Adiós a Jesús “Chuchín” Martínez Álvarez (1944-2026)
Por Fred Alvarez Palafox
«Todo tiene su tiempo», advierte el Eclesiastés… Hoy, ese tiempo nos marca la hora de despedir a mi amigo Jesús Martínez Álvarez, “Chuchín” para los afectos más cercanos. A sus 81 años, con su partida se despide también uno de los grandes referentes de la vida pública oaxaqueña; un hombre que supo transitar con destreza entre el gobierno de su estado, la política federal y la intrincada administración de la capital del país.
Su trayectoria de más de cuatro décadas habla por sí sola: fue presidente municipal, gobernador interino de Oaxaca (1985-1986), diputado federal en dos ocasiones, delegado en Venustiano Carranza y secretario general de Gobierno en el entonces Distrito Federal en los tiempos de Manuel Camacho Solís. Fue también secretario general de Gobierno en Oaxaca durante la administración de Gabino Cué (2011-2013).
¿Cómo lo conocí?
Nuestra historia comenzó pasadas las elecciones del año 2000, cuando él era secretario general y uno de los fundadores de Convergencia (hoy Movimiento Ciudadano). Tuvimos la oportunidad de charlar e hicimos clic de inmediato. Era, sin duda, un político con un olfato excepcional.
Recuerdo que entonces me pidió ayuda para organizar una reunión con líderes religiosos; el encuentro se llevó a cabo en el restaurante La Strega y contó con la asistencia de Dante Delgado, y muchos líderes evangélicos.. La charla fue innenarrable, sobre todo lo contado por Dante...
Para 2003, cuando Convergencia refrendó su registro como partido político, Jesús llegó a San Lázaro como diputado federal y coordinador de una pequeña bancada. Me invitó a trabajar con él. Aprendí mucho a su lado en esa etapa y forjamos una amistad de hierro.
La cercanía nos llevó a compartir diversas mesas y confidencias. Recuerdo un par de comidas a las que me invitó con el entonces canciller Ernesto Derbez; el cuarto comensal era José Miguel Monterrubio (q.e.p.d.), jefe de asesores de la Secretaría. Había entre nosotros esa franqueza que solo dan los años.
Una vez, al notarlo exaltado en medio de una discusión, le aconsejé que no valía la pena pelearse con sus amigos políticos. Se me quedó viendo en silencio y solo me dio una palmada en el hombro. Años después, las sabias vueltas de la vida hicieron que fuera él quien me diera exactamente el mismo consejo... y yo, simplemente, le devolví la palmada.
Pero más allá de la política de coyuntura, Jesús tenía inquietudes profundas. Como un apunte entrañable de nuestra etapa en la Cámara de Diputados, recuerdo que me pidió concertar una reunión con el padre Antonio Roqueñí Ornelas (1934-2006). Ambos eran viejos conocidos de los tiempos en que Toño era párroco por rumbos de La Merced y Jesús fungía como delegado en la Venustiano Carranza. El motivo del encuentro era singular: Jesús quería pedirle a Toño que lo apoyara en sus gestiones ante el cardenal primado y despues ante la Santa Sede para, por fin, levantar la excomunión a los Padres de la Patria.
La respuesta de Roqueñí fue una auténtica lección de historia. Le explicó, con paciencia, que ambos curas estaban en paz con la Iglesia y que Hidalgo, de hecho, había muerto en el seno del catolicismo. Detalló que poco antes de ser fusilado aquel 30 de julio de 1811, y tras sufrir su degradación sacerdotal, el cura de Dolores recibió la confesión, la absolución y la comunión para morir en paz, obteniendo así cristiana sepultura.
Roqueñí fue más allá y desmontó el mito: la excomunión original no fue un acto jurídicamente consumado. La facultad de excomulgar estaba reservada a los obispos consagrados y Manuel Abad y Queipo era apenas obispo electo.
El abogado y sacerdote católico le recordó al entonces diputado un momento clave: en 1985, durante el 175 aniversario del inicio de la Independencia, el eminentísimo cardenal Ernesto Corripio Ahumada declaró formalmente que la excomunión contra Hidalgo nunca tuvo validez (un dato que después confirmaría Gustavo Watson Marrón, director del Archivo Histórico del Arzobispado).
¿Y qué pasó con Morelos? Roqueñí le explicó que la sanción también había quedado sin efecto gracias a los testigos que lo escucharon rezar durante su penoso traslado hacia San Cristóbal Ecatepec, y por su emotiva visita a la Capilla del Pocito en la Villa de Guadalupe, donde hasta el día de hoy una placa da testimonio de su paso.
En los últimos años, tras su regreso a vivir a Oaxaca, manteníamos nuestras charlas por teléfono. Y de vez en cuando nos seguíamos viendo aquí en la ciudad, simplemente con el pretexto de tomar un café y desmenuzar la política.
Lo vamos a extrañar. Descansa en paz, querido Chuchín.
Un abrazo solidario a sus familiares y amigos.
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