9 ene 2007

Stanislaw Wielgus


El Papa Benedicto XVI aceptó este domingo siete de enero la renuncia de monseñor Stanislaw Wielgus, como arzobispo de Varsovia; el motivo: haber colaborado con los servicios secretos comunistas de Polonia. Duro en su cargo apenás dia y medio. Su renuncia fue inxtremis.

En una nota difundida el domingo por la Santa Sede, la nunciatura apostólica en Polonia comunicó que monseñor Wielgus, presentó al Papa "las dimisiones del oficio canónico, de acuerdo con el canon 401 § 2 del Código de Derecho Canónico". El canon dice: "Se ruega encarecidamente al obispo diocesano que presente la renuncia de su oficio si por enfermedad u otra causa grave quedase disminuida su capacidad para desempeñarlo".


Se nombró en su lugar al el cardenal Józef Glemp, primado de Polonia, administrador apostólico de la arquiiócesis de Varsovia hasta nueva indicación, añade la nota emitida por el arzobispo Józef Kowalczyk, nuncio apostólico en Polonia.


Monseñor Wielgus reconoció en una declaración que en su juventud colaboró con los servicios secretos, después de que el viernes 5 de enero se publicara una declaración de la Comisión histórica eclesiástica de Polonia en la que se confirma que la relación del entonces joven sacerdote con la Sluzba Bezpieczenstwa.


El padre Federico Lombardi S.I., director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, emitió el mismo domingo una declaración en la que menciona "que el caso de monseñor Wielgus no es el primero y probablemente no será el último caso de ataque a personalidades de la Iglesia en virtud de la documentación de los servicios del pasado régimen”.


También lo intentaron con el Papa Wojtyla
Joaquín Navarro-Valls, ex director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede desde 1984 a 2006.

Tomado de EL PAÍS, 09/01/07):


El nombramiento y posterior dimisión de monseñor Wielgus y la sensación que ha causado la confesión de su colaboración con los servicios secretos polacos, me han hecho pensar en dos anécdotas que me ocurrieron hace algunos años.


Era el mes de junio de 1988 y me encontraba en Moscú junto al cardenal Casaroli, con motivo de la celebración del Millennium cristiano de Rusia. Habían pasado sólo tres años desde que Gorbachov llegara al poder, Wojtyla y su perestroika aún no era más que una hipótesis. A las 16.30, recibí una llamada en la habitación del hotel Sovietskaya, donde me alojaba. Al principio la voz empezó a hablarme en ruso, pero después, ante mi petición de pasar al inglés, oí que me respondía: “¡Niet!”. Entonces le pedí que me hablara en francés, italiano o español, pero a cada una de mis propuestas la voz repetía: “¡Niet!”. La conversación habría terminado allí si, en ese momento, no me hubiese pedido que hablara en latín. Yo respondí con cierto embarazo: “Intelligo”. Él continuó diciendo: “Ego episcopus ucrainum sum” [Soy un obispo ucraniano].

Me dijo que se llamaba Ivan Markitis. Me explicó que había leído en Pravda un artículo sobre la presencia en Rusia de una delegación católica y que había viajado a Moscú desde Ucrania para reunirse con nosotros. Yo pensé que seguramente el KGB había grabado la llamada. Dos días después Gorbachov nos iba a recibir en el Kremlin, ocasión que fue la primera piedra del recorrido que condujo, un año más tarde, al histórico encuentro con Juan Pablo II en el Vaticano. Luego comprobé el nombre que la persona me había dado y vi que no correspondía a ningún obispo que conociéramos. En ese momento, después de haber reflexionado largo rato, decidí no reunirme con él. Pensé que nuestro encuentro habría supuesto su fin.

También en otra ocasión tuve una experiencia semejante. Era 1995 y yo estaba en Pekín para participar en la Conferencia Internacional sobre la Mujer, organizada por la ONU. En el Palacio de Congresos, donde tenía lugar la iniciativa, se me acercó una joven china, quizá fingiendo ser periodista, que hablaba un inglés muy rudimentario. Me dijo que era católica y que quería informarme de que tres obispos underground [clandestinos] habían sabido de nuestra presencia y querían vernos.
Expliqué a mi interlocutora que nosotros no tendríamos problemas para reunirnos con esos prelados, porque nos protegía el estatus diplomático, pero que esas personas habrían sido detenidas inmediatamente. También en aquella ocasión decidí no mantener ese encuentro.
En definitiva, según he aprendido, también directamente, durante mis estancias en Polonia a principios de los años ochenta, hay que conocer bien la situación de esos mundos para situar los hechos en su justa perspectiva. En este sentido, los motivos que ha dado el nuevo obispo polaco sobre la posibilidad de estudiar en el exterior o de garantizar su propia seguridad personal describen una situación, una lógica, que en ese momento estaba muy difundida en los países del Este. Wielgus nunca habría podido obtener los visados para estudiar en la Universidad de Múnich si no hubiera aceptado el compromiso que le ofrecía el régimen. Y esta condición era común a muchos otros conciudadanos suyos, sacerdotes o no.

