¿Cómo fueron los hechos del sábado en Colima?
Por Fred Alvarez Palafox
Lo que vimos en Colima durante el segundo informe de la presidenta Claudia Sheinbaum es el retrato perfecto de una contradicción muy nuestra: el choque frontal entre la liturgia inmaculada del mitin oficial y la rabia cruda, legítima, que respira a ras de suelo en el territorio.
Sobre el pasto sintético de aquella unidad deportiva —metáfora involuntaria de la artificialidad del evento— se montó la escenografía clásica del poder. De un lado de las vallas operaba la maquinaria corporativa, perfectamente aceitada: el ondear monótono de las banderas del SNTE, los contingentes disciplinados de la CROC y los operadores locales moviéndose al compás de Rosa María Bayardo, la virtual candidata a la gubernatura. Y para rellenar el cuadro, filas interminables de beneficiarios de programas sociales; un público cautivo listo para soltar el aplauso en el segundo exacto.
Pero del otro lado del cerco metálico respiraba esa realidad terca que se niega a encajar en el guion del templete. Unas 300 personas de rostros curtidos por el sol y el salitre —pescadores, salineros, vecinos y defensores del movimiento Salvemos Cuyutlán— que no buscaban la foto de rigor ni la condescendencia oficial. Llegaron para soltar una verdad incómoda que terminó rasgando la acústica del evento.
Con la voz desnuda y la rabia como única defensa, advertían a gritos que la inminente ampliación del Puerto de Manzanillo no es progreso; es una condena. Denunciaban que dragas y concreto devorarán el equilibrio de su laguna, asfixiando sus redes, sus salinas y las fuentes de vida que han sostenido a sus familias desde mucho antes de que se inventaran los mítines.
El contraste era absoluto: la disciplina plástica del aplauso chocando de frente contra la urgencia vital de quienes defienden su pedazo de tierra.
La tensión obligó al micrófono presidencial a intentar administrar el descontento. En un inicio, la Presidenta quiso envolver el reclamo en el viejo manto democrático de las mayorías, con un tono casi festivo.
—Sé que por ahí hay unas personas con demandas. Leo ahí una manta... voy a poner a votación para que me escuchen. La democracia es lo que opine la mayoría, ¿verdad?, soltó desde la tarima.
Ante la resistencia del ruido y la angustia de los manifestantes, la tolerancia oficial bajó de temperatura. La petición de guardar las mantas mutó rápido en reprimenda escolar. Si la mayoría levantaba la mano para continuar, los que exigían ser escuchados pasaban, por decreto, a ser "irrespetuosos". A cambio de su silencio, se les aventó la promesa de atenderlos al finalizar el acto.
El guion intentó retomar su cauce ahogando la protesta con la retórica de cajón: las transformaciones históricas, una iniciativa sobre la nacionalidad presidencial y el fantasma de Vicente Fox en reunión con Alito.. Pero la disidencia no cedía. La desesperación institucional se hizo física cuando un elemento de seguridad forcejeó, sin éxito, intentando arrebatarle el megáfono a Yani Valencia.
Y entonces resonó en el graderío un eco difuso y lapidario: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!
Nadie supo con certeza si el grito buscaba expulsar a los inconformes o a la propia investidura presidencial. Lo evidente, fue el rostro desencajado allá arriba. La Presidenta retomó el micrófono, ahora con la irritación asomándose en cada sílaba, y dictó sentencia:
—Vamos a continuar. Hagan de cuenta que no están. Son muy irrespetuosos. Así es el PRIAN, seguro de infiltrados... Porque si fuera una demanda legítima, estarían de acuerdo en reunirnos.
El mitin-informe terminó refugiándose en la coreografía de costumbre, esa zona segura a la que se acude cuando la realidad incomoda. Desde las primeras filas, los corifeos lanzaron el salvavidas de siempre: "¡No estás sola!". Ella lo tomó al vuelo para sellar la escena. "¡Claro que no estoy sola, y el pueblo tampoco!", respondió. Aseguró que gobierno y pueblo son un ente indivisible, despachó las vivas patrióticas de rigor y remató la tarde aferrándose al mantra oficial: "amor con amor se paga".
Sin embargo, el epílogo se escribió con la crudeza de los hechos: la Presidenta se marchó sin atender a los disidentes. La promesa de escucharlos se quedó ahí, botada sobre el pasto sintético, aplastada por la prisa del pragmatismo político.
Yani Valencia y las decenas de voces que la acompañaron no son, hasta donde alcanza el arraigo local, piezas de un complot. No hay infiltrados, ni credenciales opositoras bajo sus gorras de trabajo. Yani es una activista colimense que, ejerciendo sus libertades, decidió protestar sin intermediarios. Por eso, por saltarse la valla oficial, se convirtió en la nota incómoda de un evento diseñado para el autoelogio.
El saldo no fue el diálogo prometido, sino el jaloneo sordo y la estigmatización pública. Cuando desde el poder se acusa de saboteadores a los ciudadanos para evadir una crisis medioambiental, la narrativa de la transformación se agrieta. Si el discurso asegura que "el pueblo no está solo", la imagen de un guardia forcejeando con una defensora del entorno deja una pregunta flotando en el aire:
¿Quién fue aquí el verdadero agresor? ¿La mujer que grita desesperada para que no sepulten su vida bajo el concreto, o la maquinaria del Estado que responde con empujones y etiquetas políticas?
La tarde dejó un sabor muy amargo. La "Presidenta de todos los mexicanos" se marchó entre aplausos ensayados, pero los defensores de Cuyutlán se quedaron ahí, tragando saliva, comprobando que el poder, acorralado por el ruido, prefiere inventarse enemigos imaginarios antes que sostenerle la mirada a la rabia genuina de su propia gente.
¡Para la historia inmediata!
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