14 jul. 2010

La salida de Gómez Mont

Mensaje del Presidente Calderón
2010-07-14 | Discurso
Residencia Oficial de Los Pinos
Señoras y señores:
Los he convocado el día de hoy para comunicarles que he decidido aceptar la renuncia del licenciado Fernando Francisco Gómez Mont Urueta como Secretario de Gobernación.
El licenciado Gómez Mont me ha expresado que una vez que se han llevado a cabo los comicios electorales en diversos estados de la República, ha concluido una etapa en su labor al frente de la Secretaría y que es su intención reincorporarse plenamente a sus actividades profesionales.
Durante el tiempo que estuvo al frente de este encargo, su capacidad y su compromiso con México fueron determinantes para que nuestro país avanzara en un entorno de gobernabilidad, basado en firmes principios democráticos.
Agradezco a Fernando, al licenciado Gómez Mont, el profesionalismo que caracterizó su labor al frente de esta dependencia.

Dragones de la política

Dragones de la política/Carmen Iglesias, miembro de las Reales Academias Española y de la Historia y presidenta de Unidad Editorial
Publicado EL MUNDO, 14/07/10;
Es rasgo indeleble de la idiosincrasia del dragón ser, a la vez, majestuoso, imponente y ridículo, un ser que, al mismo tiempo que aterroriza y repugna, inspira burla y compasión», escribe Mario Vargas Llosa en un brillante prólogo al precioso libro de Pedro González Trevijano Dragones de la política. «El dragón es una de las encarnaciones más espectaculares del mal -sigue Vargas Llosa- aquella vocación que inspiran el diablo o la naturaleza retorcida de los humanos de hacer daño al prójimo, envilecer y corromper lo existente (…) Al dragón lo inventamos por lo mal que pensamos de nosotros mismos y por eso, ahora en el cine de ciencia ficción como antes en la literatura y la pintura, luce siempre lozano y se renueva sin tregua, invulnerable a los siglos que lleva encima».
Aunque, en el transcurso de las diferentes historias de los casi 30 dragones seleccionados en el libro, que fueron amos y señores de su mundo -desde los míticos griegos y romanos, pasando por el medievo y el renacimiento, hasta la época moderna y el siglo XX-, quedan patentes las diferencias entre ellos (algunos además de conquistadores y destructores primero, crearon después estructuras políticas y sociales valiosas para generaciones posteriores), todos ellos poseen una característica común: fueron responsables de grandes matanzas. Y, en el caso de los dragones totalitarios del siglo XX, directamente genocidas.
La asimilación del dragón con el afán inmoderado de dominación y devastación subsiguiente tiene larga data. Desde la Antigüedad, griegos y romanos identificaban al dragón como una gran serpiente que había ido creciendo desaforadamente, adquiriendo pies y alas al tiempo, por el procedimiento de engullir sin tasa muchas otras sierpes y demás seres vivos; un ser «ávido y glotón», según las metamorfosis de Ovidio; y ese devorar y engullir continuo era también la característica de cualquier emperador o señor del mundo que, para serlo, tenía que comerse a muchos reyes y príncipes. El cristianismo y la Edad Media consagraron la identificación del dragón con el mal, tal como está descrito con precisión en el Apocalipsis, representando tanto a los emperadores y tiranos que persiguieron a la Iglesia como al propio infierno, cuyas fauces se abren como boca de dragón en la iconografía medieval y renacentista.
Pero no sólo es un símbolo de destrucción en la cultura occidental. Quizá sea el monstruo más universalmente extendido, presente en todas las culturas, aunque con ropajes diferentes; de alguna manera, sus estructuras simbólicas, muchas veces ambivalentes, las encontramos desde Oceanía y América a Asia, India y China (donde predomina una envoltura benéfica), en grandes civilizaciones y en pequeños pueblos, en los cuentos e historias populares de todas las épocas, en el arte y en los ritos iniciáticos de culturas muy diferentes. Símbolo preferente de las tinieblas, devorador del sol como uno de los «monstruos de los eclipses» en algunos lugares, guardián de las grutas y de tesoros ocultos o de