13 jun. 2009

El Doctor Enrique Moreno


Una noche en la vida de 'dios'/JESÚS RODRÍGUEZ
Publicado en El País Semanal (http://www.elpais.com/), 14/06/2009;
Sus compañeros le llaman 'Dios'. Enrique Moreno, premio Príncipe de Asturias, es el maestro de los trasplantes. A los 70 años sigue persiguiendo retos. Compartimos 14 horas en quirófano con el gran cirujano español.
Por la mañana, cuando me levanto y me miro al espejo nunca pienso: "Enrique, ¡qué listo eres!". Lo que se me ocurre es: "Enrique, no sabes la marcha que te voy a meter hoy".
Y en este somnoliento domingo de abril, la marcha llega por sorpresa a las cinco de la tarde con el ingreso en el madrileño hospital 12 de Octubre de un varón en torno a los 30 años en muerte cerebral. Ha fallecido en accidente. Su corazón late. La familia decide donar sus órganos. Se activa el complejo y bien engrasado procedimiento de trasplantes. En media hora, todos los miembros del equipo están en sus puestos. En las próximas horas realizarán la extracción de sus riñones, corazón, hígado y páncreas. Limpiarán y acondicionarán esos órganos y sin perder un segundo los implantarán en varios receptores. De forma simultánea. Con la vista puesta en el reloj que preside cada quirófano. El éxito de la intervención depende de la rapidez con que se realice. Hay dudas sobre la viabilidad de los pulmones del donante para un trasplante más. Pueden tener una pequeña lesión. Son desechados. El hígado está en perfecto estado; va a ser dividido en dos; el fragmento más pequeño será implantado en un bebé de meses, y el resto, en una mujer de 37 años. Cinco personas recibirán un trasplante esta noche. Cinco personas volverán a vivir.
A las siete de la tarde, la tercera planta de este hospital del deprimido sur de la capital se encuentra a pleno rendimiento. Una marea de cirujanos cardiacos y digestivos, enfermeros, anestesistas, neumólogos, internistas, hematólogos, intensivistas y urólogos circula entre la media docena de quirófanos. Se han quedado sin domingo. No regresarán esta noche a dormir a casa. Gajes del oficio. Ni una queja. "El peor momento es cuando te llama la coordinadora y lo tienes que dejar todo y venirte corriendo; a partir de ahí, pura adrenalina", describe una anestesista. "Mientras operas, no notas el cansancio; cuando terminas, te derrumbas".
Siempre hace frío en esta zona impenetrable y aséptica que alberga los quirófanos. No huele a nada. Todo brilla. El acero y el cristal emiten tonos ácidos. Bajo las poderosas lámparas quirúrgicas que dejan en penumbra todo lo que escapa a su foco nunca se sabe si es de día o de noche. Invierno o verano. Un quirófano es una burbuja donde pierdes la noción del tiempo. Las horas vuelan. Todo es irreal. Incluso los vientres abiertos en canal. Una sensación que se acrecienta cuando tus interlocutores van vestidos con idénticos pijamas verdes y el rostro cubierto por mascarillas. Cada profesional va a lo suyo. Pocas palabras y poco dramatismo. Los instrumentistas ordenan sobre paños estériles la interminable, detallada y destellante ristra de bisturís, tijeras, pinzas, suturas y agujas que utilizarán los cirujanos durante la intervención. En dos quirófanos contiguos, los especialistas en anestesia y reanimación comienzan a preparar a la niña y a la mujer que recibirán un segmento de hígado. Les pinchan el cuello y las muñecas. La bebé llora. Mónica García, una anestesista cubierta con un exótico gorro quirúrgico decorado con perros de cómic, la tranquiliza con ternura. Se suma un coro de enfermeras y médicos que cubren de carantoñas a la pequeña paciente. El hielo se rompe. "No siempre es fácil aislarte emocionalmente en estas situaciones", relata un médico con los ojos húmedos, "sobre todo cuando tienes una niña de la misma edad y llegas a casa y la abrazas y piensas lo dura que es la enfermedad".
A las ocho de la tarde, Enrique Moreno González, al filo de los 70, catedrático de Patología Quirúrgica, jefe del servicio de cirugía general, aparato digestivo y trasplantes; maestro, investigador, académico y premio Príncipe de Asturias de Investigación por unanimidad, describe una elegante finta con su bisturí sobre el abdomen del donante, el héroe anónimo de la jornada. Moreno inicia la minuciosa división y extracción del hígado. Nada puede fallar. Un error supondría dañar el preciado órgano y condenar a los receptores a seguir aguardando. El 10% de los candidatos a recibir un hígado fallece en lista de espera.
Moreno trabaja ligeramente recostado sobre el cuerpo del donante, ayudado por dos cirujanos y una instrumentista. Es un tipo grande, de 1,90. Complexión atlética, brazos poderosos y cejas como cepillos. Un adicto al esquí y el tenis. Farfulla un interminable monólogo a media voz describiendo cada movimiento que realiza. Trufa su parrafada con recuerdos, anécdotas y bromas. Sin levantar la vista de ese metro cuadrado en el que cada órgano queda al descubierto como en una perfecta lección de anatomía. Apenas hay sangre. "Con Moreno, nadie sangra", dice Paco Gómez, uno de sus instrumentistas. El bisturí electrónico disecciona el hígado. Un tufo a carne quemada se extiende por la estancia.
Media docena de residentes del 12 de Octubre y médicos que proceden de hospitales de todo el mundo alargan el cuello para no perderse lo que sucede en la mesa de operaciones. Opera el Jefe. Opera Dios. 1.391 trasplantes hepáticos a la espalda. Pionero en la técnica de split (la división de un hígado de cadáver para dos personas) y en la extracción de un segmento de hígado de un donante vivo para implantar en un familiar. Su último reto son los complicados trasplantes de intestino y los multiviscerales, en los que se llegan a implantar seis órganos abdominales (hígado, estómago, páncreas, bazo, duodeno e intestino delgado) a un solo receptor. El más difícil todavía. Susurran que Moreno fue uno de los cirujanos que salvaron la vida a Juan Pablo II tras ser tiroteado por Alí Agca en la plaza de San Pedro en mayo de 1981. Ni niega ni confirma. "Yo andaba por allí".
Sus movimientos quirúrgicos son precisos, seguros y elegantes. De una extraña belleza. Con algo de coreografía. Le gusta comparar la cirugía con el arte. "El campo quirúrgico del doctor Moreno es único, amplio, ordenado, limpio, se visualiza perfectamente la patología que va a resolver. Hemos aprendido de él. Sus técnicas e innovaciones. Aquí se han formado la mayoría de los cirujanos que dirigen los grupos de trasplante hepático de toda España y Latinoamérica. Por aquí han pasado centenares de residentes y visitantes extranjeros. Ha creado escuela", explica un cirujano de su equipo.
Son las diez de la noche. Nadie mueve un músculo. Es agotador permanecer en pie durante horas sobre un espacio no mayor que una baldosa. Sin toser, beber ni orinar. Casi sin parpadear. Sufren las piernas y las cervicales. "Tenemos las mismas dolencias que los camareros: varices y hernia discal", bromea el doctor Carlos Jiménez, uno de los veteranos del grupo de trasplantes. En 1980, cuando era un residente novato, conoció al Jefe. Ha aprendido a su lado. Es su mano derecha. Cuando Moreno acabe su extracción de hígado, él iniciará la del páncreas. Un joven enfermo de diabetes espera en otro quirófano ese órgano y un riñón. Su vida ha sido un martirio. Un oscuro costurón sobre el pecho revela una reciente operación de corazón como consecuencia de esa enfermedad. Su existencia será muy distinta a partir de hoy. En otro quirófano, un enfermo cardiaco aguarda el corazón. Hay noche para rato.
