El Mundo, Viernes, 04/May/2018
“Pero detrás del desafío terrorista, que absorbía toda la atención, se estaba librando otro combate más hondo de naturaleza nacionalista. Además de sus comandos clandestinos, el terrorista ha contado con numerosos representantes civiles; y, junto a su aparato militar, ha dispuesto de otro político e ideológico. Derrotado policialmente, ¿no habrá salido, sin embargo, ganador en estos otros combates? Eludir esa pregunta sería prueba de complacido simplismo o de cobarde escapada; a la postre, de rendición”. La pregunta de Aurelio Arteta en un artículo de 2014 es especialmente pertinente ahora que ETA despliega un espectáculo mediático anunciando su final. Pero ETA no finaliza, pues su terrorismo no consistió solo en esa violencia física que cesó en 2011, sino también en la psicológica y política que coaccionó y aterrorizó a ciudadanos no nacionalistas durante décadas y que todavía hoy condiciona sus vidas. El terrorismo etarra no ha tenido un coste político para el nacionalismo ni para un partido como el PNV, que fue definido como “parásito objetivo de ETA” y que ha impuesto su hegemonía política, social y cultural. Pero sí ha tenido para sus víctimas implicaciones políticas ignoradas en este engañoso final. La organización terrorista seguirá presente a través de quienes ya han sido perdonados por los últimos Gobiernos de nuestra democracia y una significativa parte de la sociedad. Como escribió Mikel Azurmendi en 2017, “las instituciones del Estado y los partidos políticos democráticos no han sido capaces de que el terrorista con múltiples asesinatos haya sido juzgado políticamente”.




