28 mar 2010

Novela negra

Novela negra, cine negro/Gregorio Morán
Publicado en LA VANGUARDIA, 27/03/10;
Algo profundo ha de estar pasando en nuestra sociedad para que las obras de mayor éxito en el cine y en la novela traten sobre los mundos de la delincuencia organizada, en definitiva, sobre las mafias. Si se tratara de algo superficial, ya hace tiempo que la ola hubiera pasado y hoy estaríamos afrontando otros géneros, o inventando alguno nuevo. Pero no es así, los mundos mafiosos no sólo conservan el atractivo del que salieron algunas obras maestras –más del cine que de la literatura-, sino que se renueva, o al menos se alimenta constantemente de novedades, cosa que no ocurre en otros géneros. ¿Y si la representación de nuestra época obligara a utilizar el género llamado negro?
Que el asunto nos pilla con el pie mal colocado se detecta desde el primer apunte. ¿A qué llamamos negro como género? A la representación del mundo de la delincuencia. En estos tiempos de lo políticamente correcto es llamativo que no se haya encontrado algún sinónimo que evite hablar de negro a un mundo habitado y alimentado casi en exclusiva por blancos.Entendemos por negro quizá aquello que tiene de oscuro, de poco claro, pero al tiempo nada evita pensar que denominamos negro al mundo del delito por contraposición al mundo de la ley, de las relaciones humanas y los buenos sentimientos, al que tendríamos la desfachatez de calificar, por omisión, de blanco.
Si será complicado el asunto que hasta tenemos un problema de lenguaje. ¿A qué llamamos qué? Abandonamos una terminología heredada de la infancia.
Las películas entonces tenían muchos géneros, y se definían de manera incontestable. De vaqueros, de risa, de romanos, de miedo, españolada… Para acercarnos al que ahora denominamos cine negro debíamos dar una vuelta sinuosa, cargada de significados que entonces, es obvio decirlo, no captábamos en toda su amplitud. Lo que más se acercaba a lo que ahora llamamos negro era una de policías y ladrones; cosa hoy fuera de lugar porque en las tramas cinematográficas apenas si hay policías salvo para acompañar a los delincuentes. Y, sobre todo, lo más llamativo: la evidencia de que el ladrón ya no es la figura estelar de los filmes. Pocas cosas han pasado tanto de moda como los ladrones, al menos en su sentido clásico. Para acercarse a la realidad tendría que robar un alijo, y eso ya le introduce en un mundo que no es estrictamente el de los ladrones, sino el de los traficantes.
La invención –más reciente de lo que la gente cree- de la expresión negro para designar entre nosotros un género en la novela y el cine vino forzada por nuestras limitaciones expresivas. ¡Adónde íbamos a llegar con lo de policías y ladrones! La cosa aún subía en grados cómicos en catalán, con lo de lladres i serenos. Tengo aún una vaga memoria de las novelas pretendidamente negras del olvidado Manuel de Pedrolo. ¿Cómo se podía apellidar aquello como de lladres i serenos?
La novela negra en castellano, como género, nace con la transición y llega a España al tiempo que la heroína –¡vaya nombre para una droga!-, que se adelantó a la coca, y cuyos efectos devastadores sufrieron muy significativas familias intelectuales del país. Hasta entonces la novela de intriga, o como se la quisiera llamar, tenía ejemplos aislados pero no llegaba a moda. La incorporación de los clásicos del género – Dashiell Hammett y Raymond Chandler- llegó en los sesenta, editada como gran literatura y avalada además con un texto antiguo del poeta Luis Cernuda. Lo que vino luego de la mano, entre otros, de Manolo Vázquez Montalbán, fue otra cosa, más doméstica y sobre todo llena de guiños para un lector que quería convencerse, no sin mala conciencia, de que “contra Franco vivía mejor”. Lo cual era manifiestamente falso.
Ahora pasamos por otra situación en la que cualquier referencia a aquello suena a chiste. Fíjense por ejemplo en un filme como el francés El profeta. Es un modelo del género. He de confesarles un incidente que me obligó a reflexionar, y es que no pude ver la película entera. Una alarma o una amenaza de bomba – como ocurre en estos casos, no lo explicaron- hizo saltar los dispositivos de seguridad y obligaron a desalojar todo el edificio donde estaban situados los cines. Es decir, que yo he visto algo más de tres cuartos de película, pero no el final, y debo reconocer que sería incapaz de volver a ver todo el filme para enterarme de cómo termina. Sin embargo, me gustaría saber cómo resuelve la trama. Y creo que en esta especie de anomalía reside el interés y la humildad de este tipo de películas, y abarca también a la llamada novela negra actual. Es poco probable que a usted se le ocurra volver a verlas o leerlas. Cosa que sin embargo sería capaz de hacer con una obra de Hammett, aunque sólo fuera para desentrañar ese estilo que se jacta de no ser estilo. O una novela de Simenon que aún arde en mi cabeza, La nieve estaba sucia.
El estilo de filmes como El profeta es heredero del lenguaje televisivo. Planos cortos, ausencia de paisajes. (Hay un plano cuya simplicidad alcanza el patetismo: los pájaros pían en un amanecer a la puerta de la prisión. Para qué más explicaciones. Con esa ensalada de sensaciones ya hay suficiente para un paladar de comida rápida). Importancia de los diálogos como elementos decisivos de la trama, por tanto ha de darse la doble condición de unos avezados guionistas del género y unos actores sin caracterizar aún, es decir, relativamente nuevos en la pantalla pero excelentes como profesionales. Luego queda el entrelazado de intrigas, sucesivas y en escalada libre, cada vez más arriesgada y compleja. Y todo rápido, como si fuera el chiste de Billy Wilder en Un, dos, tres. Que entre por los ojos, que nadie dude que se trata de cine. Así hasta el final, un final que por cierto desconozco, pero sería incapaz de soportar de nuevo toda la vulgaridad narrativa para enterarme de cómo acaba. Antiguamente, con un resumen tan sumario, estaríamos hablando de lo que se denominaba serie B, de bajo presupuesto. Pero ya no hay series B, al menos en esto. LaBha pasado a televisión, y todo el cine figura como la misma clase, por más que haya unas películas con más presupuesto y otras con menos. El cine es industria, y cada vez se nota más la industria y menos el producto. No hay ni tiempo que perder ni euro que malgastar. ¿Es imprescindible para la trama? Vale. ¿Se puede evitar? Quítalo.
No es cuestión de limitarse a un filme o a una novela, es una representación de época. Las novelas de Stieg Larsson, la película española Celda 211,y así sucesivamente. Ingenuos lectores y cándidos espectadores rompen sus supuestos espíritus virginales ante la reconstrucción de un mundo brutal, absolutamente alejado de su cotidianidad, de su formación. Un mundo del que en principio no saben nada y no tendría por qué interesarles. ¿O quizá sí? ¿Existe el sueño mafioso?
Todo adolescente pasa su periodo de ambición; a algunos les dura toda la vida. No sólo es la prolongación de la infancia, sino también la definición del horizonte sobre el que desea instalarse. El querer ser lo más. Aventurero de Salgari, marino de Conrad, pirata de Stevenson, futbolista de la selección brasileña, abogado a lo Gregory Peck, valiente como Gary Cooper, aristócrata lúcido reencarnado en Burt Lancaster, arrogante y genial según Orson Welles… En mi tiempo nadie, que yo sepa, quería parecerse a Edward G. Robinson, aquel tipo de mirada extravagante y gesto esquivo, que siempre hacía de malo, malísimo, y frecuentaba chicas muy guapas que le tenían mucho miedo. Los personajes emblemáticos del pasado debían inspirar confianza, pero nunca temor. Incluso los más vulgares, como el Caballero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, Superman o el paquidermo Dumbo. Tramposos, racistas y autoritarios podían ser, pero seguros siempre. Quizá ha cambiado el paradigma, que decimos los pedantes. Pero si ha cambiado el paradigma es que han cambiado los dioses, y ya expresó Sánchez Ferlosio en una de sus sentencias más famosas: mientras no cambien los dioses nada habrá cambiado.
Pues bien, se equivocó también en esto. Cambiaron los dioses pero nada ha cambiado.

