14 jun 2009

Militares infiltrados

El gobierno ha desplegado a más de 36 mil militares a lo largo del territorio nacional para combatir a los cárteles de droga
Servían 10 oficiales militares a “El Chapo”
gobierno mexicano ha desplegado a más de 36 mil militares a lo largo del territorio nacional para combatir a los cárteles de droga, cuya confrontación ha dejado más de 7 mil 700 personas muertas desde principios de 2008.
Nota de Silvia Otero
El Universal Domingo 14 de junio de 2009
Defensa Nacional los entrega; pueden estar detenidos subtenientes y hasta un teniente
Un grupo de 10 militares con grado de oficiales subalternos del Ejército colaboraba con el cártel de Joaquín El Chapo Guzmán, filtrando información al grupo criminal sobre las operaciones que desplegaría la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) contra la organización, por lo que los uniformados fueron detenidos y entregados a la Procuraduría General de la República (PGR).
Una investigación militar permitió descubrir la infiltración del cártel del Pacífico en las filas castrenses, donde los narcotraficantes lograron reclutar a los 10 oficiales, entre los que se encuentran subtenientes del Ejército y al parecer hasta un teniente —de acuerdo con fuentes federales—, quienes desde la noche del viernes rinden declaración en la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO).
La Secretaría de la Defensa Nacional dio a conocer ayer que determinó no juzgar en el fuero militar a los sospechosos
de trabajar al servicio de El Chapo Guzmán, para que éstos sean procesados en los juzgados civiles y enfrenten cargos por delincuencia organizada y los delitos que resulten de su presunta colusión con el narcotráfico.
En un escueto comunicado, la dependencia reveló que derivado de una investigación de la Procuraduría General de Justicia Militar, se detectó a 10 oficiales subalternos que filtraba información a integrantes de la organización delictiva Guzmán Loera, lo que implica que la penetración del grupo criminal fue más allá del reclutamiento de los elementos de tropa.
Aunque la Secretaría de la Defensa Nacional no precisó el rango de los detenidos, ni la región militar a la que estaban adscritos o la zona en la que estos 10 oficiales subalternos tejieron una red de protección para los integrantes del cártel del Pacífico.
Hasta el cierre de esta edición, la Procuraduría General de la República tampoco proporcionó información sobre la identidad de los detenidos que la Sedena decidió entregarles, ante las evidencias que recabó sobre las presuntas actividades delictivas de sus oficiales.
La Secretaría de la Defensa Nacional sólo indicó que con la detención y entrega de los militares “ratifica su compromiso ante la sociedad, que su proceder en el combate al narcotráfico y crimen organizado será firme, enérgico y decidido, por lo cual no se vacilará en juzgar y castigar conforme a derecho a los integrantes del Instituto Armado que incurran en este tipo de delitos”.
Militares ligados al capos
Los nexos de militares de rango con el narcotráfico se han registrado también en el pasado. En 1997 fue detenido el general Jesús Gutiérrez Rebollo, ex comisionado del desaparecido Instituto Nacional para el
Combate a las Drogas (INCD), quien fue condenado a 40 años de prisión por brindar protección al extinto Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, quien fuera líder del cártel de Juárez.
Por sus presuntos vínculos con esa misma organización, los generales Arturo Acosta Chaparro Escapite y Francisco Humberto Quirós Hermosillo (finado) fueron detenidos en agosto de 2000 y tras un proceso militar se les sentenció a 15 y 16 años de prisión, respectivamente, aunque en 2002 obtuvieron un amparo; al final al primero de ellos se le concedió la libertad el 29 de junio de 2007 por falta de pruebas por delitos contra la salud.
En fechas recientes, en enero de 2008, la Secretaría de la Defensa Nacional también entregó a la PGR a cuatro militares —un jefe, tres oficiales y un elemento de tropa—, tras descubrirse que colaboraban con el cártel de los hermanos Beltrán Leyva, por lo que estos ex elementos castrenses son procesados en el juzgado séptimo de distrito en materia penal.
Mientras que en mayo de este año la Procuraduría de Justicia Militar también detuvo y puso a disposición de la PGR a 12 militares por sus presuntos nexos con el grupo de sicarios de Los Zetas, el brazo armado del cártel del Golfo.
***
Comunicado de prensa
"SEDENA PONE A MILITARES A DISPOSICIÓN DE LA SIEDO.
"Lomas de Sotelo, D.F. a 12 de junio de 2009,
La Secretaría de la Defensa Nacional informa, que la Procuraduría General de Justicia Militar, como resultado de una investigación, detectó que un grupo de diez oficiales subalternos filtraban información a integrantes de la organización delictiva “GUZMÁN LOERA”.
El día de hoy dichos militares fueron puestos a disposición de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada para los efectos de su competencia.Con el debido acatamiento a la ley y en congruencia con las políticas implementadas por el Gobierno Federal, la Secretaría de la Defensa Nacional ratifica su compromiso ante la Sociedad, que su proceder en el combate al narcotráfico y crimen organizado será firme, enérgico y decidido, por lo cual no se vacilará en juzgar y castigar conforme a derecho a los integrantes del Instituto Armado que incurran en este tipo de delitos.
-0-0-0-0-0-
Dirección General de Comunicación Social. Tels. 5557-1370 y 5580-5146
**

Infiltración e ilegaldad

Infiltración e ilegalidad/ARTURO RODRíGUEZ GARCíA
Revista Proceso # 1701, 7 de junio de 2009;
La aprehensión de capos de Los Zetas y de los hermanos Beltrán Leyva motivó en Nuevo León una ola de violencia y evidenció que las policías municipales –y también la estatal– están infiltradas por el narcotráfico, al punto de que uniformados de varios municipios se enfrentan –inclusive a balazos– con miembros del Ejército y rescatan a capos momentáneamente retenidos. Pero los operativos en que las fuerzas militares ocuparon las sedes de varios ayuntamientos y detuvieron a decenas de agentes policiacos –cuyos familiares denuncian que en su arraigo están siendo torturados– son impugnados por violar la soberanía y no respetar el proceso legal y los derechos humanos.
MONTERREY, NL.- La detención de 85 policías durante la primera semana de junio –de los cuales 54 fueron arraigados– fue precedida de una ola de violencia desatada por la aprehensión de cabecillas de Los Zetas y de los hermanos Beltrán Leyva que, de acuerdo con las máximas autoridades del estado, han infiltrado a las corporaciones policiacas, cuyos elementos también se enfrentan a tiros con las fuerzas militares.
Así lo admite en entrevista con Proceso el secretario de Seguridad Pública en la entidad, Aldo Fasci Zuazua, quien refiere que los cuerpos policiacos municipales –y también los estatales– fueron infiltrados al punto de que en mayo pasado se enfrentaron con caravanas del Ejército y ayudaron a escapar a capos de la droga.
La nueva ola de violencia comenzó con la detención del presunto jefe de plaza de Los Zetas, Sigifredo Nájera Talamantes, alias El Canicón, ocurrida el 20 de marzo en Saltillo, y de Héctor Huerta Ríos, alias El JR o La Burra, presunto operador de los Beltrán Leyva, el 24 de marzo, y se intensificó con la aprehensión, el 18 de mayo, del relevo de éste, Rodolfo López Ibarra, alias El Nito, cuando las fuerzas castrenses lo aprehendieron en el Aeropuerto del Norte, ubicado en Apodaca, al regresar de un bautizo que, según el periódico El Norte, festejó en Acapulco en compañía de Arturo Beltrán Leyva.
Entre ese día y el 20 de mayo, el Ejército realizó en total 13 detenciones relacionadas con el narcotráfico, la última de las cuales, en Monterrey, fue la de Raymundo Almanza Morales, alias El Gori, identificado como miembro de Los Zetas y hermano de Octavio El Gori 4, quien a su vez había sido detenido en Cancún el 9 de febrero.
Para el secretario de Seguridad Pública Aldo Fasci, la clave de la violencia reciente está en los reacomodos. Explica que la presencia de varios grupos delictivos en el área se debe a la asociación que durante algún tiempo sostuvieron los cárteles de Sinaloa, de Juárez y de los hermanos Beltrán Leyva, por una parte, y por la otra, el cártel del Golfo y el grupo de Los Zetas.
Actualmente, la presencia criminal se limita al cártel del Golfo-Zetas y a los hermanos Beltrán Leyva, cuyos mandos han sido capturados recientemente, mientras que sus relevos no han alcanzado a instalarse.
“Lo que pasa –dice el funcionario– es que después de la detención de los grandes líderes, una vez conocido su modus operandi, los relevos llegan con gente nueva y con otros métodos para hacer sus ajustes.”
Y sí: El pasado 15 de mayo, cuando el oficial José Antonio Palacios Beristáin, cercano al comandante local de la Policía Federal Preventiva (PFP), Francisco Javier Calatayud Yépez, se encontraba en un restaurante de San Pedro Garza García, fue objeto de un atentado.
Como Palacios Beristáin logró escapar, los sicarios lo persiguieron en tres vehículos por la avenida Lázaro Cárdenas, abrieron fuego e hirieron a dos personas que lo acompañaban. En su huida, Palacios Beristáin logró llegar a las instalaciones de la PFP, hasta donde arribó el comando y abrió fuego con rifles AR-15 mientras agentes federales repelían la agresión. Sólo el inmueble y varios vehículos resultaron dañados.
A partir de ese día se han verificado varios tiroteos y ejecuciones, especialmente en fraccionamientos exclusivos de San Pedro Garza García y de la zona sur de Monterrey. Según la policía, varias capturas han podido consumarse por delaciones de los propios delincuentes detenidos.

