3 abr. 2010

Julio Sherer y "El Mayo"


Revista Proceso Portada, edición #1744, 4 de abril de 2010
"Si me atrapan o me matan... nada cambia"
Julio Scherer García
Una expresión de Julio Scherer García ha quedado grabada con hierro candente, entre muchas otras, en quienes colaboramos con él. “Si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos…”. En el mayor de los sigilos, bajo la exigencia de reserva absoluta que él respetó y respeta, el fundador de Proceso fue convocado a encontrarse con Ismael El Mayo Zambada. “Tenía interés en conocerlo”, le dijo el capo del cártel de Sinaloa, colega y compadre de El Chapo Guzmán. En el encuentro, que terminó en puntos suspensivos, El Mayo Zambada dejó un reto: “Me pueden agarrar en cualquier momento… o nunca”.
Un día de febrero recibí en Proceso un mensaje que ofrecía datos claros acerca de su veracidad. Anunciaba que Ismael Zambada deseaba conversar conmigo.
La nota daba cuenta del sitio, la hora y el día en que una persona me conduciría al refugio del capo. No agregaba una palabra.
A partir de ese día ya no me soltó el desasosiego. Sin embargo, en momento alguno pensé en un atentado contra mi persona. Me sé vulnerable y así he vivido. No tengo chofer, rechazo la protección y generalmente viajo solo, la suerte siempre de mi lado.
La persistente inquietud tenía que ver con el trabajo periodístico. Inevitablemente debería contar las circunstancias y pormenores del viaje, pero no podría dejar indicios que llevaran a los persecutores del capo hasta su guarida. Recrearía tanto como me fuera posible la atmósfera del suceso y su verdad esencial, pero evitaría los datos que pudieran convertirme en un delator.
Me hizo bien recordar a Octavio Paz, a quien alguna vez le oí decir, enfático como era:
“Hasta el último latido del corazón, una vida puede rodar para siempre.”
Una mañana de sol absoluto, mi acompañante y yo abordamos un taxi del que no tuve ni la menor idea del sitio al que nos conduciría. Tras un recorrido breve, subimos a un segundo automóvil, luego a un tercero y finalmente a un cuarto. Caminamos en seguida un rato largo hasta detenernos ante una fachada color claro. Una señora nos abrió la puerta y no tuve manera de mirarla. Tan pronto corrió el cerrojo, desapareció.
La casa era de dos pisos, sólida. Por ahí había cinco cuadros, pájaros deformes en un cielo azuloso. En contraste, las paredes de las tres recámaras mostraban un frío abandono. En la sala habían sido acomodados sillones y sofás para unas diez personas y la mesa del comedor preveía seis comensales.

Me asomé a la cocina y abrí el refrigerador, refulgente y vacío. La curiosidad me llevó a buscar algún teléfono y sólo advertí aparatos fijos para la comunicación interna. La recámara que me fue asignada tenía al centro una cama estrecha y un buró de tres cajones polvosos. El colchón, sin sábana que lo cubriera, exhibía la pobreza de un cobertor viejo. Probé el agua de la regadera, fría, y en el lavamanos vi cuatro botellas de Bonafont y un jabón usado.
Hambrientos, el mensajero y yo salimos a la calle para comer, beber lo que fuera y estirar las piernas. Caminamos sin rumbo hasta una fonda grata, la música a un razonable volumen. Hablamos sin conversar, las frases cortadas sin alusión alguna a Zambada, al narco, la inseguridad, el ejército que patrullaba las zonas periféricas de la ciudad.
Volvimos a la casa desolada ya noche. Nos levantaríamos a las siete de la mañana. A las ocho del día siguiente desayunamos en un restaurante como hay muchos. Yo evitaba cualquier expresión que pudiera interpretarse como un signo de impaciencia o inquietud, incluso la mirada insistente a los ojos, una forma de la interrogación profunda. El tiempo se estiraba, indolente, y comíamos con lentitud.
Las horas siguientes transcurrieron entre las cuatro paredes ya conocidas. Yo llevaba conmigo un libro y me sumergí en la lectura, a medias. Mi acompañante parecía haber nacido para el aislamiento. Como si nada existiera a su alrededor, llegué a pensar que él mismo pudiera haber desaparecido sin darse cuenta, sin advertirlo. Me duele escribir que no tenía más vida que la servidumbre, la existencia sin otro horizonte que el minuto que viene.
“Ya nos avisarán –me dijo sorpresivamente–. La llamada vendrá por el celular.”
Pasó un tiempo informe, sin manecillas. ‘Paciencia’, me decía.
Salimos al fin a la oscuridad de la noche. En unas horas se cruzarían el ocaso y el amanecer sin luz ni sombra, quieto el mundo.
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Viajamos en una camioneta, seguidos de otra. La segunda desapareció de pronto y ocupó su lugar una tercera. Nos seguía, constante, a cien metros de distancia. Yo sentía la soledad y el silencio en un paisaje de planicies y montañas.
Por veredas y caminos sinuosos ascendimos una cuesta y de un instante a otro el universo entero dio un vuelco. Sobre una superficie de tierra apisonada y bajo un techo de troncos y bejucos, habíamos llegado al refugio del capo, cotizada su cabeza en millones de dólares, famoso como el Chapo y poderoso como el colombiano Escobar, en sus días de auge, zar de la droga.
Ismael Zambada me recibió con la mano dispuesta al saludo y unas palabras de bienvenida:
–Tenía mucho interés en conocerlo.
–Muchas gracias –respondí con naturalidad.
Me encontraba en una construcción rústica de dos recámaras y dos baños, según pude comprobar en los minutos que me pude apartar del capo para lavarme. Al exterior había una mesa de madera tosca para seis comensales, y bajo un árbol que parecía un bosque, tres sillas mecedoras con una pequeña mesa al centro. Me quedó claro que el cobertizo había sido levantado con el propósito de que el capo y su gente pudieran abandonarlo al primer signo de alarma. Percibí un pequeño grupo de hombres juramentados.
A corta distancia del narco, los guardaespaldas iban y venían, a veces los ojos en el jefe y a ratos en el panorama inmenso que se extendía a su alrededor. Todos cargaban su pistola y algunos, además, armas largas. Dueño de mí mismo, pero nervioso, vi en el suelo un arma negra que brillaba intensamente bajo un sol vertical. Me dije, deliberadamente forzada la imagen: podría tratarse de un animal sanguinario que dormita.
–Lo esperaba para que almorzáramos juntos–, me dijo Zambada y señaló la silla que ocuparía, ambos de frente.
Observé de reojo a su emisario, las mandíbulas apretadas. Me pedía que no fuera a decir que ya habíamos desayunado.
Al instante fuimos servidos con vasos de jugo de naranja y vasos de leche, carne, frijoles, tostadas, quesos que se desmoronaban entre los dedos o derretían en el paladar, café azucarado.
–Traigo conmigo una grabadora electrónica con juego para muchas horas–, aventuré con el propósito de ir creando un ambiente para la entrevista.
–Platiquemos primero.
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Le pregunté al capo por Vicente, Vicentillo.
–Es mi primogénito, el primero de cinco. Le digo “Mijo”. También es mi compadre.
Zambada siguió en la reseña personal:
–Tengo a mi esposa, cinco mujeres, quince nietos y un bisnieto. Ellas, las seis, están aquí, en los ranchos, hijas del monte, como yo. El monte es mi casa, mi familia, mi protección, mi tierra, el agua que bebo. La tierra siempre es buena, el cielo no.
–No le entiendo.
–A veces el cielo niega la lluvia.
Hubo un silencio que aproveché de la única manera que me fue posible:
–¿Y Vicente?
–Por ahora no quiero hablar de él. No sé si está en Chicago o Nueva York. Sé que estuvo en Matamoros.
–He de preguntarle, soy lo que soy. A propósito de su hijo, ¿vive usted su extradición con remordimientos que lo destrocen en su amor de padre?
–Hoy no voy a hablar de “Mijo”. Lo lloro.
–¿Grabamos?
Silencio.
–Tengo muchas preguntas–, insistí ya debilitado.
–Otro día. Tiene mi palabra.
Lo observaba. Sobrepasa el 1.80 de estatura y posee un cuerpo como una fortaleza, más allá de una barriga apenas pronunciada. Viste una playera y sus pantalones de mezclilla azul mantienen la línea recta de la ropa bien planchada. Se cubre con una gorra y el bigote recortado es de los que sugieren una sutil y permanente ironía.
–He leído sus libros y usted no miente–, me dice.
Detengo la mirada en el capo, los labios cerrados.
–Todos mienten, hasta Proceso. Su revista es la primera, informa más que todos, pero también miente.
–Señáleme un caso.
–Reseñó un matrimonio que no existió.
–¿El del Chapo Guzmán?
–Dio hasta pormenores de la boda.
–Sandra Ávila cuenta de una fiesta a la que ella concurrió y en la que estuvo presente el Chapo.
–Supe de la fiesta, pero fue una excepción en la vida del Chapo. Si él se exhibiera o yo lo hiciera, ya nos habrían agarrado.
–¿Algunas veces ha sentido cerca al ejército?
–Cuatro veces. El Chapo más.
–¿Qué tan cerca?
–Arriba, sobre mi cabeza. Huí por el monte, del que conozco los ramajes, los arroyos, las piedras, todo. A mí me agarran si me estoy quieto o me descuido, como al Chapo. Para que hoy pudiéramos reunirnos, vine de lejos. Y en cuanto terminemos, me voy.
–¿Teme que lo agarren?
–Tengo pánico de que me encierren.
–Si lo agarraran, ¿terminaría con su vida?
–No sé si tuviera los arrestos para matarme. Quiero pensar que sí, que me mataría.
Advierto que el capo cuida las palabras. Empleó el término arrestos, no el vocablo clásico que naturalmente habría esperado.
Zambada lleva el monte en el cuerpo, pero posee su propio encierro. Sus hijos, sus familias, sus nietos, los amigos de los hijos y los nietos, a todos les gustan las fiestas. Se reúnen con frecuencia en discos, en lugares públicos y el capo no puede acompañarlos. Me dice que para él no son los cumpleaños, las celebraciones en los santos, pasteles para los niños, la alegría de los quince años, la música, el baile.
–¿Hay en usted espacio para la tranquilidad?
–Cargo miedo.
–¿Todo el tiempo?
–Todo.
–¿Lo atraparán, finalmente?
–En cualquier momento o nunca.
Zambada tiene sesenta años y se inició en el narco a los dieciséis. Han transcurrido cuarenta y cuatro años que le dan una gran ventaja sobre sus persecutores de hoy. Sabe esconderse, sabe huir y se tiene por muy querido entre los hombres y las mujeres donde medio vive y medio muere a salto de mata.
–Hasta hoy no ha aparecido por ahí un traidor–, expresa de pronto para sí. Lo imagino insondable.
–¿Cómo se inició en el narco?
Su respuesta me hace sonreír.
–Nomás.
–¿Nomás?
Vuelvo a preguntar:
–¿Nomás?
Vuelve a responder:
–Nomás.
Por ahí no sigue el diálogo y me atengo a mis propias ideas: el narcotráfico como un imán irresistible y despiadado que persigue el dinero, el poder, los yates, los aviones, las mujeres propias y ajenas con las residencias y los edificios, las joyas como cuentas de colores para jugar, el impulso brutal que lleve a la cúspide. En la capacidad del narcotráfico existe, ya sin horizonte y aterradora, la capacidad para triturar.
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Zambada no objeta la persecución que el gobierno emprende para capturarlo. Está en su derecho y es su deber. Sin embargo, rechaza las acciones bárbaras del Ejército.