La marca México

Columna Bitácora del director/Pascal Beltrán del Río
La mala marca de México
Excélsior, 28 de marzo de 2010;
Me cuento entre los mexicanos que siempre prefieren señalar lo bueno que sucede en este país que lo malo.
Y también creo que quien habla a nombre de México o lo representa tiene la obligación de poner en alto su nombre. Por eso me molestaron las declaraciones recientes de Javier Aguirre, el entrenador de la selección nacional de futbol. No es que no haya tenido razón en lo que dijo, sino que él es uno de los menos indicados para afirmarlo.
Dicho eso, sería ingenuo inferir que los problemas de México desaparecen con sólo evitar mencionarlos. Los tenemos y muchos: de inseguridad, de injusticia social, de disfuncionalidad institucional, de carencia de un proyecto de país compatible con la globalización…
Coincido con el diagnóstico que hizo el viernes pasado el presidente Felipe Calderón: México tiene un problema de mala imagen que supera la magnitud real de sus conflictos. Sin embargo, difiero de su explicación de que esa visión negativa tenga que ver con que los mexicanos seamos malos promotores de nuestro propio país o nos satanicemos a nosotros mismos.
El exhorto vale para el cuerpo diplomático, que tiene entre sus funciones —faltaba más—la promoción de México como un buen destino para hacer turismo e invertir. Pero no se puede esperar que todos los mexicanos nos volvamos “promotores y embajadores de nuestro país en el exterior”, como pidió el Presidente de la República.
Para mí, la desconfianza en México la genera mayormente la falta de claridad de nuestra marca. ¿Qué es México, qué quiere, qué vende, cómo se organiza, qué perspectiva tiene, en qué invierte, qué tiene que ofrecer?
Yo me hago esas preguntas y no tengo respuestas. Somos un país que proyecta al mundo una debilidad institucional y una flexibilidad increíble para no aplicar la ley; una terquedad de seguir aferrados a la historia patria —no tan gloriosa, por cierto— cuando los países exitosos del mundo ven al futuro; un aumento inaceptable de la brecha entre ricos y pobres; una obstinación en no desenraizar los viejos vicios y las fórmulas fracasadas y, más triste todavía, una creencia ciega de que los problemas que tenemos actualmente tienen que ver con que, hace 13 años, rompimos con la tradición política y que la solución a nuestros males es volver al pasado…
Eso proyectamos al mundo. ¿Cómo podemos deshacer con palabras nuestra incapacidad de vernos a nosotros mismos como una nación temerosa de avanzar, anclada en un patrimonio histórico que, por cierto, se está cayendo a pedazos porque no tenemos los recursos para remozarla?
El Presidente se preguntaba, con razón, por qué Brasil tiene una mejor imagen en el mundo si su tasa de homicidios es mucho mayor a la nuestra. Y agregaba, con razón también, que los brasileños hablan mejor sobre su patria que los mexicanos sobre la nuestra.
Yo tengo la misma impresión que Calderón: los brasileños tienen una mayor fe en su potencial, en su futuro como país, que los mexicanos. Pero, agrego yo, ese no es el problema principal que tiene la imagen de México.
Veamos el tema de la seguridad pública. ¿Qué está haciendo Brasil y qué está haciendo México?
Efectivamente, la violencia criminal en Brasil es peor que la de México. Las favelas de Río de Janeiro han sido territorios inexpugnables, donde los narcotraficantes han impuesto la ley —por ejemplo, en muchas de ellas está prohibido vestir de determinado color de ropa, porque ese color lo usa la banda rival en la favela vecina—, y donde la policía empleaba hasta hace poco tácticas casi guerrilleras, de pega y huye, en sus eventuales incursiones para combatir a los delincuentes.
Sobra decir que esa estrategia daba pocos resultados y sólo lograba fortalecer los nexos entre los criminales -—como el temible Comando Vermelho de la favela Morro Santa Marta— y sus bases de apoyo.
Pues de noviembre de 2008 a la fecha, las autoridades brasileñas decidieron cambiar de estrategia. Crearon las Unidades de Policía Pacificadora (UPP), integrada por agentes recién egresados de la academia, cuya meta no es tanto acabar con el narcotráfico como restablecer los nexos entre las comunidades y el gobierno, al tiempo que imponen, mediante una presencia permanente, condiciones mínimas de respeto a la ley en las favelas, como el hecho de que la gente no ande armada por la calle.
Junto con eso, se ha invertido en transporte público, actividades culturales y mejora de la infraestructura urbana, como se puede leer en un reportaje que el diario francés Le Figaro dedicó al tema hace unos días (“La police brésilienne reprend pied dans las favelas”).
“El Estado siempre había entrado aquí con armas, pero esta vez ha prometido apoyo social”, dijo el presidente de la asociación de habitantes de Santa Marta, José Mario dos Santos, a la reportera Lamia Oualalou.
En esas nuevas operaciones se han usado “policías que no han sido contaminados por el vicio y la corrupción y han sido entrenados para respetar los derechos humanos”, comentó al mismo diario Silvia Ramos, especialista en seguridad de la universidad Candido Mendes.
“Necesitamos forzosamente encontrar empleo y oportunidades para los jóvenes de las favelas, si no ésta será una batalla perdida”, declaró José Mariano Beltrame, secretario de Seguridad del estado de Río de Janeiro.
Es obvio que Brasil está apremiado en resolver sus problemas de inseguridad por la cercanía del Mundial de Futbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Y todo mundo reconoce que la tarea no será fácil. Pero esa es la historia que más se difundió sobre Brasil la semana pasada (el periódico español El País publicó, en portada, un reportaje similar).
En cambio, nos guste o no, México ha estado últimamente en el radar de los medios internacionales por una serie de matanzas que, aseguran las autoridades, son una señal de su avance en el combate al crimen.
Puede ser, no soy experto en el tema ni dispongo de información de inteligencia como para afirmar lo contrario, pero la versión oficial mexicana no es la que se está comprando en el extranjero. Por eso, el discurso presidencial, el viernes, en Los Pinos, durante las Sesiones de Trabajo del Sector Turismo.
Por mi parte, seguiré hablando bien de mi país, sin necesidad de engañarme respecto de lo que nos aqueja como nación. Sin embargo, sé que eso no bastará para cambiar la imagen de México, porque para ello se necesita una historia de éxito ante la adversidad que el resto del mundo quiera comprar.
Estimado lector, lo invito a que sigamos la discusión en twitter.com/beltrandelriomx

