28 mar 2010

A pedir ayuda, no hay de otra

Italia tiene que pedir ayuda/Roberto Saviano, escritor italiano y autor de Gomorra. © 2010 Roberto Saviano/Agenzia Santachiara.
Traducción de Carlos Gumpert
Publicado en EL PAÍS, 26/03/10;
La más grave desesperación que puede adueñarse de una sociedad es la duda de que vivir honestamente resulta inútil. Y esa desesperación envuelve a mi país desde hace mucho tiempo”. Así reflexionaba Corrado Alvaro, escritor de San Luca, pequeño pueblo de Calabria, que junto a Rosarno y Platì forma el triángulo de la ‘ndrangheta, al final de su vida. Y no temo repetirlo hoy, en vísperas de las elecciones regionales italianas: es necesario que mi país pida ayuda. Lo digo sin temor a que se me señale con el dedo. Y a quien le parezca una exageración, le diré que vivimos en estado de asedio. En Calabria, de 50 consejeros regionales, 35 han sido investigados o condenados. Y todo sucede con la más absoluta condescendencia. En el silencio. ¿Qué otro país lo admitiría?
Lo que en otros Estados se considera un veneno, en Italia es pasto cotidiano: desde ayuntamientos diminutos hasta administraciones provinciales y regionales, por doquier se considera obvia la corrupción. El sabor de la injusticia ya no nos disgusta, no nos asquea, no nos revuelve el estómago ni el orgullo. ¿Cómo es posible? La propia duda de que todo esfuerzo sea inútil, de que manifestar nuestro voto y por tanto nuestra opinión sea vano, quita fuerzas a la gente honrada. Ahoga, estrangula y entierra el derecho. El derecho que cimienta las reglas de la vida civil, pero también el derecho que lo trasciende: el derecho a la felicidad. La sensación de que “todo es inútil” nos arrebata la esperanza en el futuro, y cada vez más hay más gente del Sur que abandona su propia tierra para trasladarse al Norte o al extranjero. Lejos de semejante vergüenza. Yo no quiero rendirme ante esa Italia que fuerza a sus jóvenes a marcharse por vergüenza y falta de esperanza.
He solicitado a la OSCE, a la ONU, a la Unión Europea que envíen observadores a los territorios más difíciles, en esta última fase de la campaña electoral. Solicito observadores, solicito miradas objetivas capaces de supervisar y garantizar la regularidad de todas las fases del voto. Solicito un control que aquí ya no conseguimos ejercer. Y la OSCE se declara dispuesta a intervenir, pero hace falta el OK del Gobierno. Jens Eschenbaecher, portavoz de la Oficina para las Instituciones Democráticas y los Derechos Humanos, dice que este organismo internacional con sede en Varsovia ha enviado observadores a muchos países europeos. A Italia también. La última vez, en las elecciones de 2008. Dice que la praxis es intervenir sólo tras explícita solicitud del Gobierno y, en general, no para escrutinios locales, que los Estados nacionales deberían garantizar. Sin embargo, en Italia el riesgo estriba precisamente en las elecciones regionales, donde la especificidad local lleva las de ganar. Además, no sería excepcional para la OSCE intervenir en Europa. Lo ha hecho recientemente en Alemania y en Noruega, donde no puede decirse que la democracia corra riesgos. Hay casos en que una mirada externa puede suponer mayor garantía que la de quien por estar involucrado carece de libertad.
Podemos valorar desde aquí, a simple vista, los chaqueteos, casos asombrosos en los que para devolver la dignidad a la función pública un político tendría que marcharse, por más que la ley le permita quedarse. Sin embargo, no conseguimos ejercer un control que obligue a la política italiana a mirarse realmente al espejo, porque el espejo que usamos sólo refleja las capas más superficiales de la realidad. Nos indignamos ante políticos imputados en procesos en curso que se reciclan para apoyar una coalición diferente cada vez. Nos indignamos ante candidatos condenados por asociación camorrista. Nos indignamos porque sobre el brazo derecho del ministro de Economía pende una orden de detención, y conserva su cargo pese a ello. Nos indignamos cuando hay senadores elegidos en las circunscripciones extranjeras con los votos de la ‘ndrangheta, como Nicola de Girolamo, sospechoso además de otros delitos. Nos indignamos, por último, porque a la criminalidad organizada se le consiente gestionar locales de lujo en el corazón de Roma, como el Café de París en via Vittorio Veneto.