Los soldados, dice, rompen puertas y ventanas, penetran en la intimidad de las casas, siembran y esparcen el terror. En la guerra desatada encuentran inmediata respuesta a sus acometidas. El resultado es el número de víctimas que crece incesante. Los capos están en la mira, aunque ya no son las figuras únicas de otros tiempos.
–¿Qué son entonces? –pregunto.
Responde Zambada con un ejemplo fantasioso:
–Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió.
–¿Nada, caído el capo?
–El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.
A juicio de Zambada, el gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en días problemas generados por años. Infiltrado el gobierno desde abajo, el tiempo hizo su “trabajo” en el corazón del sistema y la corrupción se arraigó en el país. Al presidente, además, lo engañan sus colaboradores. Son embusteros y le informan de avances, que no se dan, en esta guerra perdida.
–¿Por qué perdida?
–El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.
–Y usted, ¿qué hace ahora?
–Yo me dedico a la agricultura y a la ganadería, pero si puedo hacer un negocio en los Estados Unidos, lo hago.
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Yo pretendía indagar acerca de la fortuna del capo y opté por valerme de la revista Forbes para introducir el tema en la conversación.
Lo vi a los ojos, disimulado un ánimo ansioso:
–¿Sabía usted que Forbes incluye al Chapo entre los grandes millonarios del mundo?
–Son tonterías.
Tenía en los labios la pregunta que seguiría, ahora superflua, pero ya no pude contenerla.
–¿Podría usted figurar en la lista de la revista?
–Ya le dije. Son tonterías.
–Es conocida su amistad con el Chapo Guzmán y no podría llamar la atención que usted lo esperara fuera de la cárcel de Puente Grande el día de la evasión. ¿Podría contarme de qué manera vivió esa historia?
–El Chapo Guzmán y yo somos amigos, compadres y nos hablamos por teléfono con frecuencia. Pero esa historia no existió. Es una mentira más que me cuelgan. Como la invención de que yo planeaba un atentado contra el presidente de la República. No se me ocurriría.
–Zulema Hernández, mujer del Chapo, me habló de la corrupción que imperaba en Puente Grande y de qué manera esa corrupción facilitó la fuga de su amante. ¿Tiene usted noticia acerca de los acontecimientos de ese día y cómo se fueron desarrollando?
–Yo sé que no hubo sangre, un solo muerto. Lo demás, lo desconozco.
Inesperada su pregunta, Zambada me sorprende:
–¿Usted se interesa por el Chapo?
–Sí, claro.
–¿Querría verlo?
–Yo lo vine a ver a usted.
–¿Le gustaría…?
–Por supuesto.
–Voy a llamarlo y a lo mejor lo ve.
La conversación llega a su fin. Zambada, de pie, camina bajo la plenitud del sol y nuevamente me sorprende:
–¿Nos tomamos una foto?
Sentí un calor interno, absolutamente explicable. La foto probaba la veracidad del encuentro con el capo.
Zambada llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió un sombrero. Se lo puso, blanco, finísimo.
–¿Cómo ve?
–El sombrero es tan llamativo que le resta personalidad.
–¿Entonces con la gorra?
–Me parece.
El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó.

