27 nov 2010

¿Fiscalía o Comisión de la Verdad?


Fiscalía o Comisión de la Verdad?

René Delgado


 

Reforma, 27 Nov. 10;
No, no se trata de revivir el viejo debate sobre los desaparecidos y los muertos durante el 68 y "la guerra sucia" de los setenta. No, se trata del problema que habrán de encarar las Fuerzas Armadas y el próximo gobierno cuando termine el calderonismo y se quiera saber la verdad de los crímenes de la guerra contra el crimen.
Es obvio que el próximo presidente de la República recibirá el reclamo de distintos sectores de la sociedad y, sobre todo, de quienes tras la pena de perder a esposos, padres o hijos fueron agraviados al explicar con inaceptables mentiras la causa de la muerte de sus familiares y seres queridos. Se dice fácil pero, oficialmente, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha recibido 112 quejas sobre ese particular y el gobierno maneja, como una cifra más entre otras, que menos del 5 por ciento del total de muertos en la guerra son civiles, esto es, alrededor de mil 500 personas.
Hasta ahora, el penoso caso de las víctimas de "los daños colaterales" se ha querido justificar de la peor manera: como un porcentaje inherente a toda guerra -que, quizá, podría aceptarse- pero que han manchado al contar cínicas mentiras o al repartir condolencias como si fueran reportes del clima.
Es evidente que el próximo gobierno tendrá que responder por lo que ahora ocurre y resolver qué hacer con los mandos militares y policiales, los entonces ex secretarios de Estado y, quizá, el entonces ex presidente de la República. ¿Fiscalía Especial, Comisión de la Verdad o el consabido carpetazo que terminará por involucrar como cómplice al próximo gobierno?
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Ciertamente no se les puede regatear al Ejército, la Marina, la Policía Federal y a algunas policías locales el reconocimiento por la guerra que libran contra los criminales y muchísimo menos dejar de rendir honores a los integrantes de esas Fuerzas que, en estricto cumplimiento del deber, han perdido la vida o han quedado como lisiados de guerra.
No, no hay por qué regatear ese reconocimiento, hay que hacerlo y estas líneas son para ello.
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Dicho y reconocido lo anterior, tampoco se puede ignorar -a nombre de la unidad a ciegas- lo que, desde el inicio de esta guerra, se ha cuestionado: la falta de estrategia y la cerrazón mostrada por el gobierno para escuchar y replantear de manera integral (no sólo militar y policial) los términos de esa guerra. Con enorme soberbia, se ha sostenido como falsa disyuntiva: combatir como se combate o cruzarse de brazos frente al crimen. Ésa es una grosería.
De las más diversas maneras, analistas, activistas, periodistas, intelectuales y ciudadanos comprometidos han señalado derroteros distintos para evitar que la muerte se entronice como la única forma de encarar al crimen y el miedo como la única forma de relacionarnos. Sólo un reducido sector de intelectuales y periodistas aplaude la estrategia seguida hasta ahora y, al ritmo que corre el caudal de sangre, el gobierno se mira cada vez más solo.
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La realidad del país es triste como nunca y, aunque se pretenda negar, es evidente que al término del calderonismo se exigirán cuentas con muchísimo mayor ahínco que ahora para esclarecer si, en verdad, los casi 30 mil muertos de esta guerra eran criminales.
