13 feb. 2010

El Consejo Nacional respalda a Nava

El Consejo Nacional del PAN resolvió dar “respaldo absoluto” a la política de alianzas con otros partidos impulsada por su dirigente, César Nava Vázquez.
Después de casi cuatro horas de reunión y con la presencia de 219 consejeros, Acción Nacional ratificó su decision de impulsar alianzas con otras fuerzas, y aclaró que se cuidará que los candidatos “honren su compromiso” con los principios y compromisos que se establezcan.
En conferencia de prensa, Nava Vázquez recalcó que la decision cuenta con el aval por unanimidad de los consejeros del partido presentes durante el encuentro. ”Acción Nacional procesa sus decisiones en forma institucional, lo hace democráticamente y lo hace desde los órganos locales hasta los órganos nacionales, en su última instancia, que es precisamente el Consejo Nacional”, aseguró.
El dirigente blanquiazul señaló que con tal decisión y como presidente del partido deberá acompañar a los candidatos postulados y, por lo tanto, a los dirigentes de las fuerzas políticas con las que se entablen alianzas.
”Me veo haciendo campaña, por supuesto, con nuestros candidates y con los dirigentes de otros partidos en Durango y Oaxaca”, expresó al tiempo que aclaró que si la próxima semana el Consejo Nacional de su partidos lo aprueba también tendrá que hacerlo en Hidalgo y Puebla.
A su vez el diputado Javier Corral Jurado sostuvo que se decidió avalar las alianzas pues “cumplen con la mejor tradición democrática del partido, dan seguimiento a nuestro plan de acción y son parte de la lucha de democratización total que queremos para México”.
En presencia de los senadores Beatriz Zavala Peniche, José González Morfin y Gustavo Madero Múñoz, Corral Jurado reconoció la labor que César Nava ha hecho para concretar los acuerdos.
A continuación el acuerdo que dio a conocer el diputado Corral.
Muy buenas tardes a todas y a todos.
Como ustedes saben, acabamos de celebrar nuestra Reunión de Consejo Nacional y entre el asunto quizá por ahora más destacable dentro de los acuerdos de nuestro Consejo Nacional, que se produjo dentro del espacio de Asuntos Generales, es el debate, la discusión, la deliberación que los miembros del Consejo Nacional hemos realizado acerca de la política de alianzas que lleva a cabo el Partido Acción Nacional, aprobado por sus órganos directivos locales y avalado por el Comité Ejecutivo Nacional.
Han sido tres horas de una discusión y de una deliberación que fortalece no solamente la unidad del partido, en torno de las reflexiones que se han hecho, sino que con toda claridad ha mostrado la unidad de pensamiento, la cohesión de pensamiento en torno de las decisiones del Comité Ejecutivo Nacional.
Fruto de esa deliberación, el Consejo Nacional ha decidido emitir el siguiente Acuerdo, votado por unanimidad:
El Consejo Nacional manifiesta con toda claridad su respaldo absoluto a la política de alianzas impulsada por el Presidente del Partido, César Nava Vázquez, y aprobadas por el Comité Ejecutivo Nacional, en la conciencia de que cumplen con la mejor tradición democrática del Partido, dan seguimiento a nuestro plan de acción y son parte de la lucha de democratización total que queremos para México.
El Consejo Nacional estará pendiente de que los candidatos, en su momento gobernantes, que abanderen las coaliciones en las que participa el Partido Acción Nacional, honren su compromiso con los principios y programas establecidos en los documentos básicos de las coaliciones electorales.
Hasta aquí el Acuerdo del Consejo Nacional y, por supuesto, patentizarle de nueva cuenta a nuestro jefe nacional lo que ahí fue un evidente respaldo al impulso, al esfuerzo y a la consecuencia con la que él ha recogido los impulsos locales sobre coaliciones electorales.
Al final de mismo evento, y en conferencia de prensa Nava pidió no entrar al terreno de la "especulación" sobre los motivos de la renuncia del secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, a su militancia en el partido y descartó cualquier ruptura de diálogo con esa dependencia.
Aclaró que Acción Nacional seguirá trabajando con la Secretaría de Gobernación para impulsar las negociaciones sobre la reforma política presentada por el presidente Felipe Calderón.
"No habrá interrupción en la interlocución, diálogo y acuerdos con la secretaría; por el contrario, hemos ratificado nuestra disposición para seguirlo haciendo y reiterado que el presidente ha contado y cuenta con el PAN para sacar adelante la reforma política", subrayó.
Nava Vázquez sostuvo que su decisión es respetable, al igual que sus motivos, por lo que si ha decidido mantenerlos en secrecía "es mi deber respetar su determinación y no entrar al terreno de la especulación".
"Las razones por las cuales el secretario renunció al partido le son propias y ha decidido mantenerlas en reserva, sólo él podrá explicarlas, sólo él podría abundar en ellas; lo demás sería entrar en especulación, cosa que no voy a hacer", concluyó.