El enemigo adentro

¿El enemigo está fuera o dentro?/Borja Vilaseca
Nuestros problemas con los demás son un reflejo de nuestros conflictos internos. Mientras no apacigüemos nuestra mente y serenemos nuestro corazón, seguiremos luchando contra ‘el enemigo’ exterior.
Publicado en El País Semanal, 4/04/2010
Para saber cuál es nuestro grado de sabiduría o de ignorancia en el arte de vivir basta con verificar cuál es nuestro nivel de satisfacción o de insatisfacción en nuestras relaciones. Detengámonos un momento y visualicemos mentalmente la cara de todas aquellas personas que forman parte de nuestra vida. No se trata de juzgarlas ni criticarlas: tan sólo de observar y de experimentar lo que nos hacen sentir.
Seguramente pensemos en nuestros padres y hermanos. En nuestra pareja e hijos. En nuestros amigos y conocidos. En nuestros compañeros… Y, cómo no, en uno de nuestros grandes maestros vitales; esa persona tan empática que nos proporciona situaciones adversas con las que entrenar nuestro desarrollo personal y a la que llamamos “jefe”.
Seamos honestos: ¿hemos tenido últimamente algún rifirrafe con alguna de las personas que han aparecido en nuestros pensamientos? ¿Nos llevamos realmente bien con todas? ¿Hay alguna a la que no soportemos especialmente? Tal vez admitamos haber discutido, habernos enfadado o incluso estar hartos de alguna de ellas.
LAS RAÍCES DEL CONFLICTO
“Deja de mirar la paja en el ojo ajeno y quítate la viga que tienes en el tuyo” (Jesús de Nazaret)
Sigamos con el juego. Viajemos con la mente a nuestro puesto de trabajo. Sí, a ese extraño lugar en el que pasamos al menos ocho horas de lunes a viernes, conviviendo con desconocidos que no hemos escogido y a los que vemos más que a nuestra propia familia y a nuestros amigos más íntimos. ¿Sentimos aversión crónica o le guardamos rencor a algún miembro de nuestro equipo? ¿Estamos en paz con nuestro jefe? ¿Es posible que nos ronden pensamientos negativos sobre alguno de nuestros compañeros de trabajo?
Quizá nos saque de quicio ese colega tan victimista que siempre aparece en el momento menos oportuno, contándonos lo desafortunada que es su vida y la manía que le tiene el jefe. O tal vez aquél otro tan chistoso, que parece haberla tomado con nosotros, soltando bromas que no suelen hacernos ni pizca de gracia… Eso sí, el que más nos molesta es uno que compite agresivamente contra nosotros, tratando de dejarnos en evidencia cada vez que el jefe hace acto de presencia.
Puede que ahora mismo pensemos que no es culpa nuestra, que somos buenas personas y que hemos tenido mala suerte por tener que compartir tanto tiempo en compañía de gente tan quisquillosa e incluso nociva. Pero hemos de saber que los psicólogos afirman que estos sentimientos suelen ser recíprocos. A nosotros también se nos juzga y se nos critica, en muchas ocasiones, por quienes menos lo esperamos. ¿Hemos pensado alguna vez qué opinión tienen los demás sobre nosotros? Y sincerémonos todavía un poco más: ¿hemos barajado la posibilidad de que puede que no sean los demás, sino que en realidad la persona conflictiva seamos nosotros mismos?
EL VERDUGO ES LA VÍCTIMA
“Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo, no sea que te chamusques a ti mismo” (William Shakespeare)
Se cuenta que un niño estaba siempre malhumorado y cada día se peleaba en el patio del colegio con sus compañeros. Cuando se enfadaba, se dejaba llevar por la ira y decía y hacía cosas que herían al resto de chavales. Consciente de la situación, un día su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que discutiera o se peleara con algún compañero clavase un clavo en la puerta de su habitación.
El primer día clavó 37. Poco a poco fue descubriendo que le era más fácil controlar su ira que clavar clavos en aquella puerta de madera maciza. Y en el transcurso de las semanas siguientes, el número de clavos fue disminuyendo. Finalmente llegó un día en que no entró en conflicto con ningún compañero. Había logrado serenar su actitud y su conducta. Y, contento por su hazaña, fue corriendo a decírselo a su padre, quien le sugirió que cada día que no se enojase desclavase uno de los clavos de la puerta.
Meses más tarde, el niño volvió corriendo a los brazos de su padre para decirle que ya había sacado todos los clavos. El padre lo cogió de la mano y lo llevó a la puerta de la habitación. “Te felicito, hijo”, le dijo. “Pero mira los agujeros que han quedado en la puerta. Cuando entras en conflicto con los demás y te dejas llevar por la ira, las palabras dejan cicatrices como éstas. Aunque en un primer momento no puedas verlas, las heridas verbales pueden ser tan dolorosas como las físicas. No lo olvides nunca: la ira deja señales en nuestro corazón”.
LA TIRANÍA DEL EGOCENTRISMO
“La enfermedad del ignorante es que ignora su propia ignorancia” (Amos Bronson)
Si tanto daño nos hacen los conflictos emocionales, ¿por qué criticamos y juzgamos a los demás? ¿Por qué luchamos y nos peleamos tan a menudo? ¿Por qué odiamos a otras personas? Y en definitiva, ¿por qué tenemos enemigos? Lo cierto es que llevamos a cabo todas estas conductas tan destructivas porque carecemos de la comprensión y el entrenamiento necesarios para relacionarnos de forma más eficiente con la gente que nos rodea. Prueba de ello es que solemos creer que los demás pueden herirnos emocionalmente si dicen o hacen cosas con las que no estamos de acuerdo.
Pero eso no es del todo cierto. La causa de nuestro sufrimiento emocional no está fuera, sino dentro: es nuestra reacción a lo que los demás dicen o hacen. Y esta reactividad se desencadena como consecuencia de ver e interpretar lo que nos sucede de forma egocéntrica. Es decir, queriendo que los demás se amolden a nuestros deseos, necesidades y expectativas. A este egocentrismo también se le conoce como “encarcelamiento psicológico” y es la causa última de todo nuestro malestar.
Además, debido a la reactividad y la negatividad creada por nuestras interpretaciones egocéntricas, vamos clavando clavos en nuestro corazón. Y eso nos sumerge en un círculo vicioso: cuanto más egocéntricos somos, más tristeza, ira y miedo albergamos en nuestro interior. Y a su vez, todas estas emociones negativas alimentan nuestro egocentrismo. Dicho de otra manera: nuestro estado de ánimo condiciona la percepción que tenemos de lo que nos pasa, y esta interpretación subjetiva de nuestras circunstancias condiciona nuestro estado de ánimo. Por eso llega un punto en que nuestro malestar nos impide –literalmente– establecer relaciones pacíficas y armoniosas con los demás.
DE DENTRO A FUERA
“Las verdaderas batallas se libran en el interior” (Sócrates)
Cuentan que Mahoma, acompañado de sus seguidores, llegó a una ciudad para difundir sus enseñanzas. Inmediatamente se les unió un discípulo que vivía en aquella localidad. “Maestro, en esta ciudad te van a perseguir, calumniar y demonizar”, le dijo preocupado. “Los habitantes son arrogantes y no quieren aprender nada nuevo ni diferente. Sus corazones están sepultados bajo una losa de piedra”. Mahoma asintió sonriente y le respondió con serenidad: “Tienes razón”.
Más tarde apareció otro discípulo de Mahoma que también vivía en aquella comunidad. Radiante de alegría, le dijo: “Maestro, en esta ciudad te van a acoger con los brazos abiertos. Los habitantes son humildes y están con muchas ganas de escucharte. Sus corazones están dispuestos a nutrirse con tu sabiduría”. Mahoma asintió sonriente y de nuevo afirmó: “Tienes razón”.
Incrédulo, uno de sus acompañantes se plantó delante del maestro y le preguntó: “¿Cómo puede ser que les hayas dado la razón a los dos si están diciéndote exactamente lo contrario?”. Y Mahoma, impasible, le contestó: “No vemos el mundo como es, sino como somos nosotros. Cada uno de ellos ve a los habitantes de esta ciudad según su punto de vista. ¿Por qué tendría yo que contradecirles? Uno ve lo malo y el otro ve lo bueno. ¿Dirías tú que alguno de los dos ve algo errado? No me han dicho nada que sea falso. Solamente han dicho algo incompleto”.
LA MALDAD NO EXISTE
“Ámame cuando menos lo merezca porque es cuando más lo necesito” (proverbio chino)
Para mejorar nuestras relaciones con los demás, primero hemos de hacer las paces con el único enemigo que hemos tenido, que tenemos y que podemos seguir teniendo a lo largo de nuestra vida. Y para conocerlo basta con que nos miremos en el espejo. Al tomar consciencia de que somos cocreadores de lo que sentimos y experimentamos en nuestro interior, empezamos a asumir la responsabilidad de sanar las heridas emocionales causadas por nuestras interpretaciones y reacciones egocéntricas.
A lo largo de este proceso de autoconocimiento y desarrollo personal, también nos damos cuenta de que la maldad no existe, pues cuando somos esclavos de nuestra reactividad no somos dueños de nuestra actitud ni tampoco lo somos de nuestra conducta. Lo que sí abunda es la ignorancia de no saber quiénes somos y la inconsciencia de no querer saberlo. Y lo cierto es que cuanto más egocéntricos somos, más sufrimos. Y que cuanto más sufrimos, más problemas y conflictos tenemos con los demás.
Para arrancar de raíz nuestros conflictos emocionales hemos de aprender a aceptarnos a nosotros mismos tal como somos. Al disolver a nuestro enemigo interno por medio de la comprensión y el amor, dejamos de proyectar nuestra oscuridad hacia el exterior. Ya no necesitamos falsos enemigos con los que luchar y a los que culpar de nuestro malestar. Cuando conectamos con nuestro bienestar interno, empezamos a interpretar lo que nos sucede con más objetividad y a ver a los demás con más neutralidad. Cuando logramos apaciguar nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro espíritu, comprendemos que lo que sucede es lo que es y lo que hacemos con ello es lo que somos.
Para aprender de nuestras relaciones
1. LIBRO
‘Transformar la ira en calma interior’, de Mike George (Oniro). Un ensayo muy lúcido sobre las verdaderas causas de nuestros problemas y conflictos, que tanta ira y malestar suelen generarnos. Según el autor, los enemigos los creamos y alimentamos con nuestra percepción egocéntrica de la realidad.
2. PELÍCULA
‘Crash’, de Paul Haggis. En esta película se muestra cómo en el interior de todos los seres humanos convive la luz y la oscuridad, y que nuestras relaciones humanas son un juego de espejos y proyecciones a través del cual podemos llegar a conocernos a nosotros mismos.
3. CANCIÓN
‘La danza del fuego’, del grupo Mago de Oz. Una canción que nos invita a mirar hacia dentro para encontrar el camino que nos conduce hasta nosotros mismos, aprendiendo de la ignorancia de los demás.
Cuestión de percepción
Cuentan que un experimentado conferenciante distribuyó unas hojas de papel a los miembros de su auditorio y les pidió que escribieran sus nombres y sus preguntas a fin de poder luego discutirlas y comentarlas. El procedimiento funcionó muy bien hasta que abrió una de las hojas que le habían dado y observó que en el papel plegado sólo había escrita una palabra: “¡Idiota!”. El conferenciante la leyó en voz alta sin inmutarse y se dirigió a su público: “Damas y caballeros, en las múltiples conferencias que llevo dando desde hace años, muchas personas han escrito su pregunta y han olvidado firmar con su nombre. Ésta es la primera vez que alguien firma con su nombre y olvida escribir su pregunta”.