Escuchamos estupefactos a la comisión parlamentaria antimafia declarar, en referencia a las últimas elecciones, que hay políticos sospechosos en las listas del centro-izquierda y del centro-derecha. Y hasta hoy, las personas afectadas no han respondido. Transformarse, reciclarse, mantener sus cargos: la antigua praxis de la política italiana no es simplemente una aberración. Es ya una costumbre, una especie de vicio, con la que, a su pesar, todo elector debe contar, esperando equivocarse. Esperando que esta vez no suceda. Es una traición que se perdona casi encogiéndose de hombros, como la de un marido ligero de cascos que acaba en la cama de otra mujer.
¿Es posible trocar nuestras esperanzas y sueños por la ligereza y el cinismo de otros? En Italia, se parte del presupuesto de que la política carece de recorrido, de ideas o proyectos. Y, sin embargo, la gente sigue esperando algo distinto, exigiendo algo distinto. ¿Dónde ha ido a parar el orgullo de la política? ¿La responsabilidad de hablar en nombre de un electorado? ¿La conciencia de que las palabras y las promesas son responsabilidades que se asumen? ¿Y la conciencia de que un partido, sin una línea precisa, no es nada? Pues en eso se ha convertido, en la mayoría de los casos, la política italiana: en nada, en coloridos alfileres para las solapas de la chaqueta. Sin credibilidad. Contenedores vacíos que se llenan con palabras y, a veces, ni con eso siquiera. A veces, son incapaces de utilizarlas.
Cuando la política se convierte en eso, las mafias han triunfado. Porque nadie, excepto ellas, son capaces de proporcionar certezas: de un trabajo, de un sueldo, de una colocación. Certezas que se pagan, obviamente, con la obediencia a los clanes. Es terrible, pero hay que tratar con quien facilita respuestas. Con quien paga el salario, el abogado. No son tiempos para moralismos, poco importa si hay que mancharse las manos. Sólo cuando la política deje de parecerse al poder mafioso -menos cruel, claro, pero también menos fuerte y sólido-, sólo cuando deje de ser identificada con favores, intercambios, compra de votos, trueques de moral, será posible una alternativa auténtica y triunfadora. Incluso en los pueblos dominados por las mafias son posibles las alternativas. Lo son ya los comerciantes que no se doblegan, lo son ya quienes resisten, cada día.
Por lo demás, es fundamental entender que las mafias son un problema internacional que hay que combatir internacionalmente. Italia no puede triunfar sola. Las organizaciones criminales están modificando las estructuras políticas de países de medio mundo. En Estados Unidos se incluyen los carteles criminales italianos entre las primeras causas de contaminación del libre mercado mundial. Si México se ha convertido en una narco-democracia, la nuestra puede llegar a ser, si no lo es ya, una democracia con capital camorrista y de la ‘ndrangheta. En Italia, en cambio, seguimos creyendo que la crisis es exclusivamente un problema relacionado con el trabajo, con una disminución de la oferta y la demanda. No hemos comprendido aún que salir de la crisis significa buscar alternativas a la economía criminal. Y no basta con la militarización del territorio, con la confiscación de bienes. Hay que atajar la corrupción, las colusiones, los acuerdos bajo cuerda. Hay que poner freno al chantajismo de la política, y como si fuera un cáncer, buscar por doquier sus proliferaciones.
Si no conseguimos garantizar la regularidad de las elecciones, creo lícito pedir ayuda a la ONU, a la Unión Europea y a la OSCE, para que sigan esta campaña electoral, que ha tenido lugar con absoluto desprecio de toda regla, desde la presentación de las listas a la forma de adquirir votos. Aceptar esta solicitud sería una señal fortísima. No un grito de miedo, de terror o de alarma, sino un arrebato de orgullo, una clara toma de posición en favor de la legalidad, para asegurar que la opinión de los ciudadanos será escuchada. Que votar no es inútil, que el voto no se regala por 50 euros, un curso de formación o unas facturas pagadas. Que la política no es sólo un intercambio de favores, un astuto atajo para obtener algo que sin pagar al poder sería imposible conseguir. Que permanecer en Italia, vivir y participar es necesario. Que la felicidad no es un sueño de niños, sino un horizonte de derecho.

