10 sept 2026

Honrar nuestro amor, novela de Francisco Ortiz Pardo

Honrar nuestro amor, novela de Francisco Ortiz Pardo 

Fred Álvarez Palafox

La lectura de Honrar nuestro amor (Editorial Magenta), la novela del periodista Francisco «Paco» Ortiz Pardo, me atrapó de golpe. Es una historia basada en hechos reales que retrata un vínculo intenso entre dos personas que se aman a quemarropa: ni jóvenes ni viejos, sino en la plenitud de la madurez. Hay entrega y también desamor, porque de esa dualidad está hecha la vida.

A lo largo de sus 210 páginas, la novela desarrolla un enigma fascinante: el mayor misterio no consiste en descubrir quién destruye una relación, sino en comprender por qué la protagonista huye precisamente de aquello que más desea. La premisa es tan lúcida como inquietante: el verdadero enemigo del amor no es el desamor ni el paso del tiempo, sino las estructuras de dominación invisible que moldean nuestra educación sentimental. El deber, la culpa y el prestigio terminan convirtiéndose en una cárcel que nos enseña a desconfiar del propio deseo.

En el centro de este laberinto está Araida Corvero, una hermosa mujer «prohibida» —de nariz ligeramente prominente y punta redondeada, con un canal tan fino que la luz se detenía ahí antes de seguir hacia la boca—, de cabello suelto y brillante, moldeada por la disciplina de una familia marcada por el exilio republicano español. Su formación prioriza el estudio, la ética y la excelencia intelectual, respondiendo al ideal contemporáneo del éxito profesional. Le enseñaron a pensar, a cumplir y a controlar cuidadosamente las emociones, pero nunca a convivir con la incertidumbre, a reconocer sus necesidades afectivas o a aceptar la vulnerabilidad que exige la confianza.

Araida —dice la cuarta de forros— ha construido una vida impecable: matrimonio estable -hasta ese momento- , prestigio profesional, compostura intacta. Todo correcto. Todo vacío. Sin embargo, ahí radica la gran paradoja que plantea el libro: todo aquello que la hizo admirable en la vida pública resulta insuficiente ante el mayor desafío de su existencia.

Hasta que un miércoles cualquiera —13 de febrero—, acepta un vino tinto por rumbos del Instituto Mora, en la colonia San Juan Mixcoac, y ocurre lo que debió ocurrir... Lo que comienza como una conversación termina abriendo una grieta imposible de cerrar.

Amar para Araida no es una aventura romántica, sino una insubordinación contra décadas de control y deber, dice la cuarta y el texto define al autor como un «hombre vulnerable, un narrador que creyó entender el amor y termina atrapado dentro de él». Mientras Araida lucha contra el miedo a caer, él enfrenta otro: el de quedarse sosteniendo un afecto amenazado por la culpa de ella, el tiempo y el terror de perderlo todo. En tiempos donde la fragilidad masculina rara vez se mira de frente, la novela explora también la intimidad de un hombre adulto; su necesidad de ternura, su miedo al abandono y la humillación secreta de querer demasiado.

«Entre jacarandas, estaciones de metro, ciudades extranjeras y habitaciones donde el vapor vuelve visible lo que no se nombra, Honrar nuestro amor retrata el vínculo adulto en su forma más intensa y contradictoria, ese que no llega para salvar, sino para revelar».

«Una novela sobre el amor cuando ya se ha vivido demasiado. Sobre el cuerpo que recuerda lo que la mente intentó domesticar. Y sobre aquello que sigue latiendo, incluso cuando el miedo obliga a regresar».

«Tengo miedo de quererte como te quiero», le confiesa Araida al narrador en uno de los pasajes más reveladores. En esa frase se concentra el conflicto central: el problema nunca es la ausencia de amor, sino el miedo a las consecuencias de vivirlo plenamente.

