16 nov 2010

¿Oficina binacional?

Columna PLAZA PÚBLICA/
Miguel Ángel Granados Chapa
Unilateral oficina binacional
Reforma, 16 Nov. 10
Al mes de haber asumido la Secretaría de Estado, la ex senadora Hillary Clinton viajó a México. Al llegar el 25 de marzo de 2009 anunció que en breve se establecería una oficina "de implementación bilateral" en México que "trabajará para combatir al narcotráfico y la violencia que trata de diseminar".
El anuncio era preocupante. El 27 de marzo apareció en este mismo lugar una Plaza Pública titulada escuetamente "La oficina bilateral". Señalé entonces la necesidad de que el gobierno mexicano formulara "una precisión respecto del carácter de esta oficina que, por la naturaleza bilateral a que se refirió la secretaria Clinton, debió ser anunciada en una comunicación conjunta de los gobiernos involucrados". Hice notar la "contradicción de origen" consistente en que "de modo unilateral se haga saber de un mecanismo que convoca a dos partes, sin que el gobierno de México complete la información o al menos reaccione ante la afirmación de la canciller norteamericana".

Dije que del anuncio de la secretaria de Estado "puede inferirse que se tratará de un espacio ejecutivo, en que autoridades norteamericanas ejercerán alguna competencia en nuestro país. Si de eso se trata, hay que descalificar esa medida, tenerla como inadmisible. Que el gobierno de México acepte esa suerte de cogobierno implicaría que es verdadera su insuficiencia...". Igualmente señalé que "las bases legales para una oficina de la naturaleza indicada, el estatuto del personal norteamericano que en ella sirva, sus alcances y límites, el carácter de sus funciones, todo eso debe estar claro antes de que se cumpla el aviso...".
Nada de eso se hizo, en público por lo menos, y sin embargo ya está funcionando la Oficina Binacional de Inteligencia (OBI). Como el anuncio inicial de hace casi 20 meses, la Oficina es sólo unilateral. Su nombre es una cobertura engañosa. Nada tiene de binacional. Se trata del cuartel general de agencias norteamericanas y no hay en ella espacio alguno para la actuación combinada, conjunta, con autoridades mexicanas. Lo más que puede observarse es la emisión de informes y directrices norteamericanos a corporaciones de seguridad mexicanas (policiales o militares) que al seguirlas han logrado capturar o privar de la vida a importantes jefes del narcotráfico.

En la OBI trabajan representantes de nueve agencias y oficinas de espionaje o inteligencia, con una cobertura que va más allá del combate al narcotráfico, con lo que se exceden los escuetos límites trazados por la secretaria Clinton al anunciar esa medida de política norteamericana. Están presentes miembros de la Agencia de Inteligencia Militar (DIA), la Oficina Nacional de Reconocimiento (NRO) y la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), dependientes del Departamento de la Defensa, el Pentágono. Asimismo hay delegados de la Agencia Federal Antinarcóticos (DEA), la Oficina Federal de Investigación (FBI) y la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF), que responden al Departamento de Justicia. Del de Seguridad Interior dependen la Inteligencia de la Guardia Costera (CGI) y la Oficina de Cumplimiento Aduanal y Migratorio (ICE). Y, del Departamento del Tesoro, la Oficina de Inteligencia sobre Terrorismo y Asuntos Financieros (TFI).

La información sobre la OBI aparece en el número del semanario Proceso que está en circulación, y resulta de una investigación realizada por Jorge Carrasco A. y J. Jesús Esquivel. Con esa oficina, ubicada en pleno Paseo de la Reforma, no lejos de la columna de la Independencia, el gobierno de Washington ha conseguido, según los autores del reportaje, que sus centros de investigación "operen desde el Distrito Federal sin necesidad de encubrir a sus agentes como diplomáticos".

