15 mar. 2009

Extinción de Dominiio en Colombia

Defienden extinción de dominio
Nota de Adriana Alatorre
Reforma, 09-Dic-2008:
Enviada
MEDELLÍN, Colombia.- La legislación sobre extinción de dominio, vigente desde hace más de 15 años, ha probado en Colombia ser una herramienta muy útil para acotar el poder económico de los narcotraficantes, asegura Sergio Fajardo, ex Alcalde de Medellín y precandidato presidencial.
"Esa ley fue para nosotros importantísima, y sería muy recomendable aplicarla en México, pues es una señal para los narcotraficantes que les impide que se apoderen de una riqueza sin límites", señala en entrevista.
Antes, explica, los bienes administrados por la Dirección Nacional de Estupefacientes eran vendidos, y los recursos resultantes no tenían un destino específico. Ahora, destaca, los bienes se utilizan para apoyar a instituciones del Estado que enfrentan la lucha contra el narcotráfico -Policía, Fiscalía, Armada, entre otros-, así como para rehabilitar a drogadictos.
"Cuando son detectadas, las riquezas y propiedades pasan al Estado, y aquí se convierten en recursos para el Programa de Reparación de Víctimas, por ejemplo", apunta.
En la actualidad, señala, existen 27 mil bienes incautados en Colombia, de los cuales más del 80 por ciento son inmuebles, los cuales, de estar juntos, comenta, constituirían una pequeña ciudad.
Fajardo considera que para enfrentar de manera efectiva al narco se requiere de una estrategia integral.
"No se trata sólo de iniciativas
de ley; se requieren programas sociales que ofrezcan alternativas a los caminos del narcotráfico", remarca.
Por lo que conoce del fenómeno en México, comenta, el combate será arduo y llevará tiempo.
"La información de prensa me muestra que esto tiene que haber sido fruto de muchos años, y las consecuencias durarán mucho tiempo. Esa manifestación de ilegalidad, esa corrupción y esa violencia es un capítulo ya visto acá", señala.
"Van a sufrir mucho en México por lo que les está pasando. Ojalá que lo que hemos aprendido les sirva para ahorrar el camino y no tengan que repetir la historia larga de tragedia y muerte que hemos vivido".

PRI prevé cambios a la ley de Extinción de Dominio

PRI prevé cambios a ley de Extinción de Dominio
Nota de Notimex El Universal on line Domingo 15 de marzo de 2009;
El senador Fernando Castro Trenti asegura que la iniciativa que envió el presidente Calderón será modificada para salvaguardar las garantías individuales
Con el fin de evitar excesos y abusos de la autoridad, el Senado aprobará con modificaciones la llamada Ley Federal de Extinción de Dominio que envió el presidente Felipe Calderón, aseguró el senador priista Fernando Castro Trenti.
"Derivado de la participación de académicos y especialistas en Derecho Penal y Civil, será modificada para salvaguardar las garantías individuales, preservar la constitucionalidad y evitar que paguen justos por pecadores", explicó en entrevista.
El presidente de la Comisión de Estudios Legislativos Primera dijo que de acuerdo con especialistas del Derecho Penal, desde 1996 existe la Ley de Delincuencia Organizada, que es suficiente para atacar y desbaratar la estructura financiera de los criminales, como son casas, terrenos, edificios, dinero y vehículos.
La propuesta de Ley de Extinción de Dominio pretende facultar al Estado para que expropie los bienes y propiedades adquiridos por la delincuencia con recursos de actos ilícitos; quienes sean declarados inocentes deberán acreditar su propiedad legal.
Castro Trenti recordó que en los foros organizados en el Senado para analizar la iniciativa se alertó que, como fue presentada, dicha legislación no garantiza el derecho de defensa, pues en ella la autoridad niega al acusado la posibilidad de presentar pruebas.
"El proyecto no vincula la extinción con la existencia de una verificación previa en la que existan elementos de convicción que permitan, razonablemente, constatar la presencia de bienes relacionados con la delin
cuencia organizada" , añadió Castro.
Ante dichos cuestionamientos, se prevé aprobar dicha ley pero con modificaciones, para evitar excesos y que se juzgue como delincuencia organizada cualquier caso; "será aprobada y saldrá publicada, pero no será como la que envió el presidente Calderón".
vsg

Aclaración de INACIPE

Aclaración / Precisión del Inacipe
Reforma, 14 marzo 2009
Con el único propósito de mantener informados a los lectores del periódico REFORMA, por este conducto me permito aclarar que el Dr. Simón Herrera Bazán no es investigador del Instituto Nacional de Ciencias Penales (Inacipe), como señala la nota "Advertencia de riesgos de extinción de dominio", de la periodista Claudia Guerrero, publicada el día de hoy, viernes 13 de marzo.
Sin más por el momento, aprovecho la ocasión para expresarle las seguridades de mi distinguida consideración.
Rafael Ruiz Mena
Secretario general
Instituto Nacional del Ciencias Penales
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Advierten
de riesgos en extinción de dominio
Claudia Guerrero
Reforma, 13 marzo 2009.- Investigadores, especialistas y abogados penalistas cuestionaron ayer la propuesta del Presidente Felipe Calderón en materia de Extinción de Dominio.
Durante un foro organizado por el Senado, advirtieron sobre los riesgos que representaría para las garantías de los ciudadanos el aprobar el proyecto como está planteado.
A lo largo de sus exposiciones, los invitados pidieron a los senadores otorgar al Gobierno federal los instrumentos legales necesarios para hacer más efectivo el combate a la delincuencia organizada.
También pidieron actuar con cuidado para no vulnerar las libertades consagradas en la Constitución, en aras de debilitar las estructuras financieras de los criminales.
El abogado Juan Velázquez, quien ha sido defensor de los ex presidentes Carlos Salinas y Luis Echeverría, se pronunció por analizar la propuesta a detalle, pero adelantó que los problemas de impunidad en el País, no están relacionados con la estructura de las leyes.
"La impunidad de esa delincuencia no es por las leyes, es por la ineficacia, por la corrupción de las instituciones que atacan a la delincuencia.
"Espero que no se tome como una falta de respeto que amén de la inseguridad física que padecemos, provocada por la delincuencia, que padezcamos ahora la inseguridad legal provocada por las reformas legales que permiten que casi porque si se nos pueda acusar, se nos prive de la libertad y, según ahora parece, del dominio de nuestros bienes", dijo.
Sergio López Ayllón, secretario general del CIDE, aseguró que la ley de Extinción de Dominio es un arma muy poderosa que requiere estar sujeta a un conjunto de precauciones establecidas por el Congreso.
El investigador del Instituto Nacional de Ciencias Penales, Simón Pablo Herrera, consideró que de aprobarse la propuesta del Ejecutivo, los ciudadanos quedarán con la obligación de comprobar ante las autoridades el origen lícito de sus bienes, cosa que no puede hacer ni la Policía.
El profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM, Samuel González, calificó como peligrosos algunos de los elementos contenidos en el proyecto de ley que se discute en las comisiones del Senado.
Señalan errores
El Senado de la República inició ayer el análisis académico de las reformas propuestas por el Presidente Felipe Calderón, con la advertencia de que los proyectos presentan errores, dispersión y hasta falta de claridad.
Un documento titulado "El sistema de justicia penal en la LX Legislatura", distribuido en la primer audiencia para debatir las reformas en materia de Extinción de Dominio y Combate al Narcomenudeo, establece que durante la negociación de las propuestas se ha registrado ausencia de coordinación, el contenido de las iniciativas no siempre es coincidente y los representantes del Ejecutivo -SSP y PGR-no siempre coinciden.

