13 ago. 2010

El imperativo de la felicidad

El imperativo de la felicidad/Germán Cano, profesor de Filosofía en la Universidad de Alcalá de Henares y editor de las obras completas de Nietzsche que publica Gredos
Publicado en EL PAÍS, 13/08/10;
En esa piedra angular de la reflexión de la modernidad crepuscular que es Dialéctica de la Ilustración, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer no dudaron en retroceder hasta las fuentes míticas del mundo antiguo para rastrear el origen ascético de una racionalidad instrumental orientada al trabajo y al sacrificio del goce. En 1947, año de sombríos balances en el que se publicó la obra, la arriesgada comparación entre Ulises y el buen burgués sonaba tan intempestiva como en la actualidad, pero tuvo gran eco. Para escuchar el canto seductor de las sirenas, pero sin ceder a su destructora invitación a la felicidad, el héroe se hacía atar al palo mayor después de haber tapado con cera los oídos de sus subordinados. Del mismo modo que Ulises se sustraía a la fatal seducción del canto de las sirenas atándose a este rígido mástil, el ascetismo burgués alejaba de sí tanto más obstinadamente su dicha cuanto más cerca sentía su inquietante presencia.
¿Se caracteriza nuestro sistema cultural por su afán ascético, por su austeridad respecto a todo goce? Parece más bien lo contrario: Ulises se ha soltado del mástil. Bajo la intimidatoria tiranía del imperativo de felicidad nuestras sociedades no solo habrían renunciado a todo horizonte trágico de sentido; también han criminalizado como patología toda humana e ineludible desgracia. Habríamos pasado, en suma, de habitar los insondables abismos religiosos de la culpa carnal a un mundo kitsch donde nuestra única vergüenza sería no conquistar el sueño de la felicidad.
Muchas veces considerados como “las páginas en blanco de la historia”, los días felices nunca fueron vistos con buenos ojos por los grandes clásicos. Entendámonos: no se trata de echar mano de moralina ni de volver a los buenos tiempos del sacrificio, destruyendo este nuevo becerro de oro de las sociedades tardocapitalistas. No, la felicidad es demasiado importante como para que domine como valor exclusivo. El problema radica en la ausencia de límites de un cuerpo feliz a secas. Cuando las sociedades modernas persiguen con tanto fervor ese sueño inalcanzable y abstracto llamado “felicidad individual” -incluso por encima de la libertad, la justicia o incluso la alegría-, la búsqueda compulsiva de esa sombra esquiva no tiene más remedio que culpabilizar toda desdicha.
En este contexto de sospecha la óptica del psicoanálisis es indispensable. Desde el momento en el que se nos exhorta a ser felices, ¿no se vuelve el sexo, por ejemplo, un deber incluso más insidioso que cualquier orden moral? Con Slavojiek podríamos decir que el mejor símbolo del imperativo de felicidad actual es la viagra. Una vez que esta se ocupa de modo automático de tu erección, ya no hay excusa: ¡tienes que disfrutar del sexo! ¡Y si no eres sexualmente feliz, es por tu culpa!
Alguna responsabilidad ha tenido también cierto optimismo tecnológico, ilusoriamente convencido de poder construir a golpe de voluntad cielos sobre la tierra. Máxime cuando el paso siguiente de este proyecto prometeico fue identificar toda aflicción como “anomalía”. ¿La consecuencia? Una sociedad frágil, excesivamente preocupada por la amenaza del dolor, siempre “en riesgo”, desvalida, infantilizada por la necesidad de protección.
En calidad de maestro de la paradoja, el pensador Odo Marquard nos ayuda a perfilar nuestra febril hipersensibilidad hacia la desdicha, un singular malestar que tal vez se explique a la luz de esta ambivalencia: puesto que los avances de la era moderna en derechos, reivindicaciones y la democratización del reconocimiento han despertado unas expectativas casi infinitas, la decepción de los seres humanos parece aumentar paulatinamente también con cada progreso. Una vez que se reconoce al hombre la capacidad de fundamentar su propia felicidad y se desploma toda teodicea; cuando la insatisfacción respecto al mundo, dirigida antaño hacia lo