8 mar. 2010

El Profeta

EL PROFETA de Gibrán Khalil Gibrán, o Yibrán Jalil Yibrán o Yubrán Jalil Yubrán.
El Profeta, fue su obra cumbre y publicado en 1923.
Kahlil Gibran nació en 1883 en Bsarri, en el Líbano y falleció en Nueva York en 1931.
Poeta, novelista, pintor, y filósofo, uno de los mayores representantes del arte del mundo árabe, aunque muchas de sus obras fueron escritas en inglés, debido a que vivió más de veinte años en EE UU. Escribió "Espíritus Rebeldes", en 1908, "Alas rotas", en lengua árabe.e 1012. Y hay quienes dicen que a la edad de 15 años escribió "El profeta" en árabe y un lustro después lo tradujo al inglés, aunque otros datos biográficos lo fechan en 1923. El amor de su vida fue Mary Haskell, con quien mantuvo abundante correspondencia, parte de la cual fue recopilada por Paulo Cohelo en el libro "Cartas de Amor del Profeta".
El comer y el beber
Entonces, un viejo que tenía una posada dijo: Háblanos del comer y del beber.
Y él respondió:
Ojalá pudiérais vivir de la fragancia de la tierra y, como planta del aire, ser alimentados por la luz.
Pero, ya que debéis matar para comer y robar al recién nacido la leche de su madre para apagar vuestra sed, haced de ello un acto de adoración.
Y haced que vuestra mesa sea un altar en el que lo puro y lo inocente, el buque y la pradera sean sacrificados a aquello que es más puro y aún inocente que el hombre.
Cuando matéis un animal, decidle en vuestro corazón: "El mismo poder que te sacrifica, me sacrifica también; yo seré también destruido.
La misma ley que te entrega en mis manos me entregará a mí en manos más poderosas.
Tu sangre y mi sangre no son otra cosa que la savia que alimenta el árbol del cielo."
Y, cuando mordáis una manzana, decidle en vuestro corazón:
"Tus semillas vivirán en mi cuerpo.
Y los botones de tu mañana florecerán en mi corazón. Y tu fragancia será mi aliento.
Y gozaremos juntos a través de todas las estaciones."
Y, en el otoño, cuando reunáis las uvas de vuestras vides para el lagar, decid en vuestro corazón:
"Yo soy también una vid y mi fruto será llevado al lagar. Y, como vino nuevo será guardado en vasos eternos."
Y, en el invierno, cuando sorbáis el vino, que haya en vuestro corazón un canto para cada copa.
Y que haya en ese canto un recuerdo para los días otoña¬les y para la vid y para el lagar.
El trabajo
Entonces, dijo el labrador: Háblanos del trabajo.
Y él respondió, diciendo:
Trabajáis para seguir el ritmo de la tierra y del alma de la tierra.
Porque estar ocioso es convertirse en un extraño en medio de las estaciones -y salirse de la procesión de la vida, que marcha en amistad y sumisión orgullosa hacia el infinito.
Cuando trabajáis, sois una flauta a través de cuyo corazón el murmullo de las horas se convierte en música.
¿Cuál de vosotros querrá ser una caña silenciosa y muda cuando todo canta al unísono?
Se os ha dicho siempre que el trabajo es una maldición y la labor una desgracia.
Pero yo os digo que, cuando trabajáis, realizáis una parte del más lejano sueño de la tierra, asignada a vosotros cuando ese sueño fue nacido.
Y, trabajando, estáis, en realidad, amando a la vida.
Y amarla, a través del trabajo, es estar muy cerca del más recóndito secreto de la vida.
Pero si, en vuestro dolor, llamáis al nacer una aflicción y al soportar la carne una maldición escrita en vuestra frente, yo os responderé que nada más que el sudor de vuestra frente lavará lo que está escrito.
Se os ha dicho también que la vida es oscuridad y, en vuestra fatiga, os hacéis eco de la voz del fatigado.
Y yo os digo que la vida es, en verdad, oscuridad cuando no hay un impulso.
Y todo impulso es ciego cuando no hay conocimiento. Y todo saber es vano cuando no hay trabajo.
Y todo trabajo es vacío cuando no hay amor.
Y cuando trabajáis con amor, os unís con vosotros mismos, y con los otros, y con Dios.
¿Y qué es trabajar con amor?
Es tejer la tela con hilos extraídos de vuestro corazón como si vuestro amado fuera a usar esa tela.
Es construir una casa con afecto, como si vuestro amado fuera a habitar en ella.
Es plantar semillas con ternura y cosechar con gozo, como si vuestro amado fuera a gozar del fruto.
Es infundir en todas las cosas que hacéis el -aliento de vuestro propio espíritu.
Y saber que todos los muertos benditos se hallan ante vosotros observando.
He oído a menudo decir, como si fuera en sueños: "El que trabaja en mármol y encuentra la forma de su propia alma en la piedra es más noble que el que labra la tierra."
"Aquel que se apodera del arco iris para colocarlo en una tela transformada en la imagen de un hombre es más que el que hace las sandalias para nuestros pies."
Pero, yo digo, no en sueños, sino en la vigilia del medio¬día, que el viento no habla más dulcemente a los robles gigan¬tes que a la menor de las hojas de la hierba.
Y solamente es grande el que cambia la voz del viento en una canción, hecha más dulce por-u propio amor.
El trabajo es el amor hecho visible.
Y si no podéis trabajar con amor, sino solamente con disgusto, es mejor que dejéis vuestra tarea y os sentéis a la puerta del templo y recibáis limosna de los que trabajan gozosamente.
Porque, si horneáis el pan con indiferencia estáis horneando un pan amargo que no calma más que a medias el hambre del hombre.
Y si refunfuñáis al apretar las uvas, vuestro murmurar destila un veneno en el vino.
Y si cantáis, aunque fuera como los ángeles, y no amáis el cantar, estáis ensordeciendo los oídos de los hombres para las voces del día y las voces de la noche.
La Alegría y el Dolor
Entonces, dijo una mujer: Háblanos de la Alegría y del Dolor.
Y él respondió:
Vuestra alegría es vuestro dolor sin máscara.
Y la misma fuente de donde brota vuestra risa fue muchas veces llenada con vuestras lágrimas.
Y ¿cómo puede ser de otro modo?
Mientras más profundo cave el dolor en vuestro corazón, más alegría podréis contener.
¿No es la copa que guarda vuestro vino la misma copa que estuvo fundiéndose en el horno del alfarero?
¿Y' no es el laúd que apacigua vuestro espíritu la misma madera que fue tallada con cuchillos?
Cuando estéis contentos, mirad en el fondo de vuestro corazón y encontraréis que es solamente lo que, os produjo dolor, lo que os da alegría.
Cuando estéis tristes, mirad de nuevo en vuestro corazón y veréis que estáis llorando, en verdad, por lo que fue vuestro deleite.
Algunos de vosotros decís: "La alegría es superior al dolor" y otros: "No, el dolor es más grande."
Pero yo os digo que son inseparables.
Vienen juntos y, cuando uno de ellos se sienta con vosotros a vuestra mesa, recordad que el otro está durmiendo en vuestro lecho.
En verdad, estáis suspensos, como fiel de balanza, entre vuestra alegría y vuestro dolor.
Sólo cuando vacíos estáis quietos y equilibrados.
Cuando el tesorero os levanta para pesar su oro y su plata, es necesario que vuestra alegría o vuestro dolor suban o bajen.
Las Casas
Un albañil, entonces, se adelantó y dijo: Háblanos de las Casas.
Y él respondió, diciendo:
Levantad con vuestra imaginación una enramada en el bosque antes que una casa dentro de las murallas de la ciudad.
Porque, así como tendréis huéspedes en vuestro crepúsculo, así el peregrino en vosotros tenderá siempre. hacia la distancia y la soledad.
Vuestra casa es vuestro cuerpo grande.
Crece en el sol y duerme en la quietud de la noche, y sueña.