Afrontar el miedo

Estrategias para afrontar la crisis/JENNY MOIX
Publicado en El País Semanal, 14/02/2010;
Miedo, inseguridad, rabia… son emociones normales frente a una situación como la que nos ha tocado vivir. Pero esconder la cabeza no es el mejor método para hacerle frente.
Son muchos los libros y artículos en los que se describe la crisis como una oportunidad. Nos explican que puede suponer un replanteamiento de nuestros valores, un aprender a compartir, un aumento de nuestra creatividad… Aprovechar todo lo positivo que conlleva la crisis es un mensaje muy valioso que debemos tener siempre presente. Sin embargo, estos análisis en positivo debemos interpretarlos con cautela porque algunos podrían confundirnos.
En uno de estos libros, una de las frases que me obligaron a pararme a pensar sentenciaba: “No debemos tener miedo a la crisis”. Intenté imaginar leyéndola a un padre o una madre que sólo dispone de su sueldo para mantener a la familia y que se encuentra a punto de perder el empleo. ¿Qué pensaría? Probablemente, todavía se sentiría peor porque interpretaría su miedo como señal de que no afronta la situación como debería. Cuando, por el contrario, en una situación tan dura, de entrada, el miedo sería mejor indicio de salud mental que cualquier otro tipo de emoción positiva.
El miedo puede constituir una emoción normal ante la crisis. Como también puede serlo la rabia. Imaginemos a un hombre que ha pasado media vida entregándose a la empresa; de hecho, se siente totalmente identificado con ella. Debido a la crisis, lo prejubilan. Aunque entienda que no había otra salida para la empresa, puede sentir que él todavía tenía mucho por entregar o pensar que al menos se merecía algún tipo de reconocimiento especial que no ha visto por ningún lado. Sentir rabia en estas circunstancias sería de lo más humano.
La tristeza es otro sentimiento común en esta época. Si nuestra situación económica nos obliga a vender la casa en la que hemos veraneado toda la vida o a empeñar una pulsera que nos regaló nuestra madre, ¿cómo no vamos a sentir pena?
El miedo, la rabia, la tristeza y muchos otros sentimientos dolorosos son emociones normales ante la crisis. En algunos casos pueden derivar en depresiones o trastornos de ansiedad. Las consultas psiquiátricas se han disparado por estos motivos. Lo que diferencia a las personas que tiran para delante de las que se hunden es precisamente qué hacen con estas emociones, cómo las gestionan.
Nefasta estrategia: la evitación
“Aceptar nuestra vulnerabilidad en lugar de tratar de ocultarla es la mejor manera de adaptarse a la realidad” (David Viscott)
Cuesta mucho aguantar el sufrimiento. La pena nos deja sin energías y sin ilusión. La rabia nos acelera y, si traspasa las fronteras, podemos acabar enfadados con el mundo. El miedo nos paraliza aprisionándonos en una espiral de preocupaciones. Por eso, muchas personas no quieren ni ver este sufrimiento y huyen. Se esconden detrás de lo que pueden. A veces, su escudo es el alcohol (según diferentes estadísticas, el consumo de alcohol ha aumentado durante la crisis). En otras ocasiones, su anestésico puede ser la televisión. Otro refugio lo pueden constituir las fantasías esperanzadoras. La ilusión de que nos tocará el gordo en la lotería es una de ellas, y por ello los juegos de azar son uno de los pocos mercados favorecidos actualmente.
Pero si evitamos el problema, evitamos su solución. Como la tortuga que Wilson y Luciano describen en su libro Terapia de aceptación y compromiso. Se trata de una tortuga que se dirige hacia su cueva, donde están sus crías y el resto de las tortugas. Pero cada vez que llueve, cuando sopla el viento, cuando se topa con piedras, se mete en su caparazón. A veces sale del caparazón, avanza un poco, pero en cuanto ocurre a su alrededor algo inesperado vuelve dentro. ¿De esta forma puede alcanzar lo que pretende? A lo mejor, la alternativa es avanzar con todo el cuerpo fuera, en pleno contacto con el suelo, abierta a todo lo que pueda surgir en ese camino. Probablemente no le gusten muchas de las cosas que estén es ese camino, o tal vez sí, pero eso es absolutamente distinto de su compromiso de avanzar por el sendero.
Mirar a la cara al sufrimiento
“Sólo podemos curarnos del sufrimiento experimentándolo completamente” (Marcel Proust)
Está claro que la evitación no es una estrategia útil. El primer paso para poder empezar a adoptar estrategias que sí nos pueden ayudar es justamente lo contrario: mirar a la cara al sufrimiento y preguntarnos: ¿por qué sufrimos tanto?, ¿qué tememos?, ¿qué es lo peor que creemos que nos puede pasar? Tal como nos recomienda Gerardo Schmedling, “ante el sufrimiento, el miedo, la tristeza o la angustia, hazte una simple pregunta: ¿qué es lo que no estoy aceptando?”. Si estamos sufriendo, no tapemos nuestros temores; al contrario, desenterrémoslos. No es nada fácil y es doloroso, pero no podemos malgastar energías manteniéndolos constantemente tapados. Se trata de mirar a nuestros fantasmas a la cara. De sentir todo el dolor que nos provocan. Confesarnos a nosotros mismos lo que no queremos vislumbrar. Podemos escribirlo, contarlo a alguien de nuestra confianza o, simplemente, parar, reflexionar y sentirlo.
Normalmente, lo que tememos, si acaba sucediendo, no tiene nunca ese aspecto tan terrorífico que le ha conferido nuestra imaginación. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Michigan muestra que las personas que se preocupan demasiado por la posibilidad de perder su puesto de trabajo tienen peor estado de salud y más síntomas de depresión que las que ya están en paro. Resulta lógicamente paradójico, aunque típicamente humano: sufrimos más cuando tenemos un empleo y tememos perderlo que cuando realmente ya lo hemos perdido.
Hay una idea fuertemente inscrita en nuestros cerebros: que nuestros pensamientos determinan totalmente nuestras conductas. Por eso nos aconsejan que debemos ser optimistas, porque si no lo somos, no vamos a conseguir ese empleo o resucitar nuestro negocio. Pero ¿cómo? Si nuestra mente se empeña en no ver nada claro, ¿cómo podemos eliminar esas inseguridades?
No existe ningún bisturí para arrancar nuestras dudas, ninguna fórmula mágica para convertirnos en optimistas. Es muy difícil cambiar nuestros pensamientos y nuestras emociones. No obstante, existe una vía indirecta que nos puede ayudar. Consiste en cambiar nuestro comportamiento. Tendemos a creer que debemos conseguir pensar en positivo para poder actuar en consecuencia, pero quizá podamos tomar el camino contrario.
Hagamos una hipótesis: Ana, una mujer de 38 años que debe ir a una entrevista de trabajo; su ánimo es bajo porque ya ha acudido a muchas y no ha conseguido nada más que sentirse derrotada. Final 1: decide no acudir. Final 2: a pesar de sus sentimientos, acude. Los pensamientos no determinan totalmente lo que finalmente realizamos. En definitiva, para encontrar trabajo no importa tanto lo que Ana piensa como el hecho de acudir o no a la entrevista. Si estamos parados, debemos movernos. Si queremos prosperar, no malgastemos nuestras energías en tapar los miedos; intentemos reconocerlos, ponerlos en una mochila y seguir hacia nuestras metas.
Es posible sufrir y avanzar
“La actividad es el único camino que lleva al conocimiento” (George Bernard Shaw)
Días atrás recibí una llamada, de las que ya vienen formando parte de nuestra cotidianidad, para informarme de las ventajas de una compañía telefónica. La escuché con atención porque pensé que quizá me interesaría, pero finalmente decliné la oferta. El teleoperador era una persona muy amable y, no sé muy bien cómo, acabamos hablando sobre la vida. Le confesé que admiraba a las personas como él porque un trabajo como el suyo, en el que se reciben tantas negativas, debe de ser realmente duro. Me comentó con cierto orgullo que la mayoría de sus compañeros no aguantaban mucho tiempo, pero que él ya llevaba tres años. Y entonces me desveló su estrategia: “Pienso que mi labor es como ir a coger cangrejos en una playa de piedras, debes levantar muchas para encontrar uno debajo”.
Añadió que los noes e incluso las malas formas con que le contestaban las encajaba bien, porque “soy consciente de que quizá llamo en un momento que molesto o que quizá ya han llamado muchos antes que yo y quien contesta ya está harto de recibir este tipo de llamadas”. Federico, que así se llamaba este héroe invisible, me regaló unas reflexiones muy sabias que demostraban mucha empatía y una visión que le permitía avanzar. La manera menos difícil de confiar más en nosotros mismos, de ser más optimistas, de aumentar la autoestima, no es intentando cambiar nuestra forma de pensar, sino de actuar. Si avanzamos, nuestros pequeños o grandes logros serán los que limarán mejor nuestras inseguridades.
Para ver el otro lado
1. Películas
–‘Los lunes al sol’, de Fernando León de Aranoa.
–‘The Full Monty’, de Peter Cattaneo.
–‘En busca de la felicidad’, de Gabriele Muccino.
–‘Lo que el viento se llevó’, de Victor Fleming.
2. Música
–‘Crisis’, de Joaquín Sabina.
–‘Crisis, what crisis’, de Supertramp.
Energía para avanzar
En tiempos duros puede resultar agotador y necesitaremos energía. Eso se consigue realizando actividades que nos hagan disfrutar, y, por fortuna, la crisis no nos priva de cosas sencillas que no cuestan dinero: un paisaje hermoso, música, la compañía de amigos… Una vez conseguida, debemos utilizar la energía para no pararnos y comprometernos con un objetivo que creamos apropiado para nuestra felicidad.

Tropas en Afganistan

Marines estadounidenses respaldados por un fuerte contingente de soldados afganos ocuparon un importante bastión talibán en el sur de Afganistán en el comienzo de una ofensiva, la mayor desde el inicio de la guerra, con la que se estrena la nueva estrategia de Barack Obama y que pretende ser un punto de inflexión en el desarrollo de este largo y difícil conflicto.
Después de varias horas de bombardeos desde el aire, las tropas entraron en la ciudad de Marjah, en la disputada provincia de Helmand; la mayor parte de los insurgentes, que controlaban esa ciudad y la habían convertido en uno de sus principales centros de operaciones, habían huido antes del ataque.
Alrededor de 5.000 marines y 2.500 soldados afganos participaron en la ocupación de Marjah. Otras fuerzas británicas, canadienses y también afganas colaboraron en el ataque y el control de otros enclaves próximos a la ciudad. En total, más de 15.000 hombres y mujeres han tomado parte hasta ahora en esta operación, con la que se pretende, al mismo tiempo, demostrar a los talibanes que jamás podrán derrotar militarmente a la OTAN y ofrecer a la población afgana una prueba de que el propósito del Gobierno de Kabul es extender su atención y su autoridad a todo el país.
El propósito, como ha asegurado el oficial al mando de la ofensiva, el general Nick Carter, es quedarse en Marjah y en las poblaciones colindantes. Se pretende fijar posiciones y establecer cuanto antes una representación del Gobierno de Kabul que se haga cargo de la administración de la ciudad.
Marjah es un punto clave en el desarrollo de la nueva estrategia que el jefe de la misión de la OTAN, el general Stanley McChrystal, intenta desarrollar. Situada a más de 600 kilómetros de Kabul, es un punto de confluencia de las provincias sureñas de Helmand y Kandahar. Los expertos creen que, en los últimos meses, ha sido el lugar de refugio de entre 500 y un millar de insurgentes, así como de numerosos jefes talibanes que también controlaban desde allí el negocio de la amapola para el opio.
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Batalla por el vergel de las amapolas
En la provincia afgana de Helmand se cultiva la mitad de todo el opio del país
ÁNGELES ESPINOSA - Teherán -
El País, 13/02/2010;
Hayi Qadir me mostraba orgulloso su vergel, una huerta de 20 hectáreas de frutales y, sí, también de amapolas de opio. Era junio de 2002. Los bombardeos estadounidenses habían desalojado a los talibanes de Kabul y de Kandahar unos meses antes, pero nadie se había acordado de Helmand. La más extensa de las provincias afganas (cerca de 60.000 kilómetros cuadrados equivalente a dos veces Galicia) se había convertido en tierra de traficantes y bandidos, pero también de agricultores arruinados por la sequía que luchaban por sacar de sus entrañas alimento para sus familias.
Su capital, Lashkar Gah, a la que no llegaba ninguna carretera asfaltada, parecía suspendida en el tiempo. El opio ya no estaba a la vista en el mercado aunque se seguía negociando sin interferencias, como me confirmó hayi Qadir. Su huerta estaba situada a unos pocos kilómetros al oeste de la ciudad, justo antes del cruce que lleva hacia Marjah y Nad-e Ali, las dos comarcas en las que soldados estadounidenses y británicos tratan ahora de desalojar a los talibanes.
Sin embargo, hasta 2006 no se instaló la primera base británica en la provincia. Era demasiado tarde. En esos cuatro años vitales, su población tuvo que valerse por sí misma en un ambiente hostil. A los pies de las montañas del Hindu Kush, la mayor parte de Helmand es un terreno inhóspito que los locales llaman el desierto de la muerte, al amparo del cual han prosperado las rutas del contrabando con Pakistán.
Sólo el río Helmand rompe la aspereza del paisaje. En sus orillas vive el grueso del millón y medio de habitantes que tiene la provincia, el 92% pastunes, la etnia de la que surgieron los talibanes. Un sistema de presas y canales, construido en los años cuarenta y cincuenta con ayuda de Estados Unidos, permitió irrigar el valle y desarrollar la zona. Pero a partir de 1979, la guerra y la sequía acabaron con aquel espejismo de bonanza. No sólo se redujo el flujo de agua, sino que dejaron de mantenerse las acequias y sin control gubernamental prosperó el cultivo del opio.
Hoy esa provincia cosecha la mitad de todo el opio de Afganistán, que a su vez es el origen del 90% de la producción mundial. Para muchos agricultores la amapola se convirtió en un seguro de vida. Necesita menos agua y da más beneficios que otros cultivos. Pero ha sido también una trampa. Los préstamos para comprar las semillas les han convertido en rehenes de señores feudales y creado un círculo vicioso de dependencia con los talibanes. Esa milicia se ha financiado a cambio de ofrecer protección frente a los planes para acabar con la droga del Gobierno y la comunidad internacional.
Los 15.000 soldados que entre estadounidenses, británicos y afganos, se han movilizado para poner fin al bastión de la insurgencia talibán en Marjah y Nad-e Ali y escenificar la nueva política de la OTAN hacia Afganistán, no van a tener dificultades para expulsar a unos milicianos que la mayoría de las veces escapan sin presentar batalla. El verdadero reto va a ser lanzar un programa de desarrollo que saque de la miseria y el atraso a una de las provincias más olvidadas de uno de los países más pobres del mundo.
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Jubilar a Garzón