Kate Moss


Kate Moss, la obsesión del milenio
LUCAS ARRAUT
El País Semanal, 28/03/2010
El mito nómada, transgresor y transformable. Agente catalítico de los cambios de la moda en estos 20 años. Un libro analiza la incombustible fascinación por una modelo que, sin quererlo, se convirtió en icono de una época.
Es 1990. Tras unas semanas recopilando baratijas en los mercadillos de Portobello y Camden, una fotógrafa y una estilista se llevan a una quinceañera a una playa de East Sussex, al sur de Londres, para realizar un editorial de moda para la revista The Face. El concepto y la modelo, tan desconocida como ellas dos, son exactamente lo opuesto al glamour hipervitaminado y aeróbico de Cindy Crawford, icono de la década que acaba de concluir. Cero maquillaje, cero producción, la idea es insuflar "un poco de realidad en un mundo de sueños". La fotógrafa, una antigua modelo que se crió con un padre ausente y una madre prostituta, ha visto en su joven musa el reflejo de su propia biografía. Y el de su propia generación. Las imágenes muestran a una niña de aspecto abandonado, con el pecho descubierto y unas plumas indias como todo atrezo. Sonríe, frunce la nariz y se desliza despreocupada por una playa desértica. Hoy me he saltado las clases, parece decir con sus ojos achinados. En vez de eso, estoy cambiando el curso de la historia de la moda.
La fotógrafa es Corinne Day, desde aquel instante, madre oficial del grunge; la estilista, Melanie Ward, futura mano derecha del diseñador Helmut Lang, rey del minimalismo de los noventa. El titular que acompañará a la foto de portada de la revista, El tercer verano del amor, pretende equiparar la eclosión del éxtasis, el house y las raves que inunda Inglaterra con la revolución hippy de 1967. Se acabó el glamour sobreproducido de los ochenta, han decidido entre todos. Kate Moss, la chica de portada, pasará automáticamente a convertirse en el rostro de lo que venga después. Sea lo que sea. Grunge, generación X, realismo sucio, heroin chic
Es una de las escenas sobre las que se sustenta Kate Moss Machine (Ediciones Península), un ensayo de Christian Salmon (Marsella, 1951) que reflexiona sobre el cambio de paradigma que ha sufrido la moda estos últimos 20 años. En él, la modelo británica, sin intención aparente -"Sublimes son esas vidas que se escriben sin que tengamos la impresión de que sus autores suden sangre y agua, casi a su pesar", describe Françoise-Marie Santucci, su biógrafa francesa-, es el agente catalítico de todos los cambios. "Ella representa el triunfo de la revolución neoliberal de Thatcher y Reagan", asegura el autor, "así como del relanzamiento de la Cool Britannia que Tony Blair orquestó en 1997 para ganar las elecciones. En el nuevo imaginario laborista, la factory de Andy Warhol ha eclipsado a la fábrica de Karl Marx". Del mismo modo que no hay Marilyn warholiana sin fotocopiadora Xerox, no hay Kate Moss sin Internet, el medio que ha amplificado hasta el paroxismo cada una de sus reinvenciones. "El estatus de modelo se transforma; de simple modelo a imitar, se convierte en modelo de simulación. Su cuerpo delgado, reducido al espesor de una letra o de un código, ya no pertenece al terreno de la anatomía, sino del léxico del branding y la técnica del morphing".
Con 16 años, Moss se estrena en la Semana de la Moda de París. Naomi Campbell, Linda Evangelista y Christy Turlington le sacan una cabeza, pero John Galliano quiere incluir a una mortal entre las diosas de su desfile de primavera-verano de 1990, inspirado en la huida de Anastasia, la hija pequeña del zar Nicolás II. "Vale, Kate, te persiguen los lobos", le indica. La modelo arranca a correr desesperada sobre la pasarela. "¡Nunca se había visto una crinolina volar así en una pasarela! Era absolutamente descarada. Y todo el mundo se levantó. Fue un momento mágico", relatará el diseñador gibraltareño a The Guardian. La irrupción de Moss desata la locura. Sus formas (o la ausencia de ellas) envejecerán los cánones de voluptuosidad imperantes a una velocidad que sólo tolera una industria como la de la moda. La leyenda relatará a partir de entonces la fábula de éxito de una adolescente criada en un entorno marginal que sin esfuerzo se convertirá en la modelo más importante del cambio de milenio. Sólo que, como recuerda Salmon, Moss tuvo una infancia más bien fácil, una educación un poco hippy con una madre en casa aficionada a las faldas de flores que escuchaba a los Rolling Stones, y un padre agente de viajes que se pasaba el tiempo buscando gangas para las vacaciones de los niños. Pero que la realidad no estropee un buen titular.
La edición británica de Vogue se hace eco por primera vez de la corriente realista y desglamourizada que catequizan las revistas de tendencias underground (The Face, i-D, Dazed & Confused) y su nueva camada de fotógrafos (Corinne Day, Juergen Teller, David Sims), inscritos en lo que más tarde se dará a conocer como La Escuela de Londres. En junio de 1993, la cabecera de Condé Nast publica un editorial de lencería de ocho páginas firmado por Day bajo el nombre de Underexposure. En él, Moss muestra prendas íntimas en el interior de su casa. No parece una modelo, podría pasar por cualquier adolescente británica mona. Sentada inocentemente sobre un radiador, rodeada de guirnaldas, un mobiliario mínimo, una cinta de Lou Reed en el suelo -una alusión clarísima, ironiza Salmon, al mundo de la droga-. La repercusión que obtiene, desde la perspectiva actual, se antoja surrealista: la prensa acusa a Moss de dar forma a una fantasía machista, hostigadora de la heroína. "Si tuviera una hija que se pareciera a eso, la llevaría al médico", resume elocuentemente la entonces directora de Cosmopolitan, Marcelle d'Argy Smith. La indignación, amplificada por los tabloides, eleva el grunge a la categoría de lacra social a erradicar. Y catapulta a Moss a mito mártir de la modernidad. "La ironía hastiada, un total-para-qué decoroso, rasgos propios de la generación X y que Kate Moss recicla a su manera, son los signos distintivos de un distanciamiento respecto de todo modelo. Si el papel de la moda es ofrecer modelos de identificación, Kate Moss es la antimodelo, representa la indiferencia por los códigos, el rechazo a imitar", explica Salmon.
El escándalo sólo estaba a punto de multiplicarse. Calvin Klein había elegido a la modelo para protagonizar el lanzamiento de su perfume Obsession. Después de trabajar con Richard Avedon y David Lynch, el diseñador estadounidense sorprende encargándole la campaña mundial a un perfecto aficionado de 21 años, el ex modelo reciclado en fotógrafo Mario Sorrenti. Es el novio de Moss. En la primavera de 1993 deja caer a la pareja en Jost Van Dyke, una minúscula isla del Caribe. Sin maquilladores, sin equipo, a la manera de Day. Sorrenti jugaría allí el doble papel de enamorado y de realizador. Una obsesión auténtica, la de él por ella, que se escenificará posteriormente en revistas, marquesinas y autobuses. "Lo notable de esas fotos era el efecto de real simulado. Lo que miramos en los carteles y en las pantallas no es sólo una imagen publicitaria que se supone nos llevará a comprar el perfume, es una experiencia que no es ni real ni ficticia, sino simulada y que se deja leer como tal", escribe Salmon. Era la verdadera revolución que, una vez más, anticipaba involuntariamente Moss: la de los reality shows, la de la realidad aplicada a un espectáculo comercial. Pero el mundo se quedó con otra lectura: la de su extrema delgadez.
"¡Aliméntame!". "¡Dame una hamburguesa!". "¡Anorexia!". Varios fueron lo eslóganes que aparecieron grafiteados sobre los carteles que mostraban el cuerpo desnudo de la modelo sobre un sofá. La revista People tituló: La piel y los huesos. Sarah Doukas, la agente de Moss, prohíbe a la modelo volver a trabajar con Corinne Day, que, desterrada de Vogue, abandona la moda para dedicarse a la fotografía artística y el documental. Aparece un cirujano plástico que asegura haber recibido a 100 pacientes blandiendo una foto de Moss. Hasta Bill Clinton llama a la concienciación. En el libro, Salmon asegura que la modelo "es más bien de buen comer" y achaca el revuelo a una maniobra de editores, diseñadores y minoristas que, como en una novela de Agatha Christie, se reunieron enigmáticamente para acabar con "la niña de la calle". Un look molesto que entorpecía el mercado y que no vendía complementos, ni productos de maquillaje, ni revistas de moda. La leyenda añade que fue la directora de Vogue USA, Anna Wintour, quien borró definitivamente el grunge de las pasarelas el día que concertó a los diseñadores más relevantes del orbe para advertirles de que si seguían negando el glamour en sus colecciones dejarían de aparecer en las páginas de su todopoderosa publicación.
Como en una huida hacia adelante, el matrimonio de Moss con Jefferson Hack, director de la revista Dazed & Confused, acercará a la modelo al mundo del arte contemporáneo, que la abrazará como musa y consolidará su estatus de mito pop warholiano. "Kate Moss es completamente ordinaria. Es lo que la hace extraordinaria", declaró el artista Alex Katz. "No da demasiado miedo, está casi a nuestro alcance. El tipo de chica que nos gustaría tener como vecina, sólo que nunca será nuestra vecina", describió el fotógrafo David Bailey. El más importante de los pintores vivos del Reino Unido, Lucian Freud, le dedica un retrato que da la vuelta al mundo. Le seguirán Tracey Emin, Jake y Dinos Chapman y Sam Taylor-Wood, en un porfolio especial para la revista W. Marc Quinn esculpe en 2000 una escultura de hielo de la modelo a tamaño natural que se expone en un refrigerador destinado a fundirla en el plazo de unos meses, "una metáfora perfecta de la manera en que consumimos su belleza. Kate se evaporará en la galería y la gente podrá literalmente respirarla", explicó el escultor. The Guardian cuestiona este empeño por reivindicar una figura tan "hueca" y proclama "la muerte del arte británico". Según Salmon, Moss ha dado forma a un nuevo tipo de sujeto, adaptable a cualquier circunstancia, capaz de reinventarse continuamente. Una sustancia fungible y mutante.
Cuando en septiembre de 2005, coincidiendo con la Semana de la Moda de Nueva York, el tabloide británico Daily Mirror publica las fotos ultrapixeladas de la modelo cortando rayas de cocaína bajo el titular contundente de Cocaine Kate, la ficción de un icono que transita por encima del bien y el mal parece evaporarse. Pero tras la alarma inicial, el gremio cierra filas en torno a ella. François-Henri Pinault, presidente del grupo PPR (que controla, entre otras, las firmas Gucci e Yves Saint-Laurent), denuncia la hipocresía de la industria en unas declaraciones que recoge The Guardian: "Si utilizamos a Kate como un símbolo de libertad, de transgresión, debemos ser honestos, no podemos utilizar su imagen para hacer pasar estos mensajes y luego extrañarnos de que sea transgresiva en su vida privada". A su vez, Galliano ironiza sobre el asunto en Vogue Paris, pidiendo a las grandes cadenas de ropa que se preocupan por la salud de la juventud que "extendieran esta nueva preocupación a las fábricas de los países en vías de desarrollo donde se producen muchos de sus artículos y que, en muchos casos, utilizan mano de obra infantil".
"Moss no encarna una deriva del sistema, sino su ideal-tipo. Es la rebelde integrada. El exceso asumido. No la transgresión de los códigos, sino un nuevo código contradictorio que hace de la transgresión una norma social", escribe Salmon. La modelo no sólo salió del atolladero, sino que mantuvo -cuando no aumentó- la mayoría de sus contratos publicitarios. El eslogan de L'Oréal, Porque yo lo valgo, es, según el autor, la expresión lapidaria de esta nueva cultura de la performance, una en la que el valor ha perdido todo referente y sólo se demuestra afirmándose. Moss podría haber salido de su clínica de desintoxicación reinventándose como nuevo rostro de una ONG, haciéndose fotos con los desprotegidos para expiar públicamente sus pecados. En vez de eso, en 2006, su amigo Alexander McQueen la convocó en la Semana de la Moda de París bajo la forma de un holograma, cubierta de cintas blancas en medio de una corte de mujeres mariposa, girando sobre ella misma como una aparición. Una resurrección simbólica. Según Salmon, más efectiva que cualquier proeza tecnológica.
El mito de Kate Moss ha evolucionado y madurado en sus 20 años de vida. Ha sido un peculiar espejo para la sociedad de su tiempo. Cuando ésta encara una nueva década y varias revoluciones paralelas, ¿cuál será el papel que el icono Moss jugará en el futuro?, ¿cómo envejecerá? "Ella va a sobrevivir como una marca, lleva años transformándose en una", opina Salmon. "Su colaboración con Top Shop o Longchamp son una prueba de ello. Pero va a desaparecer como personaje real. La era de Kate Moss ya se acabó, aunque es algo que no he creído necesario escribir en el libro. Siempre existe la posibilidad de que una tragedia, como la de Marilyn, alimente de nuevo el mito. Pero ése no es el deseo de nadie". Seguramente, Kate Moss también encontrará la forma de escapar de esos lobos.