Uno de los pasajes que me encantó es aquel donde ambos bajan del metro, caminan, toman café y de repente entran al Tenampa, en Garibaldi, en pleno centro histórico…

«Nos sentamos en la barra porque hay decisiones que deben tomarse de pie por dentro. Pediste un tequila con sal y limón; lo bebiste sin gestos, como si te limpiaras de una vez del resto del día. Como para saber quién era José Alfredo (Jiménez). Pedí lo mismo para no dejarte sola en esa valentía inevitable. La música nos pasó por encima con su estética de golpe. Te vi reír con la cabeza echada hacia atrás y tuve la certeza de que a veces se nos concede; estaba sucediendo, Araida, y el mundo no podía evitarlo», escribe el autor.

De pronto imaginé que la música que escucharon ese día fue «Las Ciudades» —«Te vi llegar y sentí la presencia de un ser desconocido, te vi llegar y sentí lo que nunca jamás había sentido…»—, presagiando un viaje posterior que los llevaría después hasta Dolores Hidalgo para fotografiarse juntos frente al mausoleo del gran guanajuatense.

Al salir del lugar, medianamente desenfocados —como si la cámara se hubiera enamorado también y perdiera el pulso—, la plaza había cambiado de idioma. Una jacaranda estaba enseñando su disciplina de milagro; flores violetas cayendo con la lógica de la nieve. Ella se detuvo debajo de ella con una devoción vieja y eligió un símbolo sin consultarlo.

Las jacarandas están permanentemente en la novela. Así es la vida.., las Jacarandas llegan y se van en la primavera.

Hay libros que se disfrutan tanto por sus aciertos como por sus pequeños desvíos. Es lo que ocurre con esta novela —que se presenta este viernes 11 de septiembre en el Museo de las Culturas Populares en Coyoacán, con los comentarios de Ivonne Melgar, Adriana Segovia y Ximena Sánchez Echenique, bajo la moderación de Rodrigo Murray—, un relato donde la poesía cruza las páginas como un pulso invisible. De entrada, llama la atención que el autor le haya dedicado tanto espacio al consorte, un personaje retratado con trazos de rockstar y showman: aquel muchacho que quiso ser rocanrolero pero decidió «servir al pueblo», robándose reflectores que quizá habrían lucido más enfocados en otra parte.

Lo que sostiene y da atmósfera al libro es, sin duda, su latido lírico. Ahí desfilan, como presencias tutelares, Octavio Paz, Jaime Sabines, José Alfredo Jiménez, Joaquín Sabina y Gabriela Mistral con el eco eterno de los besos: «hay besos que se dan sólo las almas, hay besos por prohibidos, verdaderos»; o la frase del poeta español Pedro Salinas: «...Cada beso perfecto aparta el tiempo, le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía...»; hasta llegar al tono inconfundible de Pablo Neruda. De él se evoca «Si tú me olvidas», aquel poema cuya autoría el chileno debió ocultar durante años: para no herir a Delia del Carril, el poeta orquestó una farsa literaria amparada en un prólogo apócrifo que encubría su romance clandestino con Matilde Urrutia.

Se escucha el eco de Neruda en el instante en que él le escribe sobre la renuncia, sobre la dolorosa urgencia de soltar: «Ahí tuve que aceptar que debía dejar ir a la mujer con la que quise compartir mi vida... Por eso escribí esta carta».

Ese es el problema de las despedidas que no se animan a decir su nombre, esas que duelen el doble porque se disfrazan de cariño. Del otro lado, Araida habla del amor, de lo vivido, de sus temores, de cómo le hubiera gustado un último encuentro, de cerrar bonito. Todo en ella se mueve en una mezcla frágil de culpa, ternura y miedo... Y de fondo, inevitable, resuena la sombra de aquel verso del poeta chileno "Si tu me olvidas", parece tambien dedicado a Araida,  mujer de febrero, a quien conoció en ese mismo mes, resuenan los versos del vate:

"QUIERO que sepas

una cosa.

Tú sabes cómo es esto:

si miro

la luna de cristal, la rama roja

del lento otoño en mi ventana,

si toco

junto al fuego

la impalpable ceniza

o el arrugado cuerpo de la leña,

todo me lleva a ti,

como si todo lo que existe,

aromas, luz, metales,

fueran pequeños barcos que navegan

hacia las islas tuyas que me aguardan.