¿No es cierto que sueña? ¿Y que, al soñar, deja la ciudad por el bosque o la colina?
¡Cómo pudiera juntar vuestras casas en mi mano y, como un sembrador, esparcirlas por el bosque y la pradera!
Los valles serían vuestras calles y los senderos verdes las alamedas y os buscaríais el uno al otro a través de los viñedos, para volver con la fragancia de la tierra en las vestiduras.
Pero todo eso no puede ser aún.
En su miedo, vuestros antecesores os pusieron demasiado juntos. Y ese miedo durará aún un poco. Por un tiempo aún los muros de vuestra ciudad separarán vuestro corazón de vuestros campos.
Y, decidme, pueblo de Orfalese, ¿qué tenéis en esas casas? ¿Y qué guardáis con puertas y candados?
¿Tenéis paz, el quieto empuje que revela vuestro poder? ¿Tenéis remembranzas, los arcos lucientes que unen las cumbres del espíritu?
¿Tenéis belleza que guía el corazón desde las casas de madera y piedra hechas, hasta la montaña sagrada?
Decidme, ¿las tenéis en vuestras casas?
¿O tenéis solamente comodidad y el ansia de comodidad, esa cosa furtiva que entra a una casa como un huésped y luego se convierte en dueño y después en amo y señor?
¡Ay! y termina siendo un domador y, con látigo y garfio juega con vuestros mayores deseos.
Aunque sus manos sean sedosas, su corazón es férreo. Arrua. vuestro sueño solamente para colocarse al lado de vuestro lecho y escarnecer la dignidad del cuerpo.
Hace mofa de vuestros sentidos y los echa en el cardal como frágiles vasos.
En verdad os digo que el ansia de comodidad mata la pasión del alma y luego camina haciendo muecas eti el funeral. Pero vosotros, criaturas del espacio, vosotros, inquietos en la quietud, no seréis atrapados o domados.
Vuestra casa no será un ancla, sino un mástil.
No será la cinta brillante que cubre una herida, sino el párpado que protege el ojo.
No plegaréis vuestras alas para poder pasar por sus puertas, ni agacharéis la cabeza para que no toque su techo, ni teme réis respirar por miedo a que sus paredes se rajen o derrumben.
No viviréis en tumbas hechas por los muertos para los vivos y, aunque magnificente y esplendorosa, vuestra casa no se adueñará de vuestro secreto, ni encerará vuestro anhelo.
Porque lo que. en vosotros es ilimitado habita en la mansión del cielo, cuya puerta es la niebla de la mañana y cuyas ventanas son las canciones y los silencios de la noche.
El Vestír
Y un tejedor dijo: Hablanos del vestir.
Y él respondió, diciendo:
Vuestra ropa esconde mucho de vuestra belleza y, sin embargo, no cubre lo que no es bello.
Y aunque buscáis en el vestir el sentiros libres en vuestra intimidad, podéis hallar en él un arnés y una cadena.
¡Cómo pudiérais enfrentar al sol y al viento con más de vuestra piel y menos de vuestro ropaje!
Porque el aliento de la vida está en la luz del sol y 'la mano de la vida en el viento.
Algunos de vosotros decís: "Es el viento del norte el que ha tejido las ropas que usamos."
Y yo digo: ¡Ay! Fue el viento del norte.
Pero fue la vergüenza su telar y la debilidad de carácter dio sus hilos.
Y, cuando terminó su trabajo, rió en el bosque.
No os olvidéis que el pudor no es protección contra los ojos del impuro.
Y, cuando el impuro no exista más ¿qué será el pudor sino los grillos y la impureza de la mente?
Y no olvidéis que la tierra goza al sentir vuestros pies desnudos y los vientos anhelan jugar con vuestros callellos.
El Comprar y el Vender
Y un mercader dijo: Háblanos del Comprar y el Vender.
Y él respondió:
La tierra os entrega sus frutos y vosotros no conoceréis necesidad si sabéis solamente cómo llenaros las manos.
Es en el intercambio de los dones de la tierra donde encontraréis abundancia y seréis satisfechos.
Pero, a menos que ese intercambio sea hecho con amor y bondadosa justicia, llevará a algunos a la codicia y a otros al hambre.
Cuando, en el mercado, vosotros, trabajadores del mar y los campos y los viñedos, encontréis a los tejedores y alfareros y vendedores de especies,
invocad al espíritu guía de la tierra para que vaya en medio de vosotros y santifique las medidas y para que pese al valor de acuerdo con el valor.
Y no permitáis que el de las manos estériles, el que quiere venderos sus palabras al precio de vuestra labor, intervenga en vuestras transacciones.
A ese hombre deberéis decirle:
"Ven con nosotros a los campos o vé con nuestros hermanos a la mar y arroja tu red:
Que la tierra y el mar serán espléndidos para ti como lo son para nosotros."
Y, si vienen los cantores y los bailarines y los tañidores de caramillo, comprad de sus dones.
Porque ellos son también cosechadores de frutos e incienso y lo que ellos traen, aunque hecho de sueño, es ropaje y alimento para vuestro espíritu.
Y, antes de abandonar el mercado, ved que nadie se marche con las manos vacías.
Porque el espíritu señor de la tierra no dormirá en paz sobre los vientos hasta que las necesidades del 'ultimo de vosotros sean satisfechas.
El Crimen y el Castigo
Entonces, uno de los jueces de la ciudad se adelantó y dijo: Háblanos del Crimen y el Castigo.
Y él respondió, diciendo:
Es cuando vuestro espíritu va vagando en el viento.
Que vosotros, solos y sin guarda, cometéis una falta para con los demás y, por lo tanto, para con vosotros mismos.
Y, por tal falta cometida, debéis llamar a la puerta del buenaventurado y esperar por un momento.
Como el océano es vuestro dios personal.
No conoce los caminos del topo ni busca los agujeros de la serpiente.
Pero vuestro dios personal no habita sólo en vuestro ser;
mucho en vosotros es aún hombre, y mucho en vosotros no es hombre todavía,
sino un pigmeo informe que camina dormido en la niebla, en busca de su propio despertar.
Y del hombre en vosotros quiero yo hablar ahora.
Porque es él y no vuestro dios personal ni el pigmeo en la niebla el que conoce el crimen y el castigo del crimen.
A menudo os he oído hablar de aquel que comete una falta como si no fuera uno de vosotros, sino un extraño y un intruso en vuestro mundo.
Pero yo os digo que, así como el santo y el justo no pueden elevarse más allá de lo más alto que existe en cada uno de vosotros.
Así el débil y el malvado no pueden caer más bajo que lo más bajo que está también en vosotros.
Y, así como una sola hoja no se vuelve amarilla sino con el silencioso conocimiento del árbol todo.
Así, el que falta no puede hacerlo sin la voluntad oculta de todos vosotros.
Como una procesión marcháis juntos hacia vuestro dios personal.
Sois el camino y sois los caminantes.
Y, cuando uno de vosotros cae, cae para que los que le siguen no tropiecen en la misma piedra.
¡Ay! Y cae por los que le precedieron, por aquellos que, siendo de paso más rápido y seguro, no removieron, sin embargo, la piedra del camino.
Y esto aún, aunque las palabras pesen duramente sobre vuestros corazones:
El asesinado no es irresponsable de su propia muerte. Y el robado no es libre de culpa al ser robado.
El justo no es inocente de los hechos del malvado.
Y el de las manos blancas no está limpio de lo que el Felón hace.
Sí; el reo es, muchas veces, la víctima del injuriado. Y, aún más a menudo, el condenado es el que lleva la carga del sin culpa.
No podéis separar el justo del injusto ni el bueno del malvado.
Porque ellos se hallan juntos ante la faz del sol, así como el hilo blanco y el negro están tejidos juntos.
Y, cuando el hilo negro se rompe, el tejedor debe examinar toda la tela y examinar también el telar.