Todo apunta a ifanticidio

El triste final de la 'Maddie' mexicana
La madre de Paulette Gebara, principal sospechosa de la muerte de la niña
SALVADOR CAMARENA - México -
Publicada en El País, 02/04/2010
"Sin pruebas, no hay crimen". Esta frase no ha sido extraída de ninguna serie policíaca. La pronunció hace unos días Lissette Farah, principal sospechosa de la muerte de su hija, Paulette Gebara Farah, de cuatro años, cuya desaparición se denunció en México el 22 de marzo y fue encontrada el miércoles sin vida en su habitación con síntomas de asfixia.
"Sin pruebas, no hay crimen". Esta frase no ha sido extraída de ninguna serie policíaca. La pronunció hace unos días Lissette Farah, principal sospechosa de la muerte de su hija, Paulette Gebara Farah, de cuatro años, cuya desaparición se denunció en México el 22 de marzo y fue encontrada el miércoles sin vida en su habitación con síntomas de asfixia.
El caso, que ha consternado a la sociedad mexicana, ha sido bautizado como el de la Maddie mexicana por las similitudes con la desaparición de la niña británica Madeleine McCann cuando estaba de vacaciones con su familia en Portugal en 2007. En este caso, como en aquel, los padres han sido señalados como posibles sospechosos, aunque el caso Maddie sigue sin resolverse. La mencionada frase "sin evidencia, no hay crimen" fue grabada por la policía hace unos días, cuando empezaron a sospechar de la madre. En un audio se escucha a Lissette Farah en su casa mientras explica a su otra hija, de siete años, qué hacer para no despertar sospechas.
Paulette nació en una familia con dinero. La zona de Interlomas, donde desde hace nueve años viven los Gebara Farah, es uno de los barrios insignia del poderío económico de Huixquilucan, municipio colindante con la ciudad de México. La niña vino al mundo con discapacidades motrices y de lenguaje, producto de su nacimiento a las 25 semanas de embarazo. Requería una atención permanente que, además de sus padres, le procuraban dos niñeras. Fue una de ellas la que en la mañana del lunes 22 de marzo descubrió que la pequeña no estaba en su habitación.
La familia avisó ese mismo lunes a la policía de la desaparición de la niña. En cuestión de horas Paulette se convirtió en centro de atención de las redes sociales en Internet. Fotos en las que aparecía vestida con vistosos disfraces, sonriente, comenzaron a circular a través de correos electrónicos, a aparecer en carteles, a convertirse en una imagen común en las avenidas de la capital.
Pero muchas cosas no cuadraban en su desaparición. Su precaria salud anulaba la posibilidad de que se hubiese escapado. Pero tampoco había rastro de que un extraño hubiera entrado en la casa. El secuestro se descartó: nadie contactó con la familia para pedir un rescate. Mientas, las comparecencias de los padres ante los medios sólo provocaron que las dudas se multiplicaran. "¿Así vas a salir en la televisión?", recordaba una periodista de Milenio TV que le dijo Mauricio Gebara a su mujer, vestida en chándal, unos minutos antes de la entrevista.
Si existe algún comportamiento especial que se debe mostrar cuando uno ha perdido a su hijo, sea cual sea, nadie nunca lo vio en Mauricio o Lissette. "Estoy tranquilo", llegó a decir el padre a El Universal cuando la niña llevaba días desparecida. El padre alegaba que estaba seguro de que su hija no estaría lejos.
A la semana de la desaparición, la policía decidió sellar el piso de los Gebara Farah. La última persona que entró al cuarto de la niña, según informó el propio procurador de Justicia, fue la madre, que pidió pasar para coger un jersey. Mauricio, Lissette y las dos niñeras fueron detenidos el lunes pasado para mantenerlos incomunicados en un hotel de Toluca, capital del Estado de México. Las autoridades explicaron que tal medida obedecía a que los principales testigos habían caído en contradicciones y que preferían mantenerlos aislados.
La medianoche del martes miembros de la policía científica llevaron a cabo la tercera reconstrucción de los hechos. Y fue cuando ocurrió el hallazgo. El cuerpo sin vida de Paulette, envuelta con unas sábanas, estaba en su habitación, semioculto, entre el colchón y la base de madera del mismo. En el mismo dormitorio en el que su madre, sentada en la cama, dio varias entrevistas a los medios.
Alberto Bazbaz, procurador de Justicia del Estado de México, informó esta semana de que Paulette murió por asfixia y que la personalidad de la madre había generado dudas, hasta el punto de pasar de testigo a sospechosa. Sin embargo, no especificó una fecha posible de la muerte, menos aún un móvil o lugar de la muerte. Tampoco explicó cómo el cadáver fue encontrado en la habitación nueve días después de que los investigadores tomaran las riendas, o si la niña murió después de que se denunciara su desaparición.

¿Infanticidio?

Especialistas en criminología consideran que se cometieron múltiples errores en la investigación de la desaparición y muerte de la niña Paulette Gebara Farah.
Rodrigo Zenteno, analista en seguridad pública por la UNAM, añadió que del perfil psicológico de la madre, Lisette Farah, se desprende que logró manipular a las autoridades durante varios días para convencerlas de que se trataba de un robo o secuestro."El comportamiento frío inicial de la madre debió haberse tomado en cuenta; descuidaron otros aspectos, habla de la precariedad que hubo para preservar la escena del delito", señaló.
Otra inconsistencia es que, aun con la utilización de perros de rastreo, no se logró detectar el cuerpo. "Puede ser que los perros hicieron una búsqueda externa y no entraron completamente al departamento o a toda la casa para buscar rincón por rincón. No es posible que los perros no la detectaran, lo que pasa es que no han de haber metido los perros", consideró.
La Procuraduría mexiquense informó que, de acuerdo con los primeros estudios al cuerpo de Paulette, se establece que murió entre el lunes 22 y el viernes 26 de marzo; es decir, arrojan un rango de 5 días.
Los especialistas consultados refieren que un buen estudio de cronotanatología permite establecer un margen de 2 días si se incluye el análisis de las ropas y sábanas donde estaba el cuerpo.
Nota de Reforma,
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Paulette/Maria Teresa Priego
El Universal, 3 de abril de 2010
La más absoluta indefensión. La vulnerabilidad y la dependencia física y emocional que viven los bebés y los niños en su relación con los adultos. Padres y/o figuras tutelares. Paulette. La fotografía de una niña pequeña con trencitas y su vestidito azul, recorrió las calles y las redes de apoyo en internet. Sus padres la buscaban. Miles de personas —dolidas y solidarias— comenzaron a buscarla con ellos. ¿Dónde está? ¿Un secuestro? La madre declaró que su hija necesitaba cuidados especiales. Paulette era especialmente frágil ante una situación de cautiverio. La madre fue entrevistada por Adriana Flores para Milenio TV. Sus gestos, sus palabras nos golpearon. “Desapego”, dijo después Sandra Yadeum, psiquiatra que trabaja en la investigación con la Procuraduría. Así se le llama al desamor. A la ausencia de empatía, de vínculo afectivo. “Desapego”. Podría ser un eufemismo en el contexto.
Esa frialdad con respecto a su hija, que al escucharla nos sumergía en una dolorosa extrañeza. La entrevista con el padre no fue muy distinta “No hubo suceso”, (no hubo irrupción violenta en su domicilio “como en las fantasías”). ¿No hubo “suceso”? Entre todas las palabras posibles: “Harry Potter”, dijo la madre, como si hablara una niña de cinco años ajena a la realidad y al maternaje, y cuyas referencias se limitan a “ingenuas” historias de magos. Ese infantilismo tan fuera de lugar y tan absurdamente a destiempo en los tonos y en los gestos. Despiadado.
Por angustiante y “reveladora” que esa frialdad pudiera parecernos, quedaba ¿queda a estas alturas? apelar al estado de shock en el que se encontraban ambos padres. La necesidad —tan humana— de negar la tragedia cuando irrumpe. ¿Acaso sabemos cómo reaccionaríamos ante un impacto tan insoportable? La información y la intuición señalaban (señalan) hacia el círculo más íntimo de la niña. Y sin embargo, si la sospecha latía fuerte y se expresaba, la esperanza también. “La van a encontrar”.
Según el procurador, la madre respondió a su hija mayor quien le preguntaba ¿por qué tenían que “callar”? “Porque si no nos van a echar la culpa de que nos la robamos o de que tú la sacaste para que se la roben´”. Un: la policía puede culparte a ti. Tú podrías haber deseado y provocado que se la robaran. ¿Y qué hace una niña de siete años con ese espanto decretado por su madre? ¿Una madre homicida? No lo sabemos aún. Sí una madre capaz de pronunciar palabras de una crueldad pasmosa.
Quien asesina a su madre es matricida. Es parricida quien asesina a su padre. Cuando un padre o una madre asesinan a un hijo se llama “infanticidio” o “filicidio”. Es infanticida también quien asesina a un niño que no es su hijo. Es el horror. Pero es un horror de contenidos distintos. Quien asesina a un hermano también es filicida, puesto que cometió un crimen dentro de los vínculos de la filiación. No encontré una palabra que nombre específicamente a una mujer o a un hombre que asesinan a su hija/o. El lenguaje expresa —a veces por omisión, como en este caso— nuestros inconcebibles. Aquello que aunque exista en la realidad, aunque la razón lo constate, nos parece, nos seguirá pareciendo siempre, emocionalmente insoportable.
La doctora Yadeum declaró que el trastorno de personalidad de la madre de Paulette podría haberla llevado a “violar la ley”, lo que no significa —puntualizó— que cada persona que padece un trastorno “viole la ley”. Su explicación me pareció muy importante: La indispensable especificidad del trabajo psiquiátrico responsable. Sin generalizaciones peligrosas, que de banalizarse, (“Los trastornados”) pudieran convertirse en agresión y/o rechazo hacia otras personas —que no dañarían a nadie— y que viven en el sufrimiento de trastornos psíquicos. Reitero: sin dañar a nadie.
Paulette fue encontrada sin vida junto a su cama. Una sombra oscura cayó sobre nosotros. Oscuridad urgida de palabras, de la necesidad de entender, una exigencia de que se le haga justicia. Un inmenso duelo por ella en toda su singularidad. Un duelo y una reflexión obligada por lo que su asesinato nos significa —también— como individuos y como sociedad: cada bebé, cada niño víctima de homicidio, de negligencia criminal, de abuso sexual. Explotación. Violencia. Cada niño que sufre, que está en riesgo, que es dañado en su integridad. Los que no sabemos y necesitarían tanto que supiéramos. Cuando aún es tiempo. ¿Quién los protege en su cotidianidad ante el dolor más profundo cuando sucede? La traición de los adultos tutelares. Cuando el espacio de lo “privado” se convierte en el espacio sin límites. Silencio. Ocultamiento. La “intimidad” como espacio de impunidad.
¿Dónde está Paulette? La pregunta que atravesó las redes emocionales. Como un espacio vacío entre los brazos. Nenita de ojos dulces. Una canción de cuna para ti. Te arrullan decenas de miles de voces. Una canción de cuna. La más amorosa. La más protectora. La más suave de todas. Para ti.
mariateresapriego@ hotmail.com
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Columna Sobreaviso


