22 may. 2010

Hombre lobo


LA IMAGEN
¿Hay personas reales?
Una foto de atrezo, un lobo salvaje que resultó ser un actor… En un mundo en el que todo es ilusión de realidad, ¿quién o qué es auténtico, impostor, plagio o copia?
JUAN JOSÉ MILLÁS
El País Semanal,  16/05/2010
A esta fotografía le dieron y le quitaron un premio importantísimo en cuestión de días. Se lo dieron por haber captado a un animal salvaje en pleno vuelo, y se lo quitaron porque el lobo era un actor, de nombre Ossian. El suceso nos trajo a la memoria Muerte de un miliciano en Cerro Muriano, la famosa fotografía de Robert Capa, también tachada ahora de falsificación de la realidad. Y aquella otra (sin título, creo) de Agustín Centelles donde unos hombres disparan parapetados tras los cuerpos de dos caballos abatidos: también estaba, por lo visto, preparada. Por no mencionar la del hijo de Adolfo Suárez en la que se ve a éste y al Rey, de espaldas, caminando hacia el fondo de un jardín: parecía tan espontánea porque era de atrezo.


Cuatro representaciones importantes, en fin, y las cuatro falsas. Da que pensar. Quizá a estas alturas la realidad toda sea una copia. Esa lubina "salvaje" que nos acaban de servir en el restaurante de moda era en realidad de criadero. Y esa merluza "fresca" estaba congelada. Y ese subsecretario es un subsecretario de pega, lo mismo que ese juez o ese escritor o ese guardia civil o ese pediatra. Tú mismo, si lo piensas, eres un impostor, una copia, un plagio, sí, pero ¿de qué? No resulta fácil, en un mundo donde todo es ilusión de realidad, averiguar dónde queda la realidad verdadera. En el caso, claro, de que la expresión "realidad verdadera" no sea un disparate. A un servidor, la fotografía del lobo "salvaje" saltando la cerca de madera le gusta, aunque el animal finja lo que no es. ¿Acaso hay alguien real?

La justicia como estrategia

La justicia como estrategia /Ana Laura Magaloni Kerpel
Publicado en Reforma, 22 May. 10
Aquí, como en cualquier parte del mundo, la probabilidad de que la denuncia de un delito termine con una sentencia condenatoria es baja. En Chile es de 14%, mientras que en el Distrito Federal es de 10%
El lunes y martes de la semana que viene, una amplia red de organizaciones civiles, encabezadas por Alejandro Martí y Ernesto Canales, convoca al segundo foro sobre la reforma al sistema de procuración e impartición de justicia en México. Con el slogan de "seguridad con justicia", los principales tomadores de decisión y expertos en el tema debatirán los avances, retrocesos, retos y resistencias de implementación de la reforma penal.
Aunque varias entidades federativas ya han iniciado sus respectivos procesos de reforma, me parece que, en el contexto de alta criminalidad que estamos viviendo, tales procesos son aún débiles y enfrentan enormes resistencias. En general, en los tomadores de decisión prevalece el conflicto sobre si, en este contexto criminal, vale la pena o no emparejar la cancha del juego entre el MP y el acusado y hacer efectivos los controles judiciales propios de los derechos del debido proceso del acusado y de la víctima. Hoy el MP, con un mal trabajo de investigación y recabando pruebas sin la supervisión del juez, gana, en promedio, 85% de los juicios. ¿Por qué complicar el trabajo del MP y reducir sus probabilidades de éxito?
