12 oct 2026

Leer poesía en voz alta

Leer poesía en voz alta

Por Fred Álvarez Palafox

Hay una magia particular en el acto de pronunciar las palabras. A mí me pasa cuando leo poesía: necesito hacerlo en voz alta, escucharme a mí mismo, sentir cómo resuenan los versos en el pecho para terminar de atrapar su sentido profundo. Y cada vez que leo a Neruda, a Salinas o a Sabines, los versos se despliegan distintos. Es otra voz, es otra música: es un sortilegio.

Y es que, en el fondo, la clave de todo habita ahí: en el lenguaje oral. Debemos prestar atención y mirar hacia un territorio largamente olvidado: la voz y el oído. Con los ojos solo comprendemos aquello que primero aprendimos a descifrar con los oídos. El lenguaje oral es el cimiento de todo.

Si de verdad queremos que los jóvenes entiendan lo que leen, hay que volver a lo elemental: enseñarles, de manera intencional, constante y apasionada, a enriquecer lo que escuchan, lo que dicen y lo que sueñan.

Mi experiencia…

A principios de los años setenta, leí por primera vez en mi vida dos poemas, ambos de Pablo Neruda (1904-1973): el número 20 y "Poesía". Yo era un muchacho que estudiaba en la Escuela Secundaria e Instituto Ignacio Manuel Altamirano (la IMA) en Los Mochis, y se me grabaron a fuego dos frases que hoy, a mis sesenta y tantos años, todavía me acompañan como una sombra fiel: «Y FUE a esa edad... Llegó la poesía a buscarme. No sé, no sé de dónde salió, de invierno o río. No sé cómo ni cuándo…», y aquel inolvidable «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…»

No sabía en ese momento la inmensa dimensión de lo que rozaba mis manos. Años después vendría la poeta Rosario Castellanos (1925-1974) a revelarme que la importancia de la poesía radica en «rescatar, del naufragio que es el tiempo y el olvido y la muerte, a las cosas, y dotarlas de una suerte de eternidad…»

Porque, como bien anota el escritor español Martín Garzo (1948-), «la misión de la poesía es ayudarnos a salir de la zona negativa, y devolvernos la memoria de nuestras facultades más decisivas y misteriosas».

Para Pedro Salinas (1891-1951), el gran poeta de la Generación del 27, la poesía se explicaba sola: era, simplemente, «una aventura hacia lo absoluto».

Y aquello que ella me dijo

fue en un idioma del mundo

...con gramática e historia.

¡Tan de verdad!,

que parecía mentira.

El maestro León Felipe (1884-1969) nos legó la fórmula de su desnudez:

Deshaced ese verso,

Quitadle los caireles de la rima,

el metro, la cadencia

y hasta la idea misma.

Aventad las palabras,

y si después queda algo todavía,

eso

será la poesía…

Para Dolores Castro (1923-2022), la poesía ha sido siempre una rotunda actitud ante la vida; para el salvadoreño Roque Dalton (1935-1975), «es como el pan, de todos (los días)».

Y qué decir del cura novohispano Bernardo de Balbuena (1562-1627), quien la definía como «un sabroso vino de la imaginación, que, moderado, alegra el espíritu, regala el entendimiento, deleita la fantasía y menoscaba la tristeza».

José Hierro (1922-2002), por su parte, la imaginaba elemental y telúrica:

La poesía es como el viento,

o como el fuego, o como el mar.

Hace vibrar árboles, ropas,

abrasa espigas, hojas secas,

acuna en su oleaje los objetos

que duermen en la playa…

A todos ellos los he leído en voz alta frente al silencio de las horas. Siento que cada vez que uno los nombra, los invoca y los rescata de la muerte para mantenerlos vivos.

En este oficio de la lectura compartida hay un lector insospechado: Jorge Mario Bergoglio (1936-2025), el papa Francisco, quien leía poesía desde sus años de profesor de literatura en Santa Fe, Argentina. Lo traigo a la memoria porque publicó en Roma el libro ¡Viva la poesía!, una antología donde el jerarca plasma su magisterio sobre las letras. «Me gusta mucho la poesía —confiesa—», y añade que está llena de metáforas que agilizan el pensamiento, haciéndolo intuitivo, flexible y agudo: «Quien tiene imaginación no se endurece, tiene sentido del humor, disfruta siempre de la dulzura de la misericordia y de la libertad interior».

Francisco pidió que la poesía ocupe una cátedra en las Universidades Pontificias, y le han tomado la palabra. Seguí de cerca su pontificado y sé que predicó con imágenes poéticas y metáforas, fiel a su estirpe de lector bíblico. Recuerdo bien cuando, en febrero de 2016, al despedirse de México desde Ciudad Juárez, nos regaló los versos de Hermandad de Octavio Paz (1914-1988):

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:

también soy escritura

y en este mismo instante

alguien me deletrea.

Y parafraseando al Nobel mexicano, nos dejó su propia estampa: la noche puede parecernos enorme y muy oscura, pero en nuestra tierra existen muchas luces que anuncian tenazmente la esperanza.


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