Policías contra militares

El involucramiento de policías municipales con el narcotráfico los ha llevado al extremo de confrontarse a balazos contra militares e inclusive a rescatar a narcotraficantes detenidos.
El 4 de mayo, al menos unos 15 oficiales de policía, de los municipios de San Nicolás, Escobedo y Apodaca, fueron detenidos luego de resultar implicados en la protección de un capo del cártel del Golfo-Zetas que logró fugarse durante una balacera desatada en la colonia El Mezquital.
Conforme a un comunicado que emitió la Sedena el 4 de mayo, dicho capo, encargado de Los Zetas e identificado sólo como El Comandante Coloso, fue rescatado y retirado por policías municipales en una patrulla cuando, en medio de la balacera, se encontraba herido.
Según la Sedena, un convoy militar ubicó a dos sujetos con armas largas en un callejón y, al tratar de detenerlos, empezó la refriega. En seguida llegó la patrulla 0201 del municipio de Apodaca y sus tripulantes empezaron a disparar a los soldados.
Al tratar de escapar en reversa, la patrulla se impactó contra un tráiler y los policías que la ocupaban salieron corriendo; el tractocamión obstruyó la salida del convoy militar, mientras el patrullero de San Nicolás de los Garza José Carlos Treviño Carreón ayudaba a escapar al Comandante Coloso en la patrulla Nitro número 0378.
El patrullero Treviño Carreón fue detenido dos días después, pero el capo sigue libre.
Apenas unos días antes, el 28 de abril, se había producido un altercado entre policías municipales y soldados cuando, en una revisión militar “de rutina”, los elementos del Ejército detuvieron a una patrulla municipal.
En el momento en que los militares intentaron revisar el Nextel que portaba el patrullero de la unidad 0311, Juan Francisco Becerra, éste solicitó refuerzos y más de 20 patrullas de los municipios de San Nicolás de los Garza y Monterrey acudieron en su auxilio a las afueras del Club de Leones de San Nicolás.
Las tres Hummers del Ejército fueron rodeadas por más de 20 patrullas de San Nicolás y unas cinco de la Policía de Monterrey, que obstruyeron la salida de los militares y sostuvieron una fuerte discusión, hasta que les regresaron el aparato telefónico.
Ese día, los elementos policiacos de los dos municipios dijeron a reporteros locales que el problema es que han sido objeto de hostigamientos frecuentes por parte del Ejército, cuyos efectivos, al revisarlos, no les regresan sus pertenencias.
Otro episodio parecido se produjo el 7 de mayo, cuando un convoy militar y patrulleros de la Policía Municipal de Escobedo discutieron porque al hacer alto a la patrulla 0289, tripulada por el comandante municipal Adrián Puentes, éste huyó argumentando que, sin motivo, los soldados lo andaban vigilando.
El secretario de Seguridad Pública, Aldo Fasci, agrega que se está enfrentando un nuevo riesgo con los agentes de Tránsito, quienes no se hallan sujetos a controles de confianza, avisan a los cárteles de todo lo que ocurre en las calles y fungen como “halcones”.
Al respecto, el Ejército mexicano ha acumulado numerosas fotografías y videos que muestran a patrullas de Tránsito que los siguen durante los operativos que realizan las fuerzas castrenses. Por eso el Ejército abrió una indagatoria sobre el caso.
Aunque en los últimos dos años se han dado de baja alrededor de 2 mil 500 policías estatales y municipales de la zona metropolitana, Aldo Fasci comenta: “El problema es que tenemos que reponerlos, y las redes de delincuentes los vuelven a cooptar, ya sea por complicidad o por amenaza”.
La infiltración se da principalmente entre los policías que andan en la calle, y pese a que abarca a todos los municipios del estado, el fenómeno se reproduce con mayor fuerza en los 11 municipios que componen el área metropolitana de Monterrey.
El funcionario asegura que la presencia de esos grupos en la zona metropolitana ha permitido que acaparen diferentes modalidades del delito, pero sobre todo el narcomenudeo.
Sin embargo, en municipios pequeños de la zona rural, los cárteles controlan las rutas carreteras y vecinales que conducen a los límites de los estados de Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León, que son clave en el trasiego de la droga.
Soberanía y derechos humanos
A raíz de los operativos realizados contra los jefes de plaza de Los Zetas y los Beltrán Leyva, se integraron las averiguaciones previas que propiciaron la ocupación de las policías municipales, por parte del Ejército, la primera semana de junio.
Con apoyo de policías federales y ministeriales, el Ejército ocupó, a partir del lunes 1 y hasta el viernes 5, las instalaciones de los municipios de Monterrey, San Nicolás de los Garza, Apodaca, Escobedo, Juárez, Santa Catarina, Salinas Victoria, García, Montemorelos, Allende y Santiago, de manera que para el 5 de junio 85 policías habían sido detenidos, de los cuales 54 fueron arraigados, 12 liberados y el resto se hallan pendientes de resolver.
Entre los detenidos para comparecer ante un agente del Ministerio Público, en las instalaciones de la VII Zona Militar, se encontraban el secretario de Seguridad Pública de Guadalupe, José Santos Almaraz Ornelas, y Héctor Gonzalo de la Garza Alejandro, jefe de policía; en Escobedo, Fernando Torre Cueva, titular de Seguridad Pública, y Víctor Manuel Silva Puente, director de la policía.
Lo mismo ocurrió al recién nombrado secretario de Vialidad y Tránsito de Monterrey, Amador Medina Flores, quien fungió como titular de la policía regiomontana hasta finales de mayo; a Alejandro Esparza Contreras, secretario de Seguridad en Montemorelos, así como al comandante operativo de la policía de ese lugar, Fernando Aboytes Núñez. En Allende, fue detenido Luis Humberto Vargas Flores, titular de Seguridad, mientras que en Santiago corrió igual suerte el juez calificador Eduardo Morales Ocayas.
Los mandos policiacos detenidos y liberados “bajo reserva” han acumulado acusaciones de corrupción.
Pero las detenciones se ejecutaron sin órdenes de aprehensión ni de presentación. Inclusive, la aprehensión de Fernando
Torre Cueva se dio con forcejeos, ya que exigió una orden judicial y, en respuesta, fue estrujado y esposado por los soldados, según publicó El Norte el miércoles 3 de junio.
A las 2:30 de la mañana del jueves 4, decenas de familiares de policías privados de su libertad arribaron a la sede de la Academia Estatal de Policía, donde se ejecutan los arraigos, concedidos por un juez local, contra 54 policías. El motivo fue que los alertaron telefónicamente de que los estaban torturando, con golpes en la planta de los pies, a fin de que firmaran confesiones falsas.
Más tarde, acudieron a la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Nuevo León (CEDH) para denunciar la incomunicación en que los tenían, ya que ni siquiera los abogados podían hablar con ellos ni acceder a sus expedientes.
La presidenta de la CEDH, Minerva Martínez Espinoza, envió un visitador y un médico y se comprometió a dar parte a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), pues las quejas son contra el Ejército. Sin embargo, su equipo informó el viernes 5 que los arraigados estaban “bien”.
Pese a lo anterior, la madrugada del viernes 5 un médico legista del organismo y un equipo jurídico se trasladaron al Hospital Universitario de Monterrey, pues se reportó que dos policías de Allende, Marcelino Martínez Chávez y Francisco Muñiz García, presentaban, el primero, fractura de cráneo, y el segundo, estallamiento de vísceras, luego de la detención militar.
Según las familias, que se hallaban acampadas fuera de la Academia de Policía, los arraigados fueron torturados, en algunos casos hasta dejarlos inconscientes, y una mujer policía abortó la mañana del jueves y tuvo que ser hospitalizada. Otro uniformado en arraigo acabó con las costillas rotas, según la explicación que se dio a las familias, “al caer de una litera”.
Fidel Gloria Aguilar, abogado contratado por los parientes de los detenidos, tramitó un amparo contra el arraigo, pero hasta el viernes no había tenido acceso a ninguna parte del expediente, y ni siquiera sabía si la averiguación era estatal o federal.
Ante los señalamientos, la coordinadora de Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos de Nuevo León, Consuelo Morales Elizondo, expresó que los operativos no respetaron el debido proceso, incurrieron en detenciones ilegales y arbitrarias, ignoraron los convenios de coordinación pactados con las entidades, incluyeron la prohibida participación militar y usaron el arraigo, considerado violatorio de los derechos humanos por la ONU.
La activista condenó la tortura y manifestó que tanto el caso de Monterrey como el de Michoacán –donde se detuvo a 30 servidores públicos– fueron violaciones a la soberanía.
“Las acciones del gobierno federal son un grave rompimiento del estado de derecho en un entorno electoral que sólo ha dado lugar a un espectáculo mediático, coyuntural, que impactará el ejercicio democrático en las próximas elecciones y repercutirá negativamente en la situación de los derechos humanos en el país.”

