7 nov. 2009

El símbol perdut

CRÍTICA: LIBROS - Narrativa
Coeficiente intelectual e instintos
JUSTO NAVARRO
Babelia, El País, 07/11/2009;
El secreto es un atributo del poder, y Dan Brown ha escrito El símbolo perdido en honor del secretismo de Estado. El escenario es la nueva Roma, Washington, una geometría de palacios, templos, bibliotecas y criptas selladas. Fundada por masones, ahora sirve de campo para "la primigenia batalla entre el bien y el mal", por decirlo con palabras de Brown. El profesor de simbología Robert Langdon cree visitar el Capitolio para una conferencia sobre los símbolos masónicos, pero va al encuentro de un escalofriante malvado, Mal'akh, ángel caído, monje sadomasoquista, exterminador nacido en una cárcel turca. Dura una noche el torneo, en la agonía de un chantaje que tiene como víctimas a Langdon y al Gobierno norteamericano, y amenaza la vida de dos rehenes, los hermanos Peter y Katherine Solomon. Sabios, bellos y millonarios, han caído en manos de Mal'akh, y Mal'akh mutila, asfixia, estrangula, clava destornilladores en la garganta. Qué pide el monstruo es menos preciso: un tesoro de altísimos secretos, el último símbolo, algo así como "la palabra perdida, escrita en una lengua antigua, capaz de conferir un poder inimaginable a aquel que comprenda su verdadero significado". Lo que interesa es la intriga, la aventura, contrarreloj, como en un teleconcurso o un videojuego: una sucesión de pruebas, jeroglíficos y criptogramas en forma de obras de arte, acertijos, cajas y anillos, cuadrados mágicos, una mano cortada, mapas que llevan al tesoro. El decorado incluye pirámides, calaveras, talismanes, puertas falsas. El ritmo es de película, con acuciantes cambios de plano y tiempo narrativo, y el narrador no vacila en engañar al lector con tal de atizar la tensión y el misterio.
El símbolo perdido es una novela sobre la educación de la juventud en el seno de la familia y el Estado. El monstruo Mal'akh es todavía, a la edad en que murió Cristo, un muchacho caprichoso, loco por los tatuajes, el ejercicio físico y los esteroides. Pertenece a la masa confusa. Ansía ese tesoro de conocimientos, "demasiado poderosos y peligrosos para los no iniciados", que debe guardarse lejos de las masas ignaras. Pero el contenido del saber oculto es lo de menos. Como decía el conde Trelawney en La isla del tesoro: "¡Qué importa el tesoro! ¡Es el encanto del mar lo que me arrebata!". Las novelas de Brown son un tesoro en sí mismas, millones de libros vendidos, fuente de beneficios para Hollywood y la industria turística. No sé si el hecho de que El símbolo perdido esté vertido al español por tres traductores (y al italiano por cinco) responde a las urgencias de su lanzamiento mundial, o a una operación equivalente a la de dividir el mapa del tesoro en varias partes, de modo que nadie lo vea entero; en este caso, para que un solo traductor no pueda romper el secreto de la novela antes de su llegada al mercado.
El estilo lo da la ideología: Brown nos cuenta de una minoría riquísima en ciencia, dinero y poder. Suya debe ser la propiedad del conocimiento en una realidad en la que, "después del Once de Septiembre", el Gobierno entra libremente en los ordenadores y teléfonos de los ciudadanos, y, siempre según El símbolo perdido, un departamento de la CIA vigila a sus propios miembros para que no incurran en acciones ilícitas, "el uso de tácticas de tortura ilegales", por ejemplo. Lo dirige otro de los guiñolescos personajes de Brown, la inflexible fumadora Sato, hija de japoneses, de voz ronca y piel como de granito con moho. Mide metro y medio. Tiene "una repulsiva cicatriz (...), un elevadísimo coeficiente intelectual y unos instintos de escalofriante precisión". Salvará a la humanidad de saber demasiado, porque es difícil que los jóvenes y los inmaduros entiendan lo que hacen sus mayores y, cuando creen imitarlos, se convierten en masones falsos, espías, tramposos, torturadores salvajes, asesinos como Mal'akh.
Dan Brown escribe novelas pedagógicas: nos enseña cuál es la marca de ascensores de la Torre Eiffel o de los motores de un Falcon 2000EX, la altura del obelisco de Washington, la etimología de la palabra "corbata", la existencia de la ventilación líquida total (VLT), muy útil en las técnicas de interrogatorio de la CIA, o el nombre del cuchillo con el que Abraham iba a sacrificar a su hijo y que ahora es el puñal del monstruo. ¿Qué es la ciencia noética? "Eslabón perdido entre la ciencia moderna y la antigua mística", es lo que estudia Katherine Solomon en el laboratorio más secreto de Washington para responder a preguntas infatigables: ¿Oye alguien nuestras oraciones? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Tenemos alma? Katherine ha descubierto que la conciencia es una forma de energía. El héroe, Robert Langdon, es escéptico, como el lector, pero Katherine presenta pruebas: su laboratorio ha pesado el alma de un muerto. Y otra mujer, Sato, dicta entre humo otra lección fundamental: cuando un alto funcionario de la CIA le hable de seguridad nacional, "déjese todas las imbecilidades en Cambridge", señor Langdon.
El símbol perdut. Traducción de Imma Estany. Empúries. Barcelona, 2009. 627 páginas.


