18 nov. 2010

Las opciones de Japón

Las opciones de Japón

Por Joseph Nye, ex secretario adjunto de Defensa de Estados Unidos y profesor en la Universidad de Harvard.
Traducido por Carlos Manzano
EL PAÍS, 16/11/10;
Las actuales tensiones entre China y Japón han hecho que se vuelva a hablar de lo mucho que este último país ha caído desde sus años de gloria en la década de los ochenta. En 2010, la economía china superó a la de Japón en tamaño total, aunque solo es una sexta parte de su tamaño desde el punto de vista de la renta por habitante. En 1988, ocho de las 10 empresas más importantes del mundo por su capitalización en el mercado eran japonesas; hoy ninguna lo es.
Pero, pese a sus recientes resultados, Japón conserva unos recursos de poder impresionantes. Su economía ocupa el tercer puesto de las economías nacionales por su tamaño y cuenta con industrias avanzadas y las fuerzas militares no atómicas mejor equipadas de los países asiáticos. Hace solo dos décadas, muchos americanos temían verse superados después de que la renta japonesa por habitante superara la de Estados Unidos. Se publicaron libros que predecían un bloque del Pacífico encabezado por Japón y que excluiría a EE UU, e incluso una posible guerra entre los dos países. El futurólogo Herman Kahn pronosticó que Japón llegaría a ser una superpotencia nuclear y que la transición en cuanto a su papel sería como “el cambio habido en los asuntos europeos y mundiales en el decenio de 1870 por el ascenso de Prusia”.
Esas opiniones extrapolaban una impresionante ejecutoria japonesa. Sin embargo, en la actualidad sirven de útil recordatorio del peligro de las proyecciones lineales basadas en aumentos rápidos de los recursos de poder. En vísperas de la II Guerra Mundial, Japón contaba con el 5% de la producción industrial del mundo. Después de quedar devastado, no recuperó ese nivel hasta 1964. De 1950 a 1974, la tasa media de crecimiento anual ascendió a un 10% y en la década de los ochenta ocupaba el segundo puesto por tamaño de las economías nacionales del mundo, con el 15% de la producción mundial. Japón llegó a ser también el mayor acreedor y el mayor donante de ayuda exterior. Su tecnología era aproximadamente igual a la de EE UU e incluso ligeramente más adelantada en algunas manufacturas. Japón se armó solo ligeramente (pues limitó los gastos militares al 1% del PNB) y se centró en el crecimiento económico.
Aquella no fue la primera vez que Japón se reinventó a sí mismo. Hace un siglo y medio, fue el primer país no occidental que se adaptó a la mundialización. Tras siglos de aislamiento, la restauración Meiji eligió selectivamente modelos del resto del mundo y, 50 años después, el país había llegado a ser lo bastante fuerte para derrotar a una gran potencia europea en la guerra ruso-japonesa.
¿Puede reinventarse de nuevo a sí mismo Japón? En 2000, una comisión creada por el primer ministro sobre las metas en el siglo XXI pidió eso precisamente. Poco ha habido al respecto. Dados el estancamiento económico, las deficiencias del sistema político, el envejecimiento de la población y la resistencia a la inmigración, el cambio fundamental no resultará fácil. Pero Japón sigue conservando un nivel de vida elevado, una mano de obra muy especializada y una sociedad estable, aparte de encabezar algunos sectores tecnológicos y manufactureros. Además, su cultura, su ayuda internacional al desarrollo y su apoyo a las instituciones internacionales le granjean recursos de poder blando, es decir, atractivo.
Pero no parece probable que un Japón revitalizado llegue, en una o dos décadas, a ser un aspirante a la primacía mundial económica o militarmente, como se predijo. El país, que tiene aproximadamente el tamaño de California, nunca tendrá la escala geográfica o demográfica de China o de EE UU y su poder blando resulta socavado por actitudes y políticas etnocéntricas. Algunos políticos japoneses hablan de revisar el artículo 9 de la Constitución, que limita sus fuerzas a la autodefensa y algunos han hablado de armamento nuclear. Las dos opciones parecen imprudentes e improbables ahora.
En cambio, si Japón se aliara con China, sus recursos combinados constituirían una coalición potente. En 2006, China pasó a ser el mayor socio comercial de Japón y el nuevo Gobierno del Partido Democrático del Japón en 2009 se propuso mejorar las relaciones bilaterales. Pero una alianza también parece improbable. No solo no se han cerrado las heridas del decenio de 1930, sino que, además, China y Japón tienen concepciones encontradas del lugar idóneo que corresponde a Japón en Asia y en el mundo. Por ejemplo, China ha bloqueado los intentos de Japón de llegar a ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.
En el muy improbable caso de que EE UU se retirara de la región de Asia Oriental, Japón podría subirse al carro chino, pero es más probable que mantenga su alianza con EE UU para preservar su independencia de China.
El peligro principal para el Japón actual es su tendencia a encerrarse en sí mismo, en lugar de llegar a ser una potencia civil mundial que haga realidad su gran capacidad para producir bienes públicos mundiales. Por ejemplo, el presupuesto de Japón para ayuda ha disminuido y solo la mitad de los estudiantes japoneses estudian en el extranjero en comparación con los que lo hacían hace décadas. Un Japón que se encerrara en sí mismo sería una pérdida para todo el mundo.

