19 sep. 2010

Hidalgo

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Letras Libres de SEPTIEMBRE DE 2010
El padre incendiario

Bajo el sello de Tusquets, este mes empieza a circular el libro De héroes y mitos, nuevo empeño de Enrique Krauze por desacralizar nuestra historia de bronce. De ese volumen seleccionamos esta pieza dedicada a la gestación del mito de Hidalgo como Padre de la Patria.1

Poco antes de atacar la ciudad de Guanajuato, el 21 de septiembre de 1810, el cura Hidalgo envío a su amigo, el intendente José Antonio Riaño, una carta en que la que intentaba persuadirlo de rendir pacíficamente la plaza. El movimiento –le decía– podía parecerle “precipitado e inmaduro” pero “no pudo ser de otra forma”. Por lo demás, “el liberar de la opresión a América los disculpará más adelante”. El intendente, como se sabe, no accedió al ruego, encomendó a Hidalgo que viese por su familia, se aprestó a defender la ciudad y murió, como cientos otros, españoles e insurgentes, en la Alhóndiga de Granaditas. Los “ríos de sangre” que corrieron desde entonces y que Hidalgo recordó en los juicios que se le siguieron en Chihuahua, le provocaron remordimiento.2 En su hora postrera Hidalgo buscaba la salvación eterna, pero fuera de lamentar genuinamente “la ligereza inconcebible y frenesí” con que había acometido su empresa así como la ruina y destrucción que había sembrado a su paso, siempre justificó la revolución que había encabezado. Lo que ocurrió, como todo mexicano sabe, es que “más adelante” la historia no solo lo disculpó: lo cubrió de gloria, lo canonizó y finalmente lo santificó. El cura Hidalgo es y será el Padre de la Patria. Pero su elevación a los cielos cívicos tiene su propia historia. En 1964, don Edmundo O’Gorman la trazó en su brillante discurso de ingreso a la Academia de la Historia que tituló “Hidalgo en la Historia”. En homenaje a aquel gran historiador, vale la pena volver sobre el tema, con algunas fuentes e hipótesis adicionales.

Aunque la glorificación dio inicio en 1812, cuando Ignacio López Rayón llamó a “mantener viva la lucha iniciada en tan memorable día” (16 de septiembre), y avanzó un año después, cuando en sus “Sentimientos de la Nación” Morelos llamó a “solemnizarlo”, el ascenso meteórico de Iturbide retrasó el proceso. El “Héroe de Iguala” marcó siempre su distancia con los métodos de Hidalgo y proclamó el 27 de septiembre como el nacimiento de la nación. Con todo, la memoria de la insurgencia no podía borrarse por decreto y en marzo de 1822 se formó una comisión para “examinar escrupulosamente quiénes eran los verdaderos héroes”. Tras la caída de Iturbide la balanza se inclinó por Dolores sobre Iguala. En julio de 1823 el Congreso Constituyente dio el primer paso en el camino de la sacralización: ordenó el traslado de los restos de los insurgentes a la catedral metropolitana.

El 16 de septiembre de 1825 arranca la tradición de los discursos cívicos. El periodista queretano Juan Wenceslao Barquera (entonces director de la Gaceta Oficial, que años atrás había escrito a favor de la Independencia y comprado una imprenta para Rayón) pronuncia la primera oración, presagio de las miles que vendrían. En ella habla del espíritu de “los Hidalgos”, “los Allendes” y “los Morelos”, etc., y delinea un cuadro histórico que se volverá habitual: la larga tiranía rota al fin por el “fuego santo encendido en el grito”. El año siguiente, al hacer su loa a la Independencia en la Plaza Mayor de la capital, un veterano de la conspiración de 1808, Juan Francisco de Azcárate, a pesar de haber colaborado con el Imperio, se cuida de no mencionar al rival histórico de Hidalgo, Agustín de Iturbide. En 1827, el veracruzano José María Tornel y Mendívil (insurgente desde 1813, adherente del Plan de Iguala, diputado del segundo Congreso Constituyente y a la sazón secretario del presidente Guadalupe Victoria) remonta la significación de la Independencia hasta Anáhuac, y así reintroduce un tema presente de Fray Servando y Carlos María de Bustamante: la venganza del orbe indígena sobre el imperio español. Pero Tornel vuelve a referirse al 27 de septiembre, ya no como el episodio exclusivo de la liberación de México sino como el “complemento del gran día”. Su tono, todavía, es de optimismo desbordado: “¿Qué fuimos nosotros sometidos al yugo extraño? Esclavos miserables. ¿Qué somos hoy? Libres y felices. Para nuestros descendientes, largos y serenos días se prometen de ventura y gloria.” En 1828, otro miembro del gabinete, el sacerdote, político y naturalista veracruzano Pablo de la Llave (representante ante las Cortes en 1820, ministro de Justicia y Culto de Iturbide), agrega una corona más al altar: exalta el motivo guadalupano de las huestes de Hidalgo. En 1829, el honor corresponde al canciller José Manuel de Herrera. Lugarteniente de Morelos, veterano de la toma de Oaxaca, editor de El Correo Americano del Sur y diputado en el Congreso de Chilpancingo, Herrera aprovecha la ocasión para impartir una clase de historia y resaltar (en el contexto de la reciente derrota de la expedición de reconquista española, el 11 de septiembre de 1829) las bondades de la Independencia.

En 1830, el poeta y abogado michoacano Francisco Manuel Sánchez de Tagle (redactor del acta de independencia, diputado y primer gobernador de su estado) encomia genéricamente a “los héroes de Dolores”. Dos años después, tras la ejecución de Vicente Guerrero y durante el primer período de Anastasio Bustamante, el orador José Domínguez Manso lamenta la división de los mexicanos y al hacerlo abre paso a la reivindicación del emperador que predicaba la Unión: “Hidalgo sembró, Iturbide regó y benefició la planta.” En 1834, ya con sus primeros atisbos de dictador, otro personaje pretende inscribir su nombre en el altar perenne de la patria: el presidente Santa Anna. El sacerdote guanajuatense José María Castañeda y Escalada lo equipara con “el sabio Hidalgo” (a quien se había adherido desde la más temprana insurgencia) y con el “Héroe de Iguala, tan ilustre como desventurado [...] que secundó felizmente el glorioso grito de Dolores”. “Ilustre presidente, gloria de Zempoala –le dice a Santa Anna– [...], general invicto y defensor inmortal de la independencia que protegieron el Dolores y protegieron después con sus talentos ilustres y armas invencibles, aquellos héroes que tienen en nuestros corazones mil altares erigidos.”

Hasta aquí, a quince años de consumada la Independencia y en las postrimerías de la primera y azarosa República Federal, los discursos del 16 de septiembre (pronunciados por miembros de la promoción más joven de la generación insurgente, nacidos en los años setenta y ochenta del siglo XVIII, criollos en su mayoría) reflejan las circunstancias políticas de cada momento: van del optimismo desbordado por el futuro esplendor de la joven y opulenta nación, a los graves llamados por mantener la unión interna y la concordia. La retórica hispanófoba aparece también, hacia 1827 y 1829, acompañando a las expulsiones de los españoles decretadas por los gobiernos de Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero. Finalmente, ya en la década siguiente, una incipiente autocrítica lamenta la distancia entre los sueños y la realidad.

A veinticinco años de distancia, en ningún caso se pone en entredicho la gesta fundadora de Dolores. El denominador común al abordarla es la justificación histórica que Hidalgo argumentó siempre: la libertad para América. El altar relucía pero, curiosamente, la preeminencia de Hidalgo es apenas manifiesta. No hay aún una sola estatua con su efigie. En Celaya, el primer monumento dedicado a la Independencia es genérico, no individual. Hidalgo es el iniciador y un primus inter pares de los “héroes de Dolores”. Y todavía lo esperan (como en los campos de 1810) algunas batallas. Iturbide, “el varón fuerte que libertó a su patria”, sufría el ostracismo que siguió a su trágico final, pero aun así libraba una batalla póstuma para lograr al menos un nicho, seguido de cerca por la celosa figura de Santa Anna que ambicionaba algo más: ser bronce en vida.

La llegada del centralismo reivindica decididamente a Iturbide. En 1835 su nombre se inscribe en el salón de sesiones del Congreso, en 1837 se celebra el 27 de septiembre como una fecha complementaria al 16. Pero justamente el 16 de septiembre de ese mismo año se pronuncia en Durango la primera gran oración cívica de la era independiente que revela la dimensión ya inalcanzable de Hidalgo. Es obra del joven abogado liberal y constituyente de 1833 José Fernando Ramírez (1804-1871). Investigador puntual ya entonces de la historia antigua de México, en 1827 había formado en su natal estado de Chihuahua una Junta Patriótica con el nombre de Hidalgo. (La presidía, por cierto, el antiguo capitán virreinal llamado Pedro Armendáriz que había encabezado el pelotón de fusilamiento y a quien debemos la descripción pormenorizada de esa última escena.) En aquella oración cívica, como si rastreara la tradición que convenía a la biografía de Hidalgo, Ramírez echaba mano de sus inmensos conocimientos de historia sagrada y literatura clásica. ¿Era un héroe homérico? ¿Era un nuevo Matatías, “refugiado en los montes, con solo sus cinco hijos, desafiando todo el poder de Antíoco para vindicar la ley de mano de los Reyes”, como decía el Libro de los Macabeos? Era todo ello, pero Ramírez resaltó sobre todo el diseño divino de la obra, una historia cíclica de venganza y redención: “La justicia del cielo tarda, y tarda para hacer más doloroso su castigo. El pérfido atentado cometido en la persona del bondadoso monarca mexicano (Moctezuma), que premió al español con riquezas y honores, clamaba por venganza y la tuvo.” En este caso, Ramírez se refería específicamente a la postración de Fernando VII ante Napoleón. Lo cual lo lleva a Hidalgo: “tal vez Hidalgo reflexionaba en la asombrosa coincidencia que presentaban los fenómenos y sucesos de su época con los ocurridos trescientos años antes; más si aquellos precedieron la ruina de un opulento imperio. ¿Qué podían anunciar para el que parecía irrevocablemente esclavizado? ¿La libertad?” Ramírez imagina a Hidalgo, al ilustrado Hidalgo, sumido en aquellas meditaciones metafísicas, descifrando los cometas y los augurios, pensando en “el antiguo solio de los aztecas”. Y en su composición histórica, ve a Hidalgo como el sucesor de los principales jefes de la conspiración de Martín Cortés, criollos y mestizos como los jefes insurgentes.

Con todo, a final de la década Iturbide parecía haber asegurado un lugar en el altar de la patria, siempre en un segundo plano. Desde 1838 sus restos descansaban en la catedral. Pero el horizonte histórico del país se había nublado. ¿Qué cabía decir en las fiestas del 16 de septiembre? Los criollos en el poder se sienten inferiores a aquellas hazañas (Dolores e Iguala), y con plena razón. Muy significativo a este respecto es el discurso que pronuncia en 1838 el entonces abogado y catedrático del Seminario de Morelia, y años después obispo de Michoacán, Clemente de Jesús Munguía. Exponente principalísimo de la postura ultramontana en la Guerra de Reforma que estallaría veinte años después, Munguía lamentaría con el tiempo que los ardores de un juvenil liberalismo lo hubiesen llevado a pronunciar palabras que juzgaría excesivas: “El pueblo todo se levanta en masa para arrojar a sus opresores: un río de sangre señalaba los medios; pero una nación independiente anunció por fin el más admirable y glorioso de todos los triunfos. ¡Lección terrible para los usurpadores!” Pero la exaltación de Munguía es muy distinta, en su tono, a las cándidas homilías de los años veinte. Esta es hija de una desesperación muy concreta que nace de comparar el sueño de libertad de 1810, y los ensueños de grandeza de 1821, con la precaria realidad de su tiempo:

¡El 16 de septiembre de 1810...! tal vez la memoria de este día no será ya para nosotros sino una fuente inagotable de los más dolorosos remordimientos [...] ¡Los hijos de Morelos...! ¡Oh michoacanos! ¿no habremos desmerecido ya este título ilustre? Sería necesario abjurar el amor de la patria, para no celebrar un acontecimiento que la cubrió de gloria, pero no lo sería menos renunciar para siempre a la idea de la felicidad, para no volver después una mirada sobre nosotros.

 En el mismo sentido, enlazando los dos momentos, evocaba el cenit de Iturbide:

 ¿Os acordáis ciudadanos míos? Al distinguir el retrato de Iturbide, el recién nacido extendía sus tiernos brazos para abrazar a su libertador, el anciano decrépito se creía rejuvenecido por una ilusión feliz que acaso no volverá jamás...

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“Hijos, decía [...], morimos pero no quedaréis huérfanos: mirad a vuestro libertador, mirad a vuestro padre, mirad a Iturbide.” [...] ¡Momento de embriaguez! ¡Época encantada! ¡Edad de prestigios!

 A juicio del sombrío Munguía, la muerte de Iturbide (“¡oh desesperación! ¡Un crimen calculado! ¡Oh verdad funesta! ¡Tú habías de quedar para nuestra execración eterna! La ingratitud, la perfidia, la crueldad”) había sido el pecado original en “la historia deplorable de nuestra conducta política”. Y el motín de la Acordada, la expulsión de los españoles, “el fin del ilustre y desgraciado Guerrero”, la guerra de Tejas que “anuncia nuestra debilidad”, la invasión de los franceses, habían sido los sucesivos capítulos de un mal mayor, que estaba por venir: “El drama está en su desenlace y México en el borde de su tumba.”

Los criollos de las diversas facciones no encontraban el modo de hacer gobernable a la joven nación. En ese contexto, José María Gutiérrez Estrada encabeza el resurgimiento de la idea monárquica y, como antítesis, se producen al menos dos discursos de importancia. Ambos intentan variaciones sobre el tema histórico. Sus autores pertenecen a una nueva generación nacida poco antes del Grito. El primero, en la ciudad de México en 1840, es del abogado y legislador zacatecano Luis de la Rosa (1805-1856). Sus comparaciones del pueblo mexicano bajo el yugo español con el cautiverio del pueblo de Israel bajo el faraón y el señalamiento de los horrores de la Conquista (más feroces, dice, que los de Huitzilopochtli) le sirven para poner en su justa dimensión las crueldades de la insurgencia (condenadas, entre otros, por el doctor Mora en México y sus revoluciones, 1836). Pero, con ser interesantes, son menos reveladoras que su improbable perfil de un Hidalgo republicano y el detallado balance de dos décadas: con todas sus vicisitudes y desengaños –sugiere De la Rosa– la Independencia había traído libertades, comercio e industria impensables en los siglos virreinales.

