11 ago 2026

El paso de Hernán Cortés.

Algunas columnas abordan el tema.

La dueña de México/Héctor De Mauleón

El Universal, | 11/08/2026 |

En el marco del Día Internacional de las Comunidades Originarias la presidenta manda renombrar el histórico Paso de Cortés, que atraviesa las faldas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl: el lugar desde el que, acompañado por los aliados indígenas que poco después le ayudarían a tomar la capital del imperio mexica, Hernán Cortés vislumbró por primera vez Tenochtitlan.

Para valorar la memoria de los pueblos que atravesaron por ese camino antes que Cortés, la presidenta manda que se le llame Paso de los Pueblos Indígenas.

Dice Claudia Sheinbaum que los comentócratas que han criticado la necesarísima e impostergable decisión, tendiente sobre todo a desviar la atención de los graves problemas y el tremendo desgaste que enfrenta su administración, “veneran a Hernán Cortés”.

Alega, en cambio, que “nosotros estamos en un momento distinto en la historia de México, de reconocer a los pueblos indígenas, ya reconocidos en la Constitución como sujetos de derecho pleno”, y que ahora “hay que reconocer en la historia”.

La presidenta omite mencionar que en el último reporte trimestral de la Secretaría de Hacienda se le redujeron casi 3 mil millones de pesos al presupuesto aprobado para el desarrollo de estos pueblos que la presidenta quiere honrar, aunque sea solo de palabra.

De acuerdo con datos del Inegi, las comunidades originarias registran los mayores rezagos en infraestructura básica en el país. Pero pueden sentirse contentas, porque Sheinbaum ha ordenado que el célebre paso sea bautizado con su nombre.

A casi dos años de su llegada al cargo, la presidenta actúa como propietaria. Decide qué nombres deben estar en los mapas y manda a su inefable consejera jurídica a que explore posibilidades para que esto se lleva a cabo…

@hdemauleon

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Por decreto, Cortés jamás pasó por ahí

Por Fred Alvarez Palafox..

Hay días en que la política nacional parece moverse por el puro afán de dar la nota o, para ser más exactos, a golpe de ocurrencias. El mítico Paso de Cortés, allá en las alturas de Amecameca donde se miran el Popo y el Iztaccíhuatl —justo en la frontera del Estado de México y Puebla—, dejará de llamarse así. Y poco importa que, en estricto rigor histórico, haya sido precisamente por esa garganta geográfica por donde cruzó el conquistador y sus huestes hace cinco siglos.

Pero ya sabemos que la verdad histórica le tiene sin cuidado a las autoridades.

Ayer, la C. Presidenta Sheinbaum dictó la instrucción de que esa zona pasará a llamarse "Paso de los Pueblos Indígenas". ¿Y cuál fue el gran argumento detrás del borrón? Que los pobladores originarios caminaron por esos rumbos muchísimo antes de que siquiera se asomaran los españoles.

Y para que no quedara duda del fondo del asunto, remató con una confesión ideológica: "Y sí refleja a quién veneramos y a quién no. Entonces, es una propuesta".

¡Órale!

Bajo esa impecable lógica, si el presidente  Trump se da el lujo de querer bautizar como "Golfo de América" al Golfo de México, ¿por qué nuestra Presidenta no habría de rediseñar el mapa nacional a su antojo? Total..

El detalle es que la historia suele ser más terca que las narrativas oficiales. Como bien apunta Héctor Aguilar Camín en un post, los "pueblos indígenas" simplemente no existían como tal en esa época. Esa etiqueta es una categoría abstracta; un falso intento de agrupar en un solo saco a señoríos que no solo eran radicalmente distintos entre sí, sino adversarios mortales de la dominación mexica.

Y a este tema, la Presidenta decidió dedicarle varios minutos de su mañanera. Desmenucemos sus joyas argumentativas, con todo respeto.

De entrada, nos recetó la ineludible falacia del falso dilema. "Y quien se molesta, pues venera a Hernán Cortés, ¿no?  Esa es su referencia.", declaró. 

Sí, en serio lo dijo.

Bajo su lógica, atreverte a cuestionar el borrado de un hito geográfico te convierte, en automático, en presidente del club de fans de Hernán Cortés. O estás incondicionalmente con ellos, o eres un reaccionario colonialista. No hay espacio para los matices.

Luego viene mi joya favorita. Para justificar este repudio a la Conquista, la Presidenta recurre a la máxima autoridad… ¡del Imperio Español! Leyó, muy solemne, un texto de Carlos I de España de 1548. Resulta que la corona que orquestó el sometimiento de Mesoamérica es ahora la fuente moral de la Cuarta Transformación. Un salto triple mortal en la gimnasia histórica.

Y claro, llegamos al bello arte de gobernar por ocurrencia. En pleno acto, en vivo y a todo color, la Presidenta confesó cómo funciona la maquinaria: “Le pedí a Luisa María que viera cómo… dónde tiene que escribirse eso, si es una propuesta, en qué ley tendría que aprobarse”.

O sea, primero  lanza el decreto redentor desde el atril y ya luego le pasamos la bolita a Gobernación para que le busque acomodo legal al capricho. El decreto como estado de ánimo.

¡Qué chingón!

