Qué pasó realmente en Mochitlán y Quechultenango?
Por Fred Alvarez ..
El jueves 17 de septiembre, el corredor de Mochitlán y Quechultenango —conocido históricamente como el bastión inexpugnable de la organización criminal Los Ardillos— volvió a ser el escenario de una severa demostración de fuerza. Durante casi cinco horas, el Estado mexicano experimentó un sometimiento táctico y humillante: 29 efectivos del Ejército, la Guardia Nacional y la Policía Estatal fueron retenidos y desarmados por pobladores locales. Fue un episodio que, a plena luz del día, desnudó la profunda orfandad institucional de la región.
Para dimensionar el tamaño de la fractura, la crónica levantada en terreno por el reportero Arturo de Dios Palma, publicada en El Universal, resulta una pieza documental clave. Pasado el mediodía, un grupo de habitantes decidió frenar en seco el avance de un convoy de seguridad. El objetivo no admitía margen de negociación: impedir a toda costa que los uniformados ingresaran a la cabecera municipal de Quechultenango. La estrategia consistió en estrangular la carretera que conecta con Chilpancingo, atravesando camiones repartidores, vehículos particulares y maquinaria pesada a la altura de Mochitlán.
La tensión de los bloqueos, alimentada por la incertidumbre, derivó rápidamente en confrontación física. Civiles encapuchados, armados con palos y piedras, se abalanzaron sobre los agentes. El clímax de la reyerta dejó patrullas de la Guardia Nacional envueltas en llamas, mientras los militares y policías, despojados de su equipo, terminaron confinados en un comedor comunitario bajo el cerco de una multitud enardecida.
Mientras el reloj avanzaba y la pesada maquinaria estatal preparaba una respuesta, la narrativa oficial intentó poner paños fríos. Francisco Rodríguez Cisneros, subsecretario de Desarrollo Político y Social de Guerrero, argumentó que los agentes realizaban un simple "recorrido de rutina", descartando de tajo una operación dirigida contra líderes criminales.
Sin embargo, el contexto documentado por El Universal revela un clima donde se respiraba pólvora: apenas el 5 de septiembre, el hallazgo del cuerpo desmembrado del guardia nacional Eduardo Bustos en Plan de Lima había desatado intensos operativos. El saldo previo era de 24 presuntos miembros de Los Ardillos detenidos. En esa atmósfera de alta fricción, el supuesto patrullaje de rutina pisó un territorio de control férreo, encendiendo la mecha.
Hacia las 16:00 horas, el peso de la crisis forzó un despliegue masivo. Cerca de 50 patrullas de los tres niveles de gobierno, cobijadas por el sobrevuelo táctico de un helicóptero militar, partieron desde Chilpancingo.
Dos horas después, el contingente logró romper el cerco, ingresar a la cabecera municipal y rescatar a los 29 efectivos retenidos. La crisis inmediata se contuvo, pero el mensaje de vulnerabilidad quedó sellado para siempre en el asfalto.
Tras los hechos la base militar fue retirada de Quechultenango luego de varios años de permanecer en este lugar.
El tema llegó a la mañanera en Irapuato, Gto.
¿Qué reporte tiene de la retención que se hizo de elementos del Ejército y la Guardia Nacional en municipios de Guerrero, secretario? —cuestionó la prensa.
La respuesta oficial llegó en voz del general secretario de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla Trejo. Su relato, enunciado con la serenidad de quien lee un expediente a cientos de kilómetros del peligro, despojó al conflicto de todo su dramatismo humano.
Explicó que a las 10:00 horas, sesenta pobladores —sin armas de fuego— bloquearon el paso de la autoridad en Quechultenango.
Para el alto mando militar, la angustia que ahogó a esas calles quedó reducida a un simple roce táctico.
El clímax, según relató, ocurrió en Mochitlán, cuando un convoy interinstitucional intentó acercarse para brindar refuerzos y fue envuelto por una multitud aún mayor. En su frío inventario, la brutalidad de ese choque cuerpo a cuerpo se tradujo en saldos menores: un teniente coronel con un machetazo en la mano, así como un sargento y un soldado con golpes que calificó como "nada graves".
Al referirse a la comunidad, el general despachó el terror de los habitantes reduciéndolo a únicamente "dos elementos civiles con heridas leves".
Según esa pulcra cronología, para las 11:00 horas la normalidad había regresado . Todo se resolvió, aseguró, bajo un estricto respeto a los derechos humanos;...
La versión del alcalde es distinta….
Este viernes, el alcalde de Quechultenango, el perredista David Astudillo Morales, rasgó el velo del parte militar. Desde la Sala de Cabildo, acusó al general Trevilla Trejo de minimizar una jornada de auténtico terror. Su recuento documentó la sangre que omitió el informe federal: un civil muerto y diez pobladores heridos de bala, varios de ellos agonizando en los hospitales generales de Chilpancingo y Chilapa.
El testimonio del edil expuso la desolación de un territorio abandonado a su suerte. Ell eco de este enfrentamiento no se limitó a Quechultenango; el miedo paralizó la vida cotidiana de miles de personas.
En efecto, el terror impuso un toque de queda silencioso, forzando la suspensión del transporte público hacia Tixtla, Chilapa y Mártir de Cuilapan, y dejando las terminales de Chilpancingo gobernadas por el vacío absoluto.
Los sucesos en Guerrero de este jueves exponen una de las fracturas más profundas de la vida pública: el choque irreconciliable entre la narrativa de un Estado que prioriza proyectar gobernabilidad, y la cruda realidad de unas calles donde la ciudadanía pone los muertos. Esta crisis no puede disolverse en un empate de declaraciones matutinas o en la lentitud de expedientes condicionados al trámite de una denuncia formal.
Se requiere, con urgencia, una investigación exhaustiva y transparente que determine qué fue lo que realmente pasó en el asfalto y quién dio la orden de abrir fuego. Sin embargo, la respuesta del sistema judicial demuestra, una vez más, que la maquinaria institucional opera a dos velocidades y prioriza protegerse a sí misma.
La Fiscalía General del Estado (FGE) anunció la apertura de múltiples carpetas de investigación iniciadas de oficio, pero todas apuntan en una sola dirección. En Mochitlán, el aparato legal se activó por delitos de alto impacto —homicidio en grado de tentativa, robo, daños y ataques a las vías de comunicación—, integrando como únicas víctimas a tres elementos de la Guardia Nacional y a dos personas más
En Quechultenango, el guion procesal es idéntico: se investigan los ataques y daños, pero exclusivamente en agravio de cinco agentes de la Policía Estatal.
El remate de este comunicado oficial evidencia el vacío del Estado frente a la población. Con una frialdad burocrática insostenible frente a la magnitud de los hechos, la FGE justificó su inacción argumentando que "no se ha presentado denuncia relacionada con personas civiles lesionadas o fallecidas". Para la justicia estatal, las víctimas en el territorio no existen hasta que un papel lo certifique, sellando la impunidad desde el escritorio.
Urge saber que ocurrió, y debe entrar a investigar la CNDH, aunque no sirve para mucho.
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