20 nov. 2010

Sucesíón en la Corte


La sucesión/

Ana Laura Magaloni Kerpel
Reforma, 20 Nov. 10;

El presidente de la Corte juega un papel fundamental en la conducción del debate. Gracias a sus intervenciones, el proceso de deliberación se ordena o se vuelve un caos, fluye o se empantana
En mes y medio termina el periodo de Ortiz Mayagoitia como presidente de la Corte. Para ser exactos: el 3 de enero los ministros eligen a su sucesor. Sería importante comenzar a definir los restos más relevantes del siguiente presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Es verdad que una tarea importante del presidente de la Corte es eminentemente administrativa. Se encarga de que el tribunal funcione: que se pague la nómina, que sirva el servicio de comedores, que los departamentos de informática, de compilación de tesis de jurisprudencia, de publicaciones provean un buen servicio. Es decir, una parte del trabajo del presidente de la Corte tiene que ver con que funcionen bien las áreas de apoyo al trabajo de los ministros y con que el personal administrativo cumpla con sus responsabilidades. Sin lugar a dudas es una tarea muchas veces ingrata, pero indispensable.
Sin embargo, la parte más importante del cargo no es administrativa, sino política. Lo cuenta bien el presidente de la Corte de Estados Unidos, John Roberts, en una entrevista que llevó a cabo Jeffrey Rosen, profesor de la Universidad de George Washington. Un presidente de la Corte -señala Roberts- "debe poder hacer a un lado sus propia agenda ideológica o su deseo por atención personal en el interés de que se alcance el consenso y la estabilidad en la resolución de casos". Lo relevante, según Roberts, es que la Suprema Corte pueda generar una voz propia, la voz del tribunal, y no que se escuchen todas las voces de sus miembros al mismo tiempo. Sólo así el máximo tribunal puede definir el alcance y sentido de los preceptos constitucionales al futuro, para la sociedad y para los actores políticos. Un buen presidente de la Corte, por tanto, es un facilitador de la discusión, pero al mismo tiempo es alguien al que sus colegas le tienen admiración y respecto por su capacidad y sus conocimientos jurídicos.
Nuestra Corte no se ha dado cuenta de la relevancia que tiene para su fortaleza y legitimidad que exista la voz del tribunal. El hecho de que el proceso de deliberación del Pleno sea público y televisado -en ninguna parte del mundo es así- ha puesto un énfasis extraordinario en las individualidades de los ministros, en lo que dice cada uno de ellos y no en lo que están de acuerdo todos o la mayoría. Es por ello que en el caso de nuestro máximo tribunal, el presidente de la Corte juega un papel fundamental en la conducción del debate. Gracias a sus intervenciones, el proceso de deliberación se ordena o se vuelve un caos, fluye o se empantana, se prolonga o se agiliza. La capacidad de Ortiz Mayagoitia para desempeñar esta compleja tarea ha sido verdaderamente extraordinaria. Se le va a extrañar. Va a ser difícil que su sucesor pueda suplir el liderazgo que tiene sobre sus colegas. El talento jurídico de Ortiz aunado a su enorme carisma es una combinación difícil de encontrar.
La segunda gran asignatura del sucesor de Ortiz tiene que ver con las políticas de austeridad. Le toca al siguiente presidente de la Corte la construcción de una Corte más compacta, más eficiente, más austera, menos dispersa, más moderna y mucho menos cara. El estudio que elaboré junto con mi colega Carlos Elizondo busca dimensionar el problema. Nuestra Corte es mucho más cara que alguno de los tribunales de su tipo más prestigiosos en el mundo: la Corte Suprema norteamericana cuesta 37 por ciento de lo que cuesta la nuestra, el Tribunal Constitucional alemán 13.4 por ciento y la Corte Constitucional de Colombia 3.3 por ciento, por mencionar algunos. ¿Qué es lo que explica el alto costo de nuestra Corte? el tamaño de su burocracia. Mientras que en nuestra Corte trabajan 3 mil 116 personas, en la Corte norteamericana lo hacen 483, en el Tribunal Constitucional alemán 167 y en la Corte Constitucional de Colombia 146. Hay que adelgazar a nuestra Corte. Me parece que es un reto casi ineludible del siguiente presidente tener que reorganizar, recortar, limitar, ordenar y hacer más eficiente aparato administrativo del máximo tribunal.
Al interior de la Corte no hay consenso respecto de la necesidad de construir una Corte más austera. Varios de los ministros estiman que el costo de la Corte se justifica ple- namente, que no les resta legitimidad y fuerza y que no hay dilemas de ética pú- blica en la forma en que la Corte ha ejercido sus recursos. Sin embargo, afortu- nadamente, los dos candidatos a suceder a Ortiz -los ministros Juan Silva Meza y Fernando Franco- no coinciden plenamente con esa visión. Creo que ambos ministros están conscientes de que hay que hacer algo al respecto antes que desde afuera les impongan los cambios.
Ninguna institución en México es un ejemplo de lo que significa la administración de recursos públicos en un país democrático y en donde la mayoría de la población vive de forma muy austera o de plano en pobreza. Si la Corte decide ser la institución que pone el ejemplo, ganará un enorme prestigio y legitimidad en la población. Ojalá el próximo presidente del máximo tribunal pueda ver que la austeridad real y no de discurso es la ventana de oportunidad para hacer la diferencia histórica de su gestión.