¡Acabar con El Plan Colombia!, dice Santos


Yamid Amat entrevista al vicepresidente de Colombia Francisco Santos, quien pide acabar con el Plan Colombia.
Exclusivo para El Tiempo (http://www.eltiempo.com/), 15 de marzo de 2009;
"Sé que el Presidente y el Ministro de Defensa me van a jalar las orejas, pero el costo para la dignidad del país es demasiado grande", dice en entrevista con Yamid Amat.
"El trato que hemos recibido por parte de sectores de la sociedad civil estadounidense y por parte de sectores del parlamento de ese país es injusto con Colombia. Y le voy a decir algo más: es indigno. Mire: como tantos y tantos colombianos yo me he sentido humillado en escenarios donde nos maltratan. Precisamente, cuando somos no solo aliados y amigos, sino el único país de América Latina donde la imagen de los Estados Unidos es positiva. Sin embargo, nos maltratan, ¡y de qué manera! Ese es el costo que tenemos que evaluar frente a la efectividad de un Plan Colombia", añade el Vicepresidente.
Además, asegura, esta ayuda de EE UU para la lucha contra el narcotráfico "cumplió ya su función".
YAMID AMAT: -¿Qué quiere decir eso?
FRANCISCO SANTOS, VICEPRESIDENTE DE LA REPÚBLICA: -Que ya no es necesario. Sé que esto va en contravía de lo que dicen el Presidente y el Ministro de Defensa, pero creo que es hora de que midamos el costo político con su efectividad.
-¿Qué es, realmente, el Plan Colombia?
-Es una ayuda de 550 millones de dólares de los cuales la tercera parte se va para los operadores. Nos quedan 400 millones. El 50 por ciento va a proyectos sociales, que podríamos asumir nosotros, y la otra mitad, unos 200 millones, sí va al Plan Colombia. Gran parte de esta plata se gasta en gasolina y transporte. Le soy sincero, el Plan Colombia, que nos ayudó mucho y fue muy importante en un momento crítico, desde lo político hasta lo policivo y militar contra el narcotráfico, ya no se necesita.
-¿Pero qué relación existe entre el maltrato que denuncia y el Plan Colombia?
-Es que un pequeño sector político que ha dominado con una imagen negativa la visión de Colombia en el Congreso nos pide sometimiento silencioso al atropello e inclinación reverencial o, si no, amenazan con no dar el Plan Colombia.
-¿Acabarlo no afectará la erradicación de cultivos de coca?
-Nosotros estamos erradicando con plata propia. La erradicación manual, que se ha demostrado es mucho más efectiva que la fumigación, llegó el año pasado a 90 mil hectáreas.
-¿Y terminar el Plan Colombia no significa pelear con Estados Unidos?
-De ninguna manera. Por lo que he dicho seguramente me jalará también las orejas el Canciller, pero creo que es el momento de evolucionar nuestras relaciones, donde el Plan Colombia ya no esté, y diseñar una política distinta con Estados Unidos; buscar un replanteamiento que lleve a que seamos aliados de intereses comunes, aliados de objetivos comunes, aliados de valores comunes porque tenemos los mismos valores democráticos, pero aliados no con la asimetría que hay hoy en día, sino mirándonos de frente de país a país. Con respeto mutuo.
-¿Nos tratan mejor en cualquier otro lugar del mundo?
-Hay muchos, incluso dentro de Estados Unidos, escenarios políticos sensatos, escenarios económicos donde la imagen de Colombia es impresionante. Nos ven como la niña bonita de América Latina por primera vez en los últimos 40 años. Yo estuve 3 días recorriendo esta nación con el Vicepresidente de China y su conclusión fue de asombro ante el gran país que encontró. Estoy seguro de que quedamos en el radar de China, luego de que confirmaron que somos un país sólido, respetable, con una economía en crecimiento a pesar del derrumbe mundial.
-Pero dirigentes como el precandidato presidencial Germán Vargas Lleras dicen que la seguridad va bien, pero la economía va mal...
-Él ya empezó su campaña y obviamente quiere distanciarse del Gobierno. La opinión de todos los organismos internacionales es que nuestra economía está sufriendo, pero mucho menos que todas, y las medidas que está tomando el Presidente en materia de empleo van a empezar a dar resultados a corto plazo.
-¿En qué está comprometida hoy la Vicepresidencia?
-Estoy al frente de muchísimas cosas que el Presidente me ha delegado: lucha contra la corrupción, protección de derechos humanos, acción contra las minas antipersona; 'Colombia Joven', un programa que va a desaparecer en el corto plazo.
Presido, además, la Comisión Colombiana del Espacio y la Comisión del Océano; estamos trabajando en un plan de inversiones sin precedentes para La Guajira; trabajo de la mano con la Cancillería y con Proexport para presentar a Colombia como buen destino de inversión, y representó al país donde el Presidente me indique. En los próximos días, por ejemplo, asistiré en Doha, Qatar, a una cumbre de naciones latinoamericanas con países árabes.
-¿Es decir que desapareció el alejamiento que en algún momento pareció existir entre el Presidente y usted?
-Nunca hubo alejamiento; mi relación con el Presidente está basada en la lealtad y la confianza. Tenemos una relación muy cercana y hacia él sólo siento inmensa admiración y agradecimiento por todo el bien que le ha hecho a ésta nación.
-Pero, durante un tiempo, hubo una sensación de cierta frialdad...
-No la sentí y nunca la he sentido por parte del Presidente.
-¿Y de todas estas tareas cuál atrae más su empeño en este momento?
-Dos: El tema de derechos humanos y la Comisión del Espacio. En éste último, hay que pensar que la soberanía no sólo es territorial y marítima, también está en el espacio y hay que trabajar en poder ejercerla. Fue una lástima haber perdido la opción de colocar en nuestra órbita geoestacionaria un satélite de comunicaciones. Ese es un club exclusivo en el que uno tiene que estar. Y tenemos que colocar dos satélites: uno, de comunicaciones, que ya está avanzado, y otro, de observación de la tierra. Un satélite con órbita polar nos permitirá observar nuestra tierra todo el día para saber cuando vienen heladas y cuando sequía. Necesitamos observación para prevención de desastres, de posibles deslizamientos, aumento de caudales, represamientos, e incluso planeación de operaciones militares.
-¿Vamos a contratar su lanzamiento?
-Estamos haciendo todos los estudios. Ya le pedimos a 14 países las respectivas ofertas. Hay un grupo del Gobierno trabajando en este proceso. Los dos satélites hay que lanzarlos y dejar de pensar como país chiquito.
-¿Y sobre el tema de derechos humanos?
-Primero, me parece aterrador que sean nuestros propios parlamentarios y un pequeño sector de magistrados quienes presenten en el exterior a nuestra nación como un estado sin garantías, de gobernantes desalmados, de instituciones sanguinarias y con una sociedad mafiosa, cuando los resultados demuestran todo lo contrario. Y si tienen opiniones distintas al Gobierno, no tiene sentido que hablen en el exterior sobre asuntos que deberían ser debatidos internamente.
-¿De qué parlamentarios y de qué magistrados habla?
-Un ejemplo de muchos. El senador (Juan Fernando) Cristo presentó un proyecto de ley sobre reparación a las víctimas de la violencia. Se fue para Washington y Nueva York a presentar su ley y a decir, equivocada y sesgadamente, que el Gobierno se opone a ella, cuando está en discusión en el Congreso y cuando no hay en el mundo un proyecto integral de reparación administrativa de víctimas más importante como el que ya hay y que le va a costar al país la bicoca de 3.500 millones de dólares.
-Pero el asunto es que el senador Cristo, propone que el Estado repare no sólo a quienes han sido víctimas de grupos ilegales, sino también víctimas del Estado...
-El Presidente es flexible en ese tema. Con límites, obviamente. Nuestra diferencia está en el plano fiscal. Nada sacamos con una ley perfecta que no se cumpla. Somos sensibles y a la vez realistas. Reparar a las víctimas de 50 años de conflicto que vivió este país, si no se hace con juicio, puede reventar nuestras finanzas.
-¿Y cuáles son los magistrados que motivan su crítica?
-Yo me siento muy orgulloso de nuestra Corte Suprema y así lo pregono por todo el mundo como una de las fortalezas de nuestra democracia. Ningún país puede mostrar 60 parlamentarios en la cárcel por la acción valerosa y legal de la Corte. Pero la manera como el magistrado (Iván) Velásquez maltrata y enloda en el exterior la imagen de nuestro país, es inaceptable. Los magistrados deben hablar con sus sentencias, que ya de por sí son reconocidas.
-Pero, la Corte lo que pide es respeto a su autonomía...
-Autonomía e independencia que tiene y que se respeta. El mensaje que yo deseo enviar a la Corte y a los partidos de oposición es este: resolvamos nuestros problemas acá y no utilicemos el escenario internacional para hacer campañas que le hacen daño, no al Gobierno, que es lo que buscan, sino al país y a ellos mismos, porque el prestigio de nuestras cortes en el exterior es absolutamente abrumador y llena de orgullo a cualquier colombiano.
-Sobre el tema de derechos humanos, ¿no le parece aterrador el número de sindicalistas asesinados?
-Esa es una verdad a medias y muchas cifras son producto de la manipulación. Presentan todo como persecución cuando la gran masacre de sindicalistas se dio en Urabá, producto del enfrentamiento de dos sindicatos Sintrabanano y Sintagro, uno cercano a las Farc y el otro al Epl. Y la segunda masacre ocurrió cuando la Farc asesinaron a cientos de sindicalistas de Sintrainagro, luego de la desmovilización del Epl. Mire: en la audiencia en Estados Unidos de hace una semanas mostraron como parte de la masacre laboral dos casos. En el primero, una de las 'víctimas' murió de un infarto, y el segundo, era el de una maestra que realmente murió asesinada por su esposo, que luego se suicidó. Y eso lo presentan en el exterior como persecución sindical.

-Pero al margen de episodios anecdóticos se afirma que han asesinado a más de 2.600 sindicalistas desde 1986 y que 482 de esos homicidios han ocurrido bajo el actual Gobierno...
-Perdóneme, eso no es anecdótico. Es grave. Cada caso es muy grave. Pero lo cierto es que las cifras bajaron en más de un 70 por ciento desde el 2002; hay más justicia: 170 casos resueltos en los últimos años y cuantiosos millones de dólares que invertimos en su protección, funcionan. Lo que ellos no dicen, y tampoco quieren que se sepa, es cuántos (asesinatos) se dieron por su labor sindical y cuantos por la violencia que sufrimos todos.
-¿Hay infiltración de la guerrilla o de los paramilitares en el sindicalismo?
-Claro que la hay. Infiltración de las Farc y del Eln. Es una ínfima minoría que le hace un grave daño al sindicalismo colombiano. La captura de un líder sindical con 'el Negro Antonio' es apenas la punta de ese pequeño iceberg.
-En algún momento se mencionó su nombre como eventual sucesor del Presidente Uribe. ¿Eso ya está descartado?
-En política uno nunca debe decir nunca, porque puede ocurrir lo contrario.
-¿O es verdad que aspirará a la Alcaldía de Bogotá?
-Le falta mucho tiempo al actual alcalde. A propósito, quisiera hacerle una recomendación al señor alcalde Samuel Moreno. La ciudad necesita el tren de cercanías, así como necesita el metro.
-Pero el Alcalde ha dicho que no tiene recursos para el tren de cercanías...
-Con voluntad todo se logra. Requirió mucho coraje político tomar la decisión del pico y placa prolongado y también haberlo mantenido después de la presión.
-Pero la opinión parece estar en contra...
-No, yo siento que la gente está empezando a entender y está cambiando la manera de usar el carro.
Hay empresas que están cambiando horarios, hay familias que usaban dos carros para irse a trabajar, ahora usan solo uno; usted no puede seguir utilizando 700 kilos de metal para transportar 60 kilos de huesos y de carne. En la medida en que usted genere eficiencia usted va a generar una ciudad con mayor calidad de vida.
-¿A usted le gustaría ser alcalde de Bogotá?
-A quién no le gustaría ser alcalde de Bogotá, pero pensar en eso es prematuro.
-¿Qué opina sobre las aparentes coqueterías del ex presidente Samper con el Polo?
-Lo primero es que, en Colombia no podemos olvidar el pasado. Lo segundo, es que el ex presidente Samper tiene dos objetivos claros: Uno, buscar un espacio político rarísimo y no definido entre el Polo y un sector del Partido Liberal. Y dos, tirarse a Juan Manuel Santos. Y lo que creo es que cada vez que el ex presidente diga algo contra el Ministro, eso debería volverlo Santos parte de su campaña, porque así como no hay nada que más daño haga que tener el apoyo de Samper, tampoco hay nada que más beneficie que tenerlo en contra.
-Pregunta final: ¿usted apoyará al ministro Santos como candidato presidencial?
-No más. Hace rato no hacía un reportaje como el que le acabo de dar a usted.
YAMID AMATESPECIAL PARA EL TIEMPO

