2 may 2008

Leonora Carrington

Leonora Carrington/Homero Aridjis
Publicado en Reforma, 29-Ago- y 12 de septiembre de 2004;
Una leyenda viva del surrealismo (I)
A Betty, en su cumpleaños.
Para mí, que tuve antes la experiencia de ver las obras de Leonora Carrington en las galerías y en los libros, visitarla en su casa de la colonia Roma es como visitar una leyenda viva del surrealismo. Aunque, también, es como visitar el mundo de los artistas europeos que vinieron a México durante la Segunda Guerra Mundial, escapando de los regímenes totalitarios. Para muchos de nosotros, activos en la cultura mexicana de la segunda mitad del siglo XX, Leonora Carrington forma parte de la tríada de pintoras surrealistas que realizaron su obra en México, junto con Frida Kahlo (nacida en Coyoacán en 1910), y Remedios Varo (nacida en Anglés, Gerona, en 1908). Si bien la colonia Roma, que la Carrington habita desde hace décadas, después del terremoto de 1985 se llenó de ejes viales, giros negros, tiendas de autoservicio, universidades y funerarias, y si la ciudad misma sufrió un crecimiento desmesurado, convirtiéndose en una de las megaciudades del orbe, ante esos cambios exteriores algo ha permanecido: la voluntad de la artista de mantenerse fiel a sí misma, fiel a sus principios artísticos, fiel a su arte. Pues, como ella dice: "Con los años también se van los sueños".
Leonora Carrington nació rebelde el 6 de abril de 1917 en Clayton Green, Lancashire, Inglaterra, y hasta el día de hoy aborrece lo burgués y la pomposidad de algunos escritores y artistas. En Leonora Carrington (Ediciones Era, 1974), ella misma evoca con irreverencia su llegada al mundo: "La única persona presente en mi nacimiento fue nuestro querido, fiel y viejo fox-terrier, Boozy, y un aparato de rayos X para esterilizar vacas. Mi madre se hallaba ausente a la sazón, tendiendo trampas a los langostinos que por aquellas épocas infestaban las altas cumbres de los Andes." En 1921, después de una enfermedad que la hizo delirar, empezó a escribir cuentos que ella misma ilustró. "Hice mi primera escultura cuando estaba jugando con lodo a los seis años", me dice ella.
En 1937, Leonora conoció en Londres al artista alemán Max Ernst. "Yo ya sabía quién era Max, porque mi madre, y esto es un detalle muy curioso, me había regalado el libro sobre el surrealismo de Herbert Read por Navidad. Y en este libro vi 'Deux enfants menacés par un rossignol', que me causó una enorme impresión", dijo Leonora en una entrevista que le dio a Paul De Angelis en 1985. El caso es que se fue con Ernst a París y luego a Saint-Martin d'Ardèche, al norte de Avignon. La granja abandonada que habitaban desde abril de 1938 pronto se convirtió en un bestiario artístico, al llenar ellos los muros exteriores con bajo relieves de criaturas sobrenaturales de aspecto medieval. Entonces su padre la repudió, ya que para él los artistas eran "o muertos de hambre u homosexuales, lo que para él era el mismo tipo de crimen", según confió Leonora a Marina Warner (Introducción a The House of Fear, 1988). "Era una época muy feliz de mi vida, hasta que estalló la guerra", recuerda ella.
"¿Por qué el arte fantástico está, ante todo y sobre todo, relacionado con los monstruos? (De ahí la frase famosa: el sueño de la razón produce monstruos.) ¿Por qué el arte fantástico está siempre ligado con la interpretación de los sueños y la demonología? ¿Es que la imaginación y la fantasía de Fra Angelico o del Tiziano no es comparable a la de Jerónimo Bosch? ¿Es que los dioses no son tan fantásticos como los demonios? Por lo visto no", en 1963 reflexionó Max Aub, el autor valenciano exiliado en México, en su ensayo sobre la muerte de Remedios Varo. Ciertamente, la tradición fantástica en el arte viene de lejos, y en el Oriente encontramos demonios y monstruos entre los chinos, los indios y los japoneses; en Occidente en Durero, Grunewald, Altdorfer, Bosch, Bruegel, Piranesi, Blake, Goya, Munch, Fussli, Moreau y Redon. Pero, "¿qué es un monstruo? ¿En comparación con qué o con quién?", pregunta Leonora Carrington.
De 1938 es el primer libro de Leonora, La casa del miedo, seguido por La dama oval (1939), con ilustraciones de Max Ernst, ya que Leonora Carrington es una de las pocas artistas que es también escritora y ha alternado el arte con la ficción. No sólo eso, ha sido una gran lectora de obras sobre los gnósticos, la mitología celta, el budismo tibetano, la cábala y las ciencias, y ha leído El libro de los muertos, el I Ching y Alicia en el país de las maravillas, entre novelas policíacas y de terror. "Más bien novelas policíacas", bromea ella, "yo quisiera tener un residente policíaco." Sus libros El séptimo caballo (1941), La trompeta acústica (1974) y La puerta de piedra (1978) han sido traducidos a varios idiomas y revelan una imaginación exuberante repleta de humor mágico, como la empleada en sus cuadros.
Cuando su relación con Max Ernst se interrumpe en 1939 y 1940, al ser internado Ernst primero por las autoridades francesas como un "enemigo foráneo" y luego por la Gestapo, Leonora viajó a España con dos amigos en un pequeño Fiat. "Me asfixiaban los muertos, su densa presencia en ese país lacerado. Me encontraba en gran estado de exaltación... convencida de que teníamos que llegar a Madrid lo más de prisa posible... En medio de la confusión política y un calor tórrido, tuve el convencimiento de que Madrid era el estómago del mundo y que yo había sido elegida para la empresa de devolver la salud a este órgano digestivo", escribió Leonora en En bas (Memorias de abajo, 1945), un testimonio intensamente poético digno del mejor Artaud. Sin embargo, al redactar la crónica de su paso por la locura, a Leonora, siempre honesta consigo misma, le preocupó caer en la ficción, pues en ella entreveraba autobiografía con fantasía.