A pesar de que se pretendía cubrir con una capa de discreción, de mucho tiempo atrás era claro que agentes de la FBI y de la DEA han actuado en nuestro país, no sólo en apoyo de autoridades mexicanas y con su anuencia, sino por su cuenta y riesgo. De hecho, la crisis del aparato de seguridad nacional en México se precipitó a causa del asesinato de Enrique Camarena, agente de la DEA que seguía los pasos del entonces principal jefe del tráfico de marihuana, Rafael Caro Quintero. La indagación de Camarena condujo en noviembre de 1984 al decomiso del más grande cultivo de la yerba, el que se efectuaba en el rancho El Búfalo, en Chihuahua, con pleno contubernio del delincuente y autoridades locales y el Ejército. Camarena pagó con su vida esa acción: fue secuestrado junto con el piloto Alfredo Zavala que lo había acompañado en sus tareas de detección de plantíos, y cruelmente asesinado. Caro Quintero escapó de Guadalajara con su escolta, protegidos con credenciales de la Dirección Federal de Seguridad, encabezada por José Antonio Zorrilla. Cuando fue imposible ocultar esa complicidad, Zorrilla fue despedido y poco más tarde la dirección a su cargo desmantelada.
Camarena trabajaba sobre hechos consumados, sin que nunca se reconociera el largo alcance de su labor hasta que su infortunio lo dejó en claro. Pero ahora será distinto: las agencias de espionaje e inteligencia cuentan con autorización gubernamental mexicana, de hecho al menos, pues no se conoce un protocolo para su actuación. A la misma línea obedece el papel del embajador Carlos Pascual como supervisor de medidas contra la violencia criminal, que no se limita a Ciudad Juárez. Se trata, claramente, de presencia del gobierno de Washington ejerciendo funciones que el de México no puede realizar.

Cajón de Sastre
 El domingo se cumplieron seis meses del secuestro o desaparición de Diego Fernández de Cevallos. Había corrido la especie, más motivada por la especulación que por informes fidedignos, de que sería devuelto por sus captores en el vago lapso de "los primeros días de noviembre". Ese plazo se venció, pues los primeros días de noviembre concluyeron ayer lunes, y a partir de hoy corren los últimos días de ese mes. La Procuraduría General de la República mantiene su compromiso con la familia, de no realizar indagación alguna en torno al caso, con lo que en los hechos entra en complicidad con quienes se llevaron al ex candidato presidencial panista que era, quién lo creyera, un factor de moderación en la conducta de sus hijos, uno de los cuales protagoniza un escándalo que excede los límites de la vida privada.


miguelangel@granadoschapa.com


Reunión de implementadores

Advierten 'freno' a juicios orales
Revela estudio diferencias en estados. Documenta Segob retrasos al instaurar los ajustes penales en las entidades
Nota de Antonio Baranda
Reforma, 16 noviembre 2010.- La reforma de juicios orales enfrenta resistencias políticas y culturales que han propiciado un proceso desigual de instauración, reconocieron 29 de los 32 órganos implementadores estatales del País.
"Existe una gran diversidad de variables que influyen en los procesos locales de implementación, por lo que el proceso nacional es desigual, avanza a ritmos distintos y muestra debilidades que estamos a tiempo de contrarrestar.
"No se percibe el mismo nivel de compromiso por parte de los operadores del sistema. Existen resistencias políticas y culturales ante nuevos modelos de justicia", concluyeron los órganos estatales en una reunión privada con la secretaría técnica del Consejo de Coordinación para la Implementación del Sistema de Justicia Penal (Setec).
Un documento de la Secretaría de Gobernación que recoge las conclusiones del encuentro, realizado el 27 de octubre en la Ciudad de México, destaca la necesidad de equilibrar, a más tardar el próximo año, el grado de avance de las entidades federativas.
También se requiere, señala, de la voluntad política de los tres órdenes de gobierno así como de la sociedad civil, para impulsar los cambios de fondo y contar con los recursos financieros y humanos para que cada estado asuma cabalmente los objetivos de la reforma constitucional.
"El proceso de implementación de la reforma debe partir de una visión integral para que sea posible alcanzar sus objetivos. Debe procurarse que la visión integral del sistema de justicia penal sea coherente y se ajuste a cada uno de sus sectores.
"Es indispensable promover entre los responsables de implementación de las entidades el intercambio de experiencias e información para generar sinergias regionales e impulsar un avance más rápido y homogéneo en la implementación", dice.
Los órganos estatales acordaron establecer criterios homologados de profesionalización para defensores públicos, peritos, ministerios públicos, jueces y policías, así como realizar evaluaciones periódicas, en coordinación con la Setec, para medir los avances obtenidos.