Los maratones quirúrgicos del profesor Moreno han sido siempre motivo de comidilla entre sus rivales. Entre los que le apodan "Dios". La cirugía es una profesión de egos. Con una competencia despiadada. Operar más y mejor. Cueste lo que cueste. En los primeros tiempos del programa de trasplantes, Moreno se desplazaba en avión o por carretera a cualquier ciudad española en busca de un órgano; lo extraía del cadáver, regresaba y lo implantaba. Y vuelta a empezar.
A ese ritmo practicó dos centenares de trasplantes. Enlazaba uno con otro y otro más. Sin dormir. Ya no afronta esas palizas; se apoya en los cirujanos de su equipo; aún se enfrenta a las cirugías más complicadas, a los pacientes en peor estado, a los cánceres más intrincados. No le importa si se trata de un bebé de meses o un octogenario. Puede con todo. "Hay determinadas cirugías, como la extracción de un segmento de hígado a un donante vivo, que sólo la puede hacer el jefe", explica. "El que se la juega debe ser el jefe. Y yo me la juego como en mi primer trasplante".
Entre los rumores que corren en el celoso gremio de cirujanos en torno a su inagotable resistencia física hay uno que asegura que Moreno se sonda antes de cada operación para no perder el tiempo orinando; otro dice que consume estimulantes para aguantar hasta el límite; un tercero, que tiene un hermano gemelo que es también cirujano y se reparten los enfermos. Él ríe ante esos comentarios. "Como decía mi padre, recio como una encina".
Más que un médico; una leyenda. Un tipo fuera de lo normal. Graciano García, director de la Fundación Príncipe de Asturias, le define como "el último quijote; siempre hacer el bien, nunca hacer el mal". Moreno forma parte de una generación épica de cirujanos que comenzó su andadura cuando las transfusiones, la anestesia o las suturas vasculares eran pura artesanía sin respaldo tecnológico. Los hospitales carecían de todo. El anestesista era un convidado de piedra. Y la salvación de un enfermo dependía de las manos del cirujano. Cada reto podía ser el final de una carrera. Las hemorragias eran fatales. Y las infecciones. Eran héroes elevados a la categoría de cirujanos estrella. Ricos y respetados. Siempre hombres. Las mujeres llegaron más tarde. Algunas se quejan de que aún es una profesión machista.
Hoy, al borde a la jubilación, Enrique Moreno González, Dios, el Jefe, sigue siendo el mismo ambicioso luchador. Aquel brillante alumno de posguerra, soberbio y áspero con el poder, que abandonó la lucrativa odontología tradicional en su familia por la cirugía pura y dura. "Me ganó el enfermo grave, el enfermo complejo. Estar con él. Apoyarle. Sacarle adelante. Cuando era residente en el Gran Hospital de la Beneficencia, en Madrid, en los sesenta, vivíamos con los enfermos en la planta. Conocíamos el estado de cada uno. Operaba por la mañana y por la tarde. Quería ser un buen cirujano. Veía en esta profesión la perfecta combinación de manos y cerebro. Ese placer de curar, de adelantarte al fármaco. No hay placer igual".
-¿Disfruta cuarenta años después?
-Más que nunca. Si sigo es porque me interesan los enfermos. Es por lo que quiero continuar. Hemos salvado vidas; hemos visto cómo se curaban; los hemos visto al día siguiente con buen color y apetito; hemos buscado soluciones. Soluciones nuevas a problemas antiguos. A un cáncer de colon o de esófago. Sin amputar. Buscando la calidad de vida del enfermo. ¡Cuántas veces hemos llorado junto a las familias! Un enfermo no es un número. Si el cirujano carece de ternura y humildad... esto no tiene sentido. ¡Ojalá no tuviera que hacer un trasplante nunca más porque se resolviesen muchas dolencias! En 20 años, esto va a cambiar. Las hepatitis B y C estarán muy controladas y poco a poco se planteará la posibilidad de que se pueda sustituir el trasplante por otras terapias.
-¿Y su vanidad?
-Cuanto más alto es el bambú más bajo se inclina.
-¿Y su soberbia?
-Mi soberbia es muy pequeña. La protagonista es la enfermedad.
-¿Y su exceso de liderazgo?
-Creo en el liderazgo; el líder es un loco que trabaja más que nadie.
Esfuerzo y empeño. Es la historia de su éxito. Vivir sin vacaciones. Dormir poco. Investigar. Exigirse. "Cuando conocí a mi futura mujer le dije que nunca le podría dar cantidad, sino calidad. Y así ha sido". Durante 22 años se preparó para realizar un trasplante hepático. Veintidós años de espera. Desde aquel 1964 en que descubrió los textos de Thomas E. Starzl, el mítico cirujano estadounidense que acababa de realizar el primer trasplante de hígado. "Me conmocionó. Decidí que mi tesis doctoral trataría sobre esa materia. Pero en este país era impensable un trasplante. Faltaban la tecnología y los conocimientos y, sobre todo, en el franquismo había un enorme vacío legal que no se resolvería hasta los ochenta: la ley no contemplaba la muerte cerebral. Era imposible realizar un trasplante en esas condiciones. En 1964, cuando le dije al doctor del que dependía que mi tesis iba a tratar sobre el trasplante hepático, me contestó alucinado: "¿De qué dice que va a tratar, Moreno?".
Empezó a investigar por su cuenta. A realizar cirugía experimental con perros. Operó a 500 en siete años. Seguía trabajando como cirujano en un par de hospitales madrileños, y los fines de semana ayudaba a su padre como dentista para redondear el presupuesto. "En España no había nada que hacer con el trasplante. Estaba atascado con la tesis. Me planté y escribí una carta al doctor Starzl, a Denver. Le dije que era cirujano, había leído todo lo suyo y quería trabajar un par de años a su lado. Tenía necesidad de aprender. Aceptó. Me marché en 1969 dejando en España a mi mujer y a mi hija de meses. Les llamaba los sábados por teléfono y cuando la telefonista me decía que me quedaban 30 segundos juraba en arameo. Fue duro. Starzl era un dictador, pero era una maravilla trabajar en Estados Unidos por la dedicación y seriedad de sus cirujanos y los medios que tenían". En diciembre de 1972, siete años después de iniciar su tesis, Enrique Moreno la leía ante un tribunal; era la primera que se elaboraba en España sobre trasplantes. Nueva técnica de trasplante ortópico de hígado. Sobresaliente cum laude. Tardaría 14 años en llevarla a la práctica.
Había llegado el momento de ganarse la vida. En 1973 conseguía el puesto de jefe del servicio de cirugía general en un nuevo hospital del entonces extrarradio madrileño bautizado pomposamente Ciudad Sanitaria Primero de Octubre (conmemorando la fecha de la proclamación del general Franco a la Jefatura del Estado). En la oposición superó a sus viejos maestros. Obtuvo la nota máxima. Tenía 34 años. Y 90 camas en su servicio de cirugía abdominal. Aún no había trasplantes, pero podía ayudar a miles de personas con sus manos. A gente corriente.