El segundo discurso tuvo lugar en Oaxaca ese mismo año. El orador fue el abogado y miembro del poder judicial del estado Benito Juárez (1806-1872). Lo inédito del caso es que se trataba de un político de origen realmente indígena, zapoteca, y tal vez por eso la resolución y el tono que se perciben en sus palabras no tienen precedente. Juárez parece vivir los agravios virreinales en carne propia. Su recuento de la Conquista centrado en el agravio indígena, su mención de “los viles tlaxcaltecas [que] prefirieron una rastrera venganza al honor nacional”; su crítica al legado de España adverso a las artes, a las ciencias, proclive al “aborrecimiento del trabajo” y al “deseo de vivir de los destinos públicos”, causa en fin de “nuestra miseria, nuestro embrutecimiento, nuestra degradación y nuestra esclavitud por 300 años”; y su referencia a “la estúpida pobreza en que yacen los indios, nuestros hermanos” integran un texto de una gravedad insólita. Sobre ese horizonte de indignación moral se levanta su elogio a Hidalgo: “¡Oh suceso mil veces venturoso! ¡Oh sol de 16 de septiembre de 1810! Tú, que en 60 lustros habías alumbrado nuestra ignominiosa servidumbre, esclareces ya nuestra dignidad.” Y a la lección de historia sigue un propósito para los republicanos de la hora: “imitar la noble resolución de Hidalgo [...], desechar de nuestro sistema político las máximas antisociales con que España nos gobernó y educó tantos años”. En ese discurso Juárez en 1840 prefigura a Juárez en la Reforma.

La década siguiente, marcada ya por la pérdida de Tejas y el fugaz conflicto con Francia, comenzó como se sabe con una creciente inestabilidad y desembocó en la invasión estadounidense y la pérdida del territorio. Varios personajes llamados a figurar en el futuro inmediato tomaron la palestra. En 1843, el legislador poblano José María Lafragua (1813-1875) recurre como de costumbre a la historia y explica el movimiento de independencia como un cambio inevitable de mentalidades. Desde una óptica liberal como la de su mentor José María Luis Mora pero con mayor acento en la evolución histórica, ese mismo año el diputado por Jalisco Mariano Otero (1817-1850; que a su vez acababa de publicar su “Ensayo sobre el verdadero estado de la cuestión social y política que se agita en la República Mexicana”) explica los hechos como un ascenso de la “emancipación de la especie humana” y quizá por primera vez se refiere a Hidalgo como el “sublime anciano de Dolores”. En su recuento de personajes, significativamente, Otero no omite a Iturbide. Y acaso por su juventud, resalta lo logrado por encima del infortunio: “Más duras fueron las cadenas de tres siglos que el malestar de quince años de discordias.” En cambio el poeta y periodista Guillermo Prieto (1818-1897; el futuro jacobino, por entonces un suave y moderado liberal) va más allá, y en septiembre de 1844 desliza en la Alameda un piadoso comentario sobre el emperador: “Vedlo ahí con su pelo rubio que cae sobre su frente augusta, reveladora de su grande inteligencia, con su apostura radiante como la gloria, con su mirada esperando su íntima conmoción y su ternura. El pueblo lo adoraba porque aquella noble figura personificaba su libertad.” La apelación paralela a Hidalgo e Iturbide hermanados se explica quizá por el inminente peligro de desintegración política:

 ¡Patria de mis hermanos que me escuchan! ¡Patria mía! ¿Fue inútil la sangre de tus héroes? ¿Fue tu abnegación y su heroísmo un sacrificio estéril? [...] ¡No, amada patria mía [...], cuna de Hidalgo y de Iturbide: levanta al cielo tus votos; estrecha en tus brazos a tus hijos, encadena las aspiraciones personales, ahoga el egoísmo, haz que impere el espíritu de felicidad y de amor al pueblo! [...] ¡Mexicanos, que nuestra patria brille algún día ante el mundo, como brilló en los tiempos que la alumbraba el sol espléndido de Iguala!

 De pronto, han cesado las referencias teóricas o líricas a la historia indígena y virreinal que presuponían una era de triunfo. En septiembre de 1845, otro futuro protagonista de las Guerras de Reforma e Intervención, Manuel Doblado (1818-1865), poco antes catedrático de geografía y derecho en su natal Guanajuato, avizora con claridad la inminente tragedia y declara temer que ese 16 de septiembre fuese el último. En 1846, la premura impide a Luis de la Rosa mejor opción que la de repetir su discurso de 1840. Por fin, el fatídico 16 de septiembre de 1847 no hay discursos. No podía haberlos. La bandera de las barras y las estrellas ondeaba en el Zócalo. El “Boletín de Noticias” de Toluca anunciaba que México estaba manifestando al mundo entero que “no olvidaba los hechos de los antepasados” y que las fuerzas de la Guardia Nacional “se habían cubierto de gloria”. Pero el viejo cronista Carlos María de Bustamante deambula por las calles de México y anota la paradoja cruel de que en ese día, lluvioso casi siempre, el sol brille sobre un cielo sin nubes.

Consumada la derrota, en 1848 otro miembro de la futura generación de la Reforma, José María Iglesias (1823-1891), entonces jefe de redacción del periódico El Siglo Diez y Nueve, pronuncia un discurso en verdad desgarrador, desnudo casi de retórica, dolor puro, con un epígrafe de Dante: “Nessun maggior dolore/ che ricordarsi del tempo felice/ ne la miseria...” La memoria del pasado inmediato, que parecía promisorio, el recuerdo del pueblo apesadumbrado el 16 de septiembre de 1847 lo torturan. “Traemos vergüenza en la frente y remordimiento en el corazón”, apunta Iglesias, y tras hacer el recuento de los vicios públicos que habían preparado el desastre, se enfrenta al tribunal de los héroes:

 ¿Qué responderíamos satisfactoriamente a los héroes de la independencia si volvieran a la vida por un momento para llamarnos a juicio? Ellos nos dejaron un territorio vastísimo, y nosotros le hemos cercenado a la mitad: ellos nos dejaron abiertas las fuentes de riquezas inagotables, y nosotros arrastramos ya una existencia envilecida [...], solo veo faltas y desgracias en lo pasado, faltas y desgracias en lo presente, faltas y desgracias en el porvenir...

 La mirada no está ya en el pasado idílico sino en el futuro incierto, que Iglesias convoca con tonos proféticos, no inusuales en aquel tiempo tristísimo: “Regeneración, mexicanos, regeneración completa y absoluta en vuestras costumbres, si no queréis acabar de una de esas dos maneras [...] Estamos ya en la orilla del abismo: un paso más, y nos precipitamos en la sima horrorosa de nuestra destrucción.”

En 1849, un acontecimiento editorial enciende los ánimos, polariza las posturas políticas y las actitudes ante la historia. Lucas Alamán (1792-1853) da inicio a la publicación de su Historia de Méjico, durísima invectiva contra los insurgentes, en particular contra Hidalgo. Alamán, como es sabido, había sido testigo presencial de los episodios en Guanajuato que narró con escalofriante precisión. No estaba solo en su crítica a esa fase inicial de la insurgencia. Con matices, el doctor José María Luis Mora (1794-1850) y antes que él Lorenzo de Zavala (1788-1836) compartían su repudio a la violencia revolucionaria. Pero ahora el ataque de parte del caudillo intelectual del Partido Conservador era frontal. Con todo, la respuesta del grupo “progresista”, en el que predominaba aún un espíritu moderado, fue conciliadora. En 1851, Mariano Riva Palacio (1803-1880), gobernador del Estado de México, responde erigiendo el primer monumento a Hidalgo. En 1852 en Michoacán, el gobernador Melchor Ocampo (1814-1861) se refirió críticamente a Alamán, sin mencionarlo:

 Ruborizado [...] tengo que recordar que a los fundadores de nuestra nacionalidad se les ha llamado a la barra de la historia, de dos años a esta parte, para que respondan de su conducta. ¡El benefactor llamado a juicio por el beneficiado para que explique por qué no hizo el beneficio del modo en que este lo entiende, y cuando el beneficiado mismo se opuso a que se hiciera mejor!

 No obstante, el trauma de la guerra en la “desgraciada república” y “el espectro de la pérdida de la patria” mantenían en vilo el alma colectiva. Por eso Ocampo, ya entonces un liberal extremo, accede a mencionar 1821 como la fecha de “emancipación” y predica aun la tolerancia, la conciliación, la concordia, la unión:

 ¡La Patria está en peligro! Pero unidos lo conjuraremos. Es hablando, no matándonos, como habremos de entendernos [...] ¡En nombre de nuestra religión, de vuestras familias, de vuestra dignidad, de vuestros intereses todos, os ruego que permanezcáis unidos!

 Igual que Ocampo, otros futuros protagonistas del Constituyente de 1857, la Reforma y la Intervención, como el periodista Manuel María de Zamacona (1826-1904), el criminalista José M. del Castillo Velasco (1820-1883) y el ex gobernador del Estado de México Francisco M.

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de Olaguíbel (1806-1865) adoptan en sus discursos un tono moderado.

El último gobierno de Santa Anna tensó el espíritu público antes y después de la muerte de su principal ministro, Lucas Alamán. Desterradas ya para entonces las principales figuras liberales, el 16 de septiembre de 1854 sobrevino una nueva provocación, de parte del autor del Himno Nacional, Francisco González Bocanegra: su discurso vinculó a Hidalgo con el mismísimo Hernán Cortés, ambos como encarnaciones del cristianismo. Pero la tentación de remover a ese grado el altar de la patria no es sino reflejo de una discordia profunda. El propio Himno no hace mención explícita a Hidalgo y Morelos. En cambio evoca “de Iturbide, la sacra bandera” y encomia, por supuesto, al “guerrero inmortal de Zempoala” que complacido, en el Teatro Nacional, lo aplaudía y se aplaudía. El péndulo de los héroes había oscilado hasta tocar un extremo intolerable.

Tal vez la última voz de la concordia correspondió al más equilibrado, esforzado y serio de los historiadores de aquella época: el director del Archivo General de la Nación, Manuel Orozco y Berra (1816-1881). El extenso capítulo dedicado a Miguel Hidalgo y Costilla en el famoso Diccionario de Historia y de Geografía fue (como tantas otras entradas de ese magno proyecto) obra suya. Fue acaso la primera biografía sintética de Hidalgo. Basada en los historiadores canónicos (Mora, Alamán, Bustamante) y en numerosas fuentes primarias como el Juicio contra Hidalgo, Orozco y Berra traza, con detalle de anticuario y limpia prosa, un relato puntual de los hechos, sin escatimar un ápice a la grandeza y clarividencia del héroe y sus compañeros:

 El merecimiento de los primeros caudillos consiste en haberse lanzado a la lucha sin elementos, sin recursos, sabiendo que iban a morir, y por solo la persuasión de hacer un bien a su patria, y contra un poder consolidado por el tiempo, sostenido por la fuerza, por las preocupaciones, por los hábitos, por el principio religioso.

 Pero el reconocimiento de esas prendas no lo llevó a disimular los errores de Hidalgo ni los hechos criminales que toleró:

 lo deslumbró la fortuna, se desvaneció al estar subido en lo muy alto, y se pagó de exterioridades, de pompas vanas y de farsas ridículas [...] Fue débil para oponerse a los deseos [...] bárbaros de la chusma, y los asesinatos de Valladolid y Guadalajara cayeron sobre él, oscureciendo sus prendas e imprimiéndole fea nota.

 No obstante, después de registrar esos hechos (que el propio Hidalgo reconoció y lamentó) el historiador se pregunta ¿qué revolución no ha incurrido en excesos, no se ha manchado con sangre? “Poner el grito en el cielo porque las revoluciones acarrean desastres, es quejarse de lo imposible, gritar por gana de hacer ruido.” Por lo demás, él, que estudiaba pacientemente la dominación española y sería el mayor historiador del México antiguo en el siglo xix, podía afirmar que “ni remotamente pueden compararse los crímenes y los desórdenes cometidos en la conquista con los perpetrados en la insurrección”.

Manuel Orozco y Berra, propuso zanjar definitivamente la querella entre Hidalgo e Iturbide. En vez de subrayar las diferencias entre ambos movimientos, fundamenta su carácter complementario:

 Hidalgo e Iturbide se propusieron el mismo fin en sus revoluciones: la independencia; si por este hecho hubo crimen, ambos lo cometieron igualmente. Concediéndolo todo, en una rebelión hubo orden, acierto, justicia; en la otra desorden, anarquía, pillaje, devastación. Si esta diferencia proviniera de la proclamación de la idea, las dos revueltas hubieran sido igualmente malas o igualmente buenas. Fueron distintas, luego la diferencia consiste en los hombres que la proclamaron, en la diversidad de tiempos, en los medios empleados. Sacrificándolo todo inferiremos que Iturbide era bueno e Hidalgo malo; que en la segunda época los medios fueron buenos y en la primera malos. Mas no se trata de los hombres, se trata de las cosas y el principio proclamado por Hidalgo e Iturbide es el mismo, apetecible y amoroso para los mexicanos, ya saliera de aquella o de esta boca. Idéntica la idea, fue accesorio el método por el cual se verificaba.