Columna SOBREAVISO / Peligro: ¡Alta Tensión!
René Delgado
Reforma, 3 abril 2010.- Si Gobernación emitiera un reporte con los índices de estabilidad política, paz social y violencia criminal, quizá daría una alerta con la leyenda: "Peligro: ¡Alta Tensión!".
Y es que el saldo del primer trimestre del año, antesala de la competencia electoral que cobrará calor en 15 estados de la República, no augura un proceso tranquilo. Todo lo contrario, advierte un peligro.
Serias complicaciones en los frentes social y diplomático derivadas de la violencia criminal y una creciente tensión política producto del golpe de timón en las alianzas del calderonismo afloraron durante estos primeros 90 días. A ellas se agregarán, por naturaleza, las diferencias que toda elección subraya.
Ante esa perspectiva es deseable que el gobierno tenga bien claro el porvenir, tome las precauciones necesarias y cuente con un plan de emergencia.
* * *
El desbordamiento de la violencia criminal al ámbito social y diplomático, particularmente en la frontera norte, repuso sobre la mesa dos cuestiones ante las cuales no cabe el asombro.
El lanzamiento de granadas contra la gente la noche del 15 de septiembre de 2008 en Morelia y la aparición de "los tapados" en febrero de 2009 en Monterrey avisaron de la desestabilización que el crimen podría provocar si atentaba contra la sociedad o si integraba a segmentos de ella a su actividad. Esos dos sucesos, junto con el ingrediente ideológico-propagandístico que "La Familia" -primer cártel denominado por un valor y no por su radio de operación- incorporó a su proceder, hablaban de un cambio cualitativo en la actuación criminal.
Ese aviso obligaba a reconsiderar si la sola estrategia policial-militar bastaba para encarar el desafío. Sí, era preciso sostener la parte represiva fortaleciendo la inteligencia para evitar derrames, pero también atender la parte preventiva desarrollando políticas de empleo, educación, salud y bienestar. Detrás del Ejército y la policía deberían de ir los empleadores, los maestros y los médicos, se advirtió entonces.
Pese a lo evidente se mantuvo la estrategia original. Se despreció la crítica, todo era cuestión de apoyar en sus términos el combate. Así se llegó a la crisis de este enero, cuando la ejecución de 15 jóvenes en Juárez expuso dolorosamente el fracaso de aquella estrategia y, contra la pared, ahora se intenta replantearla, reconociendo que el combate al crimen no puede reducirse a un problema de capacidad de fuego.
A lo ocurrido en Juárez siguió Torreón, Juárez de nuevo, Monterrey, Pueblo Nuevo y la alteración constante de la muy relativa paz social en distintas plazas de Tamaulipas. Sobra decir que la ejecución de personal vinculado al consulado de Estados Unidos en Ciudad Juárez derramó el problema a un campo más: el diplomático. Un extra que, ahora, con obvia dosis político-clientelar, explota el senador republicano John McCain pidiendo militarizar la frontera de Arizona con México. Y que se concreta en Nuevo México a instancias del gobernador Bill Richardson.
Aun hoy, el rediseño de aquella estrategia no cobra cuerpo y menos aún arroja resultados. Las giras oficiales para condenar la muerte de vidas inocentes y condolerse de ellas es la novedad.
* * *
A ese desbordamiento de la violencia criminal al campo social y diplomático se sumó un ingrediente político.
Pese al problema de gobernabilidad que plantea el crimen, el gobierno y su partido resolvieron privilegiar su participación en el terreno electoral. Al efecto, se tomó una decisión con dos vertientes y una consecuencia: encarar las elecciones estatales a fin de reposicionarse ante la sucesión presidencial; convertir al aliado político en el adversario electoral (el priismo) y al adversario político en el aliado electoral (el perredismo); y, consecuentemente, encarecer los acuerdos que serán imprescindibles si la crisis criminal arrecia.
Aunado a lo anterior, el único asunto estructural con espacio en la agenda nacional durante el primer trimestre del año -la reforma política- tiene ahora muy reducidas posibilidades de concretarse. Si la elaboración y aprobación de esa reforma a partir de las distintas propuestas prevalecientes no se realiza en este mes, deberá guardarse al menos hasta el próximo periodo legislativo ordinario. Resulta difícil pensar en un periodo extraordinario para legislar ese asunto, al calor de las campañas electorales.
Ese giro de 180 grados en la política del gobierno y su partido ha provocado ya desencuentros entre el panismo y el priismo -ahí está el escándalo del "papelito y papelón"- y, dada la importancia de los comicios estatales en la perspectiva de la sucesión presidencial, es claro que se va a la polarización. Si las elecciones subrayan diferencias y desvanecen coincidencias, estos comicios tienen por característica la confrontación de dos bloques. Hay siete partidos, pero en seis de las 12 gubernaturas a renovar se perfila una competencia entre dos candidatos. Se va a la polarización.
El argumento de que se quiere acelerar la democratización del país a través de la alternancia donde nunca se ha conocido una administración distinta al tricolor es falaz: el foxismo demostró que alternancia no es sinónimo de alternativa.
* * *
Las 15 elecciones convocarán a las urnas casi al 32 por ciento del padrón nacional y renovarán 12 gubernaturas.
Por su peso electoral, Veracruz, Puebla, Chihuahua, Oaxaca y Tamaulipas obligarán a los contendientes a desplegar sus mejores y sus peores artes para hacer de esos territorios y gobiernos enclaves fundamentales en el 2012. Los tambores de "guerra sucia" suenan fuerte y desde ahora en Veracruz, Oaxaca, Hidalgo y Puebla, pero sin duda redoblarán más ahí donde la competencia sea cerrada.
Lo grave de esto es que el poder político estará en juego, precisamente, donde el crimen ha desestabilizado un número considerable de plazas y disputa al Estado el control del territorio, el monopolio de la violencia, el cobro del tributo e incluso el gobierno. Dos de ellas colindan con Estados Unidos -Tamaulipas y Chihuahua- y dos más tienen por sello el desarrollo de la industria criminal en un marco de impunidad: Sinaloa y Durango. Ahí jugarán los partidos... pero, sin duda, también podrá hacerlo el crimen.
Sin reparar en las campañas donde la "guerra sucia" dejará oír sus tambores, realizar campañas en territorios fuera de control por parte de la autoridad civil y sometidos parcialmente por el crimen es peligroso.
* * *

Vía Crucis

La tercera caída/Jorge Juan Fernández Sangrador, director de la Biblioteca de Autores Cristianos
ABC, 01/04/10):
El vía crucis que, presidido por el Papa, tiene lugar cada Viernes Santo en el Coliseo de Roma, es seguido, gracias a los medios de comunicación, por millones de personas, que acompañan internamente a Cristo en su camino hacia la cruz, mientras escuchan las meditaciones y plegarias que, escritas por una personalidad relevante del cristianismo, son leídas, en el Anfiteatro Flavio, por profesionales de la palabra.
Hace cinco años, el 25 de marzo de 2005, Viernes Santo, Juan Pablo II no pudo desplazarse al Coliseo para participar en el vía crucis. No se hallaba en condiciones físicas para permanecer a la intemperie por espacio de dos horas. Desde su oratorio, se asociaba, abrazado a un crucifijo, a aquella multitud que, al pie del Palatino, recordaba cómo habían sido los últimos momentos de la historia terrenal del Hijo de Dios. Una cámara de la televisión fungía de vínculo de unión entre la capilla del apartamento pontificio y el resto del mundo, que, gracias a ella, podía contemplar con tierno afecto la figura curvada del Papa, que, en su valetudinario estado, conservaba, sin embargo, incólume el vigor interior. Ocho días después, el 2 de abril, a las 21,37 horas, Karol Józef Wojtyla entregaba el alma a Dios.
Las meditaciones y oraciones del vía crucis de aquel año estuvieron a cargo del entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, quien articuló las catorce estaciones en torno a un versículo del Evangelio según san Juan: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12,24). Las relaciones entre la pasión y muerte de Jesucristo con la eucaristía fueron magistralmente puestas de relieve por el cardenal alemán, que, de este modo, contribuía a disponer espiritualmente a toda la Iglesia para la celebración de la XI Asamblea General del Sínodo de los Obispos, convocada para el mes de octubre de ese mismo año en Roma. El argumento propuesto por Juan Pablo II para la reflexión colegial era precisamente ese: la eucaristía en la vida y en la misión de la Iglesia.
Al comentar la piadosa tradición de las tres caídas de Jesús, tumbado al suelo por el peso de los pecados de la humanidad, Joseph Ratzinger atribuía la primera a la soberbia. Esta induce al hombre a pensar en la posibilidad de producir él mismo, como si fuera Dios, otros seres humanos, a los que ve, en el intento por lograrlo, no como iguales a él, sino como mero material de laboratorio, mercancía que se puede comprar y vender, instrumentos que se emplean con el fin de superar la propia muerte.
A Cristo, según el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo abate a tierra, por segunda vez, aquel peso que, desde Adán, viene derrumbando a todos los hombres, que, a merced de la concupiscencia y de los vicios de cada época, con sus excesos y perversiones, sucumben al acoso de fuerzas adversas y siempre renovadas. Y junto a esto, las imponentes ideologías que, en los países de tradición cristiana, tratan de construir un nuevo paganismo, que, a la par que arrumba a Dios, banaliza al hombre y se desentiende de él.
La tercera caída de Jesús, bajo el peso de la cruz, se debe, según Joseph Ratzinger, a los traspiés existenciales del hombre en general, pero también a los pecados de la Iglesia: contra la eucaristía, la palabra de Dios y el sacramento de la reconciliación. Y a la infidelidad de los sacerdotes. La traición de los discípulos y la recepción indigna de su Cuerpo y Sangre -decía, en aquella ocasión, el purpurado- hieren sobremanera el corazón de Cristo. Y lo exponen a befa. A Él y a los suyos.
La raíz de este desorden se halla, una vez más, en la soberbia y en la autosuficiencia. Y algunos opinan que hay caídas de las que la Iglesia, si es que se levanta, no va a reponerse de ellas plenamente. Es el caso de los abusos sexuales por parte de sacerdotes y religiosos, de los que, en estos días, los medios de comunicación ofrecen abundante información. En la carta pastoral que Benedicto XVI escribió a los católicos de Irlanda, firmada el pasado 19 de marzo, advierte a todos que el camino de curación, renovación y reparación, para la Iglesia, en este asunto, no va a ser fácil ni de recorrido corto.
Hace dos años, en abril de 2008, durante el viaje a los Estados Unidos, el Papa explicó cuáles han de ser los pasos que la Iglesia debe seguir en esa andadura, con arreglo a tres niveles de actuación. En primer lugar, colaborar con las instancias civiles para que se haga justicia y se apliquen las correspondientes penas a los responsables de abusos. Y ayudar de todas las formas posibles a las víctimas, siendo ésta, de entre las múltiples acciones que se acometan, prioritaria. En segundo lugar, trabajar por la reconciliación entre la Iglesia y las personas que han sufrido tales desmanes, a sabiendas de que tienen motivos para no perdonarla. En tercer lugar, llevar a cabo, en los seminarios y noviciados, un adecuado programa de selección y formación de candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa.
Este protocolo, afinado aún más en la carta pastoral dirigida a los católicos de Irlanda, que la Iglesia se ha autoimpuesto para poner en claro los casos de abusos, movida por la voluntad de proceder con verdad y en justicia, contribuirá no poco a que sea tenida como instancia de referencia por parte de aquellas instituciones que van a verse urgidas a arrostrar también, en un futuro próximo, ese drama, que, según revelan las estadísticas, viene dándose en ellas desde hace tiempo. La misión de la Iglesia es ser sal y luz, y su autoridad moral resplandecerá renovada a los ojos del mundo.