Jubilar: (Del lat. iubilāre; cruzado con jubileo, la jubilación se daba al cabo de cincuenta años de servicios, espacio de tiempo del jubileo).Jubilar a Garzón por investigar crímenes/Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza
1. tr. Disponer que, por razón de vejez, largos servicios o imposibilidad, y generalmente con derecho a pensión, cese un funcionario civil en el ejercicio de su carrera o destino.
2. tr. Dispensar a alguien, por razón de su edad o decrepitud, de ejercicios o cuidados que practicaba o le incumbían.
3. tr. coloq. Desechar algo por inútil... RAE
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Publicado en EL PAÍS, 13/02/10;
La sombra de la dictadura de Franco es alargada. No resulta fácil olvidar ese periodo prolongado de autoritarismo, sus miles de asesinatos, sus humillaciones, torturas y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Pero, precisamente por esas mismas razones, hay también muchas personas que no quieren que se recuerde.
El proceso para suspender de sus funciones al juez Baltasar Garzón es la última proyección oscura que el franquismo nos lanza más de 30 años después de su muerte oficial. Dicen que Garzón tiene pocos amigos en el Consejo General del Poder Judicial, cuya Comisión Permanente es la que ha acordado por unanimidad iniciar los trámites para esa suspensión; que algunos no le perdonan sacar a la luz los trapos sucios del caso Gürtel; y que otros tienen con él viejas disputas que saldar. Pero todo comenzó, recordémoslo, cuando en mayo del año pasado el Tribunal Supremo admitió a trámite una querella contra Garzón por asumir la investigación de los crímenes del franquismo.
La democracia española y sus principales instituciones tienen un serio problema con las historias y recuerdos que afloran de la República, de la Guerra Civil y de la dictadura. Y todo se resume en un déficit de educación democrática y, como consecuencia de él, en la persistencia en el falseamiento de la historia, en no haber sabido poner en marcha políticas públicas de memoria para aprender de ese pasado.
Aprender, por ejemplo, de la Segunda República, un régimen sobre el que se pueden hacer diferentes valoraciones, pero que, en cualquiera de los casos, y comparado con lo que siguió, merece un puesto de honor en la historia de la política del siglo XX español. Nunca lo creyeron así los políticos de la Transición y nadie desde los poderes de la democracia actual se atreve a defenderla, pese a que España fue durante cinco años, el tiempo que los militares golpistas permitieron, una República parlamentaria y constitucional, con elecciones libres, sufragio universal y gobiernos responsables ante las Cortes. Casi nadie recuerda a sus dirigentes, muertos la mayoría de ellos en el exilio, a quienes presidieron sus instituciones, hicieron sus leyes y dieron el voto a todos los ciudadanos, incluidas las mujeres.
España comenzó los años treinta con una República y acabó la década sumida en una dictadura derechista y autoritaria. El discurso del orden, de la patria y de la religión, se impuso al de la democracia, la república y la revolución. La larga dictadura de Franco, que mató, encarceló, torturó y humilló hasta el final, durante cuatro décadas, a los vencidos, resistentes y disidentes, culpó a la República y a sus principales protagonistas de haber causado la guerra, manchó su memoria y con ese recuerdo negativo crecieron millones de españoles en las escuelas nacionales y católicas. Nada hizo la transición a la democracia por recuperar su lado más positivo, el de sus leyes, reformas, sueños y esperanzas, metiendo en un mismo saco a la República, la guerra y la dictadura, un pasado trágico que convenía olvidar.
Bastaron, sin embargo, tres años de guerra para que la sociedad española padeciera una oleada de violencia y desprecio por la vida del otro, por la deshumanización del contrario, sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil, para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia del siglo XX español hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Además, tras el final de la Guerra Civil en 1939, lo que se instaló en España durante mucho tiempo fue una historia de propaganda, mentiras, intimidación y crimen.
El juez Baltasar Garzón pidió investigar las circunstancias de la muerte y el paradero de decenas de miles de víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura de Franco, abandonadas muchas de ellas por sus asesinos en las cunetas de las carreteras, junto a las tapias de los cementerios, enterradas en fosas comunes, asesinadas sin procedimientos judiciales ni garantías previas. Como los poderes políticos nunca tomaron en serio el reconocimiento jurídico y político de esas víctimas, fue un juez quien tomó la iniciativa, el mismo, por cierto, que actuó contra los GAL, envió a prisión a cientos de terroristas de ETA u ordenó el arresto de Augusto Pinochet.
En vez de permitir que ese pasado de degradación y asesinato político se investigue, de intentar comprender y explicar por qué ocurrió, condenarlo y aprender de él, un sector de jueces, de políticos y medios de comunicación se muestran encantados con la idea de sentar en el banquillo a Baltasar Garzón, inhabilitarlo durante el tiempo suficiente para darle la jubilación.
La posible inhabilitación de Garzón no hará desaparecer el recuerdo, el verdadero rostro de esa dictadura asesina, porque nadie ha encontrado todavía la fórmula para borrar los pasados de tortura y muerte, que vuelven una y otra vez. Servirá para demostrar, eso sí, la indiferencia y desprecio que algunos poderes siguen mostrando desde la democracia hacia la causa de esas víctimas y de todos aquellos que quieren honrarlas

Haití

El terrible imán de un país imposible/RAFAEL GUMUCIO
El País Semanal, 7/02/2010;
El autor chileno viajó a Haití, donde vive su madre, 10 días después del terremoto. Una experiencia a través de la que rememora su primer contacto, en diciembre de 2004, con un lugar donde la excepción es la única regla
Nunca pensé que podía haber algo más derruido que el Puerto Príncipe que conocí en diciembre de 2004. Nunca pensé que sería el propio Puerto Príncipe, convertido en enero de 2010 en la sombra de lo que apenas fue; la imagen de una ciudad caótica que no puedo dejar de recordar con nostalgia. Puerto Príncipe era, esa primera vez que lo vi, una red sin fin de calles que parecen vertederos, de edificios a medio construir, de panderetas pintadas con propagandas de peluquerías, de camionetas tatuadas de advertencias bíblicas. Un panorama extraño que ahora recuerdo con la nostalgia con la que uno puede recordar París o Praga, viendo caminar sin saber hacia dónde a cientos de miles de haitianos heridos por entre los árboles y los postes caídos. Ese lugar que la prensa suele describir como alejado de Dios, pero donde uno lo siente muy cerca: sacrificios, milagros, plagas de Egipto, apocalipsis y resurrecciones que son el pan de cada día de un pueblo que se enorgullece de siempre andar impecablemente vestido. El haitiano, reconocible a una legua por su pasión por la formalidad, esa seriedad lenta que, cuando menos te lo esperas, termina en una sonrisa. Incluso ahora cuando uno de ellos me cuenta el derrumbe total de su casa en el que murió su hija.
Haití es todo ese horror, pero también, en mi recuerdo, una cierta calma, un cierto lujo, una cierta voluptuosidad que no he encontrado en ninguna otra parte. A mi madre, que lleva seis años viviendo ahí, se lo advirtió un haitiano cuando desembarcó en la isla: "Tú no eliges Haití, Haití te elige a ti". Luego enloquece o destruye al que elige. La isla que no produce casi nada es un imán poderoso e inevitable para los que se dejan atrapar por la luz sorprendentemente benigna de sus mañanas, por su extraño ritmo diario a base de rumores, de frases entredichas, de intrigas y solemnidades varias.
Los periodistas de batalla, las ONG y los organismos caritativos que hacen de Haití su centro de entrenamiento, llevan cada año cientos de voluntarios rubios que salen de ahí horrorizados o fascinados para siempre. Los que se fascinan vuelven o se quedan. Empiezan luego a relativizar la pobreza, la corrupción, el estado de permanente fragilidad de las instituciones, el agua, la electricidad, el teléfono, los perpetuos cambios de Gabinete, y la falta de presupuesto, policía o lógica. Ven muy luego el producto de sus esfuerzos y más luego aún cómo esos esfuerzos son pulverizados por un golpe de Estado, un ciclón o, como ahora, un terremoto. Se sienten seguros, aunque no haya seguridad de nada. Descubren que en sus países tampoco nada es tan seguro como parece, que Haití tiene la ventaja de, al menos, no disimular la incerteza total sobre la que basamos nuestras vidas. Los enamorados de Haití viven en un mundo altamente moral. Un mundo de dilemas de vida o muerte. Se mueven en ciudades de otra época, donde los hombres usan corbata para ir a misa, donde la turba les corta las manos a los ladrones en plena plaza de Petionville, si es que no los quema para impedir que sus espíritus viajen a África. Intentan, a pesar de su demasiado visible piel blanca, integrarse a un mundo en que las familias prefieren ahorrar dinero para el funeral de sus hijos antes que para su hospitalización. Se envician con un país donde la muerte no es el fin de nada, sino el comienzo de todo lo que importa, una fiesta, un bautizo a otro mundo que es el que les importa.
Este país donde la excepción es la única regla, donde con o sin terremoto todo es emergencia, seduce a todos los malos alumnos, a todos los mercenarios, a todos los documentalistas daneses. Enamora tanto a los cínicos sin remedio como a los creyentes más ilusos. No hay intermedio como no hay clase media aquí. Todos tienen la impresión de poder construir en la isla más aislada del Caribe su propia isla. Así, el suizo reproduce un chalet alpino en la cima del volcán que vigila Puerto Príncipe. Y el americano que compra el viejo hotel Olafsson para bailar viejas danzas vudú. Y la chilena, mi madre, que optó por someterse a una cirugía estética en un clínica haitiana encima de una rotisería para mostrar su fe en la medicina haitiana. Y el italiano que organizaba festivales de cine al aire libre en el jardín de su casa hasta que lo asesinaron pocos meses antes del terremoto. Se salvó de preguntar, como todos los sobrevivientes preguntan ahora, cuántos de sus amigos están muertos, qué queda de los restaurantes -que servían la mejor comida que he probado nunca- , de los salones de baile, pequeños núcleos de un Puerto Príncipe alegre, gentil y frívolo. Cuántos de esos pequeños paraísos haitianos no han sido tragados por el infierno que aquí todo lo pudo.
Subiendo por lo que fue la explanada del hotel Montana, es fácil concluir que no queda nada del poder de seducción de Haití. El asomo de normalidad democrática, el comienzo de un cierto turismo posible, quedó enterrado junto con la cúpula del palacio presidencial. Muchos de los que no murieron aplastados vieron morir a demasiados amigos para mantener la fe en esta isla. Los más adictos, los más afincados piensan en irse. La trampa se cerró y parece difícil que vuelva a abrirse jamás. Sin embargo, mirando desde el balcón de la casa de mis padres, viendo amanecer entre cantos de gallos y arboleras de todos colores, contemplando el mar allá al fondo, a los pies de la ciudad, pienso que algo de ese imán terrible, de esa fascinante excepción a todas las reglas, sigue en pie. El terrible encanto de este país imposible, como son imposibles los sueños y las pesadillas, sigue intacto y seguirá intacto para otra generación de ilusos y desilusionados, esperando nuevas víctimas que enloquecer.

