18 ene. 2010

Elogio de la metamorfosis

Elogio de la metamorfosis/Edgar Morin, sociólogo y filósofo francés.
Traducción de José Luis Sánchez-Silva
Publicado en EL PAÍS, 17/01/10;
Cuando un sistema es incapaz de resolver sus problemas vitales por sí mismo, se degrada, se desintegra, a no ser que esté en condiciones de originar un metasistema capaz de hacerlo y, entonces, se metamorfosea. El sistema Tierra es incapaz de organizarse para tratar sus problemas vitales: el peligro nuclear, agravado por la diseminación y, tal vez, privatización del arma atómica; la degradación de la biosfera; una economía mundial carente de verdadera regulación; el retorno de las hambrunas; los conflictos étnico-político-religiosos que tienden a degenerar en guerras de civilización… La ampliación y aceleración de todos esos procesos pueden considerarse el desencadenante de un formidable feed-back negativo, capaz de desintegrar irremediablemente un sistema.
Lo probable es la desintegración. Lo improbable, aunque posible, la metamorfosis. ¿Qué es una metamorfosis? El reino animal aporta ejemplos. La oruga que se encierra en una crisálida comienza así un proceso de autodestrucción y autorreconstrucción al mismo tiempo, adopta la organización y la forma de la mariposa, distinta a la de la oruga, pero sigue siendo ella misma. El nacimiento de la vida puede concebirse como la metamorfosis de una organización físico-química que, alcanzado un punto de saturación, crea una metaorganización viviente, la cual, aun con los mismos constituyentes físico-químicos, produce cualidades nuevas.
La formación de las sociedades históricas, en Oriente Medio, India, China, México o Perú, constituye una metamorfosis a partir de un conglomerado de sociedades arcaicas de cazadores-recolectores que produjo las ciudades, el Estado, las clases sociales, la especialización del trabajo, las religiones, la arquitectura, las artes, la literatura, la filosofía… Y también cosas mucho peores, como la guerra y la esclavitud.
A partir del siglo XXI, se plantea el problema de la metamorfosis de las sociedades históricas en una sociedad-mundo de un tipo nuevo, que englobaría a los Estados-nación sin suprimirlos. Pues la continuación de la historia, es decir, de las guerras, por unos Estados con armas de destrucción masiva conduce a la cuasi-destrucción de la humanidad.
La idea de metamorfosis, más rica que la de revolución, contiene la radicalidad transformadora de ésta, pero vinculada a la conservación (de la vida o de la herencia de las culturas). ¿Cómo cambiar de vía para ir hacia la metamorfosis? Aunque parece posible corregir ciertos males, es imposible frenar la oleada técnico-científico-económico-civilizatoria que conduce al planeta al desastre. Y sin embargo, la historia humana ha cambiado de vía a menudo. Todo comienza siempre con una innovación, un nuevo mensaje rupturista, marginal, modesto, a menudo invisible para sus contemporáneos. Así comenzaron las grandes religiones: budismo, cristianismo, islam. El capitalismo se desarrolló parasitando a las sociedades feudales para alzar el vuelo y desintegrarlas.
La ciencia moderna se formó a partir de algunas mentes rupturistas dispersas, como Galileo, Bacon o Descartes; luego, creó sus redes y sus asociaciones; en el siglo XIX, se introdujo en las universidades y, en el XX, en las economías de los Estados, para convertirse en uno de los cuatro poderosos motores del bajel espacial llamado Tierra. El socialismo nació en algunas mentes autodidactas y marginalizadas del siglo XIX, para convertirse en una formidable fuerza histórica en el XX. Hoy, hay que volver a pensarlo todo. Hay que comenzar de nuevo.
De hecho, todo ha recomenzado, pero sin que nos hayamos dado cuenta. Estamos en los comienzos, modestos, invisibles, marginales, dispersos. Pues ya existe, en todos los continentes, una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica, o de la reforma de vida.