Viajando a Austria, en septiembre de 2007, Benedicto XVI fue entrevistado en el avión por un periodista que le preguntó cómo andaban las cosas en ese país después de haber vivido, en los años 90, serias tensiones y divergencias en el seno de la Iglesia. Quería saber si ya habían sido superadas. El Papa respondió con toda franqueza que no, pero antes de decir esto, dio las gracias a cuantos, en medio de las dificultades, fueron fieles a la Iglesia, en la que, a pesar de contar entre sus filas con pecadores, supieron reconocer el rostro de Cristo. Y es que también existen en ella testigos luminosos de la fe y de la caridad. Son la mayoría: laicos, religiosos y sacerdotes, que, fortalecidos por la gracia de Dios, aspiran a la santidad y a vivir sencilla y gozosamente las enseñanzas evangélicas.
Es precisamente en la comunión de la Iglesia en donde se encuentra realmente a Jesucristo, que, incluso después de la resurrección, lleva, en su cuerpo glorioso, las llagas de la pasión. Injusta, desproporcionada, humillante. Puede, por ello, compadecerse de la humanidad afligida y sanar, por el efecto salvífico de sus heridas, aquellas que, por no haber recurso humano que las alivie, se muestran incurables. Y el esfuerzo enorme que, en su debilidad extrema, aplastado bajo el peso de los pecados de los hombres, hace Cristo para alzarse del suelo en el camino hacia el Gólgota, es impulso que tira hacia arriba de cuantos, postrados en el vía crucis de la vida, parece que ya no se pueden levantar. Incluidos los de la tercera caída.

Despenalizar las drogas

Otro reto para Obama/Fernando Savater, escritor
Publicado en EL PAÍS, 02/04/10;
Para quienes teníamos 20 años cuando mataron a Martin Luther King y recordamos al gobernador Wallace en la puerta de la Universidad de Alabama cerrando el paso al estudiante negro que había reivindicado su derecho constitucional a entrar en ella, la llegada de Obama a la presidencia de Estados Unidos supuso ante todo el cumplimiento de un sueño romántico juvenil: algo insólito, porque pocos llegan a realizarse. Entonces admiré al candidato vencedor, desde luego, pero sobre todo la transformación regeneradora del electorado que le votó.
Y me acordé de nuevo de Lindon B. Johnson, el presidente de la posguerra que más hizo por los derechos civiles y acabó con la segregación racial en las escuelas: los niños así educados con menos prejuicios fueron los que votaron 40 años después a Obama…
Pudiera uno haberse dado ya por satisfecho con ese triunfo, lo mismo que algunos aficionados en la Maestranza -si me disculpan ustedes el hoy peligroso símil taurino- se marchaban a casa después de ver hacer el paseíllo a Curro Romero, sin pedir más milagros al ruedo ni a la vida. Sin embargo, lo mejor estaba por llegar y es ahora, controvertido y limitado a la honrada estatura humana, cuando Barack Obama me merece auténtica admiración. Por haber intentado muchas cosas y haber logrado unas cuantas; por hablar con insólita claridad, a su país y al oportunismo “pacifista” de quienes le concedieron el Nobel; por haber irritado a los banqueros, haber decepcionado inicialmente a Michael Moore y conseguir que Fidel Castro le tache de “fanático imperialista”; por haberse puesto serio con Netanyahu y parece que marcar el inicio de un respaldo menos acrítico y más exigente a Israel; por haber luchado tenazmente por salvar lo más posible de su reforma sanitaria, pese a que quizá hubiese podido quedar bien aplazándolo todo para no “crispar” ni dividir al país; y -last but not least- por sacar de quicio a los frikis de nuestra izquierda y derecha mediáticas, que le acusan de ser demasiado americano o de querer “europeizar” Estados Unidos.
Ahora sí se gana un puesto en la cima política, no desde la beatitud inane del coro celestial sino a trompicones, renuncias parciales, fracasos y mandobles.
De modo que, aunque ya tiene lo suyo, es inevitable hacerle rogativas y pedirle todavía más… incluso quienes no somos ciudadanos de su país. ¿Por qué no enviarle también otra instancia? Mi solicitud es que reconsidere la actual situación de las llamadas drogas ilegales. Hace más de 20 años hice la única de mis profecías políticas que se ha cumplido… desgraciadamente, porque hubiera preferido equivocarme como siempre. Anuncié que la cruzada contra la droga no acabaría ni mucho menos con ella, todo lo contrario, pero en cambio pondría en grave riesgo la estabilidad de las democracias en Hispanoamérica. A la vista está lo que ocurre hoy en México, como ayer en Colombia y otros países. Incluso en el nuestro, donde el 80% de los reclusos menores de 30 años están encarcelados por delitos referidos a esas sustancias arbitrariamente prohibidas.
A estas alturas ya nadie supone que las drogas, que han existido siempre en todas las sociedades humanas (¡y hasta en algunas animales!) van a ser erradicadas precisamente ahora, cuando la química ha alcanzado su máximo desarrollo y cualquiera puede montar un laboratorio en la cocina de su casa. Y cuando los cultivos de opiáceos se han convertido en la única esperanza de supervivencia en algunas zonas del planeta con su agricultura desmantelada y sin otro modo de aprovechar rentablemente el mercado internacional.
Sabemos desde que lo explicó nítidamente Milton Friedman que las drogas ilegales son la mercancía perfecta, cuyos beneficios aumentan según crece la persecución a que se las somete. Claro que de tal persecución no sólo se aprovechan los gánsteres que trafican con ellas, sino las redes de funcionarios que las persiguen, los políticos que las convierten en el Enemigo con mayúscula para distraer a la población de otros males más reales, etcétera. Quienes pagan la factura son los usuarios que perecen por adulteración o sobredosis de productos incontrolados, las víctimas de los enfrentamientos entre bandas mafiosas, los policías corruptos por el incesante flujo de dinero que mueve ese comercio y los policías asesinados por no haberse corrompido, etcétera. Inútil es hablar de la libertad personal pisoteada, porque en nuestras sociedades en las que los gastos sanitarios han convertido la salud en una obligación penal esa reclamación ni siquiera es ya comprendida.
Las tímidas voces que siempre se han alzado contra esta cruzada irracional vuelven a oírse ahora, en un tono más alto y -en Hispanoamérica- más angustiado. Incluso la crisis de la economía mundial favorece el despertar de algunos y en California el gobernador Schwarzenegger propone legalizar la marihuana para aumentar con el impuesto que la gravará los ingresos del Estado. Desde luego, es obvio que la despenalización de las drogas ahora prohibidas no erradicará por completo el crimen organizado, que sabe reciclarse con los cambios de mercado, pero puede ayudar decisivamente a disminuir sus beneficios y por tanto hacer a los mafiosos más vulnerables y más fáciles de controlar. La abolición de la Ley Seca no erradicó del todo el gansterismo pero dificultó la vida a los herederos de Al Capone y mejoró la seguridad cotidiana en numerosas comunidades antes sometidas a la violencia permanente.
¿Cuál es el papel de Estados Unidos en este problema? No sólo es que aporta millones de consumidores que sostienen el negocio y perpetúan una demanda criminógena para otras poblaciones americanas.
Lo peor es que sus autoridades, su DEA y demás bloquean a nivel internacional la posibilidad de un planteamiento diferente de este asunto, basado no en la prohibición sino en la homologación de los productos, la información verídica sobre su uso y su abuso, así como una educación eficaz para la templanza.
Nadie se atreve -aunque muchos quisieran- a discutir abiertamente sobre las alternativas a la cruzada vigente por miedo a las represalias del país más poderoso del mundo, que la apadrinó desde su comienzo. Sólo un presidente de Estados Unidos con audacia y visión de futuro podría desbloquear el atolladero actual. Y algunos pensamos que Barack Obama puede ser ese político providencial, al menos para iniciar un camino que será seguramente largo.
Encontrará sin duda una feroz oposición. Como los republicanos ultraderechistas son los últimos creyentes que quedan en la revolución comunista (por eso llaman “comunista” a quien intenta cualquier reforma seria que ponga en cuestión la pena de muerte, la venta libre de armas o propicie la asistencia sanitaria para todos), si Obama intenta un movimiento hacia la cordura en materia de drogas ya sabe el epíteto que le van a dedicar. Pero supongo que a estas alturas estará muy acostumbrado y el reto merece la pena.