Son las dos de la madrugada. El hígado del donante reposa sumergido en una solución helada. Está limpio y brillante. Su superficie es lisa y elástica como la piel de un delfín. Sobre la mesa de operaciones, intubada, sondada, monitorizada, ensartada por tres agujas (una, conectada directamente con su arteria pulmonar), reposa una mujer a la que es imposible ver el rostro. Tiene 37 años. Es una enfermera que desarrolló el sida tras un pinchazo con material contaminado. Moreno se vuelve a lavar minuciosamente; se cambia las calzas estériles, la bata y la mascarilla. Opera de nuevo. Todo el equipo se ha pertrechado de guantes dobles y gafas especiales para evitar un posible contagio de VIH. Es una intervención de riesgo. Hay que extraer el hígado enfermo; después, implantar el nuevo. El proceso lleva entre siete y 12 horas. El hígado cirrótico de la enferma está gris y tiene un aspecto granulado. A las tres y diez lo extraen. Comienza el implante. Se trata de coser minuciosa y pacientemente las venas y arterias del receptor a su nuevo hígado. Fontanería de alta precisión. Cada puntada concluye con un sólido y minúsculo nudo. Y otro. Y otro más. Durante horas. Los puntos más minúsculos se realizan con un hilo de siete ceros, del grosor de un cabello. Enrique Moreno sigue la máxima de los viejos cirujanos: "Corta bien, cose bien y todo irá bien". Tiene unas manos largas, grandes y velludas de carpintero o pianista. Domina la técnica de suturar los vasos por pequeños que sean. A su izquierda, Ángeles Fafila, instrumentista. 20 años a su lado. Su trabajo no es fácil. "Cada cirujano tiene su técnica y su experiencia, y el instrumentista debe conocerla de memoria y saber lo que quiere en cada momento. Mi misión es ir un paso delante del Jefe. Tienes que conocer su cirugía con los ojos cerrados. Saber lo que viene a continuación. Proporcionarle la tijera adecuada [hay 22 modelos, cada una con su función específica], enhebrar sin parar sus agujas y proporcionarle desde el bisturí electrónico hasta el monitor sin que te lo tenga que pedir. Ni un gesto. No puede perder la concentración. Al doctor Moreno no le gusta que le hagan perder el tiempo. Te puede caer un broncazo de muerte. Exige máxima atención, pero es también el que más valora nuestro trabajo".
Moreno tiene un genio jupiterino oculto tras su estricta educación de diplomático centroeuropeo. Es el Jefe. No pasa ni una. Y nadie le tose. Pone firme al más antiguo del escalafón. Al residente recién llegado. O al político de turno. Exige a todos por igual. En mitad de una intervención, ante un despiste de su instrumentista, aparta un segundo la vista del vientre abierto de la receptora, observa fríamente a su ayudante y le espeta un gélido "¡concéntrese, leche!". Tras la mascarilla se filtra el rubor de la aludida. Son las cuatro y veinte de la madrugada.
Ocho cirujanos, 12 anestesistas, seis instrumentistas. Y todo el 12 de Octubre detrás. "La cirugía es una locomotora que tira del tren de la medicina", sostiene vehemente Moreno. Rafael Matesanz, director de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) y auténtico genio del sistema de trasplantes en España, comparte esa opinión: "Hay en España 44 hospitales repartidos por todas las comunidades autónomas que llevan a cabo trasplantes. Esa descentralización es vital. Porque el trasplante arrastra a todo el sistema sanitario. Desde la anestesia hasta el posoperatorio; del tratamiento de infecciones al banco de sangre; de la nefrología a la enfermería. El hospital sale ganando. Y más aún siendo centros públicos. Que un cirujano de fama mundial opere en un hospital público es un canto a nuestro sistema sanitario. Moreno ha convertido su hospital (que está situado teóricamente en un barrio deprimido) en una referencia mundial. Y eso es bueno para todos. Se empeñó en que aquí se hicieran trasplantes y lo consiguió. Sin apoyo institucional. Él solito".
Francisco Pérez-Cerdá aterrizó en este hospital como residente de anestesiología en 1980. Hoy es jefe de ese servicio. El 22 de abril de 1986 participó en el primer trasplante de hígado del profesor Moreno. "Llevábamos meses entrenándonos. Habíamos viajado a Estados Unidos para conocer las técnicas. Estábamos listos. Una mañana me llamó Enrique y con esa voz suya un poco teatral me soltó: '¿Paco, podemos hacer un trasplante esta tarde?'. Contesté sin dudarlo: '¡Lo hacemos!'. Éramos gente joven; apenas cuatro anestesistas y un pequeño grupo de cirujanos que había llegado al servicio de Moreno desde otros hospitales de Madrid. Todos aprendimos sobre la marcha. Los cirujanos crearon una técnica, y los especialistas nos hemos adaptado a lo que nos pedían. No se trata simplemente de dormir al receptor, sino de mantenerle en las mejores condiciones pulmonares, cardiacas y renales en momentos muy críticos. Y lo mismo con el donante. Somos un equipo. Con un líder claro, pero un equipo".
Enrique Moreno lo había conseguido. 22 años más tarde. Había realizado su primer trasplante. Recuerda "la mezcla de satisfacción, emoción y responsabilidad. Nos habíamos entrenado durante años. Habíamos hecho 50 trasplantes en perros en los meses anteriores. Habíamos aguardado que nos llegaran los últimos avances técnicos, como la bomba de circulación extracorpórea, y una nueva generación de medicamentos antirrechazo. Pero no teníamos permiso del Gobierno para realizar la intervención. Envié un telegrama al ministro informándole de que teníamos un enfermo al borde de la muerte, habíamos detectado un donante en Cataluña y estaba decidido a hacer el trasplante. Nadie nos paró. Lo hicimos".
Tras aquel trasplante de 1986 llegarían 1.390 más. La técnica del equipo se iría depurando. Moreno acometería nuevos retos y revoluciones técnicas. A mediados de los noventa sería pionero en los trasplantes de hígado split (un hígado para dos receptores), de donante vivo y en el sincrónico de páncreas y riñón. A partir de 2000, el desafío vendría del complicado trasplante de intestino. Y el multivisceral o en cluster. Con igual pasión que en sus comienzos. Como si el tiempo no pasara.
Noemí Rosel tiene 34 años. Vive en Zaragoza. Es rubia y tiene cara de muñeca. Nació con poliposis adenomatosa, una grave enfermedad hereditaria. Provoca la aparición de pólipos y tumores en el aparato digestivo con un elevado riesgo de malignidad. La padece su madre. Y su hermano. Se la diagnosticaron a los 18 años. Su futuro era un cáncer. "Sabía que iba a morir joven; hasta que mi cuerpo aguantara. El trasplante de mi aparato digestivo era la salida. Y jugué esa carta sin pensármelo. Necesitaba seis órganos: hígado, estómago, páncreas, bazo, duodeno y todo el intestino delgado. El doctor Moreno me dijo que en España nunca se había hecho antes. Pero íbamos a luchar. Confié en él. Tiene tanta seguridad en sí mismo... Esperé un año. El 12 de septiembre de 2006 me llamó a Zaragoza y me vine en el AVE. Había un donante. Entré en el quirófano a las tres menos cuarto de la madrugada. La operación duró 15 horas. Estuve dormida dos semanas. Seis meses después salí del hospital por mi pie. Me encuentro perfectamente. Con ganas de vivir. Celebro mi cumpleaños cada 12 de septiembre. Este año soplaré
tres velas. Y espero seguir apagando muchas más".
José Luis Pérez padece la misma enfermedad que Noemí y fue uno de los primeros receptores de un intestino en España. Una intervención con muchas posibilidades de acabar en rechazo. "Cuando implantas un hígado, el órgano se queda quieto, pero un intestino se mueve, ése es el primer handicap; otro problema de cara al rechazo es la misma naturaleza del tejido del intestino", explica Moreno. La hermana de José Luis falleció víctima de su misma dolencia en 2006. Él fue trasplantado ese mismo año. Acaba de cumplir 40 años y tiene una humanidad envidiable. Está jubilado, pero trabaja como voluntario y no se pierde una fiesta. El día de nuestro encuentro acababa de regresar de la Feria de Abril. "Me he tomado todo el pescaíto y las cervecitas de Sevilla. No sé qué pasará mañana, pero a mí me han regalado vida y la voy a disfrutar a tope".