Rebecca Miller


REPORTAJE: EN PORTADA - Opinión
Un testamento nostálgico
Juan Gabriel Vásquez
Babelia El País, 14/03/2009
En 2001 Arthur Miller pronunció, en el marco de las Jefferson Lectures, una conferencia de título ominoso: La política y el arte de la actuación. Nunca como ahora, dice Miller, se ha visto el ciudadano tan rodeado de actores: presentadores de televisión, anfitriones de talk-shows, políticos. Rodeado de interpretaciones las 24 horas del día, el hombre deja de distinguir la realidad de la ficción; y entonces, bueno, Reagan y Bush pueden ser presidentes. El texto entero es un enjuiciamiento de la política como entretenimiento, pero hacia el final toma un giro insospechado hacia una vindicación del artista. "No importa cuán aburrido sea un artista o si es un delincuente moral, en el momento de la creación, cuando su obra penetra la verdad, disimular le es imposible, no puede fingir. Dijo una vez Tolstói que lo que buscamos en una obra de arte es la revelación del alma del artista". Con su rara mezcla de lo político y lo metafísico, de crítica social y confesión íntima, el final del texto es casi un guiño para el lector de Presencia, último libro de Miller y una especie de testamento indirecto.
Recordando a un amigo de juventud, ferviente admirador de los rusos y convencido de "la virtud intrínseca de la clase obrera" y la inminencia de un "benevolente socialismo", el protagonista de uno de estos relatos reflexiona sobre el peso que aquellas ideas tuvieron para su generación, sobre todo durante ciertos años. "No estaría de más", piensa entonces, "declarar un día de fiesta nacional durante el cual la gente pudiera visitar sus difuntas convicciones". El relato es 'La destilería de trementina': el penúltimo de la serie, el más largo -76 páginas: una nouvelle- y uno de los más logrados. Pero la imagen de aquellas convicciones sepultadas en un cementerio tipo Arlington, la imagen de los deudos llegando con flores ante las lápidas y presentando sus respetos a lo que alguna vez creyeron tiene en Presencia el lugar de una declaración de intenciones, casi diríamos una poética. Lo que rige el libro es la nostalgia, una de las emociones más peligrosas de la literatura y vieja compañera de Arthur Miller; esa nostalgia es a veces política, a veces sexual, a veces algo entre las dos cosas; pero siempre echa abajo nuestros tristes intentos por recuperar un pasado que se ha ido. "Supongo que yo también busco algo perdido", piensa el personaje de 'La destilería'. Y como Miller nunca se caracterizó por la sutileza, ese personaje está leyendo a Proust.
Los seis cuentos de Presencia forman una suerte de arco de vida. El lector comienza con 'Bulldog', donde un muchachito de 13 años cruza la ciudad para comprar un perro y termina por descubrir el sexo, y termina con 'Presencia', donde un hombre mayor espía o trata de espiar a una pareja que se acuesta en una playa, y la simetría es perfecta. En el medio hay tres cuentos largos que, cada uno con sus herramientas, intentan echar algo de luz sobre el devastador paso del tiempo, o quizá sobre su contemplación impotente por parte de los hombres.
El ejercicio es tan intenso que la clave de todos los cuentos, más que en la anécdota, acaba por estar en el recuerdo de la anécdota. Y así lo que importa no es que un bailarín judío sea contratado para actuar frente a Hitler, sino que años después le cuente la historia a un escritor para que éste le "encuentre un sentido"; lo que importa no es un escritor que supera su bloqueo escribiendo en el cuerpo desnudo de una desconocida, sino los recuerdos de su matrimonio que esa escritura suscita.
Y así se topa uno de frente con el asunto de la memoria, vieja conocida de Miller. Por más que uno se esfuerce, es difícil no pensar en la estructura de La muerte de un viajante, que para mí sigue siendo una de las pocas instancias en que el teatro (digamos) realista se ha acercado con éxito -es decir: sin poses, sin pretenciosos aspavientos técnicos- al fluir de la conciencia. Como le sucede al
pobre Willy Loman, los personajes de Presencia son víctimas de su memoria y las trampas que la memoria suele poner; como le sucede a Loman, los personajes de Presencia están aquí, en el cómodo presente, cuando algo visto o escuchado los lanza sin remedio al pasado, generalmente con resultados más bien lamentables. "Esa ambigua referencia le trajo a la memoria...". Frases de este estilo saltan con asiduidad de los párrafos de Presencia. El cuento que da título al libro es, bien mirado, una puesta en escena de las mismas fantasmagorías que explota La muerte de un viajante: en la escena presente irrumpe una visión del pasado. Y luego el personaje, Willy Loman o el hombre mayor del cuento, se queda reponiéndose del golpe.
Hay sólo un cuento indigno del conjunto: 'Castores', una fabulita más bien tonta donde Miller subraya la moraleja hasta que el papel se rompe. Pero los demás pertenecen a la rica tradición de ese cuento norteamericano que viene de Chéjov; pertenecen, para ser más específicos, al cuento judío. Aquí están presentes esos dos cuentistas inmensos, estrictos contemporáneos de Miller, que fueron Bellow y -sobre todo- Bernard Malamud. Al lado de esos dos gigantes, todo hay que decirlo, los cuentos de Presencia se ven pequeños, casi tímidos; pero la comparación es injusta, además de innecesaria. Miller debe su estatus de clásico a La muerte de un viajante y a Las brujas de Salem, y sabemos que él mismo consideraba el cuento un género menor junto a su teatro. Estos relatos no se plantean las ambiciones estilísticas de Bellow ni la elegancia y la sutileza de Malamud, pero llevan sus intenciones a buen puerto. "Las preguntas importantes nunca tenían respuesta", reflexiona alguien. Pero un cuento vive o muere por la intensidad con que haga esas preguntas, y Miller, como los escritores de verdad, no lo olvida jamás. -
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La identidad de Rebecca Miller
Patricia Tubella
Babelia, 14/03/2009
La reivindicación de la propia identidad empapa la primera novela de Rebecca Miller, Las vidas privadas de Pippa Lee, conmovedora historia de una mujer marcada por los lazos familiares que acaba refugiándose a la sombra de un marido brillante. Que la creadora de ese personaje diluido entre fuertes personalidades sea la hija del inmenso dramaturgo Arthur Miller, casada además con el doblemente oscarizado actor Daniel Day-Lewis, quizá invite a establecer incómodos paralelismos que ella intenta conjurar con su trabajo. Pintora, actriz, autora de relatos cortos, guionista y cineasta, su perfil resulta todavía poco conocido para el gran público, pero con Las vidas privadas de Pippa Lee, confirma el desembarco en la literatura de una voz tan sensible como original.
La crítica anglosajona ha brindado una cálida acogida al retrato agridulce de esa protagonista dividida contra ella misma, el icono de la esposa del artista, inteligente, atractiva y sobre todo entregada, cuyo verdadero yo lucha por emerger desde el acomodado universo de su matrimonio. Pippa tiene 50 años cuando accede a retirarse junto a su marido, un legendario editor que le lleva tres décadas, a una de esas disneylandias para jubilados americanos apodada irónicamente Wrinkle Village (la ciudad de las arrugas). La descripción del exquisito círculo que la pareja acaba de dejar atrás, la comunidad artística y literaria neoyorquina, nos retrotrae a la experiencia de la propia autora en un hogar bohemio y creativo, frecuentado por la crema de la intelectualidad de la época. Brillantes personajes que arropaban a sus progenitores, Arthur Miller y la fotógrafa austriaca Inge Morath, poblaron su niñez y adolescencia, aunque entonces yo no era consciente de ello
Rebecca Miller vino al mundo en septiembre de 1962, un mes después de la muerte de Marylin Monroe, que fuera la segunda esposa de su padre. (en la foto) El dramaturgo todavía estaba casado con la frágil estrella cuando conoció a Morath durante el rodaje de Vidas rebeldes (1961), la última película que protagonizara Monroe. Ambos se divorciaban en vísperas del estreno, y al año y medio Miller anunciaba su matrimonio con la fotógrafa de la agencia Magnum, su compañera de las siguientes cuatro décadas. Los primeros seis años de la infancia de Rebecca tuvieron como inusual domicilio la suite 614 del hotel Chelsea, mítico establecimiento de Manhattan que ha contado entre sus inquilinos con Norman Mailer, Lou Reed y Bob Dylan. Un lugar que, en palabras de Arthur Miller, no tenía aspiradoras, ni reglas, ni gusto, ni vergüenza: era una fiesta de nunca acabar.
En la madurez de sus progenitores (el escritor tenía casi 47 años cuando nació Rebecca) la familia se trasladaba a una granja de Connecticut, donde la hija desarrolló una temprana vocación por las artes en la que siempre se sintió apoyada por su entorno: Una de las mejores cosas que aprendí de los míos es el lema de levantarse cada mañana y volcarte en tu trabajo, el estar siempre automotivada?. Asegura que no le intimidaba mostrar a Arthur Miller sus primeros escritos de juventud, en busca del juicio y apoyo de mi padre, y no del gran autor de piezas clásicas como La muerte de un viajante o Panorama desde el puente. No se atrevió, sin embargo, a exponer su trabajo al escrutinio del público hasta varios años después, cuando ya estaba casada y había formado una familia. Inquirida sobre esa vacilación, acaba admitiendo como ?una de las razones? el temor de entonces a las comparaciones con la figura de su padre. ?Me lancé cuando había vivido más, me sentía madura y había encontrado mi propia identidad?, esgrime.
Siete años después de publicar el libro de relatos cortos Velocidad personal (2001), Miller se estrenaba en la novela con Las vidas privadas de Pippa Lee. La Pippa del título ha enterrado en su plácida vida burguesa un pasado doloroso y salvaje, pero esa identidad pugna por aflorar desde el subconsciente. La esposa impecable se transforma por las noches en una sonámbula que asalta la cocina para volcarse en excesos bulímicos o encadenar cigarrillos, aunque en el mundo consciente dejara de fumar largo tiempo atrás. La pluma de Miller articula la narración superponiendo las múltiples vidas de la protagonista, al modo de las muñecas rusas, en un relato que cobra especial veracidad cuando es escrito en primera persona.
La autora dice que no se ha inspirado en ningún personaje real en concreto (ni ella ni su madre, dice, vieron condicionado su trabajo por el matrimonio y la maternidad) y que concibió el libro como ?un estudio sobre la identidad, del que no te cansarías nunca, porque todo el mundo tiene sus secretos?. Secretos como el que marca su propia biografía. Rebecca Miller fue criada como hija única, a pesar de la existencia de un hermano que la familia mantuvo semioculto. Ese capítulo era desvelado al detalle por la revista Vanity Fair hace tres años: en noviembre de 1966, Inge Morath daba luz a un niño, Daniel, afectado con el síndrome de Down. El bebé tenía sólo una semana cuando fue entregado a un centro de Nueva York. Morath visitaba a su hijo casi cada domingo, pero Arthur Miller rechazó todo contacto hasta casi ser ya octogenario. El hombre que exploró en sus obras la culpa y la moralidad en el seno de la familia sólo pudo aceptar a su hijo en los últimos diez años de su vida. Rebecca Miller siempre se ha negado a abordar la cuestión: ?La única persona que podría contestar a las preguntas es mi padre, y está muerto?.
A lo largo de la entrevista, se muestra muy reacia a trazar el retrato íntimo del gran hombre. Su propia vocación artística, subraya, bebió a partes iguales de la producción escrita de Arthur Miller y del universo visual de su madre. El maridaje de ambas influencias acabó orientando su carrera hacia la literatura y el cine, después de ?un largo proceso exploratorio? que arrancaba en las artes plásticas. ?Empecé a pintar muy joven, a los 16 años, pero pronto tuve claro que lo que me interesaba era la dirección cinematográfica?. Su red de contactos familiares en Nueva York condujeron a la entonces veinteañera ?alta, dotada de facciones renacentistas y unos intensos ojos azules? hasta un famoso agente de actores. ?Deberías estar en las películas?, le espetó el personaje antes de conseguirle su primer papel en una serie de televisión. Su nueva faceta le permitió trabajar en 1988 con el director teatral Peter Brook (?le gustaban los actores no profesionales?), para quien encarnó a la Anya de Chéjov en El jardín de los cerezos. Seguía pintando y escribiendo, mientras acariciaba la ambición de filmarlas ella misma. Miller pasa de puntillas por su experiencia en la gran pantalla, aunque fuera junto a estrellas como Harrison Ford en A propósito de Henry y Kevin Spacey en Dobles parejas. Una experiencia que sólo consideraba aprendizaje y puente para dar el salto a la dirección de sus propios guiones. Su estreno como cineasta llegaba con Angela (1995), a cuya discreta acogida siguió el premio del jurado de Velocidad personal: tres historias en Sundance (2002). Eligió como protagonista de La balada de Jack y Rose (2005) al actor británico Daniel Day-Lewis, a la sazón su marido. Ambos comparten vida y dos hijos, a caballo entre la campiña de Irlanda y Nueva York, desde que se conocieran hace trece años durante el rodaje de El crisol, cinta inspirada en la obra de Arthur Miller Las brujas de Salem. Fue él quien les presentó.
La obra literaria y cinematográfica de Rebecca Miller vuelven a fundirse en Las vidas privadas de Pippa Lee, cuya traslación al celuloide presentaba en el reciente festival de cine de Berlín. ?Cuando acabé el primer borrador del libro, me quedé con la sensación de que no todo estaba dicho y sentí la curiosidad de explorar el personaje en una dimensión diferente?, señala sobre un filme que cuenta en el reparto con Robin Wright Penn y Keanu Reeves. Encerrada en su retiro irlandés del condado de Wicklow, trabaja en su segunda novela mientras se prepara para los viajes de promoción de la cinta. Está acostumbrada a desfilar por la alfombra roja colgada del brazo de su marido, ese circo del estrellato al que siempre se ha declarado alérgica. Por mucho que busque el reconocimiento, desmarcada de la sombra de su padre, la hija de Arthur Miller asegura que el brillo de los focos sigue sin ser para ella.
Las vidas privadas de Pippa Lee. Rebecca Miller. Traducción de Cecilia Ceriani. Anagrama. Barcelona, 2009. 304 páginas. 18 euros. La película sobre la novela se estrenará en España este otoño.