“La revuelta de Hidalgo –reafirma, aludiendo a los cambios de ideas entre 1810 y 1821– preparó y ayudó a la de Iturbide.” Por eso, el 16 y el 27 de septiembre eran fiestas nacionales. “Consecuencia uno del otro, es pueril y ridículo querer separarlos, por un odio mal entendido y calculado.” Al final del ensayo, Orozco y Berra absuelve a ambos personajes con el argumento irrefutable de comparar la generosidad de sus hazañas con la mezquindad y la torpeza de su propio presente:

 

 

Compadezcamos los extravíos, las faltas en que incurrieron, que al cabo si comparamos su conducta con la nuestra no merecemos sin duda la alabanza. Sin haber tenido los mismos obstáculos hemos caído en mayor cúmulo de errores; gozando de lo que no consiguieron, no le hemos dado arreglo ni estabilidad; ellos ganaron con crímenes una tierra que nosotros hemos perdido con crímenes y con infamia.

 

 

Su voz moderada y sensata no prevaleció. Quedaba la guerra, en los símbolos y en la realidad.

 

 

La Revolución de Ayutla comenzó a reivindicar para sí el legado insurgente: “Sin liga impura ni contemporizaciones traidoras –dice Guillermo Prieto, el 16 de septiembre de 1855– la revolución de Álvarez es la misma revolución de Hidalgo...” Un año más tarde, el liberal radical Ignacio Ramírez fustiga a los “señores feudales” cuyos hijos “custodian las obras de Alamán”. Pero la ruptura total ocurre en la Guerra de Reforma. La intolerancia del clero ante la Constitución y los asesinatos de Tacubaya (11 de abril de 1858) dejan una huella imborrable de rencor y venganza. No hay espacio ya para el liberalismo moderado. Han quedado frente a frente, como un avatar de la insurgencia (y así lo viven) los partidarios de la “Religión y fueros” y los soldados de la libertad. El 16 de septiembre de 1859, el joven tixtleño Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893) pronuncia un discurso (primero de muchos) en el que no solo consolida la imagen de Hidalgo como el “anciano pacífico [...], el débil anciano”, sino que concibe el grito de Hidalgo, explícitamente, como un acto que trasciende la dimensión heroica (cuyo premio es la gloria) para aspirar a la condición religiosa. Así lo dice: “El 16 de septiembre de 1810 fue el día de redención y de gloria para México...” En aquel discurso de canonización, la prisión de Hidalgo aparece como un trasunto de la pasión de Cristo:

 

 

Allí se levantó su Gólgota, allí se descargó sobre su cabeza todo el furor de los tiranos y del clero [...] Estaba sellada la santa causa de la Independencia con la sangre de estos mártires y debía triunfar porque tal es la marcha natural de las ideas; después del martirio, la victoria, después de la corona de espinas, la aureola de la deidad. Así también triunfó la religión del Nazareno.

 

 

La Guerra de Reforma, al fin y al cabo guerra de religión, era la escenificación de dos batallas: una en los campos, otra en los espíritus. Y en esta, una misteriosa transferencia de credos y símbolos tenía lugar. El tema del martirio es central: entonces los insurgentes, ahora los liberales. Así como Hidalgo era el nuevo redentor, el partido liberal era “el verdadero observador del Evangelio, tal como lo predicó Jesús y no tal como lo enseña un sacerdocio lleno de ambición y de siniestras miras”.

En la memoria de las conmemoraciones patrias en el siglo XIX, ningún discurso cívico igualó al que, con la espada de Damocles de la triple intervención extranjera contra el gobierno de Juárez, pronunció Ignacio Ramírez (1818-1879) el 16 de septiembre de 1861 en la Alameda capitalina. Incluye la más romántica y sombría imagen de la Colonia jamás escrita (“cerrados los puertos por el sistema prohibitivo, incendiaba la viña, el tabaco y la morera por el monopolio, ocupados los primeros puestos por los extraños, y la inteligencia recogidas sus alas y palpitando azorada entre las manos de la inquisición”) y la sorprendente equiparación de la traidora Malintzin con la inmaculada Corregidora. Pero en el corazón de su mensaje había al menos tres elementos nuevos y perdurables. En primer término, una clara propuesta de filiación:

 

 

Si nos encaprichamos en ser aztecas puros, terminaremos por el triunfo de una sola raza para adornar con los cráneos de las otras el templo del Marte americano; si nos empeñamos en ser españoles, nos precipitaremos voluntariamente en el abismo de la reconquista; pero no, ¡jamás!, nosotros venimos del pueblo de Dolores, descendemos de Hidalgo y nacimos luchando como nuestro padre por todos los símbolos de la emancipación, y, como él, luchando por tan santa causa desapareceremos de sobre la tierra.

 

 

Tras esa formulación de hacer borrón y cuenta nueva con el pasado, Ramírez propuso de manera inequívoca la Ascensión (no hay otra palabra) de Hidalgo y sus compañeros a un cielo paralelo, el cielo liberal:

 

 

¡Estremécete, México, de alegría, ya tienes un héroe! [...] El cielo en que habitan los héroes reposa sobre la tierra; por eso es la verdad lo que ahora anuncio, ¡Hidalgo, Allende, Matamoros, Morelos, nos contemplan!

 

 

Y finalmente, postuló la continuidad directa entre la Insurgen-cia y la Reforma. Habitando el mismo cielo, los mártires, sus mártires (Valle, Degollado, Ocampo) los contemplaban:

 

 

Nosotros hemos creído que, para entronizar perpetuamente la revolución de Hidalgo, era necesario que los ciudadanos recibiesen de ella ferrocarriles, puertos, monumentos públicos, instituciones civiles, colegios, literatura, gloria militar, y aun nuevas imágenes para sus templos [...] No, no es de todos la culpa si en los cincuenta años transcurridos [...] la reforma está mutilada y si el progreso ha retrocedido un paso; no, el pueblo no ha dudado ni retrocede; y por eso yo, hijo del pueblo, me lleno de orgullo al ocupar este elevado puesto solo para continuar el toque de arrebato que en la mañana del 16 de septiembre comenzó en Dolores.

 

 

Ramírez veía venir la tormenta de la intervención militar extranjera apoyada por el clero y las “clases altas”, pero el pueblo –exclamó– seguiría “el ejemplo de Hidalgo” aun en el desierto y la desesperación:

 

 

El trueno resuene por todas las playas, incendie el rayo todas las alturas y respondan con su explosión los apagados volcanes de la América; el suelo que pisemos será nuestra patria, y dominan el fragor universal con nuestro acento, escúchense claras, solemnes estas palabras: ¡libertad, reforma! Hidalgo las repetirá desde el cielo.

 

 

Dos liberales, Ramírez y Altamirano, el maestro del Instituto Literario de Toluca y su aventajado alumno indígena, fueron los evangelistas del redentor Hidalgo. No necesitó más para alcanzar su definitiva santificación. Tan fuerte fue aquel mensaje, que el propio Maximiliano absorbió su influjo. Y su fugaz Imperio lo reforzó con una innovación: Maximiliano trajo consigo la tradición neoclásica. Ordenó la erección de la estatua de Morelos (Plaza de Guardiola), mandó a hacer los famosos cuadros de los caudillos insurgentes que cuelgan de las paredes de Palacio Nacional, y en 1864 dio el grito en Dolores como el más liberal de los liberales:

 

 

Más de medio siglo tempestuoso ha transcurrido desde que en esta humilde casa, del pecho de un humilde anciano, resonó la gran palabra de independencia, que retumbó como un trueno del uno al otro océano por toda la extensión del Anáhuac [...] El germen que Hidalgo sembró en este lugar debe ahora desarrollarse victoriosamente, y asociando la independencia con la unión, el porvenir es nuestro.

 

 

Así como Ramírez había anunciado en 1861 la era de violencia, en septiembre de 1867 (a dos meses escasos de la entrada de Juárez a la capital) celebró en el Teatro Nacional el triunfo de la república con la mayor defensa específica del grito de Hidalgo.
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Literalmente un “Viva” al grito de muerte:

 

 

Una sola fue su bandera, uno solo su dogma: ¡exterminio a los opresores! ¡Muerte a los intrusos!... ¡Muerte! Hidalgo no podía decir: destierro para los españoles, multas para los filibusteros, garantías individuales para los Flores y Callejas, amnistía para los que van a ser nuestros verdugos. La nación necesitaba, para despertar, el grito de guerra: ¡muerte!

 

 

Un año más tarde, en una famosa polémica con el gran tribuno liberal y presidente de la primera República Española Emilio Castelar, Ramírez remachó su escalofriante tesis:

 

 

¡Mueran los gachupines! Fue el primer grito de mi patria; y en esta fórmula terrible se encuentra la desespañolización de México. ¿Hay algún mexicano que no haya proferido en su vida esas palabras sacramentales?

 

 

La santidad de Hidalgo se consolidó para siempre, rodeada de una aureola justiciera y libertaria, pero una aureola de muerte.

¿E Iturbide? Como es natural, había sido expulsado sin apelación posible del panteón cívico. En 1881, ya muerto su maestro Ramírez, el propio Altamirano (que como presidente de la república de las letras había propiciado desde 1868 la concordia entre los hermanos enemigos) se negó a llevar la conciliación al terreno de la historia. En la Cámara de Diputados, al oponerse a una pensión para los descendientes de Iturbide, fue Altamirano quien selló el epitafio del “Héroe de Iguala”:

 

 

Nosotros no somos hijos de Iguala, nosotros somos hijos de Dolores, nosotros venimos del 16 de septiembre de 1810, no venimos del pronunciamiento de Iguala, no venimos del pastel hecho entre el clero y las clases privilegiadas de la nobleza para levantar un trono sobre el pavés y sobre el sufragio del pueblo; nosotros somos hijos de las chusmas de 1810 convocadas por el grande Hidalgo para sacudir el trono español y para sacudir toda clase de yugos [...] En nuestra gratitud [...] está la imagen santa de Hidalgo, sacrificado por los compañeros de Iturbide en Acatita de Baján. Allí sí nos prosternamos a orar, no en Padilla [...] Si el patíbulo de Padilla es una ingratitud, es una sublime ingratitud. Ingratitudes son estas que salvan a los pueblos.

 

 

En su Biografía de don Miguel Hidalgo y Costilla: primer caudillo de la Independencia (1884), Altamirano silencia cualquier aspecto oscuro del personaje.

 

 

Tocaría al discípulo predilecto de Altamirano, al inteligente, sabio y magnánimo Justo Sierra, proponer una importante corrección a la óptica liberal. En un texto publicado en La Libertad, el 25 de julio de 1882, Sierra se atrevió a refutar a Ramírez. A su muerte en 1879 lo había llamado “sublime destructor”, pero Sierra (que había perdido a su hermano Santiago en duelo con Ireneo Paz) no podía cantar a la muerte. Sierra no objetaba, en absoluto, la santificación de Hidalgo, pero quiso separar el sentido de esa santidad del grito de Dolores. México, como proyecto de patria independiente, pudo haber nacido en ese momento, pero México como realidad era mucho más que ese momento de arrebato, era algo distinto a ese parto doloroso. Y el cielo de los héroes, el cielo insurgente y el cielo liberal, podían no ser incompatibles con el cielo más amplio de la historia mexicana y aun con el cielo de Dios.

 

 

Ni una sola de las frases con admirable sagacidad encontradas por Hidalgo en las horas supremas en que acometió su obra puede ser aceptada hoy por la razón viril del país. “Viva la religión. Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Viva la América. Muera el mal gobierno.” Exclamaciones, o sin sentido concreto o exclusivamente religiosas. Y rechazamos con toda la energía de nuestro corazón el terrible grito con que las multitudes que conmovió Hidalgo tradujeron las empresas de su bandera: “¡Mueran los gachupines!”

¡Los gachupines! ¿Quién no tiene uno de ellos en las raíces de su árbol genealógico? [...] La independencia de México, ¿fue otra cosa que una fase de la evolución histórica de España?

[...]

¡Ah! Madre España, tu gran sombra está presente en toda nuestra historia; a ti debimos la civilización, a ti que en pos del conquistador nos mandaste al misionero; a ti debimos la independencia, a ti que de la sombra del virrey hiciste surgir al tribuno, a ti debemos nuestros errores, nuestros crímenes, nuestras virtudes; el día que tu poder material se extinguió en América, ese día tu espíritu siguió viviendo en nosotros, y reflejo de tu tormentosa historia ha sido la nuestra.

[...]

No, el grito de las turbas de Hidalgo no era el verbo de la revolución; era la voz confusa, semianimal del instinto que se despertaba; luego el hombre surgió de ahí, y el día que estrechamos la mano de Juan Prim, tras del instinto había venido la razón, y en el primer momento de esa razón libre y serena nos reconocimos y nos amamos: eras como siempre nuestra madre; seguimos siendo tus hijos.

Hijos tuyos, pero libres; y eso se lo debemos al cristianismo filosófico encarnado en el bajo clero; no, no hemos de maldecir en este día a la Iglesia, a quien debemos a Gante y a Motolinía, a Las Casas y a Valencia, a Hidalgo y a Morelos. El espíritu democrático e igualitario del Evangelio se encarnó en estos hombres, como su espíritu de misericordia y amor se encarnó en los primeros. Y entre aquellos protegiendo al indio y estos rebelándolo, había un hilo escondido durante tres siglos; el cura Hidalgo encontró el símbolo gráfico de esta unión: la Virgen de Guadalupe.

La obra del cura de Dolores no está en los gritos de sus soldados ni en los saqueos de las ciudades, ni en las matanzas de Las Bateas y de Guadalajara; su obra consistió en hacer pasar las ideas de la atmósfera superior de la especulación pura a las multitudes, en hacérselas amar, como la venganza y como el odio, es verdad; con tanta mayor energía por consiguiente.

Él fue el primero, él fue el iniciador, a él la gloria suprema. A pesar de sus retractaciones [...] de su obra no podía retractarse; ella vive en todos nosotros; esta vida de un pueblo libre ha salvado su memoria y ha salvado su alma.

[...]

Aceptémosla [la fecha del 16 de septiembre de 1810] como la fe de bautismo de nuestra nacionalidad; hagamos de ella la expresión más alta de nuestra religión por la patria [...] que es hoy una religión de esperanza y de paz.

 

 

Sierra pensaba que esa epifanía era alcanzable y que la violencia –aun la violencia redentora– podía desterrarse ya de la vida mexicana. Se equivocó.

