18 oct 2008

Puedo morir mañana, ya te he besado


Puedo morir mañana ya te he besado/ Armando Manzanero

/
Puedo morir mañana
después de amarte
de haberte conocido y de abrazarte
por mirar tu figura
por sentir tu ternura
por vivir tu dulzura
puedo morir mañana
/
Puedo morir mañana ya te he besado
me distes las caricias que
había deseado
he ganado la gloria
de estar en tu memoria
hicimos una historia
puedo morir mañana
/
Puedo morir mañana
ya nada quiero
a la hora que tu quieras por ti yo muero
ya me has dicho mil veces que
eres mía
no hay nada que supere
esta alegría
La la la lara lara ra
/
Puedo morir mañana ya nada quiero
a la hora que tu
quiera por ti yo muero
ya me has dicho mil veces que tu eres mía
(la verdad) no hay nada que
supere esta alegría

Obama Presidente

Obama, ¿el último cartucho?/Diego Hidalgo Demeusois, master en Relaciones Internacionales por Sciences Po, París, y master en Sociología por la Universidad de Cambridge
Publicado en EL PAÍS, 09/10/08;
Durante el último siglo, Estados Unidos ha dispuesto en el plano internacional de más capital económico y militar (lo que Joseph Nye llama el poder duro) que ningún otro país. Sin embargo, desde Pierre Bourdieu sabemos que, además del económico, el cultural y el social, existe otro tipo de capital más particular y menos sencillo de cuantificar: el simbólico, el prestigio del que un actor dispone en los distintos campos de la sociedad.
No cabe duda de que la superioridad americana se ha apoyado en una fuerte ventaja en la esfera simbólica: Estados Unidos ha sido un país admirado en el resto del mundo, y en cierta medida, lo sigue siendo. Para adquirir esta ventaja simbólica, ha ejercido, sin duda, su superioridad en los planos económico y militar, pero la fascinación por ese país también se ha desarrollado independientemente de éstos.
La primera potencia mundial ha conseguido seducir a través de su cultura, sus valores y sus políticas. A su vez, este proceso ha reforzado los otros tipos de poder de los que dispone: cuanto mejor se atrae a los demás, menos se tiene que gastar en la política del palo y la zanahoria: es la conocida noción de poder blando. Ha sido en parte el capital simbólico el que, por ejemplo, ha permitido a los americanos atraer a talentos del resto del mundo en el campo de la educación, la investigación o la industria, y reafirmarse así periódicamente como líder en casi todos ellos.
En los últimos años -en particular desde 2001-, Estados Unidos ha conocido una crisis de su poder simbólico. Su política exterior, culminada por la desastrosa decisión de invadir Irak, ha prescindido crecientemente de sus aliados y, en consecuencia, ha sido percibida como menos legítima por parte de éstos. Para el resto del mundo ha resultado cada vez más difícil sentirse atraído por los valores predicados por la primera potencia mundial. La promoción a la carta de la democracia y de los derechos humanos se ha interpretado como una hipocresía: Guantánamo y Abu Ghraib son los ejemplos más conspicuos.
Tampoco el hecho de ignorar temas globales tan importantes como el cambio climático ha contribuido a un mayor aprecio. El poder de atracción del modelo socio-económico americano también ha disminuido de forma acusada, minado por un sistema cada vez menos solidario cuyas fallas quedaron al descubierto durante la desastrosa gestión de las consecuencias del huracán Katrina. La cultura norteamericana sigue atrayendo; pero se encuentra en creciente competencia con otras.
A pesar de la dificultad de cuantificar una noción como la del poder simbólico, existen indicadores que ayudan a medir su descenso. Una indicación (insuficiente para cubrir esta amplia noción) la aportan los sondeos de opinión, que muestran el desplome en casi todo el mundo de las opiniones favorables a Estados Unidos: desde 2002, han pasado del 78% al 37% en Alemania; del 52% al 12% en Turquía; del 75% al 30% en Indonesia. Y no son los únicos.
No sólo entre las poblaciones disminuye el aprecio por Estados Unidos. También Estados y Gobiernos le dan la espalda. Washington encuentra cada vez más dificultades para forjar alianzas incluso entre sus aliados tradicionales. En los 10 últimos años, los países que votan sistemáticamente con Estados Unidos en la Asamblea General de la ONU, de media, han pasado del 77% al 30%.
