25 dic. 2010

El buey y los Angeles

El buey y los Angeles/Gustavo Martín Garzo,
Publicado en EL PAÍS, 26/12/08;
En uno de sus poemas más hermosos, Thomas Hardy evoca un recuerdo de su infancia. Es Nochebuena y alguien, al hablar de los bueyes del portal, exclama: “Ahora estarán todos de rodillas”. Pasa el tiempo, y el poeta, que tiene ahora 75 años y se ha convertido en uno de los escritores más grandes de la lengua inglesa, escribe (utilizo la traducción de Joan Margarit): “Todavía / si alguien dijese en Nochebuena, ‘vamos a ver a los bueyes de rodillas, / dentro de la cabaña solitaria / de aquel valle lejano que solíamos visitar en la infancia’, con él iría por la oscuridad / esperando encontrármelos así”.
También Jules Supervielle, el poeta uruguayo francés, escribió un relato sobre los animales del portal. Se titula El buey y el asno del pesebre, y es una delicada muestra de amor a esas criaturas inocentes cuyas figuras de barro tantas veces pusimos en nuestra infancia junto a la cuna del Niño. Supervielle nos cuenta esa historia desde los ojos de un narrador imprevisto: el buey que vive en el portal. Es un relato de un extraño lirismo, pues lo que nos conmueve del buey es esa capacidad para relacionarse con lo no revelado todavía, con ese ámbito de lo invisible que constituye la esencia de la poesía. El buey de Supervielle asiste asombrado a lo que tiene lugar a su alrededor. Ve al Niño que acaba de nacer y se pone a calentarle con su aliento. Todo se vuelve maravillosamente difícil para él. Los ángeles no paran de ir y venir, y acude gente humilde cargada de regalos. Cuando sale al campo se da cuenta de que hasta las piedras y las flores saben lo que ha pasado, y están nimbadas de luz. Y el pobre se pasa las noches en vela, arrodillado junto al niño, viendo aquel mudo celeste que penetra en el establo sin ensuciarse. Esa dicha le conduce al agotamiento más extremo y cuando por fin María, José y el Niño se alejan con el asno, en busca de un lugar más seguro, no puede seguirles, y se queda solitario en el establo, donde muere, sin llegar a entender nada de lo que le ha pasado. José Ángel Valente, al comentar este relato, y lamentándose de que tantos hombres hayan llegado a perder el sentimiento de lo poético, escribe: “Ignoran tanto hasta qué punto los rodea lo invisible, que ni siquiera tienen la prudencia de aquel buey de un delicioso cuento de Jules Supervielle, que en el colmo del júbilo ‘temía aspirar un ángel’, tan denso está el aire de espirituales criaturas”.
Es la misma atmósfera de los frescos que el Giotto pintó en la capilla de los Scrovegni, en Padua. En uno de ellos, María permanece en el lecho y tiende sus manos para tomar agotada a su hijo, y a su lado están el buey y la mula mirándoles. Muy cerca, junto a un san José, misteriosamente ausente, adormecido, hay un rebaño de ovejas y dos pastores, que miran hacia el cielo, donde varios ángeles revolotean sobre el techado de madera como si hubiera tomado alguna sustancia psicotrópica. Todo está detenido y, a la vez, ardiendo, lleno de luz, como si hombres, animales y ángeles fueran presas del mismo hechizo. Una de las cosas que más me conmueve de esta historia, la más hermosa del universo cristiano, es este extraño protagonismo de los animales: que las pobres bestias estén al lado de los hombres y los ángeles participando en un plano de igualdad de la misma revelación.
