27 sep. 2010

Alías "El Pelón"

Detención de José Ángel Fernández de Lara, alias "El Pelón"
2010-09-26 | Comunicado
Comunicado s/n
Secretaría de la Defensa Nacional
Ciudad de México
La Secretaría de la Defensa Nacional informa que, en el marco de la Estrategia Integral del combate al narcotráfico del Estado Mexicano, el día 24 de septiembre de 2010, personal militar en Cancún, Q. Roo, llevó a cabo la detención de JOSÉ ÁNGEL FERNÁNDEZ DE LARA DÍAZ (a) “EL PELÓN”, quien encabezaba las actividades delictivas de “Los Zetas” en el estado de Quintana Roo.
Con este narcotraficante se logró detener a tres integrantes de su célula delictiva, entre los que destaca JORGE ALBERTO CONTRERAS HERNÁNDEZ (a) “El Gordo y/o Conta”, responsable de las actividades administrativas y de contabilidad en esa entidad.
A los detenidos se les aseguró:
  • Tres armas largas.
  • Un millón 350 mil pesos embalados en empaques al alto vacío.
  • 36,000 dólares americanos.
  • Equipos de cómputo.
  • Diversos medios de comunicación.
  • Cuatro vehículos.
  • Nóminas de pago de personas involucradas con el crimen organizado en el Estado de Quintana Roo.
 FERNÁNDEZ DE LARA DÍAZ aceptó formar parte del grupo de “Los Zetas” y que, desde el mes de junio del presente año, fue designado por HERIBERTO LAZCANO LAZCANO (a) “El Lazca” como responsable de las actividades de narcotráfico, tráfico de indocumentados y secuestros por parte de la citada organización delictiva en el estado de Quintana Roo.
A su arribo a esa entidad, FERNÁNDEZ DE LARA incrementó las actividades de extorsión, las cuales amplió hacia los centros nocturnos, restaurantes, casinos, spas, empresarios del ramo turístico y hotelero; convirtiendo al Estado de Quintana Roo en una fuente significativa de recursos que emplean “Los Zetas” para sufragar el conflicto que sostienen en el noreste de la República con el “Cartel del Golfo”, a lo que denominan “Zona de Guerra”.
Dentro de las acciones delictivas en las que directamente ha participado, destaca haber ordenado el incendio del Bar “Castillo del Mar”, el 31 de agosto del presente año, el cual fue perpetrado por el más sanguinario de sus sicarios al que refiere con (a) “El Humm”, por órdenes de LUCIO HERNÁNDEZ LECHUGA (a) “El Lucky”, Jefe Regional de “Los Zetas”, debido a que el propietario se negó a pagar la cuota impuesta por dichos delincuentes.
Hechos como éste, reafirman la indeclinable decisión del Gobierno Federal por continuar realizando acciones frontales en contra de las organizaciones delictivas del narcotráfico, atendiendo al justo reclamo de la sociedad mexicana.
Por lo anterior, se ratifica el compromiso de garantizar la seguridad que merecen los mexicanos, con estricto apego a la legalidad.
Fuente: Dirección General de Comunicación Social. Secretaría de la Defensa Nacional, (SEDENA).

Jojoy

Columna Razones, /Jorge Fernández

Excélsior  27 de  septiembre de 2010;