Ya en España, al sufrir una crisis mental, explicada por ella misma como una "sicosis de guerra", su familia interviene para que sea internada en una clínica en Santander. En 1943, la artista recontó la historia en francés a su amiga Jeanne Megnen, cuyo registro resultó en En bas: "Empiezo, por tanto, en el momento en que se llevaron a Max por segunda vez a un campo de concentración, escoltado por un gendarme que portaba un fusil (mayo de 1940). Yo vivía en Saint-Martin d'Ardèche. Estuve llorando varias horas en el pueblo, luego volví a mi casa, donde me pasé veinticuatro horas provocándome vómitos con agua de azahar, interrumpidos por una pequeña siesta. Esperaba desviar mi sufrimiento con estos espasmos que me sacudían el estómago como terremotos. Ahora sé que éste no era sino uno de los aspectos de esos vómitos: había visto la injusticia de la sociedad, quería limpiarme yo misma primeramente, y luego ir más allá de su brutal ineptitud. Mi estómago era el lugar donde se asentaba la sociedad, pero también el punto por donde me unía a todos los elementos de la tierra. Era el espejo de la tierra, cuyo reflejo es tan real como la persona reflejada." Esta última referencia me recuerda su facultad de escribir con las dos manos y en el espejo, al revés. "Yo ahora estoy más loca que cuando estuve en la casa de locos", exagera ella con su habitual sentido de humor negro.
"¿Cómo decir el delirio sin perderse en el grito que debe decirlo? Los más grandes, Nerval, Artaud no han podido", escribió Jean Schuster en 1973, en la reedición de En bas, una obra que algunos analistas consideran un ejemplo de "diario surrealista". "¿Cómo ha podido Leonora Carrington sobrevivir a los delirios de la razón y a los acosos de las criaturas fantásticas de su mundo y otros mundos y mantenerse serena y seguir pintando?", me pregunto yo. "Yo soy una vieja dama que ha vivido mucho y ha cambiado -si mi vida vale algo yo soy el resultado del tiempo", escribió Leonora a los 56 años a su editor Henri Parisot. Sin embargo, a menudo ella ha dicho que no sabe si inventa el mundo que pinta o ese mundo la inventa a ella. "Probablemente lo último", me aclara ella.
En 1941, en Madrid rumbo a Portugal, en un té danzante reconoce a Renato Leduc, el periodista, diplomático y poeta mexicano, 19 años mayor que ella, que residía en Lisboa y que Pablo Picasso le había presentado años atrás en París. El padre de Leonora, principal accionista de la compañía Imperial Chemicals, había arreglado que su guardiana, una enfermera alemana nazi, la llevara a Portugal, desde donde, en un submarino, sería enviada a Sudáfrica para ser internada en un sanatorio. Una vez en Lisboa, Leonora se arregla para escapar de su captora y pide asilo en la Embajada de México.
"Un poco de destino venir a México", le digo. Y ella contesta: "Bueno, el destino era esa monstruosidad que era Hitler".
Homero Aridjis Leonora Carrington (II)
En 1941, "en territorio mexicano", como le dijo el embajador de México en Lisboa, Leonora Carrington se casó con el poeta Renato Leduc para poder salir de Portugal
. Meses después, junto con diplomáticos mexicanos y refugiados de varias nacionalidades atrapados por la guerra, partió en el barco Exeter hacia Nueva York. A su llegada a México, en 1942, obtuvo la nacionalidad mexicana y entró en contacto con el círculo de surrealistas e intelectuales refugiados en la capital del país, como Remedios Varo y Benjamín Péret, Kati y José Horna, Wolfgang Paalen y Alice Rahon.
Divorciada de Renato Leduc, Leonora se casó en 1946 con Emerico Weisz (Chiki), un fotógrafo húngaro que había salvado la vida caminando a pie desde Budapest a París antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Chiki me contó recientemente que Leonora "es la mujer con quien yo quería estar, porque ella era como es ahora, muy artística y muy auténtica. Entonces estaba casada con Renato Leduc y yo la conocí en la casa de Remedios Varo y Benjamín Péret, en la colonia San Rafael. A esta casa (en la colonia Roma) venimos cuando nació Pablo. Fue Péret quien nos encontró la casa y aquí nos quedamos. Nunca quise regresar a Hungría. La pasé muy mal. Era un lugar antisemita y como yo era judío me perseguían mucho. Mi madre vivía en un departamento de alquiler en un tercer piso, y como la ventana daba a la calle, vimos un día un desfile de jóvenes nazis cantando: 'Cuando el cuchillo esté chorreando sangre de judíos, serán buenos tiempos.' Después mataron a dos hermanos. Pero también a los primos y a casi toda la familia".
