19 sept 2026

La teoría del reemplazo innecesario


Stephen Holmes, no habla exactamente de una "teoría del reemplazo innecesario" como un dogma oficial creado por un autor, sino que bautiza con esa frase aguda el núcleo temático del nuevo miedo social: el temor a volverse prescindible, no porque alguien te quite el puesto, sino porque el sistema tecnológico ya ni siquiera considera que valga la pena reemplazarte.

 ¿Hacia dónde crees que nos conduce como sociedad el hecho de que nuestro mayor miedo ya no sea el enemigo extranjero, sino nuestra propia inutilidad frente a la máquina?

La teoría del reemplazo innecesario/ Stephen Holmes,  Professor of Law at the New York University School of Law and the Richard Holbrooke Fellow at the American Academy in Berlin, is the co-author (with Ivan Krastev) of The Light that Failed: A Reckoning (Penguin Books, 2019).

Project Syndicate, Viernes, 18/Sep/2026 

Pocas ideas han llegado tan lejos como la del «gran reemplazo», que postula una sustitución deliberada de las poblaciones autóctonas por inmigrantes. El término lo creó en Francia el escritor Renaud Camus y dio una gramática común al avance del partido Agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia, al largo reinado de Viktor Orbán en Hungría, a Alternative für Deutschland en Alemania y al programa de deportaciones masivas de Donald Trump en Estados Unidos. También estuvo en boca de los perpetradores de las masacres de Christchurch, El Paso, Hanau y Buffalo.

La potencia de la idea es comprensible. Convierte un malestar difuso frente al cambio demográfico en una historia con héroes, villanos, víctimas y soluciones. Dice a los creyentes que los están reemplazando forasteros identificables, y que el proceso se puede revertir. Moviliza a los votantes, porque le pone un rostro al miedo.

Por eso es tan extraño el movimiento que ha surgido en rechazo a los centros de datos. Tres de cada cuatro estadounidenses afirman que están en contra de la construcción de un centro de datos en el lugar donde viven: el 83 % de los demócratas, casi el 80 % de los independientes y dos tercios de los republicanos. En las asambleas legislativas de los estados se multiplican los proyectos de ley para regular, demorar o bloquear esta clase de iniciativas. Gobernadores que antes buscaban atraer inversiones en inteligencia artificial han puesto en pausa el tendido de nuevas conexiones a las ya sobreexigidas redes eléctricas. Sólo Trump, en sus recorridas por el país, sigue instando a los municipios a aceptar lo que sus vecinos rechazan. ¿Cómo se puede explicar esta oposición que trasciende las divisiones partidarias?

A primera vista, los dos temores se parecen. Ambos tienen que ver con el futuro. Ambos implican una idea de que el lugar de uno en el país está en riesgo. Ambos tienen más acogida en las áreas rurales. Y ambos surgen de la convicción de que se están tomando decisiones trascendentales en otros lugares, y que las están tomando personas que no deberán vivir con las consecuencias.

Pero uno de los temores ha sido causa de división de democracias, mientras que el otro ha unido incluso a las más polarizadas. ¿Por qué la inmigración genera bandos rivales, y un gran edificio sin ventanas suscita algo parecido a un consenso nacional?

Una respuesta es que la oposición a los centros de datos tiene un sentido práctico. Ocupan suelo y consumen agua e inmensas cantidades de electricidad. Generan empleo en la construcción e ingresos para el fisco, pero pocos puestos de trabajo permanentes, y las ganancias van a parar a inversores lejanos. Hay también otra respuesta más profunda, que tiene que ver con lo que transmite el edificio. La chimenea de la fábrica de otros tiempos enviaba a los habitantes de un pueblo un mensaje reconfortante, aunque contaminara el aire: aquí se los necesita. El edificio sin ventanas dice que lo único que necesita del pueblo es la electricidad, el agua y un terreno. No dice nada sobre los residentes.

Ese silencio da fuerza a las objeciones prácticas. El centro de datos es la infraestructura visible de una economía que al parecer necesita los recursos de una comunidad, pero a muy pocos de sus miembros. El miedo que provoca no es, en esencia, miedo a ser sustituido. Es el miedo a que ni siquiera valga la pena ser sustituido.

