Por Fred Alvarez P.
Publicado en la revista
especializada “Código Topo” de Excélsior, 5 de agosto de 2013.
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Renuncias, cambios, golpeos bajos; combate al lavado de dinero el objetivo
de Francisco.
El 15 de febrero de 2013 Benedicto
XVI tomó una firme decisión al nombrar al laico alemán Ernest voy
Freyberg como Presidente del Consejo de Superintendencia del Instituto de Obras
de la Religión (IOR)* más conocido como “Banco del Vaticano”. Cinco días
antes, Karl Joseph Aloisius Ratzinger, había roto una tradición de siglos
renunciar al papado número 265; días después Jorge Mario Bergoglio, cardenal
arzobispo Primado de Buenos Aires, Argentina, se convertía bajo el nombre de
Francisco, en el primer Papa latinoamericano en la historia de la Iglesia
católica y ratificaba en el importantísimo cargo al abogado alemán, pidiéndole
continuará con la investigación de malos manejos en ese Instituto.
La intención de ambos papas es limpiar la
casa a fondo. No es tarea fácil, la poderosa Curia Vaticana no quiere cambios
en esa institución, que ha tenido una serie de irregularidades, y que ha sido
controlada por una mafia clerical. Ya casi nadie se acuerda de los escándalos
de los años ochentas por la quiebra del Banco Ambrosiano de la cual el IOR era
accionista. El colapso del Ambrosiano fue el peor escándalo que sacudió a la
Iglesia católica bajo Juan Pablo II, que implicó alegatos de vínculos
sospechosos con la mafia italiana y la oscura logia masónica P-2 (Propaganda
dos). El jefe del Banco Roberto Calvi huyó de Italia luego de que se declarara
la bancarrota y tiempo después lo hallaran ahorcado en Londres en junio de
1982. Lo más grave es que el fraude dejó un agujero de 1,400 millones de
dólares de entonces y muchos muertos; incluso originó la quiebra de una
treintena de empresas, y aunque el Vaticano siempre rechazó cualquier
responsabilidad sí admitió su "implicación moral" y decidió pagar 241
millones de dólares de la época a los acreedores de la entidad.