Haiti

Un país que ya no existe/SERGIO RAMÍREZ
El País Semanal, 7/02/2010;
Sergio Ramírez, escritor y político nicaragüense, estuvo en Haití hace un año de la mano de ‘El País Semanal’ con la misión de tomarle el pulso a esa tierra pobre, dura y difícil. El país que vio ya no existe. Su gente nunca será la misma. A través de aquellas impresiones, Ramírez traza hoy el retrato de una nación convulsa. Un pueblo con el que ni la naturaleza ni la historia fueron nunca generosas.
Desde las alturas de Ti Bois, el barrio lleno de cuestas y vericuetos que amontonaba sus casas precariamente construidas al borde del abismo, el panorama de la ciudad tendida al lado de la bahía se abría en la planicie multiplicando otras inmensas barriadas, Carrefour, Martissant, La Saline, Cité Soleil, y el ojo no podía perder las blancas cúpulas simétricas del palacio presidencial que fulguraban en la lontananza bajo la resolana. Hoy, tras el terremoto que arrasó Puerto Príncipe, el panorama ha cambiado abruptamente y la ciudad no existe más tal como podía contemplarse desde aquel mirador que era a su vez un botadero de basura, como lo hice yo una tarde de marzo del año pasado.
El martes 19 de enero de 2010, los damnificados del terremoto se aglomeran junto a las verjas del palacio descalabrado sin remedio para ver aterrizar en los prados que lo rodean los helicópteros de la 82ª División Aerotransportada de Estados Unidos de los que descienden decenas de paracaidistas. "Es una ocupación. El palacio es el país, representa nuestro poder, es nuestro rostro, nuestro orgullo", protesta Feodor Desanges, uno de los ciudadanos junto a la verja, según relatan los despachos de prensa.
Construido en el año 1918 bajo el diseño del arquitecto haitiano Georges Baussan, graduado en la Escuela de Arquitectura de París, el palacio, que imitaba los domos del Petit Palais, era realmente imponente, un rostro hermoso para una ciudad con poco que enseñar, y digno de orgullo como proclama este hombre que a lo mejor ha perdido a su familia y su propia casa, y que contempla, atónito, el desembarco de los marines llegados bajo la autorización del presidente René Préval en medio del inconmensurable desastre que se ha llevado el poder y se ha llevado el palacio y se ha llevado todo.
Esa construcción representó no sólo el poder, como bien dice Desanges en su desesperanza, sino también las luchas por el poder, luchas que han estremecido a Haití desde mucho antes que la hermosa construcción neorrenacentista fuera erigida al lado de las imponentes explanadas del Campo de Marte y de la Plaza de la República en el corazón mismo de la ciudad, donde los sobrevivientes de la catástrofe se hacinan ahora en campamentos improvisados y se han instalado centros de atención médica bajo carpas.
El palacio, que a los ojos de quienes pretendían trasponer sus puertas para instalarse en él parecía encendido en un brillo sobrenatural en su blancura, ejerció un encantamiento imperioso sobre sus inquilinos hasta la llegada de Préval. Los presidentes se sintieron allí siempre indefensos, y para conjurar todo peligro de perder el poder, siempre frágil y huidizo con su caudal de asonadas y golpes de Estado, buscaron concentrarlo todo en sus manos para librarse de la maldición que significaba hallarse dentro de sus recintos.
Busco entre mis notas del año pasado, y encuentro las de mi conversación una noche en la terraza del hotel Ibo Lele, en las alturas de Pétion Ville, con el novelista Lyonel Trouillot y el poeta Jorge Castera, quienes me hablaban de los vicios del poder ejercido desde los salones y los sótanos del palacio por los presidentes de turno, el más prolongado de esos turnos el de Françoise Papa Doc Duvalier, el médico rural que se proclamó presidente vitalicio de Haití y heredó el trono a su hijo, un adolescente de 300 libras de peso, Baby Doc Duvalier, fríos asesinos ambos que mataron a miles utilizando a su banda de sicarios, los Tonton Macutes.
Papa Doc escribió él mismo un Catecismo de la Revolución con oraciones que debían ser rezadas a él y a su mujer Simone. Para su esposa, una Salutación angélica, como si fuera la Virgen María. Para él, un padrenuestro, y Trouillot lo recitó: "Doctor nuestro que está para siempre en el Palacio Nacional, alabado sea tu nombre por las presentes y futuras generaciones. Que se haga tu voluntad así en Puerto Príncipe como en el resto de las provincias. Danos hoy nuestro nuevo Haití, y no perdones nunca las ofensas de los antipatriotas que escupen cada día sobre nuestra patria. Déjalos caer en tentación bajo el peso de sus babas venenosas, y no los libres de ningún mal, amén".
Extraño, les dije, que Duvalier creyera que estaba haciendo una revolución. Una revolución negra, respondió Castera, para él la raza fue siempre un sustento filosófico. La supremacía negra, como a lo largo de la historia de Haití, desde la independencia. La filosofía convertida en crimen, y las creencias religiosas manipuladas a su antojo.
Papa Doc creía, o dejaba que se creyera, que él mismo era la encarnación del loa del barón Samedi, el dios de la muerte del panteón vudú, invisible y ubicuo, que recorre de noche los cementerios, siempre vestido de negro riguroso, como él mismo se vestía, y celebraba ritos nocturnos con los cadáveres de sus enemigos. A un militar antiguo aliado suyo, alzado en rebelión, una vez capturado ordenó cortarle la cabeza, que fue transportada hasta el Palacio Nacional conservada en hielo, y la colocó sobre su escritorio para hacerle consultas de ultratumba sobre el destino de su poder.
Jean Bertrand Aristide, Tití, el humilde y popular sacerdote salesiano que sucedió al último Gobierno militar duvalierista, dos veces presidente y dos veces derrocado, y exiliado ahora en Suráfrica, surgió en la conversación como un fantasma inquieto entre las sombras de sus quimeras, las bandas juveniles que organizó en los barrios como fuerzas de choque para defenderse y defender su poder. Ya había caído la noche que se llenaba con el canto de los coquíes, las pequeñas ranitas melodiosas que entonan su coro en la oscuridad caribeña.
"El autoritarismo, la concentración de poder bajo un solo hombre que termina creyéndose predestinado, ha sido un mal constante para Haití desde la independencia", me dijo Trouillot. "Hay frases de Duvalier y de Aristide sacadas de sus discursos, que vienen a ser iguales. Ambos vieron lo mismo desde las ventanas del palacio, la inmensa pobreza y el desamparo, pero sus respuestas fueron mesiánicas, y equivocadas".
Detrás de cada líder que surge en la historia están siempre los loas para encumbrar su destino, o despeñarlo, en un país nutrido de la tradición mágico-religiosa. El 11 de septiembre de 1988 el padre Aristide decía misa en su humilde iglesia de San Juan Bosco cuando entraron los Tonton Macutes en su busca, y asesinaron a decenas de feligreses pero él logró escapar. La mano de la divinidad estaba ya sobre su cabeza para protegerlo, y luego, para perderlo con sus dualidades, su discurso esotérico, sus artes de manipulación, hasta que terminó purgando el largo exilio en Suráfrica, aunque su sombra esquiva ejerce siempre influencia en el país, sobre todo sobre los jóvenes de las brriadas organizados inicialmente en las quimeras.
Busco de nuevo en mis notas. La visión que me transmitió de Puerto Príncipe el cineasta Arnold Antonin, la ciudad de la que no quedarán siquiera las ruinas una vez que terminen su trabajo las máquinas dedicadas a remover los escombros y a aplanar manzana tras manzana derruida, es la de una brillante metrópoli luego lumpenizada y arruinada, de la que tenía envidia el generalísimo Leónidas Trujillo, también dictador vitalicio de la vecina República Dominicana. Quería un palacio presidencial como el de Puerto Príncipe, sus plazas, sus avenidas. Ciudad de exposiciones internacionales, donde recalaban los artistas de Hollywood, Puerto Príncipe conservó su esplendor hasta los años sesenta del siglo pasado, y su transformación en el inmenso gueto que llegó a ser, empezó precisamente en la era de Papa Doc Duvalier.
Acarreaba a los campesinos para que le rindieran pleitesía en inmensas manifestaciones congregadas frente al palacio, me decía Antonin, y así empezó el éxodo rural hacia la capital, pues muchos de ellos se fueron quedando con sus familias. Cité Soleil, hoy una de las inmensas barriadas de la ciudad, entre las más miserables y superpobladas, a la que bautizó Cité Simoine Duvalier en homenaje a su esposa, fue uno de los resultados de este éxodo que desde entonces empezó a crecer de manera imparable, empujado luego por la deforestación, la instalación de maquilas, y por la ociosidad en el campo cuando los tratados de libre comercio arruinaron lo que quedaba de agricultura y empujaron a más campesinos hacia la ciudad en una marea incontrolable.