Además, se comprometieron a crear la Conferencia Nacional de Implementadores del Nuevo Sistema de Justicia Penal; a impulsar criterios de gradualidad en los planes de instauración estatales; y a crear un directorio nacional de implementadores. "Se intensificarán las acciones para promover entre los servidores públicos de los órganos implementadores y de las instituciones que integran el sistema de justicia penal en los estados y el DF la sensibilización.

"E incorporación en su trabajo diario de los principios básicos del sistema acusatorio: oralidad, publicidad, contradicción, continuidad, igualdad procesal entre partes, inmediación, libertad y licitud probatoria, imparcialidad y concentración", añade el documento.
Entre los estados que participaron en la reunión se encuentran Baja California, Chiapas, Campeche, Distrito Federal, Durango, Guerrero, Hidalgo, Michoacán, Morelos, Nuevo León, Oaxaca, San Luis Potosí, Tamaulipas, Tlaxcala y Zacatecas, entre otros.

14 nov 2010

Valerie Plame

La espía que se pasó a Hollywood

ROCÍO AYUSO
El País Semanal, 14/11/2010;
Valerie Plame era una agente secreta de la CIA hasta que el Gobierno Bush la delató en represalia por las críticas de su marido, ex embajador en Irak. Una película cuenta su historia. La realidad supera la ficción. Hablamos con la pareja.
Si quieres empezar con mal pie, no tienes más que decirle a Valerie Plame que se ha pasado a Hollywood. Da igual que estemos en el corazón de Beverly Hills, y que su vida sea el centro de una película,
Caza al espía, dirigida por Doug Liman, el realizador de filmes como El caso Bourne. Plame te mirará muda, fría, elegante y superior, como una estrella de cine, con su melena de rubio idéntico al de su álter ego en la pantalla, Naomi Watts. Pero en Hollywood o fuera de aquí, en activo o víctima de una, digamos, jubilación forzosa a los 47 años, Valerie Plame es y será una espía. Ex espía ahora. A su pesar. "Yo estaba enamorada de mi carrera. Orgullosa de servir a mi país y de defender uno de los trabajos más interesantes que existen. Nunca sentí la necesidad de que los demás supieran lo que hacía. Mi satisfacción venía de mi trabajo, y si nada de esto hubiera pasado, yo estaría ahora con mi familia en el extranjero luchando contra la proliferación del armamento nuclear. Las cosas han cambiado de un modo que nunca imaginé. Y sigo acostumbrándome a lo más duro, ser una figura pública", dice rompiendo su silencio inquisitivo.
Basada en la autobiografía homónima, Caza al espía se centra en uno de los momentos menos honrosos de la presidencia de George W. Bush. Fuentes de la Casa Blanca filtraron a la prensa que Valerie Plame era una agente de la CIA. Querían castigar a su marido, el ex embajador Joe Wilson, por el artículo que escribió contra el Gobierno en un momento en el que se estaba con él o contra él. En 2003, durante la invasión estadounidense en Irak, no había más opciones. Lo recuerda el propio Wilson. "La Administración, deliberadamente, quiso confundir a la población poniendo en marcha una campaña de desinformación cuyo único objetivo fue desanimar a cualquiera que quisiera expresarse contra el Gobierno. Decirles: 'Si haces lo que Wilson, haremos a tu familia lo que le hicimos a la suya'. Una campaña que confundió hasta a los periodistas, que deberían buscar la certeza. ¡Una vergüenza!", expone Wilson, al que da vida en pantalla el actor Sean Penn.
Aunque sus años como agente hasta enero de 2002 siguen siendo "información clasificada", lo que se sabe de Plame es que se graduó entre los primeros de su promoción en "la granja" (The Farm), centro de entrenamiento secreto de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense. La idea de ser agente operativo no le vino del cine, sino de su familia, "habituada a vivir entre gente que trabajó en el sector público". Su padre es veterano de la Segunda Guerra Mundial; su hermano fue herido en Vietnam, y su madre es profesora. Plame fue una agente en cuyo entrenamiento "el Gobierno invirtió cientos de miles de dólares". Una formación que "no tiene nada que ver con la forma de operar de Jason Bourne, o James Bond, o trabajar en posición horizontal". Plame se casó con Wilson tras "un flechazo". Para los que dudan de la química entre esta agente fría, calculadora y reservada y su marido de 60 años, lenguaraz y explosivo, hay que decir que el matrimonio tiene gemelos de 10 años y disfrutaba de una vida aparentemente perfecta en Washington en la que los actos públicos de Wilson se combinaban con otra agenda secreta que incluía viajes al extranjero de Plame en misiones de alto nivel de las que no puede dar explicaciones. De ahí arranca Caza al espía.
"Mi artículo fueron 1.500 palabras: Lo que no encontré en África. Y lo único que buscaba es que un profesor que me suspendió en civismo me dijera: 'Has mejorado", recuerda Wilson. El que fue el último embajador en Irak antes del bombardeo aliado en la primera guerra del Golfo, ese al que George Bush (padre) describió como un "héroe americano", quería más. Quería dejar de escuchar como si fuera un hecho que Níger estaba vendiendo uranio a Irak, prueba irrefutable según la Administración de George W. Bush (hijo) de que el régimen de Sadam Husein seguía adelante con su programa de armas de destrucción masiva y justificar así el nuevo enfrentamiento bélico. El vicepresidente Dick Cheney había pedido a la CIA una investigación sobre estas supuestas ventas, y Wilson fue el encargado del informe, no por estar casado con Plame, quien entonces trabajaba en la Agencia Central de Información en la división contra la proliferación de las armas de destrucción masiva, sino por haber formado parte del cuerpo diplomático estadounidense tanto en Níger como en Bagdad. Su artículo, publicado en The New York Times en julio de 2003, no decía más que lo que dijo su informe, que la Administración Bush desoyó.