El Mono Jojoy y México

La caída de Jorge Briceño, también conocido como El Mono Jojoy, en la selva colombiana, es un golpe demoledor para las FARC, un paso importante para consolidar un proceso de pacificación más amplio que el actual en Colombia y también una buena noticia para México, porque este hombre era uno de los principales proveedores de drogas, de cocaína, para los cárteles de nuestro país.
Briceño, su verdadero nombre era Víctor Julio Suárez Rojas, era un hombre despiadado, el más duro y radical de los dirigentes de las FARC, el último que quedaba de origen eminentemente campesino (nació, creció y vivió siempre en las estructuras de las FARC, su madre había sido cocinera de sus dirigentes fundadores y no conoció otra vida fuera de esa organización), era también el que se ocupaba de las actividades más sucias: el narcotráfico, el tráfico de armas, el negocio y la administración de los secuestros. Era también el más cruel con sus cautivos, el que más ejecuciones realizó y el que implementó los actos terroristas más crueles contra la población civil.
En México hay innumerables versiones sobre su relación con diversos grupos del crimen organizado, pero la única que está absolutamente comprobada es la que se dio a fines de los 90 con los Arellano Félix cuando envió al médico colombiano Jorge Cherry a México para coordinar toda una operación de intercambio de drogas por armas. El enviado por El Mono Jojoy portaba consigo un par de DVD en donde Jojoy se presentaba con los Arellano para dar aval a su enviado. Antes de la caída de Cherry, se verificaron, por lo menos, dos envíos de cerca de una tonelada de cocaína entregados por las FARC a los Arellano Félix. Mucho más recientemente, según las autoridades colombianas, la red de traficantes detenidos el mismo día que Édgar Valdez Villareal, La Barbie, su jefe, en Colombia, trabajaba directamente con los grupos del Mono Jojoy. También se supone, la información disponible que publicamos en el libro Las FARC en México (Aguilar, 2008) así lo hace suponer, que integrantes de grupos armados en México recibieron entrenamiento militar con las columnas de Jojoy en el pasado inmediato. Como ahora en su cuartel general se recuperaron decenas de computadoras y memorias USB habrá, sin duda, en el futuro cercano, muchísima información adicional.
Su muerte, y la destrucción del principal campamento de las FARC en territorio colombiano (nadie sabe con certeza el tamaño de los que están en la frontera con Venezuela, porque se asegura que se encuentran en territorio venezolano) golpearán la producción y distribución de drogas porque de esa zona del sur del país es donde están los mayores productores. No será un proceso inmediato porque las FARC, como los otros cárteles colombianos de la droga, cada día más asociados con los mexicanos, tienen amplios depósitos de cocaína en las sierras de su país (y se asegura que también en las naciones centroamericanas), para enfrentar la escasez de ese recurso.
Pero, además, importa por otra razón. Es una demostración de que la única forma de derrotar a estos grupos criminales es con una estrategia firme, intensa, persistente, que no se desvíe de sus cauces y tenga objetivos claros, donde las tendencias a la negociación, la legalización de las drogas (por lo menos no como un argumento de seguridad), las treguas, y las consideraciones que se utilizan con frecuencia en nuestro país para supuestamente "solucionar" el tema del narcotráfico, no tengan margen en una lucha que no puede el Estado asumir desde una posición de debilidad. Lo logró Colombia después de muchos años y pagando un costo alto, pero después de insistir ocho años en una misma estrategia ahora está cosechando los frutos de la misma y acabando con un conflicto, con una violencia (desconocida aún por nosotros), que ha durado más de medio siglo.
Por supuesto que, para eso, fue necesario recorrer muchos caminos, cometer muchos errores, pasar por esas treguas, pacificaciones, negociaciones, que los hicieron retroceder a veces años en su verdadero objetivo pero que, finalmente, cuando se adoptó la estrategia correcta, dio resultados.
Un punto adicional es importante. Esto no se hubiera logrado sin el Plan Colombia, que se implementó al final de la administración de Clinton y perdura hasta hoy, y sin una amplísima colaboración internacional, sobre todo con Estados Unidos. Nosotros no necesitamos un Plan Colombia, pero nos urge un Plan México, con compromisos concretos y colaboración intensa y estrecha por lo menos con Estados Unidos y Colombia (así como con toda la región centroamericana), si queremos avanzar más y más rápidamente en nuestro desafío contra el crimen

 

Un intelectual decente

Un intelectual decente/Gregorio Morán

LA VANGUARDIA, 25/09/10;