Jorge Semprúm

¿Quién es Jorge Semprún?/JOSÉ MARÍA RIDAO
Babelia, 20/11/2010;
Franziska Augstein cita a Shelley para recordar que muchos escritores son "un misterio para sí mismos". En el caso de su biografiado, Jorge Semprún, estima que, en efecto, "consigue entrar en sí mismo sin encontrarse". Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo es en gran medida el intento de acompañar al autor de La escritura o la vida en esta inmersión en su pasado y en su literatura. Cinco años de conversaciones, y un exhaustivo conocimiento de su obra, han permitido a Augstein acercarse a la vida de Jorge Semprún, no para darla a conocer, sino para demostrar fehacientemente la imposibilidad de conocerla. Los datos objetivos están ahí, desde el exilio tras la Guerra Civil a su consagración como gran escritor europeo, pasando por Buchenwald y la militancia comunista. Pero la razón última de sus opciones sigue siendo un misterio, una especie de instinto o lucidez que le obliga a desentenderse de la ideología un paso antes de cometer un error irreparable.
(Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo, Franziska Augstein,
Traducción de Rosa Pilar Blanco, Tusquets. Barcelona, 2010, 464 páginas.)
La propia obra de Semprún aparece en esta biografía como una reiterada búsqueda de explicación a sus reacciones ante los acontecimientos decisivos en los que su historia individual se confundió con la colectiva. Por qué, siendo español, se apropia de la lengua francesa hasta convertirla en su principal vehículo de expresión literaria. Por qué, procediendo de la alta burguesía y la nobleza, se incorpora a la Resistencia contra el nazismo y después al Partido Comunista. Por qué, habiendo sobrevivido a Buchenwald, necesita que transcurran 17 años hasta dar cuenta de una experiencia de la que otros autores como Primo Levi, Robert Antelme o David Rousset dejaron constancia desde el momento mismo de recobrar la libertad. Por qué, siendo un dirigente destacado del Partido Comunista, adopta posiciones críticas con la nomenklatura a sabiendas de que acarrearían su expulsión y por qué, a pesar del desgarro íntimo que le provoca, no se convierte en un renegado, abrazando fervorosamente la fe anticomunista al igual que hicieron tantos antiguos militantes. Augstein pone de manifiesto que tampoco Jorge Semprún dispone de una respuesta definitiva. La perspectiva desde la que contempla unos hechos idénticos y muchas veces convertidos en obsesiones cambia en cada novela, ensayo o entrevista, ampliando y corrigiendo las explicaciones anteriores, como si Jorge Semprún fuera el primer sorprendido por haber acertado en sus opciones y por haber logrado seguir con vida.
La principal novedad de la biografía de Augstein es el relato de las torturas a las que Semprún fue sometido tras su arresto por las tropas alemanas. Hasta ahora Semprún siempre había evitado extenderse en los detalles de cuanto vivió entre el momento de la detención y la llegada a Buchenwald, cuando un prisionero le salvó la vida al inscribirlo como estucador y no como estudiante en la ficha de registro. El culatazo en la frente para reducirlo y las sesiones de golpes que siguieron le ayudaron a forjar una estrategia para el caso de caer en manos de la policía franquista mientras desarrolló, años más tarde, su trabajo clandestino en España. También le sirvieron, retrospectivamente, para indagar en las reflexiones de Jean Améry sobre la tortura. A diferencia de él, Semprún no experimentó que su humanidad o su dignidad se desvanecieran al recibir el primer golpe. La razón que encuentra es que un militante de la Resistencia se exponía a la tortura por combatir un régimen político, no por el simple hecho de existir, como les sucedía a los judíos o a los gitanos. Jean Améry era judío además de resistente, por lo que su destino en poder de los nazis era el exterminio y no una reclusión en condiciones tan extremas que podía acarrear la muerte, según ocurriría con Semprún y otros prisioneros.
De manera implícita, Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo ofrece argumentos para contemplar la edad de los totalitarismos desde una perspectiva diferente de la que parece haberse impuesto durante los últimos años. Entre la condena o la hagiografía de los protagonistas que sobrevivieron, realizadas desde un tiempo que, salvo excepciones, no coloca a los individuos ante dilemas trágicos, se abre una posibilidad diferente que consiste en analizar la trayectoria de aquellos que, habiendo defendido lo indefendible, se enfrentaron descarnadamente a su pasado y asumieron las consecuencias de reconocerse equivocados. El valor de su biografía no radica en lo que creyeron una vez, sino en el camino que siguieron para dejar de hacerlo. Jorge Semprún es uno de esos protagonistas, por más que, como señala Augstein, se trate de un escritor que "consigue entrar en sí mismo sin encontrarse". Acompañarlo en la inmersión que lleva a cabo en novelas, ensayos y entrevistas, como también en esta biografía, no es, sin embargo, una tarea estéril. Porque, aunque el misterio de quién es Jorge Semprún permanezca siempre inexpugnable, el retrato del siglo XX, de su siglo, adquiere matices que convendría no olvidar.