Recuerdo ese esplendor caduco de la ciudad rodeado por el olor y la visión de la pobreza, y que enseñaba sus símbolos republicanos, el palacio presencial en su albura total, premio y castigo, los ministerios vecinos, las plazas con sus monumentos a los héroes que crearon la primera república negra en el mundo, y la primera república independiente en América Latina, un entorno urbano que conservaba algo de ese glamour perdido de que me habló Antonin en su despacho sin luz, entre los carteles de sus películas; y recuerdo también los barrios caóticos y miserables hasta donde llegué para visitar los centros de salud de Médicos Sin Fronteras: el centro de emergencias de MSF-Bélgica en el populoso barrio Martissant, vecino al no menos populoso de Carrefour, que sumaban ambos medio millón de habitantes; el hospital materno infantil de MSF-Holanda en las cercanías de la vía al aeropuerto; la humilde clínica de mujeres de MSF-Bélgica en La Saline, frente a un mercado popular vecino al puerto de cabotaje; el centro hospitalario Sainte Catherine Labouré (Choscal) en Cité Soleil, donde trabajaba una brigada de médicos cubanos.
El centro de emergencias de Martissant se vino abajo, y lo mismo cayó el hospital materno infantil, que ha traslado sus heridos y equipos que se pudieron rescatar al Choscal en Cité Soleil, uno de los barrios de mayor conflicto potencial en la ciudad debido a la presencia de las pandillas juveniles armadas y en donde, para el tiempo de mi visita, acababa de inaugurarse la primera estación de policía en años, un flamante edificio que también se vino al suelo y que representaba un nuevo avance en el difícil plan de seguridad ciudadana.
En la clínica de mujeres en la Saline me encontré a la joven doctora Irene Abotou, que había llegado desde Costa de Marfil para prestar servicios voluntarios. Conversamos mientras recorríamos a pie el barrio tan pobre y desamparado como todos los demás, y me habló de la ola más reciente de refugiados campesinos que llegaba a engrosar esa constante inmigración a la que se había referido Antonin, una composición de la población de Puerto Príncipe por capas y capas a través de las décadas y de los años. Ahora se trataba del turno de las víctimas de los cuatro huracanes, Fey, Gustav, Hanna e Ike, que en el año 2008 habían golpeado de manera consecutiva la isla a lo largo de un mes, las costas, pero principalmente la región central de Gonaives. Desgracias consecutivas, por capas y por etapas, hasta componer la situación de tragedia constante en que vive el pueblo haitiano. Los huracanes, si sumamos las inundaciones del año 2004, causaron miles de muertos y centenares de miles de desplazados que perdieron sus hogares y sus cosechas, para dar un total de un millón de afectados, y se llevaron puentes y carreteras.
Hoy, bajo los efectos del terremoto, la gente de Puerto Príncipe que un día vino de lejos buscando mejor fortuna ya no tiene adónde más ir, ni ninguno de sus habitantes tampoco, a no ser como refugiados temporales en campamentos, pero no para trabajar en labores productivas. Regresar al campo, a la agricultura, sería una ilusión vana, en un país donde las áreas agrícolas se han reducido al mínimo, con los suelos víctimas de los deslaves provocados por la deforestación inclemente en las áreas montañosas, lo que hace, a su vez, que los efectos de los huracanes se multipliquen haciendo que las aguas despeñadas arrastren todo consigo. Desde el año 2001, según datos del International Crisis Group, los huracanes y las inundaciones han causado cerca de veinte mil muertos, la destrucción de 200.000 casas, y pérdidas por 5 billones de dólares. Ya había una tercera parte de la población del país necesitada de ayuda alimentaria como consecuencias de los cuatro últimos huracanes.
Una población permanentemente damnificada, sin recursos para subsistir lejos de la ayuda internacional. Un estado sin posibilidades de garantizar la seguridad de los ciudadanos, tarea que hasta la hora del terremoto estaba confiada a las fuerzas internacionales de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), instalada en el hotel Christopher, donde visité al jefe de la misión, el diplomático tunecino Hédi Annabi, muerto junto a decenas de sus colaboradores al derrumbarse el edificio.
El antiguo hotel de turistas se había convertido en una fortaleza resguardada por barricadas, y por dentro reinaba el orden silencioso de un reducto burocrático. Desde los ventanales de la cafetería, limpia y aséptica, se divisaba la piscina de aguas serenas sin bañistas, y en los pasillos se repetían los carteles con avisos de prevención al personal acerca de los tratos sexuales, por el riesgo de las enfermedades contagiosas. Mientras yo subía a entrevistarme con Hannabi, que tenía su despacho en el último piso, sus asistentes habían facilitado que el fotógrafo Juan Carlos Tomasi pudiera acompañar a una de las unidades militares en su patrullaje por las calles.
Annabi, un hombre de trato afable y con una larga experiencia en misiones de paz, dedicó al menos dos horas a nuestra conversación. Seguro de sus afirmaciones, se comportaba a mis ojos más como un funcionario internacional dedicado a cumplir de manera estricta su mandato, que como un hombre de poder, que realmente lo era, y a cada paso se preocupaba de advertirme que sus iniciativas frente al Gobierno haitiano eran meras propuestas y siempre se cuidaba de no ir más allá porque frente al celo de las autoridades nacionales se exponía al rechazo.
Había llegado a cumplir su misión en el año 2007, me dijo, en una situación de anarquía, con la institucionalidad del país perdida, la policía colapsada, incapaz de enfrentar las pandillas juveniles ni de ejercer la vigilancia fronteriza, con las cárceles en descontrol. Debía, por tanto, ayudar a restituir el papel de la ley bajo el Gobierno del presidente Préval, electo el año anterior.
Y a pesar del retroceso que significó la crisis del año 2008, con los huracanes en serie, la falta de energía, la crisis política cuando el Parlamento dio un voto de censura al primer ministro y se negaba a nombrar a otro, sentía que su misión había progresado, que se habían incrementado los niveles de seguridad del país, se había reducido el número de secuestros, las pandillas juveniles se hallaban bajo mejor control, y la policía nacional participaba cada vez más en sus funciones. El cuartel recién inaugurado en Martissant era un ejemplo.
Nada fácil restablecer la institucionalidad y la armonía democrática en un país donde había decenas de partidos, más preocupados por las reglas del juego político que por las condiciones de vida de la población, y donde el recelo del Parlamento para cederle poderes al presidente se hallaba cimentado en el temor a una nueva dictadura, como la de Duvalier, o el autoritarismo singular de Aristide. Era necesaria una mejor clase política, más competente, mejor preparada, aunque la realidad conspiraba contra esta aspiración, cuando el 80% de la gente calificada se había ido a Estados Unidos y Canadá.
Y aunque Préval debía caminar sobre la cuerda floja, la gran ventaja de tenerlo a la cabeza del Gobierno, pese a las debilidades provocadas por las circunstancias, era que por primera vez en mucho tiempo no había un presidente corrupto.
Tras las elecciones de 2011, cuando habría de escogerse un nuevo presidente, la esperanza de Annabi era que la misión pudiera llegar a su fin, una vez conseguida una situación razonable de seguridad. Irse para no tener que regresar. Hoy, tras el terremoto, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó aumentar en 2.500 el número de hombres que tiene la misión, lo que hará cerca de 15.000 entre soldados y policías, mientras tanto Estados Unidos ha desplegado otros 15.000. La soberanía parece así una sombra lejana de conseguir sustancia.
La seguridad razonable en que pensaba Annabi se ha evaporado. Pasarán años seguramente en los que habrá presencia de tropas extranjeras en Haití, y las carencias y necesidades de la población, con su capital derruida, no han hecho sino multiplicarse.
La piedra en el agua no sabe nada de la piedra bajo el sol, dice el viejo proverbio haitiano. Hoy la piedra bajo el sol ha sido remecida.