trascendente, se orienta hacia la contingencia histórica, no se tarda mucho en descubrir siempre a algún chivo expiatorio como mancha que obstaculiza el curso necesario hacia el paraíso terreno. “En el mundo de la vida de los hombres”, concluye Marquard, “la felicidad siempre está junto a la infelicidad, a pesar de la infelicidad o directamente por la infelicidad”. Dicho de otro modo: cuando los progresos culturales son un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo. Más bien se dan por supuestos, centrándose la atención exclusivamente en los males que perduran. Cuanta más infelicidad desaparece de la realidad, más nos ofende la infelicidad que aún persiste como resto. No habría felicidad, pues, sin sus correspondientes sombras.
Puede que esta sea nuestra “venganza de lo reprimido”: cuanto más buscamos el lecho de Procusto de la felicidad, más atrapados e inermes nos sentimos frente al dolor. Ironía de las buenas intenciones: ¿no somos nosotros los primeros seres humanos de la historia que empezamos a ser infelices por no ser felices? Para unas sociedades que buscan ante todo asegurar una vida feliz frente a los posibles excesos, el dolor no puede ser más que una presencia obscena, un desagradable tabú.
Pero bajo la bandera de la salud y de la protección avanza por medio de esta eliminación de “riesgos” un poder biopolítico que blanquea el lenguaje jurídico o político en médico. Se explica desde este punto de vista nuestra necesidad heterónoma de expertos. Terapeutas y charlatanes mediáticos de la felicidad llenan este hueco a la vez que nos reconfortan de nuestras cobardías cotidianas. El actual mercado cultural de la espiritualidad que está transformando silenciosamente las secciones de filosofía de las librerías en apartados de autoayuda es un buen síntoma de ello.
No terminan aquí las paradojas. Es curioso que la obsesión individual por ser felices en el ámbito doméstico coincida con la necesidad de aparecer a los ojos de los demás como incurables quejosos. Peter Sloterdijk ha bautizado esta ideología como la “comedia de la desdicha”: la pantomima de seguir un guión victimista en sociedad a fin de blindarnos de las virtudes contaminantes del don de la felicidad genuina, por definición extática, intersubjetiva. Nos quejamos por vicio, en verdad, pero, sobre todo, porque mostrarnos como felices ante los demás nos obligaría -noblesse oblige- a ser más generosos.
Si en la ideología clásica el subyugado por el mundo de la necesidad se refugiaba en el opio de la ilusión, ahora ocurre justo lo contrario: muchos que viven cómodamente miran de reojo simulado sus desgracias. Si un Molière redivivo tuviera que escribir su sátira, sería la del obseso de la felicidad que quiere parecer más infeliz de lo que es. Con malicia Sloterdijk subraya que lo único que cabe hacer “cuando uno es feliz, rico y libre es suicidarte o hacerte corredor de maratón”. Interesante reflexión para comprender cómo el culto vigoréxico al cuerpo se convierte en la coartada para no compartir la dicha. Cuando la cultura de la queja huye del dolor lo trivializa presentándolo como absolutamente ajeno a nuestro presunto derecho a la felicidad.
¿Recetas contra esta abusiva “feliz dependencia”? Lejos de esa automática búsqueda de intensidad de los nuevos sacerdotes del goce, quizá se trataría de conquistar los tonos grises, de limitar el avasallador derecho a la felicidad con un cierto sentimiento de gratitud por los regalos de la existencia. “Toda la felicidad”, escribía Chesterton evocando las arbitrarias exigencias de los cuentos de hadas, “depende de abstenerse de hacer algo que en cualquier momento podría hacerse y que con frecuencia no es evidente por qué razón no ha de hacerse”. Esta función del límite, por gratuito que sea, nos recuerda que la felicidad es un milagro, un regalo. No suena mal para concluir esta proclama infantil como principio de oposición a una sociedad cada vez más normalizada en torno a este estresante imperativo. Parafraseando el célebre inicio de Ana Karenina: todos los felices son felices de la misma manera, pero cada uno es desgraciado de modo singular.