Testimonios de policías

Torturas estilo militar
GLORIA LETICIA DíAZ

Revista Proceso #1701, 7 de juni de 2009;
Testimonios escritos de 25 policías municipales de Tijuana detallan la forma en que sus jefes los entregaron a los militares, quienes les arrancaron declaraciones autoincriminatorias mediante tormentos. Los familiares de los detenidos, que han recurrido a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y al relator especial de la ONU sobre la tortura, cuentan su historia.
Golpes, asfixia, descargas eléctricas y hasta tortura sicológica sufrieron policías municipales de Tijuana a manos de personal militar en instalaciones del 28º Batallón de Infantería, adscrito a la II Zona Militar en Baja California, donde las víctimas fueron conducidas entre el 21 y 27 de marzo pasado sin orden de presentación ni mucho menos de aprehensión.
Según los testimonios escritos por algunos de los 25 policías municipales, los responsables de la privación de su libertad son el secretario de Seguridad Pública de Tijuana, teniente coronel Julián Leyzaola Pérez, y el director general de Policía y Tránsito Municipal, capitán Gustavo Huerta Martínez.
Las narraciones proporcionadas a Proceso detallan las torturas para arrancarles declaraciones autoincriminatorias a los policías, a partir de las cuales la delegación de la Procuraduría General de la República (PGR), a cargo de Humberto Velásquez Villalvazo, tramitó su arraigo. Esas declaraciones habrían sido utilizadas para conseguir una orden de aprehensión en su contra, librada por el Juzgado V de Distrito, por estar presuntamente vinculados con el narcotraficante Teodoro García Simental, El Teo.
Los testimonios son crudos:
Me entaiparon los ojos y las manos; el tape me cortaba la piel de las manos, mis dedos no los sentía. Luego me envolvieron en una cobija todo completo y entre seis me empezaron a golpear en todo el cuerpo por horas, perdía la noción del tiempo; en seis ocasiones me desmayé. Como no firmaba lo que ellos querían me siguieron golpeando, no sé por cuánto tiempo.
(…) me quitaron las botas y mis pies los metieron a una vasija con agua, luego pusieron cables de electricidad y eso siguió por horas (…) me pusieron cables con electricidad en mis testículos (…) yo sentía que me iban a matar (…) ya no podía más, firmé con los ojos enteipados. Hoy no siento los dedos de mi mano derecha.
Las descripciones de las torturas tienen en general el mismo patrón e incluyen golpes de asfixia con bolsas de plástico y toques eléctricos en pies y genitales. Cuando se desmayaban los despertaban a cubetazos de agua, pero en algunos casos tuvieron que recurrir a técnicas de resucitación.
El sábado 30 de mayo, familiares de los agentes municipales interpusieron una denuncia por privación ilegal de la libertad, abuso de autoridad, tortura, lesiones y lo que resulte, en contra del delegado Velásquez Villalvazo; del director de Sanidad del cuartel militar –supuesto encargado de resucitación durante los tormentos–, teniente Fernando Coaxin Hernández; de los funcionarios municipales de seguridad Leyzaola y Huerta, así como en contra de dos personas, apodadas como Tortas y Matute, a quienes los policías señalan como los torturadores.
De este asunto tienen conocimiento la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACNUDH) y la senadora Rosario Ibarra de Piedra, ante quienes acudieron familiares y las organizaciones que los representan: la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos (CMDPDH), la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste (CCDH) y el Consejo de Alianzas Ciudadanas de Baja California A.C.
Morosidad
El 24 abril, las familias de los 25 agentes interpusieron una queja conjunta en la delegación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) en Tijuana; algunas esposas lo hicieron antes de manera individual. Sin embargo, personal de la segunda visitaduría de la CNDH se entrevistó con los torturados entre el 18 y el 20 de mayo.
Para entonces, los policías ya estaban en el Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso) número 4, en Tepic, Nayarit, a donde fueron trasladados 24 de ellos el 7 de mayo, en tanto que una mujer policía fue llevada al Centro de Readaptación Social (Cereso) de esa ciudad.
La tardía actuación de la CNDH impidió documentar las torturas dentro del cuartel con peritos especializados, resaltan Mayra López, abogada de la CMDPDH, y Alberto Entebi, presidente del Consejo de Alianzas Ciudadanas de Baja California.
El 29 de mayo, López, Entebi y dos esposas de policías (Carolina Burgara Sarmiento y Delia López Salgado) se entrevistaron con el responsable del caso, el visitador adjunto Carlos Villaseñor, quien justificó al delegado de Tijuana, Heriberto García García, por no acudir al cuartel militar, “porque su especialidad es de atención a migrantes, y que por eso envió la documentación a la segunda visitaduría”, cuenta Mayra López.
“Villaseñor argumentó que él tampoco pudo trasladarse al cuartel militar porque le autorizaron y le liberaron viáticos para Tijuana hasta después de que se llevaron a los policías a Nayarit”. El funcionario les informó que integró la queja CNDH/2/2009/1527Q.
En el encuentro con Villaseñor, indican los activistas, se les informó que un detenido tiene todavía secuelas físicas de la tortura y los demás sufren los efectos sicológicos, al grado de que uno de ellos intentó suicidarse, además de que dentro del penal continuaron las torturas.
Entre las irregularidades denunciadas, los defensores destacan la violación a la garantía del debido proceso, pues fueron detenidos del 21 al 27 de marzo sin orden de aprehensión ni presentación, los trasladaron a Nayarit sin notificación previa y sus abogados aún no tienen acceso al expediente.
“Una vez que los policías fueron llevados a Nayarit, los abogados fueron al Juzgado III de Distrito, donde se les dictó el auto de formal prisión. Ahí les dijeron que el expediente se había enviado a Tijuana, al Juzgado V de Distrito, donde alegaron que aún no lo recibían. El 1 de junio les avisaron que ya había llegado, fueron a buscarlo y resulta que nuevamente les informaron que ya lo habían enviado de regreso a Nayarit”, cuenta Alberto Entebi.
Abogado de profesión, el presidente del Consejo de Alianzas Ciudadanas de Baja California considera que el caso contra los policías tiene serias irregularidades: “El 15 de marzo se llevan a cuatro policías al cuartel militar, los torturan, les rompen las costillas, salen libres días después, se reintegran al trabajo, y no sabemos qué fue lo que dijeron. Después se integra una sola averiguación (AP/PGR/BC/TIJ/717/09/M-II) en la que incluyen a los 25 policías con base en señalamientos que hizo un expolicía, Enrique Carrillo Osorio, aprehendido con anterioridad, a quien le ponen enfrente un álbum de fotografías del personal de la Policía Municipal y le obligan a que señale gente al azar”.
De acuerdo con la Agencia Fronteriza de Noticias, Carrillo Osorio fue detenido el 19 de marzo por elementos del Ejército Mexicano a bordo de un automóvil con reporte de robo: llevaba un arma calibre .9 milímetros, cartuchos útiles y 40 envoltorios de crystal.
El 8 de mayo, la PGR informó del traslado a Nayarit de los 25 policías, así como de Carrillo Osorio y José Raymundo Sotelo González, procesados por delincuencia organizada y contra la salud, en la modalidad de fomento. El boletín les atribuye haber declarado que “estaban bajo las órdenes de El Teo (Teodoro García Simental), que opera en Tijuana”.
Los policías municipales procesados son Artemio Duarte Martínez, Blanca Berenice Huizar Murguía, Carlos Cervantes Álvarez, Gerardo Garduño Escobar, Jaime Berumen Borrallo, Jaime Ávila Flores, Jorge Sánchez Reyes, Jorge Pérez Avendaño, José Alberto Castillo Ortiz, José Alfredo Cuevas Higuera, José Carlos Ávalos Luis, Luis Alberto Toledo Coello, Manuel Guerrero Flores, Manuel Adelmo Olivas Coss, Miguel Ángel Mesinas López, Maximino García Luna, Omar Medida Ricardo, Raúl Delgado Rivera, René Huante Mondragón, Roberto Zaragoza Martínez, Rodolfo Ismael Nava, Rolando Saldaña Chacón, Salvador Bolaños Sánchez, Samuel Alonso Ureña Varo y Víctor Manuel González Meléndez.
Testimonios
De acuerdo con Entebi, los testimonios de los policías fueron elaborados durante su confinamiento en el cuartel militar. Ahí permanecieron incomunicados al menos cinco días, hasta que se les impuso el arraigo por 40 días. Una vez que sus familiares consiguieron verlos, les autorizaron tres visitas a la semana, cada una de solamente cinco minutos de duración y bajo vigilancia militar.
Amenazados con ser golpeados e incluso asesinados si informaban de la tortura, algunos policías relataron su tragedia por escrito. Uno de los documentos concluye con la siguiente advertencia:
Hago responsable al teniente Leyzaola y al capitán Gustavo Huerta como al 28º Batallón si algo me pasa por pasársele la mano en caso de más tortura.
En las notificaciones enviadas por la CMDPDH y la CCDHN a los organismos internacionales, se aclara que los testimonios “son presentados de manera anónima por el temor a represalias por parte de los elementos encargados de su custodia”.
En las quejas enviadas al secretario ejecutivo de la CIDH, Santiago Cantón, y al relator especial sobre la Tortura de la ONU, Manfred Nowak, se anexaron 12 testimonios que tienen coincidencias sobre la forma en que fueron privados de su libertad y torturados, aunque no todos se conocían ni fueron ingresados al cuartel del 28º Batallón el mismo día.
Los policías relatan que fueron requeridos a las oficinas centrales de la policía por el titular de la SSP municipal, el teniente coronel Julián Leyzaola Pérez, y por el director general de Policía y Tránsito, capitán Gustavo Huerta Martínez. Ya ahí, los despojaron de sus insignias, armas y pertenencias, y los condujeron en patrullas a las instalaciones del 28º Batallón de Infantería, conocido como Aguaje de la Tuna.
En algunos casos, los propios altos funcionarios de seguridad y de policía habrían realizado los traslados. Uno de los policías dice haber escuchado cuando Huerta Martínez les decía a los militares “ahí se los encargo”, al momento de entregarlo junto con otros de sus compañeros.
Esa declaración está incluida en las denuncias presentadas a organismos internacionales. Identificado como “Testimonio 1”, narra que el policía denunciante fue entregado a los soldados el 25 de marzo por preguntar a Huerta Martínez la razón del arresto de sus compañeros en días anteriores. Y detalla las torturas:
Eran tres sujetos, uno sentado en mis pies, otro sobre mi estómago y uno más, que era el de la voz, quien me colocaba el plástico en la cara hasta que dejaba de respirar. Creo que en el primer interrogatorio perdí el conocimiento; recuerdo que cuando volví en mí sentí cómo me daban masaje en el pecho y al verme que ya estaba otra vez listo escuche: “ya volvió”, y nuevamente el mismo de la voz me colocaba el plástico en la cara con violencia en repetidas ocasiones (…) me golpearon los pies, las rodillas, me lastimaron a más no poder la costilla, se ensañaron; en dos ocasiones me resucitaron nada más para seguir torturándome, y más porque no contestaba lo que ellos querían (…) me sentaron en una silla metálica y yo desnudo y otra vez amarrado, nuevamente el de la voz dijo: “bienvenido a la silla eléctrica”.
El “Testimonio 4” asegura que el secretario Julián Leyzaola Pérez estuvo presente durante la sesión en que el denunciante fue torturado y en la que negó estar involucrado con el narcotráfico:
Me quitaron el teip de los pies y me pararon, cuando escuché la voz del secretario Julián Leyzaola Pérez que dijo: “muy bien, te creo” (…) me quitaron el lazo de las manos y me llevaron a otro cuarto, ahí permanecí como dos días enteipado de los ojos.
De la intervención médica para reanimar a los torturados –atribuida en las denuncias al personal de sanidad militar–, destaca el “Testimonio 12” de un policía que también asegura haber sido interrogado en presencia del Leyzaola y que se negó a firmar las declaraciones ministeriales que le indicaba el agente del Ministerio Público Federal, Marco Antonio Zepeda:
Fue entones cuando sufrí un infarto; en ese momento procedieron rápidamente a desatarme y quitarme todos los tapes. Después de eso las torturas que recibí no fueron físicas sino psicológicas, donde me decían que yo no valía.
Otro testimonio hace referencia a la “resucitación”. Aunque no está incluido entre los enviados a los organismos internacionales, se integrará al expediente abierto por la CNDH:
Cuando desperté, me estaban dando fuertes cachetadas en la cara y me estaban echando aire en mi boca y nariz con lo que parecía un resucitador que usan los paramédicos. Me dejaron en paz unos minutos y nuevamente me colocaron el plástico en mi rostro (…) me pude percatar que los sujetos que me torturaron estaban vestidos de civil, pero era obvio que los militares los conocían (…) al día siguiente vino por mí personal de la PGR, y a bordo de una panel azul me sacaron para llevarme a tomar unas radiografías a una clínica particular, y al otro día abordo de una ambulancia me volvieron a llevar a esa clínica para practicarme lo que creo era un ultrasonido.
El drama