Lucha de poder en Internet

Lucha de poder en Internet/Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos. Ocupa la cátedra Isaiah Berlin en St. Antony’s College, Oxford, y es profesor titular de la Hoover Institution, Stanford.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
Publicado en EL PAÍS, 27/03/10;
La batalla de Google contra China es una historia que define nuestra época. Como si fuera un león ante un cocodrilo, el poder blando mundial de la empresa estadounidense de Internet se enfrenta al poder duro territorial del Estado chino, en un choque al que contribuyen la mayor revolución en la tecnología de la información desde que Johannes Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles en el siglo XV y la mayor transferencia mundial de poder desde la ascensión geopolítica de Occidente, que algunos historiadores sitúan también en el siglo XV. Lo que es indudable es esto: tardaremos en ver un claro ganador.
Después de la decisión de Google de abandonar la censura y trasladar su buscador en chino a Hong Kong, es posible que los internautas chinos salgan perdiendo a corto plazo. Aunque todavía es pronto para decirlo, parece que, al acceder ahora al servidor de Hong Kong desde el resto de China, pueden quedar bloqueados por el gran cortafuegos más elementos políticamente delicados de los que excluía la censura que Google aceptó durante cuatro años, los que estuvo ofreciendo google.cn de acuerdo con las normas chinas. Si las autoridades chinas intensifican esta disputa hasta llegar a bloquear todo el buscador, sus internautas empeorarían su situación; pero tal vez sería sólo una pérdida inmediata.
Porque la enorme publicidad creada por este debate debe de haber puesto a más de los casi 400 millones de usuarios de Internet en China en alerta sobre cómo se tergiversan sus búsquedas, debido a la combinación de la censura directa del Estado monopartidista y la autocensura de los proveedores de información que trabajan dentro de los límites del cortafuegos. No hay más que ver la comparación que hacía el miércoles The Guardian de los resultados de búsqueda para palabras como “Dalai Lama”, “Falun Gong” y “Liu Xiaobo” (el disidente encarcelado) en los principales buscadores en lengua china, incluido el muy autocensurado yahoo.cn. En los sitios censurados, no se sabe qué es lo que nos quedamos sin saber. Los resultados obtenidos son seguramente parciales o falsos.
Es muy importante que la gente se dé cuenta de lo distorsionada que está la información que les llega a través de un medio que parece libre. Rebecca MacKinnon, destacada periodista que escribe sobre Internet en China, lo explica así: “Si uno nace con orejeras cree que es lo normal, hasta que se entera de que la vida sin orejeras es posible y mucho mejor. Cuanto más tiempo ocupe los titulares este asunto, más comprenderá la gente que ha vivido con orejeras y pensará en formas de eliminarlas”.
Lo que dice parte de dos hipótesis optimistas. Una es que a la gente le preocupa que unos medios tendenciosos confirmen sus prejuicios políticos nacionales. Lo que oímos desde aquí son las protestas de una valiente y ruidosa minoría de internautas chinos, pero, ¿y si resulta que muchos usuarios están contentos con tener filtros patrióticos, puritanos e ideológicos que controlen la información que reciben? ¿Y si esos internautas son el equivalente chino de los fans de Fox News? Porque lo que dicen los seguidores de Fox News en Estados Unidos es: “¿Orejeras? ¡Sí, por favor! ¿Información parcial y tendenciosa? ¡Nos encanta que sea así!”. La imparcialidad tipo BBC está perdiendo la batalla ante los sesgos tendenciosos en los medios de comunicación de gran parte del mundo democrático.
Por supuesto, la diferencia crucial respecto a China es que los estadounidenses tienen capacidad de elegir. Pueden pasar a la CNN con sólo apretar el mando, mientras que los chinos, en general, no. Sólo podremos saber -y sólo podrán saber ellos- lo que escogerían cuando tengan la posibilidad de hacerlo.
La otra hipótesis optimista de MacKinnon es que “es posible” escapar de esas orejeras y adquirir esa capacidad de elección. Es frecuente, sobre todo en Estados Unidos, justificar este optimismo por los progresos en tecnología; pero el efecto liberador de las tecnologías de la información en los regímenes autoritarios no es automático. Es cierto que los blogueros y disidentes de Teherán y Pekín celebran las oportunidades que les ofrecen, pero los regímenes autoritarios como Rusia y China se las han arreglado bastante bien hasta ahora para controlar Internet e incluso utilizarlo contra sus detractores. Hace unos años, el activista chino de los derechos humanos Liu Xiaobo escribió un texto conmovedor sobre las oportunidades que ponía Internet a su alcance. Hoy, Liu Xiaobo está en prisión: el segundo asalto del viejo poder del Estado territorial. Pero esa medida le sale muy cara al Estado, y la siguiente generación de tecnologías de la información y la comunicación, incluidas las destinadas a sortear los cortafuegos, aumentará todavía más los costes de mantener el control. Estamos, por así decir, en una carrera de armamento digital.
En este gran juego de principios del siglo XXI, hay tres clases de jugadores: Estados, empresas e internautas. Los Estados autoritarios no son los únicos que tienen problemas con la libertad de información; también los tienen los democráticos. Incluso empresas como Google, Yahoo y Microsoft se cuestionan cómo seleccionar, administrar y vender todos los recursos de información de que disponen. No tengo más remedio que preguntarme qué habría hecho Google en China si uno de sus fundadores, Sergei Brin, no hubiera pasado su infancia en la Unión Soviética. Y Microsoft podría tener una posición moral mejor si Bill Gates se hubiera criado, por ejemplo, en Polonia.
Los internautas, en todas partes, tenemos múltiples identidades: somos individuos, ciudadanos y residentes de un Estado concreto (o dos), usuarios de plataformas y productos determinados. También somos seres humanos con unas posibilidades sin precedentes de comunicarnos directamente con otras personas y, por tanto, de desarrollar el espíritu -que no la realidad legal- de ser “ciudadanos del mundo”.
Si reflexionamos sobre cómo se nos suministra la información, creo que tenemos cuatro posibles formas de enfocarlo: (1) El Estado en el que vivo decide lo que puedo y no puedo ver, y me parece bien. (2) Los grandes proveedores que utilizo (Google, Yahoo, Baidu, Microsoft, Apple, China Mobile, etcétera) seleccionan lo que veo, y me parece bien. (3) Quiero tener libertad para ver lo que desee. Noticias sin censurar de cualquier parte, toda la literatura mundial, manifiestos de todos los partidos y movimientos, propaganda yihadista, instrucciones para fabricar bombas, detalles íntimos sobre las vidas privadas de otras personas, pornografía infantil: todo debería estar disponible. Y yo debo ser quien decida lo que quiero ver (ésta es la opción libertaria radical). (4) Todos deben tener libertad para ver todo, salvo una serie determinada de cosas que se especifiquen en unas normas mundiales, claras y explícitas. Luego, los Estados, las empresas y los internautas tendrán que hacer respetar esas normas internacionales.
Hoy tenemos una mezcla de (1) y (2). Los avances tecnológicos nos van a permitir contar cada vez con más (3), nos guste o no. Por ahora, (4) parece un sueño. Sin embargo, es a lo que deberíamos aspirar. La infoesfera es el ámbito en el que el mundo está acercándose más y más deprisa a convertirse en la aldea global, de modo que es lo que con más urgencia necesita un debate mundial sobre las normas que deben regir esa aldea. Si no llevamos a cabo ese debate, y pronto, lo que veamos en nuestras pantallas será resultado de una lucha de poder entre el viejo poder del Estado en el que viva cada uno y el nuevo poder de los gigantes de Internet, la fuerza en alza de las nuevas tecnologías de la información y el ingenio de cada internauta. Es un resultado probable, pero no el mejor.

Joaquim Ibartz

Diario de América Latina
Joaquim Ibarz, Corresponsal en América Latina de La Vanguardia,
¿Uribe es responsable del asesinato de 2.000 jóvenes para hacerlos pasar por guerrilleros?
| 28/03/2010 - 03:49 horas
La campaña electoral colombiana se ha visto sacudida por el escándalo de los asesinatos de miles de civiles inocentes por parte de militares colombianos, que los mataban para cobrar recompensas o lograr ascensos, crímenes de Estado conocidos con el eufemismo manipulador de falsos positivos, como si el asesinato planificado fuese una mera equivocación, o un fallo ocasional en el acierto. También desde los años 90, cuando empezaron a ser asesinados mendigos por centenares, se habló de limpieza social y a la persona pobre empezó a llamársela con el nombre terrible de desechable. Lo grave de ese lenguaje es el horror que esconde para justificar, incluso para promover el crimen, como ocurrió en Barranquilla, donde algunos celadores asesinaban a desechables para vender sus cadáveres a la Facultad de Medicina, y con ellos hacer prácticas los estudiantes.

