El Universal, 1 de marzo de 2016
Cuando
se va a dormir, Joaquín Guzmán Loera acostumbra taparse por completo: pasar la
cobija por encima de la cabeza y cubrir todo su cuerpo.
Hasta
ese hábito pone nerviosos a sus celadores.
Imagino
de inmediato un acto del maestro de la magia David Copperfield cuando coloca
una tela sobre una guapa modelo y al jalar vigorosamente el trapo ¡pum! ella ya
no está. Han de pensar que así se les puede escapar ahora El Chapo.
Por
eso, cuando el abogado del líder del Cártel de Sinaloa denunció que no lo dejan
dormir en su celda, que lo despiertan cada dos horas y que lo quieren volver un
zombi, la Comisión Nacional de Seguridad respondió que en realidad lo
despiertan cada cuatro horas para realizarle la “prueba de vida”: cerciorarse
que bajo ese bulto escondido en una cobija hay un ser humano, está vivo y se
llama Joaquín Guzmán Loera.
Los
dos policías federales con perro adiestrado que viven afuerita de la puerta de
su celda, donde lo graban las 24 horas, tienen estrictamente prohibido hablar
con él. Se ha dispuesto para su vigilancia, a través de video, nuevo personal
de monitoreo que rota cada cuatro horas. Esa imagen llega en tiempo real hasta
los teléfonos inteligentes de varios funcionarios de alto nivel, quienes me han
confirmado esta información.
El
Chapo permanece esposado de las manos por la espalda y le quitan las esposas
casi sólo para comer e ir al baño. Su salida al patio es a solas, sin ningún
otro interno con quien convivir, y ese recreo no es en la explanada general,
sino en un pequeño jardín.
