El secuestro de la voluntad popular en Nicaragua
La escena de esta mañana nos deja una reflexión profunda sobre los malabares de nuestra política exterior. Eduardo Ortega..- @eduar_ortega-, reportero de El Financiero, puso sobre la mesa una de las declaraciones más cínicas que hemos escuchado recientemente en el hemisferio. El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, anunció sin el menor pudor que en su país ya no habrá elecciones, con la burda excusa de evitar que "llegue la oposición" o "la derecha".
La respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum acudió al manual clásico. Recurrió al histórico escudo de la autodeterminación: "lo que decida el pueblo de Nicaragua", rematando con la afirmación de que México siempre estará de acuerdo con la democracia en todos sus términos.
El discurso suena muy bien, pero aquí hay que detenernos y decir las cosas por su nombre: la pareja presidencial NO es el pueblo.
Confundir los caprichos autoritarios de Daniel Ortega y Rosario Murillo con la voluntad popular es un error trágico.
Cuando un régimen decide por decreto cancelar las urnas para atrincherarse en el poder, no estamos viendo la autodeterminación de una nación; estamos presenciando su secuestro. Ortega terminó convirtiéndose en el dictador contra el que alguna vez luchó, instaurando un régimen familiar donde disentir se paga con cárcel, con el exilio o perdiendo la nacionalidad.
La contradicción es evidente. No se puede respaldar "la democracia en todos sus términos" y, al mismo tiempo, cobijar bajo el manto de la libre determinación a un gobierno que acaba de aniquilar el derecho más elemental de cualquier ciudadano: el derecho a elegir.
El pueblo nicaragüense no decidió cancelar sus elecciones; esa fue la decisión de una pareja a la que, sencillamente, le aterra el veredicto de las urnas.
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