doncellas cautivas que esperan la liberación del héroe que se le enfrente, el dragón engulle y regurgita a veces sus presas por presión interna (Jonás, Pinocho) o por combate exterior (el héroe, el santo, según las historias diferentes). Se emparenta con el subsuelo y con el agua en distintas culturas y es reacio a interpretaciones racionalistas reductivas, pues su ambivalencia simbólica escapa a una única definición. En cualquier caso, le pertenece el mundo del más allá, el mundo oscuro de las cuevas -de la muerte-, pero también el de un itinerario iniciático que puede devolver al que lo recorre y lo sufre, y sobrevive, un «tesoro sapiencial» y una lucidez y sentido de la realidad nuevo, la vida en definitiva. Ya Plinio el Viejo se hacía eco de la posesión de una piedra valiosa que los dragones tenían en la cabeza, que había que quitársela todavía vivos, pues se disolvía con su muerte; y además transmitió la creencia del poder del dragón -como el de algunos dioses en diferentes religiones y el de varios emperadores, faraones, reyes y tiranos a los que sus súbditos nunca podían mirar a los ojos- de matar con la mirada o por el aliento (ello justificaría que, en la época medieval, se creyera que para protegerse de la mirada del basilisco -mitad dragón, mitad gallo- había que emplear en la lucha contra él un espejo o una campana de cristal que le reflejara). Del poder de su mirada, de su potencia hipnótica y paralizante, de la creencia en su perfectísima vista, los griegos se hicieron eco en su propio origen semántico y en su idea de guardián que todo lo ve; de ahí la cualidad de vigilante tanto de ejércitos (los romanos llevaban al dragón en sus estandartes) como de la salud y enfermedad (fue el símbolo de Esculapio), o de las doncellas (consagrado a Palas Atenea) o del jardín de las Hespérides y sus manzanas de oro, o de cualesquiera otros tesoros ocultos.
Devorador y guardián, engullidor glotón y nunca satisfecho, el afán de poder se mimetiza con estas características. El héroe mata o vence al dragón, pero bebe su sangre para hacerse fuerte y… se convierte él mismo en el monstruo que acaba de aniquilar. El prestigio del héroe se mantuvo durante siglos en nuestra cultura, en perpetua tensión con el afán de humanizarlo y ponerle al servicio de las buenas causas. Pero la desmesura heroica estallaba con suma facilidad. Ese prestigio empieza a decaer y ponerse en cuestión por los ilustrados europeos -y antes por el jansenismo francés y otras corrientes minoritarias-, en el mismo momento en que la sociedad occidental está atravesando el difícil pasaje de una nueva articulación entre orden y justicia, entre autoridad y obediencia; en el momento de sustituir la estructura tradicional de mandato por una estructura de pluralidad de decisiones individuales o, dicho de otra manera, por una estructura de mercado, unida y consolidada recíprocamente con el surgimiento paulatino de un Estado de Derecho. Es decir, de la sustitución de los vínculos tradicionales de obediencia personal y feudal al nudo poder por la obediencia impersonal a las leyes iguales para todos. Es en ese momento en el que la demolición del héroe dragonesco pasa forzosamente por el descrédito de los antiguos valores de la nobleza guerrera para revalidar los valores individualistas del interés y del cálculo racional, al tiempo que se intenta que las pasiones humanas -que no hay que erradicar, sino dirigir- se desarrollen para la concordia de todos buscando la felicidad propia. La búsqueda del poder y la gloria -que movía a los héroes tradicionales- se convierte ahora en una pasión peligrosa y dañina que conduce, la mayoría de las veces, a los individuos y a pueblos enteros a la autodestrucción y a la guerra.
