7 sept 2026

Ohuira en el Zócalo…; allá no!

 Ohuira en el Zócalo…; allá no!

Para mi amigo Mario Astorga, quien no duerme bien desde entonces.…

Por Fred Alvarez  

Los manifestantes esperaron el silencio tras el izado protocolario de la bandera nacional. Solo entonces, dos escaladores treparon por las entrañas de acero del asta monumental, calculando cada movimiento para colgar la lona a media altura, sin agraviar el lábaro patrio que ondeaba en la cúspide.

El Zócalo capitalino amaneció con un grito de auxilio suspendido en el cielo chilango. Allá arriba, dos escaladores de Greenpeace y un puñado de activistas del colectivo ¡Aquí No! desafiaron la altura para intentar lo impensable: que el eco herido de la Bahía de Ohuira atravesara los muros insonorizados de Palacio Nacional. "Presidenta: Proteja Topolobampo", suplicaba la tela mecida por el viento de la plancha, arrancando una causa de raíces profundas del rincón donde el poder prefiere ignorarla.

No estamos ante un diferendo técnico sobre infraestructura o márgenes de inversión extranjera. Es una disputa por la vida misma. En las costas del norte de Sinaloa, la respiración de un ecosistema entero está bajo el asedio de un coloso químico: una megaplanta de amoniaco proyectada para arrojar dos mil doscientas toneladas métricas diarias de tóxicos. Todo ello, rebautizado con el eufemismo cínico del "progreso", listo para asfixiar el agua, el aire y la memoria ancestral de pescadores y comunidades yoremes.

¿Y cuál fue la respuesta a unos cuantos metros de ahí, desde la comodidad protegida del atril mañanero? La peor de las inercias: la prudencia burocrática.

Con cautela institucional , la titular del Ejecutivo confirmó que la obra sigue su curso y descartó, por ahora, cualquier cancelación. Anunció un despliegue interinstitucional —Semarnat y Conagua de la mano— que lleva tres meses "evaluando" las demandas de un pueblo agraviado y los reiterados incumplimientos de la corporación.

"La planta sigue, no se ha cancelado... hasta que se termine esto no se toma ninguna decisión", sentenció, invocando aquel mantra de "nada por la fuerza, todo por la razón".

Así, el destino de una bahía viva quedó formalmente confinado al anaquel de los trámites, apostando el calendario de los despachos frente a la agonía real del mar.

Chocan aquí dos velocidades incompatibles: el México de la urgencia vital, que escala estructuras de acero en el asfalto para suplicar que no le asesinen el hogar; y el México de la pausa oficial, que mide el tiempo en minutas, oficios y cálculos de conveniencia. 

Mientras los burócratas del poder intentan conciliar la codicia del gran capital con la dignidad de la tierra, en Ohuira la gente camina sobre el filo de una navaja, defendiendo con las manos desnudas su derecho a existir ante el rodillo de un desarrollo que no negocia, solo devora.

Las proporciones numéricas palidecen frente al peso moral del gesto.

Respaldados por un contingente pequeño pero firme, los activistas tendieron lonas sobre la plaza pública —con el contundente «¡Aquí no!» marcando el suelo— para exigir un freno definitivo al ecocidio anunciado. No se trata de un arrebato fugaz: desde el 15 de junio del año pasado, el colectivo, las autoridades tradicionales y los pobladores mayo-yoreme sostienen un plantón ininterrumpido en las inmediaciones del proyecto, protegiendo con su propio cuerpo sus manglares y sus zonas de pesca.

 Pedir más trámites y promesas de mitigación a un monstruo industrial de este calado, mientras la asfixia ecológica ya golpea las puertas de las comunidades, expone un desbalance ético alarmante.

Con todo respeto, el gobierno no puede continuar despachando con la ventanilla de la simulación las advertencias desesperadas de quienes ven desmoronarse su mundo; porque cuando la naturaleza y el sustento ancestral se ahogan por decreto, ninguna minuta firmada en un búnker climatizado podrá devolverle el aliento a una bahía muerta.

Para la historia inmediata!

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