Viktor Bout

How to prevent the next Viktor Bout

By Brian Finlay, a senior associate and director of the Managing Across Boundaries Programme at the Stimson Center, an independent public policy thinktank in Washington, DC
THE GUARDIAN, 18/11/10;
Viktor Bout, the notorious international arms dealer, has been extradited to America to face charges of selling weapons to some of the most nefarious strongmen and terrorist actors of modern times – including Jonas Savimbi, Charles Taylor and Mullah Omar. But while Victor Bout’s arrest in Thailand in 2008 and prospective lifetime incarceration is a win for US law enforcement, his capture is, at best, an anecdotal episode in the much larger narrative of an uncontrolled global gray market involving the trafficking of narcotics, small arms, humans, dual-use nuclear items and all manner of contraband from one corner of the globe to willing consumers in another.
Evidence suggests that a “guards, guns and gates” approach will not suffice to overcome the momentous growth of this shadow trade. Nor is any overhaul and harmonisation of global export controls likely soon. A new strategy is required to prevent future Viktor Bouts from flourishing in the globalised economy of the 21st century. Halting the inexorable corrosion of the legitimate economy, and by extension, our security, may yet prove to be one of the greatest challenges of our era.
Offshore outsourcing, supply chaining and just-in-time delivery conspire today to form the lifeblood of the global economy, together helping to generate the greatest mass exodus from poverty in human history over the last half century. Annually, more than 8bn tones of international seaborne trade and the millions of tonnes of airfreight are transported worldwide. Yet, as the rapid movement of goods around the planet has grown, so too has the trans-shipment of illicit items that threaten the very stability of this trade. In unprecedented numbers, small- and large-scale traffickers exploit legitimate carriers to transport their illegal wares undetected.
In the face of massive growth in international trade, governments’ efforts to stem the tide of contraband have proven at best insufficient, and at worst, grossly ineffective. Warlords and terrorists, for instance, were not Victor Bout’s only clients. In May of 2004, it was revealed that the US government had itself been a client of Bout’s network, using him to ship American military materiel to Baghdad in the wake Operation Iraqi Freedom. The inability of the US government to prevent subcontracting to a known outlaw suggests that traditional law and order approaches to trafficking prevention have hit the buffers.
While enhanced government intervention may be necessary in vulnerable environments, the global transportation infrastructure remains largely in private hands. And in a world economy based upon the rapid and efficient movement of goods, overzealous new regulation would be unwelcome and unproductive. So, it falls on the private sector – whose interests are equally imperiled by illicit trafficking – to take a greater role in tackling these threats.
But for governments, too, recruiting the market itself to squeeze out traffickers like Victor Bout would be an obvious win. And the United States government is one of the largest single clients of the global transportation industry. According to the Pentagon, the US Army alone procures $1.8bn annually in commercial freight services. In addition, it is estimated that the Defense Department also directly influences an additional $4bn in shipping contracts worldwide. In an overall market estimated to be $430bn, the US military alone has huge leverage. Adding the purchasing power of the US federal government and other like-minded governments and the market forces currently slanted in favour of the illicit trafficker could be bent back in favour of those willing to play by the rules.
