La Crónica, tres de agosto de 2015
Hace
apenas unos días los amigos de Marco Aurelio Carballo le rendimos un homenaje
en el medio siglo de su carrera de narrador,
y cronista. Hubo memoria, aplausos y en el fondo de cada sonrisa y
alguna furtiva lágrima, una reservada resignación cuyos tintes ante lo
inevitable no salieron a relucir a pesar de la conciencia general de su
cercanía con la verdad de la vida: la muerte.
En
esa ocasión hubiera querido leer las líneas con las cuales ahora deseo
despedirlo. Forman parte del prólogo de su primer libro póstumo.
—“Soy
Carballo, le dijo el hombre bien plantado y con el brazo extendido al reportero
recién llegado el día cuando se hablaron por primera vez en la pequeña
redacción de Últimas Noticias de Excélsior. No fue el día de conocerse pues ya
sabían el uno del otro. Los reporteros nos conocemos todos y a veces nos
conocemos todo.
“Carballo lucía una melena partida por un
peine frecuente y una actitud de seguridad y suficiencia sin presunción.
Hablaba poco, miraba mucho…
—“…Ya
lo decidí, compadrito, me dijo años más tarde.
—“¿Qué
decidiste?
—“Voy
a ser escritor aunque me muera de hambre”.
“La frase estaba puesta, era como una pelota
de futbol a varios metros de una portería solitaria.
—“Compadre,
por qué si eres un gran reportero te empeñas en ser un mediocre escritor.
Pierde el periodismo y nada gana la literatura.
—“Vete
al carajo, me dijo.
“Años y años de confidencias, complicidades,
secretos y esperanzas compartidas. Empeños, labores, trabajos comunes, rencillas,
aventuras, cascadas de ron y güisqui derramándose por los acantilados de la
madrugada, hasta llegar a este punto o al cercano viaje a Tapachula de hace
unos meses cuando por fin entramos juntos a ‘La mesa redonda’ cuyo significado
personal y literario resulta inútil para quienes conocen los textos de
Carballo, el escritor hecho a fuerza de creer en su propia escritura, el tozudo
de todas las terquedades, el hombre confiado en su vocación, su intuición y su
esfuerzo.
“Lo recuerdo enflaquecido por la operación
cerebral, casi enjuto, de paso difícil y con un sombrero imposible en los
tiempos de nuestras aventuras comunes, cuando la juventud nos daba para todo
hasta para desperdiciarla en las alboradas frente a los ojos de mujeres
desconocidas en rascuaches cabaretes de la Guerrero o Garibaldi, pero fiel como
en las horas previas a su fervor insustituible, a su laboriosidad insobornable,
leyendo sus crónicas (alguna de ellas en esta selección) en la plaza central
del pueblo suyo donde pasó muchas horas de su infancia y primera juventud y hoy
convertida en una pista de hielo bajo el tórrido sol del Soconusco.
—“Hazme el
pinche favor, compadrito…”.
Y
veo también cómo esas decisiones e ingredientes tiñeron sus textos para
terminar de una vez por todas con la falsa disyuntiva entre literatura y
periodismo. Es una cuestión de géneros. Nada más. Novela, cuento, crítica,
reportaje. Todo es letra, todo es palabra, todo es idea, recreación,
construcción, vehemente, búsqueda por saberse común, por romper la soledad de
la vida. Por eso escribimos.
Hoy;
cuando escribo estas líneas para el prólogo de esta recopilación de crónicas
(…) percibo su acidez crítica y su elegancia para la observación despiadada y
sin remedio y reconozco de plano y sin reserva lo equivocado de mi diagnóstico
inicial. No perdió nada el periodismo y sí ganó la literatura…
“…Para lograr su sueño peregrinó, como todos,
por redacciones y escritorios desvencijados. Conoció a los mejores periodistas
de su tiempo y todos lo respetaron y estimularon. Viajó por el mundo, supo del
amor y el desengaño; tuvo hijos, sueños y amigos; traiciones, congojas, días
soleados y nubes en el cielo. Supo distinguir el gato de la liebre y disfrutó
las ‘rútilas monedas’ del talento cultivado, trabajado y domeñado.
“…Por eso no quiero seguir con esta relación
de los motivos de mi largo cariño de compañero interminable, de amigo cercano o
lejano, según el año y el capricho… Si le digo ahora, súbitamente, cuánto lo
aprecio, cuánto lo quiero y cuánto respeto sus novelas, sus crónicas y todo lo
demás, de seguro me va a repetir como siempre:
—“Vete
al carajo, compadre”.