Montesquieu, Fénelon, Voltaire, Hume y muchos otros multiplican sus críticas y denuncian la megalomanía, la pasión de dominio y la patología narcisista que se esconde detrás de las proclamaciones de virtud, deseo de gloria, fama inmortal y otros principios arbitrarios, que ya había hecho explícitos una «psicología de la sospecha», negadora de un excesivo optimismo antropológico, que arrancaba modernamente de Pascal. No existían «bellas almas» por nacimiento, no cabía juzgar por intenciones sino por actos, la política debía ser un medio al servicio de los ciudadanos y no un fin en sí misma; había que combatir todo poder arbitrario -basado, resalta Montesquieu, en su afán de «particularizar todos los intereses», es decir, «dividir y uniformizar al tiempo en beneficio propio»-; había que limitar los poderes por la tendencia irrefrenable de la condición humana al abuso de poder; había que aceptar que si bien no existe «lo mejor», desde luego existe «lo peor»: el despotismo, la arbitrariedad, el asalto a las leyes. En una palabra, había que preservar lo que es más valioso para el individuo: la libertad. Una libertad que sólo podía darse bajo las leyes en una comunidad libre, es decir, una comunidad que no dependa de voluntades arbitrarias ni bienintencionadas, sino de un equilibrio de poder que asegure la moderación política y haga imposible el predominio de uno sobre todos.
Llegados aquí, los dragones de la política del Antiguo Régimen y aun de la Antigüedad pierden su aura intocable y más bien se convierten en contramodelos. Los que les siguen en la época contemporánea, coetáneos del constitucionalismo y de la democracia, tienen que apelar a otros valores y otros registros para afianzar su poder sobre una sociedad de masas. Su pasión destructora sigue siendo la misma o mayor, pero sus fundamentos de dominio, además de estar basados en el miedo y la corrupción, necesitan de ideologías que explotan los sentimientos tanáticos del ser humano: el resentimiento vindicativo del poder, el maniqueísmo, el encubrimiento del agresor como si él fuera la víctima, el culpable chivo expiatorio, la demonización política del adversario, el matonismo ideológico que nunca refuta argumentos sino que descalifica a las personas, la mentira y la propaganda goebbelsiana, la indulgencia asimétrica que sólo condena lo de «los otros» y nunca reconoce ningún error propio, la imposición constante de «sumas a cero», el desprecio a las leyes para imponer a cambio un sectario voluntarismo del «todo o nada», la persuasión en el interior de las conciencias de que ser «esclavos felices» es mejor que la incertidumbre de la libertad. En definitiva, el triunfo del grupo tribal sobre el individuo, la vuelta a la sumisión a la persona que controla el poder y no a la impersonal de las leyes en un estado de derecho. Son los dragones totalitarios del siglo XX: Hitler, Lenin, Stalin, Mao y tantos otros.
Lo que resulta perturbador es que estos dragones, vencidos militar y materialmente por las democracias, al menos en el espacio occidental, sobrevivan en muchos usos y mentalidades actuales y desde luego en la vida política española actual. Los que les han sucedido en su afán de poder, dragoncitos y dragonzuelos de muy variada condición, mantienen -en sus formas autosuficientes, en el «centralismo democrático» claramente leninista de sus partidos, en sus arengas demagógicas, en sus agresivas y descalificadoras propagandas-, esa tendencia al autoritarismo y a creerse salvadores de los ciudadanos a los que hay que guiar y… transformar. Nada más peligroso para nuestras libertades actuales. El acceso al poder político a través de las urnas lo consideran como un pasaporte sin límites para sus propias fantasías de ingeniería social, pero ya advertía Maimónides sobre «el peligro de lanzarse a cosas que excedan tu capacidad o que te precipites sobre ellas con falta de realidad» pues, en ese caso, «sobrevalorarás tus fantasías», máxime si se unen la ignorancia y el antiintelectualismo. Dicho de otra forma, seguirás cayendo en la desmesura dragonesca y de ahí tu destrucción y la de la comunidad, que no ha sabido defender y valorar su libertad.
Quizás tiene razón Javier Gomá cuando señala que, en la igualdad moral de las democracias, «todos somos ejemplo de todos», y quizás tienen razón Enzersberger y Javier Cercas en que ya sólo pueden quedar «héroes de la retirada», pero en cualquier caso, en el panorama político actual, habría que apuntarse al desengañado y lúcido John Le Carré: «Hay que ser un héroe para ser simplemente una persona decente».