Birmania

REPORTAJE: EL PUEBLO MÁS TRISTE DEL MUNDO
Testigo del horror/JOHN CARLIN
Publicado en El País Semanal, 08/11/2009;
Esta minoría musulmana de Birmania se ve salvajemente perseguida por la Junta Militar de su país. Viajamos para conocer a los refugiados rohingyas en Bangladesh y Malaisia. Quinta entrega de la serie con la que Médicos Sin Fronteras y 'El País Semanal' quieren rescatar del olvido a las víctimas de la violencia.
He aquí una fórmula para hacer fortuna en tiempos de crisis. Vayan a la punta suroriental de Bangladesh, en la frontera con Birmania, y compren un viejo barco de pesca. Costará 100.000 taka, o 1.000 euros. Prevean 500 euros para arroz y agua potable y quizá otros 500 euros para sobornos. Luego vayan a buscar clientes entre los más desposeídos de Bangladesh, un país tan densamente poblado y tan pobre, que, para que España tuviera unas condiciones económicas similares, debería contar con una población de 550 millones y una renta media, no de la mitad de la que tiene hoy un español, durante la peor recesión que se recuerda, sino de la vigésima parte.
Pero el mercado al que apuntamos aquí es incluso más pobre. Hablamos del que debe de ser el pueblo más olvidado de Asia, y quizá del mundo. Se llaman a sí mismos rohingyas y son una minoría musulmana que vive en Birmania; 30.000 de ellos han sufrido una persecución tan cruel a manos de la junta militar de su país, en gran medida debido a su religión, que han preferido huir al otro lado de la frontera para vivir en un campo de refugiados construido por ellos mismos en una pequeña colina tan ardiente, abarrotada y plagada de enfermedades, que, por contraste, los miserables pueblos vecinos de pescadores en Bangladesh parecen la Costa del Sol.
De las 30.000 personas que viven en el campo, llamado Kutupalong, un tercio son niños menores de 10 años. Cuando un fotógrafo, un trabajador de Médicos sin Fronteras y yo los visitamos, vimos cómo sonreían, se reían, armaban alboroto. La inocencia es la felicidad. No se habrían reído si hubieran tenido alguna idea del destino que les aguarda cuando sean adultos o que quizá esté al acecho a la vuelta de la esquina. Se dan casos aquí de madres desesperadas que, cuando no ven otra posibilidad de supervivencia, venden a los niños, habitualmente para que se conviertan en esclavos; esclavas sexuales, si son niñas. Pero ésos no son los clientes en los que están interesados los inversores de la zona. Lo que buscan son hombres jóvenes, normalmente de entre 16 y 25 años, que osan soñar con un futuro más brillante que lo mejor que puede ofrecerles Bangladesh, pedalear día y noche como conductores de rickshaw, lo que les permite ganar las suficientes migajas como para poder seguir pedaleando el día y la noche siguientes. Para esos jóvenes, la tierra prometida es la nación islámica de Malaisia, un tigre asiático de rascacielos relucientes, modernos puentes y limpias autopistas que se encuentra a 1.500 kilómetros al sur de Bangladesh, un país que, al aterrizar allí en un Airbus 330 de las líneas aéreas malayas, me pareció pertenecía a otro mundo, otro siglo. El Airbus no es una opción para los rohingyas, que no tienen pasaportes porque no se les considera ciudadanos en su propio país. Aquí intervienen los barcos de pesca, el arroz, el agua potable y los sobornos. El empresario astuto, que se ve a sí mismo como una especie de agente de viajes, ofrece a esos jóvenes soñadores un trayecto por mar hasta Malaisia por una tarifa de 200 euros por cabeza. En el barco, de unos 20 metros de largo, cabría normalmente una docena de pescadores. Pero, para este tipo de viaje, sin ninguna necesidad de llenar la embarcación de pescado, el objetivo es llenar hasta 100 cupos. Eso significa una ganancia de 20.000 euros para una inversión de 2.000: un beneficio del 1.000%.
Una limitación del negocio es que sólo se puede emprender a finales de año. Diciembre, invierno en esa parte del trópico, es cuando las tormentas de los mares del sureste asiático se calman y las corrientes y los vientos son favorables para Malaisia. Mientras escribo, los traficantes están comprándose barcos y vendiendo paquetes de viaje, igual que hace un año, cuando más de mil zarparon de las costas de Bangladesh. He hablado con media docena de esos aventureros por separado; aquí figuran las historias de tres de ellos. Sufrieron tormentas, hambre, enfermedades, sed, palizas, cárcel, trabajos forzados y, en diversos momentos de sus trayectos, la seguridad de que iban a padecer muertes lentas y terribles.
Otro tipo de muerte lenta era de la que habían huido en Birmania. Las historias que contaban los viajeros de su vida en su país coincidían con las que me habían contado unos líderes rohingyas en el campamento de Kutupalong, un panorama que evocaba imágenes de la era de la esclavitud en Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX, con un trasfondo no del todo diferente a las vicisitudes más recientes de los palestinos desplazados.
Los rohingyas viven en el noroeste de Birmania, en un Estado llamado Arakan, un nombre que suena al de un hermoso país mágico en uno de los cuentos de Narnia, de C. S. Lewis, pero es, en este caso, una tierra triste en la que gobiernan tiranos. Birmania, dirigido sin tregua por un régimen casi tan impenetrable y siniestro como el de Corea del Norte desde que se negó a aceptar los resultados de las últimas elecciones democráticas en 1990, es un país cerrado a los periodistas extranjeros. Al hablar con los rohingyas se comprende por qué.
Discriminados porque son musulmanes en un país budista, porque suelen tener la piel más oscura que la mayoría de los birmanos (un alto diplomático birmano los calificó recientemente en público de "marrones oscuros" y "tan feos como ogros"), y por una compleja historia de resistencia al control central (en la II Guerra Mundial se aliaron con los británicos en vez de con los japoneses, de quienes eran partidarios en su mayoría los birmanos), son unos presos sin Estado propio en el país en el que han nacido. No pueden trasladarse de un pueblo a otro sin permiso de las autoridades militares locales; no pueden casarse ni tener hijos sin permiso; no tienen la potestad de resistirse cuando les confiscan sus tierras poco a poco para dárselas a colonos budistas llegados de las ciudades; no tienen la fuerza para resistir la obligación de trabajar la tierra que les han robado, sin cobrar nada a cambio; ni pueden oponerse a hacer todas las tareas serviles que les exigen los militares, desde construir carreteras hasta cargar arroz, hasta cortar hierba, y no pueden practicar su religión libremente. Al caer la noche, cuando deberían ir a la mezquita a rezar, no están autorizados a salir de casa. Y existe una política claramente dirigida a debilitar el islam en el Estado de Arakan: cuando se atrapa a alguien efectuando reparaciones en una mezquita, desde arreglar un tejado hasta pintar una pared, se le castiga con la cárcel y una multa.
"Nos dicen que es su país, que no es nuestro", me dijo uno de los viajeros rohingyas con los que hablé, un chico educado, tímido, devotamente religioso, de 19 años, llamado Mohammed. Era el mayor de ocho hermanos, y su padre había decidido que debía ser el salvador de la familia: su misión era viajar hasta Malaisia, encontrar trabajo y enviar periódicamente dinero a casa. "Mi padre estaba muy triste, pero dijo que yo era la única esperanza de la familia". Al saber, por un familiar en Bangladesh, lo que costaba el viaje a Malaisia, el padre de Mohammed vendió dos bueyes y 0,2 hectáreas de tierra por el equivalente a los 200 euros que costaba el billete al paraíso. El chico atravesó las montañas hasta Bangladesh, y allí, antes de subirse a un pequeño barco, junto con otros 82 hombres rohingyas -el más joven, de 12 años; el más viejo, de 60, la mayoría, de unos 18-, el pasado mes de diciembre, llamó con el teléfono móvil de un pariente a su familia. "Tenía la sensación," me dijo, "de que me estaba separando de mi familia para siempre".
Salim -delgado, menudo, pulcro y con voz atiplada- es el segundo de los viajeros de esta historia. Cuando salió el año pasado de Arakan tenía 17 años. Tiene cuatro hermanos y cuatro hermanas. "Mis hermanos mayores tenían que cortar el césped de los soldados, recoger leña para ellos, limpiar sus casas. Eran esclavos", me explicó. "Vi que mi futuro era negro y decidí irme y encontrar otra vida". Llegó hasta Bangladesh, encontró a unos contrabandistas de personas, como él los llamaba, y se puso en contacto con su familia para decirle cuánto dinero necesitaba. "Vendieron sus arrozales; toda la tierra que poseían".
Moniur, mayor que los otros dos, con 23 años, se había ido de Arakan 10 años antes, y en ese periodo trabajó sin respiro como conductor de rickshaw, uno de los miles que se ven llenar las calles del sureste de Bangladesh, en una proporción de 10 rickshaws por cada vehículo a motor. Tenía el rostro delgado y serio de todos los de su gremio, unos hombres obligados a llegar hasta el límite del esfuerzo físico con una alimentación mínima.
Los tres partieron en distintas embarcaciones por la misma ruta: hacia el sur por la bahía de Bengala hasta el mar de Andamán, costeando por el oeste de Tailandia; luego hacia el estrecho de Malaca, dejando Indonesia al oeste, antes de atracar en algún lugar de la provincia de Penang, en el norte de Malaisia. Era un viaje de 1.500 kilómetros; la cantidad de comida y las condiciones de vida en los barcos respondían siempre a un objetivo sencillo: proporcionar el máximo beneficio a los traficantes. No estaban esposados, pero, en todos los demás aspectos, su situación evocaba una vergüenza lejana: la de los africanos occidentales que cruzaban el Atlántico como animales en los barcos de los tratantes de esclavos. La diferencia estaba en que los refugiados rohingyas se subieron a los barcos por voluntad propia. Su grado de desesperación por buscar una vida mejor se demostró nada más comenzar sus aventuras, ya que no salieron corriendo en la otra dirección cuando vieron y olieron el barco que iba a ser su hogar durante dos semanas, si todo iba según lo previsto, cosa que no ocurrió.
Está el caso de Salim, de 17 años, apiñado con otros 107 en la bodega pestilente de un barco de pesca, donde se había almacenado el pescado antes de dirigirse a la costa en los largos años de vida de la embarcación de madera. Los hombres estaban tan abigarrados (nunca fue más apropiada la expresión "como sardinas en lata") que no podían moverse ni un centímetro. Algunos se marearon y vomitaron: todos tenían que orinar y defecar donde estaban.
Pero los seres humanos pueden acostumbrarse a casi todo, si les sostiene la esperanza. Mohammed, Salim y Moniur sabían que lo arriesgaban todo, pero, mientras combatían las náuseas y el hedor y se enfrentaban con desesperada valentía al terror de la muerte en alta mar, no tenían ni idea de hasta qué punto estaban cargados los dados en su contra. En los barcos de Mohammed y Salim, la comida y el agua se acabaron al cabo de 10 días; en el de Moniur, al cabo de 8. En los tres casos estaban aún a unos 500 kilómetros de Malaisia, y pasaron dos días bajo el sol tropical sin nada para comer ni beber. Llegar a su destino dejó de ser lo principal para ellos. Lo único que les importaba era sobrevivir. "Todo lo que veíamos era agua y más agua", contaba Mohammed, "pero lo que no teníamos era agua para beber".
El barco de Moniur se encontró con unos pescadores tailandeses que les dieron agua, pero los entregaron a la marina de su país, que los llevó a la costa y los detuvo; los barcos de Mohammed y Salim llegaron a la orilla en Tailandia, pero vieron frustrados su alivio y su alegría, y su buena fortuna, en cuestión de horas. Todos los pasajeros fueron detenidos. Todos fueron transportados por carretera a una ciudad llamada Ranong; en el caso de Moniur, amontonados en un camión de basuras. Habían perdido todo control sobre sus vidas.
Mohammed revivía su experiencia con intensidad, desahogando su pena y su desesperación; Moniur, mayor y endurecido por la vida del conductor de rickshaw urbano, tenía una memoria extraordinaria para los detalles, pero permaneció rígidamente despegado al contar su historia, como un policía que describiera la escena de un crimen; Salim, el más joven y más dulce de los tres, se mostró contenido y preciso, pero luchó para mantener la calma durante las partes más angustiosas de su narración. Ninguno de los tres, en las más de seis horas que pasé con ellos, sonrió jamás. Su destino fue el de cientos de rohingyas más. Según la única organización en el mundo que se interesa por investigar y dejar constancia de la situación de los rohingyas, una ONG constituida por una mujer (que se llama Chris Lewa y es belga) llamada Proyecto Arakan, en diciembre de 2008 salieron al menos 1.195 personas de Bangladesh con destino a Malaisia en un mínimo de 10 barcos. De ellos, se sabe qué fue de 859; los demás están desaparecidos, presuntamente ahogados o muertos de hambre y sed. Las historias de Mohammed, Moniur y Salim, cuya supervivencia fue providencial, ofrecen pistas gráficas sobre las circunstancias probables de los 329 cuyo fin se desconoce.
Moniur y Mohammed fueron trasladados por el ejército tailandés de Ranong a Koh Sai Dang, la Isla de la Arena Roja, "una colina en el mar", fue la descripción de Mohammed, a un día de barco. "Lo primero que nos impresionó fueron los zapatos que vimos en la playa, cientos de ellos", dijo Mohammed. "Como eran de los que suele llevar nuestra gente, temimos que hubieran matado a sus dueños y que ésa iba a ser también nuestra suerte".
Pero el destino, en forma de ejército tailandés, tenía otros planes. Menos sangrientos, ya que los zapatos pertenecían a otros rohingyas presos en el interior de la isla, pero igualmente siniestros. Retuvieron a los rohingyas en la isla durante 15 días, con palizas continuas (¿Por qué?: "Éramos muchos más nosotros que los soldados. Así que debía de ser para intimidarnos, para controlarnos", explicó Mohammed), y luego llegaron un buque militar y un ferry. "Cuatro de los barcos en los que habíamos llegado, incluido el mío, estaban anclados lejos de la orilla. El ferry fue y volvió varias veces para llevarnos a todos a los barcos. Cuando llegamos a ellos, nos encontramos con que les habían quitado los motores. Entonces unieron los cuatro barcos con cuerdas, y uno de los buques militares nos arrastró hacia alta mar. Nos dijeron que nos estaban llevando a aguas malayas. Pero, al cabo de día y medio, cortaron las cuerdas y nos abandonaron allí, a la deriva".
"Entonces comprendimos", continuó Mohammed, "que la promesa de Malaisia había sido falsa, y empezamos a llorar. Las corrientes empujaron los cuatro barcos en distintas direcciones y acabamos solos. Estábamos seguros de que íbamos a morir".