Remató la C. Presidenta con un descubrimiento geográfico sin precedentes: "antes por ahí pasaban los indígenas". 

¡Pues claro, Presidenta! Caminaban por sus tierras. 

Pero esa garganta quedó marcada en la historia universal porque por ahí desfiló un ejército extranjero rumbo a Tenochtitlan. Es como querer cambiarle el nombre al Estrecho de Bering por "El Paso del Frío".

Al final, presumen con orgullo cómo rebautizaron el Árbol de la Noche Triste como la "Noche de la Victoria", la calle Puente de Alvarado como calzada "México-Tenochtitlan", y al mismísimo Zócalo le colgaron el apellido "Tenochtitlan"; todo esto, afirman, "en un reconocimiento de la historia".

Pero borrar al Paso de Cortés o cambiar placas de lámina en las esquinas no cambia el pasado. Lo suyo es, con todo el respeto que merecen, pura censura cosmética: esconder bajo la alfombra de la demagogia los nombres que incomodan, para entregarnos una historia oficial apta para todo público, simplificada, pasteurizada y lista para consumirse en cápsulas mañaneras.

Cómo nos hacen falta las plumas de Renato Leduc y Carlos Monsiváis para retratar todo esto.

Para la historia inmediata.

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El paso de Cortés

JAQUE MATE / Sergio Sarmiento 

 REFORMA, 11 agosto 2026

"Y puedo cambiarte el nombre, pero no cambio la historia". Joan Sebastian

 Cambiar el nombre de un punto de la geografía no resuelve ningún problema, solo demuestra la proclividad del régimen para recurrir a la propaganda.

Este 9 de agosto la presidenta Sheinbaum anunció que cambiará el nombre del Paso de Cortés, un puerto de montaña entre los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl, a "paso de los Pueblos Indígenas... porque por aquí pasaron los pueblos mucho antes". La Presidenta no sabía qué procedimiento utilizar. Ayer le pidió "a Luisa María [Alcalde, directora jurídica de Presidencia], que viera dónde tiene que escribirse eso". El INEGI está a cargo del Registro de Nombres Geográficos.

No es la primera vez que Sheinbaum cambia un nombre por razones ideológicas. Cuando era jefa de Gobierno de la CDMX ordenó que la calle de Puente de Alvarado fuera renombrada Calzada de México-Tenochtitlan y el árbol de la Noche Triste, árbol de la Noche Victoriosa. Es la misma filosofía que llevó a Donald Trump en 2025 a decretar que el Golfo de México se llamara Golfo de América.

Para respaldar su decisión la Presidenta recurrió a un edicto de Carlos I de España de 1548 contra Hernán Cortés que enumeró los abusos del conquistador contra los indígenas. Añadió: "Y quien se molesta pues venera a Hernán Cortés".

Pero no hay que venerar a Cortés para cuestionar la manipulación. Si Carlos I de España condenó a Cortés por sus abusos, ¿por qué sigue Sheinbaum exigiendo una disculpa a la corona española? Los abusos de Cortés están bien documentados, pero también los de mexicas y otros pueblos indígenas. Cortés cruzó el paso que hoy lleva su nombre en noviembre de 1519 con cuatro mil personas, mayoritariamente guerreros tlaxcaltecas. También lo acompañaba Malintzin, la esclava que el cacique Tabscoob le regaló tras la batalla de Centla.

Si hay que quitar el nombre de Cortés al paso entre los volcanes, ¿no habría que cambiar también el de Tabasco porque el cacique tenía esclavos? ¿Tendríamos que abandonar el nombre de México porque los mexicas esclavizaron y sacrificaron a tlaxcaltecas y a otros pueblos? ¿Hasta dónde llegará la Presidenta en su afán de cambiar nombres? ¿Descartará el de Veracruz, porque Cortés la llamó la Villa Rica de la Vera Cruz? ¿Le pondrá Chalchicueyecan, el nombre náhuatl, o preferirá el que usaban los totonacas, el pueblo local sometido por los mexicas?

El problema es que Sheinbaum y la 4T quieren imponer una visión caricaturizada de la historia en la cual los españoles son todos villanos y los indígenas los pueblos buenos que vivían en un paraíso terrenal sin agresiones ni abusos.

Nadie debe ocultar los abusos de Cortés ni de otros conquistadores, pero no podemos cerrar los ojos ante el hecho de que 93 por ciento de los mexicanos somos mestizos, provenimos de una fusión de españoles e indígenas. La misma Virgen de Guadalupe que la Presidenta ha exhibido con orgullo en su vestido no es indígena, sino un símbolo del sincretismo de la religión católica y los cultos indígenas.

Cambiar un nombre no modifica la historia. "¿Qué hay en un nombre?", se preguntaba Julieta, el personaje de Shakespeare. "Aquello que llamamos rosa olería tan dulce con cualquier otro nombre".

Despreciar un pasado rico y vibrante porque surgió de la fusión de dos mundos es francamente antimexicano. No puede uno enorgullecerse de ser mexicano y al mismo tiempo rechazar una parte fundamental de nuestra historia y cultura. "Una vez que conocemos nuestro pasado nos comprendemos", me dijo ayer la historiadora Isabel Revuelta. "No existíamos antes de la llegada de los españoles. Ni existiríamos ahora como somos".

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