En la Ciudad de México, Leonora estableció una buena amistad con el cineasta Luis Buñuel, a quien había conocido en Nueva York y con quien compartía su pasión por el surrealismo. "Tenía muy buen sentido del humor negro", explica, aunque recuerda que el cineasta no llevaba a ningún lado a su esposa Jeanne, "Por tenerla encerrada". Sobre Octavio Paz, ella recuerda que al principio lo vio a menudo, pero en los últimos años muy poco. El poeta al hablar de "ironía" romántica y el "humor" surrealista, afirmó que "la plena libertad erótica se alía a la creencia en el amor único... Las heroínas románticas, hermosas y terribles como esa maravillosa Carolina de Gunderode reencarnan en mujeres como Leonora Carrington" (Octavio Paz, El arco y la lira, 1956). Tal vez la relación más fuerte fue con la pintora española Remedios Varo, a la que había conocido en París y quien huyendo de la España franquista se encontraba en México desde finales de 1941, gracias a la política generosa del presidente Lázaro Cárdenas hacia los refugiados españoles. En su amistad, Leonora y Varo hablaban de filosofía, religión, pintura y literatura, diseñaban trajes y sombreros para obras de teatro, cocinaban platos incomestibles con ingredientes extraños que encontraban en los mercados y se mandaban diariamente mensajes. Pero además de "compartir la sensación de que ambas estaban especialmente inspiradas por extrañas fuerzas internas, que habían sido elegidas para un viaje psíquico espacial", hubo influencias de forma y de fondo de parte de Leonora Carrington sobre Remedios Varo. "La relación de Varo con Leonora Carrington fue otra importante fuente para el temario de su obra. Se apropió abiertamente de imágenes y representaciones de su amiga inglesa, especialmente de su obra de mediados y finales de los años cuarenta, los años en que Varo estaba esencialmente dedicada a trabajos de tipo comercial" (Janet Kaplan, Viajes inesperados, El arte y la vida de Remedios Varo, 1988). Por ese tiempo, el poeta André Breton calificó a Leonora Carrington y Remedios Varo como "los más bellos haces de luz" de la pintura de la posguerra.
Desde su llegada a México, Chiki no abandonó ni una sola vez el país ni la ciudad. Y Leonora, salvo algunos viajes cortos, sólo ha salido por dos periodos largos. La primera fue en 1968, después de la matanza de estudiantes en Tlatelolco, cuando su nombre apareció en la lista que la escritora Elena Garro entregó a las autoridades, y la segunda después del terremoto de 1985, cuyas cicatrices aún quedan en el edificio colapsado enfrente de su casa. "Cuando los perros rastreadores que se habían fletado por una agencia internacional para las labores de desescombro de supervivientes fueron desviados y vendidos como animales de compañía, Carrington sintió que no aguantaba más vivir en México", escribió la ensayista inglesa Marina Warner.
Por razones astrológicas, alquímicas y de temperamento (yo nací también un 6 de abril), desde que conozco a Leonora Carrington siempre he sentido que hay una afinidad con su persona y con su arte. Pero no fue hasta que tenía 20 años que me encontré con ella en casa del galerista Juan Martín. Aludí a ese encuentro en La tumba de Filidor (1961):
Leonora también se había sobresaltado:
-Sigue hablando, por favor y no
preguntes.
Y la voz de Martín:
-Seres como ustedes sólo los había
visto en París.
La perdí de vista durante décadas, aunque seguí viendo obras suyas aquí y allá, y en los últimos tiempos mi esposa Betty y yo la visitamos a menudo en su casa. La gran artista que es ha prevalecido a través del tiempo semejante a sí misma. Cuando se le visita, haciendo gala de su humor negro, pide: "Cuéntame chismes horribles de políticos." Pero cuando se le empiezan a contar, interrumpe: "No quiero oír más." Lo mismo sucede con las historias sobre animales, a los que ama genuinamente y cuya destrucción le aflige. "Hay muchos animales que me gustan", ha dicho. "El primero no es el ser humano; lo pongo en el lugar más bajo de mis preferencias. El ser humano es un ser terrible que asesina y me da mucha tristeza pensar que yo soy de esta especie, aunque el afecto real va con los humanos" ("Tiempo soñado", entrevista con Leonora Carrington, Emilio Payán y Saúl Villa, La Jornada, 15/diciembre/1996).
En 1963, Leonora Carrington pintó el extraordinario mural "El mundo mágico de los mayas" para el Museo Nacional de Antropología e Historia. En el texto que acompaña el libro, Laurette Sejourné señala: "Al rehusar toda anécdota, Leonora Carrington ha captado esta verdad esencial con una clarividencia propia de la magia, y la ha traducido con la precisión vigorosa de gran poeta." A propósito del mural, desaparecido desde que lo trasladaron a Tuxtla Gutiérrez y un gobernador chiapaneco quiso adjudicárselo, esperamos que ahora que se abra la sala etnográfica de los mayas de Chiapas en el Museo Nacional de Antropología podamos verlo de nuevo.
En la colección de arte moderno que Pierre y Maria-Gaetana Matisse donaron al Metropolitan Museum de Nueva York, entre las cien obras de artistas como Matisse, Balthus, Chagall, Giacometti, Miró, Magritte, etcétera, aparece en el sitio de honor el autorretrato de Leonora Carrington titulado "The Inn of the Dawn Horse" ("El Albergue del Caballo del Alba"), de 1936-1937. La identificación con el caballo no es extraña: la artista siempre ha sentido fascinación por ese animal, aunque cuando alguien le preguntó si creía en la reencarnación, respondió: "¿Quién me gustaría haber sido en mi vida pasada? No sé, quizás un animal... algo con alas... un murciélago".
"Mucho hay de juego en la última pintura de Leonora", escribió el filósofo Ramón Xirau en 1965. "Sólo hay que jugar según las reglas. Leonora Carrington sabe las reglas del juego, sabe incluso las reglas que conducen al borde del más difícil de los juegos: el que nos acerca al misterio." Y, diría yo, al juego de la imaginación y de los mitos, donde el ser se juega a sí mismo en el reino de lo fantástico.
Aunque Leonora Carrington suele decir que "La vejez está llena de miedos, miedo de morir, miedo de hacerse más viejo", a su edad siempre hay un lugar para lo fantástico y para el trabajo creativo, como las esculturas recientes que le encomendó Isaac Masri, entre ellas la obra maestra "Las Nagas".