Uno podría dudar de la veracidad de este testimonio, y del de Moniur, que era idéntico al de Mohammed, ya que estaba en otro de los cuatro barcos abandonados, si no fuera por el hecho de que está corroborado por las exhaustivas investigaciones del Proyecto Arakan de Chris Lewa, e incluso lo ha reconocido el Gobierno tailandés. El primer ministro de Tailandia, Abhisit Vejjajiva, se vio obligado a confesar que en "algunos casos" se habían producido acontecimientos así, aunque, por lo que se sabe, no se ha llevado a cabo ninguna pesquisa oficial.
Si fuera verdad, el resultado tendría que consistir en cargos de asesinato e intento de asesinato masivo. Había 575 personas en los cuatro barcos a la deriva. En el de Moniur, el mayor, había 152. Tras 10 días de ardiente sol tropical y 10 noches de absoluta desesperación, la gente en su barco empezó a morir. "No teníamos comida ni agua; murieron 19 personas", dijo Moniur con su estilo entrecortado. "Arrojamos los cuerpos al agua. Lo único que podíamos hacer los demás era esperar que nos llegara a nosotros la hora de morir".
El barco de Mohammed tuvo más suerte al principio. En sólo unas horas, el mar agitado los arrastró hacia unos pescadores tailandeses que les dieron de comer y los llevaron a la orilla, donde los militares volvieron a detenerlos, les esposaron, les vendaron los ojos y les interrogaron -y los llevaron de vuelta a la Isla de la Arena Roja. Junto con casi 200 hombres más ("muchos tenían llagas en la espalda de estar sentados unos contra otros en los barcos"), Mohammed estuvo en el campo de concentración de la isla durante un mes.
"Entonces nos subieron a una gran balsa y nos sacaron al mar, esta vez con comida, con siete sacos de arroz y dos bidones de agua. Pero volvieron a quitarnos el motor y, al cabo de dos días y una noche, volvieron a soltarnos y nos abandonaron. Fuimos a la deriva durante dos semanas. No tenía ninguna duda de que iba a morir. No había esperanza de tierra ni de rescate. Ya no teníamos fuerzas ni para hablar". Pero entonces llovió, recogieron el agua en las telas de plástico y la vida volvió a la balsa de los muertos vivientes. Al 16º día vieron tierra, y al amanecer del día siguiente, al despertarse, descubrieron que estaban rodeados de barcos de pesca. Esta vez no eran tailandeses. Los pescadores los llevaron a su pueblo, un lugar llamado Idi, en el norte de Indonesia.
Moniur llegó a tierra al cabo de 14 días. "Encontramos agua potable, frutos silvestres para comer", dijo Moniur, "y caminamos, a trompicones entre la maleza, desde el anochecer hasta el alba. Vimos unas señales en un árbol que nos dijeron, para nuestro regocijo, que aquélla no era una isla desierta. Seguimos andando, con energías renovadas, y encontramos a algunos campesinos que nos dieron té y plátanos... Estábamos en la India. En las islas Andamán". Los nueve meses siguientes, que pasó en un centro de detención indio, habrían sido una pesadilla para la mayoría de la gente normal, por ejemplo para esos intrépidos occidentales que participan en los programas de televisión de estilo Supervivientes, en los que les depositan en una isla tropical, cargados de comida y bebida, para probar de qué está hecha su fibra burguesa. Para Moniur se diría, por su escueta forma de describirlos, que aquellos nueve meses fueron unas vacaciones relajantes antes de regresar a su vida de conductor de rickshaws en Bangladesh.
Mohammed sí llegó a Malaisia, a la provincia de Penang, donde le entrevisté. Después de que le rescataran los pescadores indonesios se despertó, tras dos días inconsciente, en una cama de un hospital indonesio. Allí conoció a un policía que, en lugar de pegarle, le llevó a su casa y, junto con su mujer, le cuidó y le alimentó hasta que recobró la salud. El policía le ayudó a hacer realidad el sueño que le había empujado a irse de su país: le dio el dinero y los medios para cruzar, de manera ilegal, pero segura, el estrecho de Malaca hasta Malaisia.
Salim, que no fue abandonado la deriva en un barco sin motor, tuvo la sensación durante un tiempo de que el destino le había favorecido. Después de pasar 21 días en el centro de detención de inmigrantes en Ranong, las autoridades tailandesas le pusieron en un barco que, le dijeron, le iba a llevar por la costa hasta Birmania. Sin embargo, llegó a la costa tailandesa, y las autoridades de inmigración lo entregaron a traficantes tailandeses; uno de los numerosos ejemplos que vi en mis entrevistas con los viajeros rohingyas, y confirmados por la activista de los derechos humanos rohingyas Chris Lewa, de complicidad entre los traficantes de personas y los funcionarios tailandeses. "Nos llevaron en un compartimento oculto bajo una furgoneta a una casa alargada en una plantación de caucho en la que había otros muchos como yo, que habían intentado ir de Bangladesh a Malaisia," recordaba Salim. "Dijeron que si les decíamos los números de teléfono de familiares o conocidos con dinero en Malaisia, ellos llamarían y pedirían el precio de llevarnos a través de la frontera".
"yo no tenía amigos ni familiares en Malaisia, y se lo dije. Pero ellos no querían creerme. Me dieron bastonazos cada día durante 10 días". Hasta que los traficantes reconocieron la derrota. El frágil chico, apenas más grande que un chico de mediana estatura de 13 años en Europa, debía de estar diciendo la verdad. Era el orgullo y la esperanza de su familia en Birmania, pero ésas eran todas sus conexiones. Los traficantes tenían un plan B: llevar a Salim y a otros nueve rohingyas en una furgoneta a un puerto de pesca tailandés y entregárselos a un pescador de arrastre.
"al principio me puse contento. Era un trabajo muy duro. Sólo tres días libres al mes. Salíamos al mar a las cinco de la tarde y trabajábamos hasta las diez de la mañana siguiente, echando las redes, sacando el pescado, limpiando las redes, limpiando el barco". Le pagaban unas monedas al día para cubrir sus necesidades elementales de comida y esperaba con ansiedad su sueldo al final del mes, deseoso de poder llamar, por fin, a sus familiares con la buena noticia de que había triunfado en su misión y les iba a enviar dinero.
Pero entonces, cuando llegó el fin de mes, vio que los pescadores tailandeses cobraban y él no; que ellos iban a la orilla a ver a sus familias, pero él no estaba autorizado a bajar del barco. "Cuando pedí mi sueldo me dijeron: 'No, tú no eres como el resto de la tripulación. Tu sueldo se paga en otra parte'. Dijeron que me habían vendido, que mi jefe se había quedado con todo mi dinero. Pregunté quién era mi jefe y me dijeron el nombre del traficante tailandés que dirigía la plantación de caucho".
¿Qué sintió en ese momento? "De pronto sentí que se me caía el cielo sobre la cabeza: me quedé mucho rato sin poder moverme. No me dijeron nada más. Creí que me habían vendido para el resto de mi vida. Creí que me habían vendido para siempre. El resto del tiempo que estuve allí, no recuerdo un día en el que no llorara en silencio".
No había posibilidad de escapar, dijo. "Oí hablar de otros como yo a los que habían arrojado al mar porque habían intentado huir". Pero una noche, cuando llevaba nueve meses en cautividad, llegaron unas personas en una furgoneta, empleados del traficante que era su "jefe", y lo llevaron en un largo viaje a través de la frontera hasta Malaisia. "Son crueles, pegan a la gente, compran y venden a la gente, son asesinos, pero conmigo cumplieron su palabra. Mis nueve meses de trabajo habían pagado el dinero que me habría costado atravesar la frontera si hubiera tenido familiares que pudiesen pagarlo".
Fue un peculiar caso de honor entre ladrones. Le dejaron en una mezquita en la provincia de Penang, Malaisia, donde se reveló que, pese a toda la crueldad que hay en el mundo, también existe bondad. Como en el caso de los isleños indios que dieron a Moniur té y plátanos, y en el del policía indonesio que cuidó a Mohammed hasta que estuvo bien y le dio dinero para que completara el viaje, cuando todos los demás habían tratado de extorsionarle, del mismo modo, Salim, cuya vida había dependido de un rescate, conoció a un anciano en la mezquita malaya que lo acogió bajo su protección. "Me dio un teléfono para llamar a mi familia, me dio algo de trabajo y me pagó un poco, y luego me dio dinero para coger un autobús hasta Georgetown, una gran ciudad malasia en la que esperaba encontrar trabajo, como así fue".
Consiguió lo que no había logrado Moniur, más viejo y más duro. Éste, al final de nuestra entrevista, un mes después de haber vuelto desde la India hasta Bangladesh, se permitió un momento de debilidad, ofreció un atisbo del horror, la impotencia y la angustia física que debió de soportar, cuando le pregunté si podría pensar algún día en volver a emprender el viaje a Malaisia. "Mire", me contestó, "pensé muchas, muchas veces que iba a morir. Muchas veces. Así que no. No volveré a intentarlo. Me voy a quedar para siempre en Bangladesh. La vida aquí es dura, pero es vida".
El campo de refugiados de Kutupalong también es vida. Es incluso una vida luminosa y alegre para el que emerge de los oscuros lugares a los que descendieron Moniur, Mohammed y Salim; luminosa y alegre, si uno se tapa la nariz y cierra los ojos ante la miseria que le rodea -ante las alcantarillas abiertas en la colina y las chabolas calientes con techos de plástico negro y suelo de barro en las que vive la gente- y lo único en lo que se fija es en los rostros de los 10.000 niños que allí viven. Tenían unas sonrisas tan grandes como Asia cuando se apiñaban alrededor de nosotros, los extranjeros, y todos nuestros gestos les provocaban risa. Una niña de unos 11 años que llevaba unos pendientes de cristal azul violeta nos pareció especialmente preciosa. Le hicimos fotografías, para las que posó como una modelo profesional, pero cuando nos fuimos del campamento sentí miedo por ella. Tenía en los ojos una capacidad de seducción natural e inocente que otras almas menos compasivas también notarían, sin duda. La idea atroz que se nos ocurrió fue que si los responsables del tráfico sexual son allí tan activos como los contrabandistas de personas, los que trafican con los sueños de los jóvenes, y nos dijeron que era así, ¿qué esperanza tenía esa niña?
Y, aunque tuviera suerte y se escapara de las garras de los malvados, que, según dicen, venden a esas niñas rohingyas en lugares tan lejanos como China, ¿qué futuro podría aspirar a tener? Las sonrisas y las risas de los niños, tan dulces y vibrantes como las de los niños con acceso a agua y jabón, y educación y Nintendos, en los mejores barrios de Barcelona o en las zonas más verdes de Londres, son los augurios inocentes y felices de una terrible condena. Si viajamos mentalmente a dentro de 10 años, veremos a la niña de los pendientes azul violeta transformarse en Nur Ayesha, una mujer de 23 años a la que conocí en una chabola sofocante.
Nur, de rostro fino, pero expresión amargada, me contó que se fue de Arakan hace cuatro años para casarse, porque ni el hombre al que amaba ni ella tenían dinero para pagar la cantidad que les exigía el ejército birmano. Después de un año de miseria en Kutupalong, su marido decidió marcharse en busca de una vida mejor. Nur no sabía, o no quiso contar, si se había ido en barco a Malaisia o había intentado ir por tierra, como hacen algunos. El caso es que nunca regresó. Suponía que había muerto, y la dejó con un niño de dos años al que no podía cuidar. "Estaba enferma y el niño también, no tenía dinero para el tratamiento; tenía hambre y no tenía dinero para comprar comida", me dijo, lo cual me trajo a la memoria la imagen que había visto en un puerto allá en Bangladesh de otra joven, metida en el agua hasta la cintura con un niño en brazos, pidiendo pescado a un barco que llegaba. Tal vez Nur lo intentó y no tuvo suerte. Así que optó por el último recurso. "Me dijeron que había gente que compraba niños. Vendí a mi hijo de dos años a unos que dijeron que venían de la ciudad".
Nur se dice a sí misma que quienes compraron al niño lo criarían bien; que lo compraron porque no podían tener hijos. Trabajadores de ONG que conocen bien Bangladesh dicen que, por desgracia, eso no es verdad; que la madre se engaña a sí misma o miente. El niño, me aseguran, está condenado a una vida de esclavo, quizá, incluso, esclavo sexual. Pregunté a Nur por cuánto había vendido al niño. Respondió sin indicar horror ni sensación de injusticia, como si el precio hubiera sido justo, que lo había vendido por 500 taka; cinco euros.
Tal vez no habría tenido la necesidad de hacerlo si su marido hubiera llegado a Malaisia y hubiera enviado dinero a casa. La pregunta es si de verdad la vida es mejor para los rohingyas en aquel país; si perseguir ese sueño merece los costes, los sacrificios y los riesgos. Mohammed y Salim, que llegaron allí, parecían pensar que, en conjunto, la respuesta era sí.
Mohammed, que había encontrado trabajo ocasional en la construcción, se ha unido a una pequeña comunidad rohingya y ha encontrado una pequeña mezquita en la que puede rezar en paz cuando quiere. De lo que se lamenta es de que no ha podido cumplir aún las esperanzas de su familia, de que no ha sido capaz de enviarles ningún dinero.
Salim, que trabaja en una tetería, sí ha enviado dinero a casa, pero ha descubierto que un tercio se lo queda inmediatamente, como "impuesto", el ejército birmano local, que controla como un Gran Hermano orwelliano a toda la población rohingya y puede detectar, mediante escuchas y espías, cuándo recibe dinero cada familia. ¿Se consideraba afortunado, a pesar de todo? Salim reflexionó largamente antes de contestar. "Me considero afortunado porque me dejaron irme del barco y me trajeron aquí, y porque muchos murieron y yo sobreviví. Pero mi temor constante es que me detengan los agentes de migración y acabe trabajando de nuevo como esclavo en un barco de pesca, y que entonces no tenga tanta suerte y me quede ahí el resto de mi vida".
Le pregunté si pensaba volver algún día a Birmania. "Me gustaría volver a ver a mi familia", dijo este chico inteligente y de ojos oscuros y tristes que, a sus 18 años, ha vivido ya mil vidas. "¿Pero cómo? No, no es posible. Ésta es mi vida ahora".
La suya y la de unos 25.000 rohingyas que han encontrado un precario refugio en Malaisia. Fui a una escuela en la provincia malasia de Penang, o mejor dicho, a una casita en la que una docena de niños rohingyas pasaban el tiempo haciendo lo que les gustaría hacer a los niños de Kutupalong: aprender a escribir, matemáticas, inglés, el Corán. En una pared había un gráfico con las banderas de todos los países del mundo en él. Pedí a un profesor que me indicara su bandera. Se lo pedí a un niño. Se lo pedí a todos los niños. Todos, en silencio y sin vacilar, colocaron su dedo sobre la bandera de Birmania, un país del que han huido, que no les quiere y les humilla y explota todos los días de su vida.