Un Dios cruel

Un dios cruel
MARTÍN CAPARRÓS
El País Semanal, 7/02/2010;
Desastres como éste o el terremoto de Lisboa de 1755 llevan a plantearse cuestiones sobre la justicia divina, sobre la propia existencia de Dios. El escritor argentino retoma el debate histórico.
Es de mañana, y en Port-au-Prince, en las calles de Port-au-Prince, hay una cacofonía sostenida de gritos, músicas, bocinas y un calor imposible. En esas calles, que alguna vez fueron asfalto y ahora son barro negro maloliente, hay hombres que se lavan la cabeza con el agua servida que las cruza, mujeres que despulgan sobre sus faldas a chiquitos muy flacos, mujeres que dormitan bajo un sol como espadas, mujeres que se pasan el día entero de rodillas ante 10 guayabas o un montoncito de maní. Hay hombres que llevan sobre el hombro maderos grandes como cuatro hombres, hombres que miran lo que más hombres hacen, hombres que miran a esos hombres que miran, hombres que ni siquiera se interesan, mujeres que llevan sobre sus cabezas baldes de agua o fardos despiadados y muchos chicos que corren chapoteando del barro a la basura. En una esquina, una mujer con camiseta de Batman cuenta por cuarta vez su fortuna de 14 aguacates y, a su lado, otra casi desnuda toma agua muy sucia de una taza, a sorbitos, y grita con los ojos en blanco: la cabalga un espíritu farsesco. En esa esquina, un chancho gris y grande como un trueno come basura sobre una montaña de basura y un cabrito en la punta de una soga espera que alguien lo compre para llevarlo al sacrificio. Un negro blanqueado por la enfermedad lava un auto de antes del diluvio, y otro parte con una pica sobre el barro negro una barra de hielo. Lo miro, y él cree que tiene que excusarse: en creole me dice que su pica no es buena, que él sabe que en los países extranjeros las hay mucho mejores. Gente que pasa recoge del barro negro los pedacitos que le saltan, y los rechupa con alivio. No hay viento, y en el aire pesado se mezclan los olores del mango, la basura, la mierda y la canela con ese frito intenso de un aceite que hierve desde siempre. En esas calles, la miseria es ese olor inconfundible, una mirada de odio, la cara con que te piden todo el tiempo una moneda. Detrás, en las casitas de madera o de cartones, pintadas de colores, familias se amontonan en seis metros cuadrados, sin luz ni agua ni esperanza de nada. A veces llueve. Otras diluvia”, escribí, hace ya muchos años, cuando fui a Puerto Príncipe –que ahora, además, famosamente, es una ruina.
Una ruina peor que la que siempre fue, más wagneriana; de pronto, el mundo mira lo que no quiso ver por tanto tiempo. La muerte sirve cuando es súbita, bruta; la muerte lenta no da bien en las fotos. Cuando es súbita, bruta, la muerte trae, incluso, entre otras cosas, ideas nuevas: así, los terremotos. Hace dos siglos y medio, en la mañana del 1 de noviembre de 1755, día de Todos los Santos, otro temblor tremendo devastó Lisboa. La ciudad quedó destruida y unos 60.000 cristianos murieron en sus ruinas: miles, aplastados por las iglesias donde escuchaban misa. Pero el sismo también sacudió Europa: voces y más voces se alzaron contra la crueldad de un dios que daba tanta muerte a sus amantes seguidores. Voces y más se preguntaban quién era ese amo que se cargaba a sus súbditos tan fácil, y para qué servía. La existencia –la insistencia– del mal hacía que ese dios fuera un ineficiente o un vicioso: o lo hacía a voluntad y era el mayor canalla, o no podía evitarlo y era un perfecto inútil. La duda se hizo más honda, corrosiva.
El caballero Voltaire, faltaba más, lideraba el debate. En su muy filosófico Poema sobre la destrucción de Lisboa, el caballero anunció que jamás podría volver a creer en la benevolencia de un dios tan cruel, ni en la idea de que el mundo estaba hecho desde el bien e iba hacia el bien. Y que creía que este mundo era “un desorden eterno, un caos de desdicha” y descreía de cualquier optimismo: “El pasado no es más que aquel triste recuerdo. / El presente es horrible si no hay un porvenir…”.
Rousseau, su amigo y enemigo, le contestó defendiendo a su señor con argumentos leguleyos: “Entre tantos hombres aplastados bajo las ruinas de Lisboa, sin duda, muchos evitaron desdichas mayores; y pese a lo que la descripción de su fin tiene de conmovedora, y lo que puede aportar a la poesía, no es seguro que uno solo de esos infelices haya sufrido más que si, según el curso original de las cosas, hubiera esperado su muerte en medio de largas angustias. ¿Hay un final más triste que el de un moribundo al que se abruma de cuidados inútiles, que un notario y sus herederos no dejan respirar, que los médicos asesinan en su cama?”.
Dicho lo cual, Rousseau explicaba por qué seguía creyendo en ese dios: “Se trata de la causa de la providencia, de la cual lo espero todo. (…) He sufrido demasiado en esta vida como para no esperar otra…”. La confesión rousseauniana era conmovedora; el golpe volteriano, muy feroz. El caballero negaba la posibilidad de esperar algo de Dios: ni otra vida ni nada bueno en ésta. El tema estaba lanzado: el terremoto de Lisboa fue decisivo en la historia de nuestra cultura. Tiempo después, tras tanta prédica y tantas peleas, el famoso materialismo ateo se hizo fuerte en las conciencias de Occidente. Pero la religión no ha muerto, ni mucho menos, porque tantos siguen esperando con Rousseau –y porque la razón llenó el mundo de monstruos–. Por eso, entre otras cosas, es probable que el terremoto haitiano no produzca los mismos resultados que aquel, antiguo, de Lisboa.
Los haitianos del mundo todavía prefieren pensar que hay un dios, aunque ese dios los condene a la pobreza sostenida y les mande, de vez en cuando, desastres espantosos; les sigue dando a cambio la ilusión de que hay un orden, un viso de justicia y, sobre todo, una opción de otra vida. Para salvar esa última esperanza aceptan un amo que los maltrata más allá de lo pensable: que los mata a miles, mezclados, sin sentido, pura cólera ciega. La ecuación es curiosa. El miedo no sólo no es zonzo; es, sobre todo, tan despiadadamente poderoso. Y esa forma de la religión, una metáfora precisa.
Así que, a pesar del mal despendolado –a pesar de terremotos y de hambrunas, matanzas y tsunamis–, millones siguen arrodillándose ante un dios que lo hace o lo permite. Y, para más inri, lo proclaman; no deja de extrañarme. Si yo creyera que ese dios existe –si creyera que en algún lugar del infinito pulula un ente todopoderoso que no usa su todopoder para impedir estos desastres–, si yo creyera que hay un dios tan hijo de puta como para matar de un golpe a cien mil muertos de hambre, y si ese dios fuera mi dios, mi amo, intentaría protegerlo: me pasaría la vida negándolo, diciendo a todo el mundo que no hay tal cosa, que cómo se le ocurre, ¿dios?, ¿un dios?, ¿eso qué significa? Frente a desgracias como ésta, el verdadero creyente no tiene más remedio que fingirse ateo –y, quizá, viceversa. Así que hay que dudar de casi todo, como siempre.
1755
Lisboa. El temblor fue espantoso. Alcanzó 8,7 grados y duró 10 terroríficos minutos. Murieron en torno a 100.000 personas. Aparte de la enorme tragedia humana, se abrió un boquete en la historia de Occidente. Los intelectuales debatieron a fondo sobre cómo era posible que un dios bienintencionado permitiera tanto dolor. Hasta los filósofos Voltaire y Rousseau entraron en discusión. Voltaire dijo que jamás podría volver a creer en la benevolencia de un dios tan cruel; “este mundo es un desorden eterno, un caos de desdicha”.
2010
Haití. Cuando la naturaleza se revuelve con tal ira y se ensaña con las poblaciones que ya arrastran una historia de miseria e injusticias, el planeta vuelve a preguntarse dónde está Dios… Aun así, es difícil entregarse al ateísmo. Los haitianos del mundo todavía prefieren pensar en un dios que les da la ilusión de que hay un orden y, sobre todo, una opción de otra vida. Para salvar esa última esperanza aceptan un amo que los maltrata más allá de lo pensable.