La reacción ante el artículo no fue la esperada por Wilson. "Esa es la razón por la que presenté una demanda civil contra el señor Cheney, el señor Libby, el señor Rove y el señor Armitage. Por haber utilizado de manera deliberada el dinero de los contribuyentes para enzarzarse en una venganza personal". Wilson señala al entonces vicepresidente estadounidense, su colaborador Lewis Scooter Libby, al consejero Karl Rove y al alto cargo de la Casa Blanca Richard Armitage como culpables de la filtración de la identidad de Plame al columnista conservador Robert Novak. "Lo que hicieron con Valerie fue una violación de la seguridad nacional que debería ser castigada como traición", sigue Wilson, indignado por una campaña que solo quería engañar al país bajo falsos pretextos para justificar una guerra cuestionable. Sin embargo, la investigación concluyó con Libby como único implicado y condenado a 30 meses de cárcel por perjurio y no por traición, pena que Bush conmutó.
"Lo peor fue el efecto dominó que provocó", agrega Valerie Plame. En sus palabras no hay emoción. "Nunca me vi como una víctima y considero la amargura una pérdida de tiempo. Lo único que espero es que algo así nunca vuelva a ocurrir". No habla solo de haber perdido el trabajo al que tanto había dado. O el peligro en el que se vieron ella y su familia, expuestos y sin protección de los que hasta entonces eran sus compañeros. "Irónicamente, el servicio secreto vigiló a todas horas al resto de los mencionados". O del abuso de poder cometido por un Gobierno democrático, contra ella y el resto de la nación. Lo que Plame más lamenta son las operaciones que quedaron por concluir. "Sé que la CIA elaboró un informe sobre los daños causados, pero nunca me dejaron verlo", añade, debatiéndose entre lo que no puede contar y lo que no le han dejado saber sobre posibles víctimas a sumar a la lista de bajas, civiles y militares, de una guerra sobre la que prefiere no opinar.
Plame solo habla de lo que sabe. De ahí que cuando saltó el escándalo, el cruce de acusaciones entre la Administración Bush y Wilson se vio acompañado de un mutismo total por su parte. "Cuando saltó a la luz, aún trabajaba para la CIA y tenía prohibido hablar de mi trabajo. Pero he de admitir que me quedé paralizada, me costó tener la capacidad de comprensión y reacción que tuvo Joe". Plame suelta una carcajada cuando se menciona la cobertura mediática del escándalo. "Se supone que la prensa debe poner a raya a un Gobierno corrupto". Wilson añade: "Vivimos la muerte del periodismo de investigación, algo que empezó con Woodward y el Watergate y acabó también con él, con su disculpa por no haber hecho más".
El matrimonio Wilson Palme reside en Santa Fe, alejados de Washington y sus puñaladas traperas. A la productora Janet Zucker, reconocida liberal, le costó convencer a Plame para contar su historia en cine. Hace tres años escribió sus memorias en un libro que le volvió a crear problemas. "La CIA es disfuncional, y no seré yo quien la defienda, pero sigo estando a favor de un férreo servicio de inteligencia", opina la parte de Plame que no ha dejado de ser espía. Finalmente, aceptó el rodaje. Tanto ella como su marido estuvieron disponibles durante el rodaje para Naomi Watts y Sean Penn. "Recuerdo que quedamos en el aeropuerto, algo que me extrañó. ¿Quién queda en un aeropuerto? ¡Los espías!", rememora la actriz. Penn fue a casa de los Wilson, y el actor y el ex funcionario llegaron a una perfecta simbiosis de "días Wilson, serios y sobrios, y noches Penn", según bromea el primero.
En lo que no se ponen de acuerdo es en la clase de película que han hecho. "Es Todos los hombres del presidente y Solo ante el peligro", opina Wilson, que compara la trama con una tragedia griega centrada en el poder -"en el abuso de poder"- y donde él y su esposa no son héroes. "Es una historia de ciudadanía", zanja. Plame prefiere verla como una película que llame a la acción. "Un filme que dice la verdad, que habla de relaciones personales y de espionaje en un contexto político", explica.
El estreno coincide con la salida de las memorias de George W. Bush y su versión de por qué su Gobierno puso en marcha la guerra contra Irak. Además, los nombres de Rove y Cheney han vuelto a la palestra con las elecciones legislativas en EE UU. Aun así, es difícil captar el interés del público en un cine que hace tiempo dejó de tener conciencia. Wilson y Plame confían en que su vivencia haya servido de algo y que el cine sirva de amplificador, dado que el Tribunal Supremo no les ha permitido continuar su lucha contra los que llaman sin reparos traidores a su país. Ellos se están labrando un nuevo futuro, él como presidente de una compañía de construcción y ella siguiendo su labor contra las armas masivas en un documental y preparando una novela, cómo no, de espionaje. "Somos funcionarios sin pensión, y no es el momento de jubilarse", bromea Plame. También es cuestión de civismo. "Tenemos un problema cuando hay más gente que vota en American Idol que en las elecciones", concluye Wilson.