Las familias de los agentes también son víctimas de las acciones de las fuerzas federales contra los policías municipales.
Carolina Burgara Sarmiento y Delia López Salgado, esposas de Raúl Delgado Rivera y José Carlos Ávalos Luis, viajaron a la Ciudad de México el viernes 29 de mayo gracias a una colecta que hicieron los familiares de todos los detenidos.
En la capital del país se entrevistaron con la CMDPDH, la CNDH y la senadora Ibarra de Piedra, y contaron cómo el arresto de sus maridos cambió su vida por completo y las dejó desprotegidas.
Al igual que muchas otras familias, durante cinco días estas mujeres no supieron dónde se encontraban sus esposos. Cuando finalmente los localizaron, contrataron abogados que les cobraron entre 8 mil y 25 mil dólares.
Carolina, de 20 años, cinco de casada y una hija de dos años, narra: “Durante tres días no comí. Perdí mi casa, porque mi marido estaba pagando la hipoteca; tuve que vender mis muebles, mi carro y todo lo que tenía para pagarle al abogado. Yo nunca he trabajado y ahora vivimos con Delia, y mi niña llora todos los días buscando a su papá”.
Delia, de 31 años, y siete de casada, dice que tuvo que enviar a sus dos hijos, de 12 y nueve años, con su madre a Sinaloa “porque nomás me veían llorar todo el día, me preguntaban dónde estaba su papá y yo no sabía que decirles; además no los podía llevar a la escuela porque me dediqué a buscar la forma de sacar a mi marido”.
Según ellas, las esposas de los otros policías “tienen problemas económicos muy serios, porque la mayoría tiene más de tres hijos y son amas de casa, hace dos o tres meses que no pagan renta, están a punto de que las echen. Por eso decimos que si nuestros maridos estuvieran con el narco, por lo menos tendríamos casa propia, pero no es así, tenemos apuros muy fuertes”, acota Delia.
El drama unió a los familiares de los policías. Así, hace dos semanas consiguieron que las visitas se extendieran de cinco a 15 minutos, se ufana Carolina. La primera muestra de cohesión se dio el 7 de mayo, justo cuando los policías iban a ser trasladados a Tepic.
“Ese día me llamó mi esposo –dice Delia– y me dio una serie de números para comunicarme con las demás familias. Nos organizamos: unas se fueron al cuartel, otras a la PGR, donde un agente nos dijo en voz baja que nos fuéramos al aeropuerto; ahí había policías y soldados apuntándonos con sus armas, pero aun así tumbamos las puertas del aeropuerto, todas teníamos mucho coraje. Una señora y yo nos desmayamos cuando vimos que se elevaba el avión con nuestros maridos.”
Carolina resume: “Para todas es lo peor que nos pudo haber pasado. Los soldados, los de la PGR, no se fijan a quién afectan. Detrás de cada policía hay una familia, hay niños que todas las noches preguntan por su papá, y mujeres como nosotras que no sabemos qué decir”.