Otro indicador más específico, pero igualmente relevante, tiene que ver con el estancamiento de las solicitudes en las universidades americanas desde el curso 2002-2003, tras décadas de constante aumento. Los extranjeros representan un 15% menos del total de estudiantes en Estados Unidos que hace seis años. En realidad, esta cifra está inflada por el aumento de estudiantes coreanos e indios, lo que suaviza una caída general aún más significativa (un 27% menos de paquistaníes por ejemplo, y un 37% de indonesios desde 2002). Las universidades americanas son un paradigma perfecto del círculo virtuoso que se establece entre formas materiales y simbólicas de capital. Disponen del prestigio del liderazgo mundial en educación e investigación; por tanto, atraen a los mejores alumnos y profesores. A su vez, la presencia de los mejores docentes y estudiantes del mundo contribuye a reforzar su posición en los rankings mundiales, y a mantenerse en la cima. Con todo, es posible que la decadencia simbólica americana haya comenzado a afectar también a sus universidades.
En el plano económico, la caída del dólar en los mercados de divisas no se puede explicar exclusivamente por causas simbólicas, y hay que recurrir a los graves desequilibrios financieros. Sin embargo, el deterioro de su valor y de su posición sí se encuadra en este marco: la supremacía del dólar respecto a las demás monedas, incuestionable hace pocos años, no sólo se apoyaba en instituciones financieras supuestamente sanas y fuertes, sino también en elementos psicológicos en parte derivados del dominio simbólico americano. A su vez, la potencia del dólar contribuía a reforzar su poder simbólico financiero, y la imagen de Estados Unidos como superpotencia. Con el deterioro del dólar desde principios de siglo (más de un 60% contra el euro), los estadounidenses han perdido parte de la renta que les aseguraba su moneda. Estos ejemplos demuestran que el poder simbólico no es una mera noción desconectada del mundo real, ni de las demás formas de capital.
¿Es cíclico este fenómeno o se trata de un desmoronamiento imparable? Es probable que el capital simbólico, cemento del liderazgo americano en el siglo XX, encuentre en las próximas elecciones presidenciales la última oportunidad de remozarse; pero sólo tendrá éxito si el país consigue contrarrestar suficientemente la carga simbólica negativa que ha acumulado de los últimos años.
Mientras al resto del mundo todavía le cuesta perdonar la reelección del presidente George W. Bush en 2004, el candidato John McCain aparece, visto desde fuera, como su continuación. El programa electoral del senador de Arizona, reforzado por su propio pasado en el Ejército, insiste en las formas duras de poder, especialmente en lo militar. En el candidato republicano tampoco se perciben elementos suficientes de autocrítica respecto a la política de los últimos años.
Barack Obama, en cambio, enfatiza una serie de calidades y elementos en los que se ha apoyado el poder simbólico americano, y en particular, su capacidad para renovarse. De convertirse en el máximo representante de Estados Unidos, Obama inauguraría una lista larga de novedades: además, por supuesto, de ser el primer presidente de color, sería también el primer hijo de extranjero en convertirse en primer mandatario, y encarnaría un nuevo “sueño americano” global, al alcance hasta del hijo de un ovejero africano. Al haberse criado en parte en un país musulmán, Indonesia (la nación en la que la popularidad de Estados Unidos más ha caído), Obama rompe radicalmente con un presidente saliente que casi no había viajado fuera de su país antes de su elección. Al haber optado de joven por ayudar a desfavorecidos en vez de enriquecerse como abogado de negocios, Obama ofrece al mundo una cara más solidaria de Estados Unidos que la actual. Al haber estado en contra de la guerra de Irak en 2003, Obama corrige el mayor de los muchos errores cometidos por Bush -seguramente el mayor responsable de la pérdida de poder simbólico americano-.
El hecho de que las encuestas muestren que un 80% de los ciudadanos en el resto del mundo prefiere a Obama ante McCain no significa necesariamente que el primero sea mejor; pero sí indica que su elección renovaría el capital simbólico de EE UU antes de que esta erosión sea tal vez irreversible. Lamentablemente, esto no tiene valor de argumento para los muchos ciudadanos americanos que no perciben su propio interés en el hecho de que su país vuelva a ejercer un poder simbólico fuerte en el resto del mundo.