Durante 14 años, el grupo del doctor Moreno se había preparado para los trasplantes de José Luis y Noemí. A contracorriente. Hospitales de todo el mundo habían abandonado durante 20 años sus programas de trasplante intestinal ante los malos resultados del mismo. En España apenas se había practicado. Moreno se empeñó. El equipo del 12 de Octubre experimentó con animales, y sus miembros pasaron varios periodos de análisis y observación de las técnicas en centros sanitarios de Estados Unidos. Diez días antes de operar a Noemí, Enrique Moreno viajó a un hospital de Miami para presenciar un trasplante multivisceral. "No me sorprendió lo que hacían; a medida que avanzaba la intervención, pensaba: eso lo haríamos mejor nosotros. Eso yo lo haría así, así y así. Y hoy le puedo decir que Noemí Rosel es la prueba de que tenía razón".
En 20 años, 70.000 personas han recibido un órgano en España. La organización de nuestro sistema de trasplantes es un éxito que se contempla con envidia en todo el mundo. Contamos con la mayor tasa de donantes. Se trasplanta a más personas, con enfermedades más graves, mayor edad y la tasa de supervivencia es superior. Y todo a cargo de la sanidad pública. De forma universal y gratuita. El trasplante es una indicación terapéutica que ha dejado de ser noticia. El problema es la escasez de órganos. Siempre hacen falta más. Cinco mil personas aguardan un trasplante en España. La alternativa a un trasplante hepático es la muerte. En 2008 se realizaron 1.136 en toda España. Y cerca de 2.500 renales. Y 300 de cardiacos. Y 200 pulmonares. España es el país de los trasplantes.
Para el doctor Rafael Matesanz, director de la ONT, "han dejado de tener la épica de los primeros tiempos. Ya no los realizan aquellos héroes del quirófano que creían que lo podían todo ellos solos. Que resolvían los problemas sobre la marcha. Ahora se realizan de forma casi industrial. En equipo. Y es perfecto que se hagan miles y disminuya la lista y el tiempo de espera. El problema es la rutina. La cuestión es mantener el nivel de exigencia. La motivación del profesional de la medicina. Un trasplante ya no es un reto para un cirujano, excepto los split, el trasplante de donante vivo, el multivisceral o el de intestino. Frente a la rutina del trasplante normal, hay que mantener la tensión en los equipos. Y eso Moreno lo hace muy bien. Piense que en el Reino Unido los cirujanos más jóvenes no quieren hacer trasplantes, y en España la especialidad de cirugía ya no es la más demandada".
-¿Por qué?
-Noches en blanco; trabajar a horas intempestivas, guardias, estar todo el día localizado. Un cirujano de trasplantes puede trabajar 60 horas a la semana; tiene un incentivo económico, pero no siempre le compensa. Ya no hay tanta gente que quiera estar en trasplantes. Ese relevo generacional es un problema. El sistema ha envejecido bien. Pero no se puede perder la tensión entre los profesionales.
Cinco y media de la madrugada. "Como puede ver, somos la referencia mundial en trasplantes, pero no en cuanto a equipamiento de ocio para los médicos", bromea una joven residente que intenta dormitar en precario equilibrio sobre una silla de plástico de una destartalada sala con aspecto carcelario. Aquí recobran fuerzas los médicos durante las interminables noches de trasplantes. Está decorada con un calendario y un sobado sofá; apesta a empanadillas y croquetas cocinadas diez horas antes que yacen sobre una bandeja metálica. En otra fuente descansa una legión de rodajas de queso apergaminado y fiambre mortecino. Un cirujano revive la escena de entrar en esta sala una madrugada y encontrarse al profesor Moreno con la mirada perdida devorando una empanadilla tras remojarla en un café congelado. "Pura proteína", fue su comentario.
Siete y media de la mañana. Enrique Moreno concluye el implante. El hígado funciona. Lo peor ha pasado. Deja que sus ayudantes terminen la intervención. Se desprende de su ropa de operar barnizada de sangre; se libera del gorro y la mascarilla y se enfunda una bata de un blanco inmaculado con su nombre bordado primorosamente en el pecho. Han sido 14 horas de marcha. Por las ventanas se cuelan los primeros rayos de sol. Acaba de cumplir 70 años. Sale del quirófano braceando estirado y ufano. Dios. Apenas delatan su cansancio las bolsas bajo los ojos y la pesadez de sus párpados. Ha llegado a la edad de la jubilación. Está dispuesto a morir con las botas puestas. Se pierde en el ascensor en dirección a su cuartel general en la planta de cirugía. "A las ocho hay que ver qué quirófanos quedan libres. Y a trabajar. Los enfermos no esperan".
-¿Y cuándo descansa?
-A ratos, como los buenos periodistas.

Maharajás


Maharajás, el fin de las Mil y una Noches/MAHA AKHTAR
Publicado en El País Semanal, 14/06/2009;
Primero fueron temidos y reverenciados, después demostraron su poder haciendo alarde de sus inmensas riquezas, ahora viven como ciudadanos de a pie. Una nieta del maharajá de Kapurthala repasa su historia.
Recientemente, descubrí por casualidad un secreto de familia. Soy la nieta de un maharajá. Mi abuelo era Jagatjit Singh, maharajá de Kapurthala, un maravilloso estado del norte de la India, en la provincia de Punjab.
Poco después de ese descubrimiento, mucha gente me preguntaba sobre la herencia, sobre las riquezas recién descubiertas y sobre si me mudaría a un palacio. Reconozco que estoy contenta de continuar viviendo en el pequeño apartamento de Nueva York en el que siempre he vivido. Pero me siento muy afortunada por haber conocido a los Kapurthala: Arun, Martand, Nina, Hanud, Devaki, Sukhjit y Tikka Singh. Todos ellos me han hecho sentir como si siempre hubiéramos sido una familia. Con respecto a la herencia, ahora tengo la prueba innegable y científica de que me puedo sentir orgullosa de tener lazos familiares con un ilustre y pintoresco maharajá y sus antepasados.
Nunca conocí a Jagatjit Singh. Pero me hubiera encantado. Murió en 1949, dos años después de la independencia de la India. Fue el tercer príncipe más rico de la India y su vida fue la de un maharajá: lujosa y fastuosa. Cuando por primera me puse a leer sobre su vida, me preguntaba si realmente la gente vivía de esa manera. Sí que lo hacían.
En otro tiempo, los maharajás de la India fueron la más alta autoridad en la Tierra y gobernaban teniendo el poder sobre la vida y la muerte de sus súbditos. De manera indiscutible e incuestionable, eran los soberanos absolutos de los Estados del Indostán, disfrutaban de tremendos privilegios, de incalculables riquezas, estatus, y, sobre todo, eran admirados, reverenciados, temidos y algunas veces despreciados por sus súbditos. Bajo el patrocinio de los maharajás, la India se convirtió en una de las grandes civilizaciones del mundo, rica en historia, arte, cultura, misticismo y espiritualidad.
Creyéndose “divinos”, hacían gala de una demostración extravagante de tesoros y posesiones que les hacía vivir en un mundo aparte. Todo, desde la pastilla de jabón más pequeña hasta los grandiosos palacios de mármol…todo era “hecho para el maharajá”. Vivían de la tierra y de las inmensas fortunas familiares amasadas durante generaciones a costa de sus súbditos. Se cuenta que sus palacios atesoraban piedras preciosas, carísimas alfombras, delicada porcelana, piezas de jade verde transparente, collares de perlas de incalculable valor, ámbar rojo, rubíes y esmeraldas del tamaño de huevos de paloma, lingotes de oro y plata y cantidades de marfil.
Algunas de esas joyas pertenecían a la época de los mogoles, quienes las habían regalado a sus favoritas. Cuando los británicos triunfaron sobre los mogoles imponiendo el poder imperial en la India, muchos de los maharajás pactaron en secreto con los británicos. Los que mantuvieron la confianza de los ingleses continuaron desempeñando su poder, incluido el derecho a condenar a muerte a un súbdito culpable, pero a medida que el nuevo Gobierno indo-británico, que surgió a partir de la Compañía de las Indias Orientales, se afianzaba, los maharajás se convertían en subcontratistas con mero poder nominal.