Catástrofes

Diez grandes catástrofes en la memoria
LUIS MGUEL ARIZA
El País Semanal, 07/02/2010;
Desgraciadamente, Haití no está solo en las páginas más negras de la historia. Repasamos los peores desastres naturales, desde las inundaciones de China en 1931, que causaron más de tres miilones de muertos, hasta el "tsunami" de 2004 en el Índico
El mundo se estremece ante la tragedia ocurrida en Haití, pero lo cierto es que más de un millón de terremotos sacuden anualmente el planeta, algunos tan nimios que sólo son registrados por los instrumentos. Cada año se contabilizan entre 50 y 60 volcanes activos, auténticas gargantas profundas al interior de la Tierra. Los grandes desastres naturales, como huracanes, maremotos, erupciones volcánicas, inundaciones y seísmos llevan matando a seres humanos desde tiempos inmemoriales. En los últimos cien años, los terremotos se han llevado la vida de más de un millón de personas, mientras que los desbordamientos de los ríos se han cobrado nueve millones de almas. Los huracanes y ciclones son particularmente letales y matan rápidamente. La energía que pueden desencadenar en un solo día –se han llegado a medir ráfagas que superan los 320 kilómetros por hora– equivale a 500.000 bombas atómicas como la que se arrojó sobre Nagasaki. Las cifras no son sólo estadística; hablan de una relación que los seres humanos venimos estableciendo con los dioses de la destrucción, los cuales deciden cuándo y cómo la desgracia se abatirá sobre nuestras cabezas. Sin embargo, las muertes se concentran en un 95% de los casos en los países del Tercer Mundo. ¿Casualidad? A largo plazo, la perspectiva de este hecho deprimente cobra un giro inesperado cuando se investigan las razones. “Si observas las zonas que son volcánicamente más activas, descubrirás que son las que poseen el suelo más fértil”, asegura Leslie Newson, escritora y doctora en Psicología por la Universidad de Exeter en Reino Unido. “Toda esa cantidad de cenizas y lavas que los volcanes escupen a la atmósfera están repletas de nutrientes que regeneran los suelos. Por tanto, no es casualidad que los volcanes activos y los terremotos ocurran en zonas bastante ocupadas. La gente acude allí a cultivar esos magníficos suelos, mantener a su familia, tener hijos, pero se colocan en una situación de riesgo. A largo plazo, el ser humano sale ganando”.
Newson es autora de documentales para la televisión de la BBC y varios libros, entre ellos, un atlas sobre desastres naturales (Devastation! Dorling Kindersley). Vierte gotas de optimismo entre tanto dramatismo y muerte. Los terremotos “forman parte de la presión que levanta montañas, cuya erosión arrastra nutrientes para fertilizar los valles”. Las inundaciones tienen también este efecto regenerador de suelos, al rellenar las llanuras de inundación de los ríos. Además, con cada catástrofe, los medios de comunicación proyectan un impacto emocional positivo, algo comprobado en Haití. “Gracias a la televisión, comprendes que ellos son como nosotros. Puedes ver sus esperanzas, su tristeza y miedo. Cuando los medios de comunicación nos traen esos desastres logran que nuestra humanidad traspase las fronteras locales”. Newson cita el terremoto de Armenia ocurrido en 1988, que dejó 25.000 víctimas mortales y destruyó la ciudad de Spitak. El líder ruso, Mijaíl Gorbachov, estaba visitando Estados Unidos en un ambiente donde aún persistía la guerra fría, e interrumpió su viaje para volar al lugar de los hechos. “Todos los periodistas que cubrían su gira le siguieron hasta Armenia con sus cámaras de televisión”. El mundo occidental pudo ver en directo el sufrimiento de los armenios. Gorbachov pidió ayuda humanitaria a los norteamericanos –algo que no se producía desde el final de la II Guerra Mundial– y eso “terminó con la guerra fría”. La imagen de Rusia como el imperio del mal cayó hecha pedazos. “En la década de los ochenta, los americanos creían que los rusos tenían cuernos. El terremoto cambió la manera en que veían a los rusos”.
Lo que sigue es una recopilación de los 10 desastres más letales ocurridos en la historia moderna.
1 Terremoto de Lisboa
1755. 100.000 muertos.
Día de Todos los Santos, 1 de noviembre, nueve y media de la mañana. El caos se abate sobre Lisboa. El temblor, de 8,7 grados, se hace sentir durante 10 terroríficos minutos. El epicentro ocurre a unos 200 kilómetros del Cabo de San Vicente, en el Atlántico. La belleza de una de las ciudades más bonitas queda borrada. “El terremoto hizo que la gente cuestionase a la propia Iglesia católica”, dice Newson. “Mucha gente estaba reunida en las catedrales cuando llegó el seísmo y fueron destruidas. ¿Como podía Dios organizar algo así, el día de honrar a los muertos?”.
2 Huracán de San Calixto
1780. Caribe. 27.500 víctimas.
Con vientos de más de 321 kilómetros por hora, el Gran Huracán de 1870 o San Calixto II sigue siendo el más poderoso y letal. Arrasó el Caribe (Antillas Holandesas, Islas de Martinica, Santa Lucía, San Eustaquio y Barbados) entre el 9 y el 20 de octubre de 1780. Los testigos hablan de daños “que no se pueden escribir con una pluma”, según documentos de la Universidad holandesa de Leiden, como si se uniera el “tiempo espantoso de los truenos, rayos, vientos y lluvias”. En la retina de la memoria reciente queda el huracán Mitch, que asoló Centroamérica en 1998 y dejó 18.000 víctimas.
3 Erupción del Tambora
1815. Indonesia. Más de 90.000 víctimas.
Entre el 10 y el 11 de abril, el volcán Tambora, de la isla de Sumbawa, explotó, lanzando a la atmósfera 50 kilómetros cúbicos de magma y cenizas. Los estruendos se oyeron a 1.400 kilómetros: la erupción más letal de la historia. La cultura local, el pueblo de Tambora, desapareció sepultada entre ceniza. Y esa misma ceniza hizo que la temperatura de la Tierra bajara tres grados. En 1816 Europa conoció un “año sin verano”, algo que pudo inspirar a la escritora Mary Shelley para realizar su obra maestra, Frankenstein, dice Newson. “Shelley y sus amigos se fueron a Suiza de vacaciones. Pensaban pasar el tiempo fuera, pero debido a la erupción del Tambora, llovió todo el tiempo, decidieron escribir y leer historias, y ella compuso Frankenstein”.
Hay otras erupciones terribles. El volcán de la isla indonesia de Krakatoa estalló en agosto de 1883, provocando maremotos que mataron a 36.000 personas. El monte Pelée, en 1902, en Martinica, mató a 29.000 personas, y en 1985, el volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, arrojó toneladas de lodo de un glaciar y sepultó a 25.000 personas en Armero.
4 Terremoto de Tokio
1923. Más de 142.000 víctimas.
1 de septiembre. El seísmo que afectó a Tokio y el área de Yokohama originó incendios que quemaron 381.000 viviendas, matando a un número altísimo de personas y originando riadas de refugiados. Una elevación de dos metros en el fondo marino de la bahía de Sagami originó olas de maremoto de hasta 12 metros. La magnitud del temblor fue de 7,9 grados en la escala de Richter. Los distritos industriales y de negocios quedaron reducidos a escombros.
5 Inundación del río Amarillo
1931. China. Entre 3,7 y 4 millones de muertos.
Tras dos años de sequía, las lluvias torrenciales de julio causaron un desbordamiento del río Amarillo el 18 de agosto que anegó pueblos y asentamientos urbanos. Se ahogaron unas 300.000 personas, se inundó una zona de 1.300 kilómetros cuadrados, y la ruina de las cosechas, la falta de arroz y las epidemias acabaron a la postre con casi cuatro millones de almas, especialmente en las ciudades de Nanjing y Wuhan. Newson sugiere que el río facilitó una infección de peste bubónica a través de las ratas.
6 Terremoto de Perú
1970. Entre 30.000 y 50.000 muertes.
El 31 de mayo, domingo, un formidable seísmo de 7,9 grados se produjo a unos 35 kilómetros al oeste de Chimbite, un pueblo pesquero. El terremoto desencadenó una formidable avalancha de hielo desprendida de la cumbre del nevado Huascarán; millones de toneladas de hielo y rocas siguieron el cauce de la quebrada y sepultaron el pueblo de Yungay. Los testigos afirman que la ola de barro alcanzó los 60 metros de altura. De 20.000 habitantes, apenas se salvaron 400.
7 Ciclón Bhola
1970. Pakistán Este. 500.000 muertos.
El Centro Nacional de Huracanes en Coral Gables (Florida, EE UU) lo calificó como el ciclón más mortífero de la historia. Aparte de las vidas humanas, las pérdidas fueron aterradoras: 400.000 casas, 280.000 vacas, 90.000 barcas de pesca… El ciclón irrumpió el 12 de noviembre en Pakistán Este (hoy Bangladesh) con ráfagas de hasta 222 kilómetros por hora. Poco después, la oposición política ganaría las elecciones por el descontento popular de la gestión gubernamental de la crisis. Tras una guerra civil, esa región se convertiría en Bangladesh un año después.
8 Terremoto de Tangshan
1976. China. Entre 242.000 y 655.000 muertes.
Los 16 segundos más terribles sacudieron la vida de un millón de chinos mientras dormían, justo a las 3.42 del 28 de julio de 1976, en Tangshan, una ciudad industrial situada unos 140 kilómetros al sureste de Pekín. La magnitud del temblor fue de 7,5 grados. Todo quedó reducido a escombros en un área de máxima destrucción de 47 kilómetros cuadrados. Las autoridades chinas reconocieron 242.000 víctimas, aunque la cifra pudo ser más del doble.
9 Terremoto de Irán
1990. Más de 40.000 muertes.
Poco después de la medianoche del primer día del verano, un temblor de magnitud 7,7 azotó las costas noroccidentales del mar Caspio, asolando las provincias de Zanjan y Gilán, en Irán, donde no quedó un solo edificio en pie. En algunos pueblos, el terremoto exterminó a todos sus habitantes. La réplica del seísmo destruyó la presa de Rash, que provocó una avalancha de barro que sepultó a muchos supervivientes. El Gobierno iraní aceptó la ayuda de EE UU, pero no la de Israel y Suráfrica. Además, se contabilizaron 400.000 desplazados sin hogar y 135.000 heridos.
10 ‘Tsunami’ del Índico
2004. Alrededor de 275.000 muertes.
Al día siguiente de Navidad, un terremoto de magnitud 9 con epicentro cerca de la costa de Sumatra hizo que el fondo del océano Índico se desnivelara varios metros, originando una ruptura a lo largo de una falla de más de 1.500 kilómetros. Las olas del maremoto llegaron a alcanzar 30 metros al tocar tierra. Algunas islas se sumergieron parcialmente y otras doblaron su tamaño al elevarse. Las olas barrieron las costas de Indonesia, Sri Lanka, Tailandia, Malaisia, India, Myanmar y Sumatra y llegaron incluso hasta el cuerno de África, en Somalia. La energía desprendida se calcula en 23.000 bombas atómicas como la de Nagasaki.