Cuando hace poco Betty le preguntó adónde le gustaría ir, por ese anhelo del Norte que a veces no puede ocultar, Leonora contestó lacónicamente: "A Laponia."

Ackerman y Krauze

El Correo Ilustrado de La Jornada:
Ackerman emplaza a Krauze a un debate público (02/05/2008)
No satisfecho con su columna cada tercer día en El Correo Ilustrado, Krauze ahora se apresta a suplir las funciones de la dirección general al organizar
un debate entre Fernando Pliego, autor de El mito del fraude electoral, y un servidor en las páginas de La Jornada. El doctor Pliego y yo ya hemos debatido su texto públicamente, así que no tendría ningún problema en reditar el debate si Carmen Lira lo viera conveniente. En mi opinión el texto de Fernando únicamente confirma las dudas sobre el resultado de las últimas elecciones presidenciales.
Pero el asunto de fondo no es la evidente apertura de La Jornada al intercambio plural de ideas, sino las actitudes cerradas, elitistas e intolerantes de un grupo de intelectuales, quienes se escandalizan cada vez que los ciudadanos levantan la voz ante las injusticias cometidas por “las instituciones” del país. Últimamente Enrique Krauze y José Woldenberg se han convertido en figuras emblemáticas de este tipo de reflejos autoritarios. El diferendo es con ellos, no con el doctor Pliego.
Sugiero que cerremos este intercambio epistolar para pasar a otra etapa de la discusión. Emplazo a Enrique Krauze a debatir públicamente y en tiempo real sobre el estado actual de la democracia en México en alguno de “los medios a su alcance”, como muestra de su disposición a fomentar “la cultura de los debates”. ¿Tendrá Krauze el valor para defender sus ideas de viva voz en sus propios terrenos?
John M. Ackerman
De Enrique Krauze a John Ackerman (30/04/2008)
La respuesta de John Ackerman es esquizofrénica: celebra y lamenta mi presencia en El Correo Ilustrado. Contesto a sus dos encarnaciones:
Doctor John: A sugerencia mía, en Televisa se creó En opinión de... (donde aparecen Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis y Carlos Montemayor) y Diálogos por México, donde intervino Andrés Manuel López Obrador. En los medios que dirijo he promovido el debate plural. En el programa de México Nuevo Siglo sobre la historia del PRD (transmitido varias veces entre 2000 y 2006 en Canal 2) aparecieron Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Dolores Padierna, Amalia García, Marco Rascón, Carlos Ímaz, Jesús Ortega y el propio Andrés Manuel López Obrador. En Letras Libres dedicamos el número de noviembre de 2004 a promover específicamente la cultura de los debates y hemos armado varios, incluido el próximo en el mes de mayo: “Ideas para la izquierda”.
Mister Ackerman: Tras haberme cerrado la puerta por varios años, La Jornada me ha publicado ahora cartas cuyo propósito no ha sido “atiborrar” –como dice– El Correo Ilustrado, sino defenderme de las imprecisiones de usted y de las bajezas antisemitas de Jalife.
A ambos (John y Ackerman) les aseguro que, en los medios a mi alcance, seguiré promoviendo el debate. Y a mi vez les sugiero que en las páginas de La Jornada entablen ustedes dos un debate con Fernando Pliego Carrasco sobre el 2 de julio, tema que ambos (Ackerman y John) han convertido en su modus vivendi.
nrique Krauze
Krauze y la manipulación (29/04/2008)
Si Krauze realmente estuviera preocupado por la “manipulación histórica” dejaría de obsesionarse por las actividades de López Obrador y haría algo desde su posición como integrante de la junta de gobierno de Televisa para abrir espacios plurales para el debate público en radio y televisión. En lugar de atiborrar El Correo Ilustrado con sus misivas, ¿Por qué no abrir En la opinión de... a Alfredo Jalife-Rahme y ofrecer el noticiario de la noche a Carmen Aristegui? Cuando se trata de manipular conciencias, Televisa y Tv Azteca no tienen parangón. Celebro la apertura de La Jornada a estos debates y espero ansiosamente la invitación a formar parte del elenco de Tercer Grado del Canal 2.
John M. Ackerman
Denuncia Krauze manipulación histórica (29/04/2008)
El profesor Ackerman justifica “la solicitud de un recuento total de la votación”, que derivó en el secuestro de las principales avenidas de la ciudad de México en 2006, y “la toma de las tribunas” del Congreso en 2008, porque cree que son obra de “una ciudadanía valiente, movilizada y consciente”. Hoy sabemos, por confesión propia, que ambas acciones son obra de un solo hombre.
“El movimiento soy yo”, afirmó López Obrador con relación al secuestro de las tribunas legislativas. Nada más profundamente elitista que el movimiento de un solo individuo que utiliza a las masas (y a las masas intelectuales) para concretar sus fines, disfrazados ayer de la “defensa del voto” y hoy de “la defensa del petróleo”.
Manipulaciones históricas y visiones simplificadoras de la realidad han arrastrado al país a situaciones riesgosas, sin embargo, sus corifeos han decidido fingir que no se percatan de esa manipulación que, cínica o ingenuamente, llaman “democrática”.
Enrique Krauze

Arnaldo Córdova y Héctor Aguilar

Entre amigos:
Intercambio de misivas en El Correo Ilustrado de La Jornada
De Arnaldo Córdova a Héctor Aguilar Camín; 2/05/2008:
No estoy seguro de entender qué quiere decir Héctor Aguilar Camín cuando me revira que “el centro de un debate fértil sobre petróleo no es privatizar o no”. La cuestión es precisamente ésa, no porque lo propongamos nosotros, sino porque es el asunto que proponen las reformas de Calderón. Que polarice no le debería extrañar a mi amigo. Ya estamos polarizados, nos han polarizado.