Si alguno de vosotros trajera a juicio a la mujer infiel, haced que pesen también el corazón de su marido en la balanza y midan su alma con medidas.
Y haced que aquél que azotaría al ofensor mire en el espíritu del ofendido.
Y, si alguno de vosotros castigara en nombre de la justicia y descargara el hacha en el árbol malo, haced que mire las raíces.
Y encontrará, en verdad, las raíces de lo bueno y lo malo, lo fructífero y lo estéril juntos y entrelazados en el silente corazón de la tierra.
Y, vosotros, jueces, que debéis ser justos,
¿Qué juicio pronunciaríais sobre aquél que, aunque honesto en la carne, fuera un ladrón en espíritu?
¿Qué pena impondríais al que destruye la carne y es, él mismo destruido en el espíritu?
Y ¿cómo juzgaríais a aquel que es, en acción, un opresor y un falso
Pero que es, sin embargo, también agraviado y ultrajado?
¿Y cómo castigaríais a aquéllos cuyo remordimiento es ya mayor que su falta?
¿No es el remordimiento -la justicia administrada por la ley misma que desearíais servir?
Sin embargo, no podréis cargar al inocente de remordimiento, ni librar de él el corazón del culpable.
Vendrá el remordimiento espontáneamente en la noche para que los hombres se despierten y se contemplen a ellos mismos.
Y vosotros, que pretendéis entender de justicia, ¿cómo podréis hacerlo si no miráis todos los hechos en la plenitud de la luz?
Sólo así sabréis que el erecto y el caído no son sino un solo hombre, de pie en el crepúsculo, entre la noche de su yo pigmeo y el día de su dios personal.
Y que la coronación del templo no es más alta que la piedra más baja de sus cimientos.
Las Leyes
Dijo, entonces, un abogado. Pero, ¿qué nos decís de nuestras Leyes, maestro?
Y él respondió:
Os deleitáis dictando leyes.
Y, no obstante, gozáis más violándolas.
Como los niños que juegan a la orilla del océano y levantan, con constancia, torres de arena y, con risas, las destruyen luego.
Pero, mientras construís vuestras torres, el océano trae más arena a la playa.
Y, cuando las destruís, el océano ríe con vosotros. En verdad, el océano ríe siempre con el inocente.
Pero, ¿aquellos para quienes la vida no es un océano y las leyes de los hombres no son castillos de arena.
Sino para quienes la vida es una roca y la ley un cincel con el que la tallarían a su gusto?
¿Qué del lisiado que odia a los que danzan?
¿Qué del buey que ama su yugo y juzga al alce y al ciervo del bosque como descarriados y vagabundos?
¿Y la vieja serpiente que no puede librarse de su piel y llama a todos los demás desnudos y desvergonzados?
¿Y de aquél que llegó temprano a la fiesta de bodas y, cuando está cansado y harto, se aleja diciendo que todas las fiestas son inmorales y los concurrentes violadores de la ley?
¿Qué diré de ellos sino que están también a la luz del sol, pero dando al sol la espalda?
Ven sólo sus sombras y sus sombras son sus leyes.
¿Y qué es el sol para ellos, sino algo que produce sombras? .¿Y qué es el reconocer las leyes, sino el encorvarse y rastrear sus sombras sobre la tierra?
Pero a vosotros, que camináis mirando al sol, ¿qué imágenes dibujadas en la tierra pueden conteneros?
Y si vosotros viajáis con el viento, ¿qué veleta dirigirá vuestro andar?
¿Qué ley humana os atará si rompéis vuestro yugo lejos de la puerta de las prisiones de los hombres?
¿Y quién es el que os llevará a juicio si desgarráis vuestro vestido, pero no lo dejáis en el camino?
Pueblo de Orfalese, podéis cubrir el tambor y podéis aflojar las cuerdas de la lira, pero ¿quién ordenará a la alondra del cielo que no cante?

El profeta

EL PROFETA de Gibrán Khalil Gibrán, o Yibrán Jalil Yibrán o Yubrán Jalil Yubrán.
El Profeta, fue su obra cumbre y publicado en 1923.
El Profeta
Almustafá, el elegido y bienamado, el que era un amanecer en su propio día, había esperado doce años en la ciudad de orfalese la vuelta del barco que debía devolverlo a su isla natal.
A los doce años, en el séptimo día de Yeleol, el mes de las cosechas, subió a la colina, más allá de los muros de la ciudad, y contempló él mar. Y vio su barco llegando con la bruma.
Se abrieron, entonces, de par en par las puertas de su corazón y su alegría voló sobre el océano. Cerró los ojos y oró en los silencios de su alma.
Sin embargo, al descender de la colina, cayó sobre él una profunda tristeza, y pensó así, en su corazón. ¿Cómo podría partir en paz y sin pena? No; no abandonaré esta ciudad sin una herida en el alma.
Largos fueron los días de dolor que pasé entre sus muros y largas fueron las noches de soledad y, ¿quién puede separar¬se sin pena de su soledad y su dolor?
Demasiados fragmentos de mi espíritu he esparcido por estas calles y son muchos los hijos de mi anhelo que marchan desnudos entre las colinas. No puedo abandonarlos sin aflic¬ción y sin pena.
No es una túnica la que me quito hoy, sino mi propia piel, que desgarro con mis propias manos.
Y no es un pensamiento el que dejo, sino un corazón, endulzado por el hambre y la sed.
Pero, no puedo detenerme más.
El mar, que llama todas las cosas a su seno, me llama y debo embarcarme.
Porque el quedarse, aunque las horas ardan en la noche, es congelarse y cristalizarse y ser ceñido por un molde. Desearía llevar conmigo todo lo de aquí, pero, ¿cómo lo haré?
Una voz no puede llevarse la lengua y los labios que le dieron alas. Sola debe buscar el éter.
Y sola, sin su nido, volará el águila cruzando el sol. Entonces, cuando llegó al pie de la colina, miró al mar otra vez y vio a su barco acercándose al puerto y, sobre la proa, los marineros, los hombres de su propia tierra.
Y su alma los llamó, diciendo:
Hijos de mi anciana madre, jinetes de las mareas; ¡cuántas veces habéis surcado mis sueños! Y ahora llegáis en mi vigilia, que es mi sueño más profundo.
Estoy listo a partir y mis ansias, con las velas desplegadas,, esperan el viento.
Respiraré otra vez más este aire calmo, contemplaré otra vez tan sólo hacia atrás, amorosamente.
Y luego estaré con vosotros, marino entre marinos. Y tú, inmenso mar, madre sin sueño.
Tú que eres la paz y la libertad para el río y el arroyo. Permite un rodeo más a esta corriente, un murmullo más a esta cañada.
Y luego iré hacia ti, como gota sin límites a un océano sin límites.
Y, caminando, vio a lo lejos cómo hombres abandonaban sus campos y sus viñas y se encaminaban apresuradamente hacia las puertas de la ciudad.
Y oyó sus voces llamando su nombre y gritando de lugar a lugar, contándose el uno al otro de la llegada de su barco. Y se dijo a sí mismo:
¿Será el día de la partida el día del encuentro? ¿Y será mi crepúsculo, realmente, mi amanecer?
¿Y, qué daré a aquel que dejó su arado en la mitad del surco, o a aquel que ha detenido la rueda de su lagar?
¿Se convertirá mi corazón en un árbol cargado de frutos
que yo recoja para entregárselos?
¿Fluirán mis deseos como una fuente para llenar sus copas?
¿Será un arpa bajo los dedos del Poderoso o una flauta a través de la cual pase su aliento?
Buscador de silencios soy ¿qué tesoros he hallado en ellos que pueda ofrecer confiadamente?
Si es este mi día de cosecha ¿en qué campos sembré la semilla y en qué estaciones, sin memoria?
Si esta es, en verdad, la hora en que levante mi lámpara, no es mi llama la que arderá en ella.
Oscura y vacía levantaré mi lámpara.
Y el guardián de la noche la llenará de aceite y la encenderá.