Los topos

Mensajes en una botella

Por Gregorio Morán
Publicado en el periódico español LA VANGUARDIA, 13/11/10;
Sólo un hombre con el talento de Arthur Miller podía encontrar las palabras justas para definir a todos aquellos que terminada nuestra guerra civil se escondieron durante muchos, muchos años, hasta que creyeron que su vida – al menos su vida, lo más preciado-no corría peligro. Los llamó mensajes en una botella. La primera denominación hispana fue Los Topos, y se la dieron dos periodistas jóvenes: Jesús Torbado y Manu Leguineche.
Todo empezó por una nota de agencia que daba cuenta de la reaparición de un alcalde republicano. En Mijas, Málaga, el antiguo edil del Frente Popular, Manuel Cortés Quero, se había pasado 30 años encerrado en una habitación, oculto a las miradas de todo el mundo y a la búsqueda incansable de sus enemigos. 30 años de cárcel doméstica, sin derecho a patio ni a visitas, sin posibilidad de reducción de condena y con el agravante de que cualquier fallo, cualquier error, le hubiera costado la vida. La suya y la de quienes le ocultaban.
Esto sucedía en 1969. Franco concedía al fin una amnistía para todos los delitos que se hubieran cometido durante la guerra civil. Se refería a los del lado republicano, porque los del lado faccioso no sólo ya habían sido amnistiados sino que incluso habían recibido recompensas. Frente a la creencia general, soy de los que consideran que el franquismo, el estudio de tantos años de dictadura, aún está en mantillas. Baste decir que aquella amnistía del 69, legalmente obligatoria, porque al cumplirse treinta años prescribía automáticamente el delito, se encabalgó con un estado de excepción, el de enero, quizá el más duro e indiscriminado de cuantos declaró el franquismo.
El alcalde de Mijas, Manuel Cortés, esperó hasta abril de 1969 para entregarse. Sería un ejercicio muy útil recordar ahora, con detalle, la reacción de la prensa oficial, es decir, casi toda la existente entonces. Le ridiculizaron por haber sufrido innecesariamente, decían. Hubieron de ser dos jóvenes periodistas, como Torbado y Leguineche, los que recogieran la noticia y se propusieran una tarea difícil y frustrante. Difícil, porque aún quedaba mucha dictadura por delante y el miedo sellaba las bocas. Y frustrante, porque Franco moriría en noviembre de 1975, y mientras el principal protagonista de la matanza no desapareciera hubiera sido impensable publicar un libro sobre los rojos escondidos de la posguerra civil, los que se habían librado del paredón o el paseo porque asumieron la crueldad asesina de sus adversarios y no se creyeron ninguno de sus embustes que aseguran que quien no tuviera las manos manchadas de sangre no tenía nada que temer.
No hay mayor frivolidad que la de creer que la censura aviva el ingenio. La libertad es el acicate más eficaz. La censura achica la ambición y nos vuelve a todos menos audaces. Eso es lo que inevitablemente les sucedió a Torbado y Leguineche. Tenían en sus manos un material magnífico, conseguido a pelo, sin la más mínima ayuda ni subvención, y debían dejarlo en el cajón hasta que se muriera Franco y llegaran tiempos mejores.
Y al final llegaron, pero tan tarde que tras siete años de espera tanto Torbado como Leguineche estaban ya en otras cosas, con otros proyectos. Pero el libro salió en 1977, gracias también al impulso de Mario Lacruz, gran tipo en tiempos difíciles. Lo titularon Los Topos y fue un éxito de público más que de crítica. Se hicieron un puñado de ediciones y luego se reeditó en 1998. Es curioso, durante los catorce años del PSOE en el poder no se volvió a hablar del libro y quizá sea significativo de algo que sucedió entonces y apenas si nos dimos cuenta. Los socialistas que gobernaron eran otra generación; ni tenían nada que ver con el pasado, ni les interesaba especialmente.