La relevancia de la calidad de la justicia para construir la autoridad del Estado y, por tanto, para aumentar su capacidad para gestionar la conflictividad social está subestimada. Aquí, como en cualquier parte del mundo, la probabilidad de que la denuncia de un delito termine con una sentencia condenatoria es baja. En Chile es de 14%, mientras que en el Distrito Federal es de 10%. En este sentido, la discusión sobre para qué debe servir el aparato de procuración e impartición de justicia debe moverse a un paradigma distinto del de la famosa tasa de impunidad. Si esta tasa es invariablemente alta, a quién procesa el sistema y cómo lo hace se vuelven las dos preguntas más relevantes. Mientras que en Chile 90% de los homicidios son sancionados, en el Distrito Federal la cifra es de 40%. Además, en Chile el proceso de un presunto responsable del delito de homicidio tiene un nivel de calidad y contundencia que, a diferencia de lo que sucede en nuestro país, cuando el juez dicta una sentencia condenatoria existe un alto nivel de confianza en la ciudadanía de que no se trata de un chivo expiatorio o de una equivocación más del sistema de justicia.
Los juicios y los jueces resultan ser piezas clave para que los ciudadanos modifiquen conductas producto de sus percepciones negativas respecto de la autoridad de la ley y la confianza hacia las instituciones del Estado. Una de las principales diferencias entre los procesos judiciales escritos y los procesos orales es que estos últimos centran la dinámica del juicio en el relato de historias humanas concretas. El MP, a diferencia de lo que hace hoy que es anexar un conjunto de diligencias a un expediente, en el sistema de juicios orales debe construir una historia, proponer una tesis del caso que haga sentido. La defensa, por su parte, debe proponer una historia alternativa o resaltar las inconsistencias de la historia propuesta por el MP. La trama de estas historias se va urdiendo con las pruebas que aportan cada una de las partes y que desahogan de cara al juez, a la víctima, al acusado, a sus abogados, a la opinión pública y a la ciudadanía. Los jueces en este contexto tienen una enorme responsabilidad, pues la forma en que conducen el juicio y su decisión final van a impactar en la construcción de los referentes sociales básicos sobre lo que significa la justicia y cómo ésta se teje de la mano con el derecho.
Andrés Baytelman y Mauricio Duce, expertos chilenos en el tema, sostienen: "la apertura de los tribunales a la ciudadanía y a la prensa suele producir un fenómeno que supera la mera publicidad. Los procesos judiciales capturan la atención de la opinión pública, catalizan la discusión social, moral y política de la colectividad, se convierten en una vía de comunicación entre el Estado y los ciudadanos a través de la cual se afirman valores, se instalan simbologías y se envían y reciben mensajes mutuos".
Mi argumento central es el siguiente: una parte muy importante de la capacidad del Estado para gestionar la conflictividad social pasa por la justicia y no por el uso de la fuerza. Ello no significa que ésta última no esté justificada en determinados contextos. Lo que quiero decir es que no basta y que a veces puede resultar contraproducente. La construcción de la autoridad del Estado frente a la conflictividad social en un contexto democrático sólo se puede cimentar en forma duradera a través de la fuerza y legitimidad de las instituciones encargadas de aplicar la ley. La calidad de los procesos judiciales constituye uno de los asideros más importantes que tiene el Estado para demostrar a la colectividad que su principal fuente de autoridad proviene de la razón, la justicia y la ley, no de la fuerza. Estoy convencida de que un México menos conflictivo y violento sólo es posible en un México con mejores instituciones de justicia, aunque ello signifique, en el corto plazo, una mayor dificultad para que el MP pueda tener éxito en el juicio.