Ahora bien,

si poco a poco dejas de quererme

dejaré de quererte poco a poco.

Si de pronto

me olvidas

no me busques,

que ya te habré olvidado…." (La recomiendo escuchar en voz de Sabines, el sobrino de Chofi).

Contra ese telón de fondo, la trama arranca con una separación tan dolorosa como pueril: un asunto menor que desata el distanciamiento. El tiempo pasa y, como suele ocurrir en los naufragios sentimentales, el rescate llega en forma de carta. Las misivas se convierten en el eje de la relación, tal como ocurría entre Salinas y Whitmore, donde —en medio de la incertidumbre— el volumen de la correspondencia era el único testigo, un pequeño espacio de papel que habitaba por completo como el rincón más cierto del mundo.

Él le escribe con una rendición absoluta:

«Yo te amo... Y te amaré siempre. Por eso quiero que seas feliz con quien estés... o sea, te quiero tanto que quiero verte feliz (y parece decirle: no me importa que me engañes con tu consorte)...»

La respuesta de ella llega puntual, marcada por la fecha y la hora:

«Gracias por tus bellas palabras. Coincido con el gran amor que construimos. Te había mandado una foto de Tad —el hijo de ella— para que vieras cómo ha crecido. También estoy de acuerdo contigo en que no merecemos cerrar así».

Es entonces cuando se gesta la propuesta que vertebra el desenlace. Ella lo invita a hablarse con el corazón y a quedarse en paz, sugiriendo un encuentro lejos del bullicio urbano: mejor que un café, vernos en el bosque. Y es ahí donde la poesía se impone con toda su fuerza:

«Podrán caer hojas en otoño pero no significar el olvido... Podrán los envidiosos haber tenido cierto éxito para mancillar nuestro amor, pero nunca podrán suspirarlo ni sabrán a qué saben esos besos... Mi historia nunca nadie se la robará».

Esa frase eje, «Honrar nuestra relación» —que da título a la novela y que más tarde muta a «honrar nuestro amor»—, funciona como una moneda de dos caras, tal como bien anota Paco. Por un lado, brilla con una textura luminosa, noble y profunda; por el otro, se muestra a veces vacía e imprecisa, perfecta para quien busca acercarse sin arriesgarse a tocar de verdad.

«¡Tu amor, nuestro amor me cambió la vida!» resulta ser la gran clave de bóveda de toda la experiencia. Al final, no sabemos con certeza qué pasó con los enamorados, el porqué tuvo que ocurrir así, pero intuimos que ahí están, enteros y felices, lamiéndose las heridas o celebrando lo vivido. Una obra agridulce que esta semana se abre al escrutinio de los lectores.

Me pregunto si la ruptura fue definitiva; creo que no.

"...Amo el amor que se reparte 

en besos, lecho y pan. 

Amor que puede ser eterno 

y puede ser fugaz. 

Amor que quiere libertarse 

para volver a amar...."Neruda.

PD.. ¿El adiós? Hacia un «pacto de la memoria», entre Buesa y José Alfredo

Hay palabras que pesan más que el silencio que las precede. Una de ellas es «adiós». Pero cuando esa despedida se analiza a través del cristal de dos gigantes —el cubano José Ángel Buesa y nuestro José Alfredo Jiménez—, el adiós deja de ser un final para convertirse en un pacto; una suerte de armisticio entre el corazón y el tiempo.

Entender a Buesa de la mano de José Alfredo es comprender que despedirse puede ser, simultáneamente, una herida de orgullo y un acto de devoción absoluta.

Por un lado, Buesa nos sumerge en esa incertidumbre poética donde el «quizá» sostiene el peso de lo que no se pudo olvidar. En su voz —que Horacio Guarany hizo canción— el adiós es una pregunta abierta: “No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco; pero sí sé que nunca volveré a amar así”. Es la renuncia que no acepta el olvido, sino que reclama el derecho de resguardar lo vivido en el refugio sagrado de la memoria.