Coleridge pensaba que la verdadera poesía debía transmutar lo familiar en extraño y lo extraño en familiar, y es justo a eso a lo que asistimos aquí. James Joyce llamó epifanías a estos instantes de comunicación profunda con las cosas, y es esa capacidad para transformar el detalle trivial en símbolo prodigioso la que transforma esta ingenua y antigua historia en verdadera poesía. Eso es una epifanía, una pequeña explosión de realidad que hace del mundo el lugar de la restitución. Miles de niños nacen en el mundo a cada instante y no todos tienen, por desgracia, la misma suerte; pero basta con que sean recibidos con amor para que algún buey aturdido ande cerca y exista el peligro de aspirar alguna criatura invisible al menor descuido.
Un viejo anarquista de un pueblo minero leonés acostumbraba a poner todos los años el belén. Era un belén peculiar, en el que estaban ausentes el castillo de Herodes y el portal, pues, según él, sólo el pueblo merecía figurar en él por ser lo único sagrado. Pero basta acercarse a cualquier niño que nace para saber que ese portal y ese castillo deben estar ahí, pues dan cuenta de la belleza, el misterio y el temor que acompañan su nacimiento. El mundo de los recién nacidos es el mundo de la adoración, de los pastores y los bueyes, de los peregrinos conducidos por señales errantes; pero también el de la muerte de los inocentes y el de la incierta huida a Egipto. No es posible ver la crianza de un niño separada de un humilde portal, de la luz de una estrella, de las innumerables visitas y las calladas atenciones; pero tampoco de la fuga en la noche y de la persecución injustificable y cruel. El mundo de la adoración tiene su contrafigura en ese otro en el que el niño cuanto más querido más vulnerable nos parece, y en que toda vigilancia es poca para preservarle de los peligros que le aguardan en la vida.
Recuerdo ahora los belenes de mi infancia y la emoción que sentíamos cuando, al llegar las navidades, se sacaban las figuras de barro del cajón en que descansaban para montarlos. El río hecho de papel de plata; el musgo, que había que ir a coger al pinar; la escoria, que quedaba en la caldera tras la combustión del carbón; y el serrín, que nos regalaban en una tienda de telas que, por una mágica coincidencia, se llamaba Sederías de Oriente. Pero la casa estaba llena de niños que inevitablemente cogían las figuras de barro al menor descuido para jugar con ellas. Además, de tanto guardarlas y volverlas a sacar de su cajón, era inevitable que muchas se rompieran. Algunas se reponían, pero otras nos daba pena tirarlas, y así el belén se fue poblando de lavanderas con un solo brazo, burros sin orejas, ovejas que habían perdido una pata y campesinos cojos.
Años después escribí una novela en que aparecía una María manca. Cuando me preguntaban por qué, yo solía decir que esa imperfección me permitía arrancarla de aquel mundo de retablos llenos de racimos dorados, vidrieras iluminadas e iconos de oro en que María solía estar, para devolverla al mundo, entre las muchachas reales. Ésta era la explicación que daba, pero creo que la virgen de mi libro venía directamente de ese belén de mi infancia, de ese pequeño pueblo de tullidos, que bien mirado es el que mejor habla de lo que somos. Aquellas figuras rotas y amadas representaban las penas y dolores de la vida, pero también su hondo e incomprensible misterio. El misterio de la belleza y de lo inexplicable, que tan bien representa ese buey del relato de Supervielle que no sabemos si muere de dicha o de tristeza. Aquí termina mi cuento. Ahora sólo me queda desearle una feliz Navidad, querido lector.

Nuevos padres, nuevos hijos

Nuevos padres, nuevos hijos/Vicente Verdú
EL PAÍS, 24/12/10;
Probablemente todavía siguen vivas, y con salud, las salus, nombre que se dio a unas asistentas que se ocupaban de los hijos pequeños al despertar y al llevarlos por la noche a la cama. Los lavaban, los vestían, los peinaban y los llevaban al cole. Horas después los recogían del colegio, les daban de cenar, les ponían el pijama y los presentaban a los padres para darles el beso de buenas noches. Los padres tenían hijos, pero lograban que no les pesaran, los padres besaban a los niños, pero, como cuenta Proust en el célebre pasaje de su En busca…, ese gesto era un delicado regalo de oro.