México, sin manual para interrogar

México, sin manual para interrogar, advierten
Nota de Doris Gómora
El Universal, Domingo 28 de marzo de 2010;
Además de que los procedimientos resultarán ineficaces, ninguna información obtenida mediante violencia física o moral tiene validez en un juicio, revela información de los gobiernos de México, Estados Unidos y especialistas consultados en la materia
En México se carece tanto en el ámbito militar como en el civil de manuales para interrogar a detenidos, por lo que existe el riesgo de violentar las garantías de los declarantes, especialmente en la guerra contra el tráfico de drogas. Además de que los procedimientos resultarán ineficaces, ninguna información obtenida mediante violencia física o moral tiene validez en un juicio, revela información de los gobiernos de México, Estados Unidos y especialistas consultados en la materia.
“Los manuales más bien están sustituidos, por lo que cada investigador y en cada caso por ponerlo de alguna manera: Dios le da a entender, estoy hablando en el mundo de los civiles”, afirmó en entrevista Juan Velázquez, abogado penalista.
En este sentido, afirmó, México requiere de manuales de interrogación, ya que eso daría oportunidad a que los encargados de ello se ajustaran a un protocolo que les permitiera preguntar de manera eficiente, sin violentar las garantías de los interrogados.
En esta semana se informó que un presunto narcomenudista detenido en el municipio de Santa Catarina, Nuevo León, apareció muerto con señales de tortura después de haber sido trasladado por elementos de la Secretaría de Marina, como apoyo a la policía local. Hasta este momento tampoco se han establecido en nuestro país procedimientos para interrogatorios cuando están involucradas diversas agencias en operaciones conjuntas.
En enero pasado, la Comisión Nacional de Derecho Humanos (CNDH) y Amnistía Internacional (AI) informaron de casos en los que los detenidos que fueron interrogados por miembros del Ejército mexicano fueron asistidos por médicos militares para mantenerlos vivos y seguir preguntándoles en condiciones de tortura.
El Ejército y la Marina de México sólo pueden apoyar a las agencias de la ley en operaciones en donde se involucre a detenidos, pero debido a que los civiles no son considerados prisioneros de guerra, la función de inquirir corresponde a la autoridad civil, y en el caso de los retenes, los militares cuentan con guías que les sirven de cuestionarios para solicitar datos generales de las personas a las que se les realiza alguna revisión, señala información de la Secretaría de la Defensa.
Protocolos generales
Tanto a nivel militar como civil en México, los miembros de los servicios de inteligencia cuentan con manuales generales, cuya copia tiene EL UNIVERSAL, en donde se incluyen algunas fracciones que especifican quién será el personal que deberá interrogar a los detenidos, pero nunca detalla algún protocolo para hacerlo.
Adicionalmente se destaca que los jefes de los servicios de inteligencia mexicanos deberán recordar a su personal que la Convención de Génova de 1929 prohíbe el empleo de tortura o coerción para obtener información.
“Es extremandamente importante que debe haber procedimientos básicos para interrogar, porque hay muchas formas de que los abusos pasen”, señaló en entrevista Lisa Haugaard, directora ejecutiva del “Grupo de Trabajo de Latinoamérica” una de las mayores coaliciones sobre política externa, con sede en Washington D.C.

Anna Karénina

Sobre el amor y la muerte JOSÉ MARÍA GUELBENZU
Babelia, 27/03/2010;
Anna Karénina

Lev N. Tolstói
Traducción de Víctor Gallego Ballestero
Alba Editorial. Barcelona, 2010
1.008 páginas. 44 euros
Releer a Tolstói permite no perder de vista la Gran Literatura. En Anna Karénina, en la que el autor despliega su minucioso sentido de la narratividad, hay que adentrarse con el asombro y la admiración que producen las obras mayores. Una nueva traducción de la novela se añade a la publicación de sus obras en el año del centenario de su muerte

En este año del centenario de la muerte de Tolstói, nada más oportuno que una nueva traducción de la inmortal Anna Karénina para celebrarlo. Al término de la lectura que nos propone Alba, el lector agradece a Víctor Gallego un trabajo que ha debido dejarle exhausto. Últimamente han venido apareciendo varias ediciones de las obras de Tolstói, unas dedicadas al propio autor (los Diarios y la Correspondencia, en la editorial Acantilado) y otras de piezas cortas como Los cosacos (Atalanta) y Hadjí Murat (Verticales) y El cupón falso (Nórdica), a las que habría que añadir, como ediciones de referencia, los Relatos (Alba), la traducción de López Morillas de La muerte de Iván Ilich (Alianza), las Memorias de Sebastopol (Gredos), la versión completa de Resurrección (Pre-Textos) y, cómo no, Guerra y paz (del taller de Mario Muchnik).