En palabras decía estas cosas. Pero mucho quedaba sin decir en su corazón. Porque él no podía expresar, su más profundo secreto.
Y, cuando entró en la ciudad, toda la gente vino a él, llamándolo a voces.
Y los viejos se adelantaron y dijeron:
No nos dejes.
Has sido un mediodía en nuestros crepúsculo y tu juven¬tud nos ha dado motivos para soñar.
No eres un extraño entre nosotros; no eres un huésped, sino nuestro hijo bienamado.
Que no sufran aún nuestros ojos el hambre de su rostro.
Y los sacerdotes y las sacerdotisas le dijeron:
No dejes que las olas del mar nos separen ahora, ni que los años que has pasado aquí se conviertan en un recuerdo. Has caminado como un espíritu entre nosotros y tu sombra ha sido una luz sobre nuestros rostros.
Te hemos amado mucho. Nuestro amor no tuvo palabras y con velos ha estado cubierto.
Pero ahora clama en alta voz por ti y ante ti se descubre. Siempre ha sido verdad que él amor no conoce su hondura hasta la hora de la separación.
Y vinieron otros también a suplicarle. Pero él no les respondió. Inclinó la cabeza y aquellos que estaban a su lado vieron cómo las lágrimas caían sobre su pecho.
El y la gente se dirigieron, entonces, hacia la gran plaza ante el templo.
Y salió del santuario una mujer llamada Almitra. Era una profetisa.
Y él la miró con enorme ternura, porque fue la primera que lo buscó y creyó en él cuando tan sólo había estado un día en la ciudad.
Y ella lo saludó, diciendo:
Profeta de Dios, buscador de lo supremo; largamente has escudriñado las distancias buscando tu barco.
Y ahora tu barco ha llegado y debes irte.
Profundo es tu anhelo por la tierra de tus recuerdos y por el lugar de tus mayores deseos y nuestro amor no te atará, ni nuestras necesidades detendrán tu paso.
Pero sí te pedimos que antes de que nos dejes, nos hables y nos des tu verdad.
Y nosotros la daremos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, y así no perecerá.
En tu soledad has velado durante nuestros días y en tu vigilia has sido el llanto y la risa de nuestro sueño. Descúbrenos ahora ante nosotros mismos y dinos todo lo que existe entre el nacimiento y la muerte, como te ha sido mostrado.
Y él respondió:
Pueblo de Orfalese ¿de qué puedo yo hablar sino de lo que aún ahora se agita en vuestras almas?
El Amor
Dijo Almitra: Háblanos del Amor.
Y él levantó la cabeza, miró a la gente y una quietud des¬cendió sobre todos. Entonces, dijo con gran voz:
Cuando el amor os llame, seguidlo.
Y cuando su camino sea duro y difícil.
Y cuando sus alas os envuelvan, entregaos. Aunque la espada entre ellas escondida os hiriera.
Y cuando os hable, creed en él. Aunque su voz destroce nuestros sueños, tal cómo el viento norte devasta los jardines.
Porque, así como el amor os corona, así os crucifica.
Así como os acrece, así os poda.
Así como asciende a lo más alto y acaricia vuestras más tiernas ramas, que se estremecen bajo el sol, así descenderá hasta vuestras raíces y las sacudirá en un abrazo con la tierra.
Como trigo en gavillas él os une a vosotros mismos.
Os desgarra para desnudaros.
Os cierne, para libraros de vuestras coberturas.
Os pulveriza hasta volveros blancos.
Os amasa, hasta que estéis flexibles y dóciles.
Y os asigna luego a su fuego sagrado, para que podáis convertiros en sagrado pan para la fiesta sagrada de Dios.
Todo esto hará el amor en vosotros para que podáis conocer los secretos de vuestro corazón y convertiros, por ese conocimiento, en un fragmento del corazón de la Vida.
Pero si, en vuestro miedo, buscáreis solamente la paz y el placer del amor, entonces, es mejor que cubráis vuestra desnudez y os alejéis de sus umbrales.
Hacia un mundo sin primaveras donde reiréis, pero no con toda vuestra risa, y lloraréis, pero no con todas vuestras lágrimas.
El amor no da nada más a sí mismo y no toma nada más que de sí mismo.
El amor no posee ni es poseído.
Porque el amor es suficiente para el amor.
Cuando améis no debéis decir: "Dios está en mi corazón", sino más bien: "Yo estoy en el corazón de.Dios."
Y pensad que no podéis dirigir el curso del amor porque él si os encuentra dignos, dirigirá vuestro curso.
El amor no tiene otro deseo que el de realizarse.
Pero, si amáis y debe la necesidad tener deseos, que vuestros deseos sean éstos:
Fundirse y ser como un arroyo que canta su melodía a la noche.
Saber del dolor de la demasiada ternura.
Ser herido por nuestro propio conocimiento del amor. Y sangrar voluntaria y alegremente.
Despertarse al amanecer con un alado corazón y dar gracias por otro día de amor.
Descansar al mediodía y meditar el éxtasis de amar. Volver al hogar con gratitud en el atardecer.
Y dormir con una plegaria por el amado en el corazón y una canción de alabanza en los labios.
El Matrimonio
Entonces, Almitra habló otra vez: ¿Qué nos diréis sobre el Matrimonio, Maestro?
Y él respondió, diciendo:
Nacisteis juntos y juntos para siempre.
Estaréis juntos cuando las alas blancas de la muerte esparzan vuestros días.
Sí; estaréis juntos aun en la memoria silenciosa de Dios. Pero dejad que haya espacios en vuestra cercanía.
Y dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros. Amaos el uno al otro, pero no hagáis del arnor una atadura.
Que sea, más bien, un mar movible entre las costas de vuestras almas.
Llenaos uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de una sola copa.
Daos el uno al otro de vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo.
Cantad y bailad juntos y estad alegres, pero que cada uno de vosotros sea independiente.
Las cuerdas de un laúd están solas, aunque tiemblen con la misma música.
Dad vuestro corazón, pero no para que vuestro compañero lo tenga.
Porque sólo la mano de la Vida puede contener los corazones.
Y estad juntos, pero no demasiado juntos. Porque los pilares del templo están aparte.
Y, ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble.
Los niños
Y una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió: Háblanos de los niños.
Y él dijo:
Vuestros hijos no son hijos vuestros.
Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros.
Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.
Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas.
Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños.
Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.
Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el ayer. Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.
El Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os doblega con Su poder para que Su flecha vaya veloz y lejana. Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os doblegue. Porque, así como El ama la flecha que vuela, así ama también el arco, que es estable.
El dar
Entonces, un hombre rico dijo: Háblanos del dar.
Y él contestó:
Dais muy poca cosa cuando dais de lo que poseéis.
Cuando dais algo de vosotros mismos es cuando realmente dais.
¿Qué son vuestras posesiones sino cosas que atesoráis por miedo a necesitarlas mañana?
Y mañana, ¿qué traerá el mañana al perro que, demasiado previsor, entierra huesos en la arena sin huellas mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad santa? ¿Y qué es el miedo a la necesidad sino la necesidad misma?
¿No es, en realidad, el miedo a la sed, cuando el manantial está lleno, la sed inextinguible?
Hay quienes dan poco de lo mucho que tienen y lo dan buscando el reconocimiento y su deseo oculto malogra sus regalos.
Y hay quienes tienen poco y lo dan todo.
Son éstos los creyentes en la vida y en la magnificencia de la vida y su cofre nunca está vacío.
Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio.
Y hay quiénes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.
Y hay quienes dan y no saben del dolor de dar, ni buscan la alegría de dar, ni dan conscientes de la virtud de dar.
Dan como, en el hondo valle, da el mirto su fragancia al espacio.
A través de las manos de los que como esos son, Dios habla y, desde el fondo de sus ojos, El sonríe sobre la tierra.
Es bueno dar algo cuando ha sido pedido, pero es mejor dar sin demanda, comprendiendo.