En esos países, la situación para muchos sacerdotes y obispos era muy difícil de llevar y muy fácil de explicar: se vivía en una tensión continua entre el heroísmo y el compromiso. Y no era una lucha en la que hubiera que decidir una vez por todas: la decisión debía renovarse al menos cada día y a menudo varias veces al día. Todo dependía del capricho ideológico del poder. Antes de 1957, muchos sacerdotes fueron torturados o desaparecían y eran asesinados. Después de 1957, primero con Gormulka y luego con Gierek, sólo se arriesgaban al ostracismo, la soledad impuesta, la prohibición sistemática de estudiar en cualquier universidad extranjera y la imposibilidad de tener un pasaporte de su propio país.


La percepción de toda esta realidad estaba muy clara también para el hoy más famoso sacerdote de Polonia: Karol Wojtyla. Pero él nunca había aceptado ningún compromiso con el régimen comunista. Hay que decir que tenía una gran ayuda en su extrema pobreza, lo que le hacía inmune a cualquier chantaje: no tenía nada, no le podían ofrecer nada. No deseaba nada; por lo tanto, no se le podía chantajear. Él nunca accedió a implicarse, aunque conocía a fondo las dificultades que había que afrontar para sobrevivir en Polonia.

Se puede decir que, en el fondo, su comprensión de las dificultades del prójimo formaba parte de su profunda espiritualidad, de su profunda libertad y, finalmente, de su misma vida de fe. Su reacción frente a los hechos que veía era un ejemplo de su forma de ser y de su rica experiencia vital, muy comprensiva hacia los demás. “Hay que aprender a perdonar”, me dijo una vez refiriéndose a estos hechos. Y lo decía él, que no necesitaba ningún perdón por las “culpas” de tantos en aquellos años. Y esta actitud para justificar algunas elecciones de esos años permaneció en él también cuando, años después, tuvo que ejercer el perdón en nombre de toda la Iglesia.

Pero él, ciertamente, había elegido otro camino. Wojtyla había vivido en el ecosistema de la mentira institucionalizada, desde el día de su ordenación como sacerdote hasta el de su elección como Papa. Todos los años de su formación y desarrollo de su personalidad habían tenido como humus este ambiente social y cultural. Creo que sólo las características de su persona han sido el verdadero motivo por el que Wojtyla eligió un camino distinto del de tantos otros.

Desde luego, tuvo que recurrir a pseudónimos para publicar sus poesías, sus obras de teatro y sus ensayos de antropología personalista, incluso para realizar su estrategia de enfrentamiento al régimen. Pero no recurrió al anonimato para esconderse o para aceptar subterfugios, sino para poner en práctica con mayor libertad su lucha, centrada en el sentido de la cultura, por la educación y los valores en los que creía, sin tener que exponer pública y oficialmente a la Iglesia a riesgos inútiles.

Su elección “diplomática” fue en el fondo muy poco diplomática, aunque al final se vio coronada por el éxito, por ser portadora de una visión más rica en humanidad. En efecto, el profundo respeto que todos tuvieron a Juan Pablo II, también con ocasión de su muerte, estaba muy ligado a su carisma y a su peculiar forma de ser tan comprensivo hacia los demás, pero tan intransigente en las elecciones fundamentales. Esta actitud la entendían perfectamente también quienes no le amaban: infundía respeto y, al final, admiración. En aquellos años, el cardenal Wyszynski pedía sistemáticamente a los jóvenes sacerdotes que suscribieran un compromiso formal de lealtad hacia la Iglesia en Polonia. A Wojtyla no se lo pidió nunca y Wojtyla nunca formalizó compromisos de este tipo. No era necesario. Wyszynski lo sabía y lo sabían también todos los demás sacerdotes. Y lo sabía él mismo. Una vez le oí hablar, con un velo de ironía, sobre las veces en que le había convocado la policía y sobre los inevitables y frecuentes interrogatorios. Le preguntaban sobre su posición en política, en la sociedad, en la estructura del poder. Él no tenía prisa en sus respuestas. Y hablaba del hombre con una concepción personalista, citando a algunos de los pensadores contemporáneos, pero también la ética de Aristóteles, e incluso la política de Platón. Luego distinguía entre la ética de los valores en Max Scheler y los peligros de un solipsismo que se concretaba en el “reflexionar sobre la reflexión”. Naturalmente, los funcionarios no entendían nada de esos largos monólogos. Al final le dejaban irse: “No es peligroso”, anotaban en sus apuntes. “Y pensaban -me decía años después riendo- que algún día yo habría podido colaborar”.