Aque´l 24 de febrero

El 24 de febrero dijo el Presidente Calderón en una conferencia de Prensa:
- Primero. He dicho que el Secretario de Gobernación goza de mi absoluta confianza y por eso sigue como Secretario de Gobernación y seguirá, evidentemente, hasta que él lo decida y, desde luego, si hubiera alguna circunstancia, que yo lo decidiera, también así sería.
Pero es el Secretario de Gobernación, tiene la confianza de los partidos y tiene mi confianza también para desempeñar ese cargo. No me queda ninguna duda de su honestidad personal y política, y de la lealtad a sus propias convicciones y a este Gobierno, también.
En el caso concreto, como ya he dicho anteriormente, en el caso concreto de este tema: las decisiones del Partido Acción Nacional competen al Partido Acción Nacional. Y en el caso específico, estas alianzas han sido parte de la estrategia que el partido ha decidido, reconociendo yo que tiene convenientes e inconvenientes, entre ellos puntos de afectación a la propia política y estrategia del Gobierno, pero son decisiones del propio Partido Acción Nacional.

Zona de Confort

Los cambios y la zona de confort/Jorge Fernández menéndez
Excélsior, 14 de julio de 2010;
Proponer en la columna de ayer que Fernando Gómez Mont se debería quedar en la Secretaría de Gobernación generó muchas repercusiones. Amigos bien enterados de la vida política me dijeron que mi columna era un error, que la salida de Fernando y la de Patricia Flores en la Presidencia (como escribió mi muy querido Joaquín López-Dóriga en Milenio) ya estaba decidida. Que la posición del secretario era indefendible desde el tema de las alianzas y que su relación con el equipo de Los Pinos era tan intransitable como con César Nava en el PAN.
En muy buena medida es verdad y así lo consignábamos ayer. Pero sigo pensando que la salida de Gómez Mont será un error, salvo que haya perdido totalmente la confianza de su jefe. ¿Por qué un error? Porque el gobierno federal no puede seguir girando sólo con base en la relación personal de sus integrantes con el presidente Calderón. Éste, desde el principio, siempre señaló que esa relación de confianza y lealtad sería primordial para ser parte de su equipo. Y sin duda es necesaria, pero el sentido de lealtad, en la función pública, debe derivarse de la que se genera hacia las instituciones y las responsabilidades que se tienen encomendadas, incluida por supuesto, en este caso, la relación política con el Presidente. Pero lo que hemos visto en estos años, salvo en el primero de esta administración, cuando Juan Camilo Mouriño tuvo el control de la misma desde la oficina de Los Pinos, fue que el esquema de lealtades se asumió sólo como personal y terminó confundiéndose con el institucional. Y ello ha provocado desorden y conflictos en el equipo presidencial, dentro y fuera de Los Pinos, incluidos mensajes contradictorios hacia la sociedad. Y eso se aplica al área política, a la de seguridad, a la social, quizás la más homogénea, por el peso indudable en ese equipo de Ernesto Cordero, sea la hacendaria.
Si a eso sumamos que algunos secretarios siguen viviendo en una zona de confort, sin aparecer, sin exponerse, lo que tenemos es un Presidente relativamente solo, que paga costos cada vez más altos, con pocos interlocutores políticos dispuestos a asumir responsabilidades a su alrededor.
Para romper con esa dinámica que se ha ido instaurando y fortaleciéndose desde el segundo año de esta administración, se debe volver a las fuentes. El presidente Calderón ya no encontrará un político de las confianzas y la operatividad de Mouriño. Ha hecho varios intentos para reemplazarlo, incluido el peso que le dio a la oficina de Patricia Flores durante el último año, pero eso sencillamente no es posible.
No encontrará otro Mouriño. Se debe regresar a las fuentes y éstas son la política y la institucionalidad, más aún en un momento en el que el fragor electoral y la dinámica que impusieron (y amenazan para bien o para mal seguir imponiendo en el futuro) las alianzas PAN-PRD, junto con la violencia y la inseguridad, desafían la gobernabilidad. Debe haber un Presidente actuante y trabajando hacia afuera con un equipo dispuesto a asumir riesgos (lo sucedido con Monterrey y el noreste del país después de Alex es una demostración de cómo buena parte del equipo presidencial se paralizó y no actuó, porque no recibió órdenes o porque no supo qué hacer, y cómo la mayoría de los involucrados, con excepción del Ejército, se quedaron en esa zona de confort tan inexplicable en un gabinete presidencial). Debe haber responsabilidades claras para cada uno de los funcionarios al frente de cada área, pero, por sobre todas las cosas, se debería mover, cambiar, a los que están nadando de muertito, a los que no quieren exponerse, hacer política y asumir costos.
A los que sí lo hacen, que son apenas un puñado de funcionarios, entre ellos Gómez Mont, Lozano, Cordero, García Luna, Galván, Saynez, y unos pocos más, se les debe, eso es una realidad, poner en orden y establecerles responsabilidades claras, que hoy parecen no tener. Y claro que debe haber cambios en el gobierno, pero a cuatro años de iniciado no se puede continuar con la dinámica de ensayo y error, premiando, aunque sea por omisión, a quienes permanecen en su zona de confort.
Si es para fortalecer esa estabilidad e institucionalidad que le urgen a la administración federal, bienvenido sea cualquier cambio. Si se trata de acomodar nombres o de bajar el perfil político de las posiciones centrales de la administración para acomodar a personalidades cercanas, estaríamos ante un grave error.
Por cierto, y hablando aunque sea muy indirectamente de Gómez Mont, hoy se cumplen dos meses del secuestro de Diego Fernández de Cevallos.