Que Tolstói es un gigante de la novela no lo duda nadie, pero así como no conviene olvidarlo es absolutamente pertinente leerlo de vez en cuando para no perder de vista lo que es de verdad la Gran Literatura. Es un ejercicio muy sano porque permite colocar todo lo que actualmente reluce a la debida distancia. Una obra como Anna Karénina produce en el lector atento una sensación tal que todo parece empequeñecerse a su alrededor y cobrar su verdadero tamaño y no el que suele otorgar la promiscua y rendida actualidad a las obras del momento. Ésta es una novela en la que hay que adentrarse con el asombro y la admiración que producen las obras mayores, como el Panteón de Roma. La comparación no es gratuita, pues ambos -novela y monumento- se asemejan en su deseo de abarcar una totalidad.
¿De qué trata realmente Anna Karénina? Pasa por ser una de las mejores novelas de amor de todos los tiempos. Lo es, en cuanto que ofrece una reflexión sobre el amor extraordinariamente ambiciosa, pero no se centra sólo en la figura emblemática, la de Karénina, sino que contrapone dos parejas (la de los amantes Anna Karénina y Vronski y la del matrimonio Kitty Scherbaski-Konstantin Levin), situando como referencia a una tercera, la que forman la hermana de Kitty, Dolly, y el hermano de Anna, Stepán. Este artificio le permite desplegar el mundo de la aristocracia y el de la vida en el campo por medio de un centenar largo de personajes que configuran el escenario humano del libro, personajes todos ellos singularizados y caracterizados, lo que nos señala una de las cualidades sustanciales de Tolstói, su maravilloso detallismo descriptivo, producto de una mirada excepcionalmente dotada para lo significativo. En comparación con Guerra y paz, Karénina es una novela intimista, pero, aparte de coincidir ambas en el deseo de crear un mundo completo, la intimidad de Anna Karénina está concebida dentro de una búsqueda del sentido del amor que necesariamente se convierte, por su ambición, en una búsqueda del sentido de la vida, y para ello Tolstói se va a valer de toda una sociedad a la que personaliza en torno a los personajes centrales. Intimidad, sí, pero encuadrada en un arco social sin el cual sería menor o irrelevante.
El segundo elemento con el que juega el autor es el espacio y el tiempo. La novela transcurre -el lector lo advierte enseguida- en un orden sucesivo que integra al lector en el fluir del propio tiempo y espacio de los personajes. Leyendo Anna Karénina uno tiene la sensación de hallarse dentro de la novela o, más precisamente, dentro del transcurso del tiempo de la novela. No importa que, por razones de estrategia de construcción, se produzcan saltos de tiempo entre las partes: la sensación de presente continuo de la novela es un acto de magia narrativa, un acto integrador que, sin embargo, permite en todo momento mantener la distancia necesaria de lectura para abarcar toda la historia sin identificarse con ella, como haría un lector ingenuo; no, no hay identificación sino acompañamiento, pero ese acompañamiento parece la invitación a un acto de magia.
La descripción se mueve entre la exterioridad y la interioridad en las dos parejas centrales. Tanto el escenario físico como el mundo de la mente están descritos al detalle, sin perdonar lo importante y sin añadir lo superfluo. La convincente elocución con que muestra la vida de las cosas y el desarrollo de los pensamientos es su primer arma, pero lo que consigue poner en marcha y mantener en rumbo toda esta escritura es un minucioso sentido de la narratividad. Hay un momento en el que Levin, frustrado por un primer día de caza calamitoso, escapa solo a los pantanos con su perra Laska para resarcirse. Para relatar esta simple escena, Tolstói cruza los pensamientos de Levin y de su perra. Sólo están al acecho de unas becadas, pero el relato de ese acecho desde la cabeza de la perra y los movimientos de Levin adquiere un vigor narrativo de verdadero tempo dramático. Si es capaz de hacer esto con el simple acecho de una perra de caza ¿qué no conseguirá con una historia doble de amores desdichados?