El cielo de los héroes, como el de los santos, se había vuelto irrevocable. Los discursos cívicos de la era porfiriana no introdujeron mayores innovaciones. Con el tiempo dejaron lugar al rito del grito y el desfile militar. Pero con el tiempo también tocó la hora de los historiadores, que en diversas obras reescribieron los episodios de la Independencia sin la amargura de Alamán pero sin la exaltación vengativa de Ramírez o el tono devoto de Altamirano. El tomo de México a través de los siglos (1884-1889) dedicado a la Independencia, obra de Julio Zárate, retoma el equilibrio de Orozco y Berra y no omite la referencia a los episodios oscuros de la guerra que habían señalado los historiadores de la primera mitad del siglo. Justo Sierra, en México: su evolución social –publicado originalmente en 1902 y escrito igualmente desde una óptica liberal y evolucionista– completa el lienzo ecuménico trazado en 1882.

Las Fiestas del Centenario de 1910, orquestadas en su contenido intelectual por el propio Sierra, quisieron ser a un tiempo la representación teatral y la culminación histórica de un abrazo filial y definitivo del mexicano con sus pasados, el triunfo supremo del mestizaje, no de la ruptura. Por eso en el desfile de aquellos días aparecieron todos, hasta los villanos mayores: la Malinche, Cortés, Iturbide. Para el momento culminante, la “Apoteosis de los héroes”, Sierra hizo más, y llamó al octogenario padre Agustín Rivera (hagiógrafo de Hidalgo) para saldar la última deuda: la de la Iglesia con Hidalgo. Para Sierra, ese gran sacerdote de la “religión de la patria” (la fórmula, como se sabe, es suya), aquel fue probablemente su momento de mayor gloria. La fe católica de su madre y la fe cívica de su padre, unidas en una sola. Todo quedaba en paz: para los insurgentes, “un sepulcro de honor”, una Columna de la Independencia; para Juárez, un Hemiciclo. Y en medio de esa apoteosis heroica, el mito viviente de Porfirio Díaz.

A los pocos meses la historia, como suele ocurrir, borró el sueño de Justo Sierra. Lo borró por completo y lo borró para siempre.

 

Han pasado cien años. No es necesario volver a la óptica de Sierra, a su laica religión, para mirar de nuevo al 16 de septiembre y al cura de Dolores, buscando un valor más precioso quizá que la concordia, porque en el fondo la cimienta: el valor de la verdad. Desde hace décadas, varios historiadores lo han hecho, sin detrimento del amor a ese nosotros todavía posible que es México. Estos historiadores no han buscado ya exaltar las hazañas del héroe, tampoco deturpar sus excesos, ni trazar complejas e improbables explicaciones sobre sus actos espontáneos e insondables. Menos aún rendirle ciega pleitesía. No han practicado la “Historia de Bronce” ni tampoco han politizado ideológicamente a la historia para ajustarla a sus esquemas previos.3 Han trabajado para contestar, simple y humildemente, preguntas que nunca encontrarán respuestas plenas: ¿Quién era Miguel Hidalgo? ¿Un teólogo renovador, un religioso iluminado, un secuaz de la neoescolástica política, un piadoso cura de almas, un empresario industrioso, un criollo proverbial identificado con los indios, un Mahdi del Sudán –como argumentó Francisco Bulnes (1847-1924) en su obra La guerra de independencia, Hidalgo-Iturbide (1910)–, un libertador visionario, un gran seductor? ¿Cómo pensaba, qué sentía, qué movía al héroe, al santo cívico, cuya memoria emociona aún y, mientras exista este país, emocionará siempre, al pueblo de México? ¿Cómo era el cura Hidalgo?~

 

 

 


1. Especialmente importantes para la redacción de este ensayo fueron las obras de Ernesto de la Torre Villar (compilador), La conciencia nacional y su formación, México, UNAM, 1988; Enrique Plasencia de la Parra, Independencia y nacionalismo a la luz del discurso conmemorativo (1825-1867), México, Conaculta, 1991; y Marta Terán y Norma Páez (selección), Miguel Hidalgo, ensayos sobre el mito y el hombre (1953-2003), México, INAH/Fundación MAPFRE Tavera, 2004.

2. Luis Villoro, El proceso ideológico de la Revolución de Independencia, segunda edición, México, UNAM, 1967, p. 78.

3. Entre estos historiadores debo mencionar a Luis González y González, Moisés González Navarro, Juan Hernández Luna, Carlos Herrejón Peredo, Guadalupe Jiménez Codinach, Rodrigo Martínez Baracs, Gabriel Méndez Plancarte, Jean Meyer, Edmundo O’Gorman, Catalina Sierra Casasús, Marta Terán, Ernesto de la Torre Villar, Luis Villoro y Silvio Zavala.

 

La santificación de Hidalgo

LETRAS LIBRES /  (De click para agrandar)
SEPTIEMBRE DE 2010
El padre incendiario

La santificación de Hidalgo

por Enrique Krauze

Bajo el sello de Tusquets, este mes empieza a circular el libro De héroes y mitos, nuevo empeño de Enrique Krauze por desacralizar nuestra historia de bronce. De ese volumen seleccionamos esta pieza dedicada a la gestación del mito de Hidalgo como Padre de la Patria.1

Bajo el sello de Tusquets, este mes empieza a circular el libro De héroes y mitos, nuevo empeño de Enrique Krauze por desacralizar nuestra historia de bronce. De ese volumen seleccionamos esta pieza dedicada a la gestación del mito de Hidalgo como Padre de la Patria.1

http://www.letraslibres.com/index.php?art=14897

"No hay silencio que no termine"

La odisea de Íngrid

SEMANA.COM publica un espectacular capítulo del libro de Íngrid Betancourt, en el que narra sus intentos de fuga en la selva.La única entrevista que Íngrid Betancourt concedió inmediatamente después de ser rescatada de su secuestro fue a Larry King, el entonces periodista estrella de CNN. Pero los televidentes quedaron en vilo porque Íngrid se negaba a responder muchas de las preguntas diciendo: “Creo que hay cosas que tienen que quedarse en la jungla”.
 Sin embargo, dos años y dos meses después, Íngrid decide romper su silencio con un libro titulado No hay silencio que no termine, que será lanzado el martes de esta semana en 14 países y en seis idiomas. Muy pocos autores en el mundo tienen el privilegio de hacer un lanzamiento con estos alcances. En el caso de Íngrid, no es solo su historia personal sino la calidad misma del libro la que lo hace atractivo. La ex candidata comenzó a escribirlo desde su rescate y el resultado son 712 páginas de un testimonio muy personal escrito con una habilidad literaria sorprendente. El escritor Héctor Abad, uno de los pocos colombianos que lo han leído, lo definió como un tratado de la maldad que se convertirá en un “clásico de la historia y de la literatura colombianas”.
SEMANA presenta el capítulo La fuga de la jaula.–––––––––––––––––––––––––––––––––––
Había tomado la decisión de escaparme. Era mi cuarto intento de fuga, pero después del último las condiciones de nuestro cautiverio se habían vuelto aún más terribles. Nos habían metido en una jaula construida con tablas y un techo de zinc. Faltaba poco para el verano. Llevábamos más de un mes sin aguaceros en la noche. Y un aguacero nos era absolutamente indispensable. Noté que una de las tablas en una esquina de nuestro cuartucho empezaba a podrirse. Empujando la tabla con el pie logré rajarla lo suficiente para crear una abertura. Así lo hice una tarde, después del almuerzo, mientras el guerrillero de guardia cabeceaba, medio dormido, de pie, apoyado al fusil. El ruido lo asustó. Se acercó, nervioso, y le dio la vuelta entera a la jaula, despacio, como una fiera. Yo lo seguía, espiándolo por entre las rendijas de las tablas, conteniendo el aliento. Él no podía verme. Dos veces se detuvo, incluso pegó el ojo a un hueco y nuestras miradas se cruzaron por un segundo. El hombre saltó hacia atrás, espantado. Luego, como para recobrar su compostura, se plantó frente a la entrada de la jaula. Esa era su revancha: no quitarme los ojos más de encima.
Evitando su mirada empecé a hacer cálculos. ¿Podríamos pasar por esa quebradura? En principio, si cabía la cabeza, cabría el cuerpo también. Recordaba mis juegos de infancia: me veía escurriéndome por entre las rejas del parque Monceau. Siempre era la cabeza la que lo bloqueaba todo. Ahora ya no estaba tan segura. El asunto funcionaba para un cuerpo de niño, pero, ¿serían iguales las proporciones de un adulto? Aunque Clara y yo estábamos bastante flacas, me inquietaba un fenómeno que había comenzado a notar algunas semanas atrás. A causa de nuestra inmovilidad forzada, nuestros cuerpos habían comenzado a retener líquidos. Era muy visible en el caso de mi compañera. En cuanto a mí misma, me costaba más trabajo juzgar, pues no teníamos espejo.

Se lo había mencionado a ella, y esto la había fastidiado profundamente. Ya habíamos intentado escaparnos otras veces y el tema se había convertido en motivo de fricción entre nosotras. Nos hablábamos poco. Ella estaba irritable y yo andaba presa de mi obsesión. No podía pensar en nada que no fuera la libertad, en nada diferente de cómo huir de las garras de las FARC.

Me pasaba el día entero haciendo cálculos. Preparaba en detalle el material necesario para la fuga. Le daba mucha importancia a cosas superfluas. Pensaba, por ejemplo, que no podía irme sin mi chaqueta. Olvidaba que la chaqueta no era impermeable y que, al mojarse, podría pesar toneladas. Me decía, también, que debíamos llevarnos el mosquitero. «…Hay que ponerle mucho cuidado a lo de las botas. Por la noche, siempre las dejamos en el mismo lugar, a la entrada de la jaula. Hay que empezar a ponerlas adentro, para que se acostumbren a no verlas cuando dormimos… Tenemos que conseguir un machete, para defendernos de las fieras y para abrirnos camino. Va a ser bien difícil. Todos están prevenidos. No han olvidado que logramos quedarnos con uno, cuando estaban construyendo el anterior campamento… Llevar tijeras, a veces nos las prestan. También hay que pensar en las provisiones. Hay que ir haciendo reservas sin que se den cuenta. Todo debe quedar envuelto en talegos de plástico para cuando nos toque meternos en el río. Es muy importante estar lo más livianas posible. Y me voy a llevar mis tesoros: por nada del mundo dejo las fotos de mis hijos ni las llaves de mi apartamento».

Me la pasaba el día entero tramando, volteando todo esto una y otra vez en mi cabeza. Mil veces hacía mentalmente el recorrido que debíamos seguir al salir de la jaula. Calculaba todo tipo de parámetros: dónde debía de estar el río, cuántos días necesitaríamos para encontrar ayuda. Imaginaba horrorizada el ataque de una anaconda en el agua, o el de un caimán gigante, como ese que había visto: los ojos rojos y brillantes, bajo el foco de la linterna de un guardia cuando bajábamos por el río. Me veía frenteando un tigre, pues los guardias me habían hecho de ellos una descripción feroz. Trataba de pensar en todo lo que podía producirme miedo, con el fin de prepararme psicológicamente. Estaba decidida a no permitir que nada me detuviera.

No tenía cabeza para nada distinto. Ya no dormía, pues había comprendido que en el silencio de la noche mi cerebro funcionaba mejor. Observaba y tomaba nota de todo: la hora del cambio de guardia, la manera como se ubicaban, quién vigilaba, quién se dormía siempre, quién le daba un informe al siguiente guardia sobre el número de veces que nos levantábamos a orinar…

Además, trataba de mantener el contacto con mi compañera para prepararla al esfuerzo que significaría la huida, las precauciones que debíamos tomar, los ruidos a evitar. Ella me oía exasperada, en silencio, y solo me respondía para refutar algo o expresar su desacuerdo. Ciertos detalles eran importantes. Debíamos preparar un bulto y ponerlo en el lugar donde dormíamos, para que diera la impresión de un cuerpo enroscado en lugar del nuestro. No tenía permiso para alejarme de la jaula, pero podía ir a los chontos (1) a hacer mis necesidades. Esa era la ocasión para mirar a la pasada en el hoyo de los desperdicios, con la esperanza de encontrar allí algún elemento valioso.

Una noche, volví con una tula que encontré entre los restos de comida en descomposición y con unos pedazos de cartón. Era lo ideal para hacer el bulto. Mi proceder impacientó al guardia. Sin saber si debía prohibirme recuperar aquello que había sido desechado, me ordenó que me apurara y acompañó su orden con un movimiento del fusil. En cuanto a Clara, mi preciado botín le produjo asco, no comprendía para qué podía servir.

Medí entonces cuánto nos habíamos distanciado. Obligadas a vivir la una junto a la otra, reducidas a un régimen de hermanas siamesas, sin tener nada en común, vivíamos en mundos opuestos: ella buscaba adaptarse; yo no pensaba sino en huir.
Después de un día particularmente caliente, empezó a soplar el viento. La selva quedó en completo silencio durante algunos instantes. Ni un solo trinar de aves ni un solo aleteo. Todos miramos hacia el viento, olfateando la lluvia: el aguacero se acercaba a gran velocidad.

El campamento entraba, entonces, en una actividad febril. Cada uno se apresuraba con su tarea: algunos revisaban los nudos de las carpas, otros se iban corriendo a recoger la ropa que se estaba secando en un claro, otros, más previsivos, se iban a los chontos en caso de que la tormenta se prolongara más allá de sus urgencias.

Yo miraba este alboroto con el estómago hecho un nudo, rogándole a Dios que me diera la fuerza para ir hasta el final. «Esta noche seré libre». Me repetía esta frase sin parar, para no pensar en el miedo que me crispaba los músculos y me dejaba vacía y sin fuerzas, al tiempo que ejecutaba con dificultad cada uno de los pasos que había previsto miles de veces en mis horas de insomnio: esperar a que estuviera oscuro para preparar el bulto que iba a dejar en el lugar donde dormía, doblar el plástico negro grande y acuñarlo dentro de la bota, desdoblar el pequeño talego gris que me serviría de poncho contra la lluvia, verificar que mi compañera estuviera lista. Esperar a que se desatara la tormenta.