Y, para la mano abierta, la búsqueda de aquel que recibirá es mayor goce que el dar mismo.
¿Y hay algo, acaso, que podáis guardar? Todo lo que tenéis será dado algún día.
Dad, pues, ahora que la estación de dar es vuestra y no de vuestros herederos.
Decís a menudo: "Daría, pero sólo al que lo mereciera." Los árboles en vuestro huerto no dicen así, ni lo dicen los rebaños en vuestra pradera.
Ellos dan para vivir, ya que guardar es perecer.
Todo aquel que merece recibir sus días y sus noches, merece, seguramente, de vosotros todo lo demás.
Y aquel que mereció beber el océano de la vida, merece llenar su copa en vuestro pequeño arroyo.
¿Y cuál será mérito mayor que el de aquel que da el valor y la confianza -no la caridad- del recibir?
¿Y quiénes sois vosotros para que los hombres os muestren su seno y os descubran su orgullo para que así veáis sus merecimientos desnudos y su orgullo sin confusión?
Mirad primero si vosotros mismos merecéis dar y ser un instrumento del dar.
Porque, a la verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros, que os creéis dadores, no sois sino testigos.
Y vosotros, los que recibís -y todos vosotros sois de ellos- no asumáis el peso de la gratitud, si no queréis colocar un yugo sobre vosotros y sobre quien os da.
Eleváos, más bien, con el dador en su dar como en unas alas.
Porque exagerar vuestra deuda es dudar de su generosidad, que tiene el libre corazón de la tierra como madre y a Dios como padre.

CXCV Aniversario de la Inst del Primer Supremo Tribunal de Justicia

Acto Conmemorativo del CXCV Aniversario de la Instalación del Primer Supremo Tribunal de la Justicia de la Nación 1815-2010
Ario de Rosales, Michoacán
Jorge Moreno Martínez, Presidente Municipal de Ario de Rosales, Michoacán.
Licenciado Felipe Calderón Hinojosa, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos. Muchas Gracias por su visita.
Maestro Leonel Godoy Rangel, Gobernador Constitucional del Estado de Michoacán de Ocampo; Ministro Guillermo Ortiz Mayagoitia, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Senador Carlos Navarrete Ruiz, Presidente del Senado de la República; doctor Alejandro González Gómez, Presidente del Supremo Tribunal de Justicia y del Consejo del Poder Judicial del Estado.
Diputada María Guadalupe Calderón Medina, Presidenta de la Mesa Directiva del Honorable Congreso del Estado; licenciado Fernando Gómez Mont, Secretario de Gobernación.
General de Brigada Mauricio Sánchez Bravo, Comandante de la XXI Zona Militar; licenciada Margarita Zavala, esposa del señor Presidente; Senadores, Diputados Federales y estatales, Jueces de Distrito, compañeros Presidentes Municipales, funcionarios públicos, medios de comunicación.
Señoras y señores.
Sean todos ustedes bienvenidos a este municipio.
Hoy que celebramos el CXCV Aniversario de la Instalación del Primer Tribunal de Justicia de la América Mexicana, con el permiso de ustedes, daré lectura al siguiente comunicado:
El Supremo Gobierno Mexicano a sus compatriotas.
Ciudadanos:
Tan empeñada esta suprema corporación en repetidas pruebas de la pureza de sus intenciones, como en exterminar la injusticia y la mala fe de los tiranos de la Patria, medita día y noche los medios más seguros de facilitarlos, al paso de proveer un infinito de incidentes de todas las provincias.
Pero, cómo podrán y lisonjearse de conocer y reunir en general cuanto conviene poner en movimiento, ni de dar a cada parte la ejecución que demanda. O cómo se aventura a las nociones de lo pasado o a una posición poco sincera en medio del estruendo marcial y la premura de las circunstancias.
Vosotros ciudadanos, que libres respectivamente de tales estorbos, abracéis en el círculo de vuestra vista un pequeño número de objetos, cómo, y podéis analizar las ventajas o desventajas de los métodos aplicados en uno o muchos ramos de la administración.
La naturaleza de sus principios, sus enlaces y consecuencias, el origen de los abusos y excesos y el modo de cortarlos, formando convenciones mecánicas, ilustradas por el conocimiento de los lugares y de las personas.
Vosotros sois los que debéis rectificar y acelerar la grande obra del ministerio, por lo menos Él exista en este fin vuestras virtudes sociales y os escoge por sus guías.
Acabad, pues de sacudir el profundo sueño que habéis dormido bajo la pesantez del león español. Entran en posesión del más precioso de vuestros derechos. A la timidez de esclavos, suceda a la confianza de hijos, y a la superchería de indígenas, la generosidad de ciudadanos.
Como no ataquéis al dogma, la sana moral ni la tranquilidad pública, podéis representar a este Supremo Gobierno cuanto os parezca conducente a la felicidad de vuestra Nación, convenciendo prácticamente a los opresores de aquella verdad consignada en la historia de todos los siglos:
Que jamás falte un pueblo virtuoso a producir los talentos que le son necesarios.
Palacio Nacional del Supremo Gobierno Mexicano, en Ario. Febrero 16 de 1815. Firman: José María Liceaga, Presidente; José María Morelos y Pavón, doctor José María Cos.
La Constitución de Apatzingán señalaba que la soberanía residía originalmente en el pueblo, y su ejercicio en el Congreso Mexicano, y además se creó el Supremo Tribunal de Justicia para la América Mexicana, antecesor directo e inmediato de la actual Suprema Corte de Justicia de la Nación, el cual fue instalado el martes 7 de marzo de 1815 en Ario.
Aquel Primer Tribunal estuvo integrado por los magistrados José María Sánchez de Arriola, como Presidente; José María Ponce de León, Mariano Tercero y Antonio de Castro; además de Pedro José Bermeo, como Secretario de lo Civil, y el arience Juan Nepomuceno Marroquín, como Oficial Mayor.
En pocas palabras, con el establecimiento del Primer Supremo Tribunal, en Ario, se hacía realidad en anhelo de Morelos, de reformar el complicado sistema judicial colonial.
Gracias.
***
Magistrado Alejandro González Gómez, Presidente del Supremo Tribunal de Justicia y del Consejo del Poder Judicial del Estado de Michoacán.
Ciudadano Felipe Calderón Hinojosa, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos; maestro Leonel Godoy Rangel, Gobernador Constitucional del Estado de Michoacán; Ministro Guillermo Ortiz Mayagoitia, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; Senador Carlos Navarrete Ruiz, Presidente del Senado de la República; Doctora Guadalupe Calderón, Presidenta del Congreso del Estado de Michoacán; señor Presidente Municipal de Ario; distinguidos miembros del presídium; señora Margarita Zavala; Ministra Margarita Luna Ramos; señoras y señores.
Hoy y aquí, en Ario de Rosales, la República nos convoca para conmemorar, como feliz y oportunamente sucede desde hace 34 años por decreto del Honorable Congreso del Estado, la trascendental significación histórica e institucional, del acontecimiento que recordamos.
La ocasión también es propicia para resaltar los valores y principios incardinados en el ser y quehacer del México que, a 200 años del Inicio de su Independencia y 100 de los albores del Movimiento Revolucionario, tiene su mayor fortaleza en la solidez de sus instituciones.
A la luz del devenir histórico el 7 de marzo representa el inicio formal de las actividades del Primer Supremo Tribunal de Justicia del México que estaba aún inmerso en plena lucha por conquistar su independencia.
Es justo, por lo tanto, recordar y honrar los esfuerzos, sacrificios y penurias que la insurgencia mexicana debió realizar para concretar el Mandato Constitucional de Apatzingán, haciendo posible, incluso en el fragor de la guerra, el acceso a la tutela judicial efectiva.