En 1858 el Gobierno indo-británico fue disuelto y la reina Victoria se convirtió en emperatriz de la India. Fue el comienzo del Imperio Británico. Los británicos continuaron anexionando Estados reales y reduciendo el poder de los maharajás. Sintiéndose impotentes en su propio país, intentaron conquistar Occidente con sus riquezas, y la extravagancia se convirtió en una forma de declarar su propia autoestima.
Fue entonces cuando los maharajás construyeron algunos de los palacios más espectaculares de la India, decorándolos con lo mejor de cada lugar. Cartier para las joyas, Louis Vuitton para los artículos de piel y Rolls Royce para los coches, se convirtieron en los proveedores reales favoritos. Sólo comían en vajillas de porcelana de Royal Worcester o Minton y bebían únicamente en cristalerías de Lalique o Baccarat.
Los maharajás fueron también famosos por la ostentación de sus joyas. Las alhajas que Jagatjit Singh encargó a Cartier, por ejemplo, son legendarias. Y nada mejor que los rubíes, las esmeraldas o los brillantes del tamaño de huevos para describir a un maharajá. Otros maharajás también adoraban las joyas que encargaban a las casas más importantes como Cartier, Boucheron, Van Cleef and Arpels y Harry Winston. Pero fue un amigo de Jagatjit Singh, Bhupinder Singh, maharajá de Patiala, quien le hizo la competencia como mejor cliente de las joyerías más exquisitas. Cartier le diseñó el famoso collar Patiala de cinco vueltas con 2.390 brillantes y un brillante perfecto que colgaba del centro de De Beers de 234,65 quilates.
Los coches fueron otra de las obsesiones reales. Todos coleccionaban coches extravagantes, sobre todo Rolls Royce. El maharajá de Mysore, por ejemplo, tenía una flota de 24 Bentleys y Rolls Royce, todos con prestaciones especiales. El nizam de Hyderabad, por aquel entonces uno de los hombres más ricos del mundo, encargó un coche con el asiento trasero más alto porque consideraba que no podía estar a la misma altura que su chófer. Quizá el nizam debería haber hablado con el maharajá de Udaipur, que, sencillamente, le pidió a su secretaria que se sentara en el suelo del coche.
Jagatjit Singh tenía su propio tren para hacer viajes desde Kapurthala a Delhi, a Bombay y a otros lugares de forma más sencilla y confortable. El maharajá de Baroda también encargó un tren a Royal Locomotives de Inglaterra. En este caso, un tren en miniatura que regaló a su hijo pequeño el día de su quinto cumpleaños. No le gustaba que el niño pisara el suelo cuando caminaba desde el palacio hasta el colegio real.
El maharajá de Kapurthala era un hombre culto que hablaba seis lenguas y a quien entusiasmaba la historia. También era un francófilo declarado que sentía fascinación por todo lo francés desde la literatura hasta el arte, la comida, la moda, las mujeres y la arquitectura. De alguna manera intentó imbuir Kapurthala de la joie de vivre parisina. Por ejemplo, contrató a algunos de los mejores arquitectos franceses para que construyeran una réplica de Versalles. Incluso el personal de palacio debía vestir con los uniformes franceses del siglo XVII, incluidas las pelucas blancas.
Pero a pesar de su idiosincrasia, Jagatjit Singh fue, junto con el maharajá de Mysore y el de Baroda, uno de los pocos gobernantes inteligentes que promovieron la cultura y la educación mediante la construcción de colegios. Remodelaron las infraestructuras estatales y las obras de riego y mejoraron los servicios municipales de las ciudades y los pueblos, prestando especial atención a la educación, la asistencia sanitaria y los servicios médicos. Además promovió un ambiente religioso de tolerancia mediante la construcción de iglesias y mezquitas. Los otros 600 príncipes indios se dedicaron a construir palacios, a coleccionar Bentleys, a comprar collares de brillantes, a jugar al polo y al críquet y a cazar hasta casi extinguir los tigres de la India.
En 1947 la India consiguió su independencia, y una de las primeras cosas que hizo Jawahrlal Nehru fue pedir a los maharajás que entregaran sus Estados para unirlos a una sola India. Pese a la negativa de algunos, se alcanzó un acuerdo. A cambio mantendrían sus privilegios y la Constitución les garantizaría unos ingresos bautizados privy purse. En 1971, Indira Gandhi aprobó una enmienda a la Constitución que despojó a los maharajás de los privy purse y de sus derechos a utilizar sus títulos. Los maharajás del Indostán dejaron de existir ante la ley de la India.
Los palacios y las propiedades de Jagatjit Singh en Kapurthala fueron devueltos al Gobierno. Hoy día, el palacio de Jagatjit es un colegio. Solamente sigue siendo propiedad de la familia Kapurthala el Chateau Mussoorie, un edificio que Jagatjit Singh mandó construir en 1896 en Mussoorie, en las faldas del Himalaya, y que se encuentra en muy malas condiciones de conservación.
El actual maharajá de Kapurthala es Sukhjit Singh, nieto de Jagatjit Singh, que se convirtió en maharajá en 1955. Es mi primer primo. Después de la independencia, Sukhjit Singh se alistó en el ejército indio, donde llegó a ser uno de los generales de más alto rango y más condecorados por sus servicios en las guerras con Pakistán. Otros dos de mis primos, Arun y Martand, se han inclinado por la política y la cultura y viven en Delhi. Arun Singh fue ministro de Defensa de la India en el Gobierno de Rajiv Gandhi; y Martand Singh es un reconocido estudiante de sánscrito, de arte y arquitectura hindúes, así como un experto en tejidos, que actualmente es miembro del Consejo de Administración del Museo Metropolitano de Nueva York y del Victoria y Albert de Londres.
Los maharajás de Kapurthala entregaron sus propiedades reales al Gobierno indio, pero otros como el de Rajasthan, el de Udaipur, el de Jaipur y el de Jodhpur negociaron más hábilmente y consiguieron convertir sus palacios en hoteles de cinco estrellas asociándose con grupos hoteleros como Oberoi o Taj.
En cualquier caso, los maharajás son aún respetados hoy en día. Muchas personas, cuando les ven, se inclinan ante ellos para tocar sus pies, siguiendo una costumbre tradicional que recuerda una institución que perduró durante 6.000 años y vivió momentos de gran apogeo. La generación actual de esta dinastía principesca está redefiniendo el papel que quiere desempeñar en la sociedad en la que vivieron sus antepasados durante cientos de años. Tikka Shatrujit Singh, mi sobrino y heredero del legado de Kapurthala, cree que “tenemos que formar parte de una comunidad en la que hemos vivido durante generaciones y ayudarla, pero ya no podemos imponernos sobre los demás porque la gente nunca lo aceptaría. Ahora la India les pertenece. Existe un vínculo importante entre los maharajás y los ciudadanos. La gente confía en ese vínculo. Quizá más de lo que confían en los políticos”.
Algunos empresarios millonarios como Mukesh Ambani y Laxmi Mittal son conocidos en la India como los nuevos maharajás. Pertenecen a una nueva dinastía, una élite poderosa que controla los conglomerados de empresas más importantes del subcontinente como la gigantesca petroquímica Reliance, el Aditya Birla Group, el Thapar Empire y el Hinduja Group. Nuevas fortunas amasadas por ellos mismos y no heredadas.

Sería interesante saber si esta nueva casta de maharajás perdurará como lo hicieron las anteriores. Antiguamente su poder se basaba en controlar la tierra; hoy controlan la infraestructura económica de la India. ¿Hay alguna diferencia?
Traducción de Virginia Solans.