Hay profesiones en las que la decencia va incluida. Escribir, por ejemplo, que un abogado fallecido era decente, resultaría ofensivo para el gremio. En general, todo el mundo es decente mientras no conste lo contrario. Pasa con infinidad de gremios, pero hay otros donde el añadido se complica. Un escritor decente, por ejemplo, resulta una estupidez, no significa nada. ¿Qué quiere decir que un escritor sea decente? Que no roba los textos, que no paga sus facturas, que no maltrata a su mujer ni a sus hijos. Ni siquiera así tendría valor decir que alguien es “un escritor decente”. A menos que queramos precisar que se trata de un mediocre, que escribe decentemente. Ya ven que el lenguaje tiene derivas insospechadas.
Para ser considerado un intelectual – el intelectual es consideración que se otorga o se gana-se necesita algo más que saber escribir, publicar libros e incluso ejercer de tertuliano. Un intelectual es una definición social, un rol, un papel. Para ir acercándonos al asunto: Unamuno fue un intelectual decente, Ortega y Gasset bastante menos. Se trata de una apreciación en la que entran diversos factores, no estrictamente intelectuales, como son la coherencia personal, el valor cívico, la ligazón entre su vida y su obra, y otros cuantos que tiene mucho más que ver con la honestidad que con la inteligencia. Porque Ortega disfrutó de una influencia muy superior a la de Unamuno. Uno de los intelectuales más influyentes del siglo, Martin Heidegger, fue un prodigio en el campo de la indecencia; prueba para muchos de su notable talento.
Acaba de morir un intelectual decente y deberíamos consignarlo en una especie de acta de reconocimiento a las generaciones futuras, que con toda probabilidad les interesará una higa. Porque los intelectuales, si son tipos decentes, tienen un valor especial, sobre todo, cuando se forman, crecen, trabajan, piensan y sobreviven en tiempos donde la tónica general es la indecencia. José Antonio Labordeta, por ejemplo. Se crió en familia de la pequeña burguesía ilustrada, especie rarísima en cualquier lugar de España, donde hemos sido capaces de llamar “ilustrados” a los que estaban suscritos a un semanario y habían leído a Gironella. “En mi casa igual se leía a Virgilio que a Lautréamont”, decía Labordeta, no sin cierta orgullosa pedantería. Su padre era latinista y vivió desde la primera posguerra ese malditismo que son los Cantos de Maldoror de los derrotados. ¡Lautréamont, el uruguayo! Llamativo, antes de que existiera la wikipedia, preguntar de qué va eso. Unos cursos en el Colegio Alemán y un lectorado en Aix, de la Francia. Por lo demás, los estudios acá un fraude; iniciado en Derecho y una licenciatura en Letras, terminada sin apenas pisar una clase. Oposiciones a Enseñanza Media y un Instituto de Teruel, por buen nombre “Ibáñez Martín”, ministro inolvidable del Caudillo, suegro de hombre tan importante en nuestra Transición como Leopoldo Calvo Sotelo.
Me hubiera gustado asistir a sus clases de Historia en el Instituto -”el que no quiera oír la clase que se marche…”, ahora le hubieran abierto un expediente-.Para mí, José Antonio Labordeta estará siempre ligado a su hermano Miguel, porque hay pocos poetas que tuvieran su fuerza, su capacidad semántica, su sarcasmo, su imaginación. Apenas figura en las antologías, porque las selecciones poéticas las hacen en general mediocres perezosos. No así en la de José Batlló, de El Bardo,que recoge uno de los poemas más hermosos de la posguerra, “Un hombre de treinta años pide la palabra”,allí donde figura un verso-bordón que se repite hasta intimidarnos: “en nombre de mi generación yo os acuso”. Se publicó en 1967 y Miguel se murió dos años más tarde, con 48. Conservo un volumen suyo del año de su muerte, Los soliloquios,donde hay un verso terrible que aún hoy me estremece, “oh anciano muchacho solitario”.