De igual forma, no podemos olvidar a los fundadores del primigenio Poder Judicial Mexicano: los Ministros José María Sánchez de Arriola, Presidente; José María Ponce de León, Mariano Tercero y Antonio de Castro, asistidos en la Secretaría por Pedro José Bermeo y en la Oficialía Mayor por Juan Nepomuceno Marroquín.
Esta ceremonia republicana, vincula ineludiblemente y cómo no podría ser de otra forma el Primer Supremo Tribunal de Justicia de la Nación con la figura del inmarcesible Morelos.
La visión institucional del Siervo de la Nación dejó su impronta en el diseño y estructura del Tribunal de Ario, y no es menor su influencia y decisión para su implementación.
De la misma forma que con los otros órganos de la potestad soberana, el Supremo Congreso y el Supremo Congreso, Morelos puso su mejor esfuerzo y brillante talento para hacer realidad el entramado institucional consagrado en el Decreto Constitucional de 1814 y lograr la instalación material de la Judicatura.
Igualmente, defenderá la naciente institución judicial de los ataques y amenazas que levantaron las fuerzas contrarias a la Independencia Nacional. La férrea defensa del Estado mexicano que surge a la vida constitucional en 1814 le exigirá, inclusive, el sacrificio de su vida.
No obstante la riqueza histórica del acontecimiento que nos convoca, es su profunda y duradera repercusión ideológica, axiológica institucional, la que permanece indeleble en nuestro espíritu de Nación soberana, capaz de afrontar los desafíos del presente y retos del futuro, con base en nuestra extraordinaria herencia institucional.
El México del Siglo XXI es, por supuesto, muy distinto al de inicios de la época decimonónica, profundos cambios y transformaciones han cincelado el contorno y esencia del país; sin embargo, perdura la sin par concepción republicana que delineó y llevó a la realidad social por breve tiempo el Decreto Constitucional para la libertad de la América mexicana de 1814.
En este sentido, Ario ha sido, es y continuará siendo referencia necesaria e imprescindible como modelo vivo de la armónica división y coordinación entre los poderes depositarios de la soberanía, indispensables para garantizar el mandato constitucional democrático sustantivo del constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.
El trabajo conjunto desarrollado por los tres Poderes del Estado de Michoacán de Ocampo a lo largo de tres décadas para reivindicar y dimensionar este acto fundacional del Estado Mexicano, tiene en el año del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución la mayor significación y trascendencia con la presencia de los Poderes de la Unión.
Así, jóvenes jueces impulsaron en la década de los 70 las primeras conmemoraciones, dejando patente su afán de preservar y transmitir en el ideario colectivo la noticia de la instalación del Primer Supremo Tribunal de la Nación.
Vendría después, desde el Gobierno del Estado, el apoyo decidido para llevar a cabo una rigurosa investigación historiográfica, que constató la plena operatividad del Tribunal de Ario, a pesar de las difíciles circunstancias que rodearon su inicio de actividades y corta vida.
Este esfuerzo culminó y perdura hasta nuestros días, con la expedición por el Congreso Estatal del decreto que hoy nos congrega en esta ceremonia republicana.
De esta forma, contando ya con una rica tradición histórica, Ario nos permite comprender que el respeto y eficacia de los derechos fundamentales sólo es posible mediante la intervención decidida y siempre con apego irrestricto a la legalidad de los jueces.
En efecto, la configuración del Estado social y democrático de derecho al que aspira el pueblo mexicano, precisa una judicatura fuerte, autónoma, independiente, con rendición de cuentas y transparente.
Las tareas encomendadas actualmente a la jurisdicción en el marco del equilibrio de poderes, que garantiza una respuesta expedita a las necesidades de la sociedad mexicana, también requiere de un respetuoso diálogo y colaboración entre pares.
La trascendencia del diálogo judicial cobra aún mayor importancia, teniendo en cuenta los profundos cambios que están en curso en la procuración y administración de justicia, que en breve habrá de transformar radicalmente la forma de interactuar entre la sociedad y la Judicatura principalmente, pero no tan sólo en el ámbito de la seguridad pública y justicia penal.
Así como la memoria de Ario evoca la magnífica y extraordinaria conjunción de esfuerzos para concretar la instalación del Primer Supremo Tribunal de Justicia de la Nación; de igual forma, la implementación de la trascendental Reforma Constitucional en Materia de Justicia Penal de 2008, requiere la voluntad y participación, no sólo de los operadores jurídicos, sino de toda la sociedad.
Los desafíos de la transición legislativa y puesta en marcha del Sistema Penal Acusatorio y Oral, sólo podrán afrontarse oportunamente con el concierto de voluntades y esfuerzo de los tres órganos de Gobierno y la participación informada de la sociedad.
Señoras y señores:
En el preludio del Bicentenario de la instalación del primer Supremo Tribunal de la Nación, Ario revitaliza el compromiso que las instituciones públicas tienen con los mexicanos y las mexicanas.
La sociedad espera y confía que sus jueces, mujeres y hombres administren justicia de manera completa, expedita, con independencia y autonomía, sujetos únicamente al imperio de la ley.
Esta celebración republicana es propicia no sólo para honrar a quienes con inspiración, visión y actuación, dieron a la incipiente Nación Mexicana su Primer Supremo Tribunal de Justicia, sino también para convalidar y reiterar que los derechos y libertades fundamentales tienen en la Judicatura Nacional su mejor garante.
Muchas gracias.
***
Senador Carlos Navarrete Ruiz, Presidente de la Mesa Directiva del Senado y representante del Congreso de la Unión en esta ceremonia.
Ciudadano Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, maestro Felipe Calderón Hinojosa; ciudadano Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; Ministro Guillermo Ortiz Mayagoitia; ciudadano Gobernador Constitucional del Estado de Michoacán; maestro Leonel Godoy.
Distinguidos, distinguidas integrantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y del Poder Judicial del Estado; ciudadano Secretario de Gobernación, ciudadano Presidente Municipal de Ario de Rosales; ciudadano General Comandante de la Zona Militar; ciudadana Presidenta del Congreso del Estado; Ciudadanos Senadores.
Diputados, Diputadas Federales y Locales; señora Margarita Zavala.
Señoras y señores.
Hoy los Poderes de la Unión se reúnen para conmemorar el CXCV Aniversario de la Instalación del Tribunal Supremo para las Américas, piedra angular del Poder Judicial Mexicano y de la actual Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Se trata de una conmemoración especial, porque se realiza en el contexto de la celebración del Bicentenario del inicio de la Independencia y del Centenario de la Revolución.
Especial porque en estos momentos nuestro país exige de sus Poderes Federales, de sus Instituciones y de los titulares de estos Poderes y estas Instituciones, la fortaleza y la visión necesaria para enfrentar la crisis económica que inició a finales del 2008, y para enfrentar con eficacia y eficiencia al crimen organizado, con pleno apego a la ley.
El 22 de octubre de 1814, en Apatzingán, se promulgó el Decreto Constitucional para la Libertad de las Américas. En esos momentos difíciles y definitorios para la lucha por la Independencia, un grupo de mexicanos, encabezados por el General José María Morelos y Pavón, tuvo la visión de proponer la construcción de una Nación que aspiraba a la felicidad para su pueblo y a una clara división de Poderes
En la Constitución de Apatzingán se establece que la ley es la expresión de la voluntad general en orden a la felicidad común, y categóricamente se señala que la ley debe ser igual para todos.
El Supremo Tribunal sería el encargado de hacer valer estos preceptos: un Supremo Congreso, un Supremo Gobierno y un Supremo Tribunal; tres Poderes para una República, en el fragor de la batalla, en medio de la persecución, desde los albores del nacimiento de nuestra Nación, los Constituyentes de 1814 vislumbraron con acierto la necesidad de que el Estado mexicano se sustentara en Tres Poderes, de cuyo equilibrio dependiera su permanencia y estabilidad.
Hoy concurrimos a Ario de Rosales, Michoacán, quienes representamos a los Poderes de la Unión, y lo hacemos en momentos en los que el Congreso enfrenta intentos por vulnerar su autonomía.