Such state actors could help the industry to develop a voluntary “shipping code of conduct”, by which enhanced scrutiny of cargo would filter out a great proportion of contraband from the legitimate supply chain. Firms tend to resist such measures because they’re seen as additional “red tape”, slowing down transactions. Committed governments could help reinforce positive behaviour up and down the supply chain by recognising this code and dealing only with “white-listed” companies that choose to abide by it. Ultimately, rogue companies would be forced out of the industry by their buying power.
In an era of diminished government resources to combat transnational threats, the solutions to these challenges must go beyond locking up individual bad guys like Bout – whose market niche has undoubtedly been filled by the next unscrupulous profiteer. Solutions designed by industry, enforced by governments and adopted by responsible businesses everywhere are the logical next step in global counter-trafficking efforts

Cardenal no puede criticar a cardenal

El Papa recuerda que un cardenal no puede acusar públicamente a un cardenal
En la Iglesia, sólo el Papa tiene competencia para acusar a un cardenal. Así lo afirma la Santa Sede en un comunicado hecho público al término de la audiencia concedida por el Papa Benedicto XVI al cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena. (28 de junjio de 2010=
Esta reunión tuvo por objeto aclarar la polémica causada por unas declaraciones recientes del arzobispo de Viena, a propósito del caso de su antecesor, el difunto cardenal Hans Hermann Groër, quien dimitió en 1995 al ser acusado de abusos sexuales por un antiguo seminarista, menor de edad cuando sucedieron los hechos.
El cardenal Schonbörn, en declaraciones a un grupo de periodistas concedidas el 28 de abril y publicadas al día siguiente, dio a entender que el cardenal Angelo Sodano, anterior Secretario de Estado con Juan Pablo II, habría impedido la institución de una comisión de investigación sobre el cardenal Groër, por “razones diplomáticas”.
Benedicto XVI recibió inicialmente a solas al cardenal Schönborn, antiguo alumno suyo, para hablar sobre esta cuestión. Después, se incorporaron a la reunión los cardenales Angelo Sodano, decano del Colegio Cardenalicio, y Tarcisio Bertone, secretario de Estado.
En primer lugar, se recordó que “en la Iglesia, cuando se trata de acusaciones contra un cardenal, la competencia pertenece únicamente al Papa; las demás instancias pueden tener una función de consulta, siempre con el debido respeto a las personas”.
Además, según el comunicado, en esta segunda parte de la reunión “han sido aclarados y resueltos algunos equívocos muy difundidos y en parte derivados de algunas expresiones del cardenal Christoph Schönborn, que expresa su disgusto por las interpretaciones realizadas”.
Concretamente, la discusión abordó la polémica causada por el uso de la palabra chiacchiericcio (traducido por ZENIT en servicios pasados como “murmuraciones”) por parte del cardenal Sodano en el discurso Pascual al Papa Benedicto XVI.
La palabra utilizada “ha sido interpretada de manera errónea como una falta de respeto a las víctimas de los abusos sexuales, por las que el cardenal Angelo Sodano alimenta los mismos sentimientos de compasión y de condena del mal”, afirma el comunicado.
Otra de las cuestiones tratadas durante la reunión con el Papa fueron ciertas declaraciones del arzobispo de Viena sobre la cuestión del celibato de los sacerdotes.
Según afirma el comunicado vaticano, el cardenal Christoph Schönborn “ha querido aclarar el sentido exacto de sus recientes declaraciones sobre algunos aspectos de la actual disciplina eclesiástica”.
Al término de la reunión, el Papa, recordando “con gran afecto” su visita pastoral a Austria de primeros de septiembre de 2007, quiso enviar su “saludo y aliento” a la Iglesia que está en Austria, augurando para ella “una renovada comunión eclesial”.