A su hermano muerto dedicó José Antonio Labordeta un poema antológico, “Nos haces una falta sin fondo”,que recupera ese verso inmenso de su reverencial César Vallejo. Con éste nunca suficientemente admirado César Vallejo habrá de cerrar, indignado por el desdén y el fracaso, un disco de canciones que editó en 1991, Trilce.Se retiró de la canción entonces. Pero luego volvió, porque Labordeta siempre volvía. Su historia intelectual me admira porque sólo un aragonés, para mantener el tópico, hubiera sido capaz de tantas derrotas y desánimos, y volver a seguir. Andalán,en 1972, una revista de la que sólo se conserva la leyenda. Entonces ejercía de profesor en la pública y escribía relatos – el primero se lo publicó Cela en sus Papeles de Son Armadans,a comienzos de los setenta-,aún era pronto para la poesía; el peso en la ausencia de su hermano Miguel, quizá.
No hay pelea aragonesa en la lucha por la libertad que no tuviera a Labordeta intentándolo de nuevo. La Transición y la fundación del Partido Socialista de Aragón. El ministro Rubalcaba podría contarlo, porque era uno de ellos. Pero José Antonio escogió el otro lado y no se sumó a la cantada victoria. El cantaba otras cosas. Yo creo que debió presentarse a todas las elecciones desde las iniciales de junio del 77, y las perdió todas. Incluso me acuerdo de unas por el Senado en 1989, con Nueva Izquierda, aquella organización que sirvió para colocar en el PSOE a sus dos compañeros de grupo, “Dieguito” López Garrido y Mercedes Gallizo, hoy altos cargos del Gobierno. “La política es una madrastra sin entrañas”. Escribió Labordeta. Al fin entró en las Cortes de Aragón finalizando el siglo y ganó dos legislaturas en Madrid con la Chunta Aragonesista; la del 2000, con Aznar soberano, y la siguiente, del arcángel Zapatero. Le había servido mucho más un programa en la televisión que toda su obra de discos, libros y poemas. Ganó “el de la mochila”. Yo creo que era eso lo que generaba aquella animosidad agresiva con la que le trataba la derecha, y el desdén de los socialistas, todo hay que decirlo. (El inefable presidente de la Cámara, fino estilista de la cucaña, Manolo Marín solía equivocarse cuando se refería a él y le llamaba “Fernando Sagaseta”; un abogado canario radical que llevaba años muerto) Hoy le ríen aquellas jornadas, y todos se muestran condescendientes con él y hasta compadrean – ¡quieren creer que hasta Federico Trillo, el  chacal piadoso, afirma ahora que recuerda las clases de bachillerato que le dio Labordeta!-.Pero me gustaría volver sobre aquello, porque no fue una machada de un poeta valiente sino una humillación a la que respondió con una dignidad unamuniana. No es que mandara a la mierda a los diputados del Partido Popular que le increpaban. No se lo crean cuando se lo dicen tanto. “A la mierda” no fue más que el estrambote de un gran soneto. “Ustedes están habituados a hablar siempre porque aquí han controlado el poder toda la vida, y ahora les fastidia que vengamos aquí a hablar las gentes que hemos estado torturados por la dictadura. Eso es lo que les jode a ustedes, coño, y es verdad, joder. A la mierda”.
No fue la única tenida histórica con los que le gritaban “mochilero”, “vete a la tele”. Hubo otra genial, inolvidable, no menos unamuniana en el gesto, cuando el intelectual del PP, Carlos Aragonés, su eminencia gris al decir de algunos, le interrumpió en el griterío levantado el puñito en señal de burla: “¿Qué haces tú con el puño cerrado? Si el puño cerrado lo tengo yo, tío. Voy con el puño cerrado y con dignidad, no me lo cierres tú, gilipollas”.
Esos gestos, y otros muchos, conforman la decencia. Por eso Unamuno dijo aquello en Salamanca en el interminable 1936, y Ortega y Gasset lo otro en el Madrid hirsuto de 1946. Lo que ocurre es que a veces tengo la impresión de que Aragón queda tan lejos de Catalunya que parece como si hubiera desaparecido un intelectual birmano. No sé muy bien si la realidad se ha ido alejando de nosotros, o si hemos construido una realidad para nosotros solos. Con cargo al presupuesto