Del otro lado de la frontera emocional aparece José Alfredo, quien curiosamente escribió esas líneas hechas canción por las mismas fechas, en 1950: «Cuando los años pasen» —que hoy redescubrimos con la voz cristalina de la colombiana María Cristina Plata—. Allí, José Alfredo reconoce que el orgullo ha trazado una línea que los pies ya no pueden cruzar. No hay súplica, hay sentencia: “Ya pasará la vida, pero yo, mi vida, no te olvidaré”.

Aquí surge la paradoja: es posible amarse demasiado y, aun así, dejar de caminar al mismo compás. Es el reconocimiento de que la voluntad humana, a veces, se rinde ante la erosión de la soberbia.

Sin embargo, ambos poetas coinciden en un pacto de caballerosidad emocional. Apuestan por dejar que el tiempo actúe como un artesano que lima las asperezas, transformando el naufragio del presente en un resplandor intacto para el futuro, si acaso ocurre.

Buesa nos dice que el sueño muere dentro de él para que el recuerdo viva; José Alfredo nos pide que, al encontrarnos años después, no haya «odio infame», sino el respeto por los «momentos grandes» que se dieron sin querer.

En esencia, este encuentro nos enseña que decir adiós no es borrar una historia, sino editarla. Es un ejercicio de edición vital para que, cuando los años pasen y el dolor finalmente se acabe, el reencuentro no sea una batalla de sombras, sino el saludo sereno de dos almas que supieron soltarse a tiempo para no destruirse.

Porque, al final, la memoria es el único lugar donde siempre podremos decir: «Te digo adiós... y acaso te quiero todavía».

Todo esto para recomendar la lectura de Honrar nuestro amor.

Francisco Ortiz Pardo es sociólogo y reportero de amplia trayectoria en medios como Proceso, El Economista y El Universal, especializado en política, culture y asuntos comunitarios. Es autor de La huelga sin fin (1999) y coautor de El fenómeno Fox (2001).



 


Honrar nuestro amor, novela/ Fred Alvarez Palafox

La lectura de Honrar nuestro amor (Editorial Magenta), la novela del periodista Francisco «Paco» Ortiz Pardo, me atrapó de golpe. Es una historia basada en hechos reales que retrata un vínculo intenso entre dos personas que se aman a quemarropa: ni jóvenes ni viejos, sino en la plenitud de la madurez. Hay entrega y también desamor, porque de esa dualidad está hecha la vida.

A lo largo de sus 210 páginas, la novela desarrolla un enigma fascinante: el mayor misterio no consiste en descubrir quién destruye una relación, sino en comprender por qué la protagonista huye precisamente de aquello que más desea. La premisa es tan lúcida como inquietante: el verdadero enemigo del amor no es el desamor ni el paso del tiempo, sino las estructuras de dominación invisible que moldean nuestra educación sentimental. El deber, la culpa y el prestigio terminan convirtiéndose en una cárcel que nos enseña a desconfiar del propio deseo.

En el centro de este laberinto está Araida Cordero una hermosa mujer «prohibida» —de nariz ligeramente prominente y punta redondeada, con un canal tan fino que la luz se detenía ahí antes de seguir hacia la boca—, de cabello suelto y brillante, moldeada por la disciplina de una familia marcada por el exilio republicano español. Su formación prioriza el estudio, la ética y la excelencia intelectual, respondiendo al ideal contemporáneo del éxito profesional. Le enseñaron a pensar, a cumplir y a controlar cuidadosamente las emociones, pero nunca a convivir con la incertidumbre, a reconocer sus necesidades afectivas o a aceptar la vulnerabilidad que exige la confianza.

Araida —dice la cuarta de forros— ha construido una vida impecable: matrimonio estable hasta ese momento, prestigio profesional, compostura intacta. Todo correcto. Todo vacío. Sin embargo, ahí radica la gran paradoja que plantea el libro: todo aquello que la hizo admirable en la vida pública resulta insuficiente ante el mayor desafío de su existencia.

