El botón del Constituyente/
FABRIZIO MEJÍA MADRID
Revista Proceso 2098, 15 de enero de 2017
Desde la primera vez que alguien me dijo “diputado” sentí un hueco. Eran los días posteriores a la elección de 60% de la Asamblea que aprobaría la Constitución del Defe. Sin información del IEDF ni de los partidos, había votado 28% de los electores y no estaba para sentirme muy legítimo. Aunque había participado en una lista, la de Morena, donde había abogados, profesores y artistas notables, la gente entiende una cosa muy contundente por la palabra “diputado”. Mi vecino me encontró en la calle y propuso:
–Yo sé manejar muy bien, diputado –hueco–. ¿Me lleva de su chofer?
Los cercanos se burlaban si me veían una nueva chamarra u otros zapatos: “Ya se te empieza a notar lo diputado”. La quinta o sexta vez que tuve que decir que el puesto de asambleísta era honorífico, que no cobraba un peso, y que iría y vendría a base de recargar mi tarjeta del Metro –la verdadera llave de la ciudad–, me di por vencido tras una sonrisa tensa. Lo demás era tirantez: el proyecto de Constitución del jefe de Gobierno era redactado por “grupos de expertos”, pero nadie sabía qué contenía; la designación de los otros 40 asambleístas también permanecía en secreto; y muchos nos preguntábamos si tanto misterio era la vernácula intención de madrugar o simple ineficacia.