Más que una historia de amor yo diría que ésta es una historia sobre el amor y la muerte. La diversidad de puntos de vista que va concentrando sobre el verdadero asunto del libro requiere una laboriosa construcción que ha de converger en la intención central y a ello se aplica. Tolstói fue un hombre de convicciones firmes y de conciencia rotunda, lo cual antepuso a cualquier otro interés en su propia vida y la de su familia, pero también un hombre lleno de dudas dolorosas a las que no rehusaba enfrentarse. De hecho, hay una clara coincidencia en que Levin es un trasunto del propio autor. La defensa de la libertad y del bien común está en boca de Levin lo mismo que el miedo a la muerte. Tolstói aspiró a crear una "religión de Cristo sin fe y sin pecados" que le costó la excomunión de la Iglesia ortodoxa y, de hecho, en las reflexiones finales de Levin ésa es la idea que expone. Se reprocha a Levin ser portaestandarte de las ideas de Tolstói , pero lo cierto es que no se trata de una mera exposición de las mismas sino que a través de ellas se advierte narrativamente la evolución del personaje; no son un mero pegote. Si acaso, la parte octava (una suerte de recuento tras la muerte de Anna) sí puede considerarse un añadido que no añade nada, aparte de facilitar alguna salida endeble a la situación.
La perspicacia de Tolstói en el desarrollo psicológico de los personajes es una verdadera obra de arte. La mediocridad de Vronski, la sensibilidad y el deseo de Anna, la zozobra infantil de Kitty, la emotiva ingenuidad de Levin y su entereza ante el desaliento, el sometimiento de Dolly a su función de madre y esposa entregada y dolorosa, la alegre inconsciencia consciente del tarambana de Stepán Oblonski, la progresiva miseria moral de Alekséi Karenin, cuya frialdad acaba siendo pareja de su cobardía vital... nos llevan a una doble visión de la vida amorosa: si el amor es sobre todo carnal, está condenado a morir; si es un acuerdo de convicción, arrastra consigo una dependencia gravosa. Todo el mundo interior que se desprende de este planteamiento lo construye Tolstói con una habilidad de filigrana y cogiendo al toro por los cuernos, es decir, afrontando todos y cada uno de los problemas que suscitan sus personajes. La entereza del Tolstói escritor es tan grande como la del Tolstói persona y por eso su vida será tan violentamente compleja como la de sus personajes. Y el esfuerzo expresivo al que se somete para dar cima a su obra lo empuja hasta donde haga falta: al final de la séptima parte, con Anna Karénina perdida en sus pensamientos y en su propia desdicha, en la estación fatídica, Tolstói la hace hablar nada menos que en forma de monólogo interior cruzándolo con la presencia de lo exterior al pensamiento, de lo que sucede a su alrededor. El sueño de Virginia Woolf era el de situar la voz dentro de la mente, lo que consiguió al fin en el relato Mrs. Dalloway in Bond Street; Joyce lo pudo llevar aún más lejos por medio del stream of consciousness, pero asombra hallar esta experiencia en Tolstói, tan canónico en su escritura. Y es que en un creador de su talla no hay barreras ni costumbres que puedan oponerse a la libertad misma del acto creador.
Anna Karénina es un drama doméstico y en ese ámbito se desarrolla, pero es un drama doméstico que hunde sus raíces hasta lo más hondo de la tierra. Todas las conductas tienen una doble cara y de ese juego constante surge la calidad y complejidad de los personajes. Todos los escenarios cubren el espacio en que transcurren hasta el último rincón: el baile (verdadera representación del drama), la lección de siega, la cacería en la finca de Levin... Y todo fluye por la vía de una constante precisión de palabras que se trasmutan en imágenes como ésta, por ejemplo: "En ese momento la serenidad y la suficiencia de Vronski chocaron, como una hoz sobre una piedra, con la fría altivez de Alekséi Aleksandróvich".