El Salvador


El Salvador todavía está recuperándose de la guerra civil: unas 75.000 personas murieron en el sangriento conflicto de 12 años y miles siguen desaparecidas.
La guerra civil protagonizada por el ejército y la guerrilla izquierdista del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) estalló tras el asesinato del arzobispo de San Salvador Oscar Arnulfo Romero, el 24 de marzo de 1980.
La derechista Arena, heredera de la dictadura y que tuvo entre sus fundadores varios de los más temibles hombres de los "escuadrones de la muerte" ha gobernado desde 1989, es decir desde tres años antes de la firma de los acuerdos de paz de 1992. Cuenta con el respaldo de la comunidad empresarial y de las clases altas, pero en enero perdió parte de su caudal de votos. Obtuvo 32 bancas parlamentarias frente a las 35 del ex guerrillero FMLN. Los restantes 17 escaños se repartieron entre otros partidos, en su mayoría conservadores. La izquierda logró en esas elecciones una ajustada victoria, que le permitió colocarse como primera fuerza política. Y además, gobierna San Salvador, la capital.
Cerca de una tercera parte de la población salvadoreña emigró huyendo de la pobreza y de la guerra. Más de 2 millones están trabajando en EE.UU. y otros 600.000 en otros países.

Ejércitos de la noche

Ejércitos de la noche/RAYMUNDO RIVA PALACIO
Pubñlicado en El País, 04/11/2009;
Mauricio Fernández, miembro de una de las familias más ricas de México y político por vocación, abrió por la puerta de atrás un debate nacional que tiene a muchos alarmados. El sábado pasado, al tomar posesión como alcalde del municipio San Pedro Garza García, en el estado norteño de Nuevo León, y considerado el más rico per cápita del país, reveló en su discurso que esa misma mañana, el miembro de uno de los cárteles de la droga más violentos que hace tiempo lo amenazó de muerte y era el principal secuestrador en esa zona, había sido ejecutado en la ciudad de México. Como no había información pública sobre ese incidente sucedido a casi mil kilómetros de distancia, y Fernández había dicho en su mensaje político que enfrentaría al narcotráfico por encima de sus atribuciones, desató las especulaciones sobre si su mano estaba detrás de esa ejecución.
Fernández se sorprendió de que sus palabras se convirtieran en noticia de primera plana en los periódicos nacionales y que terminaran en las páginas de análisis. Pero ¿qué podía esperar? Su revelación fue unas cuatro horas antes que siquiera se descubrieran los cadáveres, y con seis de antelación a que las autoridades identificaran los cuerpos. La realidad estaba construida, en el contexto de la guerra contra el narcotráfico que tiene dividido al país. La percepción es que el gobierno va perdiendo la guerra contra los cárteles de la droga por la espiral de violencia desatada a partir de que empezó su cruzada contra el narcotráfico. El gobierno dice que la violencia tiene que ver, precisamente, con el éxito de su campaña contra los delincuentes. Pero la sociedad se siente insegura y amenazada, y sus representantes más poderosos, como los empresarios, han venido dando muestras de hastío con el presidente Felipe Calderón y de creciente insatisfacción por la forma como está resolviendo el problema del narcotráfico.
La relación mecánica que se hizo en los medios de la revelación de Fernández y la ejecución de su enemigo no es, sin embargo, algo tomado a la ligera. Desde el año pasado los grupos empresariales del país han venido discutiendo la posibilidad de armar sus propios ejércitos de la noche para enfrentar a los narcotraficantes, pues consideran que el Ejército Mexicano y las policías federales, no están pudiendo con ellos. En una reunión privada que sostuvo Calderón con empresarios de Ciudad Juárez, la ciudad norteña en el estado de Chihuahua que todos los días rompe su propio récord de ejecuciones, recibieron como respuesta a sus preocupaciones que si las cosas estaban mal, peores se iban a poner, y que hicieran como empresarios de otros estados, que estaban contratando escoltas y el gobierno les otorgaba permisos de portación de armas. Los empresarios de Juárez se quedaron indignados.
La razón de la existencia de los gobiernos es proveer, precisamente, seguridad a sus ciudadanos. Los mexicanos no sienten que el gobierno de Calderón esté cumpliendo con esa responsabilidad primaria, sin aceptar el discurso oficial de que poco más del 92% de quienes han muerto están relacionados con el narcotráfico. El país está en guerra, declarada por el gobierno, pero el gobierno se queja de que la guerra no está por todo el país. Tiene razón, pero está equivocado. La guerra nunca toca en forma clara el nervio central de un gobierno hasta que la pierde o está en camino de perderla. Pero la guerra sí se ve en muchas otras ciudades importantes del país, que es el reclamo permanente de los empresarios, como los de Ciudad Juárez.
El desencuentro que hubo en aquella ciudad fronteriza con Estados Unidos, tuvo consecuencias colaterales. A través de mensajes en Internet, un llamado Comando Ciudadano de Juárez convocó a los ciudadanos a formar un grupo armado y a asesinar cada 24 horas a un delincuente. En enero apareció en las calles de esa ciudad un ejecutado que colocado un mensaje sobre el cuerpo que decía: "Esto es para quien continúe extorsionando". En junio, aunque por breve tiempo, estuvo en YouTube un video donde otro grupo, Empresarios Unidos-Escuadrón de la Muerte, incitaba a asesinar a delincuentes. La justicia por propia mano. Vigilantes, al mejor estilo de la impotencia ciudadana, como en estos días los medios sugieren que hizo Fernández.
Pero el alcalde de San Pedro Garza García está lejos de ser un hombre aislado del imaginario empresarial. Hace algunos meses, otro grupo de empresarios, entre los cuales se encontraban algunos de los más ricos de México y el mundo, debatieron la posibilidad de contratar comandos extranjeros para cuidar sus intereses y empezar a actuar contra el narcotráfico en sus mismos términos y condiciones. Los empresarios no sienten, como muchos mexicanos, que el gobierno esté haciendo lo mejor para resolver el problema de la delincuencia. Algunas empresas tras evaluar el costo-beneficio de pagar extorsión a un cártel de drogas o incrementar sustancialmente la protección en sus rutas de distribución y comercialización, están pagando una cuota mensual a los narcotraficantes. Algunos grandes consorcios se negaron a hacerlo y contrataron seguridad adicional, con lo cual sus costos se han elevado de manera significativa.
La impotencia es un sentir que cada vez se extiende más entre un mayor número de grupos sociales. Las críticas a la forma como el gobierno encauzó su guerra contra el narcotráfico van ganando nuevos adeptos. Entre los más visibles ya no están los estudiosos o los intelectuales que escriben en los periódicos, sino el propio ex presidente Vicente Fox y sus antiguos colaboradores, que pertenecen al mismo partido que Calderón, quienes son los primeros agoreros del desastre de la estrategia del gobierno. Menos visibles son los empresarios, pero a la vez los únicos que están en condiciones de armar sus propios ejércitos y salir a la calle a matar narcotraficantes. No hay evidencias sólidas de que esto ya esté sucediendo. Las declaraciones de Fernández, que pertenece a una de las familias más ricas de México, tampoco prueban nada, cuando menos hasta ahora. Pero de que hay muchas ganas de hacerlo, las hay.