En mis anteriores intentos había aprendido que el mejor momento para escabullirse era la hora del ocaso, aquella cuando los lobos parecen perros. En la selva llegaba exactamente a las seis y quince de la tarde, y durante algunos minutos, mientras los ojos se adaptaban a la oscuridad y antes de que la noche cayera totalmente, todos quedábamos ciegos.

Yo había rezado para que el aguacero se desgajara a esa hora precisa. Si salíamos del campamento justo antes de que la noche tomara posesión de la selva, los guardias harían sus turnos sin notar nada extraño y solo darían la voz de alerta a la mañana siguiente. Eso nos daría el tiempo necesario para alejarnos y escondernos durante el día. Las cuadrillas de guerrilleros que mandarían para buscarnos podrían desplazarse más rápido que nosotras, pues estaban mejor entrenados y tendrían a su favor la luz del día. Sin embargo, si lográbamos salir sin dejar rastro, mientras más lejos pudiésemos andar, más amplio sería el radio de la búsqueda. En ese caso, necesitarían un número de hombres mucho mayor para cubrir el área de rastreo, que el que vigilaba el campamento. Me decía que podíamos avanzar en la noche, pues no irían a buscarnos en medio de la oscuridad: si lo hacían, la luz de sus linternas los delataría y nos esconderíamos antes de que pudieran dar con nosotras. Al cabo de tres días, caminando toda la noche, estaríamos a unos veinte kilómetros del campamento, y ya no podrían encontrarnos. Ahí empezaríamos a caminar de día, bordeando el río —pero sin acercarnos demasiado, pues lo más probable era que allí concentraran la búsqueda-— con la idea de llegar finalmente a algún lugar donde podríamos pedir ayuda. El plan era factible, sí, estaba segura de ello. Pero debíamos salir temprano para tener la mayor cantidad de tiempo posible para caminar esa primera noche y aumentar al máximo nuestra distancia del campamento.

No obstante, aquella noche, la hora propicia había pasado de largo y la tormenta no llegaba. Mientras el viento soplaba sin parar, ya los truenos retumbaban a lo lejos y cierta calma había vuelto al campamento. El guardia se había envuelto en un gran plástico negro que le daba un aire de guerrero antiguo, desafiando los elementos, la capa al viento. Todos esperaban la llegada de la tormenta con la serenidad de los viejos marinos cuando ya han estibado bien su carga.

Los minutos transcurrían con una lentitud infinita. Un radio en la distancia nos hacía llegar los ecos de una música alegre. El viento seguía soplando, pero los truenos se habían silenciado. De vez en cuando, un relámpago atravesaba la espesura de la selva, y me quedaba impresa en la retina la imagen en negativo del campamento. Hacía fresco, casi frío. Sentía la electricidad que saturaba el espacio y me erizaba la piel. Poco a poco, los ojos se me hinchaban por el esfuerzo de escudriñar en la oscuridad, y sentía pesados los párpados. «Esta noche no va a llover». Sentía la cabeza anquilosada. Clara se había acurrunchado (2) en su rincón, vencida por el sopor, y yo me sentía caer, aspirada por un sueño profundo.

Una llovizna que se colaba por entre las tablas me despertó. Su contacto me hizo erizar la piel. El traqueteo de las primeras gotas de lluvia sobre el techo de zinc terminó de sacarme del letargo. Toqué el brazo de Clara: era hora de irnos. La lluvia arreciaba a cada instante, haciéndose más densa. Sin embargo, la noche permanecía demasiado clara. La luna no nos estaba ayudando. Miré hacia fuera por entre las tablas: se veía como si fuera de día.

Tendríamos que correr para alejarnos de la jaula y rogar que a ninguno de los que estaban en las carpas vecinas se le ocurriera mirar en ese preciso instante hacia nuestra jaula. Yo seguía pensando. No tenía reloj y solo contaba con el de mi compañera. A ella no le gustaba que le preguntara la hora. Dudé un instante y luego me lancé. «Son las nueve», me respondió, comprendiendo que este no era momento para crear tensiones innecesarias. El campamento ya dormía, lo cual era algo bueno. Sin embargo, para nosotras la noche se hacía cada vez más corta.

El guardia luchaba para protegerse del aguacero que caía a cántaros sobre él, el bullicio de la lluvia sobre las tejas de zinc cubría el ruido de mis patadas sobre las tablas podridas. Al tercer golpe, la tabla saltó en pedazos. Pero la hendidura que se abrió no era muy grande.

Saqué el morralito por ahí y lo deposité afuera. Las manos me quedaron empapadas. Sabía que deberíamos pasar días enteros mojadas hasta la médula, y eso se me había convertido en un pensamiento repulsivo. Me dio rabia conmigo misma al pensar que cualquier noción de comodidad podía interponerse en mi lucha por la libertad. Me parecía ridículo perder tanto tiempo convenciéndome de que no me iba a enfermar, que la piel no se me iba a caer a pedazos después de tres días a la intemperie. Me decía que mi vida había sido demasiado fácil, y que estaba condicionada por una educación en donde las prescripciones de prudencia eran una manera de disfrazar el miedo. Yo observaba a estos muchachos, hombres y mujeres, que me tenían prisionera y no podía evitar admirarlos. No sentían frío; no sentían calor; nada les picaba; demostraban una habilidad asombrosa para todas las actividades que requerían fuerza y flexibilidad, y avanzaban por la selva tres veces más rápido que yo. Los temores que debía superar se alimentaban con toda clase de prejuicios. Mi primer intento de fuga había fracasado porque me daba miedo morirme de sed, rehusando beber el agua sucia de los charcos. Desde hacía ya meses me había dado a la tarea de tomar el agua fangosa del río, para demostrarme a mí misma que no me iba a morir por culpa de los parásitos que a estas alturas ya debían haber colonizado mis intestinos.

Entre otras, sospechaba, que el comandante del frente que me había capturado, el «Mocho» César, había dado la consigna de «hervir el agua para las prisioneras» delante de mí, con el fin de mantenerme mentalmente dependiente de esta medida de asepsia, y que me diera miedo alejarme del campamento y adentrarme en la selva.

Con el propósito de alimentar nuestro miedo a la jungla, dieron la orden de llevarnos a la orilla del río, para que viéramos cómo mataban una serpiente gigantesca que habían atrapado cuando iba a atacar a una guerrillera que se bañaba en el caño. El animal era un auténtico monstruo. Lo medí caminándolo: tenía ocho metros de largo y cincuenta y cinco centímetros de ancho, es decir, medía lo que yo de cintura. Se necesitaron tres hombres para sacarlo del agua. Los guerrilleros lo llamaban güío, en tanto que para mí era una anaconda. Querían que lo viera con mis propios ojos. No pude hacer nada para espantar el animal de mis pesadillas, durante meses me persiguió.

Veía a estos jóvenes moverse por la selva como pez en el agua y me sentía torpe, inválida y desgastada. Comenzaba a percibir que lo que estaba en crisis era la idea que tenía de mí misma. En un mundo donde yo no inspiraba respeto ni admiración, sin la ternura y el afecto de los míos, me sentía envejecer sin apelación o, peor aún, me sentía condenada a detestar a la persona en que me había convertido, tan dependiente, tan tonta y tan inútil para resolver los pequeños problemas del diario vivir.

Observé durante algunos instantes más la estrecha abertura y, al otro lado, el telón de lluvia que nos esperaba. Clara estaba acurrucada a mi lado. Me volteé hacia la puerta de la jaula. El guardia había desaparecido bajo las cortinas de agua. Todo estaba estático, salvo la lluvia que caía del cielo a borbotones, sin compasión. Mi compañera se volteó hacia mí. Nuestras miradas se cruzaron. Nos cogimos de las manos, agarradas la una a la otra, hasta el dolor.

Teníamos que irnos. Me solté de ella, me alisé la ropa y me puse bocabajo junto al hueco. Pasé la cabeza por entre las tablas con una facilidad que me dio ánimos, luego los hombros. Me retorcí para hacer avanzar el cuerpo. Me sentí atascada y me moví nerviosamente para sacar un brazo. Cuando lo tuve afuera, empujé con la fuerza de mi mano libre, hundiendo las uñas en el suelo, y logré liberar todo el torso. Me arrastré hacia adelante con una contorsión dolorosa de las caderas para que el resto del cuerpo cupiera de lado por la hendidura. Sentí entonces que el fin de mis esfuerzos estaba próximo y empecé a patalear, buscando desesperadamente liberarme. Por fin salí. Me puse de pie de un salto. Me corrí dos pasos de lado para dejarle espacio a mi compañera para salir.

Pero no había ningún movimiento al otro lado del hueco. ¿Qué hacía Clara? ¿Por qué no estaba afuera? Me agaché para mirar hacia adentro, pero no se veía nada. Nada salvo la oscuridad uterina de la brecha que me producía aprensión. Me arriesgué a susurrar su nombre. No hubo respuesta. Metí una mano dentro y tanteé el suelo. Nada. Las náuseas me apretaron la garganta. Me volteé, todavía agachada, escrutando alrededor mío cada milímetro de mi campo de visión, esperando ver a los guardias abalanzarse sobre mí. Quise adivinar cuánto tiempo había transcurrido desde que salí. ¿Cinco minutos? ¿Diez minutos? No tenía la menor idea. Pensaba a toda velocidad, indecisa, pendiente del menor ruido, de cualquier luz. Por última vez, acurrucada frente al hueco, llamé a Clara, esta vez lo suficientemente fuerte como para que pudiera oírme desde el otro extremo de la jaula, pero presintiendo ya, de alguna manera, que no habría respuesta.

Me puse de pie. Frente a mí la selva tupida, y esta lluvia torrencial, en respuesta a todas mis oraciones de los días anteriores. Ya estaba afuera y no había marcha atrás. Estaría sola. Debía irme rápido. Me aseguré de que el caucho con el que me había recogido el pelo estaba en su sitio, pues no quería que la guerrilla encontrara el menor rastro del camino que iba a tomar. Conté despacio: uno… dos… a la cuenta de tres salí volando derecho, hacia la selva.

Corría y corría, presa de un pánico incontrolable, esquivando los árboles por reflejo, incapaz de oír o de pensar, avanzando hasta el agotamiento.

Por fin me detuve a mirar hacia atrás. Todavía alcanzaba a ver el linde de la selva, como una claridad fosforescente más allá de los árboles. Cuando mi cerebro comenzó a funcionar de nuevo, me di cuenta de que estaba volviendo mecánicamente sobre mis pasos, incapaz de resignarme a irme sin ella. Reconstruí en mi cabeza cada una de nuestras conversaciones, repasando las consignas que habíamos acordado. Recordaba una en particular y me aferraba a ella con esperanza: si nos perdíamos a la salida, nos reencontraríamos en los chontos. Lo habíamos mencionado una vez, rápidamente, sin darle demasiada importancia.

Por suerte, mi sentido de orientación en la selva parecía funcionar. Podía perderme en una gran ciudad de calles en cuadrícula, pero en la selva era capaz de ubicar el norte. Salí preciso al nivel de los chontos. Como era de esperarse, allí no había nadie. El lugar estaba desierto. Miré con asco el frenesí de bichos encima de los huecos llenos de excrementos, y mis manos sucias y mis uñas negras de barro y esa lluvia que no paraba. No sabía qué hacer, al borde de caer en la desesperación.

Escuché voces y me devolví a refugiarme en el espesor de la selva. Traté de ver qué pasaba en el campamento y le di la vuelta para acercarme a la jaula, sin que nadie me viera, hasta quedar frente al lugar de donde había salido. La tormenta había amainado y ahora caía una llovizna pertinaz, que dejaba viajar los sonidos. Alcancé a oír la voz del comandante. Era imposible saber lo que decía, pero estaba claro que el tono era amenazante. Una linterna iluminó el interior de la jaula. Luego, el haz de luz se proyectó violentamente por la quebradura de las tablas y se paseó por el claro de izquierda a derecha, pasando a algunos centímetros de mi escondite. Di un paso hacia atrás. Estaba sudando a chorros, tenía el corazón al galope y sentía unas fuertes ganas de vomitar. Fue entonces cuando escuché la voz de Clara. En lugar del calor que me asfixiaba, sentí un frío mortal. Empecé a temblar de pies a cabeza. No entendía qué había podido pasar. ¿Por qué la habían agarrado? Aparecieron otras luces, se escucharon otras órdenes y un grupo de hombres provistos de linternas se dispersó: algunos inspeccionaban el contorno de la jaula, las esquinas, el techo. Miraron detenidamente el hueco y luego dirigieron las luces a la selva. Hablaban entre ellos en voz alta.

La lluvia se detuvo por completo y la selva quedó oscura como boca de lobo. Adivinaba la silueta de mi compañera en el interior de la jaula, a unos treinta metros de donde yo estaba escondida. Acababa de encender una vela, lo que era un privilegio inusual: siendo prisioneras, nos estaba prohibido tener luz. Estaba con alguien, pero no era el comandante. Hablaban en voz pausada, como contenida.

Sola, empapada y temblando de frío, contemplaba ese mundo que ya no me era accesible. Era tan fácil, tan cómodo, tan tentador declararme vencida para volver a ese lugar caliente y seco. Contemplé ese espacio de luz, diciéndome que no debía afligirme por mi suerte, y me repetía: «¡Tengo que irme, tengo que irme, tengo que irme!».

Dolorosamente me desprendí de la luz. Me adentré en la espesa oscuridad. Había empezado a llover de nuevo. Ponía las manos delante de mí para evitar los obstáculos. No había logrado hacerme a un machete, pero sí había podido conseguir una linterna. El riesgo de prenderla era tan grande como el susto de usarla. Avanzaba lentamente en medio de ese espacio amenazante, diciéndome que solo la prendería cuando de verdad ya no pudiera dar un paso más. Mis manos encontraban superficies húmedas, rugosas y viscosas, y a cada instante esperaba recibir la descarga de una quemadura de veneno letal.