Diego y Navalón

Columna Cuenta atrás/Antonio Navalón
El Universal, 2 de agosto de 2010
En un Estado en el que el secuestro se ha vuelto propiedad privada cabe todo menos la insensatez. Sería insensato no dedicar nuestra inteligencia a unir cabos para saber, más allá de la tragedia privada del ciudadano Diego Fernández de Cevallos, qué le pasa a este Estado, porque lo que le pasa al Estado nos pasa a todos.
Ya en la recta final del secuestro, y tras la publicación de la carta que Cevallos dirigió a su hijo y el boletín de quien lo tiene, no tengo más remedio que regresar 16 años atrás. Como Chomsky nos enseñó, se puede saber de la gente tanto por lo que dice como por lo que calla. Así, al minuto de ser secuestrado El Jefe Diego, propios y extraños, nacionales y extranjeros, creyeron que estaba en manos guerrilleras.
Hoy no hay duda del profesionalismo de “los misteriosos desaparecedores”, que eligieron a José Cárdenas, quien ha vivido todas las crisis de 1994 a la fecha, como medio de difusión de algo que sin duda tiene gran valor periodístico. Llegado a este punto, tres indicios reveladores: 1) Diego está en poder de un grupo guerrillero, pero quien se lo llevó fue uno, quien lo tiene es otro y quien lo soltará, y a cambio de qué, será otro; 2) las negociaciones siguen siendo religiosas, sólo que ahora es una ceremonia ecuménica vía esa catedral de la comunicación que es Twitter; 3) de Diego quieren lo que tiene en su cabeza y su corazón, o lo que con un humor negro han definido sus captores como “cuitas, negocios, así como amores y desamores, personales y políticos”. Es ahí donde está el valor del Jefe Diego, ya no en su dinero.
La situación recuerda enero de 1994, cuando el Estado enfrentó —en condiciones mejores que las actuales— un desafío que le quebró el espinazo. En 2010, sin un Estado fuerte, el plagio de Diego es tragedia personal que resulta irrelevante ante la información que él ya soltó.
La carta del captor muestra que no sólo es un guerrillero profesional y con sentido del humor, además está cimbrando a una sociedad cuyo gobierno decidió no inmiscuirse. ¿Quién lo tiene? Seguramente los mismos que iniciaron lo que en forma de revuelta indígena fue el inicio de un golpe de Estado. ¿Por qué ahora? Porque el principio de cualquier desestabilizador no es tanto contar con los aciertos propios como con los errores del contrario y ahora, más que nunca, el Estado es débil.
En mi especulación, admito que lo es, estamos en la segunda entrega del golpe de Estado. Diego no está en una selva, ni rodeado de la humedad y de los bichos que ahí habitan, pero vive en unas condiciones de aislamiento que reviven un escenario selvático.
En cualquier caso, recomiendo que no se pierdan el gran estreno en YouTube de las confesiones de Fernández de Cevallos.
P.D.: En la cena de despedida del ex secretario de Gobernación —hoy apacible en Alaska— se apareció el siempre esperado y experimentado Salinas de Gortari. Seguramente, ambos amigos, tuvieron un minuto de recogimiento dedicado a Diego Fernández de Cevallos.