La política de inmigración es una política que tiene que ver con la competencia. Esto otro es una política que tiene que ver con la prescindibilidad.

El primer miedo generaba división política, porque el temor a la sustitución necesita un sustituto identificable. Ese sustituto es una persona, y una persona tiene defensores y tiene detractores. Cuando un partido dice que el inmigrante está ocupando tu lugar, el otro puede señalar a los hijos del inmigrante en la obra de teatro de la escuela y decir: «esto también es el futuro del país». También puede añadir que se necesitan extranjeros para cubrir los puestos de trabajo que los nativos no aceptan y para pagar las pensiones que los nativos esperan cobrar. Lo que para una persona es un rival, para otra es un vecino, un empleado o un niño. El debate sobre la inmigración, por muy encendido que sea, no deja de ser un debate sobre la pertenencia a una sociedad que todavía se imagina como un lugar que necesita seres humanos.

La teoría del «gran reemplazo» identificó un enemigo e identificó una solución. Los vuelos de deportación y los vallados son instrumentos crueles, pero prometen una vuelta atrás. Temer que un forastero te quite el puesto de trabajo implica, como mínimo, dar por sentado que ese trabajo seguirá existiendo. El miedo a la sustitución es el miedo de gente que todavía cree que su sustitución tendría algún valor.

Los centros de datos ponen en duda esa convicción. Son la infraestructura más visible de una economía que conlleva la promesa (o amenaza) de necesitar menos conductores, menos oficinistas, menos traductores, menos vendedores, menos representantes de atención al cliente y a la larga menos profesionales.

¿Qué tipo de orden social presagian esos edificios? El temor que suscitan no es el de quedar en minoría sino el de volverte inútil e inempleable. Presagian una economía de inteligencia centralizada, consumo de electricidad a escala industrial, ganancias remotas y una relación incierta entre lo que aporta una localidad y la parte que se lleva de la riqueza resultante.

La nueva amenaza no tiene etnia ni pasaporte. No se pueden montar redadas contra ella. Lo único que hay es una construcción en las afueras de la ciudad, extrayendo energía para un sistema que al parecer no necesita a la ciudad en absoluto. Por eso el populismo de derecha no puede atribuirse la exclusividad sobre el temor, y por eso el populista que forjó su carrera sobre la base del otro miedo antiguo está inerme frente al nuevo.

Trump podía decir a sus votantes que estaban siendo reemplazados por inferiores. No puede decirles que no vale la pena reemplazarlos. Tampoco puede decirles quiénes son los autores del reemplazo, porque esos hombres estaban a su lado en su ceremonia de asunción al cargo. Los simpatizantes que le creyeron lo que dijo sobre las fronteras ahora no le creen en lo referido al edificio.

¿A quién vas a deportar para recuperar un mundo donde eras necesario? Se puede expulsar a un competidor, pero no existe una solución similar cuando tu trabajo se volvió obsoleto.

Durante buena parte de la historia de los Estados Unidos, la inmigración no obedeció sólo a la guerra, la persecución y los lazos familiares, sino también a la demanda de mano de obra. Las granjas, las fábricas, los ferrocarriles, los hospitales y los hogares necesitaban más trabajadores. Si se contrae la demanda en cada vez más ocupaciones, puede que el muro de Trump termine pareciendo innecesario, no porque los estadounidenses hayan resuelto la disputa sobre la cuestión de la pertenencia, sino porque la economía se habrá vuelto menos dependiente de las personas, venidas de afuera o nativas por igual.

El rechazo a los centros de datos pone en duda la vieja política sin crear todavía certezas sobre una nueva. Su unanimidad no es reflejo de un país que superó la polarización, sino de una amenaza que resiste las clasificaciones partidarias. Un miedo con rostro puede engendrar partidos, adversarios y programas de expulsión. Un miedo sin rostro produce moratorias.

La protesta apartidaria de hoy durará hasta que a la gente le pregunten por el futuro que desea. ¿Se reduce a que el centro de datos se construya en otra parte?

La teoría del «gran reemplazo» fue una mentira que les dijo a sus creyentes que valía la pena quitarles el lugar. El edificio en las afueras de la ciudad no les hace la misma promesa. No viene a quitarles el lugar. No lo necesita en lo absoluto.


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