Hasta que un miércoles cualquiera —13 de febrero—, acepta un vino tinto por rumbos del Instituto Mora, en la colonia San Juan Mixcoac, y ocurre lo que debió ocurrir... Lo que comienza como una conversación termina abriendo una grieta imposible de cerrar.

Amar para Araida no es una aventura romántica, sino una insubordinación contra décadas de control y deber, escribe Paco, quien se describe a sí mismo como un «hombre vulnerable, un narrador que creyó entender el amor y termina atrapado dentro de él». Mientras Araida lucha contra el miedo a caer, él enfrenta otro: el de quedarse sosteniendo un afecto amenazado por la culpa de ella, el tiempo y el terror de perderlo todo. En tiempos donde la fragilidad masculina rara vez se mira de frente, la novela explora también la intimidad de un hombre adulto; su necesidad de ternura, su miedo al abandono y la humillación secreta de querer demasiado.

«Entre jacarandas, estaciones de metro, ciudades extranjeras y habitaciones donde el vapor vuelve visible lo que no se nombra, Honrar nuestro amor retrata el vínculo adulto en su forma más intensa y contradictoria, ese que no llega para salvar, sino para revelar».

«Una novela sobre el amor cuando ya se ha vivido demasiado. Sobre el cuerpo que recuerda lo que la mente intentó domesticar. Y sobre aquello que sigue latiendo, incluso cuando el miedo obliga a regresar».

«Tengo miedo de quererte como te quiero», le confiesa Araida al narrador en uno de los pasajes más reveladores. En esa frase se concentra el conflicto central: el problema nunca es la ausencia de amor, sino el miedo  a las consecuencias de vivirlo plenamente.

Uno de los pasajes que me encantó es aquel donde ambos bajan del metro, caminan, toman café y de repente entran al Tenampa en Garibaldi en mero centro histórico

«Nos sentamos en la barra porque hay decisiones que deben tomarse de pie por dentro. Pediste un tequila con sal y limón; lo bebiste sin gestos, como si te limpiaras de una vez del resto del día. Como para saber quién era José Alfredo (Jimenez). Pedí lo mismo para no dejarte sola en esa valentía inevitable. La música nos pasó por encima con su estética de golpe. Te vi reír con la cabeza echada hacia atrás y tuve la certeza que a veces se nos concede; estaba sucediendo, Araida, y el mundo no podía evitarlo», escribe el autor.

De pronto imaginé que la musica que escucharon ese día fue "Las Ciudades: —«Te vi llegar y sentí la presencia de un ser desconocido, te vi llegar y sentí lo que nunca jamás había sentido…»—, presagiando un viaje posterior que los llevaría despues hasta Dolores Hidalgo para fotografiarse juntos frente al mausoleo del gran guanajuatense.

Al salir del lugar, medianamente desenfocados —como si la cámara se hubiera enamorado también y perdiera el pulso—, la plaza había cambiado de idioma. Una jacaranda estaba enseñando su disciplina de milagro; flores violetas cayendo con la lógica de la nieve. Ella se detuvo debajo de ella con una devoción vieja y eligió un símbolo sin consultarlo.

Hay libros que se disfrutan tanto por sus aciertos como por sus pequeños desvíos. Es lo que ocurre con esta novela —que se presenta este viernes 11 de septiembre en el Museo de las Culturas Populares en Coyoacán, con los comentarios de Ivonne Melgar, Adriana Segovia y Ximena Sánchez Echenique, bajo la moderación de Rodrigo Murray—, un relato donde la poesía cruza las páginas como un pulso invisible. De entrada, llama la atención que el autor le haya dedicado tanto espacio al consorte, un personaje retratado con trazos de rockstar y showman: aquel muchacho que quiso ser rocanrolero pero decidió "servir al pueblo", robándose reflectores que quizá habrían lucido más enfocados en otra parte.

