6 ago 2026

De la pólvora a la intimidad: La Madre Conchita y el patriarca cristero

 De la pólvora a la intimidad: La Madre Conchita y el patriarca cristero

A veces, la gran historia nacional —esa de los magnicidios, las sotanas clandestinas y las descargas de fusilería— descansa de pronto sobre la anécdota doméstica, íntima y casi secreta. Así me lo hizo ver J. Jesús López Herrera (Q.E.P.D.), un entrañable amigo michoacano al compartirme un testimonio que raya en el asombro.

Para entender el peso de su relato, es necesario retroceder a los años más convulsos del México postrevolucionario y recordar a una figura histórica hoy casi olvidada, cuyo destino quedó fatalmente entrelazado con el asesinato del presidente reelecto, el general Álvaro Obregón.

Entre el magnicidio y la fe

 Concepción de la Llata y Acevedo nació en Querétaro en 1891. Inclinada desde joven a la vida religiosa, a los 19 años ingresó a la Orden de las Capuchinas Sacramentarias y hacia 1924 asumió como superiora del convento de las Hijas de María, adquiriendo notoriedad pública como la "Madre Conchita". Ese mismo año, tras la implementación de la "Ley Calles", ella y sus subordinadas sufrieron una persecución que las obligó a vivir en la clandestinidad.

La religiosa se especializó en la "dirección de almas". Le gustaba consolar a quienes sufían aflicciones. A principios de 1928, en medio de reuniones a favor del movimiento cristero, conoció a José de León Toral, a quien maravilló con su sencillez y su escandalosa costumbre, para la época, de tutear a todo el mundo. Toral solía llevarle personas necesitadas de orientación. Durante aquellos meses, en alguna plática llegaron a la conclusión de que, para solucionar los problemas del país, debían morir Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón y el Patriarca Pérez. Concepción afirmaría después no recordar dicha plática, pero esto serviría para acusarla como instigadora.

El 17 de julio de 1928, en el restaurante "La Bombilla" de San Ángel, Toral se acercó a Obregón con el pretexto de mostrarle una caricatura y le disparó a quemarropa. Un día después, la Madre Conchita fue capturada y sometida a tormento. Tras un juicio irregular, Toral fue fusilado en Lecumberri y ella fue sentenciada a 20 años de prisión en las Islas Marías.

Para protegerla en el penal, la Santa Sede le concedió una dispensa de sus votos y autorizó su matrimonio civil, por pura apariencia, con otro reo político: Carlos Castro Balda. Tras ser liberada en 1940 por órdenes del presidente Manuel Ávila Camacho, el gobierno les asignó una pensión vitalicia y un departamento en la calle Jalisco, vía que hoy —en una irónica pirueta de la historia— lleva el nombre de Avenida Álvaro Obregón. Ya instalada, el matrimonio dedicó su vida a apoyar a niños otomíes del Valle del Mezquital, labor que le valió reconocimiento y subsidios hasta sus últimos días.

El patriarca de San José de Gracia

 Mientras la Madre Conchita purgaba su condena, en el occidente del país la fe se defendía con sangre. J. Jesús López Herrera me relató que en los años setenta, en el marco de sus responsabilidades en el gobierno de Michoacán, entabló amistad con don Bernardo González Cárdenas en San José de Gracia. Don Bernardo, descendiente de los fundadores de la villa, era un hombre mayor, excombatiente cristero y un auténtico patriarca.

A través de su memoria, resurgía la figura de sus hermanos: Gaudencio y el padre Federico. Este último, convertido en capellán de las fuerzas cristeras, tejió alianzas fundamentales en los pueblos circunvecinos. Pero la persecución callista fue implacable. Obsesionadas con capturar al sacerdote, las fuerzas federales desataron su furia sobre su hermano Gaudencio: arrinconado en una iglesia incendiada en Jiquilpan, su calvario culminó cuando fue brutalmente torturado y colgado de los árboles en el jardín Colón para obligarlo a revelar el paradero del presbítero. Gaudencio guardó el secreto con su vida.

Federico sobrevivió a la Cristiada y promovió el ideal de Cristo Rey hasta su muerte en 1968. Bernardo, el cronista de aquellos días de pólvora, se convertiría en el puente entre mi amigo y la historia.

La visita a la Abadesa 

Un buen día, con motivo de un viaje de trabajo a la Ciudad de México, don Bernardo le hizo a mi amigo una revelación que lo dejó atónito:

"Mire, licenciado, ahora que vamos a la capital, lo voy a llevar a que conozca y vea a la madre Conchita..."

La noticia lo sacudió me comentó mi amigo michoacano.  Sintió que estaba a punto de rozar con las manos un fragmento viviente de la Cristiada. Al caer la tarde, se encaminaron hacia aquel irónico edificio de la avenida Álvaro Obregón. Con paso solemne, don Bernardo le advirtió en el umbral: 

"Va a tener la oportunidad de verla y podrá saludarla, pero no intente hacerle mucha plática; ella es anciana y está muy delicada".

Subieron las escaleras y tocaron en el departamento número 2. Les abrió la puerta el mismísimo Carlos Castro Balda. El interior era una vivienda austera, pulcra, decorada con sobriedad, donde abundaban las imágenes religiosas, arreglos florales y un gran retrato de Pío XII.

Tras unos minutos en la sala, don Bernardo le hizo una seña. La madre Conchita yacía postrada en su lecho, impecablemente arreglada con una pequeña capa de encajes y sábanas de una blancura impoluta, con un gran crucifijo presidiendo la cabecera. Era una anciana de rostro apacible y aire maternal.

La impresión fue profunda. Estaba contemplando a una figura de leyenda que lo miraba con gentileza. Le preguntó su nombre, si era casado, si educaba a sus hijos en la fe católica y si rezaba el santo rosario. Finalmente, lo encomendó a la Santísima Virgen y le impartió su bendición.

Con suma discreción, se retiraron. Ya en la banqueta, camino al hotel, don Bernardo le preguntó con una sonrisa:

"Licenciado, ¿pudo usted percibir un perfume especial al subir las escaleras? Es el aroma de los ángeles que custodian a la madre."

Le respondió afirmativamente, aunque, la verdad sea dicha, no percibió ninguna fragancia extraordinaria (lo cual, desde luego, no invalida la presencia invisible de los celestiales custodios).

Poco tiempo después de aquel encuentro, en 1978, la histórica abadesa partió de este mundo a los 87 años. Su último deseo fue cumplido: la amortajaron con su viejo hábito de monja. Su deceso no ocupó las ocho columnas de los diarios; a lo sumo, mereció una esquela discreta. Don Carlos la seguiría tiempo después, y casi dos décadas más tarde, en 1996, falleció también don Bernardo.

Como testimonio de aquellos años y de su entrañable amistad, don Bernardo tuvo a bien regalarle a mi amigo J. Jesús una auténtica bandera de combate del último tercio del siglo XIX, estandarte que portó el regimiento de Los Josefinos.

 En aquellos días aciagos no existía una enseña propiamente cristera; los alzados echaban mano de lo que tenían en casa, luchando bajo los colores de la improvisación, la pólvora y una fe inquebrantable.


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