Más allá de Garzón

Más allá de GarzónP/Ximo Bosch, magistrado y portavoz territorial de Jueces para la Democracia
Publicado en EL PAÍS, 02/04/10;
Alguien escribió en forma aforística que los casos difíciles generan mal Derecho. La causa instruida por Garzón sobre la Guerra Civil y las posteriores querellas presentadas por supuesta prevaricación representan asuntos de cierta dificultad. Sin embargo, no parece que las resoluciones dictadas en ambos procedimientos presenten una mala calidad jurídica. Más bien dichas actuaciones han desencadenado una intensa polémica por la especial naturaleza de las mismas.
Al examinarse la labor de Garzón como instructor, resulta obligatorio entender la elevada complejidad del objeto de la investigación sobre la Guerra Civil.
No nos encontramos ante un pronunciamiento incruento como el que llevó a cabo el general Miguel Primo de Rivera, cuando en 1923 dio un golpe de Estado mediante un simple telegrama que remitió a Alfonso XIII.
Al contrario, el plan diseñado por Mola en julio de 1936, y continuado luego por Franco, buscaba derrocar un Gobierno constitucional mediante una amplia insurrección militar, así como usar el terror de forma planificada para exterminar a los adversarios ideológicos y de este modo atemorizar al resto de la población, con el fin de instaurar un nuevo orden político. Además, como señala Preston, el alcance de esta represión no tuvo equivalente en ningún país europeo por su extensión personal y su larga permanencia.
Al calificar penalmente estos hechos, partimos de un delito contra la forma de gobierno, que tuvo como consecuencia decenas de miles de asesinatos, torturas y lesiones. Y multitud de detenciones ilegales y desapariciones forzadas de personas que siguen enterradas en fosas comunes. Y, además, también otros sucesos penosos y poco conocidos, como los numerosos niños que fueron arrebatados a sus madres para ser entregados en adopción a familias del bando vencedor. La magnitud de esta terrible tragedia colectiva resulta difícil de describir. Por ello, la pluralidad de figuras delictivas concurrentes suscita enormes controversias sobre las normas aplicables, sobre los cómputos de la prescripción o sobre las reglas de competencia.
En relación con la causa contra Garzón, cualquier análisis de las resoluciones del magistrado instructor del Tribunal Supremo, Luciano Varela, debe implicar un reconocimiento de su trayectoria y de su acreditada valía profesional.
No obstante, existen importantes voces en la comunidad jurídica que han expresado sus discrepancias al considerar que se está optando de forma discutible por una lectura extensiva del delito de prevaricación. Desde esta perspectiva, Garzón se habría decantado por una alternativa jurídica legítima entre las varias posibles. En consecuencia, no resultaría acertado afirmar que Garzón sabía que no era competente, pues sus decisiones fueron compartidas por diversos magistrados de la Audiencia Nacional al emitir sus votos particulares. Y la misma tesis han sostenido varios jueces de instrucción que han intervenido en las actuaciones.
De hecho, somos cientos los magistrados de este país que habríamos actuado en conciencia del mismo modo en que lo hizo Garzón. Tampoco puede aceptarse que los hechos no pudieran investigarse a causa de la Ley de Amnistía de 1977, que se refiere sólo a delitos políticos, pues los tribunales internacionales han declarado reiteradamente la perseguibilidad en todo caso de los crímenes contra la humanidad y la falta de validez de las normas de punto final.
Más allá de la suerte de Garzón, en este debate están en juego concepciones esenciales del Estado de derecho. La consolidación de una doctrina expansiva sobre la prevaricación nos conduciría a una peligrosa restricción de la independencia judicial. Y a una visión jerarquizada y subordinada de la interpretación de las normas. Ello reduciría la potestad valorativa sobre los principios constitucionales y limitaría el desarrollo de la jurisprudencia, ante el riesgo de que las aportaciones innovadoras pudieran ser criminalizadas.
Por otro lado, en un plano muy distinto, no podemos ignorar una inquietante paradoja. A diferencia de lo que ocurrió en otros países con regímenes totalitarios, en España los autores de gravísimos delitos nunca se han enfrentado a un juicio ni han asumido sus responsabilidades penales. Sin embargo, es probable que quien se siente en el banquillo sea el único magistrado que ha investigado esos crímenes.
Resultaría perturbador que Garzón fuese excluido de la judicatura y finalizara su vida profesional impartiendo clases en universidades norteamericanas, argentinas o chilenas, como les ocurrió a Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Luis Cernuda y tantos otros de nuestros exiliados de la guerra.
Sin duda, ambas situaciones no serían literalmente comparables. Y los juristas siempre podríamos explicar lo sucedido con abundantes tecnicismos. Pero, ciertamente, no creo que gran parte de nuestra sociedad pudiera conseguir entenderlo.

Putin en Venezuela, de nuevo

Rusia y Venezuela firman una treintena de acuerdos por miles de millones de dólares

Caracas, 3 de abril, RIA Novosti. Rusia y Venezuela firmaron una treintena de acuerdos por valor de miles de millones de dólares durante la visita del primer ministro ruso, Vladímir Putin, a Caracas. Los convenios se extienden a las asignaturas más variadas, empezando con la explotación de campos petroleros en la Faja del Orinoco y terminando con la floricultura.
El sector energético acapara los proyectos más caros
Las obras de cooperación más costosas se van a desarrollar en el sector energético, en particular, en la Faja del Orinoco donde un consorcio de cinco empresas rusas planea invertir 20 mil millones de dólares en la explotación del campo petrolero Junín 6.
El proyecto, participado al 40% por Rusia, se prolongará por tres o cuatro décadas, recordó Putin al entregar al presidente venezolano, Hugo Chávez, un bono de 600 millones de dólares, el 60% de lo que costarán a Moscú los derechos de entrada. Los restantes US$400 millones se pagarán una vez concluida la prospección geológica e iniciada la explotación industrial del yacimiento. A futuro, el consorcio petrolero ruso podrá participar también en otros proyectos, tales como Ayacucho 2 o Junín 3.
Las partes acordaron también preparar el proyecto de la primera central nuclear venezolana y continuar negociaciones para la construcción conjunta de obras hidroeléctricas.
Rusia seguirá suministrando armas a Venezuela
Durante su estancia en Caracas, Putin anunció que Rusia seguirá suministrando armas a Venezuela y está dispuesta a concederle un empréstito por valor de 2,2 mil millones de dólares.
"Seguiremos apoyando y fomentando la capacidad defensiva de Venezuela", aseguró.
La víspera, el viceministro ruso de Finanzas, Dmitri Pankin, afirmó que no es un crédito atado a la compra de armamento en Rusia aunque el líder venezolano, Hugo Chávez, declaró en el pasado que Caracas planea adquirir 92 carros de combate rusos T-72, así como lanzamisiles múltiples Smerch.
Desde 2005, Venezuela importó de Rusia material bélico por valor de 4.000 millones de dólares, en particular, cazas pesados Su-30 y fusiles Kalashnikov.
Putin, a quien Hugo Chávez entregó en Caracas la Orden del Libertador, recordó que "todas las naciones del mundo gastan menos que EEUU" en armamento y admitió que la negativa estadounidense de vender material bélico a Venezuela beneficia a Rusia.
Del suministro de coches a floricultura
En total, se firmaron 31 acuerdos que van del suministro de coches a la floricultura.
La mayor empresa automotriz de Rusia, Avtovaz, quedó en suministrar 2.250 coches Lada a Venezuela y anunció la intención de montar una cadena de ensamblaje en territorio venezolano.
El presidente Hugo Chávez afirmó que su país va a comprar en Rusia al menos un avión anfibio Be-200ChS desarrollado para la lucha contra incendios y capaz de transportar hasta 12 toneladas de agua. Un avión de este modelo, que se desplazó de Chile a Venezuela para realizar un vuelo de exhibición, ya extinguió el foco de un incendio forestal cerca de Carabobo.
Las partes acordaron también impulsar proyectos conjuntos para cultivar en Venezuela flores y plátanos destinados para el mercado ruso.
Putin niega que Venezuela apoye terrorismo
La cooperación en materia antiterrorista es otra asignatura que Caracas y Moscú pretenden fomentar, según declaró Putin.
El primer ministro ruso afirmó que su país tiene un buen banco de datos sobre los llamados patrocinadores del terrorismo y dijo que no habría viajado a Caracas, si Venezuela estuviera en esa lista.
Dos atentados dobles que tuvieron lugar esta semana en Moscú y en la república norcaucásica de Daguestán causaron 52 muertos y más de 100 heridos.
Bolivia comprará a Rusia helicópteros gracias a un crédito de US$100 millones

14:09
03/ 04/ 2010
Caracas, 3 de abril, RIA Novosti. Bolivia comprará a Rusia helicópteros para la lucha contra el narcotráfico gracias a un crédito de 100 millones de dólares por parte de Moscú, comunicó el presidente boliviano, Evo Morales, tras reunirse ayer en la capital venezolana con el primer ministro ruso Vladímir Putin.
Morales resaltó que Bolivia tiene "necesidad urgente" de equiparse con helicópteros para luchar contra el narcotráfico, y lo informó a numerosos países. "Sólo Rusia se mostró dispuesta a darnos facilidades", agregó.
El líder boliviano subrayó también que la vuelta de Rusia a Latinoamérica es sumamente importante para el equilibrio económico y geopolítico a escala global