Anna Karénina es una experiencia literaria tan rica y amplia que no debe de faltar en la vida de una persona culta. -

Vargas Llosa y Faciolince

La amistad y los libros/Mario Vargas Llosa
'El olvido que seremos', de Héctor Abad Faciolince, es una memoria desgarrada sobre la familia y el padre del autor y una inmersión en el infierno de la violencia política colombiana
El País, 07/02/2010;
Me pasó hace algunos años con Javier Cercas y ahora me acaba de pasar de nuevo con Héctor Abad Faciolince. Cuando leí la extraordinaria novela de aquél, Soldados de Salamina, no sólo me quedó en el cuerpo -bueno, en el espíritu- ese sentimiento de felicidad y gratitud que nos depara siempre la lectura de un hermoso libro, sino, además, una necesidad urgente de conocerlo, estrecharle la mano y agradecérselo en persona. Gracias a Juan Cruz, uno de cuyos méritos es estar inevitablemente donde se lo necesita, no mucho después, en una extraña noche en que Madrid parecía haber quedado desierta y como esperando la aniquilación nuclear, conocí a Cercas, en un restaurante lleno de fantasmas. De inmediato descubrí que la persona era tan magnífica como el escritor y que siempre seríamos amigos.
Me ocurre muy rara vez sentir esa urgencia por conocer personalmente a los autores de los libros que me conmueven o maravillan. Me he llevado ya algunas tremendas decepciones al respecto y, de manera general, pienso que es preferible quedarse con la imagen ideal que uno se hace de los escritores que admira, antes que arriesgarse a cotejarla con la real. Salvo que uno tenga la aplastante sospecha de que vale la pena intentarlo.
Después de leer hace algún tiempo El olvido que seremos, la más apasionante experiencia de lector de mis últimos años, deseé ardientemente que los dioses o el azar me concedieran el privilegio de conocer a Héctor Abad Faciolince para poder decirle de viva voz lo mucho que le debía.
Es muy difícil tratar de sintetizar qué es El olvido que seremos sin traicionarlo, porque, como todas las obras maestras, es muchas cosas a la vez. Decir que se trata de una memoria desgarrada sobre la familia y el padre del autor -que fue asesinado por un sicario- es cierto, pero mezquino e infinitesimal, porque el libro es, también, una sobrecogedora inmersión en el infierno de la violencia política colombiana, en la vida y el alma de la ciudad de Medellín, en los ritos, pequeñeces, intimidades y grandezas de una familia, un testimonio delicado y sutil del amor filial, una historia verdadera que es asimismo una soberbia ficción por la manera como está escrita y construida, y uno de los más elocuentes alegatos que se hayan escrito en nuestro tiempo y en todos los tiempos contra el terror como instrumento de la acción política.
El libro es desgarrador pero no truculento, porque está escrito con una prosa que nunca se excede en la efusión del sentimiento, precisa, clara, inteligente, culta, que manipula con destreza sin fallas el ánimo del lector, ocultándole ciertos datos, distrayéndolo, a fin de excitar su curiosidad y expectativa, obligándolo de este modo a participar en la tarea creativa, mano a mano con el autor.
Los cráteres del libro son dos muertes -la de la hermana y la del padre-, una por enfermedad y otra por obra del salvajismo político, y en la descripción de ambas hay más silencios que elocuciones, un pudor elegante que curiosamente multiplica la tristeza y el espanto con que vive ambas tragedias el encandilado lector.
Contra lo que podría parecer por lo que llevo dicho El olvido que seremos no es un libro que desmoralice a pesar de la presencia devastadora que tienen en sus páginas el sufrimiento, la nostalgia y la muerte. Por el contrario, como ocurre siempre con las obras de arte logradas, es un libro cuya belleza formal, la calidad de la expresión, la lucidez de las reflexiones, la gracia y finura con que está retratada esa familia tan entrañable y cálida que uno quisiera fuera la suya propia, hacen de él un libro que levanta el ánimo, muestra que aún de las más viles y crueles experiencias, la sensibilidad y la imaginación de un creador generoso e inspirado pueden valerse para defender la vida y mostrar que hay en ella, pese a todo, además de dolor y frustración, también goce, amor, ideales, sentimientos elevados, ternura, piedad, fraternidad y carcajadas.
Los dioses o el azar fueron benevolentes conmigo y organizaron las cosas de manera que en el reciente festival literario del Hay, de Cartagena, y, por supuesto, gracias a la intermediación del ubicuo Juan Cruz, conociera en persona a Héctor Abad Faciolince.