Autoafirmarse

Autoafirmarse sin agredir a los Demás/XAVIER GUIX
Publicado en El País Semanal 14/06/2009;
Vivimos en sociedad, y echar las culpas a otros no resuelve problemas. La actitud más efectiva consiste en expresar nuestros sentimientos, derechos y opiniones respetando al mismo tiempo los de las otras personas.
Realizando cursos de comunicación asertiva, suelo preguntar a los participantes cómo resolverían la clásica situación de pedir a una amistad que les devuelva aquel dinero que le prestaron hace un tiempo. Las respuestas suelen dividirse en tres estilos. El primero suele ser el más jocoso y celebrado, basado en todo tipo de amenazas e ingeniosas maneras de someter al deudor.
La segunda pasa de la ironía fina al sarcasmo más cáustico. El tercero consiste en no hacer nada, en no decir nada, en una especie de amnistía financiera, justificada por amor a la amistad. No se les ocurre que pueda existir una manera de reclamar de forma positiva lo que les pertenece. De expresar al otro lo que piensan y sugieren como solución.
Existen múltiples situaciones, que podríamos denominar como “conversaciones difíciles”, que invitan a decir lo que pensamos y sentimos con comodidad y sin agredir al otro: pedir un aumento de sueldo, reclamar un mal servicio, quejarse de una falta de puntualidad, decir que no a una propuesta, hacer un comentario a un compañero de trabajo sobre algún aspecto de su higiene; hacer una crítica, en definitiva.
Hay que reconocer que eso que llamamos asertividad cuesta horrores en un país que aún resuelve sus conflictos y situaciones comprometidas a base de sacar pecho o de culpabilizar al otro. Nos altera el carácter sanguíneo y sólo funciona el “nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer”.
Eso no le ocurre al típico flemático inglés, que lleva la esencia de la actitud positiva en su propio lenguaje al iniciar todas las frases con la primera persona: I think (yo pienso), I believe (yo creo), I feel (yo siento). En cambio, por nuestras lides nos han enseñado que eso de empezar con yo suena a engreído. Por eso nos hemos especializado en el tú como eterno responsable de nuestros males, mientras que el yo sólo sirve para justificarse (Yo no he sido).
Una cuestión de dignidad
Un hombre tiene que tener siempre el nivel de dignidad por encima del nivel del miedo (Eduardo Chillida)
Robert Alberti y Michael Emmons publicaban el año 1978 Your perfect right: a guide to assertive behavior (Sus perfectos derechos: guía de la conducta asertiva). Definen la asertividad como el conjunto de conductas emitidas por una persona en un contexto interpersonal, que expresan los sentimientos, actitudes, deseos, opiniones y derechos de esa persona de un modo directo, firme y honesto, respetando al mismo tiempo los sentimientos y actitudes, deseos, opiniones y derechos de otras personas”. Dicho de una forma clara y rotunda: la capacidad de autoafirmarse.
Existen siete claves que expresan las leyes fundamentales de la asertividad:
1. Puedes hacerte respetar por los demás.
2. Reclama tus derechos.
3. Es imposible que todo el mundo te quiera.
4. Piensa en ti positivamente.
5. No te deprimas, actúa.
6. No te escondas de los demás.
7. Qué importancia tiene que salga mal, mientras te hayas afirmado.
No hay nada que nos ocupe y preocupe tanto como nuestras relaciones con los demás. Aunque presumamos a menudo de pasar olímpicamente de su opinión, lo cierto es que los tenemos presentes continuamente y, por supuesto, lo que puedan decir nos afecta en alguna medida. Pero también cabe observar lo que nosotros les decimos a los demás y cómo lo decimos.
Responder o reaccionar
La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil, hablar mal de los demás
(Tales de Mileto)

Mientras unas personas pretenden quedar bien con todo el mundo, tarea que conlleva mucho desgaste personal, otras, en cambio, se creen que disponen de todos los derechos y ninguna obligación, o sea, que no les importa pisotear a los demás con tal de lograr lo que creen que el mundo les debe.
Otra manera de dar rodeos a las cosas sin afrontarlas directamente es el uso de la ironía y el sarcasmo. Son estrategias que, si bien pretenden quitar hierro al asunto, al final confunden e incluso hieren más que una expresión clara de enfado. Aunque una fina ironía tiene un punto de admirativa, no cabe duda de que es una muestra de superioridad, y a veces de soberbia, que no trata la relación de igual a igual.
Hay que tener en cuenta, finalmente, a aquellas personas cuya reacción es el bloqueo, la pasividad, las que prefieren esconderse, no rechistar, dejarlo correr, hacer ver que no pasa nada. Ante tales extremos, la práctica asertiva se muestra como una especie de defensora de la dignidad, una manera elegante de poner cada cosa en su sitio. Porque en realidad nadie puede poner en duda lo que pensamos y sentimos. Pueden no estar de acuerdo, pueden poner límites a nuestras conductas, pero en ningún caso deslegitimar nuestras creencias y sentimientos. Y eso empieza por no deslegitimarse uno a sí mismo.
Somos seres conversacionales
Una buena conversación debe agotar el tema, no a los interlocutores (Winston Churchill)
Ante cualquier conversación, sobre todo si advertimos su dificultad, habrá que tener en cuenta al menos tres conversaciones que se producen a la vez, como si de muñecas rusas se tratara: “qué ha pasado” (contenido) “cómo me siento” (sentimientos) y “cómo me veo” (identidad). Ante el reto de ser nosotros mismos y serlo con los demás, la conducta asertiva puede tener en cuenta algunos principios de mucha utilidad:
– Dejar de pensar que el problema son los otros.
– Discutir sin comprender. No sólo cabe entender las palabras, sino el clima emocional que las acompaña, ser capaces de analizar la situación del otro.
– Cada experiencia es una oportunidad, pero deja de serlo si la tratamos como algo ya conocido. Evitar los pensamientos automáticos.
– Es importante conectar con nuestras intenciones, con los propósitos ¿Qué es lo que realmente quiero hacer?
– No querer tener razón
. Nuestras creencias son hipótesis y no verdades.
Vale la pena entrenarse en asertividad, por muy quijotes que nos sintamos a veces. Nuestras vidas transcurren en múltiples situaciones sociales, y no en medio de la selva, con lo cual no tiene sentido alguno el uso de la agresividad. Por eso, la próxima vez que tenga que reclamar el dinero prestado a un amigo le puede decir: “Por favor, me gustaría que me devolvieras aquel dinero que te presté. No me gustaría que mi relación contigo tuviera problemas por culpa del dinero. De este modo, cuando nos veamos nos sentiremos a gusto. Lo contrario es un mal rollo para todos”.