No sé por qué Héctor no entiende lo que es “no privatizar”. Como lo dije en mi artículo, queda claro que privatizar es pasar del patrimonio público bienes que van a dar a manos de privados. No privatizar es no hacerlo. Tampoco por qué vuelve a plantear el asunto de los privados en su relación con Pemex. Le dije en mi artículo que hay muchísimas cosas que a Pemex le conviene más que se las hagan los privados, pero mediante contrato de servicios y pago acordado. Luego afirma que la clave no es si se debe contratar a privados, sino “dónde y cómo”. Obvio.
Por lo demás, estoy perfectamente de acuerdo con mi amigo en que uno de los mayores problemas de nuestra empresa nacional es la corrupción que la devora. Me pregunta si los contratos del sindicato con la empresa son públicos o privados. Hay un contrato colectivo de trabajo; lo demás no puede saberse y él debe entender el porqué.
Me queda claro que Héctor sabe perfectamente de qué se trata todo, pues me dice: hay “que hablar de ‘renacionalizar’, de ‘rexpropiar’ o ‘desprivatizar’ Pemex” (estas palabras suyas deberían decirle que ese asunto sí está en el centro); “hay que erradicar a los contratistas hijos de la corrupción y la opacidad”; se necesita hacer transparente a la empresa y dotarla de “un consejo de administración independiente” (aunque no sé qué entiende por eso), obligado a una permanente “rendición de cuentas al Congreso”, hay que informar del “destino de los excedentes petroleros”, rematando con que “lo primero que hay que garantizar es que Pemex sea una empresa transparente, verdaderamente pública”. A mi querido Héctor no podrá ocultársele que todos esos temas ya nos han polarizado y lo seguirán haciendo sin remedio.
Con mi afecto y mi amistad indeclinable.
Arnaldo Córdova
De Aguilar Camín a Arnaldo Córdova; 30/04/2008;
Tomo nota de las precisiones de Arnaldo Córdova sobre el significado jurídico de “privatizar” (La Jornada, 27/4/08). No puedo honrar su invitación a una discusión jurídica, pues carezco de calificaciones para ello.
Lo que puedo decir es que, en mi opinión, el centro de un debate fértil sobre Pemex y el petróleo no es privatizar o no. Entre otras cosas porque “privatizar” no es una palabra simple, como queda de manifiesto en el análisis del propio Arnaldo. Polariza el debate en bandos inconciliables. Esta palabra ambigua crea polos adversarios. Cada quien entiende con esa palabra lo que quiere entender.
Por mi parte, no entiendo muy bien lo que se dice con “no privatizar” cuando se habla de Pemex, una empresa cruzada de arriba abajo por contratistas y proveedores privados. (Por cierto: ¿los contratos del sindicato con la empresa, son públicos o privados?) En aras de la congruencia habría que hablar de “renacionalizar”, “rexpropiar” o “desprivatizar” Pemex.
¿Pero hay que desprivatizar Pemex? ¿Los contratistas y proveedores de Pemex son indeseables por el hecho de ser privados? ¿Hay que erradicarlos por ser privados? Mi opinión es que no. Si eso fuera posible, sería absurdo. Hay que erradicar a los contratistas hijos de la corrupción y de la opacidad, por ser caros y malos, y por colaborar no a la eficiencia sino a la ineficiencia de Pemex.
La pregunta clave para mí no es si debe haber o no contratos y proveedores privados en Pemex, sino dónde y cómo. La respuesta obvia es donde convenga para que Pemex sea la empresa eficiente que no es.
¿Cómo garantizar que “lo que convenga” no termine en la opacidad, la corrupción y la ineficiencia que caracterizan hoy a Pemex? Haciendo transparente a la empresa, con todos los mecanismos a la mano: un consejo de administración independiente, rendición de cuentas al Congreso, publicación en Internet de las operaciones de la empresa, el destino de los excedentes petroleros, etcétera.
La opacidad, la corrupción y la ineficiencia son los verdaderos enemigos de Pemex, no los contratos privados. Por eso, lo primero que hay que garantizar es que Pemex sea una empresa transparente, verdaderamente pública.
Éste es el tema central, en mi opinión. Ni el diagnóstico gubernamental ni su iniciativa de ley lo abordan con claridad. Ojalá el debate pueda llevarlo al centro del ruedo y, en su momento, al centro de la nueva ley.
Para Arnaldo, mi respeto y mi cariño.
Héctor Aguilar Camín

Versiones contradictorias Morett: El Comercio

Nota del periódico El Comercio de Quito, 2/04/2008;;
Morett dio versiones contradictoras de Reyes
El 11 de marzo, la mexicana Lucía Morett aseguró al fiscal general, Washington Pesántez, que no conoció al segundo de las FARC en el campamento. Días antes reconoció que sí lo vio.
Redacción Judicial.-
El video del primer testimonio de Lucía Morett tiene varios cortes de edición. Pero, en ellos se evidencia que la mexicana cambió sus versiones sobre Raúl Reyes, líder de las FARC .
La grabación fue presentada el miércoles pasado por el ministro de Defensa, Javier Ponce, en la Presidencia. El funcionario entregó el video que fue realizado por varios militares en Sucumbíos, luego de que Morett fue rescatada de la base, atacada por las tropas colombianas el 1 de marzo. El Ministro aseveró que esas cintas y otras evidencias llegaron “a la Unidad de Inteligencia de la Fuerza Terrestre, dirigida en ese momento por el coronel (Mario) Pazmiño, el 16 de abril de 2008”.