No puede ser de otro modo. Sin investigaciones conclusivas, a veces ni siquiera abiertas, y con la fuerza de una credibilidad falleciente se insiste en asegurar que la inmensa mayoría de los muertos fueron criminales. ¿Por qué? Porque el boletín en turno los sentencia como tales sin averiguación ni juicio de por medio y sólo se reconoce que menos del 5 por ciento no lo eran.
Sin embargo, cuando se toma nota de las imperdonables mentiras* con que se ha querido explicar la muerte de la señora Patricia Terroba, en Cuernavaca; de los muchachos de Villas de Salvárcar, en Juárez; de los estudiantes del Tec de Monterrey, Jorge Antonio Mercado Alonso y Javier Francisco Arredondo; de los niños Bryan y Martín Almanza Salazar, en la carretera Ribereña de Tamaulipas; del señor Vicente de León Ramírez y su hijo Alejandro Gabriel, en Monterrey; de Víctor Manuel Chan y Ramón Pérez Román, de Jalpa de Méndez; del doctor Mario Robles Gil, en Colima... la sangre se va al piso porque las mentiras, simple y sencillamente, se suman como agravio a la pena y al dolor de verlos muertos. Y ésos son los casos conocidos... ¿cuántos más habrá sin conocer?
Un militar de alto rango comentaba en privado que se pueden cometer errores, pero lo que no se puede hacer es sumarle tonterías a los errores. Desde luego, lo decía con un lenguaje mucho más florido. Sin embargo, en todos los casos conocidos sobre el error se ha montado una historia de mentiras y, entonces, ineludiblemente, terminado este sexenio se tendrán que rendir cuentas de lo que hoy se niega o sobre lo cual se miente.
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Es tan delicado como triste ver cómo, después de que lograron reconstruir su presencia e inserción social a partir de tareas de auxilio y asistencia, las Fuerzas Armadas estén de nuevo ante la perspectiva de ser llamadas a cuentas por haber desplegado una función para la cual no contaban ni con la legislación ni la preparación necesaria y cómo, a pesar de los spots laudatorios, hoy de nuevo se les mira con miedo y recelo.
Se entiende, desde luego, por la disciplina y la verticalidad de su institución, que los militares respondan a la voz del mando superior y, entonces, la interrogante es si ese mando superior estará dispuesto a rendir cuentas de las órdenes que dio cuando, sin la banda tricolor terciada al pecho, se vea obligado a informar por qué lo hizo, qué ocurrió y cómo lo explica.
Problema para esos mandos y funcionarios de hoy, pero también para quienes los sucedan en esos puestos y, sobre todo, para quien a partir del 1o. de diciembre de 2012 ocupe la residencia oficial de Los Pinos.
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Problema porque voltear al pasado sin tener un motivo al frente o un proyecto hacia adelante termina por complicar o cancelar el futuro. Problema porque, cuando en el presente no se escuchan ni se atiendan los reclamos, el pasado se presenta como destino y, entonces, las naciones pierden tiempo valiosísimo para rehacerse y proyectarse. Problema porque toda guerra, cualquiera que ésta sea, abre heridas que, cuando no se cierran ni cicatrizan debidamente, supuran.
Ése es el problema de declarar una guerra sin decirlo, de sostenerla sin escuchar lo que se dice, de practicar el dogma de hacer las cosas a capricho, de pensar que el número de muertos es el marcador de un torneo sin destino.
¿Fiscalía Especial, Comisión de la Verdad o complicidad a cuestas?* Recuento tomado parcialmente de la columna de Sergio Sarmiento.
sobreaviso@latinmail.com
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Don Alejo