Los Topos, de Jesús Torbado y Manu Leguineche acaba de ser reeditado (Capitán Swing editores) y he comprobado que sigue siendo un texto magnífico, abrumador, emocionante. En ocasiones parece tedioso, como lo son las historias personales, por más apabullantes que sean, contadas por quien a duras penas sabe hacerse entender. Ese es el mayor atractivo del libro, 17 historias de topos de la posguerra incivil – hay una, un tanto forzada, de un falangista, que apenas si viene a cuento-narradas por ellos mismos, con algún apunte de sus esposas. ¡Qué galería de mujeres exhibe este libro! Bastaría con ellas para hacer unos relatos que conmueven por su fuerza, su inteligencia y sobre todo su intuición sobre la maldad humana.
Los Topos estuvo a punto de conseguir el Premio Internacional que concedían un jurado formado por los mejores semanarios del mundo. Se lo concedieron entonces, estamos hablando de 1978, nada menos que a Despachos de guerra,de Michael Herr, que apareció en castellano gracias a Anagrama (1980) sin que alcanzara entre nosotros la auténtica aureola de obra maestra que le otorgaron tantos, incluida la más reciente de Roberto Saviano, que se considera honroso deudor de su magisterio.
Si fuéramos un país culturalmente normal, sin esa gangrena de los años del cólera, la edición del 77, o esta de 2010, constituirían auténticos acontecimientos culturales, en una medida similar a la que generó Los hijos de Sánchez ahí está Protasio Montalvo, que se mantuvo en Cercedilla, pegado a la sierra madrileña, 38 años escondido, y que no se fio hasta que se convocaron las elecciones de junio de 1977-,sino también el mundo que los rodeaba. No sólo los que les protegían, con riesgo de su propia vida, sino también aquellos que se esforzaban en denunciarlos o sencillamente en matarlos.
Claro que habría que comenzar por el principio. Por Los Topos. Hoy cualquier posmoderno no conoce otros topos que los personajes que popularizó John Le Carré, hace ya cincuenta años, exactamente por la misma época en la que nuestros protagonistas sobrevivían metidos en un armario, en una cuadra, en un doble techo, en un pozo, en una habitación sin vistas. Si ni siquiera han llegado a ver en su ajetreada vida urbana a un topo común, ese animal misántropo y ciego, tan humano por ello, cómo iban a entender a unos tipos que, conscientes de ser carne de paseo letal o fusilamiento sumario, se encerraban sin otra finalidad que salvar la vida. Se hicieron topos para poder volver a ser algún día hombres. Y esa tragedia con final feliz que trascriben impecablemente Torbado y Leguineche nos deja anonadados, preguntándonos tantas cosas sobre ellos, sobre sus manías de grandeza, su lógica obsesión autodidacta, sus miedos espantosos, sus ataques de nervios – hay un relato de uno que no se puede leer sin aprensión-,sus alimentos, sus dolores de muelas o de estómago, sus esclavitudes de animales atrapados en el cepo de la historia.
Y también preguntándonos sobre nosotros mismos. ¿Hubiéramos resistido diez años así? ¿O diez meses? Probablemente no, o quizá sí, ¿quién puede decir hasta dónde llega nuestro miedo? No hay cobardes absolutos ni valientes sempiternos; lo que hay son situaciones.
¿Cuántos habrán muerto sin llegar al final feliz, cuántas historias truncadas que hubieron de cerrarse enterrándolos en cualquier parte, doblemente clandestinos en la vida y en la muerte? Por todo eso me parece que la mejor descripción de esa aventura de supervivencia que fueron nuestros Topos, tan lejanos de los vistosos caballeros políglotas de Le Carré, la hizo el dramaturgo Arthur Miller cuando tras leer la historia del alcalde republicano de Mijas, el de los 30 años escondido, escrita por el británico Ronald Fraser en 1972, dejó estampado en letras que podrían ser de oro: “es como un mensaje intacto dentro de una botella entre los despojos de la playa de la historia”.