Lo que sostiene y da atmósfera al libro es, sin duda, su latido lírico. Ahí desfilan, como presencias tutelares, Octavio Paz, Jaime Sabines, José Alfredo Jiménez, Joaquín Sabina y Gabriela Mistral con el eco eterno de los besos: "hay besos que se dan sólo las almas, hay besos por prohibidos, verdaderos"—, o  la frase del poeta español Pedro Salinas, "...Cada beso perfecto aparta el tiempo, le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve donde puede besarse todavía..." hasta llegar al tono inconfundible de Pablo Neruda. De él se evoca «Si tú me olvidas», aquel poema cuya autoría el chileno debió ocultar durante años: para no herir a Delia del Carril, el poeta orquestó una farsa literaria amparada en un prólogo apócrifo que encubría su romance clandestino con Matilde Urrutia.

Se esccha el eco de Neruda en el instante en que él le escribe sobre la renuncia, sobre la dolorosa urgencia de soltar: «Ahí tuve que aceptar que debía dejar ir a la mujer con la que quise compartir mi vida... Por eso escribí esta carta».

Ese es el problema de las despedidas que no se animan a decir su nombre, esas que duelen el doble porque se disfrazan de cariño. Del otro lado, Araida habla del amor, de lo vivido, de sus temores, de cómo le hubiera gustado un último encuentro, de cerrar bonito. Todo en ella se mueve en una mezcla frágil de culpa, ternura y miedo... Y de fondo, inevitable, resuena la sombra de aquel verso del poeta chileno: si tú me olvidas, dedicada a esa mujer de febrero, a quien conoció en ese mes, cuadran los versos del vate chileno:

«todo me lleva a ti, 

como si todo lo que existe, 

aromas, luz, metales, 

fueran pequeños barcos que navegan 

hacia las islas tuyas que me aguardan».

(Pero si llega el quiebre):

«si poco a poco dejas de quererme 

dejaré de quererte poco a poco. 

Si de pronto

 me olvidas 

 no me busques,  

que ya te habré olvidado».

(La decisión es clara, hay que partir ante el desamor que acecha):

«piensa 

 que en ese día, 

a esa hora 

levantaré los brazos 

 y saldrán mis raíces 

 a buscar otra tierra».

(Pero, mujer…)

«si cada día sube 

 una flor a tus labios a buscarme, 

[...] en mí nada se apagará ni se olvida, 

 mi amor se nutre de tu amor, amada, 

y mientras vivas estará en tus brazos

/ sin salir de los míos». (La recomiendo escuchar en voz de Sabines el sobrino de Chofi)

Contra ese telón de fondo, la trama arranca con una separación tan dolorosa como pueril: un asunto menor que desata el distanciamiento. El tiempo pasa y, como suele ocurrir en los naufragios sentimentales, el rescate llega en forma de carta. Las misivas se convierten en el eje de la relación, tal como ocurría entre Salinas y Whitmore, donde —en medio de la incertidumbre— el volumen de la correspondencia era el único testigo, un pequeño espacio de papel que habitaba por completo como el rincón más cierto del mundo.

Él le escribe con una rendición absoluta:

«Yo te amo... Y te amaré siempre. Por eso quiero que seas feliz con quien estés... o sea, te quiero tanto que quiero verte feliz, (y parece decirle no me importa que me engañes con tu consorte)...»

 La respuesta de ella llega puntual, marcada por la fecha y la hora:

«Gracias por tus bellas palabras. Coincido con el gran amor que construimos. Te había mandado una foto de Tad —el hijo de ella— para que vieras cómo ha crecido. También estoy de acuerdo contigo en que no merecemos cerrar así».

Es entonces cuando se gesta la propuesta que vertebra el desenlace. Ella lo invita a hablarse con el corazón y a quedarse en paz, sugiriendo un encuentro lejos del bullicio urbano: mejor que un café, vernos en el bosque. Y es ahí donde la poesía se impone con toda su fuerza:

«Podrán caer hojas en otoño pero no significar el olvido... Podrán los envidiosos haber tenido cierto éxito para mancillar nuestro amor, pero nunca podrán suspirarlo ni sabrán a qué saben esos besos... Mi historia nunca nadie se la robará». 