El aguacero arreció de nuevo. Se oía el estruendo de la lluvia golpeando contra las capas de vegetación que me protegerían todavía durante algunos minutos. Esperaba segundo a segundo que mi frágil techo de hojas terminara cediendo bajo el peso del agua. La perspectiva del diluvio, que no tardaría en caerme encima, me agobiaba. Ya no sabía si lo que rodaba por mis mejillas eran gotas de agua o mis propias lágrimas, y me exasperaba tener que arrastrar conmigo ese vestigio de criatura sollozante.

Ya me había alejado bastante. Un rayo desgarró el manto oscuro de la selva y cayó a pocos metros de mí. En un abrir y cerrar de ojos divisé con horror el espacio circundante. Rodeada de árboles gigantescos, estaba a dos pasos de caer por un barranco. Me detuve en seco, completamente enceguecida. Me acurruqué para recuperar el aliento entre las raíces del árbol que tenía delante de mí. Estaba a punto de sacar por fin la linterna cuando divisé a lo lejos unos rayos de luz que surgían con intermitencia y que se dirigían hacia mí. Ahora alcanzaba a oír las voces de los hombres que me buscaban. Debían venir muy cerca, oí a uno decir que me había visto. Me agazapé entre las raíces de mi viejo árbol, rogándole a Dios que me volviera invisible.

Seguía la dirección de sus pasos gracias al vaivén de los chorros de luz. Uno de ellos se acercó bastante. Apuntó con su linterna hacia mí y me encandelilló. Cerré los ojos, petrificada, esperando escuchar sus aullidos de victoria, antes de que me saltaran encima. Mas los rayos de luz me abandonaron, se pasearon más lejos, volvieron un instante y se alejaron definitivamente dejándome en el silencio y la oscuridad.

Me levanté dudosa, frágil, temblando todavía, y me apoyé contra el árbol centenario para volver a recuperar el aliento. Me quedé así un tiempo largo. Un nuevo rayo rasgó el cielo e iluminó la selva en un segundo. De memoria, me abrí un camino por donde había creído avistar un paso entre dos árboles, esperando que otro rayo me sacara nuevamente de la ceguera. Los guardias no estaban más ahí.

Ahí mismo mi relación con ese mundo de la noche empezaba a cambiar. Avanzaba más fácilmente, mis manos reaccionaban con mayor agilidad y mi cuerpo aprendía a anticipar más rápido los accidentes del terreno. La sensación de horror comenzaba a disiparse. El medio que me rodeaba ya no me era totalmente hostil. Percibía esos árboles, esas palmas, esos helechos, esa maleza trepadora como un posible refugio. De un momento a otro, la angustia que me producía mi situación, el hecho de estar empapada, de tener las manos y los dedos ensangrentados, de estar cubierta de barro, de no saber adónde ir, todo eso parecía menos importante. Podía sobrevivir. Debía seguir caminando, seguir en movimiento, alejarme. Al amanecer volverían a iniciar la persecución. Mas en el calor de la acción, me repetía «soy libre», y mi voz me hacía compañía.

Imperceptiblemente, la selva se hizo más familiar, pasando del mundo oscuro y plano de los ciegos, a un terreno de relieves monocromos. Las formas se hicieron más definidas y finalmente los colores volvieron a tomar posesión del universo: era el alba. Tenía que encontrar un buen escondite.

Apreté el paso, imaginando los reflejos de los guerrilleros y tratando de adivinar sus pensamientos. Quería encontrar un desnivel en el terreno que me permitiera envolverme en mi gran plástico negro y taparme con hojas. En pocos minutos, la selva pasó del azul grisáceo al verde. Debían de ser las cinco de la mañana. Sabía que los tendría en mis talones en cualquier momento. Sin embargo, la selva parecía tan cerrada. Ni un solo ruido, ni un solo movimiento. El tiempo había quedado suspendido.

Me resultaba difícil mantenerme en estado de alerta, engañada por la sensación tranquilizadora que daba la luz del día. Aún así, seguí avanzando con precaución. De repente, sin previo aviso, una gran claridad reventó el espacio. Intrigada, me di media vuelta. A mis espaldas, la selva tenía la misma opacidad. Comprendí, entonces, lo que anunciaba este fenómeno: a pocos pasos, los árboles se abrían para darles paso al cielo y al agua.

Ahí estaba el río. Yo lo veía correr, encabritado, arrastrando con furia árboles enteros que parecían pedir ayuda. El agua bajando a borbotones me acobardó. Había, no obstante, que lanzarse al agua y dejarse llevar. Ese era el precio de la salvación.

Permanecí inmóvil. La ausencia de un peligro inminente reprimió mis instintos de supervivencia y atendí la voz de la prudencia para no tirarme al agua. La cobardía tomaba forma. Aquellos troncos que giraban en el agua y desaparecían para salir a flote más adelante, con sus ramas extendidas hacia el cielo, eran yo misma. Me veía sumergida en ese mar de barro. Mi cobardía inventaba pretextos para aplazar mi partida. Con mi compañera, probablemente no habría dudado; habría visto en esos troncos que arrastraba la corriente unos flotadores salvavidas. Pero tenía miedo. Era un miedo hecho de una serie de patéticos pequeños miedos lamentables. Miedo de volver a estar empapada, ahora que había logrado calentarme con la caminata. Miedo de perder el morral con las escasas provisiones que contenía. Miedo de que la corriente me arrastrara. Miedo de estar sola. Miedo de tener miedo. Miedo de morir estúpidamente.

En medio de esta reflexión que me dejaba vergonzosamente desnuda ante mis propios ojos, comprendí que no era más que un ser mediocre y cualquiera. No había sufrido aún lo suficiente para albergar en las entrañas la rabia necesaria para luchar a muerte por mi libertad. Seguía siendo un perro que, a pesar de los golpes, esperaba su hueso. Miré a mi alrededor, nerviosamente, para encontrar un hueco donde esconderme. Los guardias también llegarían al río y buscarían aquí más que en cualquier otra parte. ¿Regresar a la espesura de la selva? Ya debían de estar siguiéndome el rastro y corría el riesgo de encontrármelos cara a cara.

En la orilla del río había manglares y viejos troncos medio podridos, vestigios de tormentas anteriores. Había uno en particular, de difícil acceso, pero que tenía una hendidura profunda en un costado. Las raíces de los mangles formaban un cerco a su alrededor y lo ocultaban a la vista. Logré llegar al hoyo poniéndome a gatas, y luego arrastrándome y retorciéndome. Lentamente, desdoblé el gran plástico que llevaba en la bota desde un comienzo. Mis medias estaban empapadas, y el plástico también. Lo sacudí mecánicamente y quedé aterrada con el ruido que acababa de hacer. Me detuve en seco y contuve el aliento, para tratar de percibir el menor movimiento en las cercanías. La selva se estaba despertando y el zumbido de los insectos se hacía más fuerte. Más tranquila, retomé la tarea de esconderme bien en la cavidad del tronco, envuelta en mi plástico.

Entonces la vi. Yiseth.

Estaba de espaldas. Había llegado trotando. No llevaba fusil, pero empuñaba un revólver. Tenía puesta una camiseta sin mangas, en tela de camuflado, cuya feminidad le daba un aspecto inofensivo. Se dio media vuelta lentamente y sus ojos se encontraron al instante con los míos. Los cerró un segundo, como para dar gracias al cielo, y se acercó con cautela.

Con una sonrisa triste, me tendió la mano para ayudarme a salir de mi guarida. Yo no tenía otra alternativa. Obedecí. Fue ella quien me dobló cuidadosamente el plástico y me lo aplanó para que lo volviera a meter dentro de la bota. Asintió con la cabeza. Luego, satisfecha, se dirigió a mí como hablándole a un niño. Sus palabras eran extrañas. No tenía el discurso propio de los guardias, siempre cuidadosos de no dejarse coger en flagrancia por algún camarada. En un momento, mirando hacia el río como si hablara consigo misma en voz alta, sus palabras se volvieron tristes y terminó confesándome que ella también había pensado varias veces en escaparse. Le hablé entonces de mis hijos, de mi necesidad de estar con ellos, de mi urgencia de volver a mi hogar. Ella me contó que había dejado a su bebé en casa de su madre, a los pocos meses de nacido. Se mordía los labios y sus ojos negros se llenaban de lágrimas. «Vámonos juntas», le propuse. Me agarró las manos y su mirada volvió a ser fría. «Ellos nos encuentran y nos matan». Le supliqué, apretándole las manos con más fuerza y obligándola a mirarme. Se rehusó tajantemente, volvió a coger su arma y me miró sesgado: «Si me ven hablando con usted me matan. Están aquí cerca. Camine delante de mí y oiga bien lo que le voy a decir». Yo obedecí, recogí mis cosas y me tercié el morral. Ella se pegó a mí y me susurró al oído: «La orden del comandante es maltratarla. Cuando lleguen, la van a gritar, la van a insultar, la van a empujar. No vaya a responderles. No diga nada. Quieren castigarla. Se la van a llevar… solo hombres. Las mujeres tenemos orden de volver al campamento. ¿Me copia?».

Sus palabras resonaban en mis sienes como en conchas vacías. Tenía la impresión de oír un idioma extraño. Hacía un gran esfuerzo de concentración, tratando de ir más allá de los sonidos, pero la angustia me había paralizado el cerebro. Caminaba sin saber que caminaba, miraba el mundo desde dentro, como un pez en un acuario. La voz de esta muchacha me llegaba deformada, con intermitencias, se apagaba y volvía. Sentía la cabeza muy pesada, como atrapada en una prensa. Tenía la lengua cubierta por una pasta seca que la mantenía pegada al paladar, y mi respiración se había hecho profunda y pesada. Yo caminaba y el mundo subía y bajaba al ritmo de mis pasos. Los latidos amplificados de mi corazón llenaban mi espacio interior, poniendo mi cráneo a vibrar.

No los vi llegar. Aparecieron sorpresivamente. Uno de ellos empezó a dar vueltas a mi alrededor, la cara roja, como la de un marranito, y de pelo rubio y erizado. Sostenía en alto su fusil con el brazo estirado; saltaba y gesticulaba, entregado a una danza guerrera ridícula y violenta.

Un golpe en las costillas me hizo comprender que había otro más, un hombre de baja estatura, de pelo oscuro, con los hombros anchos y las piernas corvas. Acababa de clavarme el cañón de su fusil un poco más arriba de la cintura y hacía el ademán de contenerse como para no repetir el golpe. Gritaba y escupía, insultándome con palabras soeces y absurdas.

Al tercero no podía verlo: iba empujándome por la espalda. Su risa perversa parecía excitar a los otros dos. Me arrancó el morral y lo desocupó en el suelo, escarbando con la punta de la bota entre los objetos que él sabía eran valiosos para mí. Se reía y los hundía entre el barro con el pie, para obligarme a recogerlos y volverlos a meter en el morral. Estaba arrodillada cuando percibí entre sus manos el brillo de un objeto metálico. Distinguí entonces el repiqueteo de la cadena y me puse de pie de un salto para mirar al hombre a la cara. La joven seguía junto a mí, agarrándome con fuerza del brazo y obligándome a caminar. El pelado que se reía le hizo una seña para que se fuera. Ella se encogió de hombros, evitó mi mirada y me abandonó.

Yo estaba tensa y ausente. Sentía en las sienes los latidos de mi corazón. Habíamos avanzado algunos metros; la tormenta había hecho subir el nivel del agua y había transformado el lugar. Se había convertido en un embalse lleno de árboles obstinados en quedarse allí. Al otro lado, más allá de las aguas estancadas, se adivinaba la violencia de la corriente por el temblor constante de los arbustos.

Los hombres daban vueltas a mi alrededor aullando. El repique de la cadena se hacía cada vez más insistente. El pelado jugaba con ella para darle vida, como a una serpiente. Me prohibí cualquier contacto visual, intentando mantenerme por encima de esta agitación, pero mi visión periférica alcanzaba a captar gestos y movimientos que me helaban la sangre.

Yo era más alta que ellos. Caminaba con la cabeza erguida y el cuerpo tenso de indignación. Sabía que no podía hacer nada contra estos hombres, pero que ellos todavía lo ponían en duda. Tenían más miedo que yo, podía sentirlo. Más ellos tenían a su favor el odio y la presión del grupo. Bastaba un gesto para que se rompiera este equilibrio en el cual la ventaja todavía seguía siendo mía.

Oí al tipo de la cadena dirigirse a mí. Repetía mi nombre con una familiaridad insultante. Yo decidí que no podrían hacerme daño. Pasara lo que pasara, no tendrían acceso a la esencia de mí misma. Debía agarrarme a esta verdad fundamental. Si podía mantenerme inaccesible, podría evitar lo peor.

La voz de mi padre me llegó de muy lejos, y una sola palabra me vino a la cabeza, en letras mayúsculas. Descubrí con horror que la palabra había quedado vaciada de su significado. No se refería a ninguna noción concreta, salvo a la imagen de mi padre, de pie, con los labios apretados, con la mirada íntegra. La repetía una y otra vez en mi cabeza como una oración, como un conjuro mágico que podría, tal vez, deshacer el maleficio. DIGNIDAD. No significaba nada, pero repetir esta palabra me era suficiente para adoptar la actitud de mi padre, como un infante que copia las expresiones de un adulto, y sonríe o llora no porque sienta alegría o dolor sino porque las expresiones que reproduce, despiertan en él las emociones que sus gestos están supuestos manifestar.

Mediante este juego de espejos comprendí, sin que mi reflexión participara en ello, que había ido más allá del miedo y murmuré: «Hay cosas más importantes que la vida».

Mi rabia me abandonó, abriéndole campo a una frialdad total. La alquimia que se obraba en mí, imperceptible desde el exterior, había sustituido la rigidez de mis músculos con una fuerza del cuerpo que se preparaba para hacer frente a los golpes de la adversidad. No era resignación, ¡para nada! Tampoco era una fuga incontrolada para terminar metida en la boca del lobo. Ahora tenía la atención fija en mi actitud, observándome desde dentro, midiendo mi fuerza y mi resistencia, ya no por mi capacidad para dar golpes, sino para recibirlos, como una embarcación martirizada por el embate de las olas, pero que no naufraga.