No es casualidad, por ejemplo, que Karol Wojtyla haya sido el único obispo polaco que obtuvo el pasaporte con el visado para participar en todas las sesiones del Concilio Vaticano II. Al principio, las autoridades polacas pensaban erróneamente que habría cedido y aceptado alguna forma de encuentro con el régimen, y se pasaría, si no a su bando, al menos a una parte gris e intermedia; es decir, a ese ámbito borroso que normalmente llamamos “tierra de nadie”. Probablemente el aparato político había tenido en cuenta la habilidad diplomática y la grandeza de pensamiento del interlocutor, pero desde luego se le escapaba su visión del hombre y sobre todo su libertad espiritual.

Cada vez que se ponían en duda los valores fundamentales, ya no era el momento de discutir sino de afirmar la verdad. Cuando no existe libertad en el aire que se respira, pensaba, la única forma de sobrevivir consiste en no traicionar la verdad que se lleva dentro, porque en la defensa y la protección de la verdad interior está la única forma de libertad que es realmente esencial al ser humano. Wojtyla no sólo decía la verdad, sino que más bien vivía en la verdad: la verdad que el ecosistema totalitario de esos años ahogaba de forma sistemática con la mentira estructurada. Y al ser tan libre interiormente, nunca fue sometido a ninguna esclavitud, ni siquiera a esas formas de pequeña esclavitud que tan comunes eran a su alrededor para, como decían, poder seguir adelante. Escuchando sus narraciones de aquellos años, se tenía la evidencia de la extraordinaria elegancia con la que había llevado el peso que de una u otra forma todos soportamos: el peso de ser hombres. El valor y la coherencia hasta el heroísmo, como todos sabemos, son virtudes, y no todos disponen fácilmente de ellas.

Por esto, y sobre todo por ese “hay que aprender a perdonar” que más de una vez escuché a Juan Pablo II al referirse a aquellos años, creo que la mayor dificultad consiste no en juzgar -empresa siempre arriesgada- sino en comprender. O al menos en intentar comprender. Lo que no excluye la admiración y quizá también la gratitud hacia quienes, en la ambivalencia entre la comprensión y el heroísmo, han elegido el camino de la verdad.

THe Arzhbishop´s Bargain-an Poland´s/
By Anne Applebaum

THE WASHINGTON POST, 09/01/2007);


Like so many other scandals, this one unfolded in a pattern at once familiar and depressing. First there was an unsubstantiated leak in a somewhat marginal weekly; then a denial. Then there were more substantial leaks in more mainstream media; then more denials. Then, all at once, there were behind-the-scenes maneuvers, interventions at high levels and, finally, at the last possible minute, a resignation.
But this scandal had a few twists: Instead of a politician, the authority figure in question was the newly appointed archbishop of Warsaw, Stanislaw Wielgus. Instead of political hacks, the behind-the-scenes maneuvers featured Pope Benedict and high-ranking priests. Instead of sex or money, the scandal revolved around the archbishop’s alleged collaboration with communist secret police in the 1970s. And instead of announcing his resignation at a news conference (customarily with a supportive wife weeping softly in the background), the archbishop made his surprise speech during the Mass celebrating his new appointment.
Surely this could have happened only in post-communist Poland. Where else would millions be avidly watching the live broadcast of an archbishop’s inaugural Mass? Where else would absolutely everyone — from officials in the Vatican to the national archives to the presidential chancellery — be leaking like a giant sieve? There are no secrets in Warsaw, a city that, not unlike Washington, often feels more like a village than a metropolis.

Coming now, more than two years after Poland’s accession to the European Union, this little morality play also usefully illustrates the weird crossroads at which the citizens of formerly communist Europe find themselves. On the one hand, many have absorbed the Western “normality” to which they so long aspired. Warsaw dinner parties that once ended in gloomy discussions of the Yalta agreement now feature lively discussions of property prices, just as in London or Paris. Supermarket chains sell the same products in Poland as in Germany or France. The same range of media exists here, too, everything from satellite television to scandal-driven tabloids to newspapers with serious foreign coverage. The media here act with enormous speed, also just as everywhere else. For all its attempts at modern media-friendliness, even the Catholic Church couldn’t keep up with its rapidly reported leaks.