Hay quienes creen que se puede retroceder a los tiempos en los que las cámaras legislativas sólo eran convalidadoras de reformas y leyes, cuando los dictámenes legislativos se elaboraban fuera de las comisiones del Congreso. Eran tiempos en los que el equilibrio de poderes era letra muerta en la Constitución. Pero los tiempos cambiaron. La alternancia en el ejercicio de poder llegó y junto con ella, llegaron también pretensiones de regresiones inadmisibles.
Hoy, el Congreso de la Unión no debe aceptar que poderes fácticos o personajes ajenos a la vida legislativa negocien dictámenes y votaciones, como si nada hubiese pasado en los últimos 20 años.
Todas las aspiraciones políticas son legítimas. Pero nadie, nadie debe pretender colocarlas por encima de la independencia del Poder Legislativo. Nadie, con la pretensión de colocarse la Banda Presidencial en un futuro cercano, puede construir su aspiración negociando medidas legislativas que sólo corresponden a las funciones de los integrantes del Congreso de la Unión. Una regresión de esta naturaleza no puede ser aceptada.
Señoras y señores:
En las últimas cuatro décadas, y particularmente desde 1988, nuestro país y sus instituciones se han transformado sustancialmente.
Por fortuna, la democracia, la pluralidad y la diversidad han permeado por todos los ámbitos de la vida social, política e institucional. El Poder Judicial no es la excepción.
En los últimos 20 años, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha experimentado cambios sustanciales en tres ámbitos: en el número de sus integrantes, en la transparencia de su funcionamiento y en su incidencia en los temas de interés nacional.
Los avances, sin duda alguna, son notables. Sin embargo, también resulta evidente lo mucho que nos falta por hacer.
Desde el mirador del 2010 y desde este lugar histórico, resulta pertinente realizar una pregunta: Qué Poder Judicial necesita México en el Siglo XXI.
Un Poder Judicial, sin duda alguna, independiente. Ministros y jueces comprometidos con la justicia y el Estado de Derecho, un Poder Judicial comprometido con la justicia y la transparencia.
Desde la perspectiva de combatir la inseguridad y detener la violencia desatada por el crimen organizado, con una visión integral, desde la prevención del delito, hasta la readaptación social, seguir fortaleciendo al Poder Judicial constituye una necesidad impostergable.
Que esta conmemoración sirva para recordar el valor, la visión y el compromiso de los mexicanos que construyeron los cimientos de nuestro Poder Judicial.
Muchas gracias por su atención.
***
Ministro Guillermo Ortiz Mayagoitia, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Maestro Felipe Calderón Hinojosa, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos; Senador Carlos Navarrete Ruiz, Presidente de la Mesa Directiva del Senado y representante del Congreso de la Unión en esta Ceremonia.
Maestro Leonel Godoy Rangel, Gobernador Constitucional del Estado de Michoacán de Ocampo; señora Diputada Guadalupe Calderón Medina, Presidenta del Congreso del Estado; señor Magistrado Alejandro González Gómez, Presidente del Supremo Tribunal de Justicia del Estado.
Contador público Jorge Moreno Martínez, Presidente Municipal de Ario de Rosales; señor Secretario de Gobernación; y señor General de División, Comandante de la Zona Militar; señora Margarita Zavala y señora Ministra Margarita Luna Ramos; señoras y señores Magistrados y jueces; señoras y señores legisladores; muy distinguidos invitados.
Hace 200 años se gestaba el Movimiento de Independencia de una Colonia que aspiraba a ser Nación; de un pueblo que se volteó a ver a sí mismo como soberano, que miró la tierra como suya y que vio en las leyes su propia y libre voluntad.
Con el Grito de Independencia también se proclamaba la decisión de los mexicanos de construir su propia historia, sus propias normas, su propia justicia.
Ario, señoras y señores, es la simbólica piedra angular que dio solidez al edificio de la justicia en nuestro país; es el punto de donde irradian todos los caminos de la justicia en México.
Cuando don José María Morelos y Pavón concibió la Nación, de la que se declaró Siervo, no dudó en fundar un Poder Judicial, cuya esencia constitucional, plasmada en la Constitución de Apatzingán, trasciende hasta nuestros días. Él percibió con toda claridad la garantía de imparcialidad de los miembros de todo tribunal de justicia; la renovación escalonada de sus integrantes, que preserva la memoria institucional y se enriquece, a la vez, con las nuevas visiones.
El nombramiento de los integrantes del Alto Tribunal por decisión del Congreso, la salvaguarda de los conflictos de interés mediante prohibiciones que impiden que uno de los miembros de otro de los Poderes se integre al Supremo Tribunal, o viceversa, salvo en los supuestos previstos en la propia Constitución.
La votación calificada para ciertas decisiones que se consideran particularmente relevantes, y la gratuidad como garantía característica de nuestro Sistema Nacional de Justicia.
Todos estos principios estaban contenidos en el Decreto Constitucional para la Libertad de la América Mexicana, sancionado en Apatzingán el 22 de octubre de 1814, y son el fundamento normativo del Supremo Tribunal de Justicia para la América Mexicana, instalado aquí, el 7 de marzo de 1815.
Los juzgadores que aquí ejercieron funciones juraron sus cargos teniendo esos principios en mente, que son, por cierto, los mismos que los Ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, seguimos honrando, con pleno respeto a nuestra historia y a nuestro presente.
Apenas a cinco años del inicio del movimiento de Independencia, teníamos Constitución, teníamos principios y normas que inspiraban y orientaban la labor judicial. Afuera de las ventanas y las puertas del Tribunal de Ario había problemas; el grave conflicto social enfrentaba a grupos de individuos de manera violenta y perturbadora.
Narra la historia que aquellos mexicanos que representaron los primeros Poderes independientes tuvieron que mudar de residencia constantemente, pero no para huir, sino para seguir ejerciendo sus atribuciones, con la clara convicción de que en México regía un orden jurídico nacional independiente y soberano.
Con ello quiero decir que desde sus orígenes, México quiso construir instituciones dedicadas en su esencia y en su presencia a la vigencia de un orden normativo justo, a la defensa de las libertades mediante argumentos, razones, leyes y sentencias, más que por las armas y la violencia.
Diversos conflictos acompañaron todas las etapas que siguieron al México de 1810. Tenemos una historia de 200 años que se narra mezclando episodios trágicos y dolorosos, desafiantes y perturbadores, con una incansable determinación por el derecho.
La Constitución es, así, el relato de las grandes cicatrices y anhelos nacionales. En ella hemos reflejado las grandes metas que convierten los enfrentamientos en pactos, en valores y en principios que se fortalecen con el paso del tiempo, y se hacen cada vez más exigibles ante los tribunales, ante los tribunales mexicanos que iniciaron aquí, en Ario.
Afuera de las mismas paredes y ventanas, México vive, nuevamente, episodios de violencia criminal que desacatan las normas e inquietan a nuestra sociedad. Igual que entonces, quienes ejercemos los Poderes seguiremos firmes, con la misma convicción de que el orden jurídico nacional está por encima de todos nosotros y debe ser cumplido y respetado.
Hoy, en memoria de aquel Tribunal, la presencia de los tres órdenes de Gobierno, de los Tres Poderes, aquí, en Ario, refrenda el gran mandato constitucional que tenemos todos los mexicanos para fortalecer y modernizar nuestra justicia, entendida como forma cotidiana de vivir pacíficamente en esta Nación.
La historia nos ha heredado leyes y reformas trascendentes, con las que nuestros antecesores cambiaron al país que no queríamos ser, por el país que anhelamos los mexicanos desde siempre, y con el que debemos comprometernos en cada generación y en cada uno de nuestros episodios históricos.
Sólo la Constitución y las leyes legitiman las órdenes y la obediencia; sólo la legalidad y la constitucionalidad honran la Independencia, la Revolución y todos los demás capítulos de la historia nacional. La unidad en la defensa de esos grandes principios es la única que garantiza la pluralidad pacífica y constructiva.