El muchacho se acercó y con un gesto veloz trató de ponerme la cadena al cuello. Yo lo esquivé instintivamente y terminé un paso de lado donde no podía alcanzarme. Los otros dos, sin atreverse a avanzar, lanzaban invectivas para animarlo a que volviera a intentarlo. Herido en su orgullo, se retenía como una fiera, calculando el momento preciso para atacar de nuevo. Nuestras miradas se cruzaron. Él debió de leer en la mía la determinación que tenía de evitar la violencia, y debió interpretarla como insolencia. Se me abalanzó y me dio un golpe seco en el cráneo con la cadena. Caí de rodillas. El mundo me daba vueltas. Me agarré la cabeza con las manos y vi todo negro; luego aparecieron estrellas bailando de manera intermitente ante mis ojos, antes de recuperar una visión normal. Sentía un dolor intenso, duplicado por una tristeza enorme que me invadía por pequeñas oleadas a medida que iba tomando conciencia de lo que acababa de ocurrir. ¿Cómo había podido hacer eso? No era en absoluto indignación lo que sentía. Era algo peor: la pérdida de la inocencia. Mi mirada se cruzó de nuevo con la suya. Tenía los ojos inyectados de sangre y un rictus que le deformaba las comisuras de los labios. Mi mirada le resultaba insoportable: quedaba puesto al desnudo ante mí. Lo sorprendí mirándome con el horror que le producían sus propios actos, y la idea de que yo pudiera ser un reflejo de su propia conciencia lo volvía loco.

Retomó compostura y, como para borrar toda huella de culpabilidad, volvió a iniciar la tarea de ponerme la cadena al cuello. Yo repelía sus movimientos con firmeza, evitando hasta donde fuera posible el contacto físico. Cogió impulso y de nuevo me asestó la cadena encima, con un gruñido ronco que duplicaba la fuerza del golpe. Caí inerte en la oscuridad y perdí la noción del tiempo. Sabía que mi cuerpo estaba siendo objeto de la violencia de estos hombres. Escuchaba sus voces a mi alrededor cargadas con el eco de los túneles.

Me sentía víctima de un asalto, entre convulsiones, como si estuviera metida en un tren a gran velocidad. Me parece que no perdí el conocimiento, pero aunque creo haber mantenido los ojos bien abiertos, los golpes que me dieron me impidieron ver. Mi cuerpo y mi corazón permanecieron congelados durante el breve espacio de una eternidad.
Cuando finalmente logré sentarme, tenía la cadena alrededor del cuello y el tipo me halaba dando tirones para obligarme a seguirlo. Babeaba cuando me gritaba. El regreso al campamento me pareció interminable, bajo el peso de mi humillación y de sus sarcasmos. Un guerrillero, delante de mí, los otros dos, detrás, iban hablando fuerte e intercambiando gritos de victoria. No tenía ganas de llorar. No era una cuestión de orgullo. Era simplemente un desprecio necesario para verificar que la crueldad de estos hombres y el placer que obtenían de ella, no habían arruinado mi alma.

Durante el tiempo suspendido de este recorrido sin fin, sentí que me fortalecía a cada paso, pues era más consciente de mi extremada fragilidad. Sometida a todas las humillaciones, llevada de cabestro como un animal, atravesando todo el campamento en medio de los gritos de victoria del resto de la tropa, incitando los más bajos instintos de abuso y dominación, acababa de ser testigo y víctima de lo peor.

Por ello, sobrevivía en una lucidez recién adquirida. Sabía que, de cierta forma, había ganado más de lo que había perdido. No habían logrado hacer de mí un monstruo sediento de venganza. Del resto no estaba muy segura. Suponía que el dolor físico llegaría con el descanso y me preparaba para la aparición de los tormentos del espíritu. Pero ya sabía que tenía la capacidad de liberarme del odio, y veía en ello mi conquista más preciada.

Llegué a la jaula, vencida, pero sin duda más libre que antes, habiendo tomado la decisión de encerrarme en mí misma, de esconder mis emociones. Clara estaba sentada de espaldas, mirando a la pared, delante de un tablón que hacía las veces de mesa. Se dio media vuelta. Su expresión me desconcertó, adiviné un brote de satisfacción que me hirió. La rocé al pasar, sintiendo de nuevo, la enorme distancia que nos separaba. Busqué mi rincón para refugiarme bajo el mosquitero sobre mi estera, evitando pensar mucho, pues no estaba en condiciones de hacer evaluaciones certeras. Por el momento, me aliviaba ver que no habían considerado necesario asegurar el otro extremo de la cadena a la jaula con un candado. Sabía que lo harían más tarde. Mi compañera no me hizo ninguna pregunta y yo se lo agradecí. Al cabo de un largo momento de silencio me dijo simplemente: «A mí no me van a poner ninguna cadena al cuello».

Me desplomé en un sueño profundo, enroscada sobre mí misma como un animal. Las pesadillas habían vuelto, pero habían cambiado de esencia. Ya no era Papá con quien me reencontraba cuando me dormía; era yo, completamente sola, ahogándome en un agua estancada y profunda. Veía los árboles que me miraban, con las ramas arqueándose hacia la superficie trémula. Sentía el agua palpitar como si estuviera viva, y luego perdía de vista los árboles y sus ramas, hundiéndome en el líquido salobre que me aspiraba, cada vez más profundamente, mi cuerpo dolorosamente extendido hacia la luz, hacia ese cielo inaccesible, a pesar de mis esfuerzos para liberarme los pies y ascender a la superficie a tomar aire.

Me desperté agotada y bañada en sudor. Abrí los ojos y vi a mi compañera. Me miraba atentamente. Viendo que había salido del sueño, continuó con su trabajo.

—¿Por qué no me seguiste?

—La guardia prendió una linterna cuando yo iba a salir. Seguramente oyó ruido... y yo había hecho mal el bulto. Ella se dio cuenta enseguida que yo no estaba en la cama.

—¿Quién era?

—Era Betty.

No quería saber más. De alguna manera le tenía resentimiento por no haber tratado de averiguar qué me había pasado. Pero por otro lado me aliviaba no tener que hablar de cosas que me dolían demasiado. Sentada en el suelo, con esa cadena en el cuello, repasé todo lo que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas. ¿Por qué había fracasado? ¿Por qué estaba de nuevo en esa jaula, cuando había estado libre, totalmente libre, a lo largo de esa noche fantástica?

Me obligué a pensar en los instantes agobiantes que acababa de vivir en los pantanos. Hice un esfuerzo sobrehumano para obligarme a abrir los ojos sobre el ensañamiento bestial de esos hombres. Quise darme el permiso de poner palabras sobre lo vivido, para cauterizar mis heridas y limpiarme.

Mi cuerpo se rebelaba. Recogí rápidamente los varios metros de cadena tirados a mis pies, salí de un brinco de la jaula, y presa de pánico le pedí al guardia permiso de ir a los chontos. Él no se tomó la molestia de responderme, sabiendo que yo seguiría de largo, cubriendo a grandes pasos la distancia que me separaba del lugar que nos servía de letrinas. Mi cuerpo guardaba en memoria este trayecto y sabía que no alcanzaría a llegar. Lo inevitable ocurrió un metro antes de tiempo. Me agaché al pie de un árbol joven y vomité hasta las tripas. Quedé con el estómago vacío, sacudida por contracciones secas y dolorosas, que no dejaban subir ya nada. Me sequé la boca con el revés de la mano y miré hacia el cielo ausente. No había más que verde. El follaje cubría el espacio en forma de domo. Ante la inmensidad de esta naturaleza, me sentía encoger aún más, con los ojos humedecidos por el esfuerzo y la desesperanza.

«Tengo que lavarme».

Faltaba mucho para la hora del baño, demasiado para alguien que no tenía nada mejor que hacer que rumiar su repugnancia. Tenía puesta la ropa empapada de la víspera y olía espantosamente mal. Quería hablar con el comandante, pero sabía que se negaría a recibirme. Sin embargo, la idea de molestar a un guardia me dio la energía para sacudirme la apatía y formular mi petición. Por lo menos, se sentiría molesto de tener que darme una respuesta.

El guardia me observaba con desconfianza, esperando a que yo le hablara. Había enderezado su Galil por precaución, apoyándoselo contra el estómago, una mano sobre el cañón y la otra sobre la culata, en posición de alerta.

—Acabo de vomitar.

—…

—Necesito una pala para tapar.

—…

—Dígale al comandante que necesito hablarle.

—Vuelva a la jaula. No tiene permiso pa’ salir.

Obedecí. Lo veía que reflexionaba a toda velocidad, desconfiado, asegurándose de que yo me hubiera alejado lo suficiente del puesto de vigilancia. Luego, con aire autoritario y un gesto tosco, hizo el ademán de llamar al guerrillero más a la mano. El otro se acercó sin prisa. Los vi cuchichear al tiempo que me miraban de soslayo. El segundo hombre se fue. Volvió con un objeto que escondía en la mano.

Al llegar al pie de la jaula, saltó ágilmente al interior. Tomó con rapidez el extremo libre de mi cadena, le dio vuelta a una viga y lo aseguró con un gran candado.

Estaba claro que esta cadena que llevaba al cuello, más allá del peso y la molestia constante que representaba, era también testificación de debilidad: tenían miedo de que yo lograra escaparme de veras. Me parecían deplorables, con sus fusiles, sus cadenas, su gran número de guardias, todo eso para hacerles frente a dos mujeres indefensas. Eran cobardes en su violencia, medrosos en una crueldad que se ejercía bajo el manto de la impunidad y sin testigos. Las palabras de la joven guerrillera me volvieron a la mente. No las había olvidado. Había querido advertirme que era una orden. Me lo había dicho.

¿Cómo era posible que se diera una orden así? ¿Qué podía pasar por la cabeza de un hombre que les exigía eso a sus subalternos? Sentía que me había vuelto tonta en esta selva como si en ese entorno hostil hubiese perdido buena parte de mis facultades. Era esencial para mí abrir una puerta que me ayudara a reencontrar mi lugar en el mundo, o mejor, a reencontrar el lugar del mundo en mí.

Yo era una mujer adulta, con la cabeza en su puesto. ¿Lograr comprender me sería de algún alivio? Tal vez no. Hay órdenes que se deben desobedecer, pase lo que pase. Obviamente, la presión del grupo pesaba mucho. No solamente la de los tres hombres entre ellos, que habían recibido la orden de traerme y castigarme, y que los había llevado a encarnizarse en su barbarie, sino también la presión del resto de la tropa, que los aclamaría si habían cumplido bien su tarea de maltratarme. No eran ellos, era la imagen que querían tener de sí mismos, lo que había resultado fatal para mí.

Alguien pronunció mi nombre y me sobresalté. El guardia estaba de pie frente a mí. No lo había oído venir. Abrió el candado. Yo seguía sin entender qué pasaba. Lo vi arrodillarse y ponerme la cadena formando un ocho entre mis pies; luego la cerró con el mismo candado enorme. Desilusionada, hice el ademán de volver a sentarme, lo que lo fastidió. Entonces se dignó informarme que el comandante me quería ver. Lo miré con los ojos desorbitados y le pregunté cómo pretendía que caminara con esos hierros entre las piernas. Me agarró del brazo para ponerme de pie y me sacó a empujones de la jaula. Todo el campamento estaba en primera fila para asistir al espectáculo.

Miraba mis pies, pendiente de coordinar mis pasos y de evitar cruzar alguna mirada. El guardia me ordenó apurarme, dándoselas delante de sus camaradas. No respondí, y como era evidente que no tenía intención de obedecerle, se puso realmente molesto, preocupado de no quedar como un idiota delante de sus compañeros.

Llegué al otro extremo del campamento donde estaba la carpa del comandante Andrés. Trataba de adivinar cuál sería el tono que escogería para esta audiencia tan particular.

Andrés era un hombre que acababa de llegar a la madurez, tenía los rasgos finos y la piel tostada. Nunca me había resultado completamente antipático, a pesar del hecho de que desde el primer día en que había asumido el comando se había empeñado en hacerse inaccesible. Adivinaba en él un fuerte complejo de inferioridad. No lograba salir de su desconfianza enfermiza sino cuando la conversación se desviaba hacia las cosas de la vida. Estaba locamente enamorado de una jovencita bonita y sedienta de poder, que lo manejaba con el dedo chiquito. Era evidente que ella se aburría con él, pero el hecho de ser la mujer del comandante le permitía gozar de los lujos de la selva; la muchacha reinaba sobre sus compañeros, y, como si fuera una consecuencia directa de ello, iba engordando a la vista. ¿Pensaba el comandante que yo podía serle útil para descifrar los secretos de ese corazón femenino que él buscaba poseer más que cualquier otra cosa? El hecho es que dos veces había venido a hablar conmigo, dando rodeos sin atreverse a poner sobre la mesa sus preocupaciones. Yo lo ayudaba a sentirse cómodo, a hablar de su vida, a hacer confidencias. De cierta forma, eso me daba la sensación de ser útil.

Andrés era, ante todo, un campesino. Su gran orgullo residía en haber logrado adaptarse a las exigencias de la guerrilla. Menudo pero fornido, sabía hacer mejor que cualquiera lo que le exigía a su tropa. Se ganaba el respeto de sus subalternos rectificando él mismo lo que ellos hacían mal. Su superioridad se fundaba en la admiración que generaba entre la muchachada. Pero tenía dos debilidades: el alcohol y las mujeres.

Lo encontré desgualetado en su caleta, entregado a hacerse cosquillas con Jessica, su compañera, cuyas carcajadas resonaban más allá del río. Sabía que yo estaba ahí, pero no tenía la menor intención de suspender la diversión por mí. Esperé pues, hasta que se le diera la gana. Andrés terminó por voltearse, echándome una mirada con estudiado desprecio, para preguntarme qué era lo que yo quería.

«Desearía hablarle, pero me parece que sería mejor que estuviéramos solos». Andrés se sentó, se pasó las manos por el pelo y finalmente le pidió a su compañera que nos dejara solos. Ella obedeció con desgano, haciendo una mueca con la boca y tomándose su tiempo. Después de unos minutos, le ordenó al guardia que me había llevado irse también. Finalmente, me dirigió la mirada.