La Lista de La Tuta

Cuando mata La Familia/Reportaje de Pablo Ordaz, corresponsal de El País en México
La policía mexicana vive en alerta ante un cártel que no solo pretende el tráfico de drogas, sino la sustitución del Estado. Los sicarios de este clan extendidos por todo el país controlan desde la venta de armas y los impuestos hasta la espiritualidad de sus vecinos
El País (www.elpais.com) 14/06/2009;
Aquella tarde de finales de enero, el hijo de La Tuta no tuvo suerte con los gallos de pelea. En medio de un palenque abarrotado, el muchacho perdía una y otra vez hasta que se quedó sin un peso. Excitado, decidió ir a por más. Alguien camuflado entre el público hizo una llamada perdida y los agentes federales lo esperaron a la salida. En su camioneta no hallaron armas ni drogas, pero sí un papel, una lista con nombres de políticos, jueces, fiscales, policías... Y, junto a cada nombre, una cantidad.
Ya han pasado casi seis meses desde aquella detención. Es miércoles 10 de junio y anochece sobre la ciudad de México. En la pared del despacho de un jefe de investigadores de la Policía Federal hay un mural con textos, gráficos y una fotografía en la que aparecen las cabezas cortadas de cinco hombres jóvenes esparcidas por una pista de baile. Junto a los rastros de sangre, un cartel que avisa: "La Familia no mata por dinero, no mata mujeres, no mata inocentes, muere quien debe morir, sépalo toda la gente. Esto es: Justicia Divina". En la mesa del agente federal está la lista de políticos, jueces y policías corruptos incautada al hijo del narcotraficante apodado La Tuta. También hay un libro, encuadernado a modo de breviario, en cuyas pastas se puede leer: "El más Loco. Pensamientos. 5ª Edición. Michoacán. México. 2008".
Esos tres elementos -la violencia extrema, la corrupción de las autoridades y una increíble presencia mística- configuran el poder de La Familia. Un poder que asusta porque, a diferencia del resto de los carteles, su objetivo va más allá del tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Quieren más. Lo quieren todo...
-Sí -admite un alto mando antidrogas-, desde luego no se trata de un cartel más dedicado al narcotráfico. La Familia aspira a sustituir al Estado.
Y basta una visita rápida a la ciudad de Morelia -la capital de Michoacán- para percatarse de que lo está consiguiendo. Las administraciones locales apenas pueden recaudar impuestos, pero, en cambio, ya son muy pocas las gasolineras, las tiendas de comestibles, los productores de aguacate y hasta los organizadores de conciertos que no pagan religiosamente su diezmo para que la mafia los proteja. No hace falta decir que los sicarios de La Familia controlan directamente los prostíbulos, las máquinas tragaperras, la piratería, la venta de armas y, por supuesto, el tráfico de drogas. Según los datos de la policía, el cartel opera en 87 de los 113 municipios de Michoacán -la cuna del presidente Felipe Calderón- y sus tentáculos hace tiempo que dejaron de ser locales. La DEA -la policía antinarcóticos norteamericana- ha detectado ramificaciones de La Familia en 16 de sus Estados. La organización utiliza para ello a los emigrantes. Y tiene dónde escoger: Michoacán es el segundo Estado mexicano que más mano de obra exporta a Estados Unidos. Hay pueblos donde ya sólo quedan los ancianos. Pero también ellos tienen su parte en el negocio. La Familia los utiliza como rehenes: "Dile a tu hijo que te estamos protegiendo, pero que si él no colabora con nosotros, tú lo vas a pasar mal".
Todo empezó con el siglo. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió el poder después de 70 años y México tuvo que aprender a vivir con una realidad distinta. Hasta entonces, el presidente de la República hacía y deshacía en todo el país. México era un Estado federal, pero los gobernadores, los alcaldes, los jefes de policía y por supuesto los líderes sindicales y sociales de cada demarcación pertenecían al PRI. "A poco que uno se desmadrara", recuerda un alto cargo de la seguridad del Estado, "nos decían: llevadlo a Los Pinos -la residencia presidencial-. Bastaba una charla con el presidente de turno para que todo volviera a su cauce". Con las fuerzas del orden sucedía igual. La Policía Federal siempre representó un tanto por ciento mínimo del conjunto de las policías -más de 1.600 en todo el país entre estatales, municipales...-. Aunque cada cuerpo policial dependía de un gobernador o un alcalde, cuando llegaba el caso obedecía de forma implícita y efectiva el dictado que llegaba de la capital. Ya no es así. La imagen más gráfica se ha podido presenciar el lunes pasado. Durante tres horas, a plena luz del día y en mitad de la calle, policías municipales y estatales de Nuevo León se enfrentaron con agentes de la Policía Federal. Se encañonaron mutuamente con pistolas y armas largas. No pasó nada, pero fue de chiripa. En otras ocasiones, agentes federales o miembros del Ejército han optado por solventar situaciones parecidas de insurrección a tiro limpio.
En algunos lugares, como Michoacán, el poder del Estado fue haciéndose cada vez más débil y eso fue aprovechado por los narcotraficantes. La Familia, cuya presencia en la zona se remonta a dos décadas atrás, dio un salto cualitativo. Ya no les bastaba con la producción de heroína y marihuana -hay constancia de plantaciones de amapola en 37 de los 113 municipios de Michoacán- ni siquiera con el control del puerto de Lázaro Cárdenas, a donde llega la cocaína del sur de América y la efedrina de Europa y Asia con destino a Estados Unidos. La Familia quería más. Quería el control social, y hasta espiritual, de sus vecinos. Y empezaron de la manera más sencilla, desde abajo, poco a poco.
-Yo adoctriné a 9.000 personas.
Quien habla es Rafael Cedeño. Alto, camisa blanca, ojos azules. La Policía Federal lo detuvo el pasado 18 de abril, mientras participaba, junto a otros 40 integrantes de La Familia, en un bautizo. Bien es verdad que, además del agua bendita, el Cede y sus amigos se llevaron buenos pertrechos a la ceremonia. La policía se incautó de tres fusiles automáticos AR-15, un fusil de asalto AK-47, cinco granadas de fragmentación, seis armas cortas, munición como para aburrir y droga, mucha droga. Cedeño -a decir de sus captores- no perdió la templanza en ningún momento y desde el principio estuvo dispuesto a contar su historia, que empieza dos décadas atrás, borracho y drogado, un tipo sin futuro tirado en una calle de Morelia.
Su relato se puede parecer al que, ya desde la cárcel, pueden construir otros sicarios de La Familia. La organización -dirigida por dos tipos apodados El Chango y El Chayo- decide formar a sus cuadros de colaboradores a partir de los drogadictos que recoge por la calle. Los interna en unos albergues llamados Gratitud y los saca de la adicción. De forma paralela, implica a sus familias en el proceso. Lo que las autoridades no son capaces de hacer, lo hace La Familia. Los saca de la droga y les da una perspectiva de vida distinta basada en su biblia, los principios espirituales de El más Loco -uno de los apodos del Chayo-. Pero quiere algo a cambio. Quiere fidelidad. "Los muchachos rehabilitados", cuenta uno de los jefes de la Policía Federal, "pasan a formar parte de la estructura criminal de la organización. Unos se dedican a la distribución de droga al menudeo. Otros son los llamados halcones. Recorren en vehículos las ciudades para informar al cartel de los movimientos de la policía o el Ejército. Hay un tercer grupo. El de los sicarios. Su cometido es secuestrar a los vendedores de droga de los carteles rivales, secuestrarlos por unas horas y hacerles una oferta: 'Si quieres vender nuestra droga, bienvenido. Si no, ya sabes...".