#
Los reporteros de Scherer/Rodolfo Guzmán (El Negro)*
Los reporteros de Scherer/Rodolfo Guzmán (El Negro)*
Excelsior, 3 de agosto
Este
sábado circuló en redes sociales la noticia de la muerte del reportero Marco Aurelio Carballo. Notable en una
generación de reporteros que contribuyó con su oficio –intuición periodística,
sensibilidad social y buena redacción– a colocar a Excélsior como uno de los 20
diarios más importantes del mundo.
Carballo
llevó al periodismo una formación previa armada en una adolescencia de lecturas
cotidianas de los diarios y revistas locales y nacionales que su padre, don Abraham, vendía en un puesto
de Tapachula, para completar el ingreso de dos actividades extras: la
peluquería y la refereada en peleas de boxeo, alguna de ellas protagonizada por
su progenitor.
Además
de esa cultura de la información, Carballo llevó a El Heraldo de México –su
primera escala en los diarios– un par de años cursados en la carrera de
Economía en la UNAM, lo cual le daba una visión del país más cercana a la
realidad y una herramienta de investigación.
Lo
que destaco es que Marco tenía características comunes con la mayoría de sus
compañeros de redacción. Muchos venían de provincia, donde habían dado sus
primeros pasos profesionales en medios locales, algunos creados por ellos
mismos mientras estudiaban, como el caso del propio Carballo que fundó El
Bachiller en su escuela.
Otros,
como él, eran “destripados” de carreras humanitarias y varios habían dejado los
seminarios convencidos de que su futuro no incluía el uso de sotanas. Tenían
una formación escolar superior a la mayoría en esa época, eran víctimas del
centralismo y conocían de cerca los abusos del poder.
Aquellos
eran tiempos en que los títulos profesionales no se apreciaban en ese gremio
donde se defendía la idea de que el periodismo es un oficio que requiere pasar
muchas veces la garlopa sobre la madera.
Varios
de ellos no sólo disponían de herramientas de investigación y una visión más
objetiva de la realidad, también eran expertos en temas específicos: reforma
agraria, educación, federalismo; además de buenos músicos, cantantes, toreros
y, por supuesto, aspirantes a literatos.
En
general tenían una característica más que hoy sería absurdamente notable o
quizá imposible en las condiciones que vive el país: eran generalmente honestos.
La
mayoría se sometía a la devoción de Julio Scherer por la verdad y a la pasión
de Manuel Becerra Acosta por la
redacción pulcra. En secreto admiraban a la infantería que rodeaba a esos dos
grandes generales: los jefes de redacción, los jefes de información, los
redactores de estilo y por supuesto un apartado de grandes fotógrafos.
Por
encima de todo, adoraban de ellos su voluntad de hacer el mejor periodismo y
desnudar la verdad que ocultaba una nación que se creía homogénea, se miraba al
espejo como el cuerno de la abundancia, con su himno, su bandera, su virgencita
y su ejército como piezas intocables por la crítica en un país sin oposición,
o donde no había persecuciones ni muerte
a periodistas, pero las avenidas de la libertad de expresión eran angostas y la
corrupción avanzaba.
Muy
pocos de ellos ganaron premios nacionales o locales de periodismo. El priismo
de entonces no sólo no premiaba la crítica, no la reconocía. Por cierto, la
calidad del trabajo de esa generación de periodistas no ha sido documentada.
A
estos hombres –no hubo mujeres en este vergonzoso Club de Tobi– los dispersó la
danza de Echeverría. La corrupción de la época, aplicada entre otros por Manuel
Alonso desde Los Pinos, afectó a varios, que justo es decirlo, en su mayoría no
tenían mayor contacto con Regino Díaz Redondo –el usurpador del 8 de julio de
1976–.
Proceso resultó
para muchos un espacio semanal demasiado acotado para quienes vivían un oficio
intenso que
les permitía publicar una o dos veces al día en diarios nacionales. Carballo,
por ejemplo, dejó Proceso para organizar el trabajo de los reporteros en
unomásuno, de donde salió para dedicarse exclusivamente a la escritura.
Hoy
el periodismo vive otra época: hay nuevas técnicas de comunicación, los hábitos
y las tendencias de los consumidores de la información se han languidecido. No
queda una sola cooperativa de periodistas en México. Digo que la época es
diferente, no mejor ni peor. Carballo dejó el periodismo hace algo más de una
década, igual que la mayoría de sus compañeros. Este sábado dejó de vivir.
Descanse en paz.
*
El autor fue reportero de la Primera Edición de Últimas Noticias de Excélsior y
del diario Excélsior.
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