Córtazar

El 'making of' inédito de 'Rayuela'
Halladas las cartas que Cortázar envió entre 1950 y 1956 a Jonquières mientras vivía en París y escribía su obra más célebre - El epistolario se publicará en junio
JUAN CRUZ - Madrid -
Babelia, 22/05/2010
Julio Cortázar necesitaba poco para vivir; era altísimo, cerca de dos metros, y flaco, y tenía cara de niño, casi hasta el final (febrero de 1984) la tuvo. Carlos Fuentes contó esta semana en Madrid (en el ciclo de la cátedra Cortázar, de la Universidad mexicana de Guadalajara) que cuando ambos eran muy jóvenes fue a visitar por primera vez a Julio, y le preguntó al muchacho que salió a abrirle: "Muchacho, ¿está tu padre?".
Julio Cortázar necesitaba poco para vivir; era altísimo, cerca de dos metros, y flaco, y tenía cara de niño, casi hasta el final (febrero de 1984) la tuvo. Carlos Fuentes contó esta semana en Madrid (en el ciclo de la cátedra Cortázar, de la Universidad mexicana de Guadalajara) que cuando ambos eran muy jóvenes fue a visitar por primera vez a Julio, y le preguntó al muchacho que salió a abrirle: "Muchacho, ¿está tu padre?".
Cuando murió -de una enfermedad en la sangre, supuestamente agarrada en Nicaragua, recordó en ese ciclo su amigo Sergio Ramírez- ya Cortázar (nacido en 1914) era un hombre melancólico, herido por una muerte cercana, la de su última mujer, Carol Dunlop, y por la evidencia de que se le acababa el tiempo. Ahora se sabe que cuando estuvo más alegre, cuando escribió Rayuela, entre 1950 y 1956, sus primeros años de París, fue pobre pero feliz. Era el autor asombrado de cartas que explican cómo se gestó esa novela interminablemente maravillosa.
Esas cartas serán ahora un libro que, según algunos entendidos, es mejor que esa novela en la que la gente descubrió el genio diverso (y divertido) de este solitario de París que ya había sido solitario en Buenos Aires. Son las Cartas a los Jonquières, que Alfaguara publicará en julio en Argentina antes de que aparezcan en España. Aurora Bernárdez, la primera mujer de Cortázar y albacea del escritor, la que le cuidó en los últimos tiempos maltrechos de su vida, estaba ayer en un hotel de Madrid con Carles Álvarez Garriga, el estudioso que ha acometido el milagro de abrir con ella los cinco cajones (una cómoda), donde hallaron, veinticinco años después de la muerte del escritor, "un guión radiofónico, dos novelas, dos obras de teatro, tres traducciones, 32 relatos, una cincuentena de documentos de difícil clasificación genérica, 63 poemas o poemarios, 122 cuadernos, borradores o notas sueltas, 157 artículos..., y cerca de un millar de cartas".
Aurora rastreó las cartas que obtuvo en 2000 de la viuda de Eduardo Jonquières, pintor, gran amigo de Cortázar que se quedó en Buenos Aires cuando Julio asumió la aventura de saltar el charco para huir de la monotonía provinciana de Buenos Aires y adentrarse en el asombro de París. Esas cartas son "la crónica casi semanal de la instalación de Cortázar en Europa"; ahí están "el humor, esa felicidad de la prosa, esa capacidad de observación y esa cultura que define al mejor Cortázar". Escribe a los Jonquières "sobre su penuria económica", pero esa no era una obsesión, ni una interrupción de la búsqueda de una belleza (música, pintura) que le emborrachó. Carles Álvarez Garriga dice que a Cortázar "sólo le hacía falta lo imprescindible para vivir: una mesa, una silla donde leer, y sobre todo tiempo para pasear, ir a museos, escuchar música...". Y así sería siempre. Bernárdez le contó en la Casa de América a Julio Ortega (y al público) que Cortázar era un solitario que se quedaba en casa mientras ella callejeaba por París; e incluso cuando él mismo hacía esas excursiones, al volver Julio le decía: "Contame algunas cositas...".
De esas "cositas" se fue haciendo Rayuela, que nació en un mundo en silencio del que ahora quedan las cartas a los Jonquières. Él jamás le decía a Aurora qué estaba haciendo, y sólo le enseñó el manuscrito al final. A sus amigos de Buenos Aires, los Jonquières, les decía lo que iba pasando, pero Aurora tuvo que leer la novela (y fue la primera en leerla) para saber qué había pasado en esos cinco años por la cabeza de muchacho Cortázar.
Lo que hay en estas cartas, dice Álvarez, es "asombro de vivir"; el deslumbramiento que supone llegar a París, "que era el sueño de su vida, el conocimiento del Louvre, al que dedica seis meses, todas las tardes". En ese tiempo los dos están viajando, y traduciendo; Francisco Ayala, el primero que le publica, le ha encargado la traducción de Poe, y París es una fiesta alternada con la melancolía de Buenos Aires.
En estas cartas nacen los cronopios, el hallazgo subliminal que convierte a Cortázar en muchos Julios confundidos con esos personajes a los que dio casi identidad humana. Le dice a María, la esposa de Jonquières: "Me han nacido unos bichos que se llaman cronopios", y le copia una de las historias que serían parte de Historias de cronopios y de famas.
En esa abigarrada cómoda de lo que Cortázar dejó escrito hay mucho más, como en este nuevo libro, que acaba con el facsímil de una dedicatoria de Rayuela a los Jonquières: "A María y a Eduardo con el largo cariño de Julio". Han pasado cinco o seis años de correspondencia, mientras él ha ido escribiendo su novela misteriosa, y Carles cree que ese largo subrayado es una justificación de la prolongada espera que todos sus amigos tuvieron que hacer hasta que apareciera este milagro narrativo que consagró a Cortázar y que ahora es, retrospectivamente, el alma de estas cartas.

"A María y a Eduardo"

- Julio Cortázar mantuvo correspondencia con Eduardo Jonquières, pintor, amigo de Buenos Aires, mientras vivía en París entre 1950 y 1956. A él y a su mujer María escribió una dedicatoria de Rayuela (izquierda): "Con el largo cariño de Julio".

- En el importante cuerpo epistolar recién hallado se conservan cartas como la de abajo, de 13 de febrero de 1950. Es la más antigua de las que se guardan enviadas a Eduardo Jonquières.




Luna de mayo


En qué lugar, en dónde, a qué deshoras
me dirás que te amo?
(pero no te tardes)
Esto es urgente
porque la eternidad se nos acaba...” El sobrino de la Tía Chofi
Tiene razón Garzo cuando dice que la literatura nos permite vivir con más intensidad nuestra propia vida y tener aventuras que estén a la altura de nuestros anhelos y sueños...
Foto de Adriana Reid, noche del viernes 21 de mayo