13 jun 2009

El Doctor Enrique Moreno


Una noche en la vida de 'dios'/JESÚS RODRÍGUEZ
Publicado en El País Semanal (http://www.elpais.com/), 14/06/2009;
Sus compañeros le llaman 'Dios'. Enrique Moreno, premio Príncipe de Asturias, es el maestro de los trasplantes. A los 70 años sigue persiguiendo retos. Compartimos 14 horas en quirófano con el gran cirujano español.
Por la mañana, cuando me levanto y me miro al espejo nunca pienso: "Enrique, ¡qué listo eres!". Lo que se me ocurre es: "Enrique, no sabes la marcha que te voy a meter hoy".
Y en este somnoliento domingo de abril, la marcha llega por sorpresa a las cinco de la tarde con el ingreso en el madrileño hospital 12 de Octubre de un varón en torno a los 30 años en muerte cerebral. Ha fallecido en accidente. Su corazón late. La familia decide donar sus órganos. Se activa el complejo y bien engrasado procedimiento de trasplantes. En media hora, todos los miembros del equipo están en sus puestos. En las próximas horas realizarán la extracción de sus riñones, corazón, hígado y páncreas. Limpiarán y acondicionarán esos órganos y sin perder un segundo los implantarán en varios receptores. De forma simultánea. Con la vista puesta en el reloj que preside cada quirófano. El éxito de la intervención depende de la rapidez con que se realice. Hay dudas sobre la viabilidad de los pulmones del donante para un trasplante más. Pueden tener una pequeña lesión. Son desechados. El hígado está en perfecto estado; va a ser dividido en dos; el fragmento más pequeño será implantado en un bebé de meses, y el resto, en una mujer de 37 años. Cinco personas recibirán un trasplante esta noche. Cinco personas volverán a vivir.
A las siete de la tarde, la tercera planta de este hospital del deprimido sur de la capital se encuentra a pleno rendimiento. Una marea de cirujanos cardiacos y digestivos, enfermeros, anestesistas, neumólogos, internistas, hematólogos, intensivistas y urólogos circula entre la media docena de quirófanos. Se han quedado sin domingo. No regresarán esta noche a dormir a casa. Gajes del oficio. Ni una queja. "El peor momento es cuando te llama la coordinadora y lo tienes que dejar todo y venirte corriendo; a partir de ahí, pura adrenalina", describe una anestesista. "Mientras operas, no notas el cansancio; cuando terminas, te derrumbas".
Siempre hace frío en esta zona impenetrable y aséptica que alberga los quirófanos. No huele a nada. Todo brilla. El acero y el cristal emiten tonos ácidos. Bajo las poderosas lámparas quirúrgicas que dejan en penumbra todo lo que escapa a su foco nunca se sabe si es de día o de noche. Invierno o verano. Un quirófano es una burbuja donde pierdes la noción del tiempo. Las horas vuelan. Todo es irreal. Incluso los vientres abiertos en canal. Una sensación que se acrecienta cuando tus interlocutores van vestidos con idénticos pijamas verdes y el rostro cubierto por mascarillas. Cada profesional va a lo suyo. Pocas palabras y poco dramatismo. Los instrumentistas ordenan sobre paños estériles la interminable, detallada y destellante ristra de bisturís, tijeras, pinzas, suturas y agujas que utilizarán los cirujanos durante la intervención. En dos quirófanos contiguos, los especialistas en anestesia y reanimación comienzan a preparar a la niña y a la mujer que recibirán un segmento de hígado. Les pinchan el cuello y las muñecas. La bebé llora. Mónica García, una anestesista cubierta con un exótico gorro quirúrgico decorado con perros de cómic, la tranquiliza con ternura. Se suma un coro de enfermeras y médicos que cubren de carantoñas a la pequeña paciente. El hielo se rompe. "No siempre es fácil aislarte emocionalmente en estas situaciones", relata un médico con los ojos húmedos, "sobre todo cuando tienes una niña de la misma edad y llegas a casa y la abrazas y piensas lo dura que es la enfermedad".
A las ocho de la tarde, Enrique Moreno González, al filo de los 70, catedrático de Patología Quirúrgica, jefe del servicio de cirugía general, aparato digestivo y trasplantes; maestro, investigador, académico y premio Príncipe de Asturias de Investigación por unanimidad, describe una elegante finta con su bisturí sobre el abdomen del donante, el héroe anónimo de la jornada. Moreno inicia la minuciosa división y extracción del hígado. Nada puede fallar. Un error supondría dañar el preciado órgano y condenar a los receptores a seguir aguardando. El 10% de los candidatos a recibir un hígado fallece en lista de espera.
Moreno trabaja ligeramente recostado sobre el cuerpo del donante, ayudado por dos cirujanos y una instrumentista. Es un tipo grande, de 1,90. Complexión atlética, brazos poderosos y cejas como cepillos. Un adicto al esquí y el tenis. Farfulla un interminable monólogo a media voz describiendo cada movimiento que realiza. Trufa su parrafada con recuerdos, anécdotas y bromas. Sin levantar la vista de ese metro cuadrado en el que cada órgano queda al descubierto como en una perfecta lección de anatomía. Apenas hay sangre. "Con Moreno, nadie sangra", dice Paco Gómez, uno de sus instrumentistas. El bisturí electrónico disecciona el hígado. Un tufo a carne quemada se extiende por la estancia.
Media docena de residentes del 12 de Octubre y médicos que proceden de hospitales de todo el mundo alargan el cuello para no perderse lo que sucede en la mesa de operaciones. Opera el Jefe. Opera Dios. 1.391 trasplantes hepáticos a la espalda. Pionero en la técnica de split (la división de un hígado de cadáver para dos personas) y en la extracción de un segmento de hígado de un donante vivo para implantar en un familiar. Su último reto son los complicados trasplantes de intestino y los multiviscerales, en los que se llegan a implantar seis órganos abdominales (hígado, estómago, páncreas, bazo, duodeno e intestino delgado) a un solo receptor. El más difícil todavía. Susurran que Moreno fue uno de los cirujanos que salvaron la vida a Juan Pablo II tras ser tiroteado por Alí Agca en la plaza de San Pedro en mayo de 1981. Ni niega ni confirma. "Yo andaba por allí".
Sus movimientos quirúrgicos son precisos, seguros y elegantes. De una extraña belleza. Con algo de coreografía. Le gusta comparar la cirugía con el arte. "El campo quirúrgico del doctor Moreno es único, amplio, ordenado, limpio, se visualiza perfectamente la patología que va a resolver. Hemos aprendido de él. Sus técnicas e innovaciones. Aquí se han formado la mayoría de los cirujanos que dirigen los grupos de trasplante hepático de toda España y Latinoamérica. Por aquí han pasado centenares de residentes y visitantes extranjeros. Ha creado escuela", explica un cirujano de su equipo.
Son las diez de la noche. Nadie mueve un músculo. Es agotador permanecer en pie durante horas sobre un espacio no mayor que una baldosa. Sin toser, beber ni orinar. Casi sin parpadear. Sufren las piernas y las cervicales. "Tenemos las mismas dolencias que los camareros: varices y hernia discal", bromea el doctor Carlos Jiménez, uno de los veteranos del grupo de trasplantes. En 1980, cuando era un residente novato, conoció al Jefe. Ha aprendido a su lado. Es su mano derecha. Cuando Moreno acabe su extracción de hígado, él iniciará la del páncreas. Un joven enfermo de diabetes espera en otro quirófano ese órgano y un riñón. Su vida ha sido un martirio. Un oscuro costurón sobre el pecho revela una reciente operación de corazón como consecuencia de esa enfermedad. Su existencia será muy distinta a partir de hoy. En otro quirófano, un enfermo cardiaco aguarda el corazón. Hay noche para rato.
Los maratones quirúrgicos del profesor Moreno han sido siempre motivo de comidilla entre sus rivales. Entre los que le apodan "Dios". La cirugía es una profesión de egos. Con una competencia despiadada. Operar más y mejor. Cueste lo que cueste. En los primeros tiempos del programa de trasplantes, Moreno se desplazaba en avión o por carretera a cualquier ciudad española en busca de un órgano; lo extraía del cadáver, regresaba y lo implantaba. Y vuelta a empezar.
A ese ritmo practicó dos centenares de trasplantes. Enlazaba uno con otro y otro más. Sin dormir. Ya no afronta esas palizas; se apoya en los cirujanos de su equipo; aún se enfrenta a las cirugías más complicadas, a los pacientes en peor estado, a los cánceres más intrincados. No le importa si se trata de un bebé de meses o un octogenario. Puede con todo. "Hay determinadas cirugías, como la extracción de un segmento de hígado a un donante vivo, que sólo la puede hacer el jefe", explica. "El que se la juega debe ser el jefe. Y yo me la juego como en mi primer trasplante".
Entre los rumores que corren en el celoso gremio de cirujanos en torno a su inagotable resistencia física hay uno que asegura que Moreno se sonda antes de cada operación para no perder el tiempo orinando; otro dice que consume estimulantes para aguantar hasta el límite; un tercero, que tiene un hermano gemelo que es también cirujano y se reparten los enfermos. Él ríe ante esos comentarios. "Como decía mi padre, recio como una encina".