Estas iniciativas no se conocen unas a otras; ninguna Administración las enumera, ningún partido se da por enterado. Pero son el vivero del futuro. Se trata de reconocerlas, de censarlas, de compararlas, de catalogarlas y de conjugarlas en una pluralidad de caminos reformadores. Son estas vías múltiples las que, al desarrollarse conjuntamente, se conjugarán para formar la vía nueva que podría conducirnos hacia la todavía invisible e inconcebible metamorfosis. Para elaborar las vías que confluirán en la Vía, tenemos que deshacernos de las alternativas reductoras a las que nos obliga el mundo de conocimiento y pensamiento hegemónico. Así es necesario, al mismo tiempo, mundializar y desmundializar, crecer y decrecer, desplegar y replegar.
La orientación mundialización-desmundialización significa que, si bien hay que multiplicar los procesos de comunicación y “planetarización” culturales, si bien necesitamos que se constituya una conciencia de “Tierra-patria”, también hay que promover, de manera desmundializadora, la alimentación de proximidad, los artesanos de proximidad, los comercios de proximidad, las huertas periurbanas, las comunidades locales y regionales.
La orientación crecimiento-decrecimiento significa que hay que potenciar los servicios, las energías verdes, los transportes públicos, la economía plural -y por tanto la economía social y solidaria-, las disposiciones para la humanización de las megalópolis, las agriculturas y ganaderías biológicas, y reducir los excesos consumistas, la comida industrializada, la producción de objetos desechables y no reparables, el tráfico de automóviles y de camiones en beneficio del ferrocarril.
La orientación despliegue-repliegue significa que el objetivo ya no es fundamentalmente el desarrollo de los bienes materiales, la eficacia, la rentabilidad y lo calculable, sino el retorno de cada uno a sus necesidades interiores, el gran regreso a la vida interior y a la primacía de la comprensión del prójimo, el amor y la amistad.
Ya no basta con denunciar, hace falta enunciar. No basta con recordar la urgencia, hay que comenzar a definir las vías que conducen a la Vía. ¿Hay razones para la esperanza? Podemos formular cinco:
1. El surgimiento de lo improbable. La victoriosa resistencia, en dos ocasiones, de la pequeña Atenas frente al poderío persa era altamente improbable, pero permitió el nacimiento de la democracia y la filosofía. También fue inesperado el frenazo de la ofensiva alemana ante Moscú, en el otoño de 1941, e improbable la contraofensiva victoriosa de Zhúkov, iniciada el 5 de diciembre, que vendría seguida, el 8, por el ataque de Pearl Harbour y la entrada de Estados Unidos en la guerra.
2. Las virtudes generadoras-creadoras inherentes a la humanidad. Al igual que en todo organismo humano adulto existen células madre dotadas de aptitudes polivalentes (totipotentes) propias de las células embrionarias, pero desactivadas, en todo ser humano, y en toda sociedad humana, existen virtudes regeneradoras, generadoras y creadoras durmientes o inhibidas.
3. Las virtudes de la crisis. Al tiempo que las fuerzas regresivas o desintegradoras, las generadoras y creadoras despiertan en la crisis planetaria de la humanidad.
4. Las virtudes del peligro. “Allá donde crece el peligro, crece también lo que nos salva”. La dicha suprema es inseparable del riesgo supremo.
5. La aspiración multimilenaria de la humanidad hacia la armonía (paraíso, luego utopías, después ideologías libertaria/socialista/comunista, más tarde aspiraciones y revueltas juveniles de los años sesenta). Esta aspiración renace en el hervidero de iniciativas múltiples y dispersas que podrán alimentar las vías reformadoras destinadas a confluir en la vía nueva.
Las viejas generaciones están desengañadas de tantas falsas esperanzas. A las jóvenes les entristece que no haya una causa común como la de nuestra resistencia durante la II Guerra Mundial. Pero nuestra causa llevaba en sí misma su contrario. Como decía Vassili Grossman de Estalingrado, la mayor victoria de la humanidad fue también su mayor derrota, puesto que el totalismo estalinista salió victorioso de ella. Hoy, la causa es inequívoca, sublime: se trata de salvar a la humanidad.
La verdadera esperanza sabe que no es certeza. Es una esperanza no en el mejor de los mundos, sino en un mundo mejor. “El origen está delante de nosotros”, decía Heidegger. La metamorfosis sería, efectivamente, un nuevo origen.