Partidario del diablo

Partidario del diablo/Fernando Castanedo
Suplemento Babelia, El País, 14/03/2009;
Según una antigua teoría, toda la literatura inglesa desde el siglo XVIII descendía de dos autores. Uno era Miguel de Cervantes, quien con el Quijote se convirtió en padre de la sátira y la parodia anglosajonas y de la literatura popular escrita en el estilo humilde (empezando por Swift, Defoe, Fielding...). El otro era John Milton, que con El paraíso perdido apadrinó la poesía grave, tanto épica como lírica, escrita en el estilo sublime (desde Gray, Thompson, Young...). Teniendo en cuenta su grado de generalidad, la antigua teoría sigue pareciendo razonable. Casi tan razonable y antigua como el mismo Milton, cuya vida y obra celebran estos días los ingleses con motivo de su cuarto centenario.
Aparte de algunos poemas en inglés y en latín, la trayectoria literaria del poeta empezó con una conmovedora elegía, Lycidas, dedicada a su compañero de Cambridge Edward King, que había muerto en un naufragio. De paso que lloraba al amigo, aprovechó para atacar a la jerarquía eclesiástica y para recordar la amenaza que suponía el catolicismo para los puritanos como él. Durante un viaje de estudios por Europa visitó a Galileo, confinado en su casa por defender los movimientos celestes, y cuando volvió a Inglaterra se encontró un país convulso al que le quedaban pocos años para convertirse en el primer Estado en ajusticiar a su rey. Escribió panfletos a favor del regicidio y del divorcio, y cuando intentaron censurarle contraatacó con Areopagitica, uno de los textos fundacionales sobre la libertad de prensa.
Durante los años de la Revolución Inglesa se convirtió en funcionario de la nueva república, y cuando los reyes volvieron al trono de Inglaterra logró salvar la vida -no así la vista, pues se había quedado ciego en 1652-. El prestigio y las amistades lograron que todo quedara en una fugaz visita a la cárcel. Después llevó una vida retirada bajo el cuidado de sus esposas -en total llegó a casarse tres veces- y sus hijas, que se quejaban de un padre tiránico y cicatero que les obligaba a leerle en lenguas que no comprendían. A ellas, que cuando faltaba dinero vendían los libros del escritor, les debemos nosotros y la historia de la literatura que tomaran al dictado los más de diez mil versos de El paraíso perdido.
Siguiendo la recomendación de abordar asuntos ya tratados por otros poetas, Milton reelaboró en esta obra el primer cuento del primer libro de nuestra cultura, la historia de Adán y Eva en el Génesis.
Aunque su propósito era justificar ante los hombres "las sendas del Señor", la grandeza del poema se debe no tanto a los argumentos teológicos como a la creación del personaje de Satán. Porque con él modeló a un seductor elocuente que, tras verse abismado desde las alturas, recordaba a sus huestes que la mente puede hacer "del infierno un cielo, y del cielo, un infierno"; porque inventó un héroe que se venga de Dios provocando la expulsión de Adán del paraíso, y porque convirtió a un perdedor soberbio y rastrero, que hasta la fecha había ocupado un papel secundario, en protagonista. Los románticos, tan amigos del demonio, idolatraron a este poeta que ahora cumple cuatrocientos años. William Blake dijo que "si escribió con trabas sobre Dios y los ángeles y con libertad absoluta sobre Satán es porque fue un verdadero poeta y, aunque no se diese cuenta, partidario del diablo". -
El paraíso perdido. John Milton. Traducción de Esteban Pujals. Espasa Calpe. Madrid, 2009. 402 páginas. 24,90 euros.

Esperar en silencio

LA POESÍA ES UN ATENTADO CELESTE/Vicente Huidobro
Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que me han esperado muchos años
Se cansaron de esperarme y se sentaron
Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco
Angustioso lamentable
Me voy adentrando en estas plantas
Voy dejando mis ropas
Se me van cayendo las carnes
Y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas
Me estoy haciendo árbol Cuántas cosas me he ido convirtiendo en otras cosas...
Es doloroso y lleno de ternura
Podría dar un grito pero se espantaría la transubstanciación
Hay que guardar silencio Esperar en silencio

Estar solo

He aquí que tú estás sola y que yo estoy solo/Jaime Sabines.
Haces cosas diariamente y piensas
y yo pienso y recuerdo y estoy solo.
A la misma hora nos recordamos algo
y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya
somos, y una locura celular nos recorre
y una sangre rebelde y sin cansancio.
Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,
se me caerá la carne trozo a trozo.
Esto es lejía y muerte.
El corrosivo estar, el malestar
muriendo es nuestra muerte.
/
Yo no sé dónde estás.
Yo ya he olvidado
quién eres, dónde estás, cómo te llamas.
Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,
una mitad apenas, sólo un brazo.
Te recuerdo en mi boca y en mis manos.
Con mi lengua y mis ojos y mis manos
te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,
a siembra, a flor, hueles a amor, y a mí.
En mis labios te sé, te reconozco,
y giras y eres y miras incansable
y toda tu me suenas
dentro del corazón como mi sangre.
Te digo que estoy solo y que me faltas.
Nos faltamos, amor, y nos morimos
y nada haremos ya sino morirnos.
Esto lo sé, amor, esto sabemos.
Hoy y mañana, así, y cuando estemos
en estos brazos simples y cansados,
me faltarás, amor, nos faltaremos.