Obama Presidente

Dudas sobre la imagen mesiánica de Barack Obama/Por Henry Kamen, historiador y su último libro es Imagining Spain: Historical Myth & National Identity, Yale University Press, 2008
Publicado en EL MUNDO (www.elmundo.es), 09/10/08;
Cuando falta menos de un mes para que se celebren las elecciones presidenciales de Estados Unidos, es oportuno preguntarse por qué existe la tendencia en sectores de la prensa europea de presentar al senador de Illinois, Barack Obama, como un nuevo salvador del Occidente. El presidente del Gobierno español ha declarado que le gustaría que éste ganara, pero sería interesante saber por qué él, como antiamericano convencido, expresa de repente interés en los candidatos que se presentan al público americano. ¿Por qué tantos europeos, antes hostiles a América, ponen ahora sus esperanzas en Obama? Una reciente encuesta Gallup de los cuatro principales países europeos -Reino Unido, Francia, Alemania e Italia- revelaba que si se les permitiera sólo a los europeos votar en las elecciones de Estados Unidos, Obama las ganaría por una gran mayoría.
La verdad es que estas opiniones pro-Obama nada tienen que ver con lo que en realidad está pasando en Estados Unidos. Algunos europeos son fuertemente anti-Bush y, por tanto, creen que un candidato, cualquier candidato, del partido opuesto corregirá la política americana. Otros piensan que ya es hora de que un hombre de color tome el liderazgo en América. Otros opinan que la retórica de Obama producirá una nueva América que será la sucesora de la que JF Kennedy pudo haber conseguido. La lista de razones en favor de Obama es larga. Pero está claro que cada una de las razones que los europeos citan se basa más en esperanzas que en la realidad.
Obama no ha conseguido nada significativo en su muy corta carrera política, y tal vez sea ese el motivo de su atractivo. La encuesta de opinión Gallup de esta semana muestra que tiene una ligera ventaja en intención de voto, y es posible que gane las elecciones. El propósito de este artículo -escrito desde un Estado donde la intención de los votantes esta dividido casi por un igual entre los dos principales candidatos- es el de sugerir que Obama probablemente no sea el salvador que aparece en la prensa europea (y, por supuesto, la española). En la práctica, casi nada diferencia a Obama de McCain.
¿Favorecen los europeos al candidato demócrata porque creen que la política exterior en Irak cambiará de pronto? Obama ha sugerido que las tropas americanas serán retiradas de Irak hacia el año 2010, pero sin ningún compromiso claro. En realidad, como acaba de publicar el New York Post, ha pedido al ministro de exteriores iraquí, Hoshyar Zebari, que demore cualquier retirada hasta que su propio Gobierno esté en el poder. Esto significa que no se iniciaría ninguna retirada hasta 2009, lo cual convierte la fecha de 2010 en un mero ejercicio de propaganda, imposible de cumplir. De hecho, los dos candidatos presidenciales están de acuerdo en una retirada de Irak, y sólo disienten sobre cuándo debe producirse. Sin embargo, Obama ha dejado claro que cuando ésta tenga lugar, deberá quedarse en territorio iraquí un gran número de efectivos (un consejero de Obama ha indicado la cifra de 80.000, una cantidad impresionante), estacionados en el país por «seguridad». Cada semana, Obama cambia su posición y especifica menos. Su última declaración es: «Debemos ser tan cuidadosos al salir de Irak como descuidados fuimos al entrar». Nada más preciso que eso. Efectivamente, uno de sus más prominentes consejeros dijo hace algún tiempo que Obama no tenía intención de cumplir ninguna promesa. Y aseguró a la BBC: «El, por supuesto, no confiará en ningún plan que haya elaborado como candidato presidencial o como senador americano. Confiará en un plan que decidirá consultando con los militares de allí». La ventaja de tener a Obama en lugar de a McCain en términos de política exterior es casi cero. Porque en todos los asuntos principales, tienen ideas muy parecidas.