En el primer debate entre los candidatos se planteó vagamente la responsabilidad que pudieran tener en los asesinatos el presidente Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos (ministro de Defensa cuando ocurrieron los homicidios y principal favorito para ganar la elección presidencial del 30 de mayo), pero no se incidió en el tema. Tampoco nadie abordó otro tema especialmente escandaloso: el presidente Álvaro Uribe pretende, quizá para cubrirse las espaldas, que sea designado Fiscal General de la Nación el ex ministro de Defensa, Camilo Ospina, responsable de la directiva que establecía recompensas de todo tipo por la muerte de guerrilleros, sin establecer control alguno que comprobara las circunstancias de las muertes. Ospina diseñó y promulgó la directiva que establecía estímulos económicos a los resultados operacionales del Ejército. La prensa colombiana ha destacado que designar a Ospina como fiscal general es, ni más ni menos, que poner a un ratón a cuidar el queso.

Directiva del ministro Ospina que otorga recompensas por cada guerrillero muerto
La directiva del ministro Camilo Ospina dio paso a más de 2.000 asesinatos de jóvenes que, según Philip Alston, relator de la ONU para investigar ejecuciones extrajudiciales, no fueron casos aislados, ya que se cometieron de manera sistemática. El relator acusó al Ejército ante el mundo de estar asesinando civiles, cuando su razón de ser es protegerlos. Y subrayó que no se trataba de manzanas podridas dentro de las filas castrenses, ya que los crímenes se realizaron de manera sistemática.

El pasado 23 de enero, el columnista Felipe Zuleta denunció penalmente al candidato uribista Juan Manuel Santos y al actual candidato a fiscal general, Camilo Ospina, por su presunta participación en los casos de falsos positivos. El comentarista Mauricio Botero Montoya ha escrito en el diario conservador El Nuevo Siglo que "dudo que desde el siglo XIX se haya sentido un repudio tan visceral del mundo al, hasta hoy, respetado Ejército Nacional. El informe de la ONU no sólo afecta la credibilidad del régimen que no se ha pellizcado al resto a su responsabilidad política, sino que cuestiona la ética y el honor militar".

El presidente Uribe desvía la responsabilidad por los asesinatos
El presidente Uribe pretende desviar la responsabilidad por los asesinatos de jóvenes al afirmar que narcos infiltrados en el Ejército serían los autores de las muertes. El mandatario afirmó que sectores del narcotráfico se aliaron con miembros de una brigada del Ejército en el Noreste del país para facilitar el tráfico de drogas y cometer asesinatos para aparentar la persecución a mafiosos entre 2006 y 2007. Uribe dijo que esa presunta alianza le fue revelada por un testigo que escuchó durante una reunión con delegados de la oficina en Colombia del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

El candidato presidencial del Polo Democrático, Gustavo Petro rechazó que el responsable de los llamados "falsos positivos' sea la infiltración del narco en el Ejército. Petro responsabilizó de estos asesinatos sistemáticos al cumplimiento de una resolución secreta según la cual el ministerio de Defensa daba un incentivo económico a los militares que dieran de baja a presuntos guerrilleros.

"Es el gobierno civil en nombre de Camilo Ospina hoy candidato a la Fiscalía General de la Nación, quien firma una resolución secreta, la 029 que permite intercambiar 3.800.000 pesos (más de 1.500 euros) por cada muerto de la base guerrillera o paramilitar que se entregue", denunció Petro. Según el candidato de la izquierda, con estas recompensas en metálico se abrió la puerta para que círculos mafiosos y corruptos de la sociedad y del Estado capturaran el erario público matando inocentes por miles. "Ésa es la verdadera causa de los falsos positivos", puntualizó.

El candidato por el partido liberal, Rafael Pardo, primer civil en dirigir el ministerio de Defensa durante el gobierno de César Gaviria (1990-1994), está molesto por las declaraciones que Juan Manuel Santos hizo a este periódico referentes a que los asesinatos de civiles por militares para cobrar recompensas se venían registrando desde 1994 y que él fue el que terminó con esta práctica abominable. Pardo rechaza que durante su paso por el ministerio se produjeran falsos positivos.

En un encuentro con prensa extranjera en Bogotá, tuvimos ocasión de plantearle a Rafael Pardo numerosas preguntas sobre la responsabilidad de Uribe y Santos en las muertes de tantos chicos inocentes.

"Juan Manuel Santos tiene que asumir su responsabilidad, los falsos positivos le pasaron bajo las narices; no tiene explicación que no los controlara, ni que siguieran ocurriendo, de por qué se dio un procedimiento sistemático. Tiene que ser investigado por eso. Basta mirar las estadísticas para comprobar que el gobierno de Uribe, con Santos como ministro de Defensa, fue el período en el que se dio más alto número de asesinatos fuera de combate", señala Pardo.

¿Qué responsabilidad tienen Uribe y Santos en crímenes de Estado tan horribles y numerosos?
El caso de los falsos positivos ha sido calificado como sistemático, una violación sistemática de los derechos humanos. No ocasional. Sistemático porque se repite el procedimiento en muchas zonas del país por parte de mandos militares. La fiscalía tiene un proceso de investigación sobre un alto número de militares. No se ha investigado la responsabilidad por la falta de control sobre esos hechos. En mi opinión, la responsabilidad principal del Gobierno, particularmente del ministro de Defensa y de los mandos militares, está en la falta de control sobre la muerte por el Ejército de falsos guerrilleros.

¿Qué clase de control ha faltado?
Toda operación militar en la que se registre un combate, con intercambio de disparos que produzcan muertos y heridos, debe tener un reporte escrito explicando los hechos. Cómo se originó el combate, a qué hora sucedió, quiénes participaron, por donde aparecieron, si estaba lloviendo o hacía sol, si la zona era montañosa o selvática. El informe tiene que pasar al superior. Si usted examina los reportes de los supuestos combates en que se produjeron los falsos positivos se descubren problemas e inconsistencias que debieron haber detectado los mandos superiores. Por ejemplo, ¿cómo era posible que de manera repetida sólo hubiera muertos y heridos de un lado, y ninguna baja de las propias tropas? Los guerrilleros tenían que estar dormidos para que únicamente se registraran muertos de un lado, y ni un herido en el otro bando. El uso de munición también tuvo que ser evaluado, cuánta se gastó, de qué calibre eran las balas…. Esos casos repetidos de sólo muertos por un lado debieron haber llamado la atención de alguien. Pero no fue así, y los informes fueron pasados sin ningún tipo de juicio ni de evaluación. Ahí es donde está la responsabilidad superior en la falta de un control dentro del escalón militar y en la falta de control desde el punto de vista del mando político.