Naturalmente, la persona estaba a la altura de lo que escribía. Era culto, simpático, generoso y conversar con él resultó casi tan entretenido y enriquecedor como leerlo. A los diez minutos de estar charlando con él en el Club de Pesca de Cartagena, bajo una luna llena de carta postal, algunas siluetas de roedores merodeando por el embarcadero y frente a un suculento arroz con coco, supe que sería un buen amigo y compañero para siempre, y que hasta el fin de nuestros días tendríamos en la agenda el tema de Onetti, que a mí me gusta mucho y a él lo aburre. Espero tener tiempo y luces suficientes para persuadirlo de que relea textos como El infierno tan temido o La vida breve y descubra lo cerca que está el mundo de Onetti del suyo, por la autenticidad moral, la maestría técnica que ambos delatan y la impecable radiografía de América Latina que, sin proponérselo, han trazado ambos en sus ficciones.
En las tres horas y media que demora el vuelo de Cartagena a Lima leí el último libro de Héctor Abad Faciolince: Traiciones de la memoria. Son tres historias autobiográficas, acompañadas de fotografías de lugares, objetos y personas que ilustran y completan el relato. La primera, Un poema en el bolsillo, es de lejos la mejor y la más larga, y, en cierta forma, un complemento indispensable a El olvido que seremos. En el bolsillo del padre asesinado en Medellín, el joven Abad Faciolince encontró un poema manuscrito que comienza con el verso: "Ya somos el olvido que seremos". De entrada, le pareció de Borges. Confirmar la exacta identidad de su autor le costó una aventura de varios años, hecha de viajes, encuentros, rastreos bibliográficos, entrevistas, andar y desandar por pistas falsas, peripecia verdaderamente borgeana de erudición y juego, una pesquisa que se diría no vivida sino fantaseada por un escribidor "podrido de literatura", de buen humor, picardía y abundantes alardes de imaginación.
Esta averiguación parece al principio un empeño personal y privado, una manera más para el hijo destrozado por la muerte terrible del padre, de conservar viva y muy próxima su memoria, de testimoniarle su amor. Pero, poco a poco, a medida que la investigación va cotejando opiniones de profesores, críticos, escritores, amigos, y el narrador se encuentra vacilante y aturdido entre las versiones contradictorias, aquella búsqueda saca a la luz temas más permanentes: la identidad de la obra literaria, sobre todo, y la relación que existe, a la hora de juzgar la calidad artística de un texto, entre ésta y el nombre y el prestigio del autor. Respetables académicos y especialistas demuestran desdeñosos que el poema no es más que una burda imitación y, de pronto, una circunstancia inesperada, un súbito intruso, pone patas arriba todas las certezas que se creían alcanzadas, hasta que las pruebas llegan a ser rotundas e inequívocas: el poema es de Borges, en efecto. Pero su valencia literaria ha ido modificándose, elevándose o cayendo en originalidad e importancia, a medida que en la cacería aumentara o disminuyera la posibilidad de que Borges fuera su autor. El texto se lee con fascinación, sobre todo cuando se tiene la sensación de que, aunque todo lo que se cuenta sea cierto, aquello es, o más bien se ha vuelto, gracias a la magia con que está contado, una bella ficción.
Esta historia y las dos otras -la del joven escribidor medio muerto de hambre y tratando de sobrevivir en Turín y el ensayo sobre los "ex futuros"- tuvieron la virtud de hacerme olvidar durante tres horas y media que estaba a 10.000 metros de altura y volando a 800 kilómetros por hora, sobre los Andes y la Amazonía, sensación que siempre me llena de pavor y claustrofobia. Está visto que me pasaré el resto de la vida contrayendo deudas con este escribidor colombiano.

Israel en apuros

Israel en apuros/Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington
Publicado en LA VANGUARDIA, 27/03/10;
Son días difíciles para Israel. El presidente Obama y la secretaria de Estado han manifestado que las relaciones con Israel son tan estrechas como siempre. Pero han añadido que las cosas no pueden seguir como están. Hillary Clinton ha lamentado que, adondequiera que va, los gobiernos le dicen que la situación palestina es uno de los mayores riesgos (si no el mayor) para la paz mundial. Puede que sea una tontería, pero lo que cuenta es la percepción, no la realidad.
No se trata, sólo, del anuncio de que proseguirá la construcción de edificaciones judías en Jerusalén Este.