El "ya sabes" son cinco cabezas desperdigadas en una pista de baile del municipio de Uroapan. Con una pancarta al lado a modo de firma. Porque, además del trasfondo místico, los capos de La Familia también son pioneros en otro aspecto. La publicidad. No basta matar a alguien. Hay que hacerlo de la forma más sangrienta posible y con publicidad. La Familia -según un informe de la policía que no se puede reproducir por la crueldad de sus imágenes- tiene una verdadera estrategia mediática. Después de matar a sus rivales, les corta la cabeza y los exhibe en sitios públicos, junto a letreros donde amenaza a sus rivales -fundamentalmente del grupo de Los Zetas- e incluso avisa de quién será el próximo asesinado. En una grabación distribuida a través de Internet se puede ver la ejecución de un presunto miembro de Los Zetas que aparece desnudo, atado a una
silla, vestido sólo con unos calzoncillos negros y con el cuerpo lleno de frases amenazantes.
No obstante, los mensajes de La Familia no sólo van dirigidos a los carteles rivales. También se dirigen a la población. Y, por increíble que pueda parecer, lo hacen con anuncios pagados en los principales periódicos. Su objetivo: ganarse el afecto de los ciudadanos. ¿Cómo? De nuevo, asumiendo funciones propias del Estado. Uno de los mensajes insertados a toda página en La Voz de Michoacán y en El Sol de Morelia dice: "Nuestra misión es erradicar el secuestro, la extorsión directa y telefónica, los asesinatos por paga, el secuestro, los robos... Quizás en este momento la gente no nos entienda... Desgraciadamente, hemos recurrido a estrategias muy fuertes por parte de nosotros, ya que es la única manera de poner orden en el Estado y no vamos a permitir que esto se salga de control...".
Hubo otro periódico donde La Familia quiso poner un anuncio pagado. Un individuo llegó a la redacción y pidió ver al director. Le puso un sobre con dinero encima de la mesa y le dijo: "Quiero publicar esto". El director le dijo que no era posible. Del resto de la conversación no se sabe nada. Sólo que esa misma noche, el periodista fue a su casa, hizo la maleta y abandonó la ciudad.
Así estaban las cosas cuando, la noche del pasado 15 de septiembre, coincidiendo con la celebración del grito de la Independencia en Morelia, unos desconocidos arrojaron granadas de fragmentación sobre la multitud. El primer atentado narcoterrorista de la historia de México dejó ocho muertos y un buen número de heridos. Lo único que hay claro es que se trató de un ajuste de cuentas entre La Familia y Los Zetas. El presidente Calderón ordenó a la Policía Federal que pusiera especial atención sobre el Estado que lo vio nacer. Y lo que allí vieron los agentes fue lo que todo el mundo: La Familia había sido capaz de tejer una gran red de afectos y complicidades aprovechando la ausencia del Estado. El secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, dio orden a sus agentes de que se infiltraran, intervinieran comunicaciones, averiguaran qué había de verdad en los rumores que decían que tal o cual alcalde, que tal o cual juez...
Y fue entonces cuando el hijo de La Tuta empezó a perder en las peleas de gallos. Y salió del palenque a por más dinero. Y fue detenido. Y, en vez de armas o drogas, los agentes encontraron un papel con una lista de funcionarios. Junto a algunos nombres había cifras de hasta 80.000 pesos mensuales de sueldo -más de 4.000 euros- por compaginar la vida de alcalde de pueblo con la de colaborador del narcotráfico. Los agentes se pusieron tras la pista y, cinco meses después, el pasado 27 de mayo, detuvieron a 11 alcaldes y a otros 17 altos funcionarios por su relación con el narcotráfico. La investigación sigue abierta. Porque la lista tiene más nombres. De más altura. Los nombres de los verdaderos gallos de pelea. Los que nunca bajan al palenque.

¡Hazme reír!

Discriminamos y excluimos/Jesús Rodríguez Zepeda, coordinador general del Posgrado en Humanidades de la UAM-Iztapalapa
El Universal, 13 de junio de 2009
La cláusula constitucional que prohíbe toda discriminación en México tiene ocho años de haber sido establecida. La norma entró en la Carta Magna en 2001, en el contexto del debate sobre derechos y cultura indígenas. La Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, que reglamenta dicha cláusula, se promulgó en 2003. El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) empezó a funcionar en 2004 y luego se han creado algunas instituciones locales en la materia. Hablamos, desde luego, de un derecho novísimo en nuestro país.
Cualquier observador externo presumiría que en estos momentos estaríamos viviendo un momento de ebullición legal e institucional para incorporar estas prescripciones a nuestra vida social, tal como ha sucedido, por ejemplo, con el derecho, también ahora constitucionalizado, de acceso a la información.
Una ebullición legal y reformadora, en todo caso, como en la que en España ha acompañado a la voluntad de aplicar una política transversal, de Estado, en materia de no discriminación, que va desde el matrimonio entre personas del mismo sexo hasta la ley de apoyo a personas dependientes, pasando por las reformas recientes a la ley del aborto.
Pero nada hay de eso. El impulso inicial que tuvo la protección por parte del Estado del derecho fundamental a la no discriminación está prácticamente muerto. Esta forma severa de la desigualdad que es la discriminación sigue siendo práctica cotidiana y ese diagnóstico desolador que la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Sedesol-Conapred, 2005) nos echó a la cara para mostrar que somos, en lo más hondo, una sociedad tan excluyente como discriminatoria se mantiene tan vigente como el día mismo en que apareció, sin contar, además, con respuesta institucional.
Veamos un caso elocuente al respecto. Hace días, en un programa cómico de alta audiencia de la empresa Televisa, ¡Hazme reír!, dos conductoras televisivas, las señoras Galilea Montijo y Roxana Castellanos, en un sketch de cámara escondida, hicieron una burla pública de una persona con discapacidad intelectual, un cómico de nombre “Sammy”, sobre la base, precisamente, de ciertos rasgos graciosos (gestos, forma de hablar) que su discapacidad le impone. El agravio mayor a la dignidad de esta persona tal vez resida en el hecho de la ignorancia del afectado acerca de lo que le sucedía (y muy probablemente en su incapacidad para diferenciar entre la broma y la realidad incluso cuando la primera le fue revelada).
Si no hubiera sido por cierto clamor social, canalizado con prontitud por la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), que intervino ante el acto discriminatorio y consiguió que, al menos, las personas que directamente ejercieron el acto discriminatorio (las artistas y el equipo del programa) tomaran un curso sobre derechos humanos y no discriminación, el caso habría pasado, como muchos otros, inadvertido y se habría integrado a esa “normalidad” discriminatoria en que vivimos.
Sin embargo, no puede dejar de decirse que la intervención de la CDHDF se hizo yendo más allá de sus facultades explícitas, porque no está entre ellas la de atender casos de discriminación cometidos por particulares. Sí posee, sin embargo, esta atribución el Conapred, que podría haber ejercido su prerrogativa de actuar por oficio respecto de particulares; pero esta institución, sumida en esa suerte de letargo a que la condenó la decisión presidencial de poner a su frente a una persona totalmente ajena no sólo al discurso de la no discriminación, sino incluso ajena al lenguaje mismo de los derechos fundamentales, brilla en este y otros casos por su ausencia.
El “caso Sammy” se cerró en falso porque, en vez de propiciarse un debate social y una deliberación política sobre la necesidad de fortalecer una cultura de la no discriminación en los medios masivos de comunicación, se redujo a una suerte de juego de dimes y diretes entre cómicos, actores y productores televisivos. La Dirección de Radio, Televisión y Cinematografía, siempre presta a detectar las malas palabras que afean las rutinas de los medios, no parece pronta a afectar la reproducción y difusión de estereotipos clasistas, racistas, homófobos y sexistas en ellos. También tratan de cerrar en falso el problema de la discriminación las otras instituciones públicas que actúan como si el asunto no fuera con ellas.