Orestes y la mafia

Orestes y la mafia

Por Rafael Argullol, escritor
Publicado en EL PAÍS, 13/11/10):
Hay un momento decisivo de la antigua literatura griega que nos concierne especialmente: al final de la Orestíada, la única trilogía de Esquilo que hemos conservado hasta nuestros días. En ese desenlace el poeta trágico ofrece un cambio revolucionario en la percepción de la naturaleza humana. Orestes, de acuerdo con la tradición anterior, debía verse sometido a la férrea ley de la sangre y la venganza, de modo que, como autor de la muerte de su madre Clitemnestra, tenía que pagar el precio de la implacable norma oscura: él había matado a su madre como cobro del parricidio cometido por esta en la figura del padre, Agamenón; este, a su vez, había sucumbido para expiar el filicidio de su propia hija, Ifigenia, sacrificada para favorecer a la expedición griega contra Troya. Sangre, venganza y sangre otra vez: la férrea cadena que comunica los odios, deseos y ambiciones de las estirpes y los clanes. Ojo por ojo, diente por diente. La ley del talión. O, dicho de otro modo: la comunidad sometida a la oscura y turbulenta ley de la sangre.
Orestes, en consecuencia, de acuerdo con esta ley debía morir, pagando así la irreversible deuda contraída. Sin embargo, en un giro espectacular desde el punto de vista cívico y espiritual, Esquilo resuelve salvar a su héroe. Orestes, en lugar de ser juzgado y condenado en el recinto interior de la sangre, es presentado ante el tribunal de Atenas, el Aerópago. Al valorar la actuación del desgraciado descendiente de un linaje maldito el jurado divide sus votos, estableciéndose un empate entre los partidarios y contrarios del ajusticiamiento del héroe. Con suficiente simbolismo Esquilo hace que Palas Atenea, patrona de la ciudad, ejerza su voto de calidad como presidenta del tribunal para absolver a Orestes y romper, de este modo, la cadena de la venganza. Desde ese momento, las Erinias, las negras deidades portadoras de la venganza, se transforman en las Euménides, diosas benevolentes y protectoras de una comunidad fundamentada en la ley cívica. Únicamente atendiendo a este revolucionario final de la Orestíada ya deberíamos recordar a Esquilo como el poeta de la joven democracia ateniense, el primero que propuso sustituir las complicidades de la tribu y el clan por los principios jurídicos de una ciudadanía libre. De hecho se ha comparado, con acierto, la conclusión de la tragedia esquilea con el movimiento coral que culmina la Novena sinfonía de Beethoven. En ambos casos se trataría de hilos estéticos en la construcción de una conciencia democrática.
En los años ochenta del siglo anterior tuvo lugar una inigualable representación de la Orestíada ante las ruinas de Gibellina, una ciudad devastada por el terremoto que en 1968 había sacudido el noreste de Sicilia. En tres veranos sucesivos -1983, 1984 y 1985-, bajo la dirección de Filippo Crivelli, fueron escenificadas las tres piezas de la obra de Esquilo hasta completar la entera representación.
Además del gran valor artístico del acontecimiento, otros factores contribuían, obviamente, a resaltar la tensión moral del argumento. El hecho de que los versos resonaran en las piedras de la ciudad fantasmal multiplicaba el poder de la palabra. Pero no era menos impresionante advertir que todo aquel esfuerzo teatral, que intentaba llamar la atención de Europa sobre los efectos de la catástrofe, se desarrollaba en un territorio en el que el poderío de la mafia era incuestionable y en el que, por tanto, había quedado congelada la ilusión democrática soñada por Esquilo. Baste indicar que a poca distancia del lugar donde se representaba la Orestíada se hallaban, alrededor de Corleone, los parajes popularizados en aquellos mismo años por Coppola en su película El Padrino, también una trilogía que tiene algo de Orestíada contemporánea, aunque sin final conciliador.