Más que un médico; una leyenda. Un tipo fuera de lo normal. Graciano García, director de la Fundación Príncipe de Asturias, le define como "el último quijote; siempre hacer el bien, nunca hacer el mal". Moreno forma parte de una generación épica de cirujanos que comenzó su andadura cuando las transfusiones, la anestesia o las suturas vasculares eran pura artesanía sin respaldo tecnológico. Los hospitales carecían de todo. El anestesista era un convidado de piedra. Y la salvación de un enfermo dependía de las manos del cirujano. Cada reto podía ser el final de una carrera. Las hemorragias eran fatales. Y las infecciones. Eran héroes elevados a la categoría de cirujanos estrella. Ricos y respetados. Siempre hombres. Las mujeres llegaron más tarde. Algunas se quejan de que aún es una profesión machista.
Hoy, al borde a la jubilación, Enrique Moreno González, Dios, el Jefe, sigue siendo el mismo ambicioso luchador. Aquel brillante alumno de posguerra, soberbio y áspero con el poder, que abandonó la lucrativa odontología tradicional en su familia por la cirugía pura y dura. "Me ganó el enfermo grave, el enfermo complejo. Estar con él. Apoyarle. Sacarle adelante. Cuando era residente en el Gran Hospital de la Beneficencia, en Madrid, en los sesenta, vivíamos con los enfermos en la planta. Conocíamos el estado de cada uno. Operaba por la mañana y por la tarde. Quería ser un buen cirujano. Veía en esta profesión la perfecta combinación de manos y cerebro. Ese placer de curar, de adelantarte al fármaco. No hay placer igual".
-¿Disfruta cuarenta años después?
-Más que nunca. Si sigo es porque me interesan los enfermos. Es por lo que quiero continuar. Hemos salvado vidas; hemos visto cómo se curaban; los hemos visto al día siguiente con buen color y apetito; hemos buscado soluciones. Soluciones nuevas a problemas antiguos. A un cáncer de colon o de esófago. Sin amputar. Buscando la calidad de vida del enfermo. ¡Cuántas veces hemos llorado junto a las familias! Un enfermo no es un número. Si el cirujano carece de ternura y humildad... esto no tiene sentido. ¡Ojalá no tuviera que hacer un trasplante nunca más porque se resolviesen muchas dolencias! En 20 años, esto va a cambiar. Las hepatitis B y C estarán muy controladas y poco a poco se planteará la posibilidad de que se pueda sustituir el trasplante por otras terapias.
-¿Y su vanidad?
-Cuanto más alto es el bambú más bajo se inclina.
-¿Y su soberbia?
-Mi soberbia es muy pequeña. La protagonista es la enfermedad.
-¿Y su exceso de liderazgo?
-Creo en el liderazgo; el líder es un loco que trabaja más que nadie.
Esfuerzo y empeño. Es la historia de su éxito. Vivir sin vacaciones. Dormir poco. Investigar. Exigirse. "Cuando conocí a mi futura mujer le dije que nunca le podría dar cantidad, sino calidad. Y así ha sido". Durante 22 años se preparó para realizar un trasplante hepático. Veintidós años de espera. Desde aquel 1964 en que descubrió los textos de Thomas E. Starzl, el mítico cirujano estadounidense que acababa de realizar el primer trasplante de hígado. "Me conmocionó. Decidí que mi tesis doctoral trataría sobre esa materia. Pero en este país era impensable un trasplante. Faltaban la tecnología y los conocimientos y, sobre todo, en el franquismo había un enorme vacío legal que no se resolvería hasta los ochenta: la ley no contemplaba la muerte cerebral. Era imposible realizar un trasplante en esas condiciones. En 1964, cuando le dije al doctor del que dependía que mi tesis iba a tratar sobre el trasplante hepático, me contestó alucinado: "¿De qué dice que va a tratar, Moreno?".
Empezó a investigar por su cuenta. A realizar cirugía experimental con perros. Operó a 500 en siete años. Seguía trabajando como cirujano en un par de hospitales madrileños, y los fines de semana ayudaba a su padre como dentista para redondear el presupuesto. "En España no había nada que hacer con el trasplante. Estaba atascado con la tesis. Me planté y escribí una carta al doctor Starzl, a Denver. Le dije que era cirujano, había leído todo lo suyo y quería trabajar un par de años a su lado. Tenía necesidad de aprender. Aceptó. Me marché en 1969 dejando en España a mi mujer y a mi hija de meses. Les llamaba los sábados por teléfono y cuando la telefonista me decía que me quedaban 30 segundos juraba en arameo. Fue duro. Starzl era un dictador, pero era una maravilla trabajar en Estados Unidos por la dedicación y seriedad de sus cirujanos y los medios que tenían". En diciembre de 1972, siete años después de iniciar su tesis, Enrique Moreno la leía ante un tribunal; era la primera que se elaboraba en España sobre trasplantes. Nueva técnica de trasplante ortópico de hígado. Sobresaliente cum laude. Tardaría 14 años en llevarla a la práctica.
Había llegado el momento de ganarse la vida. En 1973 conseguía el puesto de jefe del servicio de cirugía general en un nuevo hospital del entonces extrarradio madrileño bautizado pomposamente Ciudad Sanitaria Primero de Octubre (conmemorando la fecha de la proclamación del general Franco a la Jefatura del Estado). En la oposición superó a sus viejos maestros. Obtuvo la nota máxima. Tenía 34 años. Y 90 camas en su servicio de cirugía abdominal. Aún no había trasplantes, pero podía ayudar a miles de personas con sus manos. A gente corriente.
Son las dos de la madrugada. El hígado del donante reposa sumergido en una solución helada. Está limpio y brillante. Su superficie es lisa y elástica como la piel de un delfín. Sobre la mesa de operaciones, intubada, sondada, monitorizada, ensartada por tres agujas (una, conectada directamente con su arteria pulmonar), reposa una mujer a la que es imposible ver el rostro. Tiene 37 años. Es una enfermera que desarrolló el sida tras un pinchazo con material contaminado. Moreno se vuelve a lavar minuciosamente; se cambia las calzas estériles, la bata y la mascarilla. Opera de nuevo. Todo el equipo se ha pertrechado de guantes dobles y gafas especiales para evitar un posible contagio de VIH. Es una intervención de riesgo. Hay que extraer el hígado enfermo; después, implantar el nuevo. El proceso lleva entre siete y 12 horas. El hígado cirrótico de la enferma está gris y tiene un aspecto granulado. A las tres y diez lo extraen. Comienza el implante. Se trata de coser minuciosa y pacientemente las venas y arterias del receptor a su nuevo hígado. Fontanería de alta precisión. Cada puntada concluye con un sólido y minúsculo nudo. Y otro. Y otro más. Durante horas. Los puntos más minúsculos se realizan con un hilo de siete ceros, del grosor de un cabello. Enrique Moreno sigue la máxima de los viejos cirujanos: "Corta bien, cose bien y todo irá bien". Tiene unas manos largas, grandes y velludas de carpintero o pianista. Domina la técnica de suturar los vasos por pequeños que sean. A su izquierda, Ángeles Fafila, instrumentista. 20 años a su lado. Su trabajo no es fácil. "Cada cirujano tiene su técnica y su experiencia, y el instrumentista debe conocerla de memoria y saber lo que quiere en cada momento. Mi misión es ir un paso delante del Jefe. Tienes que conocer su cirugía con los ojos cerrados. Saber lo que viene a continuación. Proporcionarle la tijera adecuada [hay 22 modelos, cada una con su función específica], enhebrar sin parar sus agujas y proporcionarle desde el bisturí electrónico hasta el monitor sin que te lo tenga que pedir. Ni un gesto. No puede perder la concentración. Al doctor Moreno no le gusta que le hagan perder el tiempo. Te puede caer un broncazo de muerte. Exige máxima atención, pero es también el que más valora nuestro trabajo".
Moreno tiene un genio jupiterino oculto tras su estricta educación de diplomático centroeuropeo. Es el Jefe. No pasa ni una. Y nadie le tose. Pone firme al más antiguo del escalafón. Al residente recién llegado. O al político de turno. Exige a todos por igual. En mitad de una intervención, ante un despiste de su instrumentista, aparta un segundo la vista del vientre abierto de la receptora, observa fríamente a su ayudante y le espeta un gélido "¡concéntrese, leche!". Tras la mascarilla se filtra el rubor de la aludida. Son las cuatro y veinte de la madrugada.
Ocho cirujanos, 12 anestesistas, seis instrumentistas. Y todo el 12 de Octubre detrás. "La cirugía es una locomotora que tira del tren de la medicina", sostiene vehemente Moreno. Rafael Matesanz, director de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) y auténtico genio del sistema de trasplantes en España, comparte esa opinión: "Hay en España 44 hospitales repartidos por todas las comunidades autónomas que llevan a cabo trasplantes. Esa descentralización es vital. Porque el trasplante arrastra a todo el sistema sanitario. Desde la anestesia hasta el posoperatorio; del tratamiento de infecciones al banco de sangre; de la nefrología a la enfermería. El hospital sale ganando. Y más aún siendo centros públicos. Que un cirujano de fama mundial opere en un hospital público es un canto a nuestro sistema sanitario. Moreno ha convertido su hospital (que está situado teóricamente en un barrio deprimido) en una referencia mundial. Y eso es bueno para todos. Se empeñó en que aquí se hicieran trasplantes y lo consiguió. Sin apoyo institucional. Él solito".