Vicios privados

Vicios privados, ¿virtudes públicas?/José Antonio Martín Pallín, magistrado. Comisionado de la Comisión Internacional de Juristas
Publicado en EL PERIÓDICO, 13/06/09;
Las fotos de las fiestas privadas de Silvio Berlusconi en su mansión de Cerdeña, obtenidas sin su consentimiento, han reabierto el debate sobre los límites de la vida privada de los personajes públicos. La intimidad es un componente inseparable de la libertad y la dignidad de la persona. No es solo un valor individual, se extiende también a su vida familiar y puede afectar a su honor y al derecho a su propia imagen. Invadir los recintos que toda persona se ha marcado para el ejercicio y disfrute de su vida privada no puede ser permitido sin una reacción del derecho que exija responsabilidades al que se inmiscuye en ámbitos reservados a la curiosidad ajena. Los ingleses, adelantados en algunas cosas y excesivamente conservadores en otras, supieron socializar el valor de la intimidad, en otro tiempo reservado a las élites, acuñando una metáfora expresiva: «Mi casa es mi castillo».
Vivimos tiempos en los que la intimidad es un valor de mercado que se vende al mejor postor y en los que el Estado pretende extender la malla del control de la vida de los ciudadanos para reforzar su poder, ofreciendo a cambio una seguridad nunca alcanzada. En una sociedad intensamente relacionada y con medios de captación de imágenes inimaginables en otros tiempos, los espacios de lo público y lo privado tienden a difuminarse. Todos los tribunales de justicia del mundo se han enfrentado a este dilema, esbozando pautas que, en mi opinión, no logran establecer lindes o barreras perfectamente definidas. Las fotografías tomadas, en Villa Certosa, sin consentimiento de su morador, son algo más que una imagen neutra. Contienen una crítica implícita a determinados comportamientos que más allá del derecho a la intimidad y la imagen deben ser valoradas en el contexto en que se mueve el personaje central del reportaje. No se trata de una información errónea, sino del reflejo de una realidad. ¿Puede o debe ser difundida en los medios de comunicación al tratarse de un personaje relevante de la vida política? Las opiniones pueden ser divergentes, pero las imágenes que se contienen en las fotografías y su veracidad están fuera de toda duda. La jurisprudencia del Tribunal Supremo norteamericano ha reiterado, en tiempos distantes entre sí, que el presidente de Estados Unidos es inviolable en cuanto a sus actuaciones públicas, salvo que el Senado levante la inmunidad, pero debe equipararse a cualquier otro ciudadano respecto de su conducta estrictamente privada. La sentencia del 27 de mayo de 1997, correspondiente al caso de Bill Cinton y Paula Jones, que nada tiene que ver con el caso Lewinsky, sirve a los jueces para recordar, en numerosas citas, este pacto no escrito entre el poder y los ciudadanos en una sociedad democrática. El gobernante se ajusta en su vida pública a sus creencias y valores. En principio debe mantenerse fiel a los compromisos adquiridos en su oferta electoral. No es exigible un pacto escrito, pero sí un compromiso ético. Sus decisiones afectan a la sociedad e inciden sobre aspectos ideológicos sensibles a la conciencia de los ciudadanos.
El primer ministro Berlusconi ha sido beligerante en sus actuaciones políticas. No ha escatimado pronunciamientos sobre sus criterios morales y éticos. La vida pública no exige ser trasladada miméticamente a los comportamientos privados, pero los ciudadanos tienen derecho a conocer la incoherencia de las posiciones morales cuando chocan brutalmente con la forma de comportarse en privado. Una sociedad democrática no se fractura por la incongruencia y la dualidad de las acciones públicas y los comportamientos privados, pero tiene todo el derecho a conocer verazmente cuál es el comportamiento privado de quien mantiene una doble actividad. No se trata de rasgarse las vestiduras; simplemente, valorar la moralidad pública y la ostentación sin tapujos de sus debilidades privadas.
La actitud de Il Cavaliere en el caso de Eluana Englaro ha roto todas las reglas permisibles en el funcionamiento de una sociedad democrática. Las leyes amparaban al padre de Eluana para proporcionarle la oportunidad de acabar de morir. No vivía, y su padre, con inmenso dolor y cariño, estaba seguro de que la ley y la razón le amparaban. Il Cavaliere, ensoberbecido por la masiva aprobación de sus gestos, quiso demostrar que se trataba de la única persona capaz de decidir sobre la vida y la muerte digna. Se enfrentó al presidente de la República, Giorgio Napolitano. Como un dictador, puso a la Cámara legislativa a su servicio para que en un plazo urgente eliminase, por decisión imperial, el derecho de un padre a cumplir con la voluntad de su hija. Para reforzar lo que algunos llamaron golpe dictatorial, utilizó sus medios de comunicación para agredir de forma inmisericorde al padre de Eluana. Dio un puñetazo en la mesa y abandonó el intento cuando ya Eluana había acabado de morir. Poniendo en una balanza estas actitudes, creo que la sociedad italiana, y todos los demócratas, tenemos derecho a conocer que ese señor organiza fiestas eróticas en su mansión y, según algunos, utiliza aviones públicos para reunir a su harén. Respetemos la intimidad, pero no el exhibicionismo.

Bernard Barker

Bernard Barker, uno de los 'fontaneros' del 'caso Watergate'
Como agente de la CIA intentó derrocar a Fidel Castro en los sesenta
DAVID ALANDETE
El País, 13/06/2009;
En 1972, una operación secreta e ilegal liderada por Bernard L. Barker desencadenó una serie de eventos que acabó con la dimisión en 1974 del entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon. Aparte de ser uno de los fontaneros que entró en la sede del Partido Demócrata del Hotel Watergate con el conocimiento y aprobación de Nixon, Barker era un héroe para el exilio anticastrista en Miami, porque, siendo agente de la CIA, trató de derrocar a Fidel Castro en los años sesenta. Falleció el 5 de junio en Miami, a los 92 años, de cáncer de pulmón.
Barker, que de pequeño recibió de su familia el sobrenombre de Macho, era de hecho un exiliado cubano. Nació en La Habana en el emblemático año revolucionario de 1917, de madre cubana y padre estadounidense. Se alistó en 1942 y luchó en la II Guerra Mundial. Los alemanes lo capturaron y estuvo 18 meses en un campo de detención. En 1945 volvió a Cuba, donde fue policía con el dictador Fulgencio Batista. "Siempre me he relacionado con los paramilitares, el movimiento de inteligencia y la gente que vive según sus normas", dijo a The New York Times en 1972. "Ni siquiera me fío de los políticos".
Tras la revolución se refugió en el exilio anticastrista de la calle Ocho de Miami. Con su experiencia, encontró acomodo en el FBI y la CIA. Como agente asociado a la CIA, participó en la invasión de la Bahía de Cochinos de 1961, un desastre militar y estratégico que se saldó con la captura de 1.200 exiliados y su humillante regreso a EE UU a cambio de 53 millones de dólares en comida y ayuda médica.
Barker regresó a Miami y en junio de 1972 fue detenido, con otros cuatro hombres, en la sede del Partido Demócrata en el Hotel Watergate de Washington, escondido bajo una mesa, con 100 dólares en el bolsillo. Cuando un comité especial del Senado le interrogó, dijo que estaba allí "para cumplir órdenes, no para pensar" y que buscaba pruebas para demostrar que el Partido Demócrata recibía fondos del Gobierno cubano. El FBI y el Senado demostraron que la chapuza del Watergate era una operación de espionaje contra el contrincante demócrata
de Nixon en 1972, George McGovern. Barker, condenado a seis años, cumplió 18 meses.
Hay quien dice que nunca perdonó a Kennedy que ordenara la retirada de la Bahía de Cochinos. "Las teorías de la conspiración han relacionado desde hace tiempo a Barker con el asesinato del presidente John F. Kennedy, que retiró el apoyo aéreo en Bahía de Cochinos, condenando la misión al fracaso", publicó el Miami Herald. Su hija negó este extremo y aclaró que, según su padre, Castro estaba tras el asesinato de Kennedy, y añadió: "Su lucha por la verdadera libertad duró hasta el final, y siempre lamentó no poder ver una Cuba libre".