Dejar de preocuparse

Deje de preocuparse tanto/CRISTINA LLAGOSTERA
Publicado en El País Semanal, 08/11/2009;
Ocuparse de algo antes de que ocurra da sensación de control a algunas personas. Sin embargo, puede generar estrés y no mejora la capacidad para afrontar las dificultades.
Siempre sufriendo por lo que pueda pasar, siempre pensando en posibles peligros o problemas: para algunas personas, la preocupación constituye una compañera permanente que les impide vivir de manera relajada. Se sienten nerviosas con facilidad y pueden incluso tener dificultad para conciliar el sueño o concentrarse. Su mente está siempre alerta, dando vueltas alrededor de los temas que en ese momento les inquietan.
La palabra preocupación significa justamente ocuparse con insistencia de algo antes de que suceda, lo que causa desasosiego o temor. Pero, ¿tiene sentido angustiarse por lo que todavía no ha ocurrido? Las personas para las que preocuparse supone un hábito necesitan esa actividad mental para hacer su vida más predecible. Si no se agobian, si no piensan en las múltiples posibilidades, especialmente las más negativas, no sienten que dominan la situación.
La preocupación produce una ilusión de control. A menudo se considera que esa estrategia permite estar más preparado para cualquier contrariedad o revés del destino. Sin embargo, la realidad suele ser bien distinta: preocuparse por anticipado no sólo no mejora la capacidad para afrontar las dificultades, sino que genera estrés a través de la imaginación, lo cual tiene idénticas repercusiones físicas, mentales y emocionales que una situación real.
La ilusión de control
"El hombre tiene sus preocupaciones en todos los rincones de la Tierra" (Confucio)
Nuestro cerebro es una máquina de anticipar. A lo largo del proceso evolutivo ha incrementado paulatinamente su capacidad para predecir, utilizando analogías con el conocimiento acumulado de experiencias anteriores, tanto propias como de los ancestros. Según el escritor y filósofo José Antonio Marina, no existe especie más miedosa que la humana. Es el tributo que hemos de pagar por nuestra inteligencia privilegiada.
Por un lado, esta facultad para ser previsores constituye una ayuda inestimable para la supervivencia, dado que permite evitar el peligro incluso antes de que se manifieste. También es un recurso para aprender, así como para planear proyectos y crear medios con que lograr metas futuras. Pero esta habilidad también causa alguno de nuestros fallos más evidentes.
Precisamente la capacidad de anticipar es lo que atrapa a muchas personas en círculos viciosos de preocupación. Al vivir entre el recuerdo y la imaginación, entre los fantasmas del pasado y el futuro, se reavivan antiguos peligros o se inventan amenazas nuevas. Resulta fácil entonces confundir la fantasía con la realidad, y sufrir terriblemente por la incertidumbre de lo que pueda pasar.
¿Una cuestión de carácter?
"Al hombre sólo le gusta contar sus problemas, pero no cuenta sus alegrías" (Fiódor Dostoievski)
Hay personas que se definen como sufridoras. Consideran la preocupación como un rasgo de su carácter. No sólo se atormentan a sí mismas con esta exagerada aprensión, sino que también suelen desplazar este temor a las personas de su entorno. Piden, o a veces exigen, recibir noticias constantes para lograr su propia tranquilidad y, sin darse cuenta, pueden hacer sentirse a los demás responsables de su sufrimiento.
A nivel social, preocuparse por el bienestar ajeno se considera signo de interés y entrega hacia los demás. Posiblemente por este motivo quienes se identifican con esta cualidad la proclaman incluso con orgullo: "Soy así, no puedo evitarlo".
En parte esta afirmación resulta acertada. Si se intenta eliminar de la mente una preocupación a menudo se obtiene el resultado contrario: el pensamiento se torna todavía más presente o se intensifica. Se debe al efecto paradójico de la evitación, pues cuando se pretende no pensar en algo, en ese mismo momento ya está ocupando la mente.
Intentar suprimir las ideas que generan angustia, por tanto, no supone una verdadera solución. Por eso al final la persona cree que la inquietud es algo irremediable y superior a ella.
Adiestrar el pensamiento
"Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo" (Franz Grillparzer)
Quizá no se pueda evitar que aparezcan preocupaciones, pero sí decidir conscientemente qué hacer con ellas. De ese modo, en vez de crecer e invadir gran parte del espacio mental, pueden definirse de manera más concreta y dar pie a acciones productivas.
Sabemos que los pensamientos influyen directamente en el estado anímico y encierran por ello un gran poder. Pero pocas veces se señala que al pensar bien también se aprende, lo cual a menudo ni surge de manera natural ni resulta fácil. Si se deja que la mente vague libre, es posible que la persona se sienta perdida a causa de un pensamiento desbordado y fuera de control.
Para empezar, conviene ser cuidadoso con los calificativos que se utilizan al hablar de uno mismo, especialmente si se trata de etiquetas limitantes que cierran posibilidades de cambio. Las personas tenemos ciertas tendencias de carácter, pero lo valioso es utilizar esta materia prima -sea una predisposición ansiosa, perfeccionista, extrovertida...- para sacarle el máximo partido en vez de que se transforme en algo problemático. La clave es aprender a tratar las preocupaciones como lo que son: ideas sobre el futuro pero no el futuro en sí. De hecho, en cuanto aparece una inquietud se puede decidir entre alimentar el temor o ponerle límites.
Una cosa son los pensamientos que surgen y otra la persona que los experimenta, que puede observarlos y elegir cómo actuar ante aquello que ocupa su mente. Realizar esta diferenciación permite adquirir mayor dominio sobre los propios pensamientos, aprendiendo a valorarlos, a comprobar su veracidad o a definir la probabilidad de que lo que se teme realmente suceda. De este modo, en vez de estar a merced de las propias preocupaciones, se adquiere la libertad para escucharlas o no según convenga.
Percepción distorsionada
"Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias" (John Locke)
La preocupación mantiene a la persona en un continuo: "¿Y si...?", que se traduce en un estado de alerta y tensión, nerviosismo e incluso irritabilidad. Viene a ser como si todas las alarmas estuvieran encendidas.
Podemos imaginar lo que implica sostener a lo largo del tiempo un estado de tensión de este tipo. La preocupación excesiva se vincula a trastornos de ansiedad y produce un importante desgaste físico y mental. El sufrimiento de quien se preocupa excesivamente es real, aunque el principal artífice sea su propia mente y no las circunstancias.
La psicología nos advierte sobre las distorsiones cognitivas. Consisten en modos de interpretar la realidad que resultan desacertados o extremos y conducen a emociones y estados anímicos desagradables. En la preocupación resulta evidente que las cosas no nos afectan por lo que son sino por cómo las vemos.
Las personas que se angustian más de la cuenta suelen sobrevalorar el peligro e infravalorar su capacidad para afrontarlo. Su atención se dirige especialmente a lo que resulta más negativo o amenazador, haciendo caso omiso de las demás señales.
De entrada, no hay que creerse al pie de la letra el mensaje que surge desde la preocupación, dado que probablemente se trata de una información distorsionada que es preciso contrastar con la realidad.
Tolerar la incertidumbre
"La dicha humana reside en dos cosas: estar libre de enfermedades del cuerpo y libre de preocupaciones del espíritu" (Lin Yutang)
Quien tiende a preocuparse suele tener una asignatura pendiente: aprender a tolerar mejor la incertidumbre.
Es precisamente la dificultad para aceptar lo incierto lo que conduce a utilizar la preocupación como una estrategia de control. Ante una situación, se imaginan todas las posibles eventualidades, con el fin de obtener una respuesta adecuada para cada una. Mantener la mente ocupada alivia la inquietud del "no saber".
Sin embargo, a pesar de proporcionar esta ilusión de control, sufrir por anticipado no varía la probabilidad real de que algo suceda. Es más, vivir con el alma en vilo conlleva un alto coste: sentirse mal y angustiado durante todo el proceso.
Reorganizar la mente
"Hay dos tipos de preocupaciones: las que usted puede hacer algo al respecto y las que no. No hay que perder tiempo con las segundas" (Duke Ellington)
Si nuestra mente pudiera compararse a una pantalla de ordenador sería útil observar cuántos archivos con temas preocupantes están en danza en este momento. Cuando existen demasiadas carpetas abiertas el sistema va más lento, dado que las preocupaciones consumen memoria operativa. Y en ocasiones aparece un tema principal que ocupa toda la pantalla.
Siguiendo con el símil del ordenador, al observar las preocupaciones que aparecen en la pantalla conviene valorar si merecen que se les dedique cierto tiempo, si es preferible resolver esas cuestiones definitivamente y cerrarlas o si ha llegado el momento de arrojarlas a la papelera y eliminarlas para siempre del escritorio.
Por supuesto, no toda preocupación resulta nociva; a menudo, ante sucesos difíciles, es irremediable y humano sentir inquietud. Entonces puede ser útil preguntarse: ¿estoy mentalmente en el momento presente o más bien en el futuro? o ¿qué puedo hacer ahora para mejorar la situación? Diferenciar lo que está en nuestras manos y lo que no permite vivir un presente más libre de preocupaciones.
Libros que dan calma
‘Adiós, ansiedad’, de David Burns. Ediciones Paidós.
‘Es fácil dejar de preocuparse’, de Allen Carr. Editorial Espasa Calpe.
Seis formas de exagerar los peligros
La preocupación crónica se nutre de una serie de distorsiones cognitivas que acrecientan la sensación de amenaza:
1. Magnificación
Se exagera el peligro que entraña una situación dada.
2. Adivinación
La persona cree que sus pensamientos negativos van a hacerse realidad.
3. Etiquetar
Hablar de uno mismo como “una persona sufridora”, algo muy difícil de cambiar.
4. Filtro mental
Se detectan los aspectos amenazantes mientras se pasan por alto los que no lo son.
5. Generalizar
Un hecho negativo aislado se generaliza al resto de la persona o de la situación.
6. Deducción emocional
Se tiende a sacar conclusiones a raíz de sensaciones o emociones negativas. “Me siento angustiado; seguro que irá mal”.