Obispas en la Iglesia

El diálogo con los anglicanos proseguirá a pesar de los obstáculos
Habla monseñor Farrell, secretario del dicasterio para la Unidad de los Cristianos
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 14 de julio de 2010 (ZENIT.org).- La Iglesia de Inglaterra decidía el pasado lunes 12 de julio, después de una reñida votación, que las mujeres puedan ser consagradas como obispos, como ya sucede en otras Iglesias anglicanas.
Aunque la decisión deberá ser refrendada dentro de un año por otro Sínodo similar, se trata de una victoria que marca un punto de inflexión importante dentro de la historia de la Iglesia de Inglaterra. El Sínodo rechazó, asimismo, las “soluciones” conciliadoras entre ambas tendencias propuestas por los arzobispos de Canterbury y York, Rowan Williams y John Sentamu.
Esta decisión plantea ulteriores obstáculos al diálogo ecuménico, según reconoció monseñor Brian Farrell, secretario del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, en esta entrevista concedida a ZENIT.
Otra consecuencia, que monseñor Farrell matiza prudentemente, podría ser acercamiento a la Iglesia católica por parte de algunos de los grupos contrarios a la ordenación de mujeres, como ya ha sucedido en Estados Unidos y Australia.
De hecho, el reverendo David Houlding, importante miembro del Grupo Católico del Sínodo, afirmó, informa ICN, que los llamados “tradicionalistas” se están quedando “sin opciones”, y que pronto deberían tomar “duras decisiones” sobre su futuro.
"Yo me quedo en la Iglesia de Inglaterra hasta el momento en que me expulsen. No me iré voluntariamente, me iré si se me obliga. Cuanto más esto procede de esta manera, mayor es la sensación de que la puerta se está cerrando", afirmaba Houlding.
Monseñor Farrell afirma que es difícil de prever movimientos en este sentido, ya que no todos los “tradicionalistas” son cercanos a la Iglesia católica. En todo caso, reiteró, la Santa Sede “seguirá adelante” con el diálogo ecuménico.
-El Sínodo anglicano de York ha aprobado la ordenación de mujeres obispo, decisión que se está imponiendo paulatinamente en toda la Comunión Anglicana, contra el parecer de las comunidades llamadas tradicionalistas. Esta decisión puede considerarse firme, aunque la votación definitiva no se producirá hasta 2012. ¿Puede cambiar aún la decisión, o es de esperar que se haga definitiva?
-Monseñor Brian Farrell: El Sínodo que acaba de celebrarse en York es el Sínodo de la Iglesia de Inglaterra y no tiene autoridad fuera de Inglaterra, ni siquiera en Gales o Escocia. La Comunión Anglicana está compuesta de treinta y ocho provincias independientes, de las cuales Inglaterra es una. Varias provincias ya tienen mujeres obispo. Se trataba en el Sínodo de introducir la legislación que permita esto en la Iglesia de Inglaterra, y seguramente el proceso continuará, porque la mayoría quiere esto.
-Una de las grandes "derrotas" de este Sínodo ha sido la de la solución de compromiso propuesta por los arzobispos de Canterbury y de York. Muchos analistas, después de la votación, han dado por rota la comunión entre los anglicanos. ¿Es así?
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Ahora, en este momento, ese modo de proceder no es posible, y la parroquia tiene solo la opción de quedarse en comunión con su propio obispo o salirse de la Iglesia de Inglaterra. Hablando con precisión, eso ocasionaría la perdida de miembros, pero no un cisma dentro de la Iglesia de Inglaterra.
- El Vaticano, en anteriores encuentros, había advertido que la decisión de consagrar mujeres obispos comprometía el diálogo ecuménico con la Iglesia católica. ¿Cuál es la situación actual de este diálogo, tras la decisión del Sínodo?
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Por lo que se refiere al dialogo ecuménico, como se ha dicho antes, algunas provincias anglicanas tienen desde hace tiempo mujeres obispo, y el dialogo ha seguido adelante.
Naturalmente, el diálogo debe hacerse cargo de esta situación, y reconocer que se ha creado un obstáculo enorme para la consecución de la finalidad del dialogo mismo, que sería la comunión eclesial total y visible. El diálogo católico-anglicano seguirá adelante dentro de estos parámetros.
-Varias informaciones apuntan a la posibilidad de que grupos tradicionalistas se acojan a la Anglicanorum Coetibus y entren en comunión con la Iglesia Católica. Incluso se ha informado sobre un grupo de sacerdotes anglicanos que se habría puesto en contacto con un obispo católico. ¿Es previsible un movimiento en este sentido?
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Un particular problema de discernimiento se presenta cuando se trata de grupos. No todos los grupos tienen la misma “consistencia eclesial”. En definitiva toca a la Conferencia Episcopal de un país o región, estudiar bien lo que se puede y se debe hacer. No puedo prever si van a ser muchos o pocos.
Lo que conviene recordar es que lo que algunos llaman “anglicanos tradicionalistas” suelen ser de la parte evangélica de la Comunión Anglicana, y por tanto lejanos a la Iglesia católica en sus convicciones eclesiológicas.
- Por último, ¿con qué sentimientos recibe la Santa Sede, y en particular el dicasterio para la Unidad de los Cristianos, la decisión del Sínodo de York?
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Por Inma Álvarez