La Guerra Civil española


La estrategia de la muerte/JORGE M. REVERTE
Publicado en El País Semanal 15/03/2009
Se ha hablado de casi todo. Pero quizá, cuando se cumplen 70 años del fin de la Guerra Civil, uno de sus aspectos menos tratados sea el puramente militar. Un golpe que se convirtió en una larga partida de ajedrez. Un ejército republicano que se defendió mejor de lo esperado. El autor lo ha investigado durante años para su próximo libro (El arte de matar, sale a la venta esta semana).
. Éste es su relato en exclusiva, acompañado de fotos desconocidas.
l 1 de abril de 1939, el general Franco anunciaba el fin de la guerra que él mismo comenzara, junto con otros militares, en julio de 1936. El comunicado victorioso no significaba la llegada de la paz. A la sangría provocada por tres años de enfrentamiento armado le iban a seguir decenas de miles de fusilamientos decididos por tribunales militares, sin garantías para los procesados. La Guerra Civil comenzó como un golpe de Estado, se convirtió después en la confrontación de dos grandes ejércitos y acabó con una amplia matanza.
Todo empezó cuando una fracción, la principal, de la oficialidad del ejército español se puso de acuerdo para dar un golpe que acabara con el Estado democrático presidido por Manuel Azaña.
Aquella acción militar que pensaban completar los conjurados en pocas semanas mediante una limpia que costaría unas decenas de miles de muertos fracasó en sus inicios. Y ello provocó una cierta desorganización en las filas golpistas, que componían una temporal alianza de territorios. Muerto su jefe natural, el general Sanjurjo, en los primeros momentos, el general Emilio Mola quedó como rey del norte, mientras Gonzalo Queipo de Llano lo era del sur. Un tercer general, Francisco Franco, reinaba sobre las fuerzas africanas asentadas en Ceuta y Melilla y el resto de protectorado marroquí. Y eso afectó a la manera en que pusieron en práctica su primera andadura militar.
Mientras Queipo de Llano se dedicaba a pacificar su territorio con técnicas policiales, Mola y Franco coincidían en que la principal línea estratégica de su plan era la conquista de Madrid. Cada uno la emprendió a su modo: Franco, desde el sur, hizo caso omiso de los planes previos y eludió Despeñaperros para acercarse a la capital con sus columnas africanas vía Badajoz. Mola, que entendió muy pronto la débil estructura de la resistencia republicana en el norte, debido a la indecisión de los nacionalistas vascos sobre su papel en el conflicto, aprovechó esa circunstancia para lograr una de las más importantes victorias estratégicas de los rebeldes en toda la guerra: el aislamiento del norte republicano de la frontera francesa. Lo hizo con poco esfuerzo. Pero, al mismo tiempo, echó sus milicias de requetés y sus soldados de guarnición sobre Madrid. En la sierra norte le pararon las milicias antifascistas. A Franco, no, porque su ejército era el único preparado para hacer una guerra, por mucho que el estilo de la misma fuera primitivo, propio de un conflicto colonial. En lugares como Galicia y Asturias, los rebeldes ultimaron planes locales conectados poco a poco con los más importantes contingentes de Mola en Castilla y León, Aragón y Navarra.
En el bando leal, la desorganización que siguió al fracaso del golpe fue mayor aún. El ejército desapareció en pocos días, y un aluvión de milicias multicolores se echó a los caminos sin que hubiera una planificación militar del esfuerzo. En las primeras semanas, los más combativos militantes que se habían presentado voluntarios para acabar con la rebelión perecieron por centenares al paso de legionarios y regulares, que se los quitaban de en medio utilizando tácticas de envolvimiento y un armamento poco sofisticado. Los profesionales del ejército que habían permanecido leales a la República fueron sistemáticamente desobedecidos, juzgados muchas veces por asambleas de soldados y, en algunos casos, fusilados sobre el terreno si los hombres a su mando consideraban que no habían cumplido con sus obligaciones de manera eficaz, o sea, si decidían que se trataba de traidores. En cada zona se producía un fenómeno de resistencia diferente según las circunstancias políticas locales: los milicianos catalanes de la CNT, que habían desdeñado hacerse con la dirección política de Cataluña, luchaban por su cuenta con la intención de hacer la revolución en su tierra y exportarla a Aragón; los comunistas montaban sus unidades pensando en la defensa de la República del Frente Popular. Los socialistas, igual, aunque con una menor eficacia.
Durante los dos primeros meses del conflicto, no había una dirección clara de guerra en ninguno de los dos lados. Ni siquiera en el lado rebelde, donde los generales pactaban en función de su fuerza y sus logros. Franco, que fue muy pronto reconocido como el más eficaz, logró imponerse, ganándole por la mano a Mola la autoridad que le daba su casi impune avance sobre Madrid. Con eso y con la baza del apoyo de Hitler y Mussolini.
El general rebelde Franco fue el primero en conseguir la unidad de acción. Su decisión política de liberar el alcázar de Toledo contribuyó al retraso de la toma de Madrid, pero le aseguró la dirección indiscutible de su movimiento. El día 1 de octubre fue nombrado jefe del gobierno del Estado que se construiría cuando el golpe triunfara.
Poco después de esas fechas, el socialista Francisco Largo Caballero conseguía lo que había parecido imposible hasta el momento: construir un gobierno de Frente Popular en el que estaban representadas casi todas las fuerzas políticas y sindicales defensoras de la República. Una de las primeras, si no la primera, tareas de ese gobierno fue la de poner en marcha una nueva estructura militar que fuera capaz de defender al régimen legal. El tiempo perdido hizo a Largo y su gobierno considerar que Madrid no se podía defender, porque no había tiempo para poner en marcha con eficacia las nuevas unidades encuadradas en brigadas mixtas que se formaban en Levante y La Mancha, y esperaban la llegada del armamento proporcionado por la Unión Soviética.
Anarquistas y comunistas aceptaron, de mejor o peor grado, en el Consejo de Ministros la decisión de Largo: Madrid se quedaría con una Junta de Defensa presidida por el general Miaja, y las líneas de defensa eficaces se situarían en las orillas del Tajo.
Sin embargo, cuando la batalla de Madrid comenzó, se produjo en el seno de la República la primera desobediencia trascendente: con el apoyo de los soviéticos, los comunistas decidieron que había que defender Madrid, pese a las órdenes de Largo Caballero. La primera brigada mixta con alguna capacidad operativa, la mandada por Enrique Líster, apareció en el sur de la ciudad el día antes de que se iniciara el asalto. Las brigadas internacionales lo hicieron dos días después. Largo tuvo que tragarse el quebrantamiento de su autoridad. Los anarquistas reaccionaron moviendo sus unidades, el ejército de Cipriano Mera, que estaba en La Mancha y Guadalajara, y la columna Durruti, traída del frente de Aragón en una iniciativa en la que no participó el gobierno, para disputar la hegemonía militar a los comunistas en el frente de la capital. El general Sebastián Pozas, y su directo subordinado el coronel Segismundo Casado, al cargo de la zona central, tuvieron que soportar la humillación de ver cómo Madrid se defendía, y atenerse a las nuevas circunstancias.
En Madrid se dio el último combate de la fase del golpe. Fue una batalla repleta de imágenes épicas, de heroísmo y de condensación de la lucha universal entre el fascismo y el antifascismo. Pero siguió siendo una batalla dominada por las características más primitivas. El uso de la aviación y de los carros de combate tuvo una relevancia limitada al lado de las ametralladoras, la artillería y los asaltos de la infantería a cuerpo limpio. Mientras los combatientes hacían frente a los mercenarios moros y legionarios, hombres disfrazados como el ejército de Pancho Villa asesinaban a derechistas, sin juicio. Por toda España, una fiebre homicida se extendía. A un lado se mataba a curas y monjas, a tenderos y militares retirados, porque había desaparecido el Estado democrático; al otro, a jornaleros, a maestros, a militares leales y a poetas, porque los alzados querían construir un nuevo Estado nacionalcatólico.
El fracaso del asalto franquista a Madrid fue seguido por la primera batalla de cierta entidad en campo abierto: la del Jarama. En esa ocasión, Franco pudo mover ya unidades encuadradas en divisiones y utilizar masas apreciables de artillería. Su autoridad militar era en aquellos momentos indiscutible. La República pudo contestar a la ofensiva con sus nuevas brigadas, aunque todavía faltas de entrenamiento y suficiente material bélico. Mejor resultado obtuvo de las remesas de cazas soviéticos que equilibraron la balanza en el aire, que había sido favorable desde el principio, gracias a las ayudas alemana e italiana, a los rebeldes. Los carros rusos, aunque mal utilizados por falta de experiencia de los mandos, tuvieron un papel importante en el desenlace. Un papel que fue rebajado por la eficacia de las armas anticarro alemanas.
Aquella batalla acabó en empate. Fue una sangría y dejó a los dos ejércitos exhaustos.
La siguiente cita fue en Guadalajara. Una batalla en la que el CTV, el cuerpo expedicionario italiano, recibió un severo correctivo. Sus 40.000 hombres bien armados, alimentados y vestidos no fueron capaces de quebrar las líneas republicanas. Y hay indicios para pensar que Franco no lamentó que la derrota se produjera. Los militares italianos tenían instrucciones políticas muy explícitas de hacer la guerra por su cuenta, es decir, de ganarla para el Duce. Desde que desembarcaron, sin pedir permiso a sus aliados, en Cádiz durante el mes de diciembre, Franco no había podido imponer su autoridad sobre un ejército que le era imprescindible para lograr la victoria, pero podía, en cualquier momento, si alcanzaba la hegemonía en su bando, imponerle condiciones muy serias sobre el futuro político de España. La acción de Guadalajara tenía por objeto tomar Madrid y apuntarse un tanto propagandístico de primera categoría. En los cuarteles generales franquistas se llegó a brindar por el resultado que había humillado al aliado fascista. En los republicanos se brindaba por la eficacia de un hombre que había sido decisivo para salvar Madrid y, ahora, había derrotado al enemigo en campo abierto, el coronel Vicente Rojo.
Establecida su autoridad, Franco no volvió a sufrir ningún contratiempo que pusiera en cuestión el carácter único de su mando, aunque tuviera que imponer por la fuerza su visión de las cosas en la crisis que provocó entre los carlistas y los falangistas para conseguir la necesaria unidad política, el partido único y el Estado nuevo que Ramón Serrano Súñer diseñó a su medida. En la primavera de 1937, Franco era ya dueño y señor político de los territorios en su poder. La autonomía de la Legión Cóndor alemana no amenazaba su dirección, porque tan sólo afectaba al modo de utilizar las unidades en el combate.
Fue a partir de entonces cuando pudo ejercer con toda la fuerza su autoridad militar. Y decidió acabar con el frente norte. Hasta allí desplazó la mayoría de las unidades italianas y los efectivos artilleros y aéreos alemanes, y emprendió una áspera batalla que le permitió hacerse, semana tras semana, de forma lenta y progresiva, con todo el territorio cantábrico en manos de la República.
Este cambio de rumbo fue decisivo, aunque supusiera dejar de lado el primer objetivo: Madrid. Si hubiera tomado la capital, su popularidad se habría desbordado. Pero su Estado Mayor consideraba la empresa casi imposible.
Es discutible que la decisión fuera errónea, pero desde el punto de vista militar, y contando con la posibilidad de que la política inglesa de No Intervención pudiera cambiar, la liquidación del frente del norte tenía muchas ventajas para su bando: con su conquista, pasaría a controlar las zonas mineras y la industria pesada, y le permitiría agrupar sus fuerzas en una sola zona, sin tener a la espalda un ejército de 100.000 hombres, procedentes casi todos ellos de zonas proletarias con un alto nivel de conciencia. Aunque el duque de Alba y sus demás agentes le transmitían desde Londres, París y Roma garantías de lo contrario, no era descartable que pudiera haber alteraciones en los equilibrios políticos internacionales. Y si la política inglesa variaba, y Franco no tenía poder para influir en ella, el bloqueo de los puertos cantábricos podría romperse. En la primavera de 1937, Franco ya sabía, además, por sus privilegiados contactos con el Vaticano, que los nacionalistas vascos había intentado la mediación del Papa para conseguir un cese de hostilidades, sin contar con el gobierno ni con las otras fuerzas asentadas en el territorio controlado por la República.
¿Controlado por la República? Para entonces, el gobierno de Largo Caballero podía presumir de poco más que de controlar la región central, parte de Andalucía y el Levante. Cataluña seguía presidida por un gobierno fantasma que no gobernaba más que cuando le dejaba la CNT, y el País Vasco, Santander y Asturias se regían por gobiernos que no habían sido legitimados en las urnas y se afirmaban en fórmulas de taifa sin llegar a reconocer jamás del todo la autoridad del gobierno legal. La España republicana sólo tenía autoridad en el centro y Levante.
Para recuperarla, se produjo la intervención en Barcelona en mayo de 1937, después de que las unidades libertarias, por un lado, y los comunistas y nacionalistas catalanes, por otro, se enfrentaran durante una sangrienta semana que dejó cientos de muertos en las calles y la moral de la retaguardia catalana por los suelos.
Tras la crisis del desastroso gobierno de Largo Caballero, Manuel Azaña nombró a Juan Negrín presidente del Consejo de Ministros, y a Indalecio Prieto, ministro de Defensa. Ambos decidieron entregar al coronel Vicente Rojo la responsabilidad de las operaciones militares.
