramón López Velarde, que de los clásicos españoles como Lope de Vega, Góngora y Quevedo. Sus mayores influencias fueron el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita, el colombiano Luis Carlos López y, de manera emocionalmente definitiva, la obra de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.
Su estilo literario se consolidó como una fusión explosiva de clasicismo e irreverencia. Leduc fue un maestro absoluto de la técnica versicular; manejaba con destreza el heptasílabo, el endecasílabo y el octosílabo popular. Dominaba la métrica tradicional a la perfección, pero la utilizaba estratégicamente para dinamitar la solemnidad.
Como bien define la crítica, su obra es la cumbre de la "Poesía conversacional". Para don Renato, la "mala palabra" y la irreverencia no eran vulgaridad gratuita, sino un potente anticuerpo contra la cursilería y el lenguaje rígido. Su ironía corrosiva y su brillante sentido del humor fueron las armas con las que defendió la vitalidad del habla popular, desolemnizando la poesía mexicana y acercándola al corazón del pueblo.
La apuesta de cantina que se volvió himno
El mejor ejemplo de esta genialidad indómita es su célebre "Soneto del Tiempo". Esta obra maestra no descendió en un rapto de inspiración divina, sino que nació del ingenio retado en su época estudiantil.
Como el mismo Leduc le relató a José Ramón Garmabella, todo ocurrió en una clase de Julio Torri, donde los alumnos combatían el aburrimiento echándose "toritos" poéticos por apuestas de un peso:
"Un día, el gordo Adán [Santana] me dijo: 'A ver, hazme una cuarteta teniendo como pie de verso hay que darle tiempo al tiempo...' Como al cabo de los tres minutos no la pude hacer, tuve que pagarle el peso. Santana, en son de burla, me dijo delante de todos: 'Carajo, yo creí que porque haces versitos, sabías siquiera que tiempo no tiene consonante…'"
Ofendido en su orgullo de poeta, Leduc pagó, consultó el diccionario y confirmó la trampa lingüística. Pero su mente brillante siguió rumiando el desafío. El resultado fue un soneto magistral, publicado originalmente en 1939 bajo el título "Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los santos lo lloran".
Décadas después, en 1976, con arreglos de Eduardo Magallanes, música de Rubén Fuentes, y en las inigualables voces de José José y Marco Antonio Muñiz, aquellos versos se convirtieron en un hito de la educación sentimental y la cultura popular mexicana.
A 40 años de su partida, don Renato Leduc, "El señor del tiempo", nos sigue demostrando que la verdadera poesía no necesita pedestales de mármol; a veces, le basta con la genialidad forjada en una mesa, el amor a las palabras y el valor de ganarle una apuesta a la eternidad.
Aquí se habla del tiempo perdido que, como dice el dicho, los santos lo lloran
Sabia virtud de conocer el tiempo;
a tiempo amar y desatarse a tiempo;
como dice el refrán: dar tiempo al tiempo...
que de amor y dolor alivia el tiempo.
Aquel amor a quien amé a destiempo
martirizóme tanto y tanto tiempo
que no sentí jamás correr el tiempo,
tan acremente como en ese tiempo.
Amar queriendo como en otro tiempo
—ignoraba yo aún que el tiempo es oro—
cuánto tiempo perdí —ay— cuánto tiempo.
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo...
(Breve glosa del Libro del Buen Amor (1939),
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