Pero, Pazmiño dejó la Unidad 14 días antes. El 2 de abril pasado fue relevado de su cargo, con el argumento de que no entregó información oportuna al Gobieron. Actualmente, se analiza su salida de las Fuerzas Armadas.
Asimismo, Ponce sostuvo que antes de esa fecha no tuvieron acceso a la cinta. “No justifica en absoluto que ese material no haya sido entregado a las autoridades y que no se niega la posibilidad de que pudo haberse filtrado (…) hubo una retención premeditada de una pieza informativa para aclarar todo lo ocurrido en Angostura y aclarar la identidad y la naturaleza de la acción...”. No obstante, un extracto del mismo video fue difundido masivamente a los pocos días del bombardeo. El 8 de marzo pasado, el programa 30 Minutos Plus de R Teleamazonas presentó durante tres minutos la declaración que Morett dio a los militares ecuatorianos, el 3 de marzo.
En esa filmación, que también está editada, la mexicana confirma que sí sabía que el abatido Raúl Reyes era el comandante de la base atacada y que estaba allí. Sin embargo, en su declaración al fiscal Washington Pesántez dijo que nunca conoció a Reyes, que solo supo de él porque los soldados colombianos le contaron que estaba muerto. Morett permaneció más de un mes internada en el Hospital de las FF.AA. en Quito y hace tres semanas dejó el país, a pesar de que está abierta una indagación en su contra.
Actualmente, la mexicana tiene asilo en Nicaragua, porque en su país tiene una investigación por supuesto apoyo al terrorismo. Para el ministro Ponce, en su declaración la mexicana tampoco dice que ella intentaba crear una rama de las FARC en México. Pero en el video eso no se puede comprobar porque tiene cortes. Por ejemplo, empieza con la imagen de la mexicana Morett en un helicóptero, pero repentinamente (a los 60 segundos de grabación), ella está en una camilla y relata cómo llegó a la base de Reyes. No obstante, su relato empieza en Sucumbíos, no habla sobre su presencia en los encuentros realizados en Quito por la Coordinadora Continental Bolivariana. Pasados los tres minutos de grabación hay un segundo corte. Morett relata los momentos posteriores al bombardeo y su primer contacto con los soldados colombianos. Dice: “... de mi mochila sacaron calzones, toalla sanitaria, sacaron una sudadera... Entonces, un militar le pregunta: “¿ a qué hora fue?”; pero en el siguiente cuadro, la mexicana habla sobre sus compañeros que la acompañaban y murieron en Angostura. A los nueve minutos y 25 segundos hay otro corte en el video. Ese momento, un militar le cura las heridas y luego la mexicana dice: “solo escuchaba que a alguien le llamaban Molina”.
Además se incluyen los videos de las colombianas Pérez y Bohórquez, que también están editados. Al final, aparece Morett tranquila y lista para viajar a Quito.
Una fuente del Ministerio de Defensa sostuvo que la grabación presentada fue la misma que entregó Inteligencia y que no fue modificada. Y que se percataron de los cortes, por lo cual verificaron con las grabaciones de audio y sus transcripciones. En ese texto consta que Morett “sí se entrevistó con Reyes”. Ponce dijo que no había constancia de aquello.

Monsivaís 70 años

Celebra Monsiváis sus causas
En siete décadas siempre es posible atisbar la trascendencia, reflexiona
Jorge Ricardo
Reforma, Cultura, 2/04/2008;
Carlos Monsiváis Aceves (Ciudad de México, 1938) habla de su vida con el entusiasmo que le produce, a estas alturas, dice, reconocer otra causa perdida. A punto de cumplir 70 años, asegura que ya se le pasó la edad de reflexionar provechosamente sobre sus siete décadas. No importa, comenta, en siete décadas siempre es posible atisbar la trascendencia.
En su juventud, Carlos Monsiváis comprobó que no servía ni para las finanzas ni para la política; dudó también de su carrera literaria. "No sé si pueda llevar a cabo un obra siquiera regular", escribió en su Autobiografía de 1966.
Después publicó Días de guardar, Amor perdido, Entrada libre, Escenas de pudor y liviandad, A ustedes les consta, Los rituales del caos, Aires de familia, libros de crónica y ensayo. Ganó los premios Nacional de Periodismo, Xavier Villaurrutia, Anagrama de Ensayo, Nacional de Ciencias y Artes y de Literatura de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Convertido ahora en el "último escritor público en México" por su omnipresencia en la vida cultural y política, Monsiváis habla en entrevista de la izquierda, de su madre, de la homofobia, de su carrera como actor y de su paso como letrista en el grupo de rock Los Tepetatles, de su generación, la trascendencia, la soledad y el amor.
-¿De qué forma contribuyó doña Esther Monsiváis en su trabajo de escritor?
-Mi madre puso de su parte mi nacimiento, mi primera formación, mi capacidad de pelearme en vano, mi primer amor por los libros, mi sentido del orden (allí fallé) y todo lo que un hijo de mi generación debía saber si quería triunfar o fracasar en la vida.
-¿Se reconoce en alguna generación de escritores mexicanos?
En la que se da a conocer en la década de 1950 en los pequeños círculos literarios, en el suplemento México en la cultura de Novedades, dirigido por el gran Fernando Benítez, en la que destacan Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Fernando del Paso, Hugo Gutiérrez Vega, José Emilio Pacheco y, de trato menos frecuente pero con grandes afinidades, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, José de la Colina, Gabriel Zaid, Juan Vicente Melo, Marco Antonio Montes de Oca y también cerca Carlos Fuentes, Tomás Segovia, Inés Arredondo, Margo Glantz... Conste, no me comparo, me identifico.