Don Alejo /Jaime Sánchez Susarrey
Reforma, 27 Nov. 10;
La historia de don Alejo puede ser leída de muchas maneras. Se trata, sin duda, de un hombre cabal y muy valiente. Defendió su convicción y su propiedad hasta las últimas consecuencias
La historia es conocida y ha sido ampliamente difundida. Alejo Garza Tamez fue asesinado la madrugada del 14 de noviembre por un comando de 30 sicarios en su rancho a 15 kilómetros de Ciudad Victoria, Tamaulipas. Un día antes, esos mismos delincuentes le habían dado un plazo de 24 horas para que abandonara su propiedad y se las entregara.
En respuesta, don Alejo, de 77 años, pidió a sus trabajadores no presentarse a trabajar al día siguiente y, viejo cazador, se atrincheró solo en su casa con sus armas. Cuando el convoy de sicarios se presentó, alrededor de las cuatro de la madrugada, abrió fuego, eliminó a cuatro e hirió a otros dos.
Para ultimarlo, los sicarios utilizaron armas de alto poder y granadas. Ante la intensidad de la balacera, los presuntos zetas abandonaron el lugar por temor a que se presentaran las Fuerzas Armadas, como de hecho ocurrió cuando posteriormente se apersonaron elementos de la Marina.
La historia de don Alejo puede ser leída de muchas maneras. Se trata, sin duda, de un hombre cabal y muy valiente. Defendió su convicción y su propiedad hasta las úl- timas consecuencias. Seguramente porque sabía que si se doblegaba se convertiría en un muerto en vida. Y eso es algo mucho peor que perder la vida.
Pero plantea, también, una serie de preguntas. ¿Por qué no recurrió a las autoridades municipales y estatales para que lo protegieran? La respuesta la dio Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, al declarar que en varias ocasiones había denunciado amenazas y presiones pero nunca se le atendió.
Queda, sin embargo, una segunda pregunta: ¿por qué no pidió la protección de la Policía Federal o de las Fuerzas Armadas? La respuesta es sencilla. Porque era un ciudadano común y no tenía un canal de comunicación privilegiado. Y porque su solicitud hubiese sido procesada (ignorada) como tantas otras.
Con un agravante. La denuncia y la solicitud de protección equivalían a correr el riesgo de que los delincuentes fuesen informados y perdiera, con ello, la única ventaja real que tenía: el factor sorpresa. Por eso resulta admirable no sólo la valentía, sino la coherencia y sangre fría del personaje.
En las redes sociales, Twitter y Face- book, la historia de don Alejo ha tenido un gran impacto. Todos los comentarios son favorables y hay quien lo define como el único héroe del bicentenario. Y no es difícil entender por qué. Su historia encarna a la perfección el sentimiento de indefensión y rabia que sentimos la gran mayoría.
Indefensión, porque sabemos que el Estado es incapaz de garantizar nuestra seguridad personal. Rabia, por la impotencia frente a criminales que tienen enormes recursos e imponen su ley a sangre y fuego en la más completa impunidad. Quedan, entonces, sólo la certeza de que la buena suerte nos protege y la esperanza de no toparse nunca con el crimen organizado.
Sin embargo, el malestar social y las respuestas iracundas de la población empiezan a proliferar. El 20 de octubre pasado en Tetela del Volcán, Morelos, un grupo de ciudadanos detuvo y estuvo a punto de linchar a un gru- po de secuestradores (cuatro hombres y una mujer) y al subdirector de la policía municipal por estar coludido.
Un mes antes, el 21 de septiembre en Ascensión, Chihuahua, otro grupo de ciudadanos indigna- dos detuvo a una ban- da de seis secuestradores, que había levantado a la hija de un regidor. No sólo eso. Los ciudadanos exigieron y obtuvieron del alcalde el despido de los 12 policías municipales y el entonces gobernador, Reyes Baeza, reconoció que era necesario abrirle espacios a la inconformidad y participación ciudadana.
La historia de don Alejo y las movilizaciones en Ascensión y Tetela del Volcán tienen una misma matriz: la incapacidad del Estado para garantizar la paz y la seguridad de los ciudadanos. Frente a ese vacío de poder, que está infestado de corrupción y complicidad, la gente decidió asumir su propia defensa.
¿Es indeseable que así sea? En el mundo perfecto de la teoría y el derecho, sí. Lo mejor sería que el Estado asumiera responsable y eficazmente esas tareas. Pero como la realidad no es así, no se les puede pedir a los habitantes de Ascensión ni a los de Tetela del Volcán que sufran los delitos y los asesinatos poniendo la otra mejilla y rogando a Dios que un día el Estado cumpla sus obligaciones.
De hecho, no hay ningún elemento para suponer que en el mediano y largo plazos las cosas vayan a mejorar. Todo indica que seguirán empeorando. Con un agravante indignante, pero real. La clase política en su conjunto no parece mayormente preocupada por el problema.
El mejor ejemplo está en que mientras mantenían larguísimas discusiones para repartirse los 3 billones 430 mil millones de pesos del presupuesto 2011, la iniciativa presidencial para reformar los cuerpos policiacos bajo un mando único seguía y sigue entrampada.
Ante semejante desastre vale recordar que la Constitución de 1857 establece en su artículo 10: "Todo hombre tiene derecho a poseer y portar armas para su seguridad y legítima defensa". Más aún, se podría agregar hoy, cuando el Estado es incapaz de garantizar la paz y el orden.
La historia de don Alejo impone mucho más que una reflexión. Los ciudadanos tienen todo el derecho de organizarse para defenderse. Ellos son, en los municipios, barrios y pequeñas comunidades, quienes mejor pueden hacerlo. Sería más inteligente utilizar ese potencial que ignorarlo o, peor aún, intentar sofocarlo.
Basta imaginar qué hubiera pasado si don Alejo hubiese podido recurrir a vecinos y amigos para defender su rancho y su dignidad. No honraríamos hoy su memoria, sino celebraríamos su triunfo.