Yet even in this city of new office buildings and 24-hour news, there is no escaping the past. Behind this scandal, there are layers upon layers of it, starting with the still-open and still-bitter debate about the compromises people made in the communist era. The archbishop’s past collaboration was in some ways very typical. Intelligent and ambitious, he wanted to study abroad. The secret police told him that in exchange for a passport, he would have to report what he heard when he got there. He apparently agreed. Many others, offered the same deal, did not agree — and as a result they did not study abroad, and possibly did not advance as far in their chosen professions as Wielgus did in his. Some of them are still angry about it.

It is true, of course, that the archbishop has said that he “never informed on anyone and never tried to hurt anyone.” It is also true that nothing negative about him has been proven: This was trial by media, not a balanced judgment. The documents that would clarify the extent of his collaboration, one way or another, apparently no longer exist. But their absence is also a historical legacy, this time from 1989, when the last communist chief of the secret police — who remained in charge rather longer than is generally remembered — destroyed most of the files concerning church officials and possibly those of other public figures, too. Odd though it sounds, in some ways the memory of 1989 bothers Poles more than the memory of the 1970s. Certainly the deals done at that time — political power for the former dissidents in exchange for amnesty for the former rulers — laid the foundations for the country’s perpetual bad mood.

Contrary to some Western reporting, the first Polish post-communist governments did not conduct significant investigations into the affairs of their predecessors. At the same time, laws that neatly allocated shares in privatized factories to their former managers — thus allowing communist cadres to transform themselves into capitalist owners — were allowed to remain in Poland, as they were in Russia, Hungary and elsewhere. Thanks to those shady privatizations, the former ruling class became rich in the 1990s, and their former opponents did not. Hence the generalized gloom, which has never been justified by the economic statistics, and the prevailing sense that justice was not done. Hence the lack of tolerance for archbishops who made mistakes as younger men.

It isn’t going to go away anytime soon, this discussion of Polish communism and post-communism, and perhaps it shouldn’t. After all, Germans are still talking about the Third Reich; Americans were still talking about slavery and segregation when Trent Lott resigned from the Senate majority leadership. Maybe these overheated arguments about things that happened 30 years ago are a sign that Poland has, at last, truly joined the West

8 ene 2007

Husein el último de su categoría

Sadam Husein: el último de su categoría/Ian Buruma, escritor holandés. profesor de Derechos Humanos en el Bard College. Autor de Crimen en Amsterdam: El asesinato de Theo van Gogh y los límites de la tolerancia

Publicado en El País, 08/01/2007;Traducción de M. L. Rodríguez Tapia

Incluso los que han criticado su forma de morir estarán de acuerdo en que Sadam Husein era brutal. Pero era brutal y curiosamente anticuado. Es posible que no volvamos a ver a alguien como él. La muerte de Sadam no significa el final de las dictaduras, por supuesto, pero quizá sí el final de cierto tipo de dictadura cuyos símbolos y aditamentos eran típicos del siglo XX y ahora resultan tan desfasados como, por ejemplo, los cigarros y los sombreros de Winston Churchill, que ya en su día desprendían un aire peculiar y decimonónico.
Como todos los dictadores, Sadam era una especie de urraca a la hora de promocionarse: utilizaba cualquier cosa que tenía a mano. Aparecía con frecuencia con uniforme militar (pese a que, como la mayoría de los dictadores militares, nunca luchó verdaderamente en combate) y le gustaba pavonearse disfrazado de gángster, con traje de raya diplomática y disparando tiros al aire. Para mostrar su faceta panarabista, se presentaba como Saladino, el general musulmán que liberó Jerusalén de los cruzados en 1187. Cualquiera que aspire a dirigir a todos los árabes tiene que ponerse el manto de Saladino, aunque éste, en realidad, era kurdo. Claro que, por suerte para Sadam, Saladino había nacido en Tikrit, como él.

La imagen de Saladino con los rasgos de Sadam, haciendo cabriolas en su caballo blanco y blandiendo la cimitarra, puede parecer absurda, pero es menos anticuada que los uniformes militares y los trajes chillones al estilo de Chicago. No hay nada más pasado de moda que las modas de ayer mismo. El déspota con uniforme caqui es un producto de principios del siglo XX, cuando cayeron los viejos imperios y surgió la amenaza del caos. Los modos tradicionales de gobernar y los cultos de siempre fueron barridos por unos personajes marciales que prometían un nuevo orden, disciplinado y, a menudo, agresivamente laico. Los dictadores fascistas y los comunistas, tan diferentes en muchas cosas, tenían un estilo semejante. A Sadam le fascinaba Stalin, pero la dictadura de su partido, el Baaz, pese a llamarse socialista, había tomado prestados muchos elementos del fascismo.
Los imperios en declive eran en su mayoría, especialmente a mediados del siglo XX, imperios coloniales, y los tiranos de uniforme procedían muchas veces de las luchas antiimperialistas, pese a que, como Idi Amin o el emperador Bokassa, habían sido soldados en los ejércitos coloniales. El tío y mentor de Sadam Husein, Jairullah Tulfah, fue un opositor fanático al colonialismo británico. Fue él quien alentó a Sadam a convertirse en Saladino.