El crucifijo en tribunales

El crucifijo, los jueces y Natalia Ginzburg/Giuseppe Fiorentino y Francesco M. Valiante
Publicado originalmente en "L'Osservatore Romano", diario de la Santa Sede
Es sobre la sentencia del Tribunal europeo de Derechos Humanos con la que condenó a Italia por colocar crucifijos en las escuelas.
* * *
De todos los símbolos que a diario perciben los jóvenes, la sentencia dictada el miércoles 4 de noviembre por el Tribunal de Estrasburgo -que prohíbe la exhibición del crucifijo en las aulas escolares italianas porque supone que es contraria al derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y al derecho de los niños a la libertad de religión- ha golpeado aquello que más representa una gran tradición, no sólo religiosa, del continente europeo. "El crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana que diseminó por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente". Quien escribió estas palabras, el 22 de marzo de 1988, fue Natalia Ginzburg en las páginas de "L'Unità", el diario fundado por Antonio Gramsci, entonces órgano del Partido comunista italiano.
Las palabras de esa escritora, a más de veinte años de distancia, expresan un sentimiento todavía ampliamente compartido en Italia. Lo demuestran las numerosas reacciones que han seguido al pronunciamiento del tribunal europeo. Mientras el Gobierno italiano ha anunciado que ha presentado recurso contra la sentencia, el mundo político ha manifestado casi unánimemente la falta de sentido común que supone la medida, subrayando cómo la laicidad de las instituciones es un valor muy distinto de la negación del papel del cristianismo. "Estupor y pesar" ha expresado en particular el director de la Sala de prensa de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, en una severa declaración emitida por Radio Vaticano y por el Telediario del primer canal de la rai, la televisión pública italiana. "Es grave -afirmó- querer marginar del mundo educativo un signo fundamental de la importancia de los valores religiosos en la historia y en la cultura italiana". Y continuó: "Sorprende, además, que un tribunal europeo intervenga seriamente en una materia vinculada muy profundamente a la identidad histórica, cultural y espiritual del pueblo italiano. No es este el camino adecuado para atraernos a amar y compartir más la idea europea que, como católicos italianos, hemos sostenido fuertemente desde sus orígenes".
La Conferencia episcopal italiana ha hablado de "visión parcial e ideológica", subrayando que en la decisión del tribunal "se ignora o se descuida el múltiple significado del crucifijo, que no es sólo símbolo religioso, sino también cultural".
Conviene recordar que en Italia el Consejo de Estado en 2006 ya había considerado legítimas las normas que prevén la exhibición del crucifijo en las escuelas, afirmando que ello no implica discriminación respecto a los no creyentes porque representa "valores civilmente relevantes y, especialmente, aquellos valores que subyacen e inspiran nuestro orden constitucional".
De hecho, la sentencia del Tribunal de Estrasburgo, con la intención de tutelar los derechos del hombre, acaba por poner en tela de juicio las raíces sobre las cuales se fundan esos mismos derechos, desconociendo la importancia del papel de la religión -y en particular del cristianismo- en la construcción de la identidad europea y en la afirmación de la centralidad del hombre en la sociedad. Bajo otro perfil, la decisión de los jueces de Estrasburgo parece inspirada en una idea de laicidad del Estado que lleva a marginar la contribución de la religión a la vida pública. Así se podría prefigurar un futuro no tan lejano en el que los ambientes públicos estarían despojados de cualquier referencia religiosa y cultural por miedo a ofender la sensibilidad de otros. En realidad, no es con la negación, sino con la acogida y con el respeto de las diversas identidades como se defiende la idea de laicidad del Estado y se favorece la integración de las distintas culturas. "El crucifijo representa a todos" -explicaba Natalia Ginzburg- porque "antes de Cristo nadie había dicho jamás que todos los hombres, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, judíos y no judíos, negros y blancos, son iguales y hermanos".

Negroponte

Un halcón republicano liderará el Consejo de las Américas
Nota de Ana Baron
Clarín, 2 de octubre de 2009;
Un cruzado de la Guerra Fría, el ex embajador en Honduras John Negroponte, fue nombrado Presidente del Directorio de la America's Society y del Consejo de las Américas, dos organizaciones que reúnen a los empresarios y banqueros estadounidenses con intereses en nuestro países.
Negroponte reemplaza en su nuevo puesto a William Rhodes, un ex alto ejecutivo del Citibank. El comunicado de prensa que anunció su nombramiento ayer recuerda que Negroponte fue cinco veces embajador (Honduras, México, Filipinas, Naciones Unidas e Irak) y es un experto en seguridad nacional.
Lo que el comunicado no dice es que Negroponte es uno de los representantes más ilustres del ala más dura del partido Republicano, recordado fundamentalmente por su apoyo a los contras nicaragüenses en la Guerra de América Central en la década del 80. Tampoco dice que muchos lo acusan de haber sido uno de los mentores de los escuadrones de la muerte hondureños.
Cuando Negroponte aterrizó en Tegucigalpa (Honduras) en 1981 al inicio de la presidencia de Ronald Reagan, su predecesor, el embajador Jack Binns, ya había denunciado numerosas violaciones de los derechos humanos por parte de los militares hondureños. En uno de sus cables, Binns -que era hombre de Jimmy Carter- había dicho que el presidente hondureño, el general Gustavo Alvarez Martínez, estaba modelando su campaña contra la subversión a imagen y semejanza de la "guerra sucia" argentina. De hecho, en ese momento ya había militares argentinos asesorando y entrenando a los militares hondureños tanto en Tegucigalpa como en Buenos Aires.
Con Negroponte en Tegucigalpa, todas las denuncias de Binns se acabaron. En los informes sobre la situación de los derechos humanos de Negroponte recientemente desclasificados, Honduras se parece más a Noruega que a la Argentina. Rich Chidester -que trabajaba en aquel momento con él en la Embajada- reveló que tenían prohibido usar las palabras "tortura" y "ejecuciones". Gracias a esas omisiones, la ayuda militar estadounidense a Honduras pasó de US$ 3,9 millones a US$ 77.4 millones sin que el Congreso pudiese impedirlo.
Pero eso no es todo. Bajo la supervisión de Negroponte, Estados Unidos construyó en 1984 la base aérea El Aguacate, donde agentes de la CIA y expertos militares estadounidenses entrenaron a contras nicaragüenses. La base también fue usada como campo de concentración para torturar a los detenidos. En 2001, se descubrió que habían sido enterrados allí 185 cuerpos.
Después de haber tenido que regresar al sector privado durante el gobierno de Bill Clinton, tanto Negroponte como sus jefes en Washington -Elliot Abrams y Otto Reich- regresaron a la función pública con George Bush. Negroponte fue embajador ante las Naciones Unidas cuando Estados Unidos invadió Irak, luego fue el primer Director Nacional de Inteligencia cuando estalló el escándalo por torturas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib y, por último, fue el número dos de Condoleezza Rice en el Departamento de Estado.
http://www.clarin.com/diario/2009/10/02/elmundo/i-02010390.htm
Perfil:

Originario de Londres, hijo de un magnate naviero griego, tiene 65 años de edad, es un veterano de la diplomacia, ha pasado por algunas de las aventuras internacionales estadunidenses más controvertidas de los últimos 40 años -de Vietnam al escándalo Irán-contras, la crisis de la ONU y ahora Irak; el año pasado, fue nombrado como el primer embajador estadunidense post-Hussein en Irak, encargado de establecer la legitimidad de la "soberanía" de un país bajo ocupación de Estados Unidos; fue embajador de México y Las Filipinas y representante de EE UU en la ONU, después del 11 de septiembre.
Pero su carrera es larga. A finales de la guerra de Vietnam, fue asistente de Henry Kissinger en las negociaciones de paz en París. Después, tguvo puestos menores pero no por eso menos importantes es en Ecuador, y luego en Grecia, y bajo la presidencia de Carter fue nombrado secretario asistente de Estado para Asuntos de Asia Oriental y el Pacífico. Es el presidente Ronald Reagan quien los lo elevó al cargo de embajador y lo envió a Honduras.
Y de hecho un fantasma lo persigue hasta la fecha es su estancia en Honduras entre 1981 y 1985, donde fue pieza clave para implementar la política de Reagan de utilizar a la contra para derrocar el gobierno sandinista de Nicaragua. Ahí estableció una relación íntima con el general Gustavo Alvarez Martínez, jefe de la policía nacional, y también encargado de los escuadrones de la muerte, en particular el llamado Batallón 316. Casi 200 disidentes fueron desparecidos en Honduras durante ese periodo. Aunque Negroponte siempre ha negado haber conocido la existencia y operaciones del batallón, sus críticos en el Congreso, como los senadores Christopher Dodd y Tom Harkin, y muchos activistas de derechos humanos, dicen que eso es poco creíble. Además, señalan, Honduras en ese momento fue utilizado como base de operaciones de la contra. Cuando estalló el escándalo Irán-contras,
Negroponte no fue uno de los acusados, pero los críticos siempre lo han vinculado con algunos de los protagonistas de ese tiempo, incluyendo a Oliver North, Elliot Abrams y Otto Reich.

El Poder Judicial sin llenadera

"En tanto que la Comisión de Justicia propuso 160 millones de pesos más para financiar el proceso de instauración del nuevo sistema de justicia en el País para contar con 737 millones.", dice una nota de Claudia Salazar, Carole Simonnet y Armando Estrop en Reforma, 7 de noviembre de 2009;
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El barril sin fondo /Ana Laura Magaloni Kerpel
Publicado en Reforma, 7 de noviembre de 2009;
Según datos del Consejo de la Judicatura, el rezago en la resolución de expedientes no es importante, no se entiende por qué se utiliza un asunto de celeridad como argumento presupuestal
Si le hiciéramos caso al Consejo de la Judicatura Federal, en México tendríamos que expandir el número de tribunales federales al punto en que todos los años los ingresos y egresos de asuntos fueran exactamente iguales. Es decir, la infraestructura judicial tendría que ser de tal calibre que inclusive los asuntos que ingresaran el último mes del año tuviesen que ser resueltos antes de finalizar el mismo. Así de absurda es la justificación que el Poder Judicial federal está dando para solicitar 17 por ciento de aumento presupuestal para el 2010. Un análisis básico de la estadística judicial que hace pública el Consejo de la Judicatura es suficiente para mostrar lo irracional de su planteamiento. La pregunta de fondo sigue en el aire: ¿será que los diputados optarán por poner un alto al barril sin fondo en el que se han convertido las propuestas presupuestales del Poder Judicial federal, o bien, decidirán no tener fricciones con el árbitro jurídico de sus propios conflictos políticos y aprobar el incremento injustificado que están solicitando?
Según la nota que publicó Reforma el jueves pasado (abajo), el aumento presupuestal estaría destinado primordialmente a la expansión del Poder Judicial federal. Se planea crear 14 tribunales colegiados y 32 juzgados de distrito, lo que significa un aumento de 7 por ciento de la infraestructura judicial actual. Para ello se necesita comprar o construir edificios y equiparlos con mobiliario y computadoras. Asimismo, se necesitan crear 42 plazas de magistrados (cada tribunal cuenta con tres), 32 de jueces y por lo menos 2 mil plazas para todo el personal de apoyo que requiere ese número de tribunales. El costo de todas estas plazas sería un gasto fijo del 2010 en adelante. ¿Cómo justifica el Consejo de la Judicatura esta expansión? Se trata, según los consejeros, de una política para el abatimiento del rezago judicial.
El rezago judicial es un problema muy grave cuando, con este término, nos referimos a procesos judiciales tortuosos, lentos, con enormes vericuetos legales y en donde las sentencias se emiten después de varios años de haber iniciado el juicio. Ello aún sucede en los tribunales locales del país. Sin embargo, en el caso de la justicia federal, los datos indican que, la mayoría de las veces, los asuntos se resuelven con extraordinaria celeridad. Los tribunales federales no tienen una pila interminable de expedientes que ingresaron muchos años atrás, ni tampoco están desbordados de trabajo.
¿Cómo está definiendo el Consejo de la Judicatura el "rezago judicial"? Ésta es una medición que el Consejo determina de forma anual. Es decir, establece una fecha de "corte de caja" en la que se suma el número de asuntos no resueltos del año anterior más todos los que ingresaron en ese año y se restan los asuntos que se resolvieron en el año. La diferencia en términos porcentuales es la tasa de rezago. En el 2008, a la fecha del "corte de caja", los tribunales colegiados tenían una tasa de rezago de 19 por ciento y los juzgados de distrito de 23 por ciento. Es decir, aproximadamente, de cada 10 asuntos que conformaron la carga total de trabajo de un tribunal federal, se resolvieron ocho y quedaron pendientes de resolución dos. Dado que la medición es anual, es muy probable que los asuntos no resueltos hayan ingresado en los últimos meses antes del "corte de caja", o bien, se trate de casos en donde los abogados utilizaron estrategias dilatorias que no se van a evitar con un aumento en el número de tribunales. En suma, los tribunales federales no tienen rezago en el sentido apropiado del término.
Otros datos del Consejo de la Judicatura nos permiten evaluar con mayor precisión la rapidez con la que opera la justicia federal. En el primer circuito, el cual, por mucho, es el circuito judicial con mayor carga de trabajo en todo el país, la mayoría de los asuntos se resuelven rápidamente. Los juicios de amparo ante tribunales colegiados en los que se impugnan sentencias del Tribunal Superior de Justicia local se resuelven en promedio en 47 días y en los que se impugnan sentencias de los jueces de distrito se resuelven en 53 días. Por su parte, los juzgados de distrito resuelven los amparos que les llegan en un promedio de 119 días. Estos datos indican que el Poder Judicial federal, lejos de padecer lo que comúnmente se conoce como rezago judicial, tiene tiempos de resolución récord en el mundo.
Los problemas de la justicia federal nada tienen que ver con el rezago, ni mucho menos con la falta de recursos presupuestales. En la última década se han resuelto los problemas que tienen que ver con el presupuesto (rezago, infraestructura, sueldos, sistemas informáticos, etcétera). La asignatura pendiente más importante de la justicia federal es elevar la calidad argumentativa de las decisiones judiciales. Este problema no se resuelve con dinero, sino con formación de cuadros y buenas cabezas. ¿Cuándo escucharemos al Consejo de la Judicatura siquiera mencionar el problema? Sin duda, es mucho más sencillo solicitar 17 por ciento de aumento presupuestal utilizando el falso problema del rezago.
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Quiere 17% más Poder Judicial

Nota de Víctor Fuentes
Reforma, 05-Nov-2009;
El Poder Judicial de la Federación (PJF) solicitó para 2010 un incremento presupuestal de 17 por ciento en términos reales, con una lógica clara y definida: construir o comprar los edificios necesarios para mantener la expansión de juzgados y tribunales en todo el País.
La petición prevé cuadruplicar el gasto en inversión física, que pasaría de los 893 millones de pesos autorizados en 2009, a 4 mil 208 millones el próximo año.
De estos recursos, 63 por ciento sería para edificar obra pública, esencialmente palacios de justicia para albergar tribunales.
El resto sería para bienes muebles e inmuebles, es decir, compra de edificios, pero también del mobiliario y equipos necesarios para su operación, así como de vehículos y maquinaria.
El Consejo de la Judicatura Federal (CJF) quiere abrir 14 tribunales colegiados de circuito, dos tribunales unitarios y 32 juzgados de distrito, los cuales requieren para su funcionamiento 44 magistrados y 32 jueces.
Actualmente hay 212 tribunales colegiados, 87 unitarios y 360 juzgados, encabezados por mil 83 juzgadores, con lo que el PJF mexicano ya es más grande que el de Estados Unidos, y probablemente es el sistema de justicia federal más grande del mundo.
Cada juez y magistrado requiere personal de apoyo, por lo que el gasto en servicios personales del PJF -donde en promedio se pagan los mejores salarios del Gobierno federal- aumentaría 7 por ciento en términos reales para 2010.
Sólo en lo que va de este año año, han rendido protesta 172 nuevos jueces de distrito y magistrados de circuito. El salario de cada uno equivale por lo menos al de un subsecretario de Estado en el Poder Ejecutivo, luego de la reforma que impedirá a los nuevos juzgadores ganar más que el Presidente de la República.
En septiembre de 2008, el CJF reportó al Congreso que tenía 34 mil 182 plazas; en el documento enviado este año, señaló que emplea a 35 mil 449 personas, 3.7 por ciento más, no obstante que le autorizaron casi 5 mil millones de pesos menos del presupuesto que solicitó para 2009.
La Suprema Corte de Justicia no se ha quedado atrás. A estas alturas ya tiene 3 mil 106 empleados, 210 más de los que tenía en 2007.
En contraste, la Corte Suprema estadounidense sólo tiene 523 plazas laborales.
El argumento que justifica el constante crecimiento del PJF es la carga de trabajo cada vez mayor. Se estima que este año, por primera vez, los tribunales federales recibirán más de un millón de nuevos asuntos.
Expansión
Para 2010, el Poder Judicial pretende expandir tribunales y juzgados:
(millones de pesos)
893 Destinó a inversión física en 2009.
4,208 Proponen invertir en 2010.
63% De esos recursos sería para edificar obra pública.