La amenaza de Jojoy

Columna Estrictamente Personal/ Raymundo Riva Palacio,
La amenaza del Mono Jojoy
Ejecentral.com, september 27, 2010;
La muerte de Víctor Julio Suárez la semana pasada en Colombia permitirá durante los próximos meses, si las autoridades colombianas y mexicanas acceden a hacer pública una voluminosa documentación en poder de los militares de aquella nación, escudriñar cajones muy bien ocultos a lo largo de los años que permitan ver el grado de penetración del narcotráfico en organizaciones sociales, universidades y en cuando menos dos partidos políticos. Suárez, uno de los comandantes de las FARC, es una pieza fundamental, al haber tenido bajo su cargo durante casi una década la relación con los cárteles de drogas mexicanos.
Suárez, cuyo nombre clandestino era “Jorge Briceño” y su nombre de guerra era “Mono Jojoy”, murió durante un ataque militar quirúrgico el miércoles pasado en la sierra colombiana, con lo cual las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, cuyo acrónimo es FARC, pierden el enlace fundamental con los cárteles mexicanos. De acuerdo con documentos del número dos de la organización, “Raúl Reyes”, muerto también en una operación militar en 2008, esa relación le significaría ganancias a las FARC por unos 700 millones de dólares.
La historia de las FARC en México tiene más de una década, y fue expuesta al público cuando la PGR detuvo en 2001 a Carlos Ariel Charry Guzmán, apodado “El Doctor”, quien era el enlace del “Mono Jojoy” con el Cártel de Tijuana, a través del lugarteniente de los hermanos Arellano Félix, Ismael Higuera, “El Mayel”. Su arresto se dio cuando organizaba uno de los cargamentos de cocaína procedentes de Colombia, y al ser detenido le encontraron un video donde estaba con Suárez. Pese a la evidencia, Charry Guzmán siempre negó estar vinculado a las FARC y al narcotráfico.
Aquella red de relaciones se fue extendiendo durante esta década. Las FARC, que ante la atomización de los cárteles de la droga colombianos fueron mudando de una organización guerrillera cuyo eje era el ideológico con la pretensión de la toma del poder hacia un grupo dedicado fundamentalmente al tráfico de drogas, llegó a enviar el 55% de la cocaína al mercado estadounidense a través de los cárteles mexicanos, según un documento de la DEA en 2008.
Pero las FARC no se limitaron a establecer sus relaciones sólo con los cárteles. Desde mucho antes que se involucraran en el narcotráfico, la organización guerrillera tenía en la ciudad de México uno de sus principales bases de operación política y diplomática, y mantenía una intensa relación con un sector del PRI, que le ayudaba económica y políticamente. Esos apoyos ha venido cambiando de partido, y en los dos últimos años han provenido principalmente del PT, algunos de cuyos representantes son considerados interlocutores válidos para las FARC. Los últimos representantes oficiales fueron Olga Marín, la hija de Manuel Marulanda, “Tirofijo”, el legendario líder de las FARC muerto de manera natural, casada con “Reyes”, y Luis Alberto Albán, “Mario León Calarcá”, que era el vocero.
En la última década, enfrentados al gobierno panista de Vicente Fox que cerró las oficinas de las FARC en 2002, la narcoguerrilla diversificó sus relaciones. Tras el enlace con el Cártel de Tijuana forjaron también vínculos con el Cártel de Sinaloa (hoy Pacífico), con los hermanos Beltrán Leyva, el Cártel de Juárez, y con Los Zetas. El negocio de la venta de drogas era altamente significativo. De acuerdo con uno de los documentos que se encontraron en la computadora de “Raúl Reyes”, un kilo de cocaína que costaba tres mil 500 dólares, al ser colocado por sus socios mexicanos en Estados Unidos, tendría una utilidad neta de cinco mil quinientos dólares; un kilo de cocaína dirigido al mercado europeo, que costaba 15 mil dólares al entregar, tenía una utilidad neta del 100%.
Pese a la declaración de guerra contra los cárteles mexicanos por parte del gobierno de Felipe Calderón, la relación no se interrumpió ni las FARC tomaron partido por una sola de las organizaciones criminales mexicanas. Sin embargo, intensificaron el establecimiento de relaciones con otros sectores políticos y sociales. Las FARC penetraron medios académicos y universitarios en México a través de los círculos bolivarianos que financiaba el gobierno de Hugo Chávez, y tenían nexos también con células vinculadas al EPR y con su enemigo ideológico, el ERPI. Uno de los ejes para las operaciones en México se encontraba en una de las facultades de la UNAM. Inclusive, las autoridades colombianas pidieron la extradición del ciudadano de ese país e investigador en la institución, Miguel Ángel Beltrán Villegas, a quien el gobierno en ese entonces de Álvaro Uribe identificó como “Jaime Cienfuegos” y dijo que era el principal operador de las FARC en México.
La documentación colombiana estableció también que el centro de mando de las FARC en México se escudaba en las Milicias Insurgentes Ricardo Flores Magón, mientras que señalaba como uno de sus líderes a Ángel Fermín García Lara, cabeza en México del Movimiento Bolivariano y dirigente sindical en el IMSS. García Lara ha negado esa asociación.
La relación con grupos radicales e incluso rebeldes se ha construido en los tres últimos años con información del gobierno colombiano al mexicano que muestra una ruptura de todo tipo de pacto no escrito entre las FARC y el gobierno con movimientos insurgentes en México. Uno de los vínculos más visibles es a través de las Milicias Insurgentes Ricardo Flores Magón, que nacieron en 1996 con el “Manifiesto de los Volcanes” donde reivindican la lucha armada, con grupos anarquistas que han estado detrás de bombazos en contra cajeros automáticos y empresas multinacionales en el Distrito Federal en los dos últimos años.
La profundización de contactos y relaciones de todo tipo de las FARC con fuerzas políticas, sociales y criminales en México está directamente relacionada con la llegada del PAN a la Presidencia. La muerte del “Mono Jojoy”, en la lógica electoral que domina la racional política del presidente Felipe Calderón, se inscribe como una gran oportunidad para golpear adversarios y vincular a algunos con el narcotráfico.
No sería una nueva estrategia, sino la continuación de una práctica. En esta ocasión ni siquiera tendría que ensuciarse las manos. Es cuestión de esperar que los colombianos procesen la documentación encontrada a Suárez, que le entreguen al gobierno mexicano lo que sea de su utilidad, y que la empiecen a procesar en Los Pinos política, jurídica y mediáticamente.