Onésimo

En el nombre del padre Onésimo/JOSÉ CÁRDENAS

El Universal, 26 de noviembre de 2010

El obispo de Ecatepec es rico, poderoso, soberbio y muy astuto. Conoce la ley al revés y al derecho. Prefiere lo chueco. Dice que el Estado laico es “jalada”. Rechaza el voto de pobreza. Es bígamo: siervo de dioses y diablos. Cultiva relaciones inconfesables con poderosos. Convierte agua bendita en puerca. Comparte mañas con el padrote Maciel.
La historia en breve. 28 de abril de 2003. Consta en un documento que el señor obispo le prestó 130 millones de dólares “en efectivo” a la señora Olga Azcárraga. En 1976, doña Olga creó la empresa Arthinia Internacional para resguardar 42 obras de arte de su propiedad. Cuadros de Rivera, Frida, Orozco, Chagall, Sorolla, Picasso y Modigliani. Las obras quedaron en comodato dentro de su casa. Onésimo Cepeda era confesor de doña Olga. Sabía todo. A la muerte de la señora Azcárraga reclamó los cuadros para la Iglesia. Hasta demandó legalmente sus “derechos”. Alegó que el préstamo existió. Que la señora se fue sin pagar. Los abogados de Arthinia apelaron. El pagaré resultó falso. Primero, Olga Azcárraga firmó una hoja en blanco; segundo, el papel fue llenado con los requisitos necesarios para convertirlo en un pagaré. Onésimo endosó el documento a Jaime Matute, ex tesorero de Arthinia, hombre de confianza de doña Olga. Lo volvió cómplice. Les cayeron en la transa. Onésimo y Matute no han podido acreditar cómo prestaron a la señora 130 millones de dólares en efectivo, ni de dónde sacaron tanto dinero.
Engañar a un juez, falsificando pruebas, es un fraude procesal. Es cosa del demonio. La Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público prohíbe a los ministros de las iglesias celebrar actos mercantiles con “fines de lucro” (artículos 5, 8, 9 y 12). La ley le viene “guanga” al obispo sonriente. Desde 2008 se burla. No en balde le apodan El Guasón.
Onésimo Cepeda tendrá que probar su inocencia por intento de fraude. El abogado Xavier Olea afirma que el líder de la Iglesia ortodoxa intervino a favor de Onésimo para que el Tribunal Superior de Justicia del DF negara la aprehensión. Después de dos años procedió la demanda contra el obispo. Debió ser presentado hace una semana ante el juez. Fue imposible. Lo salvó un “infarto”. Abogados del obispo interpusieron un recurso de revisión contra el amparo que obligaba la acción penal. Ahora Onésimo tiene tres meses de gracia. ¿Se la seguirán persignando, como él mismo presume? Como diría la abuela: “Se vale ser puerco pero no trompudo”.
EL MONJE LOCO: El domingo el PAN cumple 10 años de no poder. ¿Decena trágica? ¿De qué sirvió la transición? México con el PAN no es más justo ni más rico. No hay horizonte. Ni empleo suficiente. Ni más seguridad. Al contrario. En una década el PAN ha traicionado credo, doctrina y prédica. ¿Cómo llegaría a la Presidencia otro panista? Pregúntenle a Manuel Espino, que hoy podría ser excomulgado de esa congregación.

Crímen organizado en Brasil

  • El Ejército y la policía entran en la favela con la mayor concentración de narcotraficantes de Río

  • Dos horas de intensos tiroteos precedieron la entrada de los militares en el Complexo Alemão de la cuidad brasileña