Escuadrones en Nuevo León

 Para los que aplauden.../Carmen Aristegui F.
Publicado en Reforma, 06-Nov-2009;
...a Mauricio Fernández, alcalde de San Pedro Garza García.
La existencia de grupos paramilitares, escuadrones de la muerte o cuerpos de limpieza social no es un fenómeno nuevo. La historia ha registrado muchos casos en donde autoridades rebasadas, grupos de poder, potentados e incluso gobiernos extranjeros han financiado, entrenado y suministrado armamento a diversos grupos que realizan actividades conducentes a eliminar físicamente a quienes se consideran lacras, entes nocivos o adversarios a quienes no pueden derrotar por las vías legales. Los individuos que conforman estos grupos son mercenarios que realizan actividades desde una siniestra clandestinidad, que cuenta con la anuencia o el patrocinio de las propias autoridades.
México vive el revuelo provocado por el alcalde del municipio de San Pedro Garza García, quien en su discurso inaugural anticipó la muerte de un capo que aparecería horas más tarde junto con otros tres ejecutados dentro de una camioneta, con placas de Nuevo León, en plena capital del país. Lo que dijo ni es una coincidencia, como afirmó después, ni es una declaración cualquiera. Tampoco se puede tomar como una muestra de folclor. Lo dicho por Mauricio fue la vanagloria de su propio discurso y, probablemente, de su propia actuación. Por lo pronto, el asunto amerita de inmediato una investigación ministerial. El alcalde no deja lugar a las interpretaciones. Está claro que ha decidido convertirse en una autoridad supralegal. Presume, incluso, de ello: "Les anuncio que me voy a tomar atribuciones que no tengo porque vamos a agarrar al toro por los cuernos... quiero dejar además claro que en el tema del narco, los confrontaremos frontalmente... no vamos a necesitar ni al (gobierno) estatal ni al federal, directamente le vamos a entrar... hay grupos de inteligencia que me reportan directamente a mí... grupos de trabajo rudo, que yo le llamo, como tipo de limpieza, que serán responsables de convencer, como sea necesario, a estos grupos criminales que aquí no tienen cabida".
"No especulen", dice Gómez Mont. ¿Cuál especulación? Más claro ni el agua. Si de lo que se trata es de eliminar a los narcos, secuestradores y delincuentes por la vía rápida, de un plomazo y ya, y bajo la lógica de "muerto el perro, se acabó la rabia", ¿por qué no nos deshacemos, de una vez, de los niños de la calle? ¿De los opositores que no nos dejan en paz? ¿De los disidentes? ¿Del competidor? Si se trata de dejar de "hacerse güeyes", tomar al toro por los cuernos y asumirse como autoridad moral y justiciera, por qué no limpiar, de una vez, lo que desentona, lo que ensucia, lo que suena diferente.
Esto se escribe el miércoles al mediodía. Quisiera pensar que el viernes que se lea, el PAN ya haya pensado mejor sus declaraciones. Es un imperativo que este partido se pronuncie, y ahora también el PRI si se confirma que el gobernador también sabía, con mucha claridad en contra de estas declaraciones y que deslinde su postura de la de su alcalde. El PAN no puede seguir balbuceando declaraciones de banqueta. Tiene que decir en voz alta que la ley y la civilización rechazan el exterminio como vía. Es tan grave el asunto que el primer panista, Felipe Calderón, tendría que pronunciarse al respecto.
La élite política, los intelectuales, los periodistas, la sociedad en su conjunto debe repasar -frente a lo que estamos viendo y a la tentación de aplaudirle a un bronco como éste- lo que ha significado la existencia de estos grupos "de inteligencia", rudos, de limpieza, de la muerte, que han marcado a países enteros: en México, los Halcones o la Brigada Blanca en tiempos de la Guerra Sucia; en Chiapas, los paramilitares cuya presencia produjo hechos como la matanza de Acteal; en El Salvador con los asesinos de D'Aubuisson a fines de los setenta; los "paras" en Colombia financiados para combatir a la guerrilla y a los secuestradores. En Guatemala, Uruguay, Argentina y muchos otros países se desarrollaron estrategias para derrotar movimientos sociales. Eran los tiempos de las dictaduras. Cada unidad militar del Ejército y de la policía tenía bajo su cargo al menos un escuadrón que tomaba información de los organismos militares y ejecutaba acciones de asesinato, secuestro, extorsión, amenazas y todo tipo de delitos en contra de personas registradas como guerrilleros, sospechosos de apoyar la lucha contra el gobierno o simplemente denunciadas como tales por terceros interesados en causarles daños. ¿En eso está pensando Mauricio? ¿Eso lo puede avalar el PAN?

Escuadrones en Colombia

La CIA y EEUU conocían de asesinatos de civiles colombianos
Nota de GERARDO REYES
El Nuevo Herald, 1 de septiembre de 2009;
La CIA y diplomáticos estadounidenses conocían desde por los menos 1990 la práctica de "falsos positivos'' del ejército de Colombia y otras incursiones al estilo de escuadrones de la muerte, según documentos desclasificados obtenidos por los Archivos Nacionales de Seguridad, (National Security Archive), una organización no gubernamental de Washington.
Se conoce como falsos positivos el asesinato de civiles para presentarlos como bajas de la guerrilla.
Por la presunta participación en esta práctica, el gobierno del presidente Alvaro Uribe separó de sus cargos a una treintena de militares en Colombia a finales del año pasado.
Los resultados de la investigación son desconocidos, pero ahora los nuevos documentos reflejan que se trata de una táctica con raíces en el pasado de las fuerzas militares.
Un cable de la embajada de Estados Unidos en Bogotá, fechado en 1990, reportó que un informe de la Procuraduría colombiana sobre nueve personas muertas que el ejército identificó como guerrilleros, "sugiere fuertemente que fueron ejecutados por el Ejército y vestidos con uniformes de camuflaje''.
Según el reporte, un juez militar que llegó al lugar de los hechos ‘‘aparentemente descubrió que no había agujeros de balas en los uniformes militares que coincidieran con las heridas en los cuerpos de las víctimas''.
A raíz de la revelación de los documentos el ministro de defensa de Colombia Juan Manuel Santos, advirtió que no se debería "inflar'' el problema de las ejecuciones extrajudiciales.
"No se puede generalizar en forma alguna casos que se hayan podido dar y que hay que, también, tener cuidado con gente que quiere inflar el problema mucho más allá de lo que es'', sostuvo Santos.
Otro de los documentos contiene un informe de 1994 del entonces embajador estadounidense Myles Frechett en el que señala que entre los oficiales del ejército prevalece una "mentalidad de contabilidad de muertos'' para lograr su ascenso.
"Comandantes de campo que no puedan mostrar antecedentes de actividades antiguerrilleras agresivas, donde ocurren la mayoría de abusos de derechos humanos de los militares, se ponen en un posición de desventaja en épocas de ascensos'', escribió Frechett.
Otro informe desclasificado indica que la CIA informó en 1994 que el éjercito continúa "empleando tácticas de escuadrones de la muerte en sus campañas de contrainsurgencia''.
Los militares, agrega el reporte de la CIA, tienen un historial de ‘‘asesinar civiles izquierdistas'' en áreas de guerrilla, así como de ‘‘cooperar con paramilitares vínculados con el narcotráfico'' y de "matar guerrilleros capturados en combate''.
Michael Evans, analista de los archivos especializado en Colombia, explicó que "los documentos ponen de relieve importantes interrogantes sobre la responsabilidad histórica y legal del ejército'' en lo que parece ser "un prolongado incentivo institucional para cometer asesinatos''.
Evans señaló que la reciente investigación de los falso positivos fue realizada bajo el más absoluto secreto con casi ninguna consecuencia legal para los implicados.
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Detienen en Colombia a jefe de FARC que custodió en cautiverio a Betancourt
Por AFP
BOGOTA
La policía colombiana anunció el viernes la detención de un señalado jefe de la guerrilla de las FARC que custodió en cautiverio a la colombo-francesa Ingrid Betancourt y a otros 14 rehenes rescatados hace seis meses.
Walter Tapiero, alias 'comandante Romel', fue arrestado el miércoles en un barrio del sur de Bogotá por agentes de la policía judicial (Dijin) que lo seguían desde la ciudad de Villavicencio (115 km al sureste de la capital).
"Era el encargado de abastecer de provisiones y alimentos, así como del cuidado directo de los secuestrados que fueron liberados en la Operación Jaque'', señaló un comunicado, que indica que Tapiero era un "ideólogo'' y número tres de una facción rebelde que opera en el sur del país.
En dicho operativo el Ejército colombiano rescató el 2 de julio a Betancourt, tres contratistas estadounidenses del Departamento de Estado de su país y 11 militares y policías que la guerrilla marxista exigía canjear por sus militantes presos.
Asimismo, en la Operación Jaque fueron capturados Gerardo Aguilar ('César') y Alexander Farfán ('Gafas'), compañeros de Tapiero en la comandancia del "frente primero'' de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y pedidos en extradición por Estados Unidos.
Según la policía, 'Romel' fue localizado con base en información ciudadana e identificado por personas a quienes secuestró y extorsionó en Villavicencio.
El guerrillero también es acusado de participar en dos de los mayores ataques de las FARC a la fuerza pública: en Mitú el 1 de noviembre de 1998 en el que murieron 37 personas y fueron secuestrados 61 militares y policías, y en el poblado de Miraflores, el 3 de agosto de 1998, donde fallecieron 37 uniformados y 22 más fueron hechos rehenes.