Matar a un periodista

 
Columna  PERDONEN QUE NO ME LEVANTE
Matar a un periodista
MARUJA TORRES
El País, 19/09/2010
 
El domingo 29 de agosto, Juan Miguel Muñoz publicó en este suplemento un reportaje sobre Terry Gould, periodista, autor de libros y artículos y de un volumen que empieza a abrirse paso en nuestras librerías: Matar a un periodista. El peligroso oficio de informar (Los Libros del Lince). El reportaje es estupendo y les remito a él, si es que se les pasó. Ello no es óbice para que esta metomentodo intente hoy atrapar su atención para despertar el interés de ustedes por este título, que considero imprescindible. Porque los buenos periodistas que mueren por contar la verdad mueren por nosotros. Por la libertad de nuestro leer.
"Los buenos periodistas que mueren por contar la verdad mueren por nosotros"
No es, el de Gould, uno de esos relatos autocomplacientes acerca de la heroicidad de los reporteros de guerra caídos en acción. Es otra cosa. Habla de los periodistas locales de países difíciles, esos de cuya muerte, si nos enteramos, lo hacemos por número: tres periodistas asesinados en tal o cual lugar; nada de nombres, nada de pena ni indignación, más allá de la abstracta.
Por haber nacido a finales de los cuarenta en la zona más pobre de Brooklyn, y porque su abuelo fue sicario de una mafia local y acabó en el basurero con una bala en el cuerpo, Terry Gould estaba biológicamente preparado para afrontar un admirable doble reto. Contar a los verdugos a la vez que narraba la obsesión justiciera de sus víctimas.
Y así es como siete reporteros que nos son ignorados, de países cuyas verdaderas tragedias no nos alcanzan, y la más famosa Anna Politkovskaya –¿pero acaso lo sabemos todo acerca de esta mujer que fue asesinada en el portal de su casa?–, nos abren la puerta del conocimiento.
Inicia su obra Terry Gould
Hay un dato estremecedor ya en la introducción: "Más del 90% de los más de 800 periodistas asesinados desde 1992 eran periodistas locales. Y prácticamente todos los instigadores –el 95%– han esquivado la cárcel".
Les reproduzco
Espero que no hayamos olvidado, nosotros, los asesinatos de periodistas, las intimidaciones perpetradas por ETA. Nadie está a salvo.
De la mano de Gould nos adentramos en las vidas de estas siete personas. He de nombrar a los otros, mientras me quede espacio. Guillermo Bravo Vega, de Neiva, ciudad colombiana en la que declaró su guerra particular a la corrupción; Marlene Farcía-Esperat, acribillada a tiros en su hogar, delante de sus hijos; Manik Chandra Saha, de Bangladesh; Khalid W. Hassan, de Irak, que se jugaba la vida haciendo reportajes y aún más intentando vivir como un occidental con libertades en un ambiente islamista fanático; Valery Ivanov y Alexei Sidorov, de Togliatti, una localidad a 800 kilómetros al sureste de Moscú que fue el Detroit del socialismo y luego se convirtió en propiedad de directivos, políticos y criminales.
Eso es todo. Ah, y sigan el catálogo de Los Libros del Lince. Es otra de esas editoriales pequeñas que se la juegan. Y, además, también está en mi barrio.
otro párrafo, que a todos nos concierne y que por mucho que repitamos nunca lo será lo bastante. Habría que grabar su significado a fuego en nuestras mentes: "Los periodistas representan el derecho de la gente a saber lo que hacen los personajes públicos, desenmascaran la delincuencia cuando la policía se niega a perseguirla (o forma parte de ella) y ayudan a los ciudadanos a conocer y comprender las actividades que grupos armados ilegales y terroristas llevan a cabo en la zona. Si los periodistas pueden ser asesinados como represalia por su trabajo y los asesinos no pagan por su delito, las sociedades en que se producen esos asesinatos estarán a merced de sociópatas". La cursiva es mía.
con una cita de Vaclav Havel: "No me interesa saber por qué el ser humano es capaz de hacer el mal, lo que quiero saber es por qué hace el bien". Bajo dicha premisa, Gould indaga y descubre. ¿Qué pulsión, qué obsesión, qué clase de rectitud, de sentido de la justicia, de rabia contra los asesinos impunes y poderosos, conduce a hombres y mujeres, cada día, en cualquier lugar del mundo –mientras yo escribo y ustedes leen– a jugarse la vida hasta el límite, solo por la verdad, nada más que la verdad y únicamente la verdad?