¿Cuándo comenzaron los militares a matar civiles para hacerlos pasar por guerrilleros?
Eso se venía denunciando desde el 2006. En ese año, el Congreso hizo el primer debate, en el cual se discutió el tema de los falsos positivos. Juan Manuel Santos, ministro de Defensa en ese momento, negó que se hubieran producido ejecuciones extrajudiciales de civiles. En el 2007 otra vez hubo dos debates sobre las muertes de civiles por el Ejército. Durante los últimos cuatro años se ha mantenido este señalamiento. El nombre de falso positivo se puso en 2006 a raíz de que en los días cercanos a la segunda toma de posesión presidencial de Álvaro Uribe se produjeron atentados en Bogotá. Murieron dos personas por el estallido de una bomba. Se capturaron a los responsables, que eran una ex guerrillera y un miembro de la inteligencia militar; los detenidos reconocieron que estaban poniendo bombas para generar alarma y mostrar que desactivaban explosivos. Ahí se puso el nombre de falsos positivos. Después, muchas madres empezaron a denunciar que era mentira que sus hijos fueran guerrilleros muertos en combate, tal como afirmaba el Ejército. El Congreso discutió muchas veces este problema, que sólo toma importancia cuando ocurre en Soacha, en una población del área metropolitana de Bogotá. Al afectar los asesinatos a muchachos que vivían cerca de la capital, el caso adquiere otra dimensión porque las muertes aparecen en los medios de comunicación nacionales… Los falsos positivos en Sucre, en Norte de Santander y en otros departamentos pasaron inadvertidos. Llamó la atención de los medios nacionales al tocar a chicos que desaparecieron cerca de Bogotá. Sólo cuando el escándalo llega a los medios nacionales el Gobierno dio importancia al caso. El Gobierno dijo que esos asesinatos no se habían producido. Y cuando ya no le fue posible negarlo por más tiempo, destituyó a 27 oficiales y suboficiales del Ejército de una manera inexplicable.

¿Esos militares son los responsables de las muertes?
Sólo un pequeño número de esos 27 oficiales y suboficiales destituidos están en los procesos de investigación de la fiscalía. El Gobierno dice que actuó al destituir a unos oficiales. Pero los dio de baja sin ningún tipo de proceso judicial, no sabemos si los considera responsable o no. Cuando el ministro Santos da la orden de parar esas muertes, se paran. ¿Cómo el ministro de Defensa puede dar la orden de que se suspenda la comisión sistemática de esos homicidios monstruosos? Santos dio la orden y se pararon las muertes. Había un mando sobre eso.

¿Había directrices claras de la presidencia de la República sobre que los ascensos militares, las recompensas en metálico y los permisos dependerían del número de guerrilleros muertos?
Es lo que está estipulado en la directiva 29 del 17 de Noviembre de 2005, que emitió el ministro de Defensa en aquel entonces, Camilo Ospina. La directiva del ministro contiene una tabla en la que se establecen mecanismos de remuneración por cada muerto.

¿Cree usted que un ministro de Defensa puede dictar una directiva de tal gravedad sin previa consulta y aprobación del presidente Uribe?
Es una directiva ministerial. Yo no la atribuyo al presidente… El presidente exige resultados, y está bien que los exija, los exige de buena manera y de mala manera. Es parte del liderazgo que ejerce el presidente Uribe. Pero sistematizar eso en mecanismos en los cuales los estímulos, los permisos o remuneraciones económicas están estipulados en una directiva ministerial…. La directiva simplemente pone en blanco y negro un esquema bastante cuestionado sin que tenga ningún tipo de control. La directiva podía haber especificado algún mecanismo de control, pero no existía ninguno. Si la directiva fuera racional, toda la instrucción pudo señalar un mecanismo de control, diciendo esto tiene que ser evaluado por tal o cual, esto tiene que tener un levantamiento de parte de la fiscalía, esto amerita un estudio forense sobre el hecho. En los falsos positivos no hay ningún tipo de calificación forense. Unos hechos clasificados y señalados sin ningún tipo de verificación por un tercero, y sin ningún control de los superiores. Nada de eso.

¿Considera que la directiva del ministro Ospina no debió entrar en vigor?
Lo que quiero decir es que en toda organización hay estímulos. En la Ford hay estímulos para quien trabaja bien. Pero no es lo mismo. Cuando los estímulos tienen que ver con la vida de personas debe haber un grado de control infinitamente superior a los premios o gratificaciones de la General Motors. Cuando está involucrada la vida de personas, y la responsabilidad que tiene el Estado de disponer del uso de la fuerza y de las armas de fuego, debe establecerse un sistema de control, que era absolutamente inexistente en este tipo de directrices.

¿Usted ve plausible que el presidente Uribe sea juzgado por una corte nacional o internacional por los asesinatos de jóvenes por militares?
La fiscalía está investigando, y eso nos permite pensar que es la Justicia colombiana la que acomete este caso. Está investigando a los ejecutores, a soldados y oficiales, pero no está investigando la falta de control, la omisión. No sé si hay responsabilidades superiores pero no se está investigando la omisión y la falta de control.

¿Cree que el presidente Uribe, a quien le gusta controlarlo todo, conoció previamente la directiva del ministro de Defensa que establecía generosas recompensas por cada guerrillero muerto?
Eso es una hipótesis.

En Perú, el ex presidente Alberto Fujimori ha sido condenado a 25 años de cárcel por el asesinato de nueve estudiantes y un profesor universitario. Aquí hay al menos 2.000 asesinatos de jóvenes. ¿Puede darse en Colombia el procesamiento del presidente?
La fiscalía tiene que investigar. La fiscalía solo está investigando a los ejecutores, y no ha investigado por qué ocurrió eso, por qué se repetían esos asesinatos, por qué no había controles, ni por qué ante denuncias repetidas no se hizo investigación alguna. Sólo cuando el escándalo llega a Bogotá el Gobierno reconoce los hechos. Pero hacía tres años que se formulaban denuncias repetidas sobre falsos positivos, sin que se abriera ninguna investigación. Y ahora ya hay denuncias serias de Naciones Unidas y de congresistas norteamericanos.

¿Uribe puede ser juzgado por sobornar presuntamente a congresistas para que aprobaran su primera reelección? La ex senadora Yidis Medina reconoció, y está sentenciada por ello, que recibió prebendas sustanciosas por cambiar su voto y apoyar la reelección de Uribe en un crucial trámite parlamentario.
Hay sentencia contra el que recibió pero no contra el que dio.

Lo que denunció Yidis Medina fue muy grave, porque con su voto posibilitó el cambio constitucional que dio vía libre a una reelección que la Carta Magna prohibía.
Muy grave. Hubo cambio de voto por prebendas económicas.

Los llamados vladivídeos, las filmaciones que hizo el asesor presidencial peruano Vladimiro Montesinos para testimoniar la compra de algunos congresistas, y que al cabo de unos meses provocaron la caída de Fujimori, fueron cosa de niños comparado con el soborno de congresistas que se ha producido en Colombia para posibilitar dos cambios constituciones y dos reelecciones.
Así es.

