28 sept 2026

El regreso de Ruffo: una extensión de la cárcel y el laberinto del protocolo..

 El regreso de Ruffo: una extensión de la cárcel y el laberinto del protocolo..

Por: Fred Alvarez Palafox

@fredalvarez

El sistema de justicia en México tiene formas peculiares de exhibir su musculatura. A veces, el peso de la ley no radica únicamente en las sentencias y los expedientes, sino en la escenificación del poder sobre el cuerpo del acusado. Tras una travesía terrestre de casi cuarenta horas y cerca de tres mil kilómetros —que comenzó en el frío hermetismo del penal de máxima seguridad del "Altiplano" y culminó en la brisa salada de Ensenada—, el exgobernador Ernesto Ruffo Appel pisó nuevamente su casa.

Lo hizo con el semblante templado y arropado por los suyos. Sin embargo, este largo camino de regreso desnudó una realidad innegable: frente a la maquinaria judicial, el declive físico importa poco cuando se trata de cumplir con la implacable rigidez de la burocracia. 

Lo trasladaron atravesando medio país en un trayecto que no concedió excepciones; un recordatorio de que, en el México de hoy, el sistema prefiere el dogma del protocolo antes que asomarse al sentido común.

Aun así, en medio de este teatro punitivo, hubo un margen para la sensatez. Antes de que descendiera del vehículo de la Guardia Nacional, le quitaron las esposas. Un gesto de dignidad elemental bajo el mando del General de División D.E.M. Guillermo Briseño Lobera. Un acto situado a años luz del trato innecesariamente vejatorio que recibió durante su detención aquel 16 de julio, cuando los elementos federales parecían más enfocados en conseguir la fotografía del trofeo sometido que en ejecutar una orden judicial con profesionalismo.

Lejos de los lamentos, el propio Ruffo optó por procesar la odisea con ironía, asumiéndose como "el hombre del cabello blanco". Y es que, haciendo un guiño a la mítica figura del corrido de José Alfredo Jiménez, el exmandatario sobrevivió a la extenuante ruta bajo custodia federal para llegar a Ensenada estable y con el humor a flote.

El deslinde en el atril y el absurdo táctico

El debate sobre este agotador —y sumamente costoso— traslado exhibe cómo la palabra "protocolo" es el escudo perfecto para justificar la ineficiencia. 

Cuestionada al respecto en su conferencia matutina, la presidenta Sheinbaum optó por el deslinde de manual: endosar la factura de la logística. La ruta terrestre, argumentó, no fue un capricho del Ejecutivo, sino la obediencia estricta a una orden del juez.

Desde el atril, recreó su propia sorpresa ante el Gabinete de Seguridad: "Pregunté hoy en la mañana: ¿por qué se le trasladó por tierra, si era tan largo el recorrido? Me dijeron que ‘se siguió la orden del juez’".

 Frente a la incomodidad del tema, delegó la responsabilidad al Poder Judicial y le pasó la estafeta a la Fiscalía. El malabarismo político cerró afirmando que la defensa había avalado la travesía, para inmediatamente blindarse con una frase lapidaria: "Es lo que me dijeron, no tengo la certeza", dijo.

Una salida elegante para un operativo torpe. 

Pero al analizarlo con rigor táctico, surgen dudas razonables: ¿Acaso juez penal ordenó específicamente someter a un adulto mayor de 74 años a un vía crucis de asfalto? Desde una óptica técnica, la única justificación válida para descartar un puente aéreo oficial o un vuelo comercial sería un peritaje médico que prohibiera someter al imputado a la despresurización de una cabina.

Si no existió tal impedimento clínico, el operativo resulta cuestionable. Mover a un perfil de esta envergadura a lo largo de miles de kilómetros, atravesando varias de las carreteras más complejas y controladas por el crimen en el país, expone al convoy de manera innecesaria y compromete cualquier estándar de máxima seguridad. Lejos de ser una demostración de fuerza, asoma como una falla de criterio operativo.

Y aquí surgen los cabos sueltos. Por un lado, la Presidenta asegura que "le dijeron" que la defensa estuvo de acuerdo con el viaje por tierra, una versión que, dadas las condiciones del exgobernador, habría que tomar con reservas. Por el otro, queda el silencio institucional. Ya va siendo hora de que el juez transparente sus motivos y nos diga, con argumentos técnicos, por qué ordenó un traslado tan riesgoso y absurdo.

La prisión invisible y las ironías del sistema

Detrás del traslado convergen contrastes que rayan en la ironía procesal. Mientras en la prensa persisten versiones cruzadas sobre qué juzgador emitió la orden —algunos apuntan a la jueza Alejandra Ramírez de la Vega y otros, como  Reforma, al juez Mario Elizondo Martínez—, el fondo de la medida cautelar responde a una realidad ineludible: la fragilidad de un hombre de 74 años.

Los dictámenes médicos dibujan un cuadro complejo: triglicéridos altos, hipertrofia prostática, hipertensión, apnea del sueño y severos problemas de movilidad por una cirugía de cadera. Con un arraigo de catorce años en Ensenada, las autoridades concluyeron que estas condiciones reducían drásticamente el riesgo de fuga.

En un giro inusual, la FGR  no se opuso a la prisión domiciliaria, limitándose a exigir un blindaje cautelar estricto sin fianza ni brazalete, sustituido por vigilancia tecnológica y territorial…

Es fundamental no perder de vista el fondo de la historia: la llegada de Ruffo a Baja California no es una exoneración, es un cambio de prisión. El proceso por delincuencia organizada y contrabando de hidrocarburos sigue su curso. En este ajedrez legal, la defensa también reconfiguró sus piezas. Fernando Gómez Mont dio un paso al costado en la línea de fuego para ceder la batuta operativa a Arturo Germán; una decisión pragmática orientada a no pelear las condiciones del encierro con tal de asegurar la estabilidad física de su cliente.

Al final de este éxodo, el caso nos deja una estampa dual. Por un lado, humaniza el drama del declive físico frente a un Estado punitivo; por el otro, retrata de cuerpo entero a un sistema de justicia atrapado en su propia burocracia. Un sistema dispuesto a gastar millones en escenografías logísticas, debatiéndose a ciegas entre el respeto a los derechos humanos y la inagotable necesidad de demostrar que nadie escapa a su peso.

¡Para la historia inmediata!


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