La animosidad y la dureza que Andrés exhibía querían significar que no era en absoluto sensible al espectáculo de la criatura arrasada y encadenada que tenía frente a sí. Nos evaluábamos mutuamente. Era incómodo asistir a una escena en la que yo era el eje central y que ponía al desnudo todos los engranajes de los mecanismos humanos. Sabía que muchas cosas entraban en juego, como las ruedas dentadas de un reloj que dependen las unas de las otras para ejecutar el movimiento. En primer lugar, yo era mujer. El comandante habría podido mostrarse indulgente ante un hombre, y ese gesto de nobleza habría contribuido a aumentar su prestigio. Pero ahora, rodeado por docenas de ojos que lo escrutaban con crecida avidez, ya que no podían escucharlo, debía aún más mantener una compostura impecable. Me trataría con aspereza, para no correr el riesgo de parecer débil. En segundo lugar, lo que habían hecho era infame. Los códigos escritos según los cuales se regían las FARC no les dejaban margen para la duda. Debían, entonces, refugiarse en las zonas grises de lo que ellos llamaban los avatares de la guerra: yo era el enemigo y había intentado escaparme.

El castigo al cual me habían sometido no podía ser considerado como un error que fuera necesario justificar, ni siquiera como una metedura de pata que hubiera que esconder. Ellos querían considerar lo que había pasado como el precio que yo debía pagar por la afrenta semejante de haber burlado la guardia. No había, pues, sanciones para sus hombres, ni mucho menos consideración para conmigo.

Yo era una mujer instruida y, por lo tanto, muy peligrosa. Yo podría buscar manipularlo, enredarlo y perderlo. Él estaba más prevenido que nunca, inamovible en todos sus prejuicios y todas sus culpabilidades.

Yo estaba de pie frente a él, revestida de esa serenidad que produce el desapego. No tenía nada que demostrar, estaba vencida, mortificada hasta lo indecible. No había lugar en mí para el amor propio. Yo podía vivir con mi conciencia, pero quería entender cómo podía él vivir con la suya.

El silencio que hubo entre nosotros fue producto de mi determinación. Él quería ponerle fin, yo quería observarlo a mis anchas. Él me miraba con desprecio, yo lo examinaba con curiosidad. Los minutos transcurrían lentos como un suplicio. «Bueno, ¿y qué es lo que me quiere decir?». Me desafiaba, indispuesto por mi presencia, por mi silencio obstinado. Entonces me escuché retomar en voz alta una conversación que sostenía en mi interior desde que había vuelto a la jaula.

Imperceptiblemente lo fui llevando a la intimidad de mi dolor y, a medida que le revelaba la profundidad de mis heridas, como quien expone ante un médico su llaga supurante, lo veía palidecer, incapaz de interrumpirme, fascinado y asqueado a la vez. Ya no tenía necesidad de hablar de ello para liberarme. De allí que podía describirle con precisión lo que había vivido.

El comandante me dejó terminar. Sin embargo, cuando alcé los ojos, dejando ver así mis secretas ganas de escucharlo, él recuperó su compostura y me asestó el golpe que había preparado meticulosamente mucho antes de que yo llegara: «Usted dice eso. Mis hombres dicen otra cosa…». Estaba acostado de medio lado, apoyado en un codo, jugando distraídamente con una ramita que tenía en la boca. Alzó la mirada hacia el frente, hacia las otras caletas que estaban dispuestas en semicírculo alrededor de la suya, donde la tropa se había instalado para tratar de seguir nuestra conversación. Hizo una pausa y concluyó: «… y yo creo lo que mis hombres me dicen».

Me puse a llorar sin recato, incapaz de calmar el torrente de lágrimas. Mi reacción era tanto más inesperada cuanto que yo no lograba identificar el sentimiento que la había desencadenado. Traté de hacer frente a esta inundación, secándome con mis mangas que hedían a vómito, retirándome el pelo que se pegaba a mis mejillas bañadas en lágrimas, como para aumentar mi confusión. Me reprochaba a mí misma por esta falta de control. Mi rabia me daba un aspecto lamentable y la conciencia de ser observada no hacía más que aumentar mi torpeza. La idea de irme, de hacer el recorrido de vuelta, encadenada como estaba, me obligó a concentrarme en la simple mecánica del desplazamiento y me ayudó a ocultar mis emociones.

Andrés, ahora sin sentirse sometido a evaluación, se relajó y dio rienda suelta a su crueldad. «Yo tengo un corazón sensible… No me gusta ver llorar a una mujer, y menos si es una prisionera. Nuestro reglamento dice que debemos tratar a los prisioneros con consideración…». Sonreía de oreja a oreja, sabiendo que su público gozaba con la función. Con un dedo, le indicó al guerrillero que se había ensañado contra mí que se acercara. «Quítele las cadenas. Vamos a demostrarle que las FARC saben tener compasión».

Me violentaba hasta el extremo tener que soportar las manos de este hombre rozándome la piel al introducir la llave en el candado que me colgaba del cuello.

El guerrillero tuvo la inteligencia de no demorarse demasiado; luego se arrodilló sin mirarme para retirar la cadena que me retenía los pies.

Aliviada de ese peso, me preguntaba qué hacer. ¿Debía irme sin pedir nada más o debía agradecerle al comandante su gesto de clemencia? Su indulgencia era el resultado de un juego pernicioso. Su objetivo era humillarme aún más, con una maniobra ingeniosa que me dejaba en deuda con mi verdugo. Andrés lo había planificado todo, usando a sus subordinados para que hicieran el trabajo sucio. De autor intelectual de su vileza, quería pasar a convertirse en juez.

Opté por una salida que en otra época me habría costado mucho. Le agradecí con todas las formas de la cortesía. Sentía la necesidad de ataviarme de ritos, recobrar aquello que hacía de mí un ser humano civilizado, moldeado por una educación que se inscribía en una cultura, en una tradición, en una historia. Como nunca en mi vida, sentía la necesidad de alejarme de la barbarie. El comandante me miró sorprendido, sin saber si me estaba burlando de él o si al fin había terminado por agachar la cabeza.

Hice el camino de regreso, sintiendo las miradas burlonas donde se leía el resentimiento ante la idea de que, a pesar de todo, yo había salido bien librada. Sin duda, todos concluyeron que el viejo truco de las lágrimas había terminado por vencer la rigidez de su comandante. Yo era una mujer peligrosa. Los papeles se habían invertido subrepticiamente: de víctima pasaba a ser una mujer temida: era una «política».

Esta afirmación contenía todo el desprecio de clase con que les lavaban el cerebro cotidianamente. El adoctrinamiento era una de las responsabilidades del comandante. Cada campamento estaba construido según el mismo modelo, que comprendía la edificación de un aula donde el comandante daba informes y explicaba las órdenes; allí era donde los guerrilleros debían denunciar cualquier actitud antirrevolucionaria que hubieran podido presenciar. Si no lo hacían, los consideraban cómplices, los llevaban a juicio en corte marcial y los fusilaban.

Allí les habían explicado que yo me había presentado a las elecciones presidenciales de Colombia. Yo formaba parte, entonces, del grupo de los rehenes políticos, cuyo crimen era, según las FARC, hacer aprobar leyes a favor de la guerra. La reputación de nuestro grupo era odiosa. Les explicaban que éramos unas especies de sanguijuelas, les decían que nosotros prolongábamos la guerra para obtener réditos económicos. La mayoría de esos jóvenes no comprendía el sentido de la palabra «política». Les enseñaban que la política era la actividad de aquellos que lograban engañar al pueblo con discursos y que se enriquecían robándose los impuestos.

El problema de esta explicación es que yo la compartía en buena parte. Además, razones parecidas me habían llevado a participar en la política, con la esperanza, tal vez no de cambiar el sistema en sí, pero por lo menos sí de tener la posibilidad de denunciar la injusticia.

Para ellos, todo aquel que no pertenecía a las FARC era necesariamente una crápula. De nada valían los esfuerzos por explicarles mi lucha y mis ideas: eso no les interesaba.

Cuando les decía que yo hacía política contra todo lo que detestaba, contra la corrupción, contra la injusticia social y contra la guerra, su respuesta inapelable era: «todos ustedes dicen lo mismo».

Regresé a la jaula, libre de las cadenas, pero cargando el peso de esta animosidad que crecía contra mí. Entonces oí por primera vez esta canción farquiana, cantada en tono infantil:

Esos oligarcas hijueputas que se roban la plata de los pobres.

Esos burgueses malnacidos los vamos a acabar, los vamos a acabar.

Al comienzo era solo un murmullo, un ronroneo proveniente de una de las caletas. Luego, el canturreo se desplazó para acompañarme a mi paso. Estaba tan perdida en mis divagaciones que no le paré bolas. Solo cuando los hombres comenzaron a entonar la estrofa, haciendo de apostas para articular bien y con voz fuerte, fue cuando alcé la cabeza. No es que hubiera comprendido desde un comienzo el sentido de la letra, porque el acento que les hacía comerse ciertas palabras a veces me obligaba a pedir que me repitieran las frases; sino que el circo que se había montado había provocado una risa generalizada. Fue ese cambio de atmósfera lo que me hizo volver a la realidad.

El que cantaba era el mismo que me había quitado las cadenas. Cantaba con una sonrisa malosa de medio lado, con fuerza, como para acompasar sus actos, mientras fingía meter sus cosas dentro de un morral. El otro, el que había hecho el recorrido desde su caleta, desde el fondo, hasta ahí, era un pobre diablo, endeble y medio calvo, que tenía la costumbre de apretar los ojos cada dos segundos, como para esquivar un golpe. Una de las guerrilleras estaba sentada en la estera de los muchachos, mirándome de reojo, cantando feliz la canción que todos se sabían de memoria. Dudé un instante, agotada de tanta lucha, diciéndome que, al fin de cuentas, no tenía por qué sentirme aludida por esta canción. Veía en la actitud de los guerrilleros la cruel alevosía de los patios de recreo. Sabía que lo mejor era hacer oídos sordos. Pero hice lo contrario y me detuve. El guardia que me seguía de muy cerca apenas tuvo tiempo de frenar, y casi se estrella tontamente contra mí, y eso lo irritó. Me ordenó avanzar, en tono grosero, aprovechando que tenía, de hecho, el público a su favor.

Me di vuelta hacia la joven y me oí decirle: «No cante esa canción delante de mí. Ustedes tienen los fusiles, y el día que quieran matarme no tienen más que hacerlo».

Ella siguió cantando con sus compañeros, pero sin el entusiasmo de antes. No podían, delante de sus víctimas, hacer de la muerte un refrán. Tenían que haber entendido que la muerte no era un pasatiempo.

La orden de ir a baño llegó pronto. La tarde casi se terminaba y me anunciaron que el tiempo asignado sería muy corto. Ellos sabían que la hora del baño era para mí el mejor momento del día. Acortarla era una muestra del régimen al que sería sometida de ahora en adelante.

No dije nada. Custodiada por dos guardias, fui al río y me sumergí en sus aguas grisáceas. La corriente era todavía muy fuerte, y el nivel del agua no había parado de subir. Me agarré a una raíz que sobresalía en la orilla y mantuve la cabeza sumergida en el agua, con los ojos bien abiertos, esperando así poder lavar todo lo que había visto. El agua estaba helada y a su contacto se despertaron todos mis dolores. Me dolía hasta la raíz del pelo.

La colada llegó cuando regresé a la jaula. Harina, agua y azúcar. Esa noche, me acurruqué en mi rincón, con ropa seca y limpia, a tomarme esa bebida no porque supiera bueno sino porque estaba caliente. Ya no volvería a tener las fuerzas para afrontar otro día como este. Debía protegerme, incluso de mí misma, pues era obvio que no estaba hecha para aguantar mucho tiempo el régimen al que me tenían sometida. Cerré los ojos antes de que cayera la noche, respirando apenas, esperando que disminuyeran mi sufrimiento, mi angustia, mi soledad y mi desesperanza. Durante las horas de aquella noche sin sueño, y en los días que siguieron, todo mi ser empezó a recorrer el curioso camino de la hibernación del alma y del cuerpo, esperando el momento de la libertad como la primavera.

El día siguiente llegó, como cualquier mañana de cualquier año de mi vida. Solo que estaba muerta. Trataba de poblar las horas sin fin, ocupando mi mente con cualquier otra cosa que no fuera yo misma, pero el mundo ya no tenía ningún interés para mí.

Los vi llegar de lejos, del otro extremo del campamento, en silencio, ella detrás de él o, mejor, ella empujándolo a él. Cuando llegaron frente al guardia, Yiseth le habló al oído. Haciendo una señal con el mentón, el guardia los autorizó a seguir. Ella le susurraba a su compañero unas palabras que parecían incomodarlo.

—Queremos hablarle —me dijo ella, mientras yo hacía lo necesario para poner cara de que no era asunto mío.

Vestía la misma camiseta sin mangas, con colores de camuflado, del día anterior. Tenía la misma expresión dura y secreta que la hacía ver más vieja.

Levanté hacia ella unos ojos llenos de amargura. Su compañero, con el que había venido a verme, hacía parte del grupo de tres guerrilleros que se habían encarnizado conmigo en el embalse. Su sola presencia me hacía estremecer de repulsión. Ella se dio cuenta y espoleó a su compañero con un codazo.

—A ver, dígale.

—Nosotros… Yo vine a decirle que… Lo siento. Quiero excusarme por lo que le dije ayer. Yo no pienso que usted sea una vieja hijueputa. Quiero pedirle perdón. Yo sé que usted es una persona buena.

La escena me parecía surrealista. Este hombre venía a disculparse, como un niño regañado por una mamá severa. Sí, me habían lanzado a la cara toda clase de insultos. ¡Pero eso no era nada en comparación con el horror que me habían hecho vivir! ¡Todo era tan absurdo! Salvo el hecho de haber venido a verme. Yo escuchaba. Creía que era indiferente. Me tomó un tiempo comprender que aquellas palabras, y la manera como habían sido dichas, me habían producido un real alivio.

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1. Chontos: palabra utilizada por las FARC para designar un hueco cavado en el suelo, usado como letrina. (N. de la A.).
2. Acurrunchar: colombianismo, puede ser también «enroscarse».