Faciolince, entrevista

Winston Manrique Sabogal entrevista a Héctor Abad Faciolince
Ficción de la realidad
Babelia, El País, 27/03/2010;
El colombiano Héctor Abad Faciolince confirma en un libro la paternidad de cinco poemas de Borges. Y desde la literatura planta cara a la impunidad del asesinato de su padre que ese día llevaba en el bolsillo uno de esos poemas.
Esa tarde de Lisboa estaba escrita. Y no hubo manera de reescribirla. Terminó pasadas las cinco de la tarde con el mismo cielo pálido y el mismo tema que había empezado, aunque con una ligera variación en la despedida de Héctor Abad Faciolince, autorretratado y resumido en las 17 palabras de su adiós: "Soy un exiliado español. La próxima vez nos veremos en la frontera o allí donde murió Machado, en Collioure".
Lo dice saliendo de una inmensa nube de humo de castañas asadas que envuelve la esquina de las rúas de Garrett con António Maria Cardoso. El periodista y escritor colombiano está vestido de negro y gris, potenciando su aspecto de profesor de física con gafas y pelo blanco acaracolado, aunque en este instante parece un científico loco con el cabello revuelto. Desde que publicó hace cuatro años El olvido que seremos (Seix Barral), su nombre asciende lento en una espiral. Una novela-crónica en la cual reconstruye la impunidad sobre el asesinato de su padre a manos de los paramilitares en 1987, que deriva en una de las más hermosas manifestaciones de amor de un hijo por su papá; al tiempo que desanda los caminos que recorrió su familia hasta ese momento, que los llevó a toparse con el cadáver del doctor Héctor Abad Gómez 99 días antes de que cumpliera 66 años, en la calle de Argentina, de Medellín, donde el hijo encontró en un bolsillo un poema premonitorio y desconocido de Jorge Luis Borges.
Ahora, el nombre de Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) estará más en boca de todos por sus dos nuevos libros: Traiciones de la memoria (Alfaguara) y El amanecer de un marido (Seix Barral). El primero reúne tres relatos, del cual destaca el primero, donde la realidad parece predestinada a la ficción al rastrear policiaca y literariamente el origen y la autoría del poema que llevaba su padre el día de su asesinato y que termina revelando la noticia de que cinco poemas de Borges considerados apócrifos son auténticos. "Una prueba de que si se investiga se puede llegar a la verdad". Mientras que en El amanecer de un marido sus cuentos se asoman en los vericuetos del desamor y el desencuentro. El penúltimo en elogiar al autor colombiano ha sido Mario Vargas Llosa en su artículo del 7 de febrero pasado publicado en EL PAÍS y reproducido en medios de medio mundo.
La de Héctor Abad es una vida personal, periodística y literaria de apurados trazos dramáticos y borgeanos donde la realidad parece ficción y la ficción suplanta a la realidad. Un territorio fronterizo cuyas claves revelará más tarde: "Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece más que todo, todo, es ficción". Una idea de la que no escapa la identidad, "es una ficción, no es una realidad, es una cosa que uno se inventa y se pone, como un sombrero". Lo dice un hombre que considera que "el escritor tiene que tener una personalidad disociada, ser capaz de salirse de sí mismo". Y así transcurrirá una tarde sobre búsquedas de la verdad, de falsificaciones, de azares, de determinismos, de ex futuros, de bifurcaciones y con, como si estuviera escrito, un fotógrafo de apellido Socías, que lo retratará.
Tres horas antes de aquella despedida entre la nube de humo olorosa a castañas asadas, Abad Faciolince empieza a recapitular su vida en el suave y coqueto, e incluso embaucador, acento paisa, propio de su montañoso departamento de Antioquia. La cita es en Lisboa aprovechando que él participa en unas jornadas literarias, pero, sobre todo, porque cumple su palabra de no volver a España. Una promesa que hizo en 2001 cuando firmó una carta muy sonada de escritores y artistas colombianos en protesta por la exigencia de visado a sus compatriotas para entrar en este país. De ahí su despedida de: "Soy un exiliado español".
Dos semanas antes de aquel martes 2 de marzo pasado, él ya había dicho que quería tener la entrevista en alguno de los cafés que frecuentaba Fernando Pessoa. Pero ahora, de repente, está sentado al lado de un ventanal del restaurante Tapas Bar & Esplanada donde ve cómo se descuelga Lisboa hasta la mansa y ancha desembocadura del río Tajo en el Atlántico. El fotógrafo le propone alterar los planes y cruzar en ferry el río e ir hasta la otra orilla para tomarle fotos con la ciudad al fondo. El escritor duda un pestañeo, pero accede cordial. Al final caerá un aguacero y la entrevista continuará en A Brasileira, uno de los cafés preferidos del poeta portugués.
Una vez dentro, el rumor de la lluvia es reemplazado por el del rugido de la máquina de café y el barullo de la gente. Es una especie de zaguán muy ancho y largo con la barra a la derecha y las mesas a la izquierda junto a una pared cubierta de espejos. Al fondo, en el rincón, hay una mesa disponible. Héctor Abad se sienta y todo el bar queda delante de él y a su espalda, también, gracias a los espejos. En la línea entre la realidad y su reflejo.
Pide un oporto. Saca del bolsillo de la chaqueta un cuaderno de cubiertas negras y hojas amarillas y un bolígrafo. La grabadora se enciende. La mira, y confiesa entre risas y casi disculpándose: "No soy capaz de pensar hablando. Por eso tengo este cuaderno para contestarte por escrito. Porque con otras entrevistas cuando las leía me veía muy mal, me parecía que yo no había dicho lo que me ponían a decir, aunque no podía demostrarlo. Entonces opté por nunca más leerlas para no enfadarme".
Tras este prólogo improvisado sobre su experimento, piensa un segundo una pregunta sobre si acaso lo que acaba de decir no es más que su alto grado de autoconciencia sobre lo que quiere proyectar. Levanta la mirada que parece irse hasta la entrada del café, agacha la cabeza y empieza a escribir muy juicioso en su cuaderno con su bolígrafo azul.
El silencio del rincón lo rellena el rumor de las siete mesas del café y la larga barra, esparcido por el tintineo de las cucharillas que remueven los vasos. Unos minutos después empieza a leer como en el colegio: "Cuando yo hablo me distraigo mucho. Me distrae la cara de la otra persona, la mirada. Hay demasiadas variables que tengo que controlar: mi voz, lo que pasa a mi alrededor, mientras que cuando escribo por encanto el mundo desaparece y lo único que hay es tres dedos apretando un bolígrafo que escribe sobre un papel, o una pantalla del computador. Porque en los cuadernos tomo nota, pero siempre he pensado, y las personas que me conocen lo saben, que tengo una personalidad por escrito y una personalidad hablada; y hablado tiendo a ser muy condescendiente, a darle la razón a la otra persona".
Al terminar la frase bromea sorprendido al descubrir que es la primera vez que ve a dos personas hablando a la vez que escriben. Luego aclara que la costumbre de dar la razón al otro está enraizada en su educación. "Fuimos educados en el Manual de urbanidad y buenas costumbres de Carreño. Y ahí dice que contradecir es parte de mala educación. Aunque eso hace que uno se vuelva un interlocutor idiota porque siempre le da la razón al otro". Entonces improvisa: "¿Que por qué no lo remedio? Me viene lo más ancestral, que es ser una persona cordial. Nosotros los latinoamericanos estamos llenos de cortesía siempre envolvemos el pensamiento en buenas maneras.
Afuera la gente sigue guareciéndose de la lluvia en los marcos de las dos puertas del A Brasileira. Ante las teorías antropológicas y sociológicas de que buena parte de esa cortesía hispanoamericana se debe a los rezagos del servilismo de la Conquista, la Colonia y la Independencia, Héctor Abad está de acuerdo. Aprovecha para recordar que él creció en el voseo, en el "vos" como tratamiento entre iguales. Una característica de su tierra y de otras regiones como el Río de la Plata, Chile o Costa Rica. "No sabemos dónde está el límite entre la cortesía y el servilismo. Pero yo no soy servil. No me gusta ni mandar ni obedecer, pero sí tenemos muy inculcadas normas de cortesía demasiado rígidas que son probablemente las que hacen que para mí sea difícil comunicarme verbalmente. Y eso tiene que ver también con un problema audiopersonal, y es que viví rodeado de mujeres que hablaban mucho mejor. Ellas siempre hablan mejor que los hombres. Más rápido, con más gracia, son más ocurrentes".