  • JUAN ARIAS | Río de Janeiro
    El País, 27/11/2010
    Las fuerzas del orden, 800 soldados enviados como refuerzo, 40 vehículos, cinco carros de combate con ametralladoras y varios helicópteros con luces infrarrojas, ya han entrado en el mayor y más violento grupo de favelas de Río de Janeiro, el llamado Complexo Alemão donde se han ido concentrando en los últimos días los cerca de 1.000 narcotraficantes que huían de los barrios ya pacificados en los que las fuerzas de seguridad habían logrado instalarse.
        La difícil y compleja incursión de policías y militares, que necesitaron varias horas para sellar las 44 entradas y salidas de la favela para impedir que huyeran los traficantes, fue precedida por intensos tiroteos que se prolongaron durante dos horas. Los narcos, ante el imponente despliegue armado de la policía militar y del Ejército, con las caras pintadas, vestidos de negro y jugándose el todo por el todo, disparaban agazapados en las esquinas de la barriada.
      El gran ataque al Alemão había sido autorizado por el presidente en funciones, Luiz Inácio Lula da Silva, en persona y por el ministro de Defensa, Nelson Jobim. La orden era entrar pero evitando muertes de civiles. A causa del cierre del espacio aéreo, los medios de comunicación no pudieron esta vez captar imágenes desde helicópteros. Según la prensa, en el primer choque entre militares y narcos se produjeron sólo heridos, entre ellos un fotógrafo de la agencia Reuters. Según testimonios de habitantes de la favela, recogidos por redes sociales, se han visto cadáveres en las calles. A los hospitales sólo han sido trasladadas, sin embargo, ocho personas heridas.
      La ONG Amnistía Internacional también había pedido a las fuerzas del orden que intentaran sobre todo evitar víctimas civiles en las favelas, y recordaron que en un ataque en 2007 a esta barriada se produjeron muertes de civiles que aún hoy permanecen sin investigar.
      Apoyo de la población
      Esta vez, sin embargo, la población, aunque reacia aún a hablar con los periodistas por miedo a represalias futuras, se puso abiertamente de parte de los militares. Desde las ventanas se veían agitar banderas blancas y carteles escritos a mano, con caligrafía de niño con la palabra PAZ en mayúscula. Otros hacían con los dedos de las manos el signo de la victoria.
      El comandante militar, el general Adriano Pereira Júniror, afirmó esta mañana que no sabe durante cuánto tiempo se prolongará la ocupación del Complexo Alemão. "Hemos entrado hoy, pero no sabemos cuándo vamos a salir", afirmó. La ocupación, según los expertos de la policía militar, no será fácil ni rápida y podría provocar numerosas víctimas.
      Advertencia de la ONU
      La ONU ha emitido una nota a sus funcionarios pidiéndoles que suspendan todas las actividades que suelen llevar a cabo en las favelas en coordinación con las ONG. Les han enviado también un mapa con 25 calles de Río por las que deben evitar transitar estos días. La nota de la ONU señala: "Nada es más precioso que la vida y los traficantes disparan a matar". Sin embargo en la ciudad, durante la noche de ayer, disminuyeron drásticamente las acciones terroristas y sólo fueron quemados cinco autobuses.
      Las autoridades judiciales han señalado que la orden de crear el caos y el miedo en la ciudad partió de las cárceles. Los presos más peligrosos y con mayores contactos con los narcos que controlaban las barriadas han sido separados y trasladados a otros penales.
      La mayoría de los 800 militares que han entrado en la favela habían trabajado en misiones de paz de la ONU en Haití. La orden es que el Ejército se limite a sellar las entradas y salidas y patrullar las calles. El trabajo duro de enfrentarse a los narcotraficantes queda para la policía.
      Balance de víctimas
      El balance oficial de los seis días de guerra en las favelas es de 45 personas muertas, 200 heridas y cien autobuses incendiados. Las cifras reales, según informan algunos periodistas presentes en los combates, podrían sin embargo ser muy superiores.
      El fotógrafo Marcelo Pin, del diario O Globo, que se encontró anoche en medio de la refriega, relató que"atravesaba las callejuelas en medio de los tiros cerrando los ojos". El periodista ha descrito algunas escenas de niños gritando y mostrando a su madre el vientre sangrando por las balas, y a un coronel de la policía intentando detener con un pañuelo la hemorragia del brazo de un joven soldado herido de 19 años, olvidándose de las balas que pasaban por encima de su cabeza.
      Mientras tanto, sigue en pie la solidaridad de la población de Río con los militares, hasta el punto de que 3.000 policías y bomberos jubilados se han ofrecido como voluntarios para cooperar en la batalla contra los narcos. Y es que la ciudad ha interrumpido en gran parte su rutina. Muchas escuelas y centros universitarios de la ciudad siguen cerrados, los autobuses cambian a menudo de ruta para huir de los lugares más conflictivos y en los hospitales se han pospuesto numerosas operaciones.