Coinciden los expertos en que los elementos que componen al Estado son: Gobierno, territorio y sociedad.
El Gobierno está presente en este evento. El territorio es el gran país, cuya historia conmemoramos a lo largo de este año. La sociedad es el origen y el destino de todos los esfuerzos comunes. Por eso, este lugar es un baluarte de nuestra cultura jurídica y constitucional, de la que tenemos y de la que estamos obligados a construir todos y cada uno de los mexicanos.
La justicia se imparte pero, sobre todo, se vive, se difunde, se enaltece y se inculca generación tras generación. La justicia debe ser virtud para que se acuda a ella con esperanza. La justicia debe ser vocación social para que la impunidad no se convierta en aspiración de nadie.
La justicia debe ser la cara común de toda autoridad para que la obediencia a la ley sea el código moral compartido por colectividades e individuos. La justicia debe ser el mandato que rija la vida, las transacciones y las relaciones en lo público, lo privado y lo social, para que la seguridad y la paz sean la regla y el conflicto, la excepción.
Me he referido al inmueble del Tribunal de Ario como un baluarte. Me referiré ahora a la fecha como un símbolo o estandarte. La Asociación Mexicana de Impartidores de Justicia, AMIJ, ha declarado el 7 de marzo como el Día Nacional del Juez Mexicano. El Poder Judicial de la Federación, había declarado ya este mismo día, como el Día del Servidor del Poder Judicial Federal.
Todas las jurisdicciones de todo el país, concurren en esta Asociación y acordaron, unánimemente, reconocer en esta fecha el origen de su mandato, de su linaje y de su gran vocación por el país.
Desde Ario, un mandato similar une a la Suprema Corte y al Poder Judicial de la Federación, con la justicia electoral, con todos los Tribunales Superiores de Justicia de los Estados de la República, con la justicia administrativa y fiscal, con la justicia laboral y con la justicia agraria. Todos esos órganos y todos los jueces del país que los integran, son los apartados de la AMIJ, y son descendencia directa de aquél que fue el verídico primer órgano impartidor de justicia netamente mexicano. Me explico.
En la época Precolonial, nuestro territorio estuvo habitado por distintos reinos y naciones autóctonas, con sus propias formas de administrar justicia. Entonces México no existía como Nación.
Durante la dominación española se establecieron la Real Audiencia de la Nueva España, con sede en la Ciudad de México, y posteriormente la Real Audiencia de Guadalajara.
Eran tribunales del reino español para administrar justicia en lo que fuera el Virreinato de la Nueva España. En la Constitución de Cádiz se sustituyeron las Reales Audiencias, por las audiencias territoriales, también de cuño español.
En cambio, el Supremo Tribunal que se estableció aquí, en Ario, hoy de Rosales, constituye la aspiración de la nueva Nación independiente para administrar una forma de justicia nacional que nos identifica a todos los mexicanos.
Por eso, reconocemos aquí el origen de la jurisdicción nacional, el origen de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y de toda jurisdicción que se instituye por y para el pueblo soberano, que hace 200 años quiso hacerse cargo de sí mismo y de su descendencia; y nos encomendó a los juzgadores velar por la supremacía de la legalidad, de la libertad y de la igualdad, que se ha inscrito desde siempre en la Constitución Mexicana.
Honramos esa memoria con las palabras del Siervo de la Nación: Que todo aquel que se queje con justicia tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el arbitrario.
Escuchamos su Apotegma de nuevo en este emblemático lugar, génesis de la justicia, para reiterar, en este Año de la Patria, nuestra determinación para darle vigencia efectiva en este Siglo XXI, el cual nos corresponde escribir ahora a todas y a todos los mexicanos.
Muchas gracias.
***
Leonel Godoy Rangel, Gobernador Constitucional del Estado de Michoacán.
Buenas tardes.
Deseo saludar respetuosamente a los integrantes del presídium. Al licenciado Felipe Calderón Hinojosa, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos; a la señora Margarita Zavala, Presidenta del Sistema DIF Nacional; al Ministro Guillermo Ortiz Mayagoitia, Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Al Senador Carlos Navarrete Ruiz, Presidente del Senado de la República; al doctor Alejandro González Gómez, Presidente del Supremo Tribunal de Justicia del Estado de Michoacán.
A la Diputada María Guadalupe Calderón Medina, Presidenta de la Mesa Directiva del Honorable Congreso del Estado; al señor licenciado Fernando Gómez Mont, Secretario de Gobernación.
Al General de Brigada Diplomado Estado Mayor, Mauricio Sánchez Bravo, Comandante de la XXI Zona Militar; y al contador público Jorge Moreno Martínez, Presidente Municipal de Ario.
También deseo saludar respetuosamente a todo este auditorio muy especial: señora Ministra, señor Senador, señores Diputados Federales, señores Diputados Locales, señores Presidentes Municipales, señores Magistrados y Jueces Federales y Locales, servidores públicos federales, estatales y municipales que nos acompañan en este acto conmemorativo del CXCV Aniversario de la Instalación del Primer Supremo Tribunal de Justicia de la Nación 1815; hoy en el 2010, año del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución.
Sin duda, es un momento histórico, porque por primera vez este evento, que tiene significancia nacional, recobra su carácter republicano al estar presentes los tres Poderes de la Unión, además de los Poderes Locales y la representación municipal.
Sólo el Presidente de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, el Diputado Francisco Ramírez Acuña, no está presente de última hora, por un problema de enfermedad.
En el 2005 estuvieron los Poderes locales: el Presidente de la República y el Presidente de la Corte. Pero es la primera vez que están presentes los tres Poderes de la Unión, con lo que se resalta este carácter republicano, que todos debemos de defender.
Hoy asistimos al reconocimiento del hombre por excelencia de la Independencia, por su genio ideológico, político y militar, michoacano, don José María Morelos y Pavón, quien, precisamente, decidió ofrendar su vida por un México diferente, independiente, pero también por un México republicano.
Ya aquí se ha dicho cómo se resolvió y cómo defendió con su vida la instalación del Supremo Congreso, el Supremo Gobierno y el Supremo Tribunal.
Y el objetivo, en nuestra opinión, del Generalísimo Morelos fue de una justicia, pero distributiva, de derechos y obligaciones del Estado y de los ciudadanos.
Como Gobierno, estamos convencidos que la justicia comprende también otros rubros en beneficio de la sociedad. La existencia del Sistema de Salud Pública, del Sistema de Educación Pública y la dotación de trabajo son elementos necesarios en la justicia de las autoridades hacia los gobernados.
Sumado a esto, debemos de pugnar por tener transversalidad en las políticas públicas, como otro elemento de la justicia, para que accedan a ellos los grupos más desfavorecidos de nuestra sociedad.
En esa búsqueda de justicia es responsabilidad de los gobiernos fortalecer los sistemas de salud, de educación, porque no podemos hablar de justicia, mientras la mayoría de los mexicanos no tengan estos satisfactores de sus primarias necesidades.
Por eso, es obligación nuestra velar por el equilibrio de poderes, por el respeto a la Constitución, y por la paz y la tranquilidad y la seguridad de la población.
El concepto de justicia de Morelos va más allá de la sola aplicación de las leyes, que ya de por sí es importante, porque nada ni nadie debe estar por encima de la ley. Pero él vio más allá. Su concepto de justicia fue un concepto de justicia social. Y a eso debemos de atenernos los gobernantes, cuando pensamos en la justicia distributiva.
Con la instalación del Supremo Tribunal de Justicia de la América Mexicana, don José María Morelos buscó liberar a los pobres, no sólo de la esclavitud, sino también de la explotación y la injusticia.
Y por eso, en el Año del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución, debemos de estar a la altura de las necesidades de la sociedad y buscar la justicia en todas las acciones de Gobierno.
Bienvenidos.
Felicidades y muchas gracias por acompañarnos en este trascendental evento.