Rojo, acreditado como el mejor militar republicano, emprendió una nueva organización de su ejército en torno a una idea central, la creación de un ejército de maniobra que fuera capaz de moverse disciplinadamente en acciones de gran envergadura que necesitaban de conocimientos técnicos y de un gran entrenamiento. Para mover grandes masas de hombres, no bastaba el valor miliciano. Y elaboró un plan de guerra que estaba marcado por la idea de conseguir victorias decisivas.
El ejército de maniobra se creó en torno a las brigadas internacionales y a las unidades nacidas del V Regimiento, el germen del ejército comunista. Rojo no sentía ninguna simpatía personal ni ideológica por los comunistas, pero se había bregado con ellos en el asedio de Madrid y confiaba en su disciplina y lealtad en el combate.
Esa elección creó algunas suspicacias entre otros mandos republicanos. No sólo entre los mandos. Las unidades donde se encuadraban los militantes socialistas y republicanos, por no hablar de los anarquistas, sentirían durante la guerra una hostilidad creciente hacia los hombres procedentes del V Regimiento.
La primera prueba de importancia para el germen del ejército de maniobra fue la batalla de Brunete, concebida por Rojo con dos objetivos de muy distinto alcance: el primero de ellos, el más limitado, distraer las tropas que iban consiguiendo, de forma lenta pero sistemática, rendir la resistencia en el norte. Indalecio Prieto consideraba que, además de la riqueza industrial que se concentraba, allí estaban los mejores luchadores republicanos, los mineros asturianos y los concienciados trabajadores industriales vascos de militancia anarquista, socialista y comunista.
El segundo de los objetivos de Rojo tenía gran alcance: cortar las líneas de abastecimiento del ejército franquista y aislar a los contingentes que asediaban Madrid en una gran bolsa que pudiera ser aniquilada.
Su aspiración era ambiciosa. Se trataba de dar una batalla decisiva que cambiara el rumbo de la guerra a favor de la República. En su optimista concepción, el plan tenía muchos elementos razonables: a mediados de 1937, la República no estaba en una gran inferioridad material frente a sus enemigos, porque los suministros soviéticos de armas habían aportado cuantioso material, y de muy buena calidad en lo que se refería a aviones de caza y carros de combate.
Brunete fue un fracaso. Acabó sin que ninguno de los dos bandos pudiera adjudicarse una victoria terminante, pero las unidades republicanas perdieron 25.000 de sus mejores hombres por 10.000 de las franquistas. Cuando los combates se extinguieron, Franco, que hubo de mover una parte de sus efectivos del norte para atender el combate, los reintegró a su lugar de origen y estabilizó los frentes en el centro.
¿Qué había fallado? El propio ejército. Las divisiones de choque habían estado mandadas por hombres sobrados de carisma y de valor, pero faltos de instrucción militar. Modesto, Líster o Tagüeña habían llegado a mandar grandes unidades porque habían formado parte de las primeras riadas de voluntarios que cubrieron el colapso del ejército republicano. Alguno de ellos había realizado con aprovechamiento cursos de suboficial en la academia Frunze, en la URSS, pero ninguno conocía las más difíciles tareas de la batalla, cómo mover las unidades, cómo organizar los abastecimientos, cómo desplegar las piezas de artillería, cómo tomar decisiones arriesgadas cuando se topaban con el éxito. Alguno de ellos, como el jefe de la división 46, el campesino, ni siquiera sabía leer un mapa.
En agosto de 1937, en la batalla de Brunete, se extinguieron muchas de las posibilidades de la República de ganar la guerra.
Eso no significaba que Franco la tuviera ya ganada, porque enfrente tenía un enemigo vigoroso. Tampoco significaba que quisiera hacerla durar para ir limpiando bien la retaguardia de los territorios conquistados. No es suficiente reconocer el carácter despiadado del caudillo para probar que sus decisiones estuvieron siempre encaminadas a ganar la guerra. Cuanto antes, porque no podía tener la seguridad de que la situación internacional le fuera siempre favorable, por mucho que el Comité de No Intervención jugara a su favor.
El año 1937 se cumplió el peor de los augurios para la República. Los nuevos intentos de Rojo, como el de Belchite, fracasaron, y el frente norte se desplomó de la peor de las maneras: los batallones del PNV se encargaron de que la industria pesada vizcaína cayera intacta en manos de Franco. Esos mismos batallones se rindieron en Santoña a través de una negociación realizada a espaldas del gobierno de Negrín. La República perdió un ejército de unos 100.000 hombres, y Franco ganó capacidad de movimiento para los 100.000 que tenía empeñados allí.
Franco diseñó entonces un nuevo plan de asalto contra Madrid, la ciudad que consideraba traidora y que seguía concibiendo como el alma de la resistencia republicana. El plan de ese ataque consistía en arremeter desde el noreste, desde Guadalajara, con toda la enorme masa de maniobra que había liberado desde la caída de los últimos reductos asturianos.
El Estado Mayor republicano intuyó esa maniobra, y Vicente Rojo, de acuerdo con el jefe del Gobierno, Juan Negrín, desarrolló un plan de gran estilo que fuera capaz de frustrarla y, además, le permitiera recuperar la iniciativa militar.
Entre finales de diciembre de 1937 y principios de 1938, de nuevo el ejército de maniobra se responsabilizó de la acción, y atacó Teruel. Lo hizo con gran eficacia en una primera fase. Fue una victoria militar y moral, porque Teruel se convertía en la primera capital de provincia que la República ganaba en toda la guerra. Pero las unidades rebeldes no sufrieron un castigo sensible. La República ganó territorio y moral. Nada más.
Aquella derrota, que era limitada, le planteó a Franco la necesidad de optar entre dos posibilidades. La primera, estabilizar el frente y continuar con sus planes de ataque sobre Madrid; la segunda, reaccionar y recuperar el terreno perdido. Se decidió por la segunda.
Si Franco hubiera optado por insistir en su asalto sobre Madrid en aquel momento, se habría encontrado con un ejército republicano en la región central que todavía contaba con unidades muy aguerridas para la guerra defensiva, que había continuado con la instrucción de sus soldados y que no se había desgastado desde la batalla de Brunete. Ésas eran las mismas condiciones con las que había tenido que contar al hacer sus planes sobre Madrid previos a la pérdida de Teruel. Pero, tras ese descalabro, el ejército de maniobra republicano quedaba en mejor situación para haber violentado su retaguardia.
Su plan resultó ser más ambicioso de lo previsto: recuperó terreno en torno a Teruel, y desde ese momento, aprovechando la excelente situación de aprovisionamiento de material alemán e italiano y su gran ventaja en unidades capaces de maniobrar, se lanzó hacia la costa y consiguió partir la zona enemiga en dos, dejando de paso maltrecho al ejército que se le opuso. Sus tropas llegaron a Vinaroz y tomaron una parte de Cataluña. El coronel Yagüe se apoderó de Lérida, afirmándose en una excelente plataforma para atacar por las estribaciones del Pirineo. La decisión, vistos los resultados, fue excelente. Cabe discutir si la alternativa habría sido mejor, pero resulta dudoso viendo los resultados.
Los generales de Franco vieron la guerra prácticamente ganada a partir de ese momento. Pero Franco, no. Desde su Estado Mayor se le urgió con una hasta entonces no vista insistencia en que atacara por el norte de Cataluña para acabar con la resistencia en la zona más industrializada de la República y aislar del todo a ésta de Francia, acabando así de una vez con el contrabando de armas cuando la frontera estaba cerrada o con el paso masivo de suministros cuando se abría.
Franco desechó la opción.
Una nueva decisión discutible. Pero que tenía sus razones, sus poderosas razones, para tomar: en marzo de 1938 hubo varias reuniones del Estado Mayor del ejército francés para valorar la necesidad o no de entrar en la guerra de España. Los contingentes italianos y alemanes que acompañaban a Franco provocaban en Francia una racional desconfianza. La política de apaciguamiento de Hitler impuesta a los franceses por el Gobierno británico no tranquilizaba ni a sus políticos ni a sus militares sobre el peligro de una nueva guerra europea. Y la posible llegada de tropas alemanas e italianas a la frontera se veía desde París como un riesgo serio.
Franco supo de esas reuniones. Y, aunque conoció su resultado, favorable a sus intereses, liquidó la opción de continuar la guerra en las inmediaciones de la frontera francesa para no dar el menor motivo a Francia para una intervención que habría sido catastrófica para su causa.
Fue una decisión, de nuevo, con un marcado carácter político, que le obligó a replantearse la recurrente decisión de atacar Madrid o continuar la guerra por otros caminos. Y escogió arrojarse sobre Valencia para rendir a la capital por falta de suministros alimenticios y bélicos.
Esa ofensiva terminó con un fracaso rotundo. Fue una batalla que ganó el ejército republicano del Centro, dejando a las unidades mandadas por García Valiño en unas posiciones desde las que podían contemplar Sagunto, pero que no podían avanzar. El 24 de julio, el general Matallana, amigo de Rojo y uno de los mejores militares de Estado Mayor del bando republicano, había conseguido la más valiosa victoria para sus armas de toda la guerra.
Al día siguiente, Rojo ordenó, con el plácet de Negrín, que sus tropas del ejército de maniobra pasaran el Ebro. De nuevo, en su concepción, había dos posibles objetivos. El de corto alcance consistía en distraer la ofensiva franquista contra Valencia, lo que ya era innecesario. El de largo, romper la comunicación entre los ejércitos del norte y de Levante. Un plan que era, dada la fuerza disponible, auténticamente ilusorio.
Los dos primeros meses de enfrentamiento sólo sirvieron para contar muertos y despilfarrar municiones. Franco hizo su famoso comentario: �No me comprenden. Tengo a lo mejor del ejército rojo acorralado en 35 kilómetros�. Su intención era muy clara: exterminarlo, al coste que fuera. De nuevo, una opción discutible. Pero no más discutible que la de su adversario. ¿Por qué se obstinó el mando republicano en mantener ese combate de exterminio? Podría haberse decidido la retirada al otro lado del río y evitar el desgaste de ese ejército. No se hizo.
Los dos ejércitos se desgastaban de forma brutal. Pero a quien más le convenía eso era a los rebeldes, que bombardeaban a placer las posiciones republicanas amparados en una abrumadora superioridad aérea y artillera. Negrín y Rojo, sin embargo, no ordenaron que se repasara el río para preservar a su mejor ejército. Y el jefe del Estado Mayor republicano hacía llamadas infructuosas para que pusiera en marcha desde Valencia una ofensiva que distrajera al enemigo. El general Matallana lo intentó, pero con escaso impulso y ninguna posibilidad de éxito. No tenía capacidad para actuar a la ofensiva.
En septiembre de 1938 se firmó el compromiso de Múnich, por el que Francia e Inglaterra daban vía libre a Alemania para anexionarse una parte de Checoslovaquia. La República podía dar ya por enterradas sus posibilidades de mejorar las circunstancias políticas internacionales. Ya sólo había dos políticas posibles: la de ganar tiempo hasta que estallara la guerra europea o la de intentar una negociación, amparada por las potencias europeas, para buscar una paz que tuviera el menor coste humano posible. El presidente Manuel Azaña sólo veía factible una solución así, frente a la preconizada por Negrín, apoyado por su jefe de Estado Mayor, Vicente Rojo, de resistir para forzar al enemigo a negociar. Ninguna de las opciones se podría poner a prueba ante la obstinación de Franco.
En Múnich se acabó la historia militar de la Guerra Civil. Aunque no las historias que implicaban a los militares. Las diferencias, las suspicacias, los rencores, habían crecido tanto en el bando republicano que la derrota anunciada no podía sino ampliarlas. La negociación era imposible, con un Franco crecido gracias al apoyo nazi-fascista. La resistencia a toda costa que pregonaban los comunistas y el gobierno de Negrín tampoco podía prolongarse, porque el ejército de maniobra se había quedado exhausto en las tierras del Ebro después de haber aceptado un pulso inútil siguiendo la estrategia de conseguir victorias decisivas.
Y el ejército del centro, mandado por Miaja, se había dividido, en consonancia con la descomposición política de las disgregadas y desalentadas fuerzas republicanas, y se preparaba para la definitiva confrontación interna. La batalla de Cataluña no fue sino el último capítulo de una derrota militar inevitable. Y el golpe de Estado de Julián Besteiro y Segismundo Casado contra el gobierno de Negrín, su más bochornoso acto. Ambos intentaron en vano negociar con Franco una paz entre militares, sin represalias.
Franco jugó sus cartas sin hacer ninguna demostración de genio militar, pero sabiendo siempre qué respuesta debía dar a las distintas situaciones políticas en las que se debía mover. La República, defendida de forma muy desigual por las distintas formaciones políticas, pagó su desfavorable posición internacional y las graves desafecciones internas. Pero también sus errores en el terreno militar.
La guerra había durado tres años porque millares de hombres leales a la República habían combatido contra un enemigo muy superior. Centenares de miles de españoles tuvieron que abandonar su país. Muchas decenas de miles que no lo consiguieron sufrieron la cruel venganza de Franco, apoyado por una Iglesia que le había regalado el nombre de cruzada para su guerra y un lema muy explícito: "España será católica o no será". Rendido el ejército republicano, ¿había algo que le impidiera a Franco proseguir la matanza?