Reflexiones de Fidel (parte dos)

Reflexsiones de Fidel
El gigante de las siete leguas (Parte 2)
13 Agosto 2010
El 12 de marzo de 2004, supimos por INTERPOL que un ciudadano de origen argentino naturalizado en México, era reclamado en un caso de operaciones de procedencia ilícita.
Las investigaciones pertinentes comprobaron que había entrado en el país el 27 de febrero de ese mismo año, en un avión privado junto a otra persona y se encontraba hospedado en una casa de alquiler legalmente registrada.
Fue arrestado el 30 del mismo mes de marzo.
El 31 fue presentada por la Cancillería mexicana al MINREX de Cuba una solicitud de extradición de Carlos Ahumada Kurtz, por existir una orden de aprehensión contra el mismo por su probable participación en un delito de fraude genérico.

Cinco días después se le impuso la medida cautelar de prisión provisional como resultado de las investigaciones.

En los interrogatorios declaró que, desde noviembre del año 2003, se había puesto de acuerdo con líderes políticos de los partidos Acción Nacional (PAN) y Revolucionario Institucional (PRI), el senador Diego Fernández de Cevallos y el expresidente Carlos Salinas de Gortari, para denunciar los manejos fraudulentos de funcionarios del Gobierno del Distrito Federal, colaboradores cercanos al gobernador por el PRD, Andrés Manuel López Obrador. En videos filmados por él o colaboradores suyos, aparecía el secretario personal del Gobernador, René Bejarano, recibiendo miles de dólares de Ahumada, así como otros videos en los que aparece el Secretario de Finanzas del Distrito Federal, Gustavo Ponce Meléndez, gastando altas sumas de efectivo en un casino de Las Vegas, Estados Unidos -materiales que fueron publicados por la televisión mexicana.

A Bejarano le habían hecho la trampa de entrevistarlo en un programa de televisión donde criticaba duramente los actos de corrupción de funcionarios del gobierno y al concluir su intervención lo invitaron a pasar a un estudio colindante y le presentaron un video en que se le veía recibiendo dinero de su parte, todo lo cual constituyó un gran escándalo de consecuencias destructivas para su prestigio.

Salinas de Gortari y Fernández de Cevallos, vieron los videos previamente y organizaron, con el Secretario de Gobernación y el Procurador General de la República del gobierno del presidente Fox, Santiago Creel y Rafael Macedo de la Concha respectivamente, la ejecución de la denuncia y su divulgación posterior, ofreciéndole a cambio apoyo económico en sus negocios y protección judicial para él y su familia.

Ahumada tuvo varios contactos con Fernández de Cevallos, analizando la calidad de los videos, mejorando los mismos e incluso, ocultando su rostro en las imágenes, así como que la denuncia fue ratificada por él en una habitación del Hotel Presidente de Ciudad México, donde se hallaban representantes de la Procuraduría General de la República.

Una vez publicados los videos, Salinas, a través de su abogado Juan Collado Mocelo y de su ayudante personal Adán Ruiz, le indicó abandonar México y refugiarse en Cuba, lo que realizó comunicándose con él mediante visitas de los empleados arriba mencionados y telefónicamente.

El objetivo fundamental, según declaró Ahumada, era dañar a López Obrador y al PRD, para debilitarlo como candidato a las elecciones presidenciales de 2006.

El 28 de abril de 2004, fue deportado a México Carlos Ahumada Kurtz, entregándoseles a las autoridades policíacas, quedando detenido bajo la jurisdicción del Juez del Distrito Federal que había dictado Orden de Aprehensión. En esa misma fecha fue publicada la confirmación del MINREX sobre el proceso seguido contra Carlos Ahumada y su deportación.