¿Qué piensan los niños de todo ello? Hace aproximadamente un siglo, como tan detenidamente cuenta Marcel Proust, el padre y la madre eran intactas figuras sagradas. No había que desobedecerlas, pero incluso desobedeciéndolas no se las haría padecer porque el servicio se encargaba de absorber la travesura, taponar la pequeña rebeldía o encubrir el leve destrozo infantil.
Esta familia, claro está, hace tiempo que es polvo de biblioteca, pero la otra gran familia santa, la sagrada familia de la Iglesia católica de la segunda posguerra, esa que desvela todavía al Papa y se halla permanentemente amenazada, también se ha ido deshaciendo a pesar de los rezos. Y ha ido desintegrándose (desacralizándose) unas veces porque los padres y las madres se reúnen como fragmentos amorosos tras roturas o divorcios de otra relación. Y, otras veces, porque el motor paternofilial se plantea como un bricolaje afectivo de aquellos que en Nueva Guinea admiraba Lévi-Strauss.
La pérdida del viejo pegamento sagrado sería de por sí la causa de una libertad que aun manteniendo unido con su pringue al grupo nunca lo cicatrizaría de verdad. Quien haya visto la primera película de la serie Millenium y sus horrendas heridas de familia no necesitará complementos para saber que no solo los hombres no amaban a las mujeres, sino que las mujeres y los hombres sin amor fijo van creando una fuente heterogénea de vivir y de morir entre el turismo y el hogar.
Con o sin salus, preceptores, colegios de curas, coachs o nanis, los padres son padres y los hijos son hijos, efectivamente. La cuestión radica en la naturaleza que les corresponde a unos y otros hoy con o sin proceso biológico de gestación.
Una primera cuestión a tener en cuenta es que la democracia (corrupta o no) ha permeado las paredes domésticas y la superdemocracia o masacracia universal, vigente en la Red, se opone radicalmente a la jerarquía. Más aún: sin horizontalidad, sin superficialidad, sin pantallas no hay cultura. Sin Red no hay comunicación y sin colaboración igualitaria no hay vida.
Todos los lamentos que imploran el regreso de la autoridad paterna fracasan, de la misma manera que no hay trasvase de conocimientos en la escuela imponiendo la autoridad profesoral. El valle ha sustituido a la montaña para sembrar una briosa plantación de seres distintos donde todos, independientemente de su altura y su experiencia, tienen algo que decir.
Podría afirmarse que este modelo solo lleva a un confuso mapa y, ciertamente, no hay nada más contemporáneo que la confusión, el galimatías y la ausencia de segura orientación. En el pasado, un cabeza de familia, padre y señor, marcaba el punto de donde partía la orden y la organización.
Pero ¿quién es hoy la cabeza del hogar? Perdida la cabeza, ese hombre -como en otros ámbitos- ha perdido también la posibilidad de interpretar un papel. Pero, además, en cuanto a la madre que, como mujer, ha buscado su liberación siguiendo demasiado las huellas masculinas su función no termina de encajarse aquí o allá. Es tierna, cariñosa, detallista, eficiente, protectora en el mejor de los casos, pero también depende del tiempo y la fuerza que le deje libre su ocupación laboral. Pero encima, denostado el patriarcado, le toca la ardua tarea de reprender.
En definitiva, ni los padres saben cuál debe ser su cargo ni tampoco las madres su cargo y su carga. Unos y otros, hijos incluidos, improvisan esfuerzos y silencios, ensayan conjunciones y disyunciones en un medio donde ni la sangre que corre por las venas ni el apellido que marca el linaje son elementos clave. No es pues que la familia se encuentre en crisis, se trata más bien de no encontrarse al margen de la funcionalidad de comer y dormir.