He pensado algunas veces en el elevado significado evocador de aquellas representaciones sicilianas pues difícilmente podían estar presentes en un territorio más reducido los dos grandes modelos, enfrentados entre sí, de la organización social humana: la comunidad libre basada en el derecho objetivo de la ciudad y la mafia que ampara los intereses particulares de familias, tribus, clanes o, según un lenguaje posterior, aparatos. Al rememorar esta tensión, y aquellas representaciones teatrales ante las ruinas de la ciudad destruida, lo que me alarma es encontrar indicios en el mundo de que el espíritu de Corleone se impone al espíritu de Gibellina, y que la opción de la libertad ciudadana retrocede ante el ímpetu de la visión mafiosa.
Es verdad que, si bien lo pensamos, la democracia constituye una excepción (la excepción humanista ilustrada) en los modos de organización del ser humano, pero cuesta aceptar que la lección de Orestes se vaya desvaneciendo entre nosotros. Y, sin embargo, todo parece indicar que es así cuando aceptamos sumisamente el poder de los aparatos de los partidos financieros y productivos.
El capitalismo, que se ha desembarazado al fin de cualquier contención ética, aparece cada vez más reacio a cualquier ejercicio de calidad democrática y más seducido por la visión mafiosa del mundo. En esa dirección no me extraña que aumenten los portavoces del dinero que se manifiestan encantados con la “vía china de crecimiento” pues han llegado a la deducción de que para los buenos negocios -esos que no tienen que atender razones jurídicas o humanitarias- no existe mejor familia que un partido único que regule con pulso firme lo que haya que regular. El miedo, por no decir pánico, de los gobernantes occidentales ante las autoridades chinas, y el consiguiente silencio frente a los permanentes atropellos de los derechos humanos, tiene, por supuesto, el apoyo entusiasta de los grandes consorcios empresariales y financieros. Si algo molesta de China no es su desprecio de la libertad individual sino la amenaza de su presente, y sobre todo de su futuro, poderío económico. Y algo similar cabe decir de Rusia, un país que, si bien se desembarazó del totalitarismo político, parece ofrecerse al mundo como el mejor ejemplo de la sintonía entre un capitalismo desbocado, sin contención alguna, y la perspectiva mafiosa de organización social.
Tampoco es de extrañar la práctica derrota de Obama en su intento de poner coto a los depredadores de Wall Street, milagrosamente renacidos tras el susto de hace tres años. Pese a tantas películas de Hollywood no hay conciliación posible entre la concepción mafiosa y la democracia. Si la mafia, en cualquiera de sus acepciones, reina la libertad se debilita hasta anularse.
Y, en sentido contrario, la lección de Orestes, brindada por Esquilo, es que solo con el retroceso del egoísmo y la rapiña, solo con la erradicación de los intereses de familia, a los que siempre aluden los mafiosos de toda ralea, puede construirse una comunidad libre.

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