Un adiós histórico en Bellas Artes.; Cárdenas a la Rotonda--
Por Fred Alvarez Palafox
El mármol del Palacio de Bellas Artes no aguardó hoy ni lienzos ni sinfonías, sino el peso exacto de la historia reciente. Bajo su cúpula, México despidió a un ingeniero que no trazó puentes de concreto, sino el andamiaje entero de nuestra transición democrática: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. En este adiós, la política cedió su rigidez habitual para darle paso a la gratitud, la humanidad y la memoria viva.
No es común que el umbral del máximo recinto cultural del país se abra a la política. Sus escalinatas lloran casi por vocación a ídolos populares y gigantes del arte; rara vez a quienes habitan la boleta electoral. Sin embargo, la magnitud de Cárdenas rompía cualquier molde. En medio de esta solemnidad —y debo decirlo para rectificar en honor a la verdad mi comentario anterior: la iniciativa de este homenaje en Bellas Artes fue de ella, planteada ayer mismo a la familia durante el velorio en el Panteón Francés—, la presidenta Sheinbaum demostró una sensibilidad política y un sentido histórico que trascienden el cargo.
Con una agudeza que desbordó el simple protocolo, dejó claro que el verdadero liderazgo se nutre tanto de la firmeza como de la empatía; acudió no solo como jefa de Estado, sino como una mexicana plenamente consciente de sus propias raíces democráticas.
Su llegada, poco antes de las 15:00 horas, no fue una estampa de cortesía, sino un acto de profunda justicia.
Durante su intervención, la mandataria lanzó una propuesta directa y contundente: trasladar los restos del líder histórico a la Rotonda de las Personas Ilustres. Esta iniciativa —un fast track hacia el mármol que consagra a nuestros imprescindibles— cuenta ya con el visto bueno de la familia. Fue un gesto presidencial de enorme nobleza; el reconocimiento explícito de que el Estado mexicano mantiene una deuda incalculable con el hombre que fracturó al sistema hegemónico en 1988.
Con maestría discursiva y una evidente emoción, Sheinbaum hiló el legado de dos gigantes de nuestra historia. Recordó que, así como el general Lázaro Cárdenas entregó su vida a la reforma agraria y la soberanía, el ingeniero rompió con el PRI en 1987 para encender una auténtica defensa cívica. Minutos después, junto a la jefa de Gobierno, Clara Brugada, la presidenta montó una guardia de honor al lado de la familia, regalando una imagen de unidad institucional y respeto absoluto frente al precursor indiscutible de la izquierda moderna.
El tributo había cobrado vida horas antes. Al filo de las 12:40, el féretro ingresó entre aplausos y ovaciones que erizaban la piel, resonando bajo los murales de Orozco y Siqueiros. Con ternura y estoicismo, sus hijos Lázaro, Cuauhtémoc y Camila colocaron la bandera de México sobre el ataúd. El espacio se llenó entonces de voces entrañables: Imanol Ordorika retrató al ingeniero como el rostro de la integridad absoluta, y Guadalupe Dimas, a nombre de los pueblos originarios, cimbró a los asistentes al recordar el respaldo inquebrantable de la familia Cárdenas a las comunidades indígenas.
A las 14:00 horas, las puertas de bronce se abrieron de par en par. El pueblo, ese mismo que caminó, marchó y exigió democracia a su lado durante décadas, entró a despedirlo.
Estar ahí me atravesó el alma. La crónica de este día rebasó de inmediato el rigor oficial para convertirse en un instante personal e imborrable. No fue únicamente el privilegio de participar en una guardia de honor; fue el segundo sagrado, solemne y silencioso de acercarme y depositar una rosa blanca sobre ese féretro arropado por los colores de la patria.
México no solo despidió hoy a un político valiente, sino que cerró una época entera. Y lo hizo con la certeza de que, desde la más alta tribuna del país, su legado ha sido abrazado con la dignidad histórica que merecía.
Para la memoria inmediata!
PD. Para coronar la altura del momento, solo faltó que el gobierno decretara día de luto y que la bandera nacional se izara a media asta, en genuino duelo nacional.
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