La imagen de gángster, tan pintoresca ya como el uniforme caqui, remite a una idea romántica del proscrito que lucha contra los ricos y poderosos para favorecer a los pobres. El presidente Mao devoraba libros sobre los Robin Hood tradicionales en China, y el propio Stalin era un rufián de Georgia antes de dedicarse a la política. El déspota típico del siglo XX era un populista que aseguraba dirigir a la gente corriente contra los plutócratas, los aristócratas y los empresarios ávidos como sanguijuelas. Algo muy parecido a Sadam Husein.

En esta era de militancia religiosa y capitalismo global, el revolucionario de uniforme del siglo XX se ha vuelto un anacronismo. Fidel Castro está muriéndose. Su mayor admirador, Hugo Chávez, se permite aún el lujo de emplear una retórica revolucionaria a la vieja usanza, pero es una pálida imitación. Incluso los autócratas africanos, en su mayoría, se parecen ya más a unos banqueros untuosos que a unos guerrilleros o unos jefes militares. Tal vez los dictadores del siglo XXI sean ayatolás y sumos sacerdotes. Lo más probable es que sean magnates sedientos de poder. El nuevo modelo de poder y eficiencia no es el general ni el guerrillero, sino el presidente de una empresa.
Estamos presenciando, como en los años treinta, el eclipse de las clases dirigentes tradicionales. Los burócratas europeos, casi aristocráticos, son objeto universal de miedo y antipatía, y los políticos de nuestras cansadas democracias parlamentarias no inspiran mucha más confianza. Los racistas y extremistas de otras clases obtienen cada vez más votos en Polonia, Francia, Holanda, a expensas de la burguesía media. Sin embargo, resulta improbable que mucha gente quiera verdaderamente ver a personajes como Jean Marie Le Pen en el poder. Son demasiado groseros.
Es más atractiva la figura del rico hombre de negocios, el “político directivo”, el supermánager, que promete hacer por su país lo mismo que ha hecho antes en beneficio propio. Como bien entendió Hitler, la comunicación de masas es fundamental para hacerse con el poder absoluto. Los autócratas modernos tienen que ser magnates de los medios de comunicación y, como proveedores contemporáneos del pan y circo, suelen ser dueños de uno o dos clubes de fútbol. Hitler también supo ver que la comunicación de masas se apoya en el espectáculo, la seducción y la capacidad de adormecer o acallar las discrepancias mediante sonidos embriagadores.
Podemos ver los esbozos de las dictaduras del futuro, no en rincones remotos de África o Latinoamérica, sino dentro de nuestras propias democracias. No quiero decir que nuestras democracias vayan a convertirse en tiranías, sino que las técnicas que sirven para vendernos a nuestros líderes tendrán pronto su copia en sistemas que luego no permitirán votar para librarse del tirano. El triunfo de Silvio Berlusconi en Italia fue un presagio de lo que se avecina. Este ex cantante supo exactamente cómo seducir a su público con una mezcla de propaganda y espectáculo en todos sus canales de televisión y con la sugerencia de que él, un magnate más macho que nadie, era capaz de hacer cosas a las que los simples políticos no podían ni aspirar.
Si los déspotas del siglo XX, como Hitler, Stalin y Sadam, consideraban que las creencias religiosas tradicionales eran obstáculos a sus fantasías modernistas, el político-directivo autocrático puede estar más dispuesto a controlar la religión para su causa. La alianza del cristianismo evangélico y el capitalismo de empresa en Estados Unidos señala ya en esa dirección. En el futuro, como ha ocurrido siempre, los tiranos adoptarán el aspecto que haga falta para triunfar, pero, sean quienes sean, hay muchas más probabilidades de que se parezcan a Richard Branson o Donald Trump que a Sadam Husein.