      26 nov 2010

      La Matute

      Posible imagen de Ana María Matute/ Pere Gimferrer, de la Real Academia Española
      Publicado en ABC, 25/11/10;
      En mi horizonte vital y literario, Ana María Matute ha sido siempre propiamente una torre vigía, o más bien el vigía de su propia torre. A esta presencia he dedicado muchas horas de lectura y palabras escritas o dichas volanderamente, según el caso, desde mi adolescencia hasta la presentación de su último libro, «Paraíso inhabitado». Entre la impermanencia de lo oral y la permanencia de lo escrito, agavillar palabras fijadas y precisas es a la vez el más condigno y el más indispensable homenaje mío en esta hora: un retrato de Ana María Matute como persona y autora y posiblemente un retrato de mí mismo como autor, amigo y lector.
      En el recuerdo de aquellos años, Barcelona era una ciudad en la que hacía mucho frío. Estoy hablando de mi adolescencia, y ninguna época resulta más adecuada que esta para hablar de una escritora cuyo espacio imaginativo natural parece ser el tiempo adolescente. Las casas, por dentro, eran destartaladas, solemnes y hórridas, siempre de otra época, siempre con aquella mezcla de aparatoso mal gusto ajado y de luz desconchada que parecía caracterizar al universo adulto: ser adulto, dejar de ser adolescente, era sin duda ingresar en este ámbito en el que al carácter anacrónico y como enfundado en cretona del mobiliario se aunaba cierta rigidez a un tiempo físico y moral, hasta tal punto que uno podía creer fácilmente que oía crujir las vértebras y articulaciones de los mayores, casi como huesos de pájaro o varillajes metálicos, con cada difícil movimiento, apenas concebible en un mundo cuya supervivencia parecía depender de la más perfecta inmovilidad. Yo me santiguo ahora al ver con qué inconsciencia muchas personas de mi generación han podido caer de nuevo en la misma trampa, y ser tan rígidos, tan poco flexibles, tan peones de otra ortodoxia, tan escasamente imaginativos como sus mayores: han llegado a ser, en suma, aquello que se juraron no ser jamás. Entonces y ahora —en aquella Barcelona fría, en aquel Madrid de hollín; también en esta Barcelona de luz, en este Madrid de nácar—, la escritura de Ana María Matute encarnó, y encarna, la subversión que parecía un privilegio efímero y frágil de la adolescencia.
      Manifiestamente, la literatura era esto: no el sopicaldo que dispensaba en tacitas el periódico matinal, ni tampoco aquellos medallones de chafarrinones y de similor que exhibían los escaparates en la calle venteada y gris como un fotograma en blanco y negro. No: la literatura eran aquellas palabras de Ana María Matute que surgían donde menos se las esperaba, los faros de aquel auto de línea que avanzaba por la carretera solitaria en un relato aparecido en un semanario femenino y quedaba grabado en la mente y aun diríamos que en la retina, con tanta intensidad como, muchísimos años más tarde, un coche parecido en alguna película de Víctor Erice, de Gutiérrez Aragón o de cierto Carlos Saura. Naturalmente, la poesía que de tales textos dimanaba era —como en el título de un relato de la autora que tuve la satisfacción de premiar en un jurado ferroviario presidido por Camilo José Cela— «de ninguna parte»: ni de aquí ni de allá, ni de un tiempo ni de otro, del lugar y el tiempo de Ana María Matute. Tal es, precisamente, el rasgo distintivo de quien es de verdad escritor.
      En aquel cono de luz tamizada o cúpula de claridad invertida del recuerdo adolescente, la voz de Ana María Matute —poco más de treinta años podía tener ella entonces— emerge, en la estupefacción de la tarde narcotizada, de la carcasa de una radio. Le preguntan qué libro regalaría, y menciona los Evangelios. Le preguntan por los escritores jóvenes y responde que los Goytisolo darán mucho que hablar. Pero la persona, unida a la voz, mucho más tarda en aparecérseme: será ya al filo de mis veinte años, de modo fugaz en algún bar olvidado —¿acaso el Neguri?