Aung San Suu Kyi

Nuestra voz, el arma de Aung San Suu Kyi

Por Gordon Brown, ex primer ministro de Reino Unido
Publicado en EL MUNDO, 16/11/10;
Aung San Suu Kyi es la activista más famosa del mundo en defensa de la democracia y ahora, gracias a usted querido lector, está en libertad. Su prolongado arresto domiciliario ha llegado a su fin debido a la incansable presión ejercida de un extremo al otro del planeta por millones de personas que creen que ninguna injusticia dura para siempre. Sin embargo, el levantamiento de su arresto domiciliario, bajo el que ha pasado 15 de los últimos 21 años, representa tan solo una victoria parcial porque su liberación y la del pueblo birmano no serán completas mientras Suu Kyi no recupere su condición de legítima dirigente de su país.
Las recientes elecciones birmanas constituyeron un ejercicio de relaciones públicas, no de participación pública. La Constitución traída por los generales consagra el principio de que el presidente, que no es responsable ante el Parlamento, debe ser un militar, ya sea retirado o en servicio activo, y encabezar un Gobierno que no es necesario que incluya a un solo miembro electo del Parlamento. La decisión de poner en libertad a Suu Kyi demuestra que la Junta es consciente de que tener una única referencia simbólica de la resistencia le resulta contraproducente, pero no nos consta ninguna prueba de que tengan la más mínima intención de ceder un ápice y permitir una genuina reforma democrática.
A lo largo de dos décadas he ofrecido a Suu Kyi y a su familia todo el apoyo que he podido prestarles y le he escrito en numerosas ocasiones para decirle que hasta en el último rincón de Gran Bretaña hay personas que la tienen en su pensamiento y en sus oraciones. Mantuve una reunión con su marido, Michael Aris, que posteriormente murió de cáncer sin que le permitieran volverla a ver, y le prometí que haría todo lo que estuviera en mi mano.
Durante más de 20 años, la familia de Suu Kyi ha soportado el dolor de la separación y su fuerza nos ha servido de inspiración a todos. Su sostén ha sido no sólo la valentía de los monjes y de otros contestatarios birmanos que han desafiado la represión para proclamar públicamente su lealtad a la causa democrática sino también la solidaridad mundial promovida por organizaciones como Birmania Campaign UK, avaaz.org y otras.
El pasado fin de semana, cuando a invitación de mi mujer hice de editor de sus mensajes de Twitter para promover que se conociera más la grave situación de Suu Kyi, me sentí abrumado por cómo muchísimas personas de todos los rincones del mundo consideran ésta una de las causas definitorias de nuestra época. Por supuesto, hay injusticias graves en otros lugares, como la continua pérdida silenciosa de vidas que la pobreza extrema causa a diario a miles y miles de personas. Sin embargo, eso no debería servir jamás de excusa para que volvamos la espalda a infracciones tan grotescas de los derechos humanos como las que se han infligido a la dirigente democrática de Birmania. Un tweet enviado desde Amnesty fue especialmente aleccionador: «Nadie por debajo de 38 años (la mitad de la población de Birmania) ha votado hasta ahora». Que una población en su conjunto pueda llegar a la edad adulta sin haber ejercido jamás el voto y que luego se le ofrezca exclusivamente una sola papeleta en la que no aparece el principal partido de oposición del país representa todo un testimonio del enquistamiento de la Junta en el poder y de su brutalidad.
La democratización de Birmania no va a ser nada fácil, pero no es imposible. La Red es nuestra arma. A través de ella, las personas de buena voluntad pueden organizarse y aplicar esa forma de presión que dio lugar a la liberación del sábado. Sin embargo, y exactamente igual de importante, gracias a las nuevas tecnologías los activistas de Birmania pueden contar al mundo lo que está ocurriendo. En ningún otro medio queda este hecho más patente que en la película Birmania VJ, realizada por periodistas que han conseguido sacar de contrabando todas las imágenes fuera del país. En el avance de la película, hay una secuencia escalofriante en la que alguien que se encuentra al teléfono está contemplando desde una ventana la agresión a unos manifestantes y explicándosela a un amigo.
«¿A quién han disparado?», pregunta el amigo. La respuesta es la siguiente: «A un chico con una cámara».
Los generales tienen miedo de que se les observe, miedo de las pruebas, miedo de la solidaridad. En pocas palabras, tienen miedo de usted. La liberación de Suu Kyi es una de las grandes victorias del poder de la gente en nuestra época. Ojalá consigamos que la siguiente liberación sea la de su país.