Durante su detención en Cuba recibió visita de su esposa, acceso consular y, excepcionalmente, se le autorizó a entrevistarse con el abogado de Salinas, Juan Collado.

Sobre este caso se generó una fuerte campaña mediática.

Respecto a la deportación, se emitieron criterios favorables hacia Cuba por parte de dirigentes partidistas de diversas organizaciones, particularmente del PRD, señalándose en un informe del Ministerio del Interior de Cuba, recibido ayer, con fecha 11 de agosto de 2010, que López Obrador estaba satisfecho con esa medida.

Por otro lado, en un “Parte valorativo de las informaciones sobre la deportación de Carlos Ahumada” se informaba en uno de sus párrafos: “El presidente del ‘PRD’ Godoy llamó a nuestra Embajada, ’satisfecho’ por la declaración ‘cubana’ y por la ‘deportación’. Dijo que, López Obrador ‘está muy satisfecho’”. Era lo que más nos interesaba.

El Procurador General del Distrito Federal “llamó a nuestra embajada para agradecer la deportación y pedir datos del vuelo”.

Así por el estilo, numerosas personalidades, representantes de organizaciones y partidos políticos, Representantes y Senadores, nos expresaron su satisfacción y gratitud.

Blanche Petrich y Gerardo Arreola, enviada y corresponsal de La Jornada, enviaron un despacho señalando: “El detenido involucra directamente a altos cargos del gobierno, señaló el canciller cubano”.

“La Habana, 5 de mayo. Sentado en la orilla de un sofá de brocado, pasado de moda, envuelto, con buen semblante, el empresario Carlos Ahumada dice a sus interlocutores situados al lado del lente de la cámara que lo graba: ’Porque yo no quería soltar los videos, porque era, de alguna manera, mi única manera de poder negociar lo que estaba queriendo negociar, o sea, que me ayudaran. Y bueno, lamentablemente terminé soltándoles todos y hasta ahorita no me dieron nada, porque bueno, protección jurídica no me la han dado, al contrario, me gané que me acusaran de lavado de dinero y la ayuda económica tampoco me la han dado y prácticamente por mí lo que me han dado, no ha habido nada y estoy aquí preso.’

“Con esta microdosis, no más de cuatro minutos de los anunciados y temidos videos en poder del Gobierno cubano, el canciller Felipe Pérez Roque presentó ‘las pruebas’ que el Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Ernesto Derbez, le demandó.

“‘Lamentablemente -concluyó Pérez Roque- los hechos tienen una considerable connotación política, porque en la planificación, ejecución y difusión de los videos con fines políticos están involucrados directamente altos cargos del gobierno.’

“En estos fragmentos presentados esa tarde a la prensa, Ahumada no menciona ningún nombre del equipo de Vicente Fox, ni detalles del complot dirigido contra la figura política del Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, ni sombra de identidad de los gestores detrás del empresario. Ello, a pesar de que el propio canciller aseguró que autoridades judiciales cubanas tienen ‘horas y horas’ de declaraciones grabadas del detenido. ‘Es mucho más lo que dijo Ahumada a nuestros funcionarios.’

“¿A qué ellos se refiere Ahumada? ¿Quiénes son a los que suelta los videos?

“Eso corresponde determinarlo al Gobierno mexicano. Nosotros dijimos que el que había dicho que altos cargos estaban implicados en la planificación previa de todo. Él declaró que había objetivos y fines políticos. Es en México donde se tiene que investigar todo esto. No es nuestro objetivo. Nosotros nos vemos obligados a dar estos elementos porque el canciller Derbez nos emplazó a presentar pruebas. Ese pronunciamiento nos obliga a ampliar y profundizar lo hecho.

“Durante un mes, Cuba estuvo recibiendo una andanada de acusaciones y versiones de que estábamos protegiendo a Ahumada. Reitero que la obligación de dar cuentas al sistema político y al pueblo mexicano de estos hechos recaen en las autoridades mexicanas, insistió.”

Este interesante despacho de los autores continúa durante largas páginas de las que ni intento siquiera una síntesis, pues no deseo extender esta Reflexión como ayer.

Deseo además incluir una imprescindible instrucción que impartí al Vicejefe del Departamento de Relaciones Internacionales del Comité Central del Partido, el 2 de abril de 2004, a José Arbesú, de viajar a México a fin de dejar bien clara nuestra posición con relación al caso Ahumada:

“Hay que hacerlo con todas las cúpulas de los partidos, que la gente nuestra vaya allí hablar con ellos, incluyendo no solo el PRD, PRI, también PT, Convergencia. También hay que hablar con Bolaños (Embajador de Cuba en México). La idea es explicarles cómo ha sido, cómo nos enteramos, desbaratar todas las preguntas que están haciendo.”

“A Obrador decirle, en primer lugar, que nosotros ni estamos en ningún complot contra él, ni ninguna conspiración contra él, ni estamos coaligados con nadie para hacerle daño, que nosotros nos enteramos que Ahumada estaba aquí, que nosotros no somos capaces de hacer eso.