Se halla en juego una cuestión mucho más fundamental: el Gobierno israelí ha sido incapaz de decidirse sobre la cuestión de si desea un Estado binacional o bien un Estado árabe palestino junto a un Estado judío.
Porque, si los israelíes siguen aferrándose a los territorios ocupados en 1967, habrá un Estado binacional y también gradualmente una mayoría árabe, lo último que desean. Por otra parte, se muestran incapaces de decidirse sobre el tema de la renuncia a los territorios ni de aceptar la división de Jerusalén, aunque Jerusalén es de hecho una ciudad dividida.
Es cierto que los palestinos no les han puesto las cosas fáciles a los israelíes; tras la salida israelí de Gaza, el lugar se convirtió en una base de ataques con cohetes contra Israel y, cuando Israel tomó represalias, hubo una enorme ola de indignación en todo el mundo por la brutalidad israelí en el curso de una operación totalmente desproporcionada. Determinados analistas en Washington creen que el Gobierno israelí no hace precisamente gala de sagacidad política ni cabe calificar a Netanyahu de líder sólido y enérgico. Es posible, pero cabría oponer que lo propio puede aplicarse a Washington y a muchos otros gobiernos, ya que el nivel de visión y categoría política en el planeta no es lo que era… Además, el Gobierno israelí es reflejo del talante y puntos de vista de amplios sectores de la población. Y la composición demográfica de la población no es la que era cuando se fundó el Estado de Israel.
Se detecta cierta ingenuidad entre numerosos israelíes y sus representantes electos, conmovedora en ocasiones pero muy peligrosa. Se oyen constantemente quejas sobre el trato injusto que se dispensa a Israel; lo señalan como chivo expiatorio de la ONU y otras organizaciones. Si cientos de miles de personas perecen en genocidios en Áfricao Asia, apenas se presta atención, pero si unos cuantos sufren daño en Israel, se denuncia como acto de barbarie sin precedentes. Si los millones de alemanes expulsados de Rusia y del este de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, o los griegos expulsados de Turquía tras la Primera Guerra Mundial, o los indios expulsados de Pakistán (o viceversa) reivindicaran el derecho a regresar, serían denunciados como enemigos de la paz mundial y belicistas. Pero si 700.000 palestinos obligados a irse en 1948 y sus descendientes piden regresar, tienen el apoyo mundial.
¿Por qué – preguntan los israelíes-no hay una justicia para todos? Dicho de modo sucinto, la respuesta es que Israel es un pequeño país con unos siete millones de habitantes, sin yacimientos petrolíferos importantes ni otros recursos similares, de modo que un país de este tamaño y fuerza no puede comportarse como una gran potencia. No siempre fue así. Estadistas como Weizman y Ben Gurion fueron mucho más prudentes y se dieron cuenta de la diferencia entre lo que un pequeño país puede alcanzar y lo que se halla fuera de su alcance. Los partidos religiosos que constituyen una parte importante de la coalición gubernamental figuraban entre los más moderados y prudentes; tras la guerra de 1967, razonaron que Israel bajo ningún concepto debería tratar de incorporar los lugares de Jerusalén considerados santos lugares por parte de otras religiones, pues en tal caso no acabarían los problemas. En 1948, cuando se fundó Israel, Ben Gurion estaba incluso dispuesto a aceptar un Estado judío aunque Jerusalén no formara parte de él. ¿Qué puede decirse en la actualidad? Los partidos religiosos están convencidos de que Israel no tiene nada que temer porque Dios acudiría siempre en su auxilio en caso de necesidad.
Los israelíes han estado haciendo el juego a Irán, ávido de que se produzca una nueva intifada, pues ello desviaría la atención de la cuestión de su programa de armamento nuclear y, por tanto, aminoraría la presión internacional sobre Teherán. Netanyahu aceptó suspender la construcción de asentamientos en Cisjordania durante seis meses, plazo que termina el próximo agosto. ¿Y luego?
La situación está más embrollada que nunca. Israel habrá de aceptar un Estado palestino independiente y habrá de aceptar una Jerusalén que deberá compartir con otros. Pero lo hará desde una posición de debilidad, no de fortaleza.

Asesinos rusos en México/Raymundo Riva Palacio

Estrictamente Personal Asesinos rusos en México/Raymundo Riva Palacio El Financiero, septiembre 18, 2026 |  Un comunicado del Departamento d...