—, y luego, en Sitges, en el hotel Calípolis, en la cena de los premios de la Crítica, probablemente en 1972, cuando los obtuvieron Salvador Espriu y Francisco Ayala. Y aquí y allá y acullá: en este o aquel premio, o en la terraza de su antigua casa de la calle de Provenza, con una fortaleza medieval de madera, juguete para niña mayor, miniatura terribilísima en el regazo; o, ya en la estación ferrocarrilera de aquel su cuento galardonado, permanente «Matutova», como se lee en algunas de sus traducciones eslavas, y como solía llamarla Jaime Gil de Biedma. Pero no vaya a creerse que todo esto es pacotilla de decires y de mohines entre amigos, no; cumple rendir homenaje, no a tal o cual cristalización momentánea de los humores de una época, sino a una escritora de cuerpo entero. Y, para hacerlo de modo cabal, es preciso acudir al punto de intersección temporal, en el que, en mi experiencia, se estableció el más fecundador diálogo con su escritura.
      Era un verano montuno o montaraz, a fines de los años 50, en las soledades del valle de Núria. Acababa de aparecer la obra hasta entonces de mayor aliento de la escritora: «Los hijos muertos». Aun con algún reparo ocasional o menor, la crítica le había sido muy favorable. Y lo que, de modo disperso, había podido yo vislumbrar en algún cuento o en novelas más breves podía aquí desplegarse en su total granazón. La escritora ha tenido luego —en «Primera memoria» o en «La trampa» o en «La torre vigía»— otros momentos de plenitud, y los tendrá sin duda, de nuevo en el futuro, acaso ahora mismo, pero a «Los hijos muertos» le corresponde la doble prerrogativa o prioridad de haber sido ocasión para que por primera vez se expansionara el aliento fabulador y poético que aparecía ya, cuán poderoso, en la turbadora novela inicial «Los Abel», y también de haber constituido el lugar de un encuentro, en la vastedad pirenaica, que equivalió a un reconocimiento en mi trayectoria de lector. Aquellos nombres de personas o lugares —los Corvo, Hegroz—, con resonancia de sima mítica; aquella prosa galvanizada de imágenes; aquel lenguaje táctil y visual a un tiempo; aquellos parajes de monte abrupto, aquella ciudad —la mía— a la vez reconocible e irreconocible en la invención y el destello de la página; aquella guerra por mí no vivida, que se convertía, no en cromo edificante o en vinoso cartelón de romance de ciego, sino en este peculiar género de arquetipos trágicos que denotan una verdad profunda; y, acaso por encima de todo ello, aquella infancia crucificada, aquella adolescencia herida, aquel muñón de luz cautiva en los ojos que a un tiempo expresan el dolor, el deseo y la inocencia, ojos de niño vistos con sensibilidad adulta, para decirlo en libre paráfrasis, cabalmente, de cierto ensayo de T. S. Eliot que por entonces tradujo Jaime Gil de Biedma: así se me apareció, restallante en su plenitud e inalterable en ella ya, el arte de Ana María Matute, que ha sabido ser también soñadora de un ultramundo de amores sombríos y de torreones ásperos. A ningún otro escritor se parece. Me dirán acaso algunos que a Faulkner; ocurre más bien que su modo de no parecerse a nadie hace pensar en el modo de no parecerse a nadie que Faulkner tiene. Le debemos hoscas baladas legendarias, viñetas urbanas o rurales, esquirlas de sagas broncíneas, cuajarones de epopeyas de nuestro tiempo envueltas en papel de periódico ensangrentado. Le debemos, muy principalmente, este instante de revelación abismal que permite vislumbrar los intersticios del ser, lo que en lo hondo somos —«Yo sé quién soy», decía don Quijote—, lo que la palabra común antes ignora que nombra, la comarca que sólo el poeta, o quien la alteza del habla poética ha conquistado, descubre para maravilla de cada lector. Era humosa y coqueta sin gracia y redicha aquella Barcelona; pero aquellas palabras de Ana María Matute eran muy de verdad y, aventada la ciudad del tiempo de impostura, permanecen.

      La FGR revira y el caso pasó a FEMDO

       Hay anuncios que nacen con eco de trueno y terminan desinflándose en el silencio de los escritorios. Eso fue exactamente lo que ocurrió con...