Jueces en España

Jueces en el banquillo/Gabriela Cañas
Publicado en El País Semanal (www.elpais.com), 15/03/2009;
Casi la mitad de los jueces de España hicieron huelga el pasado 18 de febrero, por primera vez en la historia. Y amenazan con repetir el paro el próximo 26 de junio. ¿Por qué están tan enfadados? Los casos se acumulan en sus despachos. Ellos se quejan de falta de medios. Con la venia de siete jueces, 'El País Semanal' se ha adentrado en los pasillos de la institución peor valorada por los ciudadanos; en las arterias del tercer poder del Estado.
María Mariscal de Gante es la secretaria judicial del Juzgado Central de Instrucción número 3 de la Audiencia Nacional. Parece encantada de que El País Semanal haga una aproximación al trabajo de los jueces y de los juzgados, y busca con presteza los datos que le pide el magistrado Fernando Grande-Marlaska. Ella es la autoridad más importante de este juzgado después de Grande-Marlaska. Estamos en el despacho del juez, una estancia amplia y antigua a la que se accede por pasillos repletos de armarios metálicos que guardan cientos y cientos de carpetas. En los estrechos distribuidores, la gente aguarda para prestar declaración o reunirse con el titular del juzgado.
Los tribunales son la institución del Estado peor valorada por los ciudadanos españoles, y los jueces son su cara más visible. El 18,2% de los ciudadanos, según una encuesta oficial, no tiene confianza alguna en ellos. Antes de posar pacientemente para la fotógrafa, Grande-Marlaska reflexiona en voz alta: "Tenemos que aprender de esa desconfianza justamente nosotros, los jueces, que nos quejamos de la justicia como uno de los actores que somos. Los ciudadanos ven fallos y claras injusticias, y hay una falta de respuesta en tiempo. Hemos tenido un déficit de comunicación sobre qué hacemos, cómo lo hacemos y con qué medios".
El edificio que aloja el Ayuntamiento de Navalcarnero es propio de la octava economía del mundo. La fachada está acristalada y se accede al interior desde una plaza remodelada decorada con escultura y una magnífica escalinata de piedra. A sólo 500 metros de este lugar están los juzgados del pueblo. Entrar en ellos es regresar al pasado. No hay sala de espera. Abogados, testigos, guardias civiles, denunciantes e imputados se apiñan en los distribuidores y pasillos, sin luz, sin ventilación alguna, para hacer esperas interminables propias de otras latitudes. Algunos de los que esperan han conseguido ocupar las pocas sillas disponibles que hay claveteadas al suelo. Una máquina expendedora de bebidas les ofrece algo fresco. Les han citado a las 9.30, a las 10.00, a las 10.20, pero son las 12.00 y siguen esperando. Un abogado de oficio, indignado, amenaza con marcharse y pide explicaciones a una funcionaria de vaqueros, camiseta de tirantes y lomo tatuado que sortea a los grupos como puede llevando y trayendo carpetas repletas de papel.
Sólo su aspecto y sus coloridos tatuajes y algunos ordenadores en las mesas de trabajo dan un toque de modernidad a este lugar, en el que el parqué está erosionado por el tiempo y las paredes son de amarillo pálido al gotelé. Las estanterías con papeles reducen los espacios, y los cables recorren desordenadamente suelos y paredes. Las mesas y las sillas parecen haber sido rescatadas de los contenedores de basura. El Gobierno de Esperanza Aguirre, responsable de las instalaciones y el material de este lugar, no parece haber puesto mucho empeño en adecentarlo y modernizarlo.
En su despacho, la juez Ana Rosa Bernal, junto a la fiscal, se pelea con el ordenador y la impresora, que no funcionan bien. A lo largo de la mañana deben celebrar ocho juicios rápidos y un juicio por un hurto cometido en el centro comercial próximo de Xanadú. Es lunes. La fiscal va de despacho en despacho buscando un ordenador en el que redactar sus escritos de acusación, aunque trae la mitad del trabajo preparado. ¡Menos mal! Finalmente, logran iniciar el juicio por el hurto al mediodía en la sala de vistas. Después, en el despacho, y ya sin togas, celebrarán uno tras otro los juicios rápidos.
Juez y fiscal usan indistintamente el ordenador, pero su lenguaje es alambicado y solemne cuando imputados y abogados participan. "Con la venia, señoría", contesta la fiscal cuando la juez le da la palabra para interrogar al imputado, "consideramos suficientes las diligencias practicadas". Sin embargo, la puesta en escena es sencilla: la juez, en su mesa; la fiscal, en una silla, en un lateral, y la funcionaria que toma nota, junto a ella. Al otro lado de la mesa, el imputado y su abogado.
Ana Rosa Bernal lleva ya tres años en este juzgado y, aunque no pertenece a ninguna asociación, apoya la huelga de los jueces porque cree que llevan demasiado tiempo reclamando solución a sus problemas, y éstos, en lugar de arreglarse, empeoran. Hoy ha llegado al juzgado a las 8.45, después de una guardia de siete días que obliga a estar localizable día y noche. No saldrá a tomar café. No se tomará un respiro hasta pasadas las cuatro de la tarde. Los juicios rápidos son un pequeño avance. Apenas duran 15 o 20 minutos y, además, enjuician delitos cometidos el día anterior o dos o tres días antes. Pero también es cierto que se aplican a nuevos delitos como los de conducir bebido o romper la orden de alejamiento en caso de una mujer maltratada.
Hay avances. Por ejemplo, muchos juicios se graban en vídeo, lo que permite agilizar las declaraciones y revisarlas después. Un fiscal, dada su carga de trabajo, incluso puede participar por videoconferencia. Eso ocurre en Torrelaguna (Madrid). Pero, en general, y a pesar de tales avances, los profesionales y los ciudadanos afectados por la justicia están obligados a viajar por el túnel del tiempo. La escasa informatización del sistema ralentiza y encarece todos los procedimientos hasta límites exasperantes para los ciudadanos, pero también para abogados, funcionarios, fiscales y jueces. "Lo que irrita es la comparación entre la modernidad del país y el atraso de los juzgados", admite Julio Pérez, abogado y secretario de Estado de Justicia (el segundo de a bordo del Ministerio) hasta hace dos semanas.
En un país en el que la Administración de Hacienda elabora automáticamente la declaración de la renta de millones de ciudadanos, los 3.178 juzgados son islas desconectadas entre sí. Así que es más que probable que sea más fácil burlar a la justicia que al erario público. Aquí, los ejemplos son numerosos. "Si un juez de Bilbao ha requerido a una persona por algún motivo y a ésta la detienen en Córdoba, a los funcionarios andaluces no se les alertará de que en el País Vasco lo están buscando. Es una herramienta con la que cuentan las Fuerzas de Seguridad del Estado. Deberíamos tenerla nosotros", explica el juez decano de Bilbao, Alfonso González-Guija.
Dos días antes de la huelga de los jueces, el Ministerio de Justicia presentó el registro de medidas cautelares, sentencias no firmes y requisitorias que terminará definitivamente con esta tremenda laguna en la jurisdicción penal. Pero dos semanas después, Grande-Marlaska aún no dispone del nuevo registro, y en los juzgados de primera instancia, de momento, ha multiplicado el trabajo: los funcionarios están metiendo los datos.
La juez de vigilancia penitenciaria de Málaga con competencias en la cárcel de Alhaurín de la Torre, María Teresa Guerrero, tiene actualmente a 32 presos con orden de busca y captura. Si alguno de ellos se entrega en una cárcel diferente, lo que no es raro, ella no se enterará de forma automática. Así que entra dentro de lo posible, y así ha ocurrido, que el preso cumpla su condena y que, cuando salga en libertad, la policía le detenga de nuevo porque la orden de busca y captura sigue vigente. "Para evitarlo, estamos continuamente oficiando para saber si han reingresado o no. Oficiamos con la policía y la Guardia Civil y comparo con lo que tengo", explica Guerrero en el taxi que la lleva a la cárcel cada semana.
El Estado de las autonomías ha generado situaciones fuera de toda lógica, que los programas informáticos no sean compatibles entre sí. Desde el Gobierno central se está ampliando el sistema Lexnet, que es como un correo electrónico mucho más seguro para que los juzgados puedan reducir papel y hacer, como ya hacen algunos, muchas notificaciones vía Internet. Casi 10.000 abogados, procuradores y funcionarios lo están utilizando ya. Pero Franz Kafka seguiría encontrando en nuestro sistema judicial una inagotable fuente de inspiración. Porque al tiempo que se instalan herramientas informáticas para conectar a juzgados de Bilbao con los de Córdoba, resulta que juzgados separados por una sola pared viven tan desconectados como si la distancia entre ellos fuera sideral. "Nosotros metemos en nuestro sistema informático un nombre de alguien que está en búsqueda y sólo encontramos lo que tenemos en el juzgado, no lo que haya en los otros juzgados centrales (seis en total) de la Audiencia Nacional", explica Fernando Grande-Marlaska. La fiscal Gabriela Bravo, portavoz del máximo órgano de gobierno y control de los jueces, el Consejo General del Poder Judicial, asegura que con los 90 millones de euros que el Gobierno ha prometido, la justicia estará interconectada en 2010.
Esto demuestra que, mientras tanto, uno de los fallos achacables al caso de la niña Mari Luz sigue sin resolverse un año después de aquella tragedia. El juez de Sevilla Rafael Tirado condenó en 2002 a Santiago del Valle a dos años y nueve meses por haber abusado, presuntamente, de su hija. Dos años más tarde, otro juzgado de Sevilla condenó a Del Valle a dos años por abusos a otra menor. Tirado no tuvo por qué enterarse. De haberlo hecho, habría sido más consciente de la peligrosidad del imputado. Quizá se hubiera tomado más molestias por impedir que Del Valle siguiera en libertad cuando el 13 de enero de 2008 asesinó, presuntamente, a Mari Luz.
Hay más ejemplos kafkianos. María Teresa Guerrero acude cada semana a la cárcel con la secretaria judicial y un agente. Los tres van cargados de papeles. Reciben hasta a 60 reclusos en una mañana. Antes de salir del juzgado, un funcionario consulta los datos de cada uno y escribe un resumen a mano. Es un trabajo absurdo, habida cuenta de que la Junta de Andalucía le ha proporcionado a la juez un ordenador portátil en el que podría consultar esos datos directamente cuando tenga al recluso delante. ¿Cuál es el problema? "En el portátil no tenemos el programa Adriano con el que trabajamos en el juzgado. Lo hemos pedido, pero nos dicen en la Junta de Andalucía que no. Que no puede ser. Así que ahí está el portátil, en el despacho, obsoletándose", bromea Guerrero.
José María Fernández Seijo, juez mercantil de Barcelona, trabaja a veces en casa por las tardes, pero con su ordenador tropieza con un problema fundamental: el software de su juzgado no reconoce el programa Word. Tampoco puede escanear en sus documentos logos y marcas, asuntos sobre los que dirime cada día.
Nuestro sistema judicial demanda papel. Mucho papel. Lo exige incluso la ley, pues muchos de los documentos deben ser los originales y no estar manipulados. En la Audiencia Nacional, como explica Grande-Marlaska, hay causas que superan los 20 o 30 tomos que podrían entregar en un CD a las partes si dispusiera de los medios para digitalizarlos. "Estamos inundados de papeles. Manejamos expedientes de mil páginas", corrobora la abogada de Barcelona Carmen Fernández. Papel en los pasillos, en las mesas de los funcionarios, en las maletas con ruedas de los jueces, y hasta en los carros de la compra que circulan por nuestro sistema judicial. "La manera de gestionar papel aquí es del siglo XIX", asegura Fernández Seijo, y ello a pesar de que él es en cierta forma afortunado.
Le ha correspondido el concurso de acreedores (antes, suspensión de pagos) de la promotora inmobiliaria Habitat. En su despacho se acumulan ya 30 carpetas con documentos, pero la empresa le ha facilitado casi todo en un pendrive, lo que le simplifica el trabajo. El juicio del 11-M marcó un precedente. Ahí, el ministerio se volcó y digitalizó todos los documentos contenidos en los 2.000 archivadores del sumario. Así facilitó el trabajo de jueces, fiscales y letrados, y se redujo drásticamente el tiempo que habría durado la vista.
Hasta que tal sistema se generalice, la papirofilia de nuestro sistema seguirá alargando y encareciendo los procesos. "Los procuradores son mensajeros procesales. Se encargan de traer y llevar papeles, lo que nos encarece los trámites a nosotros y, por tanto, a los clientes", explica un abogado que prefiere mantener el anonimato.