-¿Luego de su actuación en películas como Los Caifanes y En este pueblo no hay ladrones y en la telenovela Nada personal, qué pasó con su carrera como actor, en qué punto se encuentra?
-He trabajado en ocho films, y en la telenovela de Argos Nada personal. La cifra es insignificante, si se compara con la filmografía de Miguel Inclán o de Hernán Vera, El Panzón, el eterno cantinero del cine nacional, pero no obstante creí que me daba derecho a una carrera de donador de autógrafos. No fue así, algo se interpuso en mi camino, un compló de la envidia, un deseo de suprimir lo que hubiese sido una figura del carisma del olvido, qué sé yo, no me valió el ser dirigido por Alberto Isaac, Juan José Gurrola, Mario Hernández, otra vez Alberto Isaac, Armando Casas, Raúl Fernández, Alberto Cortés, Sergio Arau. No presumo, pero sí me duele que a mis quince segundos intensos en cada película, donde deposité todos mis conocimientos del film noir, se les llamen "extreadas".
-¿Qué quería ser de niño, en su autobiografía dice que bombero o comediante, es cierto?
-En verdad no sé, y también ignoro por qué dije lo de bombero, etcétera. Más bien creo que me proponía ganar tiempo para averiguar mis intenciones laborales. Si soy sincero, y si mi sinceridad tiene una parte mnemotécnica, me proponía leer y ver películas, en ese orden y nada más. Por lo demás, los que he conocido de vocación más firme son los que han querido ayudar a la humanidad gobernándola.
-¿Por qué no siguió publicando cuentos como Fino acero de niebla, ficción como Nuevo catecismo para indios remisos o sus poemas?
-Lo de los poemas es una calumnia de la reacción, los otros textos se produjeron naturalmente pero no al grado de causarme adicción.
-En marzo de 1971, usted escribió a Elena Poniatowska: "Es Viernes Santo y yo estoy sumido en algo que no sé si calificar de letargo, nostalgia, apatía o simple y reconcentrada soledad. Como quiera que sea no es una sensación amarga o molesta; nebulosa en todo caso; la indecisión entre el aburrimiento y la anemia". ¿Qué lugar ha ocupado la soledad en su vida?
-Esa carta a Elena era parte de un estudio sobre el melodrama pero se me fue en el sobre. Ahora el lugar de la soledad en mi vida es considerable, y comienzo a experimentarla una vez que salgo de mi casa.¿De qué manera han llegado a su vida el amor y el enamoramiento, o eso es muy cursi? Han llegado en forma de imposibilidades, fracasos, canciones convertidas en cilicios, ligues al borde del abismo de mis sueños pacíficos, en fin. Como todos, me he enamorado del amor y, dada mi soltería, no he pagado pensión alimenticia.
-¿Su definición de Dios sigue siendo: "Es algo que me excede, pero no es algo que me nulifique al excederme"? ¿Agregaría algo al respecto?
-Muy poco, la trascendencia ocupa un lugar distinto en cada una de las vidas. Yo la vivo a fondo leyendo poesía, escuchando música, analizando los procesos de la épica, un género literario y una realidad extraordinaria. El lugar de los seres humanos en el cosmos es insignificante o nulo, pero cada uno persiste en las tareas inevitables porque, aparte de las grandes razones (formar un hogar, deshacerlo, construir la Patria desde el sueño, etcétera), está el atisbar la trascendencia, que, como nadie, despliegan los poetas, por ejemplo San Juan de la Cruz: "Y todos cuantos vagan/ de ti me van mil gracias refiriendo,/ y todos más me llagan/ y déjame muriendo/ un no sé qué que quedan balbuciendo". Esta última línea, por sí sola, me resulta una prueba de la existencia de Dios sin adjuntarle iglesias.
-¿Cómo describiría su vida?
-Vanidosamente, como la de alguien que nunca quiso dormirse en sus laureles porque sufría de insomnio crónico. Ya sin metáforas vergonzosas, de por medio la describiría con el entusiasmo que me causa, a estas alturas, agregar a mi lista otra causa perdida.
Monsiváis: El intelectual multitemático
El escritor celebrará el domingo 70 años
'¡Ah, dioses! Cuando oigo hablar de la derecha moderna, y observo la homofobia de los panistas, me dan ganas de quitarle el seguro a mis canicas'
Jorge Ricardo
Carlos Monsiváis supo desde niño que pertenecía a las minorías. Actualmente pertenece a las minorías que combaten la homofobia, la discriminación, a la derecha política, a la izquierda acrítica. En su infancia participó en el programa de radio "Los niños Catedráticos" y empezó a memorizar versículos de la Biblia, en 1965 formó parte de un grupo de rock (indie, dicen algunos críticos).
-¿Cómo fue su participación en Los Tepetatles?
-Fue en 1965, y el show tuvo lugar en el Quid en la calle de Puebla, el productor era Ernesto Alonso, el organizador era Arau y el resultado está a la disposición del oído del tiempo ocioso y explorador. Lo que más me gustó de la experiencia fue trabajar un par de letras con el extraordinario Chava Flores. Las letras no cuajaron, el espectáculo fue un fracaso más bien silencioso y el grupo Botellita de Jerez rescató un par de esas canciones.
¡Ah, sí! Compuse una parte de la canción con letra del Nocturno de Manuel Acuña. Decía simple y formidablemente: "Llora mi vate,/ llora de amor". (Se repite).
-¿Usted siempre ha sido de izquierda?
-Creo que sí. O sé que sí, desde mi primer impulso radical que me vino de la fe sentimental en la República española, y desde mi primera filiación ideológica, concentrada en la Reforma liberal y en don Benito Juárez.
-¿Qué es ser de izquierda actualmente?