Hacer callar al mensajero
JUAN MIGUEL MUÑOZ
El País, 29/08/2010
 
En 2009, 76 periodistas fueron asesinados. Algunos, de la rusa Anna Politkóvskaya al bangladesí Manik Chandra, por difundir prácticas repugnantes de militares, presidentes o policías. Un libro narra la historia de siete de estos crímenes.En 1919, las Series Mundiales de Béisbol, uno de los acontecimientos deportivos del año en EE UU, fueron un fraude. Los gánsteres de Nueva York, encabezados por Arnold Rothstein, amañaron la competición, y entre los sabuesos a las órdenes del capo trabajaba un hombre bautizado con el nombre de Castaline,y apodado The Castilian (el castellano). Era el abuelo del periodista canadiense Terry Gould. "Es una triste historia. Mi abuelo pasó la mayor parte de su vida saliendo y entrando de cárceles y ambulancias. Finalmente, le dieron un balazo y fue arrojado desde un tejado de Brooklyn. El crimen organizado y las bandas callejeras fueron parte integrante de mi infancia. Llegué a aprender cómo piensan los criminales", comenta el autor de Matar a un periodista, el relato sobre siete periodistas asesinados por descubrir y difundir las prácticas más repugnantes de caciques, funcionarios, militares, presidentes, policías… Pero no trata Gould de averiguar por qué la filipina Marlene García-Esperat recibió un disparo en el ojo, en el salón de su casa y en presencia de sus dos hijos; o por qué corrió similar suerte la rusa Anna Politkóvskaya a las puertas de su vivienda; o por qué a Manik Chandra le volaron en Bangladesh la cabeza con el método del cóctel, la más rudimentaria de las bombas… Lo que Gould pretende saber es: ¿por qué estos periodistas adoptaron una actitud numantina, casi suicida? ¿Por qué desoyeron las amenazas explícitas y se enfrentaron incluso a sus familiares y amigos? "Todos concluyeron que para avanzar en sus investigaciones debían aceptar la muerte como consecuencia de su trabajo", explica el autor. Solo había que esperar la llegada del sicario." Raro es que un periodista se sienta amenazado en Occidente, y mucha gente cree que la cobertura de los conflictos bélicos es lo más arriesgado. Evidentemente, no es como pasear por los parisienses Campos Eliseos, pero los números cantan. Mucho más peligroso, sin punto de comparación, es enfrentarse a los políticos poderosos, a las mafias, al crimen organizado –que en algunos países se confunden en una misma identidad–, a sus manejos corruptos, al saqueo de los recursos públicos, a la censura de las guerras.
Y no digamos si se aventuran a hacerlo en países en los que la ley se aplica con dureza a los desvalidos y se viola con desfachatez insultante en beneficio de las élites.
"Elegí a hombres y mujeres
"Todos tuvieron experiencias traumáticas que les llevaron a pensar que el poderoso tiene que dejar de oprimir al débil", sostiene Gould. "Sus ciudades estaban dominadas por gente que creía en el principio opuesto, que los débiles ofrecen oportunidades para el enriquecimiento de los poderosos. Todos vivieron donde murieron, y murieron defendiendo al pueblo en que vivían".
Todos, sin apenas patrimonio.
Hija de un concejal que luchaba contra la corrupción en una ciudad filipina de Mindanao, Marlene García-Esperat contempló mientras escuchaba misa, siendo niña, cómo un hombre caía abatido a tiros a sus pies, aunque no fuera el objetivo de los criminales. "Me crié entre balas", decía. Licenciada en Química, contrajo matrimonio con un célebre periodista, Severino Arcones, asesinado años después. Todo influyó para que se adentrara en el periodismo después de investigar los desfalcos descomunales en el Departamento de Agricultura de su región. Los fondos destinados a laboratorios, semillas y planes agrícolas se dilapidaban para organizar el fraude electoral que alzaría a la presidencia a Gloria Arroyo-Macapagal en 2004. Los campesinos no veían un peso. Meses después se difundieron cintas en las que la mandataria orquestaba obscenamente el fraude en las urnas. Nada sucedió.
Marlene denunció y denunció,
Nacido en Bagdad y acribillado
Si todos escondían su credencial al abandonar cada día la oficina –trabajar para los estadounidenses podía acarrear el degüello o el tiro en la nuca–, Hassan se la colgaba al cuello al salir de casa en un barrio tomado por Al Qaeda. ¿Por qué adoptaba esta actitud temeraria, más bien suicida? En una céntrica calle bagdadí, unos individuos se bajaron de un coche y le rociaron de balas. Sobrevivió. Pero otro grupo descendió de un segundo vehículo y lo remató. Pudo ser cualquier fanático.
Resulta imposible precisar el cúmulo de aprendizajes y sensaciones que martillean en el cerebro de una persona para que se vuelque con semejante pasión en una misión. La visita a un centro de refugiados chechenos en Moscú, a mediados de la década de la noventa, fue la espoleta para Politkóvskaya, mujer de familia de diplomáticos, privilegiada, que había vivido años en Nueva York, vecina de una elegante avenida moscovita. Acabó jugándose la vida en Chechenia para denunciar la bestialidad de las tropas rusas –asesinato y tortura de prisioneros, violaciones– y las tropelías de los matones locales impuestos por Moscú como líderes de la república caucásica musulmana.
Lo que sucedía en Chechenia a casi nadie importaba en Rusia. La guerra apenas existía en los medios controlados por el entonces presidente, Vladímir Putin. Politkóvskaya –mujer de la que nadie se decía su amigo– no lograba comprender cómo el resto de sus colegas no se rebelaba con la misma energía. Le enfurecía la indiferencia y se enfrentaba a menudo a compañeros, a los que retiraba la palabra durante meses o años. Creía que el futuro democrático de Rusia se jugaba en esa guerra olvidada. Por los chechenos hacía lo que fuera necesario: cruzó la frontera de Chechenia en el maletero de un coche, sufrió torturas en una siniestra base militar, padeció un intento de envenenamiento a bordo de un avión. Sus hijos le imploraban que lo dejara todo. No hubo manera.