Monseñor Brian Farrell: No hay que exagerar el efecto. Nos apena que la Comunión Anglicana haya dejado en este punto lo que consideramos la Tradición esencial de la Iglesia desde el origen. Pero el proceso comenzó hace tiempo. Continuaremos el dialogo ecuménico con el realismo que acoge la realidad como es y tiene conciencia que el camino por delante será largo y arduo. Sabiendo sin embargo que el dialogo es una tarea impuesta por Cristo mismo y sostenida por la gracia del Espíritu Santo, alma de la Iglesia de Cristo.
Monseñor Brian Farrell: Lo que será la realización concreta de lo previsto en la Anglicanorum Coetibus está todavía por verse. Cualquiera que profese la fe católica y no tenga impedimento puede pedir entrar en la comunión católica. Anglicanos o ex-anglicanos pueden entrar en esta comunión a través de una jurisdicción que permite la preservación de algunos elementos de la tradición anglicana. Como pueden también pedir, simplemente, ser recibidos en la parroquia católica local.
Monseñor Brian Farrell: Todas la Iglesias del primer milenio, católica, orientales y ortodoxas, afirman que solo hombres pueden ser ordenados. Estas Iglesias ven la ordenación de la mujer como un abandono ilegítimo de la Tradición auténtica.
Monseñor Brian Farrell: La situación es muy compleja y hasta paradójica. Si se hubiera aceptado el compromiso se estaría ante una situación en la que, por ejemplo, una parroquia o un grupo podría rechazar la autoridad de su obispo diocesano mujer, y ponerse bajo la autoridad de otro obispo varón. Así, esa parroquia no estaría en comunión con las demás parroquias de su misma diócesis. En cierta forma eso sería un cisma estructural, aunque no se le llame así.