-Las respuestas son amplias y desbordan la entrevista, incluso la ahogarían. Sé lo que me interesa de la izquierda, que sea crítica, que no admire incondicionalmente la dictadura de Fidel Castro, que sitúe en perspectiva el autoritarismo con frecuencia inadmisible de Hugo Chávez, que se oponga a la derecha, que denuncie sin tregua a la corrupción, que saque conclusiones del fracaso del socialismo real, que sea antirracista a fondo, que no sea nacionalista pero que sí defienda los intereses nacionales, que se oponga a la desigualdad, el mayor problema del País...
-¿En 1951 usted compraba escuditos de la URSS y recogía firmas en San Juan de Letrán y repartía propaganda, y en 1961 junto con José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y José Revueltas participó en una huelga de hambre en solidaridad con los presos políticos ferrocarrileros. ¿Cuándo y por qué cesó su activismo de esa manera?
-El activismo es una adhesión que va mutando si no quiere congelarse en una esquina. Hoy ya no compraría escuditos de la URSS (descífrenme estas siglas), ni me sumergiría en una huelga de hambre, pero sí apoyaría como apoyo a distintas causas, la izquierda crítica (la hay y muy considerable, pese a las tribus del PRD y su burocracia tentacular), los movimientos ecológicos, la lucha contra el sida, los derechos de los animales, los derechos humanos, los derechos de las minorías, la no privatización del petróleo... En fin, aguardo el choteo pero mantengo mi derecho a usar mi tiempo tal y como lo decida mi entusiasmo por las causas perdidas y, cada vez más, ganables.
-¿Es cierto que usted tiene el récord del mexicano con mayor asistencia a marchas?
-Tanto como eso no, pero sé que desde 1953, a mis 15 años de edad, asistí a la marcha en contra de la ejecución de los esposos Rosenberg, electrocutados por ser espías atómicos. Desde entonces, sí que he fatigado el cemento, como se decía antes. Sin embargo, tuve una mala experiencia en 2003, en la segunda marcha contra la invasión de Iraq. Al verme, un grupo de jóvenes creo que de la UAM, devotos del comandante Fidel Castro, y al tanto de que yo había presentado el libro de Huber Matos, el revolucionario al que se acusó de "traición a la patria" y que se pasó casi treinta años en la cárcel, comenzaron con su rosario de insultos, felices con su intolerancia. El razonamiento más conspicuo fue "¡Mierda!", aderezado con la bisutería homofóbica de la izquierda más tradicional. No conozco a esos jóvenes pero los imagino tomando en este mismo instante el Cuartel Moncada.
-¿Existe alguna razón personal en su lucha contra el sida y la homofobia?
-No conozco a nadie que participe en cualquier nivel en la defensa de los derechos humanos y en la lucha contra el prejuicio, que carezca de razones personales para hacerlo. Es el círculo compulsivo: las causas lo eligen a uno y uno elige las causas. En lo tocante a la lucha contra el sida, me ha tocado la muerte de amigos míos muy queridos, y las crisis de salud de otros tantos, he estado en velorios donde las madres gritan diciendo "¿Por qué me enviaste un hijo así?". También, he atestiguado la caída física y moral de personas magníficas y he presenciado la crueldad de médicos y enfermeras. Y he visto lo contrario, seres generosísimos que enfrentan la pandemia, médicos y enfermeras con actitudes notables y familias de verdad solidarias.
En cuanto a la homofobia, tan activamente sustentada por la iglesia católica y no sólo por ella, la considero una herencia de las larguísimas tradiciones de odio a lo diferente y a la diferencia, que ahora sólo exhiben la cerrazón y la crueldad. Por eso, soy partidario de una legislación especial en el caso de los crímenes de odio por homofobia, porque estimularía la educación moral contra el prejuicio. ¡Ah, dioses! Cuando oigo hablar de la derecha moderna, y observo la homofobia de los panistas, me dan ganas de quitarle el seguro a mis canicas.
-¿Cuántos versículos de la Biblia memorizó?
-Los suficientes como para que al leer en la secundaria un relato de Mark Twain (aquél donde aparece un personaje que sufre un debilitamiento mental luego de memorizar quinientos versículos) me dominase un miedo pavoroso, el mismo que desde entonces me ha impedido llevar la cuenta.
-¿El conocimiento y estudio de la cultura popular mexicana fue una elección?
-Es indudablemente una elección que, como suele suceder se fue profundizando. Me apasiona toda la etapa cuyo eclipse se inicia con el primer auge de la televisión. Me entusiasma la etapa en que una colectividad, que ignoraba serlo tan ávidamente, se relaciona con una industria cultural y crea instituciones, gustos, usos, costumbres y mitomanías, más que mitos.
-En su autobiografía apuntó: "Me correspondió nacer del lado de las minorías", ¿considera que aún es parte de alguna minoría? ¿Cuál?
-Cuando escribí esa frase me refería necesariamente a la minoría protestante. Ahora pertenezco a varias minorías, que ya apunté en la respuesta a una de sus preguntas.
-¿Qué opinión tiene ahora sobre: "Monsiváis a donde vais ni lo sabéis ni lo buscáis"?
- Es una desdicha que no haya sido mía la expresión, sino del gran Carlos Illescas. La suscribo por entero.
-¿De qué ha servido vivir 70 años? ¿Se atreve a formular algún deseo?
- El líder sindical Fidel Velázquez, al cumplir 80 y tantos años, afirmó: "Ya se me pasó la edad de morirme". No soy tan aventurado, pero sí sé que ya se me pasó la edad de reflexionar provechosamente sobre siete décadas. Y sí, sí formulo un deseo: que esparzan mis cenizas en el Zócalo para presumir en el más acá o en el más allá de un funeral céntrico.

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