El mismo problema surge cuando intentamos ver en qué difieren McCain y Obama respecto a los temas domésticos. Y lo hacen claramente en las políticas que siempre han separado a los demócratas de los republicanos, tales como la seguridad social. Pero no hay diferencia alguna en cuanto a los problemas que en estos momentos son la prioridad del ciudadano, como la economía y el precio de la gasolina. La enorme crisis financiera que se está produciendo en Estados Unidos es la prueba, si ésta fuera necesaria, de los inmensos recursos de este país, porque la economía de cualquier otro país se habría colapsado bajo el peso de tanta deuda. Esta habría sido la ocasión para Obama de demostrar que él es más radical que McCain, de exhibirse como un héroe de la izquierda socialista. Sin embargo, los dos candidatos han hecho casi las mismas declaraciones, dando su apoyo al regalo financiero de 700.000 millones de dólares que el presidente Bush ha hecho a los grandes bancos, y que el Congreso aprobó finalmente el viernes pasado.
Sólo McCain tuvo el coraje de declarar que la crisis la había causado la avaricia de los bancos, y que no era obligación del país rescatarles. Obama, por su parte, hizo discursos vacíos. Evidentemente, ambos confían en los votos y en el dinero de las empresas capitalistas, y ambos tienen que cantar la misma canción.
La imagen favorable de Obama se basa hasta cierto punto en la creencia de que procede de orígenes humildes y que no representa a los ricos. Es cierto que sus padres no lo eran, pero él ha ascendido en el mundo. Si nos fijamos en las cifras oficiales que el propio candidato ha dado, veremos que Obama ha comunicado propiedades de alrededor de un millón de dólares. En 2006, él y su esposa tenían, además, un ingreso anual total de 984.000 dólares. Eso es más dinero del que algunos de nosotros ganamos en toda nuestra vida. Por supuesto, la fortuna personal de Obama es bastante más pequeña que la del candidato republicano, McCain, quien ha comunicado propiedades de alrededor de 30 millones de dólares. El hecho cierto es que nadie puede llegar a ser candidato presidencial en América sin tener mucho dinero.
Es evidente que muchos españoles creen que Obama es el mejor candidato porque una mayoría de la población hispana de Estados Unidos ha expresado su preferencia por él. Hay al menos 10 millones de votantes latinos en este país y su voto podría afectar el resultado en algunos estados cruciales, como Florida, Colorado y Nuevo México. Según las encuestas Gallup, más del 60% de votantes hispanos dicen que votarán por Obama. Sin embargo, el voto hispano no es igual en todas partes, y debemos recordar que la votación es de circunscripción estatal, no nacional. En Florida, tal vez el Estado latino más crucial, una mayoría de hispanos están en favor de McCain. Lo mismo se puede decir de Arizona. Y no debemos asumir que los hispanos necesariamente apoyan a Obama. En la contienda entre Hillary Clinton y él, por cada dos hispanos que apoyaban a Clinton, sólo uno lo hacía por Obama. Asimismo, en las últimas elecciones presidenciales, el 40% del voto hispano fue a Bush.
La imagen del sueño Obama no se limita sólo a España o Europa. No seamos injustos con los europeos porque hayan creado una imagen ficticia del aspirante afroamericano. Dentro de Estados Unidos, también su atractivo procede de tres razones principales que nada tienen que ver con temas políticos reales. Primero, ha conseguido casi con solidez el voto de los afroamericanos. El 90% de ellos dicen que le apoyarán, y muchos le consideran un salvador. Ha habido una polarización radical según el color de la piel, y muchos afroamericanos han desertado del candidato republicano. Pero es válido preguntarse si el color de la piel, blanco o negro, tiene algo que ver con la capacidad política. Segundo, muchos le apoyan porque es joven, y el 60% de los votantes menores de 30 años expresan su preferencia por él. Pero, ¿acaso los políticos jóvenes no pueden cometer los mismos errores que los viejos? Uno puede inclinarse a pensar que tal vez estén más expuestos a ello.
Tercero, a muchos les gusta su retórica, porque promete cambiarlo todo y crear una mejor América. Esta es quizás la razón más peligrosa, ya que traiciona la conmovedora fe en la habilidad de un hombre para cambiar una nación, un escenario que jamás se ha dado en la historia humana. La experiencia más común es que los políticos hacen promesas que saben que no cumplirán. Cualquier duda que uno pueda tener sobre Obama es, por supuesto, igualmente válida para McCain. Y gane uno u otro, la situación no cambiará. Muchos votantes estadounidenses saben esto, y por ello no se comprometen con ninguno.
Es uno de los grandes misterios de Estados Unidos, la nación más democrática del mundo, pero con un sistema político que con frecuencia produce líderes desastrosos, como George W. Bush. A priori, están abiertas todas las posibilidades de que Obama o McCain sean tan desastre como Bush. Muy pronto lo veremos, tal vez cuando ya sea demasiado tarde.