Pero al margen del soporte en el que se consulten, los documentos hay que revisarlos, consultarlos y trabajarlos. Hay que escuchar a las partes y tomar decisiones cruciales para la vida de las personas. Y los jueces aseguran sentir el peso de la responsabilidad con el estrés añadido de no dar abasto. Juan Manuel Larios es un buen ejemplo de ello.
Larios es el único juez de Torrelaguna y alrededores. En total, 42 pueblos dispersos de la llamada sierra pobre de Madrid. La vocal del Consejo del Poder Judicial, Margarita Robles, nos ha recomendado visitarle para comprobar la casi insoportable carga de trabajo de este juzgado. Con sólo dos años y medio de experiencia, a Larios le toca dirimir todo tipo de demandas y delitos: desde violencia doméstica hasta una muerte en carretera, desde un conflicto en una comunidad de vecinos hasta problemas de lindes o de registro civil. Muchos días dice pasarse hasta dos horas seguidas firmando papeles.
Para este juzgado, el Poder Judicial estableció un máximo de 2.500 asuntos penales al año, pero tuvo que resolver 3.260. En procedimientos civiles, también está por encima de lo razonable. El trabajo aquí es trepidante y el lugar superaría a duras penas una inspección sanitaria. La crisis económica ha venido a empeorar las cosas. En el de Fernández Seijo está entrando en una semana lo que antes entraba en un mes.
¿Cómo controlar todo? ¿Cómo digerir tanto trabajo y tanto papel? Es una situación que los jueces aseguran que es general y que explica, en parte, el fallo del juez Tirado. Una vez que su sentencia contra Santiago del Valle fue firme, en 2005, Rafael Tirado dictó, en enero de 2006, providencia de ejecución de sentencia. Todo parece indicar que ni él ni su juzgado se ocuparon de que Del Valle ingresara en prisión.
"La sensación que hay entre la mayoría de los jueces es que lo de Tirado nos podía haber pasado a cualquiera. Es prácticamente imposible estar en todos los asuntos", dice desde su despacho de Bilbao González-Guija. "Nos podía haber pasado a cualquiera", confirman Guerrero, Larios y Bernal. Sólo Fernández Seijo se desmarca claramente: "Lo ocurrido es muy grave. No tiene excusa".
¿Pero por qué hay tanto trabajo en los juzgados? ¿Es verdad que todos están tan saturados? ¿Es cierto que se necesitan más jueces? En España hay 4.543 jueces. Cada año, la plantilla se está ampliando en unos 150. Pero las asociaciones más beligerantes a favor de la huelga del pasado 18 de febrero (la Francisco de Vitoria y el Foro Judicial Independiente) insisten en que no son suficientes y manejan un dato espectacular: en España hay sólo 10,1 jueces por 100.000 habitantes, frente a la media europea, que es de 19,8. En Alemania hay 24,5.
Esos jueces no comentan, sin embargo, que en Francia (11,9) e Italia (11), la proporción es muy similar a la española y olvidan comentar que el nivel de informatización del sistema judicial español es mayor que el alemán. No dicen tampoco que mientras aquí hay más jueces cada año, en Alemania ocurre justamente lo contrario.
Según ese mismo estudio del Consejo de Europa que ellos manejan (Sistemas judiciales europeos), los jueces españoles son los que cuentan con un mayor apoyo de personal. Sólo Malta nos supera. En España hay 9,1 trabajadores del sistema por cada juez en activo. En Alemania sólo hay 2,9, y en Francia, 2. Entonces, ¿cuál es el problema del atasco y la lentitud? "El modelo. El problema es el modelo", dice Julio Pérez todavía desde su amplio despacho del Ministerio de Justicia. "En las unidades judiciales se trabaja como se hacía antiguamente en las sucursales bancarias, donde una multitud de empleados atendían a los clientes. Hoy, una sucursal está totalmente digitalizada y no hace falta tanto personal. Hay gestiones que se pueden hacer más rápido a través del cajero automático o de Internet. El problema es que es más complicado cambiar el modelo en justicia que en un banco".
En ese nuevo modelo de modernización están trabajando el Ministerio de Justicia y el Poder Judicial, pero los jueces se han cerrado en banda en ocasiones a los cambios, como advierte Fernández Seijo, en nombre de la independencia judicial. El fiscal antiterrorista de la Audiencia Nacional Vicente González Mota es partidario de fomentar una revolución en toda regla antes de lanzarse a poner más dinero y nombrar más jueces. Se pregunta si es lógico que un simple tirón de bolso tenga que llegar hasta un fiscal y un juez, si no sería más lógico redefinir, racionalizar y optimizar todos los recursos.
Mientras llega esa revolución, algunos se preguntan por qué no se gestionan ya las cosas un poco mejor. "Reconozco la labor de los funcionarios. Trabajan mucho por sueldos pequeños y aprenden rápido", dice Grande-Marlaska, "pero se están marchando continuamente porque, por ejemplo, en los juzgados de Plaza de Castilla cobran más. Se van los que ya saben y vienen nuevos que desconocen el oficio, que jamás han trabajado en esto. Enseñarles es una carga complementaria", añade. "La primera vez no te importa. Pero llevo aquí cinco años. Es un problema endémico. El Ministerio de Justicia lo sabe. ¿Por qué no imparte cursos ya a los que van a venir?".
Ana Rosa Bernal
dice que, dado el modelo actual, el trabajo sale adelante gracias al voluntarismo de los trabajadores de la justicia. Así parece ser en su juzgado de Navalcarnero, pero en otros, la calidad y la cantidad, a ojos de los que saben, deja mucho que desear. Hay juzgados que funcionan como un reloj y otros que están permanentemente colapsados, aunque la carga de trabajo, que se reparte desde los decanatos, sea la misma.
La impronta de un juez marca definitivamente el ritmo, la cantidad y la calidad del trabajo de un juzgado. Fernández Seijo estuvo en contra de la primera huelga de febrero, atiende muy personalmente y con presteza a abogados y procuradores, y utiliza su portátil privado en el despacho para aligerar su labor. Es un juez cercano y accesible, algo poco habitual. Su despacho, en un antiguo edificio de Barcelona, siempre tiene las puertas abiertas. Es luminoso y la música de su iPod genera un ambiente agradable. En su juzgado hay ahora 300 concursos de acreedores, aunque la cifra marcada como razonable es de entre 40 y 50. Sin embargo, asegura no estar agobiado y tener pendientes sólo siete sentencias cuando se reúne con El País Semanal. "Hay días que trabajo 13 o 14 horas, pero otros puedo cumplir haciendo sólo 2 o 3", dice. A Larios, en cambio, casi le cuesta trabajo respirar y, sentado en su diminuto y atiborrado despacho, confiesa tomarse dos pastillas para la tensión con sólo 36 años.
Los jueces son, por otra parte, los que dan la cara. A veces, casi en exclusiva. Tanto Alfonso González-Guija como Fernando Grande-Marlaska están obligados a vivir con escolta. En una operación antiterrorista, Marlaska será probablemente el único que aparezca a cara descubierta. Es una faceta que les confiere un carácter especial.
Pero los jueces tienen mala fama. Una razón de ello puede residir en el hecho de que, si son vagos, incompetentes e injustos, difícilmente serán sancionados por ello, salvo que medie una denuncia expresa. El control sobre la intensidad y la calidad de su trabajo es muy difuso. Ellos mismos tumbaron en el Constitucional los módulos establecidos por el Poder Judicial para establecer un baremo objetivo sobre su carga de trabajo.
Ninguna institución estatal, salvo el Consejo del Poder Judicial, tiene potestad para sancionarles o expulsarles de la carrera; lo que es muy excepcional: 30 sanciones en 2008. Multas casi siempre de escasa cuantía, como la impuesta al juez Tirado (1.500 euros), especialmente llamativa si se tiene en cuenta que por los mismos hechos el ministerio ha suspendido de empleo y sueldo durante dos años a la secretaria judicial que trabaja con él.
No dar cuentas a casi nadie es parte de nuestro Estado de Derecho, y también de su cultura personal y profesional. Por supuesto, nadie controla sus horarios, aunque, por otra parte, la totalidad del sistema casi se detiene por las tardes. A partir de la hora de comer, los juzgados quedan semivacíos. Sólo unos pocos funcionarios, con prolongación de jornada, trabajan hasta las cinco. Los siete jueces entrevistados aseguran que, dado el ritmo de las mañanas, las tardes son para reflexionar y dictar autos y sentencias, casi siempre en casa, aunque el acarreo de papeles les cueste un dolor de espalda.
Los jueces son inamovibles por ley para defender la independencia judicial. Sólo están obligados a trasladarse cuando ascienden, algo de lo que ahora quieren liberarse. Su autoridad en el trabajo es, además, indiscutible, y está por encima de la policía, del fiscal y, por supuesto, de los abogados. Un juez bisoño recién salido de las oposiciones y la escuela judicial puede llegar a su trabajo y mandar callar o incluso echar de la sala a un abogado experimentado. "A mí me echó uno porque no le gustó la ironía que utilicé contra mi colega de la otra parte", explica el abogado de Madrid, que no da su nombre precisamente por no irritar a los jueces con los que luego tiene que vérselas. En la justicia no hay mecanismos engrasados para prescindir de los profesionales incompetentes; lo que sí existe en cualquier otro sector.
Cuando no hay abusos, las formalidades y la autoridad que imponen los jueces facilitan la buena marcha del sistema. "Si tratas con respeto, recibes respeto", dice Guerrero. Protegidos por la autoridad y el respeto, José María Fernández Seijo sienta a las partes en una pequeña sala de reuniones y logra que nadie interrumpa a nadie y que todos sean escuchados sobre asuntos mercantiles complejos.
Pero muchos ven en los jueces una arrogancia innecesaria e, incluso, improductiva. La abogada Carmen Fernández considera que si algunos abandonaran su pedestal y fomentaran una mayor comunicación, todo sería más sencillo y habría menos trámites. Celosos de su poder, los jueces rechazan la propuesta ministerial de que el secretario judicial fije las vistas, como si el cirujano, argumentan en el ministerio, fuera menos importante por dejar en manos de un gestor la fijación de una operación en la que deben coincidir varios profesionales. Con el sistema actual se suspenden cada año decenas de miles de actos judiciales.
María Teresa Guerrero accedió a participar en este reportaje para mostrar su trabajo, que le encanta. Todas las semanas acude a la cárcel, donde las corrientes de aire son heladoras. Recibe a cada preso en una pequeñísima habitación ocupada por una larga mesa. El interno se sienta frente a ella y le explica sus quejas o propuestas. "Aquí haces de juez, de psicólogo, de educador y de asistente social".
La arrogancia no parece ser la moneda corriente de Guerrero, que se queja de que los jueces son el centro de las iras cuando ellos o el sistema fallan. "Se resuelven muchos casos al año con solvencia, y eso no es noticia. El año pasado se concedieron 600 permisos penitenciarios a propuesta de la junta de tratamiento y no se reincorporaron sólo tres. Se nos juzga por menos del 1% de nuestro trabajo", dice. A pesar de su agobio, Larios es partidario de utilizar la huelga como último cartucho, y también se queja de la fama que persigue a los jueces.
Margarita Robles, que es magistrada de lo contencioso en el Tribunal Supremo, afirma rotundamente que una justicia no ágil no es justicia, pero ella sabe bien, como todos los jueces, que en lo contencioso, las demoras son históricas y endémicas. Los asuntos pueden tardar hasta cinco años en resolverse. "Eso es una barbaridad; eso ya no es justicia", sentencia González-Guija.
El nuevo Consejo General del Poder Judicial, que tomó posesión en septiembre pasado, se ha encontrado con un conflicto de jueces sin precedentes en España que ha generado incluso un terremoto político. Si bien es cierto que los males son endémicos, algunos de los jueces aquí entrevistados reconocen estar indignados con las injerencias gubernamentales y señalan las críticas vertidas por la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, a la escasa cuantía de la sanción impuesta a Tirado como una afrenta. "Hay que respetar la división de poderes", dice Guerrero.
Margarita Robles, que fue secretaria de Estado de Interior entre 1993 y 1996, asegura que para ningún Gobierno de España la justicia ha estado en sus prioridades. Ni siquiera durante su etapa política. Gabriela Bravo, por su parte, está esperanzada: "Éste tiene que ser el momento de la justicia".
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