En busca de otros mundos

Le Clézio, en busca de otros mundos
Un volumen de relatos protagonizados por niños muestra la condición del Nobel francés como aventurero de la literatura. Se trata de su libro más vendido desde su publicación en 1978 y se edita por primera vez en España
JOSÉ MARÍA GUELBENZU
El País Semanal, 13/02/2010;
Cuando en 1963 se publica en Francia El atestado, nadie hubiera podido imaginar el rumbo que tomaría la carrera literaria de Jean-Marie Gustave Le Clézio. Sus tres primeras novelas estaban en la onda del experimentalismo iniciado por los representantes de la "escuela de la mirada" y Le Clézio aparecía como un epígono de aquel grupo, con especial referencia a Michel Butor. Sin embargo, tras El diluvio (primera novela suya publicada en España, de la mano de Carlos Barral) y La fiebre cambió la dirección del viento. Hasta entonces su escritura estaba ceñida al mundo urbano-tecnológico y su peso sobre el hombre contemporáneo. La objetivización del punto de vista practicado por aquel grupo parecía un aliado perfecto para expresar esa sociedad, que Le Clézio detestaba, con la ayuda de elementos añadidos a la escritura, desde la tipografía hasta la fragmentación (que, por cierto, hoy se presenta en España como de la gran invención del momento) e, incluso, la utilización del collage, otra técnica bien experimentada ya en las vanguardias de comienzos del siglo XX.
La dirección del viento cambió para Le Clézio en 1969, cuando decide huir de esa civilización en busca de horizontes más puros. La veleta que marca el nuevo rumbo es El libro de las huidas. Nuestro autor se convierte en un errabundo que viaja de un continente a otro en busca de otros espacios y otras formas de vida, lo que le llevará por un camino que podríamos definir como iniciático hacia una búsqueda de sabiduría cósmica, un encuentro del hombre con su exterioridad a través de la Naturaleza que lo devuelva a sí mismo, a su esencia. En cierto modo, una especie de misticismo panteísta que puede incluso llevarle a planteamientos cercanos a la utopía. Todo ello, sin concesiones a la simpleza que amenaza a menudo a estos planteamientos: las fuerzas de la Naturaleza con las que trata son hermosas, vitales, pero también terribles.
Mondo y otras historias reúne una serie de relatos que tienen por común denominador el que sus protagonistas sean niños. Los niños, como los animales o las tormentas, pertenecen simbólicamente a la Naturaleza en la medida que están apenas contaminados por el proceso de civilización. Los de estos cuentos pertenecen a su vez a espacios abiertos o ciudades de otro tiempo. Los lugares donde transcurren las historias son abiertos y elementales, descarnados, con preferencia por el desierto, que es una constante en su obra. De hecho, Le Clézio es mauriciano y aunque criado en buena parte en Francia, el relato El africano, donde habla de su padre y su vivencia africana, deja bien a las claras el origen de sus preferencias por el paisaje selvático, desértico o de la sabana.
Aunque no vienen fechados, deduzco que todos los cuentos son posteriores a la aparición de uno de ellos, 'Lullaby', de 1970. De hecho, la comparación entre éste y 'Mondo' da la tónica del volumen, irregular, pero que contiene al menos tres relatos magistrales. Digo irregular porque el riesgo que corre permanentemente el autor con estos textos es el de idealizar el mundo de los niños. En 'Mondo', por ejemplo, el niño que aparece como por arte de magia en un poblado vive en la calle y es un dechado de pureza, resulta finalmente tan candoroso como cargado de buenas intenciones el autor. En cambio, Lullaby, Alia o Pequeña Cruz son personajes mucho más interesantes. De hecho, Le Clézio los utiliza para saltar del mundo real al mundo imaginario, y esta doble visión a veces puede resultar un tanto forzada. Cuando el personaje soporta el salto, el relato brilla a gran altura, como es el caso del espléndido 'Lullaby' o de la historia de Daniel Simbad, cuyo acierto soberbio es el de encerrarla entre dos momentos de realidad: los de los compañeros del colegio que se preguntarán siempre por él, tanto al comienzo como al final, creando un contraste expresivo excelente. Este sistema de inserción de un núcleo en otro lo repite en 'Hazarán', con la historia de Trébol dentro del relato de Alia.
La presencia de la Naturaleza es constante y su descripción, tanto en la realidad como en lo imaginario y en la ensoñación, está cargada de color, de rudeza, de austeridad y de sensualidad, de accidentes geográficos, colores y sensaciones que, salvo en los casos en que la idealización de los mundos soñados o intuidos los dirige hacia la abstracción, muestran una presencia poderosísima. Ejemplo de poderío es el relato último, 'Los pastores', una verdadera obra maestra en la que se resume lo mejor de esta segunda etapa literaria del escritor errante y viajero en busca de otros mundos, otras culturas, otros espacios de vida que oponer al modo de conocimiento obligado por la civilización occidental. Pero todos estos relatos tienen otro punto en común, aún más interesante: el deseo primordial del autor de captar el mundo con ese golpe de asombro con que el niño abre los ojos a lo que le rodea.
De resultas de su actitud, puede pensarse que Le Clézio es un autor titubeante que acaba por no definir su campo de acción. Craso error: Le Clézio es un buscador y un aventurero de la literatura. Su diversificación es producto del deseo de saber, el más poderoso estímulo de un escritor; desde la itinerancia (Viaje a Rodríguez) a lo biográfico (La música del hambre, El africano), desde la fascinación por las culturas perdidas u olvidadas (Desierto) al relato utópico (Urano), Le Clézio nunca ha dejado de ser fiel a sí mismo a través de la diversidad.

Intentan descarrilar al Metro

Frustran intento por descarrilar al Metro
Milenio Diario, 2010-02-12
Llamar la atención y hacer una protesta contra las autoridades llevó a Adrián Magdaleno González a preparar explosivos, que intentó accionar en la Línea 2 del Sistema de Transporte Colectivo Metro.
El integrante del grupo anarquista Frente de Liberación Animal abordó el pasado 4 de febrero un vagón del tren que cubría la ruta Cuatro Caminos-Taxqueña con una mochila, en la que cargaba latas de gas butano y un explosivo.
Reportes de la Policía Bancaria e Industrial señalan que, al llegar a la última estación, el estudiante universitario intentó descarrilar el vagón del Metro colocando las latas de gas, pero los mismos usuarios accionaron el sistema de alarma.
Los primeros en llegar fueron policías bancarios, quienes detuvieron a Magdaleno González cuando se daba a la fuga, por lo que lo remitieron a la oficina de vigilancia del STC en Taxqueña.
El jefe de la estación fue quien presentó al presunto responsable ante el Ministerio Público de la Agencia Especial para Delitos en el Metro de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.
De acuerdo con la averiguación previa, el presunto atentado ocurrió a las 10:30 horas del jueves pasado, sin que se hayan registrado personas lesionadas debido a que los artefactos explosivos no se activaron correctamente.
El movimiento del convoy en la curva que hay entre las estaciones General Anaya y Taxqueña pudo haber provocado una afectación en la bomba de fabricación casera, por lo que sólo detonó una de las latas de gas butano.
Magdaleno González tiene 21 años, es estudiante de la Facultad de Estudios Superiores Aragón y ante las autoridades ministeriales aceptó que forma parte del grupo radical.
Además, mencionó que también colaboró en la planeación y ejecución del atentado a una sucursal bancaria ubicada en el centro de la delegación Milpa Alta, en septiembre de 2009.
Aquella ocasión la explosión causó la ruptura de vidrios en el área de cajeros automáticos de Banamex de la calle de Constitución 13, colonia Villa Milpa Alta.
Elementos de Fuerza de Tarea de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina encontraron tres tanques de gas butano y uno más a unos 10 metros del banco.
Las autoridades judiciales también involucraron a este grupo anarquista con las explosiones a diversos vehículos estacionados en la colonia Lomas de Padierna, en Tlalpan, en diciembre pasado.
En un principio sostuvieron que se trataba de manifestaciones violentas de este frente; sin embargo, los dos menores de edad y otro sujeto rechazaron pertenecer al Frente de Liberación Animal.
México • Leticia Fernández