6 ene 2007

Husein ante la Historia

Diario de Beirut
Espejismos de Oriente

  • Sadam Husein, ante el tribunal de la Historia/Tomás Alcoverro
Tomado de La Vanguardia, 01/01/2007);

En mis tres largas décadas de trabajo de corresponsal, he asistido a las honras fúnebres del 'rais' egipcio Gamal Abdel Nasser, de su sucesor Anuar el Saddat, del rey Hussein de Jordania, del presidente sirio Hafez el Assad y de Yaser Arafat, que dirigió la precaria Autoridad Nacional Palestina.
Fueron poderosos estadistas que marcaron, indudablemente, la historia contemporánea poscolonial de sus pueblos. El ex presidente iraquí Sadam Husein ha sido el primer gobernante ajusticiado por un tribunal de su país, bajo dominación extranjera, en esta región del Oriente Medio. Su entierro humillante, su entierro de vencido de la historia, será conmovedor para millones de árabes.
Este hombre que había nacido en 1937 en la pobre aldea de Aewja cerca de Tikrit, patria del legendario Saladino conquistador de Jerusalén, que con Nabuconodosor, el que expulsó a los judíos de Babilonia, constituyeron sus heroicas imágenes a imitar; este hombre que, sin duda, empujó con su partido Baas al Iraq hcia el desarrollo con la nacionalización de sus yacimientos de petróleo, en la década de los setenta, hacia la modernización con sus programas agrarios, culturales y también de industria de armamento, fue, además, el que condujo a su pueblo a guerras interminables en Irán, en Kuwait, con los EE UU y sus aliados, y le sometió a la cruel dominación de sus omnipotentes servicios de seguridad que se ensañaron con los rebeldes chiíes y kurdos de la Republica.
Sadam Husein Al Takriti, nombre de su potente clan suni, fue un niño pobre que iba con los pies desnudos a los campos del ejido, un niño huérfano a quien educó su tío paterno, que le envió a Bagdad. Sus biógrafos narran sus años de adolescente, perdido por las calles de la capital, ganándose el pan como vendedor ambulante o servidor de cafeterías, antes de convertirse en matón de barrio, en jefe de bandas armadas, en duro militante del Baas. "Sadam Husein como persona puede ser unica, quiza diabólica, -ha escrito Said K. Aburish- pero ha sido un verdadero hijo de Iraq".
La antigua Mesopotamia es una tierra de bárbaras luchas tribales, de costumbres sanguinarias y de venganzas ancestrales. Si, por ejemplo, los golpes de estado de Egipto, de Siria, no fueron mortíferos, los que se perpetraron en Iraq se convirtiueron en baños de sangre. Sadam Husein, que fue nombrado presidente de la república en 1979, sucediendo a Al Bakr, ha dominado sobre su heterogénea población de suníes, chiíes, kurdos, cristianos, durante casi tres décadas con la fuerza de sus terribles agentes o 'mukhbarats', con el poder de su clan que manteníaa como superestructura ideológica un Baas, originalmente lacio, socializante y panarabista, hasta que fue derrocado por la invasion de los EE UU. y sua aliados en el invierno del año 2003.
Difícil será esclarecer, valorar con independencia su acción de gobierno, condenada sobre todo por los chiíes y kurdos, víctimas de su represión cruel, de sus genocidios y crímenes contra la humanidad, y combatida por los EE.UU. y las naciones aliadas que le acusaron de acumular armas de destrucción masiva y de desafiar la seguridad del mundo, para emprender su guerra de invasión. Con creces se demostro que estos argumentos fueron completamente falsos. El régimen de Sadam Husein no escondía amenazadoras armas atómicas ni bioquímicas, ni se había aliado a la organización terrorista de Al Qaeda, como pretendía la administración Bush. Quizá el tema más polémico de su política fue la malhadada invasión de Kuwait en agosto de 1990 , que destapó la caja de Pandora de todas las calamidades y horrores que se han ido precipitando sobre el inocente pueblo iraquí.
La ocupación de Kuwait ha sido siempre justificada por los anteriores gobernantes de Bagdad, tanto por el rey Ghazi en 1931 como por el coronel Kassem en 1958, por considerarla una reivindicación nacional de un territorio arrancado por los colonialistas británicos.
El drama de Iraq es haber sido un estado artificial, configurado como otros paises del Oriente Medio, en la época colonial británica y francesa, tras la derrota del imperio otomano. La invasion del rico emirato petrolífero de Kuwait conviritió a Sadam Husein, hasta entonces aliado de los EEUU y de las naciones de Occidente como Francia, en su larga y mortífera guerra de ocho anos con la república Islámica de Irán, en su peor enemigo que había que destruir. Después de la imposición de las garantías internacionales de la ONU que aplastaron a la población civil sin hacer gran mella en el régimen, el presidente George W. Bush decidió declararle la guerra total, al amapro de su cruzada contra el terrosimo internacional, concluyendo la acción armada emprendida por su padre en 1991.
Sadam había sentido gran admiración por Stalin, cuyos libros leía. En sus suntuosos palacios de Bagdad, en su el museo dedicado a su gloria, se revelaba su megalomanía y el descomunal culto a la personalidad que había impuesto. Pero tambien algunos de sus biógrafos han relatado que a menudo dormía en un camastro a lo castrense, rodeado de tratados políticos y de innumerables pares de zapatos relucientes y que evocaba cariñosamente, a aquel judío de Bagdad, a aquel portero de una casa del Cairo que en su juventud, le habían ayudado y tratado con afecto. La captura y muerte en manos de los marines estadounidenses de sus hijos Uday y Qusay, y su propia captura y detencion de hace tres años en un zulo cerca de Tikrit tuvieron que sumirle en una gran humillación.
Pero durante las audiencias de su proceso, de su primer poceso por la matanza de chiíes en el norte de Iraq, Sadam Husein todavía pretendía seguir siendo el presidente de la república. Algún día, no ahora, la Historia le juzgará.