Parece escucharse, entonces, el barullo de diez mujeres de todas las edades que van y vienen por esa casa de la infancia de Antioquia donde un niño se siente arrullado y apabullado por sus voces. Pero gracias a eso el niño habrá de refugiarse en la lectura y la escritura. Por eso le encanta cuando su padre lo lleva a la universidad. El doctor se va a dar clases y el niño, que aún no va a la escuela, se queda en su despacho, sentado en una silla enorme frente a una máquina de escribir enorme, colocando hojas en blanco en el rodillo que aprende a girar rápido, ¡Rrrrrrrrm! Luego empieza a jugar con las teclas, sacando con sus pequeños dedos índices sonidos como en un piano de letras. Tac, tic, toc, tac, tac, toc... Una hoja llena de letras. ¡Rrrrrrrrm! La saca y pone otra. Cuando el padre vuelve de clase el niño se las enseña y recibe una gran felicitación.
De allí procederá este experimento de contestar esta entrevista con su puño y letra y luego leer la respuesta. "Cuando escribo pienso mejor, no oigo mi voz, no vigilo mi voz, es la voz de otro, una voz no interior sino exterior que me dicta aunque no sea el Espíritu Santo, pero sí creo que mi mano se comunica mucho mejor con mi cerebro que mi lengua. La escritura también tiene su ritmo y se parece más a mi pensamiento. Sabes, siempre he fingido que sé hablar", y su burla bordea la carcajada. Hasta que confiesa: "Yo pienso muy despacio". Así es que se llega al acuerdo de que algunas preguntas tendrán una respuesta más amplia o matizada a través del correo electrónico para poder avanzar en la conversación.
Vuelve a escribir. En silencio y sin tachaduras. Con la mano derecha, mientras la izquierda la pone extendida cuidadosamente sobre el pupitre, sobre la mesa.
Acaba. Inclina un poco el cuaderno y lee: "El escritor tiene que tener una personalidad disociada, algo esquizofrénica. Tiene que ser capaz de salirse de sí mismo, de ponerse en el lugar de la otra persona. Siempre, cuando un periodista me pregunta algo, yo soy el periodista, no estoy pensando en su pregunta sino en lo que hay detrás de esa pregunta. Los escritores podemos definirnos así: somos detectores de mentiras, detectores biológicos de mentiras. Cuando tú me preguntas esto, yo pienso ¿qué es lo que me está preguntando realmente? Entonces me desconcentro y no sé qué contestar y digo: usted tiene razón, es una manera de ganar tiempo".
Tiempo. En mayúscula. Ésa es una de las presencias latentes en sus libros. Sobre todo en las tres crónicas o relatos de Traiciones de la memoria. Recuerdo, olvido, memoria, vida, vidas disociadas, sueños, futuro, pasado, reinvención; todo bajo el amparo del Tiempo. Como si apareciera el río de Heráclito citado a su vez por Borges. El último de los textos es una pieza sobre los ex futuros. "Es una idea muy bonita de don Miguel de Unamuno. Los ex futuros son esos yoes que se quedaron en la vera del camino de la vida, lo que nunca llegaron a ser, lo que pudieron haber llegado a ser. Todo el mundo tiene despojos de yoes que se van quedando ante una encrucijada...".
Rrriiinnnggg... rrriiinnnggg...
Ante la sorpresa del móvil, él coge la grabadora con la mano derecha para acercársela a la cara mientras dice: "Tranquilo, yo le voy contestando a la máquina. Cuando uno llega a una encrucijada, a una disyuntiva y toma por un lado de la ye (Y), pues en Colombia decimos una ye, sea la parte izquierda o derecha eso hace que la vida se aleje del tronco; tome por un camino muy distinto. Todos tenemos de alguna manera una cierta nostalgia por el camino que no tomamos, una cierta curiosidad por saber qué hubiéramos llegado a ser si nos hubiéramos ido por otro lado. Eso es de lo que trata el tercer relato de ese libro. Indago en eso que Unamuno dejó esbozado. Como te das cuenta, a mí me gusta más hablar solo o con una máquina o con un papel que con alguien", y sus palabras terminan entre risas que eclipsan el rugido de la máquina de A Brasileira.
Un tema perfecto en un café de Pessoa, porque él creó yoes absolutos con sus heterónimos, a los que hizo incluso horóscopos y dotó de una personalidad definida. "Una vez leí esto: 'Los cuatro poetas portugueses del siglo XX son Fernando Pessoa'. Es verdad, y se llaman Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Fernando Pessoa".
Es el paso a la procesión de ex futuros de Héctor Abad Faciolince. "Pienso en ellos permanentemente. La vida de cada uno está colgada de un hilito. La mayoría de mis ex futuros son muertos. Yo vivo en un mundo de pesadilla donde mis hijos se viven muriendo. Y yo sé que el hecho de que un hijo mío sufra una catástrofe transformaría mi cerebro en una mente loca y desesperada y destrozada".
Echa un vistazo atrás en su vida y ve que varios de sus ex futuros quedaron en la Italia de comienzos de los noventa. Lo esboza ahora, pero dos semanas después lo precisará por Internet fundiendo este tiempo presente con el futuro: "Hubo un momento en que yo quise dejar de ser colombiano y volverme italiano. Dejé incluso de hablar en español. La nacionalidad también es una ficción, un disfraz: algo que uno se pone, como la ropa. Tal vez la única nacionalidad auténtica es la lengua, como pensaba Canetti: uno es lo que habla. Y yo hablo una variedad del castellano que es el antioqueño: una especie de español antiguo que se habla en las montañas centrales y aisladas de Colombia. Pero no soy un nacionalista; en realidad no soy nada, o no sé qué soy. Uno tiene que inventarse cada año lo que quiere ser. La identidad -esa palabra tan antipática- también es una ficción, no es una realidad, es una cosa que uno se inventa y se pone, como un sombrero".
Pide otro oporto en medio de tintineos y el ruido de la máquina registradora por alguien que ha pedido la cuenta. Le llama la atención que la entrevista haya derivado en el tema del relato de los ex futuros, "el que a menos personas le ha interesado". Pero cuya idea del tiempo y el espacio, y concepciones de realidad y ficción, se entrecruzan en las tres piezas de Traiciones de la memoria. Incluso la última frase del tercer relato conecta y complementa al segundo al desmontar de un plumazo la realidad contada hasta ese instante difuminando lo real con lo ficticio y lo imaginado. Mientras el primero es una gran crónica periodística y literaria que se convierte en sí misma en un cuento policiaco donde el hijo quiere saber por qué su padre llevaba el día de su asesinato un poema de Borges que empieza diciendo: "Ya somos el olvido que seremos", y que todos creían apócrifo, pero que tras un largo periplo geográfico y filológico encuentra su paternidad y lo confirma como auténtico junto a otros cuatro en una historia sembrada de pistas, azares y persistencia y que al final parece más un farol del determinismo. El libro alterna muchas imágenes de las pruebas y pistas que Abad Faciolince va encontrando y que invitan a diversificar la lectura, sobre todo porque en Colombia hubo un gran debate sobre la autoría del poema de Borges, puesto como epitafio en la tumba del doctor Héctor Abad Gómez.
La pesquisa sirve para que el hijo plante cara a la justicia colombiana ante la impunidad del asesinato, al encontrar una verdad literaria.
El fotógrafo se acerca a la mesa. Es señal de que fuera ha escampado. El escritor se levanta de la silla y a medida que avanza hacia la puerta su imagen se aleja en el espejo a su espalda. Sale con Jordi Socías a la calle y hace todo lo que él le dice para las fotos. Pasan delante de la estatua de Pessoa, suben por la rúa de Garrett y cruzan la António Maria Cardoso, en cuya esquina acaba de instalarse un puesto de castañas delante de un edificio donde el fotógrafo quiere hacerle unas pruebas. A los pocos minutos vuelven a bajar por la rúa de Garrett y el pelo acaracolado del escritor está más alborotado que nunca al haberle cabestreado a Socías sus peticiones, cuyas imágenes al final han ilustrado esta entrevista.