“Que nosotros nos enteramos de la presencia de este individuo en el país a partir de la solicitud que hizo INTERPOL…”

“Que la gran verdad es que nosotros tenemos muchos problemas y estamos ocupados en otras cosas y la alta dirección del país no estaba informada ni tan siquiera de los escándalos aquellos…”

“Que lo supimos, y tan pronto lo supimos se ordenó la investigación. Que incluso se arrestó al tipo para saber y conocer; que víctima no era él solo de eso, sino nosotros también, el honor, el prestigio del país y de la Revolución. No debe haber confusión en eso. Y por el contrario, nos interesa todo lo que él tenga que decir sobre eso”

“Pedirles opiniones a los del PRI, a los otros, a todo el mundo, lo que queremos es que nos digan. Y a todos les endilgas el discurso de nuestra posición y como nos han envuelto en esto, y que nosotros no vamos a permitir que nos envuelvan en cosas sucias, que nos acusan de amparar y apoyar…”

La gente del partido de López Obrador quería que le enviáramos la copia filmada de las declaraciones de Ahumada, y en eso no lo podíamos complacer. Le enviamos como correspondía a la autoridad que solicitó la extradición. Otra actitud no habría sido seria.

Comprendemos perfectamente la desconfianza de López Obrador. Había sido traicionado por personas que creía honestas y esas circunstancias fueron aprovechadas por los que estaban dispuestos a clavarle un puñal.

Había una razón adicional. Cuando Ahumada le mostró el material, que él calificara de “misil nuclear” contra Obrador, Salinas estaba en Cuba. Hombre sumamente hábil, sabía mover todas las fichas como un experto en ajedrez, con talento muy por encima de los que lo rodeaban.

Cuando fue Presidente de México, su rival había sido Cuauhtémoc Cárdenas, con quien por razones obvias manteníamos excelentes relaciones. Todas los grandes, medios y pequeños Estados lo habían reconocido.
Cuba fue el último. Sólo unos días antes de su toma de posesión, lo hicimos aceptando su invitación de asistir a la asunción del cargo.

No me constaba si había habido o no fraude. Era el candidato del PRI, partido por el que siempre votaron durante décadas los electores mexicanos. Sólo el corazón me hacía creer que le robaron a Cuauhtémoc la elección.

Fue sumamente amable conmigo, conversó bastante y me mostró su gigantesca biblioteca repleta de libros por los cuatro costados, y con dos pisos. No los tenía allí de adorno.

Sucedió algo mucho más importante. En un momento de seria crisis migratoria entre Cuba y Estados Unidos en agosto de 1994, William Clinton, presidente de Estados Unidos en ese momento, que no deseaba a Carter -quien se había propuesto como mediador y a quien nosotros preferíamos-, designó a Salinas y no tuve otra alternativa que aceptarlo.

Se portó bien, y actuó realmente como mediador y no como un aliado de Estados Unidos. Así fue como se produjo el acuerdo, que había constituido una burla en la primera crisis, durante los años de Reagan.

Cuando Zedillo, un hombre realmente mediocre que lo sustituyó en la presidencia, celoso éste tal vez de su influencia política, le prohibió residir en México, Salinas tenía en ese momento una difícil situación personal, y solicitó residir en Cuba. Sin vacilación lo autorizamos y aquí nació la primera hija de su segundo matrimonio.

Quiso invertir en nuestro país, y no lo autorizamos. Adquirió legalmente la residencia de un particular en la capital de Cuba.

William Clinton, no se portó bien. Cumplió los acuerdos migratorios suscritos pero mantuvo el bloqueo económico, la Ley de ajuste cubano, y en cuanto tuvo una oportunidad endureció la presión económica con la Ley Helms-Burton, que el Gobierno de ese país ha mantenido contra Cuba.

Cuando Salinas escribió en un libro su papel en las negociaciones migratorias, dijo la verdad y coincidió con el periódico de izquierda New Yorker, que hizo la historia de las actividades que realizó Richardson, que era Secretario de Energía, durante su visita a Cuba y le propuso a Clinton prohibir las provocaciones de las avionetas que usaron en la guerra de Vietnam para violar nuestro espacio aéreo sobre la Ciudad de la Habana, que motivaron comunicarle a Richardson que no toleraríamos semejantes violaciones.

Cuando este regresaba a Estados Unidos me dijo que no volvería a suceder, con lo cual no me ocupé más del problema. Desgraciadamente no fue así y se produjo el incidente.

Salinas mantuvo la práctica de visitar Cuba con determinada frecuencia, intercambiaba conmigo y nunca trató de engañarme. Me enfermé gravemente el 26 de julio de 2006 y no volví a saber de él.

No he cambiado. Seré fiel a los principios y a la ética que he practicado desde que me hice Revolucionario.

Hoy me honro en compartir los puntos de vista de Manuel López Obrador, y no albergo la menor duda que mucho más pronto que lo que él imagina, todo cambiará en México.

“… ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”, declaró José Martí hace ya casi 120 años, el 1º de enero de 1891.

Fidel Castro Ruz
Agosto 12 de 2010

9 y 30 p.m.