Homo urbanus



  • "Homo Urbanus", ¿celebración o lamento?/Jeremy Rifkin, autor de La era del acceso: la revolución de la nueva economía; (Paidós); es presidente de la Fundación sobre Tendencias Económicas de Washington.

Tomado de EL País, 06, /01/2007);

Traducción de News Clips

El año 2007 será un gran hito en la saga humana, con una magnitud similar a la era agrícola y la revolución industrial. Según Naciones Unidas, por primera vez en la historia la mayoría de los seres humanos estarán viviendo en grandes zonas urbanas con poblaciones de 10 millones de habitantes o más. Nos hemos convertido en el Homo urbanus.

El fenómeno de millones de personas apiñadas y amontonadas unas encima de otras en gigantescos centros urbanos es nuevo. Recordemos que, hace 200 años, una persona normal de la Tierra habría conocido entre 200 y 300 personas en toda su vida. Hoy, un habitante de Nueva York puede vivir y trabajar entre 220,000 personas en un radio de 10 minutos de su casa u oficina en el centro de Manhattan.

Sólo una ciudad en toda la historia -la Roma antigua- contaba con una población de más de un millón de habitantes antes del siglo XIX. Londres se convirtió en la primera ciudad moderna con una población de más de un millón de personas, en el año 1820. En la actualidad, 414 ciudades poseen una población de un millón de habitantes o más, y no se atisba el fin del proceso de urbanización, ya que nuestra especie está creciendo a una velocidad alarmante. Cada día nacen en el planeta 376,000 personas. Se espera que la población humana alcance los 9,000 millones en 2042, la mayoría de los cuales vivirán en densas zonas urbanas.

Mientras la raza humana dependió del flujo solar, los vientos, las corrientes y la energía animal y humana como sustento vital, la población se mantuvo relativamente baja para adaptarse a la capacidad de carga de la naturaleza: la capacidad de la biosfera para reciclar residuos y reponer recursos. El punto de inflexión se produjo con la exhumación de grandes cantidades de energía solar almacenada, primero en forma de depósitos de carbón, y luego, petróleo y gas natural bajo la superficie terráquea. Aprovechados por el motor a vapor y más tarde por el motor de combustión interna, y convertidos en electricidad y distribuidos a través del tendido eléctrico, los combustibles fósiles permitieron a la humanidad crear nuevas tecnologías que aumentaron de manera espectacular la producción de alimentos, los artículos manufacturados y los servicios. El incremento de la productividad derivó en el crecimiento desenfrenado de la población y la urbanización mundial.
No es sorprendente que nadie esté realmente seguro de si este profundo punto de inflexión en las modalidades de la vida humana debería celebrarse o lamentarse, o si simplemente deberíamos dejar constancia de él. Ello se debe a que nuestra población en aumento y nuestro estilo de vida urbano se han comprado a expensas de la desaparición de los grandes ecosistemas y hábitat de la Tierra. El historiador cultural Elías Canetti comentaba en una ocasión que cada uno de nosotros es un monarca en un campo de cadáveres. Si nos detuviéramos por un momento y reflexionáramos sobre el número de criaturas y recursos de la Tierra que hemos expropiado y consumido en nuestra vida, nos horrorizaría la carnicería y la explotación que han sido necesarias para garantizar nuestra existencia.