Tengo hambre de ti

TENGO HAMBRE DE TU BOCA.../Pablo Neruda, poeta chileno 1904-1973.
/
Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
y por las calles voy sin nutrirme, callado,
no me sostiene el pan, el alba me desquicia,
busco el sonido líquido de tus pies en el día.
/
Estoy hambriento de tu risa resbalada,
de tus manos color de furioso granero,
tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
quiero comer tu piel como una intacta almendra.
/
Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
la nariz soberana del arrogante rostro,
quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas
/
y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
buscándote, buscando tu corazón caliente
como un puma en la soledad de Quitatrúe.

Marcel Proust


Marcel Proust: así hila el gusano la seda/MANUEL VICENT
Publicado en Babelia El País (www.elpais.com) 18/10/2008;
El niño mimado monta un drama porque su madre, que atendía a unos invitados, no ha subido a darle el beso de buenas noches. El adolescente enfermizo, lleno de melindres, incómodo con su corbata tan ancha como la cofia de su nodriza alsaciana juega por las tardes en los jardines de los Campos Elíseos con niñas de la burguesía dorada, se enamora perdidamente de una de ellas, Marie de Bérnardaky, hija de un aristócrata ruso, pero su belleza lo deja paralizado. El estudiante del Liceo Condorcet, afectado y ceremonioso, se retuerce en una neurosis compulsiva porque algunos condiscípulos, de los que también se ha enamorado, no le devuelven el afecto que él está dispuesto a darles. Entre todos el más guapo e indiferente es Daniel Halévy, quien soportará innumerables cartas doloridas de amor y despecho. Otros compañeros forman parte de esta galería de deseos contrariados, Jacques Bizet, Reynaldo Hahn, Lucien Daudet, Charles Hass, a los que trata de introducir con zalamerías en el mundo de los placeres ambiguos donde la belleza se libra de toda carga moral. El desprecio a sus requerimientos, sin dejar de admirar su ingenio por conseguirlos, será la ofrenda que reciba de sus amigos, si bien alguno será conducido de la mano a la oscuridad del jardín de las Tullerías y luego a realizar el doctorado en los prostíbulos masculinos de la plaza de Clichy.
Marcel Proust es un joven macilento, con ojos febriles de hindú, pelo negro partido por una raya en medio, bigote dibujado sobre unos labios mórbidos, que acude a la universidad con botines charolados, guantes blancos, levita entallada, corbata de plafón y un lirio salvaje en el ojal. Se matricula en Leyes, pero realmente no es sino un cazador de mariposas que aspira a ser recibido en los salones de París abiertos por algunas condesas en el faubourg de Saint Germain donde reina Zola, entre otros figurones enlevitados. Humillarse ante una aristocracia ya carcomida, adular a los petimetres del gran mundo y divertirlos con réplicas mordaces, malgastar el talento en besar la mano a las princesas fue un ejercicio que le permitió convivir con unas criaturas que luego serían personajes de ficción. Robert de Montesquiou, madame Straus, el conde y la condesa Greffulhe, Antoine Bibesco, los criados Celeste y Odilón Albaret, el mecánico Agostinelli, la princesa de Polignac, la condesa de Chevigné fueron parcial o enteramente transformados en Charles Swann, en Odette de Crecy, en Robert de Saint-Loup, en el barón de Charlus, en los duques de Guermantes, en madame Verdurin, arquetipos de una saga que se agitaba en un mundo que estaba a punto de esfumarse.
Esta gente tenía a Marcel Proust por un cronista amanerado de las fiestas de la alta sociedad. Había publicado una novela autobiográfica, Jean Santeuil, poco valorada mientras luchaba contra el asma y por mantener en secreto su doble vida de secreto visitador de burdeles masculinos, de cazador nocturno en los trasmontes. En los salones de la aristocracia era tenido por un zascandil escalador de los favores mediante la adulación más descarada y por ese motivo era objeto de bromas que Marcel soportaba a cambio de alguna sonrisa complaciente que se desprendiera de los labios de alguna princesa, de algún joven encantador que además fuera proclive al vicio nefando. Pero Proust iba hilando poco a poco su capullo de oro como un gusano hasta que al final se convirtió en la crisálida más evanescente de la historia de la literatura. Y todo por una magdalena.