¿El amor? Nunca como ahora los chicos han encontrado más abrigo en horizontal, con sus pandas, sus amigos, sus twitters. Y por algo será. El apego familiar no es desdeñable, pero tampoco ha de tomarse como el aglutinante crucial. Así como los alumnos menosprecian a los profesores que enseñan, en forma y contenido, materias ajenas a su curiosidad, los hijos ven desacreditarse a los padres despistados, descolocados o en trabajos sin demasiado interés.
Todo ello sin contar con que, en la actualidad, prácticamente todos los amores, en la pareja o en la familia, en el consumo de marcas o en el lazo profesional, son amores de quita y pon. De este modo, los dramas tremebundos, las tragedias familiares al modo de Dostoievski o Elia Kazan han ido cayendo desecadas a los pies de Freud.
No todos los niños son huérfanos, pero si Sergio Sinay llama a nuestra época La sociedad de los niños huérfanos es porque observa con melancolía que ni emocional, ni éticamente, ni espiritual o normativamente, los hijos son amparados por la presencia de los padres.
¿Ni falta que les hace? Les hace falta, pero esa falta en la casa paterna se corresponde con el Estado de Ausencia General. Ausencia de líderes, de valores, de intelectuales, de historia, de objetos y sujetos con peso.
Esta sociedad donde los artefactos pesan cada vez menos, son menudos, planos, polifuncionales y se desmenuzan hasta los extremos de la nanotecnología, se oponen a la férrea categoría del binomio padre-hijo, que va aflojándose sin remisión.
Si se piensa que para una gran mayoría de hombres de hace apenas medio siglo, el sexo era una fuerza de atracción muy decisiva para casarse de por vida, se comprenderá el gran abismo mental que separa aquellas trascendentes bodas de las volátiles bodas de hoy.
Pero el amor a un hijo, ¿no será lo mismo ayer que hoy? Pues no. A la idea sagrada de la familia pertenecía la idea sagrada del padre y del hijo, de la madre, el abuelo y el intachable honor del apellido en sociedad. Ser hijo de tal obligaba a mantener guarda y fidelidad a unos fundamentos, unos feudos y unas figuras. Formar parte de una familia conllevaba pertenecer a una historia esencial y su acarreo vital mediatizaba la buena o la mala imagen del linaje. Un pecado de los antepasados fluía de generación en generación y un aura heroica bañaba de orgullo una dinastía.
El individualismo y el superindividualismo terminaron, en la segunda mitad del siglo XX, con los efectos de esa cadena de chatarra u oro. Antes se quería a los hijos -se decía- como carne de nuestra carne. Se les quería intravenosamente. Pero ahora, liberados los hijos de los padres, avanzados los injertos, los trasplantes y las células madre, todos podemos llegar a ser hijos de extraños o los extraños llegar a ser padres, madres e hijos de uno o de dos. Los hijos no elegían a los padres al nacer, pero los padres, enseguida, debían hacer algo para hacerse dignos de esa elección teologal. Igualmente, los hijos debían hacerse dignos acreedores de los santos padres. Honrarlos incluso como súbditos siguiendo sus mismas carreras para cumplir así una vida “a imagen y semejanza” del progenitor tal y como Dios había escrito en su cerrada y virtuosa ecuación del mundo.
¿El mundo de hoy? Si se desea tener una familia habrá que montársela, como los muebles de Ikea, con las propias manos y sacándola del complicado almacén. Pero también, hartos de tragedias y de transfusiones, de débitos y culpas, puede decidirse no montarla en absoluto, tal como ya elige casi el 50% de la población en los países de democracia más avanzada.
El amor es democrático, el sexo es divertido, la boda es un juguete, los hijos una fórmula, los padres un mecano. ¿La comunicación familiar? De su historia hablarán los libros, si es que existen, los años que vienen. Hablarán, sin duda, de los tiempos en que la sociedad, gracias a su premiosa cadencia, su orden más o menos estable y su clase media con segura seguridad social permitían no estar parados o arruinados, y acudir todos para reunirse felizmente en los días de la Navidad.