Cuando la intolerancia oficial intenta silenciar el reclamo social
Por Fred Alvarez Palafox...
El sábado en Colima, presenciamos una de las paradojas más crudas sobre cómo se entiende el respeto desde las alturas del poder. Cuando el sonido de un modesto megáfono fracturó la impecable escenografía de una gira presidencial, la respuesta institucional dejó al descubierto las verdaderas costuras de la paciencia oficial.
Visiblemente incomodada por la interrupción, la Presidenta sentenció a los manifestantes con una frase lapidaria: "Son muy irrespetuosos". Es cierto que la protesta ciudadana, nacida de la urgencia, suele ser ruidosa, desordenada y ajena a la etiqueta de los protocolos. Sin embargo, en esa misma escena, la respuesta presidencial cruzó su propia línea de intolerancia. Al utilizar el inmenso peso del micrófono del Estado para descalificar a quienes gritaban, etiquetándolos en automático como "prianistas", la Mandataria evidenció una asimetría brutal. De un lado, un puñado de personas intentando hacerse oír; del otro, la figura presidencial respaldada por todo el aparato gubernamental y la amplificación incondicional de sus simpatizantes.
Reducir cualquier interrupción a una simple artimaña partidista no es un ejercicio de defensa democrática, es un recurso de desdén. Exigirle modales impecables a quienes sienten que el sistema los ignora es negarse a comprender la naturaleza cruda de la desesperación social. Responder a ese ruido ordenando a la multitud "hacer de cuenta que no están" revela un preocupante tic autoritario. Se instala así un doble rasero muy conveniente para el oficialismo: el ciudadano que grita por necesidad es tachado de grosero, pero el gobernante que silencia, anula y estigmatiza desde la comodidad del templete se asume como el ofendido.
El epílogo de las justificaciones llegó en la mañanera de este lunes. La narrativa oficial intentó reencuadrar el incidente asegurando que la mujer del megáfono —identificada como Yani Valencia— era una ex candidata multipartidista, y que el clamor de "¡fuera, fuera!" de la plaza iba dirigido contra ella y jamás contra la investidura presidencial. En este detalle técnico es justo concederle el beneficio de la duda a la Mandataria, aunque, a decir verdad, en medio del caos acústico nadie supo con absoluta certeza si la furia de la multitud buscaba expulsar a la disidencia o le reclamaba al propio templete.
Sin embargo, más allá de la brújula caótica de los gritos, lo innegable fue el rostro desencajado allá arriba. La Presidenta retomó el micrófono, ahora con la irritación asomándose en cada sílaba, y dictó una sentencia desde el hastío: "Así es el PRIAN, seguro pertenece al PRIAN aquí, de infiltrados, etcétera....
En esa breve ráfaga de palabras se condensa la verdadera fractura.
Minimizar un reclamo escarbando en el currículum de quien grita - ex candidata de distintos partidos-, resulta ser un salvavidas argumentativo muy cómodo. Pero decretar la invisibilidad del ciudadano que incomoda y colgarle etiquetas para restarle legitimidad demuestra una realidad punzante: el poder actual prefiere descalificar a quien rompe el guion, antes que soportar el peso democrático de escucharlo.
Para la historia inmediata!
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