Su aspecto de científico loco es el de un buen momento. Ya era hora. Tras una adolescencia donde el dolor y la muerte se hizo presente con una hermana y empezó sin terminar varias carreras como medicina, filosofía y periodismo. Luego, en la universidad, un artículo contra el Papa hizo que lo expulsaran, y que al final terminara, precisamente, en Italia, donde se graduó en Literaturas Modernas. Al regresar a Colombia en 1987, en agosto los paramilitares asesinaron a su padre, y el día de Navidad estaba volando de nuevo a Italia por amenazas. Después llegarían su esposa e hijos, y un periodo de incertidumbre y penurias (narrado en parte en el segundo relato). A comienzos de los noventa empezó a escribir una columna dominical el diario bogotano El Espectador, y publicó algunos libros hasta que en 2000 ganó en España, con Basura, el I Premio Casa América de Narrativa Innovadora. Un año después firmaría aquella carta de protesta por la exigencia de visado a los colombianos con la promesa de no volver hasta que eso cambie. En 2006, casi 20 años después del asesinato de su padre, se sintió con fuerzas para escribir sobre aquello, lo que le ha valido el reconocimiento de público y crítica. Ahora es miembro del consejo editorial de El Espectador, con una columna de opinión muy leída.
De vuelta en A Brasileira, la conversación va hacia su vida entre la realidad real del periodismo y la ficción literaria. Es la penúltima pregunta. Se entusiasma e improvisa, pero luego la matizará en un correo electrónico: "Yo creo que vivo siempre en la realidad; y al mismo tiempo, como lo que percibe y filtra la realidad es mi cerebro, creo que vivo siempre en la ficción. Nunca sé muy bien si algo que viví lo viví realmente o si mi cerebro se está inventando un recuerdo. Cuando uno se da cuenta de las deformaciones que hace permanentemente la memoria, cuando uno ve los sesgos con que la ideología nos hace percibir la realidad, a veces me da la impresión de que todos vivimos en un mundo ficticio. La ideología es como una lente de color rosa o de color negro y todo depende del cristal con que se mire. Dos periodistas asisten a una misma batalla y parece que nos hablaran de dos batallas distintas cuando la cuentan: un periodista cubano y un periodista español nos hablan de una huelga de hambre en La Habana, y parece que hablaran de dos cosas distintas. Yo como escritor trato de ponerme dentro de la cabeza del hombre que hace la huelga de hambre, y aparece otra historia más, diferente. ¿Cuál de las tres es la historia real? Y si la historia es contada por el mismo protagonista, y él se ve a sí mismo como un mártir o un héroe, también hace de su misma huelga una leyenda. Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece más que todo, todo, es ficción".
La máquina registradora suena ahora por la mesa del rincón. Un par de minutos después, el barullo y el olor a café de A Brasileira quedan atrás y son reemplazados por el ruido de la calle y el olor a castañas asadas. Ya en la esquina de la humareda, antes del adiós, el escritor colombiano le pregunta al fotógrafo si su apellido es con ese o con ce: "Con ce", responde. "Ya, pero viene de sosias, es decir, de algo doble o que se parece mucho, está en el Anfitrión, de Plauto, cuando Mercurio se hace pasar por Sosias el criado del general Anfitrión". Son casi las cinco y media, y la tarde va a terminar como empezó, el mismo cielo pálido y el mismo tema de tres horas antes cuando Héctor Abad Faciolince se despida, saliendo del humo oloroso a recuerdos, contestando la última pregunta: -¿Cuándo vuelve a España? Y se autorretratará y resumirá en 17 palabras: "Soy un exiliado español. La próxima vez nos veremos en la frontera o allí donde murió Machado, en Collioure...", para perderse andando por la rúa de Garrett arriba en busca de una de sus pasiones, librerías de viejo.
Aquí. Hoy
Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.
Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los ritos de la muerte, y las endechas.
No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Jorge Luis Borges"Vivimos en una lucha desigual contra la mentira"
Colombia, violencia, verdad, Uribe, impunidad, verdad, justicia, dolor, amor. Colombia. Son temas que salpican la entrevista con Héctor Abad Faciolince y cuya respuesta definitiva llega a través del ciberespacio.
PREGUNTA. -La investigación del origen del poema es una forma de plantar cara a la justicia colombiana y su impunidad ante el asesinato de su padre. Si ellos no fueron capaces de investigar, usted, desde la creación, sí halló una verdad a pesar de los miles de obstáculos narrados en Traiciones de la memoria.
RESPUESTA. Los seres humanos vivimos en una lucha desigual contra la mentira, la ignorancia, la irrealidad. Los científicos tratan de arrebatarle terreno a la oscuridad; los poetas tratan de entender; los detectives tratan de hallar indicios para saber quién mató o con quién puso cuernos la esposa o el marido. La justicia debería hallar y castigar a los asesinos. Los filólogos intentan saber quién fue el autor del Lazarillo de Tormes. Puede que en últimas no importe saber quién es el asesino o el cornudo, ni quién es el autor de una novela o de un poema, o si una vacuna contra el sida sirve o no... Yo participo de ese prejuicio humano muy difundido: las ganas de averiguar y de saber: quiero saber con quién me traicionó mi mujer; quiero saber quién dio la orden para matar a mi padre; quiero saber si el que escribió un soneto fue Borges o no. Si la justicia colombiana fue incapaz de encontrar y castigar a los asesinos, al menos yo creo haber hecho bien mi pesquisa filológica: yo sí sé quién escribió ese poema que parecía anónimo, o apócrifo, o inventado, o paródico. Creo haber demostrado su autenticidad. Puede que no sea importante, pero a los humanos, en general, esas cosas nos importan.
P. ¿Hacia dónde cree que va Colombia?
R. Hay algo fabuloso y al fin nuevo: no vamos hacia otro gobierno de Álvaro Uribe. Hace ocho años vivimos como hipnotizados por su mismo discurso, que es otra ficción: un espíritu de guerra y de cruzada, en un país asediado por los malos, por los bárbaros, por los guerrilleros. En realidad, las FARC están tan aisladas y desprestigiadas como ETA, pero Uribe nos metió en la ficción de que están a punto de conquistarnos, que son un dragón cuya cabeza tenemos que cortar. Los caudillos necesitan siempre, para poder gastarse una buena tajada del presupuesto en armas, inventar la ficción de un dragón que escupe fuego. Y los ciudadanos nos tragamos esa ficción como si fuera realidad. Si uno habla de cosas normales, como escuelas, agua potable, carreteras, nada parece serio ni real. Lo único serio y real es el dragón.
P. El amor y el desamor son temas que ha abordado en anteriores novelas, como Fragmentos de amor furtivo, y ahora en El amanecer de un marido.
R. El tema ineludible de las novelas del siglo XIX y principios del siglo XX fue el adulterio. El adulterio era la amenaza más grave a una institución sólida y en ese momento ineludible, el matrimonio. Ese gran tema del mundo de ayer no puede ser abordado de la misma manera en el mundo de hoy porque el matrimonio es una institución mucho más precaria e inestable. En el transcurso de una vida, lo más frecuente ahora es que no tengamos una relación, o un solo matrimonio, sino varios. Lo nuevo es la complejidad de los sentimientos cuando, por las libertades contemporáneas, obedecemos con más facilidad al deseo de cambiar. Esto crea nuevas tensiones, nuevos dolores, amaneceres trágicos. Ésta es la temperatura temática de los distintos cuentos de El amanecer de un marido. Un hombre o una mujer descubren un día, al acostarse o al levantarse, que ya no desean o que ya no aman a la persona con la que durmieron o con la que van a dormir. Sentir eso no es fácil; y sentir que el otro siente eso es incluso menos fácil.

Brugada le limpia el camino a Citlalli/Salvador García Soto

Brugada le limpia el camino a Citlalli/Salvador García Soto El Universal, | 19-09-26 |  La candidatura de Citlalli Hernández a la alcaldía C...