Tampoco pudo la esposa
Se oponía también a los desmanes y a la violencia de la guerrilla, aunque simpatizara con sus razones. Su vida, hasta su muerte, siempre estuvo salpicada por acontecimientos impactantes. Bravo sospechaba que su acaudalado padre había envenenado a su madre, una de las muchas amantes pobres de su progenitor, y, siendo joven, el propio Bravo mató a un hombre en una reyerta en un bar. Rechazó librarse de la condena, aunque le ofrecieron amañar testimonios y alegar embriaguez. Un lustro después, a partir de su liberación, se entregó a su comunidad.
en bangladesh,
–¿Merecen la pena semejantes sacrificios?
–Es triste decir –responde Gould– que están todos muertos. Pero han inspirado a sus vecinos a enfrentarse a gobernantes corruptos, gánsteres, fanáticos y a los terroristas que gobiernan sus ciudades.
–¿Ha cambiado algo en los lugares donde trabajaban sus siete protagonistas?
–En Colombia, Guillermo Bravo fue asesinado por sacar a la luz la corrupción oficial, y su nación ha hecho progresos para convertirse en un Estado menos corrupto. En los demás casos, el tiempo dirá. El cambio es lento en lugares como Irak, Rusia, Filipinas y el sureste asiático. A veces las naciones siguen durante muchos años la mala dirección antes de dar la vuelta. México es ahora un ejemplo. Muchos deben morir antes de que la vida sea libre.
'Matar a un periodista', de Terry Gould (Los Libros del Lince), se publica la próxima semana.
a Manik Chandra, siempre sosegado, le indignaba la desvergüenza de los llamados Siete Padrinos, que talaban bosques, destruían los cultivos de los campesinos y los manglares de Sundarban –de los últimos reductos del tigre de Bengala– para expandir sus granjas de gambas y multiplicar sus pingües beneficios. Su actividad secundaria: el saqueo, el tráfico marítimo en el puerto cercano. No se arredraba tampoco Chandra ante las extrañas amistades que nacieron en su país: los maoístas y los fundamentalistas islámicos llevaban a cabo operaciones conjuntas. Y ambos grupos estaban sometidos a las órdenes de los Siete Padrinos en la región de Khulna. Muy conocido en la zona, nunca se preocupó por protegerse, otra cualidad común a la mayoría de los asesinados. El 15 de enero de 2004, un individuo le llamó por su nombre en pleno centro de Khulna; Manik se apeó del rickshaw, y recibió el impacto del cóctel, una lata repleta de explosivo y metralla que estalla al contactar con la víctima. Murió decapitado.
de Guillermo Bravo convencerlo para que cerrara la puerta de su casa cuando ella marchaba a trabajar. La abría deliberadamente. Y al final, los sicarios entraron en su domicilio y lo ultimaron. Había destapado los vínculos corruptos de la clase política dirigente en la ciudad de Neiva en sus programas de radio y en sus escritos para diarios locales y nacionales, los turbios manejos del gobernador regional en la industria licorera, la complicidad de los paramilitares…
en 2007, a los 24 años de edad, por no se sabe quién, Khalid Hassan era un personaje de lo más peculiar para su entorno. Seguramente acomplejado por su obesidad –le gustaba que le llamaran "el macizo"–, Hassan nunca tuvo verdaderos amigos en su niñez. Fue probablemente uno de los primeros iraquíes en ver Pulp Fiction o Sexo en Nueva York. Profundo admirador de la cultura anglosajona, por influencia de su abuelo originario de Palestina, Hassan vestía como los norteamericanos. "Estos de Al Qaeda no van a decidir cómo tengo que vestirme", replicaba a quienes le advertían. Adoraba los teléfonos móviles, la televisión por satélite, Internet, y era muy bueno con los ordenadores. Hablaba inglés a la perfección y comenzó a trabajar para The New York Times. Se la jugaba para recopilar información en un Irak asolado por la guerra civil entre las milicias chiíes y suníes.
y remitió finalmente una carta a la presidenta Arroyo en la que anunciaba que sería asesinada y apuntaba con nombres y apellidos a los autores intelectuales. Días después fallecía a manos de un pistolero tras asegurar que había tenido comunicación directa con Dios. Los asesinos confesos dieron la razón a Marlene sobre la autoría intelectual. Pero esos altos funcionarios, dependientes de la presidencia, jamás pisaron la cárcel. La impunidad es norma. Fueron 60 los periodistas asesinados en todo el mundo en 2008, según Reporteros Sin Fronteras, y 76 el año pasado. Treinta de ellos, y de un solo golpe, a manos de la milicia de un gobernador del sur de Filipinas. El archipiélago es, cifras en mano, más peligroso que Irak.
que fueron asesinados en sus ciudades natales en los países donde hay más asesinatos de periodistas. Todos habían sido amenazados con una muerte segura, todos habían pronosticado sus propios asesinatos, pero persistieron en sus artículos hasta su final sangriento. Una de ellas, Anna Politkóvskaya, fue asesinada horas antes de que fuera a entrevistarla sobre otros crímenes en Rusia", explica Gould. El colombiano Guillermo Bravo y el joven veinteañero iraquí Khalid Hassan compartían con Chandra, García-Esperat y Politkóvskaya un mismo sentimiento: detestaban lo que observaban en sus ciudades y en sus países. Su compromiso con una mejor administración de los Gobiernos y con los derechos humanos fue indestructible. Y fatal.
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