Francisco Pérez-Cerdá aterrizó en este hospital como residente de anestesiología en 1980. Hoy es jefe de ese servicio. El 22 de abril de 1986 participó en el primer trasplante de hígado del profesor Moreno. "Llevábamos meses entrenándonos. Habíamos viajado a Estados Unidos para conocer las técnicas. Estábamos listos. Una mañana me llamó Enrique y con esa voz suya un poco teatral me soltó: '¿Paco, podemos hacer un trasplante esta tarde?'. Contesté sin dudarlo: '¡Lo hacemos!'. Éramos gente joven; apenas cuatro anestesistas y un pequeño grupo de cirujanos que había llegado al servicio de Moreno desde otros hospitales de Madrid. Todos aprendimos sobre la marcha. Los cirujanos crearon una técnica, y los especialistas nos hemos adaptado a lo que nos pedían. No se trata simplemente de dormir al receptor, sino de mantenerle en las mejores condiciones pulmonares, cardiacas y renales en momentos muy críticos. Y lo mismo con el donante. Somos un equipo. Con un líder claro, pero un equipo".
Enrique Moreno lo había conseguido. 22 años más tarde. Había realizado su primer trasplante. Recuerda "la mezcla de satisfacción, emoción y responsabilidad. Nos habíamos entrenado durante años. Habíamos hecho 50 trasplantes en perros en los meses anteriores. Habíamos aguardado que nos llegaran los últimos avances técnicos, como la bomba de circulación extracorpórea, y una nueva generación de medicamentos antirrechazo. Pero no teníamos permiso del Gobierno para realizar la intervención. Envié un telegrama al ministro informándole de que teníamos un enfermo al borde de la muerte, habíamos detectado un donante en Cataluña y estaba decidido a hacer el trasplante. Nadie nos paró. Lo hicimos".
Tras aquel trasplante de 1986 llegarían 1.390 más. La técnica del equipo se iría depurando. Moreno acometería nuevos retos y revoluciones técnicas. A mediados de los noventa sería pionero en los trasplantes de hígado split (un hígado para dos receptores), de donante vivo y en el sincrónico de páncreas y riñón. A partir de 2000, el desafío vendría del complicado trasplante de intestino. Y el multivisceral o en cluster. Con igual pasión que en sus comienzos. Como si el tiempo no pasara.
Noemí Rosel tiene 34 años. Vive en Zaragoza. Es rubia y tiene cara de muñeca. Nació con poliposis adenomatosa, una grave enfermedad hereditaria. Provoca la aparición de pólipos y tumores en el aparato digestivo con un elevado riesgo de malignidad. La padece su madre. Y su hermano. Se la diagnosticaron a los 18 años. Su futuro era un cáncer. "Sabía que iba a morir joven; hasta que mi cuerpo aguantara. El trasplante de mi aparato digestivo era la salida. Y jugué esa carta sin pensármelo. Necesitaba seis órganos: hígado, estómago, páncreas, bazo, duodeno y todo el intestino delgado. El doctor Moreno me dijo que en España nunca se había hecho antes. Pero íbamos a luchar. Confié en él. Tiene tanta seguridad en sí mismo... Esperé un año. El 12 de septiembre de 2006 me llamó a Zaragoza y me vine en el AVE. Había un donante. Entré en el quirófano a las tres menos cuarto de la madrugada. La operación duró 15 horas. Estuve dormida dos semanas. Seis meses después salí del hospital por mi pie. Me encuentro perfectamente. Con ganas de vivir. Celebro mi cumpleaños cada 12 de septiembre. Este año soplaré
tres velas. Y espero seguir apagando muchas más".
José Luis Pérez padece la misma enfermedad que Noemí y fue uno de los primeros receptores de un intestino en España. Una intervención con muchas posibilidades de acabar en rechazo. "Cuando implantas un hígado, el órgano se queda quieto, pero un intestino se mueve, ése es el primer handicap; otro problema de cara al rechazo es la misma naturaleza del tejido del intestino", explica Moreno. La hermana de José Luis falleció víctima de su misma dolencia en 2006. Él fue trasplantado ese mismo año. Acaba de cumplir 40 años y tiene una humanidad envidiable. Está jubilado, pero trabaja como voluntario y no se pierde una fiesta. El día de nuestro encuentro acababa de regresar de la Feria de Abril. "Me he tomado todo el pescaíto y las cervecitas de Sevilla. No sé qué pasará mañana, pero a mí me han regalado vida y la voy a disfrutar a tope".
Durante 14 años, el grupo del doctor Moreno se había preparado para los trasplantes de José Luis y Noemí. A contracorriente. Hospitales de todo el mundo habían abandonado durante 20 años sus programas de trasplante intestinal ante los malos resultados del mismo. En España apenas se había practicado. Moreno se empeñó. El equipo del 12 de Octubre experimentó con animales, y sus miembros pasaron varios periodos de análisis y observación de las técnicas en centros sanitarios de Estados Unidos. Diez días antes de operar a Noemí, Enrique Moreno viajó a un hospital de Miami para presenciar un trasplante multivisceral. "No me sorprendió lo que hacían; a medida que avanzaba la intervención, pensaba: eso lo haríamos mejor nosotros. Eso yo lo haría así, así y así. Y hoy le puedo decir que Noemí Rosel es la prueba de que tenía razón".
En 20 años, 70.000 personas han recibido un órgano en España. La organización de nuestro sistema de trasplantes es un éxito que se contempla con envidia en todo el mundo. Contamos con la mayor tasa de donantes. Se trasplanta a más personas, con enfermedades más graves, mayor edad y la tasa de supervivencia es superior. Y todo a cargo de la sanidad pública. De forma universal y gratuita. El trasplante es una indicación terapéutica que ha dejado de ser noticia. El problema es la escasez de órganos. Siempre hacen falta más. Cinco mil personas aguardan un trasplante en España. La alternativa a un trasplante hepático es la muerte. En 2008 se realizaron 1.136 en toda España. Y cerca de 2.500 renales. Y 300 de cardiacos. Y 200 pulmonares. España es el país de los trasplantes.
Para el doctor Rafael Matesanz, director de la ONT, "han dejado de tener la épica de los primeros tiempos. Ya no los realizan aquellos héroes del quirófano que creían que lo podían todo ellos solos. Que resolvían los problemas sobre la marcha. Ahora se realizan de forma casi industrial. En equipo. Y es perfecto que se hagan miles y disminuya la lista y el tiempo de espera. El problema es la rutina. La cuestión es mantener el nivel de exigencia. La motivación del profesional de la medicina. Un trasplante ya no es un reto para un cirujano, excepto los split, el trasplante de donante vivo, el multivisceral o el de intestino. Frente a la rutina del trasplante normal, hay que mantener la tensión en los equipos. Y eso Moreno lo hace muy bien. Piense que en el Reino Unido los cirujanos más jóvenes no quieren hacer trasplantes, y en España la especialidad de cirugía ya no es la más demandada".
-¿Por qué?
-Noches en blanco; trabajar a horas intempestivas, guardias, estar todo el día localizado. Un cirujano de trasplantes puede trabajar 60 horas a la semana; tiene un incentivo económico, pero no siempre le compensa. Ya no hay tanta gente que quiera estar en trasplantes. Ese relevo generacional es un problema. El sistema ha envejecido bien. Pero no se puede perder la tensión entre los profesionales.
Cinco y media de la madrugada. "Como puede ver, somos la referencia mundial en trasplantes, pero no en cuanto a equipamiento de ocio para los médicos", bromea una joven residente que intenta dormitar en precario equilibrio sobre una silla de plástico de una destartalada sala con aspecto carcelario. Aquí recobran fuerzas los médicos durante las interminables noches de trasplantes. Está decorada con un calendario y un sobado sofá; apesta a empanadillas y croquetas cocinadas diez horas antes que yacen sobre una bandeja metálica. En otra fuente descansa una legión de rodajas de queso apergaminado y fiambre mortecino. Un cirujano revive la escena de entrar en esta sala una madrugada y encontrarse al profesor Moreno con la mirada perdida devorando una empanadilla tras remojarla en un café congelado. "Pura proteína", fue su comentario.
Siete y media de la mañana. Enrique Moreno concluye el implante. El hígado funciona. Lo peor ha pasado. Deja que sus ayudantes terminen la intervención. Se desprende de su ropa de operar barnizada de sangre; se libera del gorro y la mascarilla y se enfunda una bata de un blanco inmaculado con su nombre bordado primorosamente en el pecho. Han sido 14 horas de marcha. Por las ventanas se cuelan los primeros rayos de sol. Acaba de cumplir 70 años. Sale del quirófano braceando estirado y ufano. Dios. Apenas delatan su cansancio las bolsas bajo los ojos y la pesadez de sus párpados. Ha llegado a la edad de la jubilación. Está dispuesto a morir con las botas puestas. Se pierde en el ascensor en dirección a su cuartel general en la planta de cirugía. "A las ocho hay que ver qué quirófanos quedan libres. Y a trabajar. Los enfermos no esperan".
-¿Y cuándo descansa?
-A ratos, como los buenos periodistas.

El extraño “atentado” y los fantasmas del Dr. Navarro

El extraño “atentado” y los fantasmas del Dr. Navarro/ Salvador García Soto El Universal, | 10-10-26  La noticia del desplome de una avionet...