La taza de camomila humeaba bajo su nariz y este hombre ya maduro un día mojó en ella una magdalena que se disolvió en varias migas dentro de la cucharilla. La elevó a los labios y no sucedió nada la primera vez. Tampoco la segunda. Pero a la tercera aquellas migas produjeron un efecto extraño. El sabor de la magdalena le abrió un alveolo del subconsciente donde la esencia del tiempo se hallaba sumergida. De pronto su sabor le trasportó a otra magdalena lejana que, de niño, su tía Leontie le daba en Combrey y a partir de ese perfume comenzaron a abrirse espacios de la vieja casa con sus voces, rostros, muebles, paisajes, todo un tiempo que se había perdido en la memoria.
De pronto recordó la escena en que su madre le rechazó el beso de buenas noches, las conversaciones en el jardín, los paseos de media tarde cuando, al salir por la puerta de casa, decidían si ir por el camino donde tenían la mansión los señores de Swann o por el lado de los marqueses de Guermantes. El humo de la camomila le trasportó también a los jardines de los Campos Elíseos y ahora aquella niña rubia que le había enamorado, Marie de Bérnardaky, se transformaría en Gilberte Swann. El tiempo era esa misma sensación que te acoge a veces entre el sueño y la vigilia, en que, al despertar, uno no se halla despierto del todo y por un momento ignora si está en la ciudad o en el campo, confunde su propia existencia y los objetos que le rodean. En ese estado de somnolencia emergió de su subconsciente la región de Balbec, sus vacaciones de adolescente en Normandía, con su abuela y la criada Françoise en el Gran Hotel de Cabourg, y sus excursiones a Deauville, a Trouville y a las casas de campo de sus amigos de París. En el Gran Hotel estaban aquellas muchachas en flor que jugueteaban con el adolescente Marcel en las praderas. Se llamaban Albertine, Adrée, Gisele, Rosemunde. Eran rubias, de mejillas doradas, con ojos de mar y bajo las sombrillas de colores movían sus cuerpos elásticos y hacían brotar risas claras mientras sonaba la orquestina de pistones en el paseo del malecón. Tal vez Albertine Simonet en sus coqueteos de aproximación y despego no era sino el trasunto de Daniel Hálevy, tan guapo y esquivo, y las otras niñas eran también las figuras masculinas de Jacques Bizet, Reynaldo Hahn, Lucien Daudet, los compañeros del Liceo a los que suplicaba un poco de amor furtivo sin conseguirlo. El arte nace siempre de la frustración.
Marcel Proust había nacido en 1871. Después de una vida neurótica y disipada, a los 37 años abandonó el mundo, se encerró en una habitación forrada de corcho siempre cerrada y humedecida con sahumerios para aliviar el asma y vestido con abrigo dentro de la cama, con tres bufandas y mitones como un gusano comenzó a hilar su capullo de oro durante una década en miles de cuartillas en las que toda una época se iba deslizando por el sumidero. Aquellos personajes de la aristocracia, aquellos jóvenes y niñas doradas estaban ahora a su merced. Con ellos creó un mundo de vicios y ensoñaciones, de fascinantes fiestas y cenagosas almas, pero la crítica tardó mucho en comprender que aquel primer libro de En busca del tiempo perdido no era una crónica frívola más de los salones, sino una creación pérfida en la que la memoria y la melancolía pueden reducir a la unidad todos los días de la existencia. El primer libro fue rechazado por André Gide, asesor de Gallimard, que nunca se arrepentiría bastante. Luego le dieron el Goncourt y la fama, pero hasta el momento de su muerte luchó frente al editor con una neurótica obsesión por extraer hasta el último hilo de seda de las vísceras más intimas de sus criaturas antes de cerrar la edición. Al final su legado fue éste: aquellos seres petulantes de la alta sociedad de París, vacíos, mediocres e inconsistentes que rodearon la vida del escritor han pasado a ser paradigmas de un mundo fascinante que llena nuestro espíritu de belleza al recordarlo y que sólo es bello porque se ha esfumado.

Cantos milenarios/Enrique Krauze

Cantos milenarios/Enrique Krauze  REFORMA,  20 septiembre 2026; La aparición de un gran libro renueva la esperanza. Más aún si reivindica la...