Fidel Samaniego visto por Aponte

La crónica de Samaniego
Ejecentral.com August 13, 2010
Fidel Samaniego Reyes es reportero, no es más ni es menos. Siempre lo será. Por algunos años se sintió un ser tocado por Dios, el periodista to-do-po-de-ro-so.
Durante algún tiempo vivió rodeado por el poder, se sintió cobijado por amigos que al pasar de los años y de las desgracias no lo fueron tanto.
Es un cronista que se dejó seducir por las delicias del alcohol y el espejismo de la adulación. Es un hombre que perdió los mejores años de su vida con su esposa y sus dos hijos por alargar las noches entre los delirios del licor y esconderse de sí mismo por las mañanas entre sábanas que no lo cegaban.
Samaniego es un reportero que ha dedicado buena parte de su carrera profesional a dibujar, retratar, cronicar distintas escenas de México.
Él ha estado entre las pesadas cortinas de la farándula, los malolientes pasillos de los separos de policía, las escabrosas escalinatas del Congreso y los laberínticos jardines del poder en Los Pinos.
El reportero, chilango de nacimiento (28 de enero de 1953) y veracruzano por derecho de sangre, ha cruzado casi tres décadas de oficio, casi 30 años de hacer periodismo muy a su manera, muy a la manera de platicar las cosas como las ve, las vive.
Ese largo camino entre éxitos y derrotas lo llevaron a escribir… Y me dijeron Leyenda (Raya en el Agua, 2005), donde hace una crónica sobre sí mismo, un texto autobiográfico, que lo muestra como ser humano y como periodista voraz.
La Leyenda se desnuda en distintas escenas, algunas escalofriantes, como encontrarse en los separos de la policía con un hombre, asesino de dos niñas, que fue su compañero en la secundaria; algunas increíbles como ver llorar al presidente Carlos Salinas de Gortari en su despacho de Los Pinos; y algunas irreverentes, como ir al mismo baño donde orina el Rey de España, a quien le dice de manera socarrona que ningún mexicano mea solo. “Son círculos que se dan en la vida de un periodista”, reflexiona.
Pero la crónica más dramática es la que escribió sobre la vida del periodista, el reportero que se siente Dios y que de pronto, de golpe, se da cuenta que no es nadie.
-¿Te la creíste?
—Cuando comencé a cubrir espectáculos, no me la creía porque veía en escena a Rafael Inclán, al Güero Castro, a Isela Vega, a Carmen Salinas, pero ahí era cuestión de minutos para que se quitaran el maquillaje. Con los artistas bastaron minutos para darme cuenta de su realidad, con los políticos no. Te la acabas creyendo. En el grupo del que formaba parte, esa fauna, eres el más galán, el más simpático, el que sabe todo, el mejor amigo. Y te la crees porque todo mundo te invita a comer a sus casas y hacen “shhhh, cállense porque va a hablar, ¿cómo está? ¿qué pasó con esto?”.
—¿Te crees igual que ellos?
—El to-do-po-de-ro-so. Te crees lo que te dicen ellos, los políticos, y la gente que está entorno a ellos, amigos o amigos de la imagen y la imagen era el reportero to-do-po-de-ro-so que conocía todos los secretos, que podía mover un hilo, parar un avión (del Estado Mayor Presidencial) para que me esperara. Por eso ahora es al revés y juego con lo de la Leyenda… Hoy algunos juegan a ser humildes y yo me he vuelto humilde: por eso juego a ser soberbio.
—¿Cómo repercutió eso con la familia, con los amigos? (Samaniego, la Leyenda, no puede hacer una crónica de cómo se ve, pero sus ojos se humedecen un poco más de la cuenta):
—En la familia, hasta la fecha estoy tratando de recuperar a mis hijos.
—No debe ser fácil tener en casa a un tipo que se cree Dios; no debe ser fácil tener a un amigo, a un compañero reportero que se cree Dios.
—A veces me identifico con Maradona. Bueno, no caí tanto en la coca, porque mi droga era el poder, las apariencias. Con mis hijos eran mis ausencias porque me la pasaba viajando. Quizá lo peor era mi ausencia estando presente. Cuántas mañanas, cuántos amaneceres iba llegando con mucho alcohol en el cuerpo y llegaba a dormir y ellos tenían que irse con su mamá a pasear. Cuántas veces los llevaba al teatro para que otros los divirtieran y yo no los escuchara. Pero esa parte la estoy recuperando.
—La relación de amistad que hubo entre el cronista y el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari es pública. Algunos mitos se tejieron alrededor de este vínculo: que si eran compadres, que si el político le regaló una casa, que si el periodista tenía escolta. ¿De verdad un periodista puede ser amigo de un Presidente, de los políticos?
—No te podría decir si amigo de todos los políticos. Soy amigo hasta la fecha de gente que está en la política, porque terminé siendo amigo de la persona, no del personaje político. Hay casos de una amistad real.
—Hay una preocupación en la relación que deben guardar los periodistas con sus fuentes. Los reporteros se pueden perder entre la amistad y el ejercicio periodístico.
—Quizá como reportero lo que más convenga es buscar lo más cercano a la amistad, porque si te consideran su alfil, su cesto de basura, no te pasan notas (información). Las mismas secretarias te preguntan para qué asunto. Si le dices que eres reportero, te dicen que no están. Si les dices que eres su amigo, te contestan. Empecé a seguir a los hombres del poder y acabé descubriendo al ser humano, al que llora, o el candidato presidencial (Luis Donaldo Colosio) que me dice: “Tengo miedo”. Creo que se podría discutir, debatir mucho, igual no tengo tan claro eso. De hecho hay un capítulo en el libro que digo “¿Salinas, amigo?”, y pongo las interrogaciones. ¿Por qué el día que murió su papá y yo iba como cronista, me piden salir? No sé a quién corrió, si al amigo o al cronista. Si está complicado.
—¿Te la creíste y luego vino el golpe porque el cronista se queda sin trabajo?
—Esos 15 días que me quedé sin trabajo, los únicos de mi vida, no tenía dónde leerme, no tenía teléfono al cual marcar para decir que ya estaba lista mi crónica, mi nota, no tenía redacción en la cual estar. Pero me di cuenta que en el Ajusco había caído nieve y que podía ir con mis hijos, que podía abrazarlos y escucharlos, que es parte de una realidad que no estaba viendo…
Muchos años han transcurrido desde que Samaniego comenzó en la profesión. Ya no existe el mismo lenguaje en las redacciones, ya no hay “huesos” (ayudantes de redacción), ya nadie dice “así es esto del abarrote” (el oficio), ya no hay máquinas de escribir, telex, ya no hay jefes de información que desayunan con coñac.
“Las redacciones parecen ahora un café internet, pero sin café”, suele decir Samaniego, ese que es reportero y él mismo se lo recuerda todos los días: “No soy más, pero tampoco menos”.
Esta entrevista fue realizada en noviembre de 2005 con motivo de la publicación del libro de Fidel Samaniego “…Y me dijeron Leyenda (Raya en el Agua, 2005). El periodista se fue hace una semana.