Un mal samaritano

Monseñor Munilla, un mal samaritano/Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid, y autor de La teología de la liberación
Publicado en EL PERIÓDICO, 18/01/10;
Haití, el país más pobre de América Latina y uno de los más pobres del mundo, ha sufrido un terremoto que ha causado decenas de miles de muertos y cientos de miles de damnificados. Las muestras de solidaridad llegadas desde todos los rincones del mudo no se han hecho esperar. Ha habido, sin embargo, una excepción: monseñor José Ignacio Munilla, recién nombrado obispo de San Sebastián, quien en una entrevista en la Cadena SER osó afirmar que existen males mayores que los que ha vivido en su propia carne la población haitiana. «Debemos llorar por nosotros, por nuestra pobre vida espiritual y por nuestra concepción materialista de la vida».
Hasta ahora monseñor Munilla se había revelado como obispo conservador, más aún, como militante del integrismo, en sintonía con el proyecto restaurador de Benedicto XVI y con el apoyo de la mayoría del episcopado español. Como he tenido oportunidad de expresar públicamente en reiteradas ocasiones desde su elección como obispo de San Sebastián, no comparto esos planteamientos, que están en las antípodas del concilio Vaticano II. Pero los respeto y reconozco su derecho a expresarlos en público, como viene haciendo a través de los medios de comunicación.
Lo que me parece intolerable y no puede justificarse apelando a la libertad de expresión es la acusación de cómplices en el asesinato de inocentes que ha hecho a los parlamentarios españoles que han votado a favor de la ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo. Me parece un lenguaje condenatorio e insultante impropio de un obispo que debe demostrar respeto por la libertad de conciencia de los parlamentarios españoles como ciudadanos libres y como representantes de la voluntad popular. Son declaraciones de juzgado de guardia. ¿Cómo puede quedar impune llamar cómplices en el asesinato a personas que están ejerciendo el derecho y la obligación de elaborar leyes desde una ética laica, como corresponde a una sociedad democrática y a un Estado de derecho, y no desde una concepción religiosa? Los obispos deberían ser más cuidadosos con el lenguaje, como corresponde al ejercicio de sus funciones religiosas conforme al espíritu evangélico. Me gustaría recordar que los obispos no tienen inmunidad parlamentaria y que sus excesos verbales, sobre todo cuando atentan contra la honorabilidad y la dignidad de los representantes públicos, pueden llegar a ser delictivos y punibles.
Pero donde monseñor Munilla ha traspasado todos los límites y ha demostrado su nula estatura moral ha sido en las declaraciones de la Cadena SER antes citadas. Son de las más escandalosas que nunca hubiera esperado escuchar. Pero no, no las he soñado ni las he inventado. Las he escuchado yo, las han escuchado cientos de miles de oyentes. Él las ha pronunciado en una emisión perfectamente audible. Y no se diga que han sido trucadas o sacadas de contexto. Son ipsissima verba Munilla. El contexto no es otro que una pregunta teológica de Gemma Nierga, directora del programa La ventana, ante la que hubiéramos esperado una respuesta igualmente teológica de identificación con las víctimas, de compartir su dolor y ponerse en su lugar. Esa es la verdadera compasión. Pero de la abundancia del corazón habla la boca.
Estas afirmaciones revelan insensibilidad ante la suerte de cientos de miles de personas que han perdido la vida, están atrapadas entre los escombros o han quedado físicamente imposibilitadas o psíquicamente destrozadas. Demuestran insolidaridad con los supervivientes y falta de humanidad ante el sufrimiento ajeno. Al decir que todavía peor que el terremoto es nuestra pobre situación espiritual y que por eso hemos de llorar, monseñor Munilla se refugia en un espiritualismo desencarnado y sin entrañas de misericordia y renuncia a la actitud de compasión con las víctimas, que es un principio moral de las religiones, un imperativo ético y un sentimiento religioso universal.
Luego ha intentado aclarar sus declaraciones acusando a los medios de comunicación de tergiversarlas y afirmando que «el mal que sufren esos inocentes no tiene la última palabra, Dios ha prometido la felicidad eterna». ¡Pobre y evasivo consuelo! Qué poco se valora la vida humana. Las aclaraciones ratifican las declaraciones anteriores. Pero la respuesta a Munilla no se ha hecho esperar, y ha venido del misionero claretiano Héctor Cuadrado desde Haití: «Sin vida no hay religión, ni fe ni invocación a ningún Trascendente».
Monseñor Munilla se ha comportado como el sacerdote y el levita del Evangelio, que pasaron de largo ante la persona malherida, y no como el buen samaritano, que la atiende, le cura las heridas, la sube a su cabalgadura y la lleva al hospital, haciéndose cargo de los gastos del tratamiento sanitario. Se ha comportado como un mal samaritano. ¿Cómo va a atreverse a leer dicha parábola en la misa sin que se le caiga la cara de vergüenza?

Sale de prisión Mehmet Alí

Salió de prisión el atacante de Juan Pablo II  después de 29 años.
El turco Mehmet Alí Agca que en 1981 hirió a disparos al entonces papa Juan Pablo II salió este lunes 18 de enero de prisión, después de más de 29 años tras las reja
Alí Agca, de 52 años y cabello gris, saludó a los periodistas tras salir de prisión en una caravana de vehículos. Las autoridades turcas planean vigilarlo estrechamente debido a las persistentes dudas sobre su salud mental.
Agca le disparó a Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981, cuando el pontífice circulaba en un vehículo abierto en la Plaza de San Pedro del Vaticano. El Papa recibió disparos en el abdomen, la mano izquierda y el brazo derecho, pero las balas no llegaron a tocar órganos vitales.
En 1983 Juan Pablo II se reunió con Agca en la prisión italiana de Rebibbia y le perdonó por el ataque.