El hecho es que las grandes poblaciones que viven en megaciudades consumen cantidades ingentes de energía del planeta para mantener sus infraestructuras y su flujo diario de actividad humana. Para poner esto en perspectiva, sólo la Torre Sears, uno de los rascacielos más altos del mundo, utiliza más electricidad en un día que una ciudad de 35,000 habitantes. Y lo que es todavía más increíble: nuestra especie actualmente consume casi un 40% de la producción primaria neta de la Tierra, aunque sólo constituimos un 0,5% de la biomasa animal del planeta. Las demás especies tienen menos para consumir. La otra cara de la urbanización es la estela que dejamos en nuestro camino hacia un mundo de edificios de oficinas de 100 plantas, torres de viviendas y paisajes de cristal, cemento, luz artificial e interconectividad eléctrica. No es casualidad que mientras celebramos la urbanización del mundo, nos aproximemos rápidamente a otro hito histórico: la desaparición de la naturaleza. El crecimiento de la población y el consumo de comida y agua, la ampliación de las carreteras y los ferrocarriles, y la expansión urbana siguen invadiendo la naturaleza y la abocan a la extinción.

Nuestros científicos nos dicen que a lo largo de la vida de los niños de hoy, la naturaleza desaparecerá de la faz de la Tierra tras millones de años de existencia. La autopista transamazónica, que cruza toda la extensión de la selva del Amazonas, está acelerando la devastación del último gran hábitat natural. Otras regiones naturales, desde Borneo hasta la cuenca de Congo, están mermando rápidamente cada día que pasa, y abriendo camino a unas poblaciones humanas cada vez mayores que buscan espacio y recursos para vivir. No es de extrañar que, según el biólogo de Harvard E. O. Wilson, estemos experimentando la mayor oleada de extinción masiva de especies animales en 65 millones de años. Actualmente perdemos por la extinción entre 50 y 150 especies al día. En 2100, dos terceras partes de las especies restantes de la Tierra probablemente se habrán extinguido.
¿Adónde nos lleva todo esto? Intenten imaginar 1,000 ciudades de casi un millón de habitantes o más dentro de 35 años. Nos deja helados y es insostenible para la Tierra. No quiero ser aguafiestas, pero quizá la conmemoración de la urbanización de la raza humana en 2007 podría ser una oportunidad para replantearse nuestra manera de vivir en este planeta. Sin duda, hay mucho que aplaudir de la vida urbana: su rica diversidad cultural, sus relaciones sociales y la densa actividad comercial. Pero es una cuestión de magnitud y escala. Debemos reflexionar sobre la mejor manera de reducir nuestra población y desarrollar entornos urbanos sostenibles que utilicen con mayor eficacia la energía y los recursos, que sean menos contaminantes y que estén mejor diseñados.
En resumen: en la gran era de la urbanización hemos aislado cada vez más a la raza humana del resto del mundo natural en la creencia de que podríamos conquistar, colonizar y utilizar la rica generosidad del planeta para garantizar nuestra completa autonomía sin consecuencias funestas para nosotros y para las generaciones futuras. En la próxima fase de la historia humana tendremos que encontrar un modo de reintegrarnos en el resto de la Tierra viviente si pretendemos preservar nuestra especie y conservar el planeta para las demás criaturas.

Dos años en la blogsfera


Este seis de enero esta bitácora cumple dos años de estar presente en la blogfera.
Hay alojados casi 1000 textos de todo tipo. Mios son comentarios en la radio, algunas reflexiones y también hay muchos textos "prestados"; además, he reproducido algunos debates que se han dado en el Congreso, tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados. Además seleccioné parte de las conferencias de prensa de los principales candidatos a la presidencia de la República.
Debo decir también que he puesto en el sitio alguno artículos de autores destacadas que creo que deben ser compartidos; y lo he hecho, porque algunos de ellos no están disponibles, sólo para suscripores.
Por cierto uno de esos autores -escribe en El País- me escribió desde Europa para decirme que le deba gusto que haya reproducido su artículo, y que de vez en cuando consultaría esta bitácora. Le agradecí el gesto.
Las primeras líneas que coloque la denomine: Los Etnocaceristas del Perú, el caso de los hermanos Humala. Se trató de aquél brote subversivo que le estalló al al gobierno peruano de Alejandro Toledo el último día del 2004, cuando un grupo de 150 exmilitares ultranacionalistas tomaron violentamente la comisaría de Andahuaylas. El motivo de la revuelta: solicitar la renuncia del presidente. En la acción perdieron la vida cinco personas y 14 resultaron heridas.
Me llamó la atención porque de repente lo relacione con México, concretamente con Chiapas y con el subcomandante Marcos.
Por cierto tuve un sólo lector: mi hijo Fred Alberto.
¡Creo que valio la pena! El, junto con 99 personas más siguen consultando esta bitácora que hoy cumple dos áños.
También por este medio me reencontrado con varios viejos amigos.
¡Buen años a todos!

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