El consistorio de hoy, el tercero del papado

El consistorio de hoy
Se trata del tercer consistorio de su pontificado, ya que el anterior se celebró el 24 de noviembre de 2007, y hubo otro el 24 de marzo de 2006.
Los cardenales proceden mayormente de Europa (15, de los cuales 10 son italianos), cuatro proceden de África, otros cuatro de América y uno de Asia. Con el nuevo Consistorio, los cardenales pasarán a ser 203, de los cuales 121 electores.
Esta es la lista de los nuevos cardenales electores:
- Monseñor Angelo Amato, S.D.B., Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos;
- S.B. Antonios Naguib, Patriarca de Alejandría de los Coptos (Egipto);
- Monseñor Robert Sarah, Presidente del Consejo Pontificio "Cor Unum";
- Monseñor Francesco Monterisi, Arcipreste de la basílica papal de san Pablo Extramuros;
- Monseñor Fortunato Baldelli, Penitenciario Mayor;
- Monseñor Raymond Leo Burke, Prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica;
- Monseñor Kurt Koch, Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos;
- Monseñor Paolo Sardi, Vice Camarlengo de la Santa Iglesia Romana;
- Monseñor Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero;
- Monseñor Velasio De Paolis, C.S., Presidente de la Prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede;
- Monseñor Gianfranco Ravasi, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura;
- Monseñor Medardo Joseph Mazombwe, arzobispo emérito de Lusaka (Zambia);
- Monseñor Raúl Eduardo Vela Chiriboga, arzobispo emérito de Quito (Ecuador);
- Monseñor Laurent Monsengwo Pasinya, arzobispo de Kinshasa (Rep. Democrática del Congo);
- Monseñor Paolo Romeo, arzobispo de Palermo (Italia);
- Monseñor Donald William Wuerl, arzobispo de Washington (Estados Unidos);
- Monseñor Raymundo Damasceno Assis, arzobispo de Aparecida (Brasil);
- Monseñor Kazimierz Nycz, arzobispo de Varsovia (Polonia);
- Monseñor Albert Malcolm Ranjith Patabendige Don, arzobispo de Colombo (Sri Lanka);
- Monseñor Reinhard Marx, arzobispo de München und Freising (Alemania).
Además, el Papa ha elevado a la dignidad cardenalicia a cuatro obispos que “se han distinguido por su generosidad y dedicación en el servicio a la Iglesia”.
Se trata de:
- Monseñor José Manuel Estepa Llaurens, arzobispo Ordinario Militar emérito (España);
- Monseñor Elio Sgreccia, anterior Presidente de la Pontificia Academia para la Vida (Italia);
- Monseñor Walter Brandmüller, anterior Presidente del Comité Pontificio de Ciencias Históricas (Alemania);
- Monseñor Domenico Bartolucci, anterior Maestro Director de la Capilla Musical Pontificia (Italia).