Manuel Azaña y Marichal

Azaña y la genealogía del liberalismo/José María Ridao
Publicado en  EL PAÍS, 12/12/07;
Bien por su dedicación perseverante a la literatura, bien por su tardía consagración a la política, cierta crítica siempre ha encontrado algún flanco por el que minusvalorar, cuando no descalificar rotunda y sumariamente, una de las figuras más destacadas del siglo XX español, Manuel Azaña. A favor de esta crítica jugó, sin duda, la saña implacable con la que, tras la derrota de la República, fue borrado cualquier rastro de su último presidente, llegando al extremo de sustituir el nombre de un pueblo toledano, Azaña de la Sagra, por el simple motivo de que coincidía con el suyo. Confiscados por la Gestapo y entregados al régimen franquista buen número de sus escritos, destruido en los archivos el registro sonoro de sus innumerables discursos, la tarea pública de Manuel Azaña quedó durante décadas a merced del sambenito infamante de estar movida por no se sabe qué rencor ni qué resentimiento. En definitiva, a merced de ese género de acusaciones que el poder que es criticado desde la razón suele lanzar contra la persona cuando es incapaz de contestar los argumentos.
La publicación de sus Obras completas en 1966, compiladas para la editorial mexicana Oasis por Juan Marichal, sólo alcanzó a realizar una contribución modesta aunque rigurosa a la reparación de esta injusticia. Faltaban en sus cuatro volúmenes textos a los que Marichal no pudo tener acceso, tanto por encontrarse él fuera de España como por el hecho de que esos textos se custodiaban en los sótanos de la Dirección General de Seguridad y en manos de Franco y sus herederos. Pero, sobre todo, los condicionantes ideológicos de la época, no ya entre los vencedores, sino también entre los vencidos, no favorecieron la recepción que merecían aquellos miles de páginas publicadas por Oasis: las fuerzas políticas más activas contra la dictadura no estaban en condiciones de leer, y menos aún de reconocer como propio, a un político que reclamaba desde la izquierda el liberalismo y la democracia, además de una visión social que alcanzó su pleno desarrollo en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Después del trabajo pionero de Marichal, Santos Juliá ha llevado a cabo para el Centro de Estudios Constitucionales una ejemplar labor de recuperación y edición de manuscritos, publicaciones y otros documentos que hacen que las Obras completas de Azaña lo sean de verdad o, al menos, estén más cerca de serlo. Con unos condicionantes ideológicos menos compulsivos que los de 1966, hoy no debería cometerse otra vez el error de la indiferencia; un error que no sólo es signo de que no se comprende el ideario político y artístico de Azaña, sino de que la historia de las ideas en España sigue lastrada por algunos prejuicios del nacionalismo decimonónico y por el respeto reverencial a figuras ambivalentes.
La obra literaria de Azaña ha sido enjuiciada en demasiadas ocasiones en función de la personalidad pública del autor, dando por descontado que el aprecio o la discrepancia hacia sus posiciones políticas podía trasladarse a su trabajo de creación. El teatro, el ensayo o la narrativa de Azaña, por no hablar de sus Diarios, han sido tomados, así, por una mera extensión del campo de batalla, sólo útil para extraer pormenores de su actividad al frente del Ministerio de la Guerra, la Jefatura del Gobierno o la Presidencia de la República. Cierto es que existe una indiscutible coherencia entre las diversas vertientes de su actividad, pero cada expresión es cada expresión, y la crítica literaria no debería abandonar sus instrumentos en favor de los de la crítica política, y viceversa.
Azaña fue un dramaturgo mediano que, además, incurrió en el desatino de estrenar cuando ya formaba parte del Gobierno. Como ensayista, en cambio, es uno de los críticos más certeros de la generación del 98, todavía hoy venerada sin advertir la naturaleza de sus ideas, y de ahí que los ámbitos de reflexión de Azaña aparezcan en gran medida como un contrapunto ilustrado y democrático a los autores del Desastre: la historia de España, la interpretación del arte y la literatura de los siglos XVI y XVII o los remedios para sacar al país del atraso. Aparte de su narrativa más breve, Azaña no fue sólo un novelista de la introspección. La crisis personal del protagonista de El jardín de los frailes al descubrir las falacias de su educación coincide con la crisis del país a raíz de la pérdida de las últimas colonias, dos hechos entre los que el relato establece un significativo paralelismo. La inconclusa Fresdeval se atiene a la estructura de las sagas familiares, pero es también un alegato contra el sistema caciquil.
Pero, tal vez, el Azaña que mejor explota sus dotes de escritor es el que recurre, revitalizándolos en nuestra lengua, a géneros entonces poco frecuentados, como el diálogo y, hasta cierto punto, los diarios. La velada en Benicarló no es una pieza de teatro, por más que el talento de José Luis Gómez consiguiera popularizar una versión bajo esa forma; es un diálogo, o dicho en otros términos, una obra que prolonga un género del que ya se valieron en España las corrientes erasmista e ilustrada. Y es, además, algo que un extraño pudor ha impedido afirmar durante mucho tiempo: una de las más conmovedoras, profundas y extraordinarias creaciones literarias en español del siglo XX. Otro tanto cabe decir de los Diarios, en especial de los escritos por Azaña durante la guerra, sólo que, en este caso, su indiscutible valor testimonial, su ingente información historiográfica, parece condenar al segundo plano la sostenida reflexión sobre los grandes problemas humanos que recogen sus páginas. Es de suponer que, a medida que el referente político se vaya desvaneciendo en el olvido, los Diarios comiencen a ser leídos como una proteica obra literaria en la que se dan cita recuerdos, descripciones, graves cuestiones filosóficas, juicios morales de valor universal.
Sería injusto, sin embargo, que el imprescindible reconocimiento del Azaña escritor se llevara a cabo sobre la condena del político, según pretendieron, en efecto, algunos de sus críticos más inicuos. Como todo gobernante, pudo cometer errores, pero fueron errores dentro de las instituciones democráticas, errores que nunca procedieron de una traición a su máxima de que el Gobierno debe ejercerse con razones y con votos. Del Azaña político se ha dicho que fracasó; pocas veces se ha reparado en el sinsentido o en la monstruosidad del que parte la afirmación de ese supuesto fracaso. Sinsentido, porque es difícil sostener que ha fracasado un político que alcanza la máxima magistratura de su país ateniéndose a las normas constitucionales y que, al alcanzarla, se le reprocha que su formidable capacidad exigía que permaneciese en la Jefatura de Gobierno y no aceptar la del Estado. Monstruosidad, porque si lo que se pretende sugerir es que había motivos para que unos generales se levantaran en armas, entonces se está legitimando que los ejércitos tienen un papel que desempeñar en la política democrática. La República fue derrotada, Azaña fue derrotado y, si en esa derrota hay un fracaso, es el mismo fracaso que cosechó la Europa democrática que sucumbió al empuje del totalitarismo. Si las tornas cambiaron fue porque la Europa democrática se unió en la lucha y contó con el apoyo de Estados Unidos y, también, de la Unión Soviética. La República española combatió a solas y sucumbió a solas.
La publicación de las Obras completas compiladas por Santos Juliá para el Centro de Estudios Constitucionales, retomando el esfuerzo de Juan Marichal para la editorial mexicana Oasis, suponen una segunda oportunidad para Manuel Azaña, para su obra literaria y para el juicio sobre su tarea política. Una segunda oportunidad que no debería malgastarse en una carrera propagandística para determinar quién entre los dirigentes y los partidos actuales puede hacer más exhibición de azañismo. Los escritos y los discursos de Manuel Azaña exigen, para ser cabalmente comprendidos, trazar de nuevo la genealogía del liberalismo español, corrigiendo la que hoy sigue dándose por válida. Ésa sería la mayor contribución de la historia de las ideas, la mayor contribución de estas Obras completas de Manuel Azaña, a una España más democrática y más justa.