Esa frase eje, «Honrar nuestra relación» —que da título a la novela y que más tarde muta a «honrar nuestro amor»—, funciona como una moneda de dos caras, tal como bien anota Paco. Por un lado, brilla con una textura luminosa, noble y profunda; por el otro, se muestra a veces vacía e imprecisa, perfecta para quien busca acercarse sin arriesgarse a tocar de verdad.

«¡Tu amor, nuestro amor me cambió la vida!» resuelta como la gran clave de bóveda de toda la experiencia. Al final, no sabemos con certeza qué pasó con los enamorados, el porque tvo que ocurrir asi,  pero intuimos que ahí están, enteros y felices, lamiéndose las heridas o celebrando lo vivido. Una obra agridulce que esta semana se abre al escrutinio de los lectores.

Me pregunto si la ruptura fue definitiva, creo que no. 

¿El adios?...Hacia un "pacto de la memoria", entre Buesa y José Alfredo.

Hay palabras que pesan más que el silencio que las precede. Una de ellas es "adiós". Pero cuando esa despedida se analiza a través del cristal de dos gigantes, el cubano José Ángel Buesa y nuestro José Alfredo Jiménez, el adiós deja de ser un final para convertirse en un pacto; una suerte de armisticio entre el corazón y el tiempo.

Entender a Buesa de la mano de José Alfredo es comprender que despedirse puede ser, simultáneamente, una herida de orgullo y un acto de devoción absoluta.

Por un lado, Buesa nos sumerge en esa incertidumbre poética donde el "quizá" sostiene el peso de lo que no se pudo olvidar. En su voz —que Horacio Guarany hizo canción — el adiós es una pregunta abierta: “No sé si te amé mucho... no sé si te amé poco; pero sí sé que nunca volveré a amar así”. Es la renuncia que no acepta el olvido, sino que reclama el derecho de resguardar lo vivido en el refugio sagrado de la memoria..

Cuando los años pasen

Del otro lado de la frontera emocional aparece José Alfredo, curiosamente escribió esas líneas hecha  canción en la mismas fechas 1950, "Cuando los años pasen" —que hoy redescubrimos con la voz cristalina de la colombiana María Cristina Plata—, José Alfredo reconoce que el orgullo ha trazado una línea que los pies ya no pueden cruzar. No hay súplica, hay sentencia: “Ya pasará la vida, pero yo mi vida, no te olvidaré”.

Aquí surge la paradoja: es posible amarse demasiado y, aun así, dejar de caminar al mismo compás. Es el reconocimiento de que la voluntad humana, a veces, se rinde ante la erosión de la soberbia.

Sin embargo, ambos poetas coinciden en un "pacto de caballerosidad emocional". Apuestan por dejar que el tiempo actúe como un artesano que lima las asperezas, transformando el naufragio del presente en un resplandor intacto para el futuro, si acaso ocurre.

Buesa nos dice que el sueño muere dentro de él para que el recuerdo viva; José Alfredo nos pide que, al encontrarnos años después, no haya "odio infame", sino el respeto por los "momentos grandes" que se dieron sin querer.

En esencia, este encuentro nos enseña que decir adiós no es borrar una historia, sino editarla. Es un ejercicio de edición vital para que, cuando los años pasen y el dolor finalmente se acabe, el reencuentro no sea una batalla de sombras, sino el saludo sereno de dos almas que supieron soltarse a tiempo para no destruirse.

Porque, al final, la memoria es el único lugar donde siempre podremos decir: "Te digo adiós... y acaso te quiero todavía"..

Todo esto para recomendar la lectura de  Honrar nuestro amor,

Francisco Ortiz Pardo es sociólogo y reportero de amplia trayectoria en medios como Proceso, El Economista y El Universal, especializado en política, cultura y asuntos comunitarios. Es autor de La huelga sin fin (1999) y coautor de El fenómeno Fox (2001)

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